Las Siete Costillas Rotas Que Un Gobierno Llamó “Muerte Natural”
Las Siete Costillas Rotas Que Un Gobierno Llamó “Muerte Natural”
La niña de 7 años esperaba en la puerta de su casa. No llegó. No llegó ese día. No llegó al siguiente. Nunca llegó. Dos días antes se lo habían llevado en plena calle de Caracas. Lo encontraron después con siete costillas fracturadas, el hígado reventado a golpes, la piel marcada por quemaduras de cigarrillo y lesiones eléctricas en todo el cuerpo. El gobierno salió en televisión nacional esa noche y dijo que había muerto de un infarto. Un infarto. La niña se llamaba Delcy Eloína Rodríguez Gómez. Hoy, 50 años después, es la presidenta de Venezuela. El galán más guapo de la televisión latinoamericana, Fernando Carrillo, acaba de llamarla “el gran amor de mi vida” en televisión chilena, casi 20 años después de que terminaran su romance. Ella nunca respondió. Nunca dijo una palabra sobre él. En cambio, aceptó la compañía de otro hombre, un empresario que pasó de ser un empleado anónimo a acumular 413 millones de dólares en contratos con el gobierno venezolano. Mientras el país se desangraba, mientras 8 millones de personas huían, mientras los pacientes renales morían esperando diálisis, esa mujer aterrizó en Madrid a las 3 de la mañana con 40 maletas que nadie revisó, y en la computadora de su socio apareció después una orden de compra de 104 barras de oro por 68 millones de dólares. Esta es la historia de cómo una niña traumatizada juró venganza, cómo la cumplió, y cómo en el camino se convirtió exactamente en lo que su padre había muerto combatiendo.
Jorge Antonio Rodríguez nació el 16 de febrero de 1942 en Carora, estado Lara. Era un idealista. Se hizo líder estudiantil, fundó el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y después la Liga Socialista. Lo llamaban “el maestro” porque enseñaba a otros a luchar. Tenía una esposa y dos hijos: Jorge, de 11 años, y Delcy, de 7. El 23 de julio de 1976, los hombres de la Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención (Disip), la policía secreta venezolana, lo detuvieron en la avenida Sucre de Caracas a plena luz del día. Lo subieron a un carro sin placas. Lo llevaron a Los Chaguaramos, el centro de detención más temido del país. Cinco meses antes, el 27 de febrero de 1976, un comando guerrillero había secuestrado a William Frank Niehous, presidente de Owens Illinois en Venezuela, un símbolo del imperialismo yanqui. El secuestro duraría tres años y cuatro meses, uno de los más largos de la historia. La Disip quería información: dónde tenían escondido al gringo, nombres, direcciones, planes. Y para obtenerla estaban dispuestos a hacer lo que fuera necesario.
Lo torturaron durante 48 horas consecutivas. Dos días, dos noches, sin parar. Una diputada de la Asamblea Nacional lo describiría años después en un homenaje oficial: “Luego de bárbaras torturas que le reventaron sus huesos, costillas, hígado y corazón, fue dejado en un calabozo tirado para morir solo”. La autopsia documentó cada detalle. Siete costillas fracturadas, el tórax hundido a golpes. Quemaduras de cigarrillo en toda la piel. Lesiones por descargas eléctricas en múltiples partes del cuerpo. El hígado reventado por los impactos. Hemorragias internas masivas. Contusiones torácico-abdominales. Lo dejaron tirado en una celda, sin agua, sin atención médica, sin nadie que lo escuchara gritar. Se desangró lentamente durante horas hasta que murió. Era el 25 de julio de 1976. Tenía 34 años.
Esa noche, el ministro de Relaciones Interiores, Octavio Lepage, salió en televisión en horario estelar. Miró a la cámara y dijo: “El señor Jorge Rodríguez falleció de muerte natural a consecuencia de un infarto”. Un infarto. Con siete costillas rotas, el hígado destrozado, quemaduras y descargas eléctricas. Un infarto. El periodista José Vicente Rangel, que después sería vicepresidente de Hugo Chávez, denunció públicamente la verdad. El escándalo explotó. Varios funcionarios de la Disip fueron destituidos. Los condenaron a 20 años de prisión por tortura y homicidio. 20 años. Después salieron y siguieron sus vidas. Nadie más pagó. Pero la niña de 7 años no olvidó. Su madre, Delcy Gómez, quedó destrozada. No pudo consolar a sus hijos. No pudo darles una infancia normal. Los programó. Un viejo amigo de la familia lo describió así años después: “Delcy Gómez quedó marcada por ese crimen. Ella instigó en sus hijos la obligación de ser los mejores, conquistar el poder y vengar la muerte de su padre”. Cada mañana, antes de ir a la escuela, les recordaba que su padre era un mártir. Cada noche, antes de dormir, les recordaba quiénes eran sus enemigos: el gobierno, la policía, el sistema, los ricos, los poderosos. Y cada día, sin excepción, les recordaba su misión: llegar al poder y vengar.
