RODILLA TIERRA. APUNTEN. EL EJÉRCITO QUE JURARON CREAR NO ERA PARA DEFENDER A MÉXICO – News

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RODILLA TIERRA. APUNTEN. EL EJÉRCITO QUE JURARON CREAR NO ERA PARA DEFENDER A MÉXICO

RODILLA TIERRA. APUNTEN. EL EJÉRCITO QUE JURARON CREAR NO ERA PARA DEFENDER A MÉXICO

El sol no había salido del todo sobre Capácuaro. El frío de la madrugada aún pegaba en los huesos. Y en medio de un huerto de aguacates, cien hombres se movían al unísono. No eran soldados. No llevaban bandera. Gritaban “Bélico, rodilla tierra. Apunten.” como si estuvieran a punto de invadir un país. Pero el país que pensaban invadir era el suyo propio. El cártel de Jalisco había convertido ese huerto en escuela de sicarios. Y los instructores, en muchos casos, habían aprendido el oficio en las fuerzas armadas que juraron defender a México. La línea entre el que protege y el que mata se había borrado con dinero. Con miedo. Con la certeza de que nadie iba a preguntar de dónde venía el uniforme cuando el uniforme estaba manchado de sangre inocente.

Nemesio Oseguera Cervantes no llegó al trono del Cártel Jalisco Nueva Generación por casualidad. Llegó después de caminar por los dos lados de la misma calle. El lado de la ley. Y el lado de la muerte. Nació pobre, en el campo, entre aguacateros y jornaleros que apenas sabían escribir su nombre. No terminó la primaria. Creció recolectando fruta y haciendo trabajos que no dejaban huella en ningún currículum. Pero la ambición, esa que no necesita escuela, ya le ardía en el pecho desde adolescente.

Muy joven cruzó a Estados Unidos. Allí, en las calles de San Francisco y Sacramento, comenzó a traficar heroína y metanfetamina junto a su hermano. La primera vez que lo arrestaron fue en mil novecientos ochenta y seis. Lo liberaron. La segunda vez fue en mil novecientos noventa y dos, en Sacramento. Esa vez no lo liberaron. Lo deportaron. El sueño americano se había convertido en un boleto de regreso sin escalas a un país que ya no reconocía como suyo.

Pero la deportación, en lugar de quebrarlo, lo reconfiguró. Entendió que no podía volver a Estados Unidos. Entendió que tenía que construir su imperio en el lugar que lo vio nacer. Y buscó un camino. No en el campo, no en la fábrica, no en el estudio. Buscó el camino más corto hacia el poder, y ese camino pasaba por un uniforme que México todavía respetaba en aquella época. Se convirtió en policía municipal de Jalisco.

Piénsalo un momento. Un hombre con antecedentes penales en Estados Unidos por tráfico de drogas, deportado, sin estudios, entra a una corporación policiaca mexicana. ¿Quién revisó sus antecedentes? ¿Quién preguntó de dónde venía? La respuesta es simple: nadie. O alguien, pero ese alguien recibió el dinero suficiente para no ver lo que tenía delante.

El Mencho no duró mucho como policía. No porque lo descubrieran, sino porque descubrió que el sueldo de policía era una limosna comparado con lo que podía ganar en el otro lado. Dio el salto al Cártel del Milenio, el brazo del Cártel de Sinaloa que operaba en Colima y Jalisco. No entró como un soldado raso. Entró con conocimiento de causa. Sabía cómo pensaban los policías porque había sido uno de ellos. Sabía cómo se movían las patrullas, cómo se filtraba la información, cómo se compraba la lealtad de un mando. Era el candidato perfecto para un cártel que necesitaba alguien que entendiera el lenguaje de la seguridad pública.

Rápidamente se transformó en el hombre de confianza dentro del Cártel del Milenio. No era un miembro formal, pero estaba a cargo de un escuadrón de asesinos. Su misión: enfrentar a los Zetas, ese grupo comando formado por desertores de fuerzas especiales que había llevado la violencia a un nivel que México nunca había visto. El Mencho les hizo frente con una ferocidad que pocos podían igualar. Logró aniquilar a gran parte de la cúpula de los temidos Zetas. Su nombre comenzó a sonar en los corredores del narco como el del asesino más temido del país.

