LAS TRES CERVEZAS QUE CAMBIARON A UNA LUCHADORA POR 759 AÑOS DE PRISIÓN
LAS TRES CERVEZAS QUE CAMBIARON A UNA LUCHADORA POR 759 AÑOS DE PRISIÓN
El olor a alcohol impregnaba las paredes de adobe. Una niña de doce años escuchó el trueque antes de entenderlo. Su madre, Justa Samperio, extendió la mano sucia y recibió tres latas frías. Eso valía Juana. Eso valía su cuerpo, su futuro, su alma. El hombre la tomó, la ató con una soga, la golpeó y la violó. Nueve meses después, una niña dio a luz a otra niña. La madre que la vendió nunca pidió perdón. Murió de cirrosis cuando Juana tenía 18, sin un abrazo, sin un cierre. Esa niña creció, se puso un traje rosa de lucha libre, se hizo llamar “La Dama del Silencio” y mató. Mató una vez. Mató dieciséis veces. Mujeres de la tercera edad. Mujeres solas. Mujeres que abrían la puerta porque enfrente tenían a una “enfermera” con estetoscopio y sonrisa oficial. Hoy, Juana Barraza Samperio tiene 68 años, vende tacos los lunes en el penal de Santa Marta Acatitla, y su cuerpo —fractura de fémur, insuficiencia renal, presión alta— está perdiendo la batalla que 759 años de condena no pudieron ganar.
El Pueblo, La Ausencia Y El Trueque Más Cruel
Pahuatlán, Hidalgo, 27 de diciembre de 1957. Una mujer dio a luz a una niña a la que llamaron Juana Barraza Samperio. El padre desapareció antes de que ella aprendiera a caminar. La madre, Justa, eligió la botella antes que a sus hijos. No hubo escuela, no hubo amigos, no hubo una infancia en el sentido que una persona normal entiende esa palabra. Hubo hambre, hubo golpes, hubo noches enteras escuchando a su madre maldecir a un mundo que tampoco la había querido a ella.
Y luego, el momento exacto en que la vida de Juana se partió en dos. Tenía 12 años, quizá 13. Su madre la entregó a un vecino a cambio de tres cervezas. No fueron monedas de oro, no fue una propiedad, no fue un favor político. Fueron tres latas de una bebida que se vende en cualquier tiendita de la esquina. Ese fue el precio de una niña. El hombre la golpeó, la ató con una soga y abusó de ella. Cuando terminó, la dejó ir como quien suelta un animal lastimado que ya no sirve.
Juana quedó embarazada. Dio a luz. Cuidó a ese hijo mientras seguía siendo una niña. Los psicólogos que años después estudiaron su caso pusieron ese instante en el centro de todo. Porque lo que vino después —los crímenes, el odio a las mujeres mayores, la necesidad de matar— no fue un accidente. Fue algo que se fue construyendo muy lentamente, capa tras capa, durante décadas.
Madre Muerta, Hijo Asesinado, Rencor Eterno
Juana tuvo cuatro hijos en total. Uno de ellos, el mayor, el que nació de la violación, fue asesinado a los 24 años durante una riña callejera. Ella describió esa muerte como “el momento más triste de mi vida”. No dijo “el más triste” por el hijo en sí, sino porque era el único vínculo que la conectaba con algo anterior al odio. Después de eso, ya no quedaba nada.
Su madre murió de cirrosis hepática cuando Juana tenía 18. No hubo reconciliación, no hubo perdón, no hubo cierre. Lo que quedó en Juana, según sus propias palabras dichas décadas después frente a los fiscales, fue rencor y odio. Una pregunta que nunca encontró respuesta: “¿Por qué las señoras? ¿Por qué las señoras me hicieron esto?” Porque en su cabeza deformada por el abandono, las mujeres mayores —las madres, las abuelas, las que deberían proteger— eran el origen de todo su dolor.
Trabajó vendiendo palomitas de maíz, lavando ropa ajena, haciendo trabajos ocasionales que apenas le alcanzaban para mantener a sus hijos. Pero en paralelo, adquirió conocimientos básicos de enfermería. Nunca se tituló ni ejerció formalmente, pero aprendió lo suficiente para saber cómo hablar con autoridad médica frente a alguien que necesitaba ayuda. Cómo mostrar un estetoscopio colgado al cuello como si fuera un pase mágico. Cómo tocar una puerta y decir: “Soy trabajadora social, vengo a ayudarle”.
Esa combinación —rabia contenida, físico robusto, voz calmada y un disfraz de oficial— se convertiría en el arma más letal que la Ciudad de México había visto en décadas.
