LA PALMA DERECHA DE ANA BÁRBARA SOBRE EL FÉRETRO DE MARIANA LEVI DURÓ CUATRO MINUTOS
LA PALMA DERECHA DE ANA BÁRBARA SOBRE EL FÉRETRO DE MARIANA LEVI DURÓ CUATRO MINUTOS
No rezó. No lloró. Tocó el cristal con la palma abierta y susurró algo que nadie pudo escuchar. Duró menos de cinco segundos. Luego se giró, caminó hacia la sala lateral donde estaba el viudo, le tomó la mano y le dijo: “Estoy aquí para lo que necesites ahora y después”. Mariana Levi llevaba muerta nueve horas exactas. Lo que ocurrió en los siguientes veintiún años no fue una historia de amor. Fue una ejecución quirúrgica de un plan que empezó cinco años antes, en una servilleta de papel firmada en un bar de Polanco. Y terminó con un huérfano de veinte años grabando una conversación en un restaurante del sur de la ciudad, escuchando a la mujer que lo crió decir seis palabras que ningún hijo debería oír sobre su madre muerta. “Yo nunca la quise. Solo la necesitaba.” Esta es la crónica de cómo una mujer del espectáculo mexicano convirtió el duelo ajeno en la escalera más efectiva de su carrera, y de cómo sus propios hijos, veinte años después, empezaron a devolverle cada uno de los golpes que ella había dado en silencio.
Altagracia Ugalde Mota nació el 10 de enero de 1971 en Rioverde, San Luis Potosí. Tercera de seis hermanos. Hija de Antero Ugalde y María de Lourdes Mota. Una familia católica y trabajadora del centro del país. Su madre cantaba en la iglesia los domingos, y desde los ocho años Altagracia repetía esas canciones frente al espejo con el cepillo del pelo en la mano, fingiendo que era un micrófono. A los quince años hizo algo que su hermana mayor Viviana lleva cuatro décadas sin contar entera en ninguna entrevista. Cuando le preguntan por aquella tarde, Viviana siempre responde con seis palabras: “Mi hermana siempre supo a dónde iba”. A los dieciocho ganó Señorita San Luis Potosí. A los veintidós dejó el pueblo. A los veintitrés llegó a la Ciudad de México con dos maletas, sin contactos, y con un nombre artístico que se había puesto ella misma: Ana Bárbara. Altagracia se lo dejó a la prima del pueblo. Lo que hizo Altagracia Ugalde Mota para convertirse en Ana Bárbara en menos de diez años, y para llegar a estar sentada en la primera fila de la capilla mortuoria de Mariana Levi el 20 de abril de 2005, es exactamente lo que vas a entender ahora.
Ana Bárbara y Mariana Levi se cruzaron por primera vez la noche del 14 de septiembre de 1999 en la entrega de los premios Sol de Oro, en un salón del hotel Camino Real de Polanco. Ana Bárbara llegó al evento con un vestido rojo prestado por una amiga de Televisa. Mariana Levi llegó del brazo de José María Fernández “El Pirru”, con un vestido negro y un collar de perlas que había sido de su madre. Mariana tenía treinta y tres años aquella noche. Estaba casada con el Pirru desde hacía diez meses. Estaba embarazada de tres meses de su segunda hija, Paula. Y era, según las revistas de espectáculos de septiembre del noventa y nueve, la mujer más querida de la televisión mexicana. Ana Bárbara tenía veintiocho años. Llevaba dos discos publicados. No la conocía nadie fuera del circuito grupero. Y según contaron después dos personas que estuvieron en aquella mesa, Ana Bárbara pasó la cena entera mirando hacia la mesa donde estaba Mariana Levi. Sin levantarse. Sin acercarse. Solo mirando. Esa es la palabra que uno de aquellos testigos usó treinta años después para describir lo que vio. La misma palabra que dos décadas más tarde van a usar otros dos testigos para describir lo que pasó dentro de la capilla mortuoria.