Pero el verdadero punto de inflexión llegó cuando cayó Ignacio “Nacho” Coronel, uno de los capos más importantes del Cártel de Sinaloa. Su muerte dejó un vacío de poder en Jalisco y Colima. La organización se dividió en dos facciones: “Los Torcidos”, acusados de haber traicionado a Coronel, y “La Resistencia”, que poco después desapareció. El Mencho tomó las riendas de Los Torcidos. Se adueñó del territorio. Y en dos mil once, renombró su facción como Cártel Jalisco Nueva Generación.

Desde entonces, utilizó los contactos que había obtenido tanto como policía como sicario, y el conocimiento que ganó en ambos espacios, para posicionarse como el capo más poderoso de México. Con la capacidad de conformar auténticos ejércitos a su servicio. Ejércitos entrenados no en cuarteles militares, sino en huertos de aguacate como el de Capácuaro, donde en junio de dos mil veinticinco las autoridades encontraron un centro de entrenamiento para asesinos del CJNG.

Los vecinos de la zona habían visto movimiento nocturno. Habían escuchado voces en otro idioma, principalmente venezolano y colombiano. Habían notado que entre cien y ciento cincuenta personas llegaban al huerto en las noches y se iban antes del amanecer. Cuando la policía llegó, los individuos se dieron a la fuga. Dejaron atrás ropa táctica, balas calibre cincuenta, balas de AK-47. Y la certeza de que el Mencho, el policía que nunca debió ser policía, seguía operando desde las tinieblas, construyendo un ejército privado con las mismas técnicas que aprendió cuando usaba placa.

Miguel Ángel Félix Gallardo entendió el poder antes que nadie. No porque lo hubiera estudiado en libros, sino porque lo respiró en los pasillos de la policía y en los salones del gobierno de Sinaloa. Nació pobre, pero con una inteligencia fría y calculadora que lo distinguía de los matones brutos que solo sabían disparar. Desde pequeño se relacionó con pandillas y criminales. La ilegalidad no era una excepción en su vida, era la norma.

Cuando creció, pudo haber estudiado una carrera profesional. Tenía la cabeza para ello. Pero eligió un camino más corto, más práctico, más cercano al poder inmediato. Se inscribió en la Policía Judicial Federal. No porque quisiera combatir el crimen, sino porque entendió que desde adentro podía ver cómo operaba el sistema. Podía identificar a los jueces comprables, a los comandantes callables, a los políticos que tenían precio.

Después de unos años, fue comisionado como escolta de la casa del gobernador sinaloense Leopoldo Sánchez Celis. No un puesto cualquiera. Estar cerca del gobernador significaba estar cerca del poder real. Significaba escuchar conversaciones que no estaban destinadas a oídos comunes. Significaba conocer los secretos de quienes manejan los hilos del estado. Sánchez Celis no solo lo mantuvo como escolta, sino que lo eligió como guardaespaldas de su familia. Y más tarde, forjaron una amistad tan inesperada que el gobernador se convirtió en su compadre.

Esa cercanía con el poder tuvo una influencia decisiva en su futuro. No solo lo expuso a la riqueza y la autoridad, sino también a la corrupción más descarnada. Porque históricamente, los gobernadores de estados como Sinaloa han tenido contacto con negocios turbios. Y como escolta personal del gobernador, Félix Gallardo se acostumbró a ese mundo. Aprendió que la ley era un papel que se doblaba con la cantidad de dinero adecuada.

Pero fue el encuentro con un hombre mítico lo que terminó de sellar su destino. Conoció a Pedro Avilés Pérez, el “León de la Sierra”, uno de los pioneros del narcotráfico en México. Y comenzó a trabajar para él. No como sicario, no como transportista. Como policía. Ofrecía protección a los traslados de droga. Usaba su placa para que los retenes militares no revisaran los camiones cargados de marihuana. Usaba su pistola para silenciar a quienes podían delatarlos.

Rápidamente aprendió que si quería hacer dinero, dinero de verdad, tenía que renunciar a su doble vida como policía y criminal y dedicarse de lleno a las actividades delictivas. Así que a principios de los años setenta renunció a la placa. Pero se quedó con la pistola. Y con los contactos. Y con el conocimiento de cómo funciona el estado desde adentro.

Félix Gallardo se transformó en la mano derecha del León de la Sierra. Colaboró con el trasiego de cocaína y marihuana que generaba ganancias impresionantes. Aprendió el negocio desde la cúpula, no desde la base. Y cuando el capo cayó abatido a tiros el quince de septiembre de mil novecientos setenta y ocho en Tepuche, Culiacán, la vacante para el máximo jefe del narcotráfico en México quedó libre. Félix Gallardo no dudó ni un segundo. Quería esa posición. Y la tomó.