El Traje Rosa Y El Cuadrilátero Como Escondite
Alrededor de los 30 años, Juana descubrió la lucha libre. México es país de máscaras, de héroes y rudos, de gritos en arenas humildes donde el público cree por dos horas que la justicia existe. Juana se compró un traje rosa con un cinturón de cuero blanco. Adoptó el nombre de “La Dama del Silencio”. Y empezó a participar en funciones semiprofesionales en la Ciudad de México, en el bando de los rudos, de los que provocan abucheos.
Las exluchadoras que la conocieron en aquellos años dijeron algo que los documentales posteriores recogieron con precisión: Juana nunca fue una luchadora de carrera. Era una fanática que adoptó un personaje. Una mujer que encontraba en el ring la única versión de sí misma en la que se sentía alguien. Allá afuera era la señora que vendía palomitas. Adentro del cuadrilátero era “La Dama del Silencio”. Y ese personaje, esa máscara sin máscara, se fue filtrando en su vida real hasta que ya no supo dónde terminaba el espectáculo y comenzaba el horror.
“Ruda de corazón”, le preguntaron una vez. “¿Y dónde es más ruda? ¿Aquí o en casa?” Ella respondió: “Ah, pues en los dos lados”. Esa frase, dicha con una sonrisa que no llegaba a los ojos, resume la esquizofrenia de una mujer que vivía dos vidas paralelas: una en la que era una vecina tranquila y otra en la que era una asesina meticulosa.
El Disfraz De Enfermera Y El Patrón Mortal
Mientras Juana se ponía el traje rosa los fines de semana, durante la semana desarrollaba su otra identidad. El método era siempre el mismo. Se presentaba ante sus víctimas haciéndose pasar por enfermera, trabajadora social o empleada de programas gubernamentales de apoyo al adulto mayor. Llevaba un estetoscopio colgado al cuello, formularios falsos de solicitud de pensión y una identificación apócrifa. Con ese disfraz tocaba puertas.
Las señoras mayores que vivían solas, que necesitaban ayuda, que veían a alguien con aspecto oficial ofreciéndoles algo, abrían. La confianza era la puerta de entrada. Una vez adentro, el desenlace era siempre violento. Las investigaciones establecieron que asfixiaba a sus víctimas usando lo que tuviera disponible: una pañoleta, un cordón de cortinero, el cinturón de una bata de baño, un cable, el propio estetoscopio. Apretaba hasta que el cuerpo dejaba de temblar. Luego revisaba la casa, tomaba los objetos de valor que encontraba —televisiones pequeñas, radios, joyas de fantasía, dinero guardado bajo el colchón— y se marchaba.
La escena quedaba en silencio. No gritos, no forcejeos grabados en la memoria de los vecinos. Solo una puerta cerrada y una señora que ya no volvería a abrirla.
El Patrón Que Las Autoridades No Veían
A partir del año 2003 —aunque los primeros crímenes se remontan a finales de los 90—, las autoridades de la Ciudad de México comenzaron a detectar un patrón alarmante. Mujeres de la tercera edad que vivían solas eran encontradas sin vida en sus propios hogares con signos de estrangulamiento y con objetos de valor desaparecidos. Siempre el mismo perfil: mayores de 60 años, solas, condición económica modesta, poca o ninguna red de protección cercana.
El perfil de la víctima era claro. El del agresor, no. Porque los testigos que veían a alguien salir de las escenas del crimen describían a una persona de complexión robusta, hombros anchos, cabello corto teñido de rubio y facciones duras. Los investigadores, formados en un mundo donde los asesinos seriales eran siempre hombres, asumieron que buscaban a un hombre disfrazado de mujer.
Esa hipótesis parecía razonable en apariencia. Pero era errónea en su premisa más básica.
En julio de 2004, la Procuraduría presentó públicamente a un primer sospechoso. No era él. En septiembre del mismo año presentaron a un segundo sospechoso. Tampoco era. Mientras tanto, los crímenes continuaban. En 2005, las autoridades elaboraron un busto de arcilla con las características del sospechoso basándose en los testimonios de quienes habían visto a la persona cerca de las escenas. El busto se parecía notablemente a Juana Barraza. Pero seguían buscando a un hombre.
La pieza que faltaba no era un retrato más preciso. Era la disposición a reconocer que el perfil criminal que tenían construido estaba equivocado en su premisa más básica.