Entre el 14 de septiembre de 1999 y el 20 de abril de 2005 pasaron cinco años y siete meses. Durante esos sesenta y siete meses, según los testimonios cruzados de la asistente personal de Mariana Levi y de dos productores de Televisa que han pedido mantenerse en el anonimato, Ana Bárbara apareció en al menos veintidós eventos a los que también asistió Mariana Levi: bodas, bautizos, estrenos, cenas privadas en casas de productores, cumpleaños. En cada uno de esos eventos, Ana Bárbara se acercó a Mariana Levi en algún momento, le habló, se hizo fotografías con ella, le preguntó por sus hijas. En once de aquellos veintidós eventos, el Pirru también estaba presente. En los once, Ana Bárbara también se acercó a él. Le preguntó por sus producciones, por su trabajo en televisión, por la vida en el rancho de Cuernavaca donde vivía con Mariana y las niñas. Lo que no aparece en ninguna fotografía publicada de aquellos años es que en cuatro de aquellos eventos, según el testimonio de un mesero de Televisa, Ana Bárbara y el Pirru hablaron solos en un rincón del salón mientras Mariana Levi estaba en otra parte del evento. Cuatro conversaciones a solas con el marido de la mujer a la que llamaba “amiga” en cinco años y medio. Esas son las cifras. Cuatro conversaciones a solas con el marido. Y en una de ellas, según el mismo mesero, Ana Bárbara le tocó el antebrazo al Pirru con la palma de la mano abierta durante exactamente seis segundos. Mariana Levi esa misma noche estaba bañando a su hija mayor en otra habitación. Aquello pasó en una cena privada en la casa de Cuernavaca de la familia Fernández en octubre de 2003.
El 20 de abril de 2005 era miércoles. Mariana Levi tenía treinta y nueve años. Aquella mañana se despertó a las 7:20 en la casa de la colonia Del Valle. Despertó a sus dos hijas mayores, María de doce años y Paula de cinco. Vistió al bebé José Emilio, que tenía dos meses y veintiún días. El Pirru estaba en Guadalajara desde el día anterior grabando una telenovela. A las 9:47 de la mañana, Mariana sacó el coche del garaje. Llevaba a las tres niñas. Iban camino al colegio. A las 10:05 de la mañana, en un alto de la avenida Constituyentes, dos hombres se acercaron al coche con pistolas en la mano. Uno se subió al asiento del copiloto, el otro a la parte de atrás. Pidieron dinero, pidieron joyas. Mariana Levi entregó la cartera y un anillo. El bebé empezó a llorar. La hija mayor, María, gritó. Y según el reporte médico que firmó el doctor Joaquín San Martín del Hospital Ángeles esa misma tarde, Mariana Levi sufrió en aquel momento un infarto agudo de miocardio inducido por el estrés extremo. El coche se detuvo en mitad de la avenida. Los asaltantes se bajaron y corrieron. Las niñas dentro del coche vieron a su madre desplomarse sobre el volante. Las tres hijas de Mariana Levi vieron a su madre morir esa mañana. María tenía doce años. Paula tenía cinco. José Emilio tenía dos meses y veintiún días. Lo que vieron aquellas tres niñas no se borra nunca.
La capilla mortuoria se montó esa misma tarde en una funeraria de la calle Sullivan, en la colonia San Rafael, la elegida por la familia Fernández desde hacía tres generaciones. La vela empezó a las ocho de la noche. Talina Fernández llegó a las 8:10. El Pirru llegó a las 8:29 llevando al bebé José Emilio en brazos, dormido. Las dos hijas mayores llegaron con Coral, la hermana de Mariana. Toda la familia Fernández estaba allí. Los actores, los productores de Televisa, los periodistas de espectáculos. Y en la fila de atrás, sin que nadie supiera quién la había invitado, Ana Bárbara. Ana Bárbara llegó a la capilla mortuoria a las 9:22 de la noche del 20 de abril. Llevaba un vestido negro de manga larga que se había comprado esa misma tarde en una boutique de Polanco. Según contó después la dueña de la boutique en una entrevista al programa Ventaneando en 2016, era un vestido de talla treinta y cuatro, costaba ocho mil pesos. Ana Bárbara lo pagó en efectivo. La dueña recordaba la compra porque Ana Bárbara, mientras esperaba que le envolvieran el vestido, le preguntó si tenía algo más conservador. “Algo que pareciera más amistad”. Esas fueron sus palabras textuales. Cuatro horas antes del funeral, Ana Bárbara estaba ya pensando en cómo iba a verse aquella noche dentro de la capilla.