Sentado en el trono de Sinaloa, continuó expandiendo el negocio. Sumó adeptos a sus filas. Constituyó una organización sólida con lealtades y operativos prolijos. Sus años como escolta y policía le sirvieron para entender que el negocio no se sostenía solo con balas, sino con alianzas. Con acuerdos con los gobernadores, con los comandantes, con los jueces. De a poco, el mundo delictivo mexicano entraba en su etapa profesional. Y el rol de Miguel Ángel Félix Gallardo fue fundamental para esa época dorada.

Pero la historia de Félix Gallardo es también la historia de una oportunidad perdida para el Estado mexicano. Porque si alguien hubiera revisado sus actividades cuando aún era policía, si alguien hubiera preguntado por qué el escolta del gobernador vivía por encima de sus posibilidades, quizás el Cártel de Guadalajara nunca habría existido. Pero nadie preguntó. O los que preguntaron recibieron el dinero suficiente para olvidar las respuestas.

Hoy, Félix Gallardo está preso. Pero su legado sigue vivo en cada policía que cruza la línea, en cada militar que cambia el uniforme por un arma al servicio del narco. Porque el sistema que él ayudó a construir, ese donde la policía protege al criminal en lugar de perseguirlo, sigue funcionando cuarenta años después. Solo cambian los nombres. Las caras. Los colores de los billetes. La lógica es la misma.

Arturo Guzmán Decena nació el trece de enero de mil novecientos setenta y seis en Puebla. Hijo de un mecánico y de una ama de casa. Otra historia de pobreza, otra infancia asfixiada por la falta de recursos. Pero lo que distinguía a Arturo de otros niños pobres no era su inteligencia ni su carisma. Era su sed de violencia. Una violencia que no entendía de límites, que no conocía el remordimiento, que no se detenía ante nada.

En su búsqueda de un camino para saciar su ambición, posó su atención en la vida militar. No es que le agradara particularmente el régimen castrense. Le interesaba el contacto con armas de fuego y la idea de poder utilizar la brutalidad que llevaba dentro en un ambiente donde la crueldad era celebrada como virtud. El ejército mexicano, que debería formar defensores de la patria, se convirtió en la academia perfecta para un asesino en potencia.

Dentro del ejército, Arturo Guzmán Decena floreció. Su decisión y su falta de escrúpulos lo transformaban en un soldado perfecto, cuyo único interés era completar las misiones y vencer a la competencia. No importaba el costo humano. No importaban las bajas colaterales. Lo que importaba era el resultado. Y sus superiores, cegados por su eficiencia, interpretaron su potencial violento como el prospecto de un candidato prometedor para las fuerzas especiales de México.

Le dieron madera para integrarlo a una unidad de élite llamada GAFE, el Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales. Desde esa edad, el soldado Arturo lucía como un tipo arriesgado. Era valiente, arrojado. No retrocedía un centímetro en las pruebas más complejas. En el ejército aprendió a crear y desactivar explosivos, espionaje, inteligencia militar, emboscar, torturar. Y lo más importante: aprendió a ver a los seres humanos con desconfianza, siempre desechables.

Hay un episodio que revela la verdadera naturaleza del Z1. Cuentan que durante la represión de una protesta de campesinos indígenas, Guzmán Decena desató su furia sobre los civiles. Su batallón asesinó en pocas horas a treinta y cuatro indígenas zapatistas. Y él, con orgullo enfermizo, narraba que esos rebeldes los arrojó a los ríos con cocodrilos, no sin antes cercenarles las orejas y la nariz. Aquello marcó toda su vida. No porque lo atormentara, sino porque confirmó que la violencia era su lenguaje y que nadie iba a detenerlo.

En las filas del GAFE, Arturo Guzmán Decena también entró en contacto con criminales ligados al narcotráfico. En el mundo de la prostitución ilegal y el trasiego de drogas, conoció a futuros colegas que lo introdujeron al negocio. Pronto comprendió que allí estaba el dinero y el poder que tanto anhelaba. El ejército le pagaba una miseria. El narco le ofrecía fortunas.