23 años después, en 1999, apareció Hugo Chávez. Hablaba de revolución, de justicia social, de cambio. Usaba las mismas palabras que el padre de Delcy. Delcy vio su oportunidad. Entró al gobierno en 2003 como coordinadora de la vicepresidencia. Tenía 34 años, la misma edad que su padre cuando lo mataron. En 2006 la ascendieron a ministra del despacho de la presidencia. Controlaba la agenda de Chávez, decidía quién entraba y quién no. Su hermano Jorge también había entrado al poder: presidente del Consejo Nacional Electoral, el organismo que controla las elecciones. Dos hermanos, dos posiciones de poder, un solo objetivo. Y fue en ese momento, cuando Delcy tenía 37 años y estaba en la cima del poder, cuando ocurrió algo que nadie esperaba: el galán más famoso de Venezuela se enamoró de ella.
Fernando Carrillo tenía 40 años en 2006. Era Luis Alfredo en Abigail, la telenovela que rompió todos los récords, la que veían millones de mujeres en toda Latinoamérica. Era guapo, famoso, rico. Había estado casado con Catherine Fulop, una de las mujeres más hermosas de Venezuela. Estaba acostumbrado a ser deseado. Y ese año conoció a Delcy Rodríguez a través de amigos en común. Ella era ministra, seria, callada, vestía de negro, no sonreía en las fotos, no hablaba de cosas triviales. Todo lo opuesto a las mujeres con las que había estado toda su vida. Y él se enamoró de ella. Años después, en una entrevista en el programa Lam de Argentina, Fernando fue brutalmente honesto. “Fue una relación difícil”, dijo. “A mí los míos me comentaban que cómo podía estar yo con una tipa tan fea después de haber estado con Catherine Fulop.” Tan fea. Esas fueron las palabras de sus propios amigos. Pero él no les hizo caso. La defendió. Dijo: “Delcy es bella, brillante, es protectora y una lumbrera. Se lee un libro de 500 páginas en una noche”. No hablaba de su físico. Hablaba de su mente, de su intensidad, de su inteligencia. De algo que él veía en ella y que nadie más parecía ver.
La relación duró un año, entre 2006 y 2007. Fue discreta, sin escándalos, sin fotos en revistas, sin declaraciones públicas. Y terminó. Nadie sabe exactamente por qué. Ella nunca habló de eso. Nunca lo mencionó en ninguna entrevista. Nunca confirmó siquiera que la relación hubiera existido. Pero él sí habló. Hace apenas unos días, el 5 de enero de 2026, casi 20 años después de esa relación, Fernando Carrillo apareció en el matinal Contigo en la mañana de Chilevisión. Estados Unidos acababa de capturar a Maduro. Delcy acababa de asumir la presidencia. Todo el mundo hablaba de ella. Y le preguntaron a Fernando si ella había traicionado a Maduro. Él la defendió como si todavía estuvieran juntos: “Si hay alguien chavista en Venezuela es el presidente Maduro. Y si hay alguien madurista es la vicepresidenta Delcy Rodríguez. No he conocido una mujer más fiel, más leal, más honesta, más noble, más valiente”. Y entonces dijo la frase que dejó a todos en silencio: “Ha sido el gran amor de mi vida”. El gran amor de su vida. Casi 20 años después. La conductora no supo qué decir. Y ella, como siempre, no respondió. Nunca confirmó, nunca desmintió, nunca dijo “sí, fue el amor de mi vida también”. Silencio. El mismo silencio que ha mantenido toda su vida sobre cualquier cosa que no sea poder.