La Captura: 25 De Enero De 2006
El 25 de enero de 2006, Juana Barraza entró al domicilio de Ana María de los Reyes Alfaro, de 89 años, ubicado en la calle José Jaso número 21, colonia Moctezuma, Ciudad de México. La señora la dejó pasar. Lo que ocurrió dentro de esa casa terminó con la vida de Ana María. Pero esta vez, algo salió mal para Juana. Cuando intentaba salir del domicilio, un joven vecino que pasaba por el lugar la vio. No era un policía, no era un detective. Era un ciudadano común que notó algo extraño: una mujer robusta saliendo de la casa de una anciana sola con un estetoscopio al cuello y una actitud nerviosa.
El vecino la detuvo. La retuvo hasta que llegó la policía. Cuando los agentes ingresaron a la casa de Ana María, la encontraron sin vida. Juana llevaba en su bolsa los formularios falsos, la identificación apócrifa y el estetoscopio.
Lo que dijo Juana Barraza en el momento de su captura, antes de que llegaran los abogados y comenzara el montaje de la defensa, quedó registrado en el expediente como una de las declaraciones más crudas en la historia criminal de México. Dijo: “Odiaba a las señoras porque mi mamá me maltrató, me pegaba y siempre me maldecía. Un día me regaló con un señor grande y yo fui abusada. Por eso odiaba a las señoras. Yo sé que no es excusa, no merezco perdón ni de Dios ni de nadie, pero ya lo hice.”
Esa frase es lo más cercano a una confesión que existe en este caso. Después, Juana cambiaría de versión. Diría que los medios la condenaron antes que los jueces. Diría que era luchadora, no asesina. Pero esa noche de enero de 2006, esposada y recién descubierta, la verdad se le escapó por la boca como el aire de un globo pinchado.
La Sentencia Y La Paradoja Legal
El proceso judicial duró dos años. Testigos, peritos, psicólogos, fiscales, abogados defensores. El país entero siguió cada audiencia como si fuera un capítulo de novela. El 31 de marzo de 2008, el Juzgado 67 Penal del Reclusorio Femenil de Santa Marta Acatitla dictó sentencia: 759 años y 17 días de prisión por el homicidio de 16 mujeres de la tercera edad y 12 robos calificados. La cifra era astronómica, diseñada más para el impacto simbólico que para el cumplimiento real.
Porque en México, ninguna condena puede cumplirse por más de 50 años. Esa es la realidad legal que pocos medios explican cuando repiten el número redondo. Juana entró al penal en enero de 2006. Enero de 2056 se cumplirían esos 50 años. Tendría 98 años. Si llegaba viva a esa fecha —y si su salud se lo permitía—, la ley abriría teóricamente la puerta. Además, debería pagar una multa de más de 100,000 pesos o sustituirla con trabajo comunitario. A los 98 años. Con insuficiencia renal. Con una fractura de fémur que la dejó cojeando para siempre.
Cuando escuchó la sentencia, Juana dijo: “Que Dios los perdone y que a mí no me olvide”. No pidió perdón para sí misma. Pidió ser recordada. Y en cierto modo, lo logró.
Tacos, Salón De Belleza Y Un Matrimonio Por Carta
Santa Marta Acatitla no es una prisión de máxima seguridad como el Altiplano. Es un centro femenil de reinserción social ubicado en Iztapalapa, con capacidad para más de mil internas. Tiene canchas deportivas, talleres de costura, panadería, tortillería, artesanías, una capilla, zona de visita conyugal y una guardería para hijos pequeños. Dentro de ese mundo acotado, Juana construyó una segunda vida.
Se sabe por reportes periodísticos y por sus propias declaraciones que vende tacos los lunes y martes dentro del penal. Eso no es un programa del sistema penitenciario. Es un negocio propio que opera dentro de las reglas: las internas pueden hacer pequeños comercios entre sí, y Juana encontró en eso una manera de generar algo de dinero propio y de ocupar el tiempo que de otra forma sería un pozo sin fondo de horas muertas. También va regularmente al salón de belleza. En las fotos que han circulado de distintas épocas de su encierro, aparece con el cabello teñido de colores distintos según el año: rubio, castaño, rojizo. Con lentes. Más delgada que en 2006.
El 26 de junio de 2015, Juana fue una de las 49 internas que contrajeron matrimonio en Santa Marta en una boda colectiva organizada por el sistema penitenciario como parte de una campaña llamada “Lazos en reclusión”. El novio era un hombre llamado Miguel Ángel, preso en un penal varonil acusado de robo. Habían sostenido una relación de más de un año, pero completamente por carta. No se habían visto en persona hasta el día en que firmaron el acta de matrimonio. Las imágenes de Juana sonriendo en la boda, vestida para la ocasión dentro del penal, dieron la vuelta al país.
Un año y pico después se divorciaron. La relación que había funcionado en papel no sobrevivió el contacto real. Desde entonces no se le conoce pareja.