A finales de los años noventa, Guzmán Decena desertó. Se convirtió en el escolta personal de la cúpula del Cártel del Golfo. Y no se fue solo. Convenció a varios compañeros de los GAFE de unirse en su deserción. Así nacieron Los Zetas. La organización que llevó la violencia urbana al siguiente nivel. Uno de los mayores responsables de que el conflicto entre brazos armados se libre con tácticas paramilitares, con masacres, con decapitaciones, con fosas clandestinas que aún hoy siguen apareciendo en el territorio mexicano.

Entrenado por el ejército mexicano, adiestrado en Estados Unidos, formado como guardia armada del Cártel del Golfo, el Z1 se transformó en un mito oscuro dentro de las fuerzas armadas. Su historia es un espejo brutal de lo que ocurre cuando el estado forma monstruos y después los pierde de vista. Porque Arturo Guzmán Decena no nació siendo Zeta. Lo hicieron Zeta. Lo formaron Zeta. Le dieron las herramientas para convertirse en el asesino más eficiente que el narco mexicano haya conocido.

Y la pregunta que nadie quiere responder es esta: ¿cuántos Arturos están hoy dentro de las fuerzas armadas mexicanas, esperando el momento de desertar? ¿Cuántos soldados de élite, entrenados a costa del erario público, están siendo cortejados por los cárteles con ofertas de dinero que ningún sueldo militar puede igualar? La respuesta es una incógnita. Pero las consecuencias las seguimos pagando cada día en los titulares de los periódicos.

Los Zetas ya no son la organización que fueron. Su liderazgo original ha sido diezmado por capturas y muertes. Pero el modelo que crearon, el de los soldados convertidos en sicarios, se ha replicado en otros grupos. El Cártel Jalisco Nueva Generación tiene entre sus filas a exmilitares. El Cártel de Sinaloa también. La línea entre el cuartel y el narco es cada vez más delgada. Y mientras los sueldos de los soldados sigan siendo una miseria, mientras las oportunidades de ascenso sean un espejismo, mientras la corrupción siga siendo la norma y no la excepción, los Arturos seguirán apareciendo.

Juan José Esparragosa Moreno no se parecía a los otros. No era un pistolero. No era un sádico asesino. No disfrutaba con la violencia. De hecho, la evitaba siempre que podía. Su lema era simple y efectivo: la violencia es un mal recurso que a la larga produce efectos negativos. Él prefería convencer con gentileza, con amabilidad y, claro, con pesados fajos de billetes.

Nació en una familia humilde y pronto se rodeó de amistades peligrosas que lo sumergieron en la delincuencia. Robos, asaltos a mano armada y otros delitos de poca monta fueron parte de su formación. Pero ya como hombre adulto, eligió unirse a la policía para abrirse camino en el mundo. No lo hizo por vocación de servicio. Lo hizo porque entendió que desde la policía podía proteger a sus amigos criminales con la impunidad que otorga un uniforme.

En la década de los setenta, ya con experiencia criminal, ingresó a la Dirección Federal de Seguridad, un cuerpo policiaco ahora extinto. Se convirtió en policía para aprovechar la placa y la pistola para brindarle protección a sus amigos y a sus cargas de narcóticos hacia Estados Unidos. Ahí comenzó a reclutar a otros policías corruptos para ingresarlos al crimen organizado. Su lógica era impecable: no necesitaba sicarios, necesitaba cómplices. Y los mejores cómplices eran los que ya tenían uniforme.

Gracias a su personalidad conciliadora y sus contactos dentro de la policía, Esparragosa logró transformarse en un hombre importante dentro del crimen organizado. No era un pistolero ni un sádico asesino, pero sí un gestor de negocios importantes. Durante mucho tiempo trabajó junto al mítico León de la Sierra. Y cuando este falleció, Esparragosa continuó su legado a su manera. También trabajó con Pedro Avilés, y cuando este fue asesinado, ayudó a fundar el Cártel de Guadalajara, aunque sin una participación tan protagónica como la de Félix Gallardo, Caro Quintero o Fonseca Carrillo.

Su fuerte no era el tráfico de drogas. Su rol era otro, tal vez más importante: era un conciliador nato, un negociador que hacía el trabajo fino mientras otros hacían el trabajo duro y sucio. Como negociador avezado entre cárteles, logró construir una red de tráfico que conectaba a varios estados de México. De esa manera tuvo un rol importante en la construcción del Cártel de Sinaloa a principios de los años noventa, junto a El Chapo Guzmán y El Mayo Zambada.