Mientras Fernando Carrillo la recordaba con nostalgia, otro hombre ocupaba su lugar. Jusuf Abu Nasif Smiley, venezolano de origen libanés, 36 años. Antes de conocer a Delcy, era un empleado anónimo en Interbursa, una casa de bolsa en Caracas. Nadie sabía su nombre. Nadie lo invitaba a las fiestas importantes. Interbursa estaba controlada por empresarios que después comprarían Globovisión y la convertirían en vocera del régimen. Un ejecutivo de esa firma se jactó en una entrevista: “Ganamos mucho dinero. En Venezuela se transaban 500 millones de dólares semanales”. Jusuf estaba ahí aprendiendo, viendo cómo funcionaba el sistema, esperando su oportunidad. Esa oportunidad llegó en 2017 cuando empezó a salir con la vicepresidenta de Venezuela. De la noche a la mañana, el empleado de casa de bolsa se convirtió en uno de los hombres más ricos del país. Una investigación del portal Armando.info, dirigida por el periodista Roberto Deniz, reveló los números exactos. Desde 2017, las empresas controladas por Jusuf y sus hermanos Omar y Jamal obtuvieron contratos con el gobierno venezolano por al menos 413 millones de dólares. 413 millones para suministrar comida a los pobres a través de los CLAP, los comités locales de abastecimiento. El programa social que el régimen presentaba como su mayor logro era, en realidad, un negocio multimillonario de corrupción. Sus empresas facturaban precios inflados, importaban productos de mala calidad, a veces vencidos, y se quedaban con la diferencia. Y los venezolanos no podían protestar porque si protestabas te quitaban la caja de comida, y si no tenías caja, no comías.
Pero eso no fue todo. En 2019, otra de las empresas de Jusuf obtuvo un contrato adicional por 145 millones de euros para importar kits de hemodiálisis. Los kits que necesitan los pacientes renales para sobrevivir. Los kits que limpian la sangre de las toxinas cuando los riñones ya no funcionan. Sin esos kits, la gente muere. En Venezuela, esos kits escasean. Una enfermera en un hospital de Caracas le dijo a un paciente que buscaba diálisis: “Anótate en la lista a ver si muere o fallece algún paciente. Es la opción que tienes”. Esperar a que alguien muera para poder usar su máquina. Entre 2017 y 2019, según el exministro de salud del propio chavismo, Carlos Rotondaro, murieron 5,000 pacientes renales en Venezuela. 5,000 personas. Y el contrato para importar esos kits se lo dieron a una empresa fantasma en Hong Kong controlada por el novio de la vicepresidenta. 145 millones de euros para el novio de Delcy, mientras 5,000 venezolanos morían esperando diálisis. Roberto Deniz lo resumió así: “Delcy y Jorge Rodríguez acumulan poder. A la sombra de ellos crece el emporio del clan Abu Nasif. Cupido llegó con una alforja llena de contratos”. No llegó con flores, no llegó con poemas, no llegó con amor. Llegó con 413 millones de dólares.
El 20 de enero de 2020, a las 3 de la madrugada, un avión privado con matrícula turca aterrizó en el aeropuerto de Barajas, Madrid. A bordo venía Delcy Rodríguez, vicepresidenta de Venezuela. Tenía prohibido pisar territorio europeo desde 2018. La Unión Europea la había sancionado por socavar la democracia y violar derechos humanos. Sus activos estaban congelados. Su entrada al espacio Schengen era ilegal. Sin embargo, ahí estaba. Y con ella venía su novio Jusuf Abu Nasif, el ministro de Turismo de Venezuela, el futuro presidente de la Federación Venezolana de Fútbol, y 40 maletas. Cuarenta. El ministro de Transportes de España, José Luis Ávalos, número dos del gobierno de Pedro Sánchez, la estaba esperando en la pista junto a su asesor personal y un empresario llamado Víctor de Aldama. Subieron al avión. Estuvieron más de una hora hablando. Luego se reunieron en una sala VIP. Las 40 maletas nunca pasaron por ningún control de aduanas. Un vigilante jurado que estaba esa noche declaró ante notario: “El personal trasladó dos carros con maletas al exterior de la zona pública para ponerlos en vehículos sin pasar ningún control”. Sin ningún control. El caso se conoció como el Delcygate. La oposición española pidió explicaciones, investigaciones, la dimisión de Ávalos. El gobierno de Pedro Sánchez cerró filas e intentó enterrar el caso. Víctor de Aldama, el empresario que fue a recibirla, le confesó a un amigo lo que pasó. El diario El Español publicó esa confesión. Aldama dijo: “Se han quedado maletas llenas de dinero en España”. Y cuando su amigo le preguntó preocupado, Aldama respondió: “Eso lo sabe Pedro Sánchez”. El presidente de España sabía.