La Fractura De 2023
En julio de 2023, Juana Barraza sufrió una fractura de fémur dentro del penal. Tenía 65 años. El fémur es el hueso más largo y resistente del cuerpo humano. Para romperlo hace falta una caída violenta o que el hueso esté ya debilitado por años de desgaste y mala nutrición. La trasladaron bajo custodia al hospital de Xoco, recibió tratamiento quirúrgico, fue dada de alta y regresó al penal. Pero esa fractura no se fue con el alta médica. Dejó consecuencias: problemas de movilidad, un ritmo diferente al caminar, dificultad para estar de pie por periodos largos, dolor crónico que la medicación del penal solo alivia hasta cierto punto.
Así vive ella hoy. Cojeando. Apoyándose en paredes. Bajándose de la litera con la lentitud de quien sabe que una caída más podría ser la última. Además de la fractura, los médicos del penal detectaron en ese periodo desgaste articular y presión arterial elevada. Afecciones comunes en personas de su edad, pero que requieren seguimiento constante y medicación regular dentro de un penal. Eso depende de que el médico de guardia tenga el medicamento disponible, de que el expediente esté actualizado y de que haya continuidad en el tratamiento. Si algo falla en esa cadena, las consecuencias van directo al cuerpo de la interna.
El domingo 24 de mayo de 2026, Juana Barraza Samperio fue sacada del penal de Santa Marta Acatitla en ambulancia, rodeada de un fuerte operativo de seguridad. El destino: el Hospital General Belisario Domínguez en Iztapalapa. El diagnóstico: insuficiencia renal con complicaciones severas. La Secretaría de Seguridad Ciudadana confirmó el traslado ese mismo día. Los médicos del hospital la evaluaron, aplicaron el tratamiento para estabilizar su función renal y, menos de 24 horas después de su ingreso, firmaron el alta. El lunes 25 de mayo de 2026 fue devuelta a su celda para continuar el tratamiento dentro del penal.
Esa es la versión oficial. La versión que importa está en lo que no dijeron. La insuficiencia renal crónica, dependiendo de su etapa, puede escalar hasta requerir sesiones de hemodiálisis regulares. Eso significa que Juana podría necesitar salir del penal varias veces por semana hacia una unidad especializada con todo el operativo de seguridad que eso implica. Cada salida requiere coordinación entre el sistema penitenciario, las autoridades capitalinas y el centro médico receptor. No es un trámite simple. No es algo que el sistema pueda improvisar de manera sostenida durante años.
Las autoridades no han dicho públicamente en qué etapa está la insuficiencia renal de Juana. El estado “reservado” que informaron después de su alta no aclara si va a necesitar diálisis en el corto plazo o si por ahora puede manejarse con medicación y dieta controlada. Lo que sí es público es que el penal de Santa Marta ya tuvo que sacarla de emergencia porque no podía atenderla dentro. Eso por sí solo ya dice mucho.
Hay mecanismos legales en México que permiten evaluar si el estado de salud de un interno es incompatible con la reclusión. En casos extremos se puede solicitar detención domiciliaria o atención hospitalaria continua por razones humanitarias. Pero esos mecanismos requieren demostrar ante un tribunal que la condición médica no puede ser atendida dentro del penal. A mayo de 2026, las autoridades dijeron que Juana fue estabilizada y regresó. Mientras el sistema pueda decir eso, la puerta de cualquier cambio en sus condiciones permanece cerrada.
Y aquí está la paradoja más brutal de este caso. La ley le dice a Juana que si llega viva a 2056 podría salir libre porque el tope máximo que puede cumplir son 50 años. Pero su cuerpo en 2026 ya está planteando la pregunta de si va a llegar hasta 2056. Esa pregunta no tiene respuesta todavía. Pero cada vez que la sacan en ambulancia, cada vez que los médicos escriben “estado reservado” en un informe, la pregunta se vuelve más urgente.
En enero de 2024, después de casi 18 años de silencio mediático casi total, Juana habló por primera vez en profundidad desde la cárcel. Lo hizo en un programa especial del Canal 14 del Sistema Público de Radiodifusión llamado “Cartas para la libertad”. Lo que dijo sacudió a mucha gente porque contradice frontalmente lo que ella misma admitió en el momento de su captura.
Dijo: “Soy luchadora, no soy asesina. Que me prueben que me agarraron vestida de enfermera”. Dijo que los medios de comunicación la condenaron antes que ningún juez. Dijo: “Aquí seguiré trabajando como muchas mujeres que son honestas y honradas”. Esa entrevista fue vista dentro del propio penal. Sus compañeras la vieron hablar de su caso en televisión por primera vez en casi dos décadas.