Aunque prefería los arreglos a los pleitos, a Juan José Esparragosa no le temblaba el pulso para eliminar brutalmente a quienes se interponían en su camino. Pocas veces tocaba su pistola y no se le conocen asesinatos de alto perfil, porque siempre prefería una negociación a una balacera. Pero cuando la negociación fracasaba, el resultado era el mismo.

Un vistazo a su personalidad puede leerse en el expediente judicial contra el general Francisco Quiroz Hermosillo, un viejo militar acusado en el siglo pasado de colaborar con el crimen organizado. En la carpeta se relata que Esparragosa se acercó al jefe de una banda de narcotráfico para darle un consejo: “Ya no le jale mucho al dedo”, le dijo, en referencia a la frecuencia con la que mataba a sus rivales. No era un consejo moral. Era un consejo pragmático. Matar mucho llamaba la atención. Y llamar la atención era malo para los negocios.

El desenlace de Esparragosa es un misterio a la altura de su tenebrosa leyenda. Se presume que murió en el año dos mil catorce en un hospital de la Ciudad de México debido a un paro cardíaco. Sin embargo, las fuentes discrepan sobre el lugar de su supuesta muerte. Algunas citan la Ciudad de México, otras dicen que fue Guadalajara. Habría sido cremado y sus cenizas enviadas a Culiacán por sus amigos y familiares. Más allá de los testimonios, las autoridades aún no han podido confirmar ni desmentir estas teorías.

La historia de Esparragosa es quizás la más perturbadora de todas, porque muestra que no hace falta ser un psicópata sanguinario para ser un narco exitoso. Basta con ser inteligente, tener contactos y saber que la corrupción es el mejor negocio del país. Él no mataba con sus propias manos. Pero los asesinos que protegía, los policías que corrompía, los cargamentos que facilitaba, todo eso dejaba un reguero de sangre que él nunca veía porque prefería mirar hacia otro lado.

El Mencho, Miguel Ángel Félix Gallardo, Arturo Guzmán Decena, Juan José Esparragosa. Cuatro nombres. Cuatro historias. Un mismo patrón. Todos pasaron por las fuerzas de seguridad mexicanas antes de convertirse en leyendas oscuras del narcotráfico. Todos aprendieron el oficio de matar, de torturar, de corromper, de negociar, en las instituciones que deberían proteger a los ciudadanos. Y todos desertaron. O nunca fueron realmente leales.

La pregunta que México no termina de responder es por qué el sistema sigue produciendo estos monstruos. Por qué un hombre con antecedentes penales en Estados Unidos puede convertirse en policía municipal en Jalisco. Por qué un escolta del gobernador puede construir un imperio criminal sin que nadie pregunte de dónde saca el dinero. Por qué un soldado de élite entrenado por el ejército puede desertar y llevarse a una docena de compañeros consigo para fundar el grupo criminal más violento de su época. Por qué un policía federal puede reclutar a otros policías para trabajar para el narco mientras usa su placa para proteger cargamentos.

La respuesta es incómoda. Duele. Pero hay que decirla. El sistema está podrido desde los cimientos. No son casos aislados. No son manzanas podridas en un cesto sano. El cesto entero está podrido. Y mientras los sueldos de los policías sigan siendo una miseria, mientras los controles de confianza sean un chiste, mientras la corrupción sea la regla y no la excepción, mientras los gobiernos sigan viendo hacia otro lado porque los cárteles financian campañas y compran voluntades, los monstruos seguirán saliendo de las filas de la policía y del ejército.

El huerto de Capácuaro ya no es un huerto. Es una escuela de sicarios. Los vecinos escuchan las órdenes militares en la noche: “Bélico, rodilla tierra. Apunten.” Y nadie hace nada. Porque los que deberían hacer algo tal vez también están entrenando a alguien. O tal vez están recibiendo el dinero de alguien. O tal vez simplemente tienen miedo.

México lleva décadas en esta espiral. Y cada vez que capturan a un capo, aparece otro. Cada vez que desmantelan un cartel, surgen tres. Porque el problema no son los nombres. El problema es el sistema que los produce. Y mientras no toquemos las raíces, los frutos seguirán siendo los mismos.

De esta manera llegamos al final de este análisis. Si te interesa entender cómo funciona el crimen organizado desde adentro, quiénes lo construyeron y por qué el estado mexicano no ha podido derrotarlo, suscríbete al canal. Esto es solo el comienzo.

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