Cuatro años después, en octubre de 2024, la Guardia Civil Española encontró algo en la computadora de Víctor de Aldama. Una fotografía. Una orden de compraventa de 104 barras de oro venezolano por 68 millones y medio de dólares. La transacción involucraba al Fondo de Desarrollo Nacional de Venezuela, una empresa española y nombres conectados directamente con Delcy Rodríguez. 68 millones de dólares en oro moviéndose en las sombras, mientras 8 millones de venezolanos huían de su país porque no tenían qué comer, mientras los hospitales no tenían medicinas, mientras los niños morían de hambre. Conecta los puntos. Eso fue lo que quedó de la niña que juró vengar a su padre.
Julio de 2024. Venezuela estaba a punto de votar. Por primera vez en años, la oposición se había unido tras un candidato: Edmundo González, un diplomático de 74 años. María Corina Machado, inhabilitada por el régimen, organizó todo. Todos los sondeos daban a González como ganador por márgenes enormes. El 28 de julio, millones de venezolanos salieron a votar. Documentaron las actas con sus teléfonos. La tendencia era clara: González ganaba con más del 60% de los votos. Maduro apenas llegaba al 30%. Era una paliza histórica. Pero entonces el Consejo Nacional Electoral dejó de transmitir resultados. Las horas pasaron. La medianoche llegó. Silencio. A la 1 de la madrugada, el presidente del CNE apareció en televisión y dijo que Maduro había ganado con el 51% de los votos. Sin mostrar las actas. Sin pruebas. La oposición había documentado más del 80% de las actas. Las publicaron en internet. En esas actas, González ganaba con más del 67% contra el 30% de Maduro. El gobierno no reconoció nada. Delcy Rodríguez salió a defender el fraude en cadena nacional. Llamó a los opositores “extremistas”, los acusó de violencia, de intentar desestabilizar el país, de ser títeres del imperialismo. La misma mujer cuyo padre fue asesinado por un gobierno autoritario ahora defendía un fraude electoral. La misma mujer que hablaba de justicia pisoteaba la voluntad de millones de venezolanos. Las protestas empezaron esa misma noche. La represión fue brutal. Miles de personas fueron detenidas: estudiantes, trabajadores, amas de casa. Los metieron en cárceles, los acusaron de terrorismo, los desaparecieron. Hubo muertos, heridos, familias destrozadas. Delcy Rodríguez, desde el palacio de gobierno, defendió cada arresto, cada golpe, cada desaparición. La hija del torturado se convirtió en la jefa de los torturadores. La niña que lloró a su padre en un ataúd cerrado ahora mandaba a cerrar ataúdes de otros. La mujer que juró vengar la injusticia ahora era la injusticia.
El 3 de enero de 2026, a las 4:47 de la madrugada, hora de Caracas, comenzó la operación “Resolución Absoluta”. Bombardeos selectivos sobre instalaciones militares venezolanas. Ataques quirúrgicos con misiles de precisión. Fuerzas especiales estadounidenses, los Delta Force, entraron a Venezuela. El objetivo era uno: capturar a Nicolás Maduro. A las 8 de la mañana, Maduro y su esposa Cilia Flores estaban en un avión militar estadounidense rumbo a Nueva York. 25 años de chavismo, 11 años de Maduro, terminaron en una noche. Pero Delcy Rodríguez no apareció. Durante 13 horas, nadie supo dónde estaba. Algunos decían que había huido a Moscú días antes. Otros, que estaba escondida en un búnker. Otros, que también la habían capturado. 13 horas de silencio. 13 horas de incertidumbre. Y entonces apareció en una conferencia de prensa en el palacio de Miraflores, con Diosdado Cabello a su lado, el hombre más temido del chavismo. Llevaba un traje oscuro, el pelo recogido, la cara seria. Parecía cansada. Pero estaba ahí. Viva. Libre. Dijo: “Nunca seremos esclavos. Exigimos inmediatamente prueba de vida del presidente Nicolás Maduro”. Como si no supiera exactamente dónde estaba. Como si no hubiera estado negociando durante meses.