Entre la Juana que en 2006 dijo “odiaba a las señoras, ya lo hice” y la Juana que en 2024 dice “soy luchadora, no soy asesina”, hay un abismo que la justicia mexicana nunca terminó de cruzar. No porque los jueces fueran incompetentes, sino porque una cosa es lo que consta en el expediente y otra cosa es lo que una mujer que lleva 20 años encerrada necesita creer de sí misma para no volverse loca.
La psicología penitenciaria tiene un nombre para esto: reconstrucción narrativa de la identidad. Cuando alguien pasa décadas en prisión, su cerebro, para sobrevivir, empieza a reescribir su propia historia. Los hechos no cambian, pero su significado sí. La culpa se difumina. La responsabilidad se desplaza. El “yo hice esto” se convierte en “me hicieron esto a mí”. No es cinismo. Es un mecanismo de defensa que opera por debajo de la conciencia.
Cuando le preguntaron en 2024 si se sentía contenta con su vida, Juana respondió: “Claro que sí, ¿por qué no? Así como me ve riendo siempre, así soy”. Puede leerse como un mecanismo de defensa, como la adaptación de alguien que decidió hace mucho tiempo no dejar que el encierro la consumiera visiblemente. Pero lo que no puede borrar ninguna sonrisa es el recuerdo de las 16 mujeres que murieron en sus propias casas, engañadas por alguien en quien confiaron.
El documental de Netflix de 2023, “La dama del silencio: el caso mataviejitas”, revisó el expediente con acceso a nuevas fuentes y planteó preguntas sobre si todos los crímenes atribuidos a Juana fueron realmente suyos. Eso no significa que ella sea inocente de todo. Significa que la investigación original, realizada bajo una presión pública enorme en un momento en que la Ciudad de México exigía respuestas, pudo tener imprecisiones en algunos de sus puntos. Es un debate legítimo, pero Juana sigue presa, su condena sigue firme y los tribunales que revisaron el caso la ratificaron.
Lo que los expedientes no tienen forma de borrar es la declaración que ella misma hizo en el momento de su captura. Esa frase que reconocía el odio, que admitía lo que había hecho, que pedía que no la olvidaran aunque no mereciera perdón. Esa frase existe en el expediente, coexiste con la Juana de 2024 que dice que no hizo nada. Y entre esas dos versiones, lo que queda en el medio es una mujer de 68 años con insuficiencia renal en una celda de Iztapalapa que lleva 20 años pagando una condena de 759 años.
Juana Barraza Samperio entró a Santa Marta en enero de 2006 con 48 años y la constitución física de alguien que había practicado lucha libre y hecho trabajo físico toda su vida. Hoy tiene 68. Las fotografías más recientes muestran a una mujer que ha envejecido de manera notoria: el cabello teñido, los lentes, la figura más delgada, los brazos que en 2015 todavía se describían como firmes ya no son los mismos. El cuerpo acusa 20 años de vida penitenciaria.
Esa es la verdad que ningún titular captura. La justicia llegó. Tardó, pero llegó. Y sigue llegando cada día que Juana pasa dentro de esa celda. Pero el tiempo, ese verdugo silencioso, está haciendo algo que los jueces no pudieron: está decidiendo por ella. La insuficiencia renal crónica, la fractura de fémur, la presión arterial elevada, el desgaste articular. Cada una de esas condiciones es una pequeña condena adicional que no aparece en el expediente.
En algún lugar de Santa Marta Acatitla, en una celda que ya conoce cada grieta de la pared, Juana Barraza duerme cada noche sabiendo que el día siguiente será igual al anterior. Se levanta, desayuna lo que el penal sirve, vende tacos si es lunes o martes, va al salón de belleza si tiene dinero, se sienta en el patio a ver el mismo cielo que ha visto durante 20 años. Y en algún rincón de su cabeza, quizá todavía suena la música de la lucha libre, los gritos del público, el momento en que “La Dama del Silencio” entraba al ring y el mundo, por unos segundos, la miraba sin asco.
Ese fue el único momento en que Juana se sintió elegida. El resto fue silencio. El silencio de las casas donde entraba con estetoscopio. El silencio de los cuartos donde las señoras dejaban de respirar. El silencio de los pasillos de Santa Marta. El silencio de los años que pasan sin que nadie pregunte cómo estás realmente.
Y en ese silencio, la niña que una madre vendió por tres cervezas sigue esperando que alguien, por fin, le diga que no era su culpa. Pero ya es tarde. Las 16 mujeres muertas también esperaron. Y nadie llegó a salvarlas.