Pero Donald Trump salió a dar una conferencia de prensa y reveló que su gobierno había estado hablando con Delcy durante meses. Que ella estaba dispuesta a cooperar. Que haría lo que Estados Unidos necesitara. El Tribunal Supremo de Venezuela ordenó que Delcy asumiera la presidencia. Así, de un día para otro, sin elecciones, la hija del guerrillero torturado se convirtió en la primera mujer presidenta de Venezuela. Bajo supervisión de Donald Trump. Con Marco Rubio controlando cada movimiento. Con Maduro en una celda esperando juicio por narcoterrorismo. Y entonces Trump habló directamente sobre ella. En una entrevista con The Atlantic, no fue cuidadoso. No la trató como presidenta. La amenazó públicamente frente al mundo entero. Dijo que si no hacía lo correcto, pagaría un precio mayor que Maduro. Un precio mayor. Maduro está en una celda en Nueva York, enfrenta cargos de narcoterrorismo, podría pasar el resto de su vida en prisión. Nunca más va a pisar Venezuela. Y Trump le dijo a Delcy que su precio sería mayor que eso. Mayor que una vida en prisión. Eso es lo que le espera a la niña de 7 años que juró vengar a su padre. Si no obedece. Si no hace lo que Washington quiere. Si intenta mantener el poder sin permiso.
50 años después de ese 25 de julio de 1976, Delcy Rodríguez está sola. Completamente sola. No tiene hijos que la visiten. No tiene nietos que la llamen abuela. No tiene un esposo que haya compartido su vida. Tiene un novio que se hizo millonario gracias a ella, pero eso no es amor, es negocio. Tiene un hermano que es su socio, pero eso no es familia, es alianza. Tiene enemigos en todo el mundo. Tiene sanciones de medio planeta. Tiene a Trump diciéndole qué hacer. Tiene a millones de venezolanos que la odian. Tiene un país destruido que algún día va a pedir cuentas. Y tiene el recuerdo de un padre que murió a los 34 años creyendo en algo. Un padre que no reconocería en lo que se convirtió su hija. Un padre que murió por los oprimidos y cuya hija ahora oprime. Un padre que nunca delató a nadie y cuya hija estaba dispuesta a entregar a Maduro para salvarse ella. Eso es lo que tiene Delcy Rodríguez: todo el poder y nada más. El 25 de julio de 1976, una niña de 7 años esperaba a su padre en la puerta de su casa. No llegó. No llegó ese día. No llegó al siguiente. No llegó nunca. 50 años después, esa niña gobierna Venezuela. Tiene todo el poder. Tiene millones de dólares. Tiene un novio. Tiene un hermano. Tiene el reconocimiento de Estados Unidos. Cumplió la promesa que le hizo a su madre: llegó al poder, vengó a su padre. ¿O no? Porque los que lo mataron ya están muertos. El sistema que lo torturó ya no existe. Los que ordenaron su muerte ya no gobiernan. Y ella se convirtió en lo que él combatía. Entonces, ¿contra quién está peleando ahora? Contra los estudiantes que protestan como su padre protestaba. Contra los millones que huyeron buscando lo mismo que él buscaba. Contra los que luchan por justicia como él luchó. La venganza se quedó sin objetivo hace mucho tiempo. Pero siguió funcionando como una máquina que ya no recuerda para qué fue construida. Como un tren que no puede detenerse aunque ya no hay destino. Como una niña de 7 años que sigue esperando en la puerta de su casa. Esperando a un padre que nunca va a llegar. Que nunca llegó. Que nunca va a llegar. Y todo lo que hizo para vengar su muerte la convirtió en alguien que él no habría reconocido. Porque al final, la persona que más sufre la venganza no es el enemigo. Es quien la carga. El enemigo muere o desaparece, pero tú sigues ahí con la rabia, con el vacío, con el padre que sigue sin llegar. A los 7 años, a los 20, a los 40, a los 56. Sigue sin llegar. Y ya nunca va a llegar. Y la venganza no lo va a traer de vuelta. Y el poder no lo va a traer de vuelta. Y los millones de dólares no lo van a traer de vuelta. Y las 40 maletas no lo van a traer de vuelta. Y el oro no lo va a traer de vuelta. Y ser presidenta no lo va a traer de vuelta. Nada lo va a traer de vuelta nunca. Y Delcy Rodríguez va a tener que vivir con eso todos los días hasta el final. Sola. Con todo el poder del mundo. Y sin nada que realmente importe.