Lo que Ana Bárbara hizo dentro de la capilla mortuoria, según el testimonio cruzado de Liliana Vázquez, asistente personal de Mariana durante seis años, y de un empleado del servicio de la familia Fernández cuyo nombre permanece reservado, ocurrió entre las 11:14 y las 11:20 de la noche del 20 de abril. Mientras el Pirru estaba en una sala lateral de la funeraria recibiendo el pésame de los actores que llegaban en orden, Ana Bárbara se acercó al féretro de Mariana Levi. Estuvo de pie frente al ataúd durante exactamente cuatro minutos. No rezó, no lloró. Según los dos testigos, hizo dos cosas concretas: tocó el cristal del féretro con la palma derecha abierta y susurró algo, una frase corta, demasiado corta para ser una oración. Los dos testigos coinciden en que la frase duró menos de cinco segundos. Y los dos coinciden en una sola palabra para describir el tono con el que Ana Bárbara pronunció aquella frase: “calculado”. Inmediatamente después, se giró, caminó directamente hasta la sala lateral donde estaba el Pirru. Entró sin pedir permiso, se acercó al viudo, le tomó la mano derecha durante diez segundos y le dijo en voz baja una sola frase que el empleado del servicio escuchó porque estaba a tres metros de distancia. Esa frase fue: “Estoy aquí para lo que necesites ahora y después”. A las 11:20 de la noche del 20 de abril de 2005, mientras Mariana Levi llevaba muerta nueve horas exactas, empezó todo.
El 21 de abril de 2005 era jueves. Ana Bárbara se despertó en su departamento de Polanco a las nueve de la mañana. Su pareja de entonces, Mariano Morales, había salido temprano a un ensayo. El bebé Emiliano, de seis meses, dormía en la habitación contigua. Ana Bárbara se preparó un café, encendió el televisor y vio las noticias matutinas. Todas las cadenas estaban hablando del entierro de Mariana Levi, que iba a celebrarse esa misma tarde. A las 9:27 de la mañana, descolgó el teléfono fijo de la sala, marcó el número personal de Gustavo Adolfo Infante, y la llamada de cuarenta y siete segundos empezó. Gustavo Adolfo Infante guardó la grabación de aquella llamada porque, según ha contado él mismo en su programa de primera mano en al menos siete ocasiones distintas entre 2006 y 2022, en aquel momento tenía un sistema de grabación automática conectado a su teléfono. Todas las llamadas que entraban quedaban grabadas. Era una práctica habitual entre periodistas de espectáculos de aquella época. La cinta de aquel 21 de abril sigue, según el propio Infante, en una caja fuerte de su despacho en la colonia Roma. Nunca la ha emitido entera. Pero en una entrevista al programa Sale el Sol de Imagen Televisión en febrero de 2022, leyó la transcripción exacta de los primeros treinta y dos segundos.
La voz de Ana Bárbara en la grabación sonaba calmada. Le dijo a Infante que sabía que tenían una relación profesional cercana con la familia Fernández. Le dijo que se había enterado de la noticia de Mariana esa mañana. Le dijo, y esta es la frase textual leída por Infante en aquel programa, que estaba muy preocupada por el Pirru, que sabía lo que era enviudar y quedarse solo con tres hijos pequeños porque su propio padre había enviudado años antes, y que quería ofrecerle apoyo emocional. Por eso pedía el número personal de él para llamarlo, para acompañarlo en el momento más difícil. En el segundo treinta y dos de la grabación, según el propio Infante, Ana Bárbara hace una pausa de cuatro segundos y después se ríe. Es una risa corta, contenida, pero perfectamente audible. Infante, en la entrevista de Sale el Sol, intentó explicar aquella risa. Dijo que probablemente Ana Bárbara estaba nerviosa, que las personas se ríen a veces por nervios. Pero Infante también admitió en esa misma entrevista que durante aquella llamada pensó, en el momento exacto de la risa, una sola cosa: que esa mujer no estaba ahí por amistad. Esas son las palabras textuales que usó Infante en febrero de 2022. “Esa mujer no estaba ahí por amistad”. La frase la dijo el periodista en directo en televisión nacional mexicana en febrero de 2022. Y sin embargo, en abril de 2005 le pasó el número del Pirru a Ana Bárbara aquella misma mañana.
Porque la llamada de las 9:27 de la mañana del 21 de abril no era la primera llamada que Ana Bárbara había hecho desde la noche anterior. Según los registros telefónicos de la casa de Polanco, recuperados durante el proceso de divorcio entre Ana Bárbara y Mariano Morales en 2006, esa madrugada Ana Bárbara había hecho otras dos llamadas. La primera a las 2:14 de la madrugada. La segunda a las 5:39. Las dos llamadas fueron al mismo número: un número de teléfono móvil registrado a nombre de una empresa fantasma de Cuernavaca. Esa empresa, según un peritaje fiscal publicado en 2018, tenía un solo propietario oculto detrás de tres testaferros. Ese propietario era el Pirru. La llamada de las 2:14 duró un minuto y veintiocho segundos. La llamada de las 5:39 duró tres minutos y diecisiete segundos. Las dos las hizo Ana Bárbara. A las dos llamadas respondió el Pirru. Y eso significa que el cortejo entre Ana Bárbara y el viudo no empezó tres meses después del funeral de Mariana Levi, como ha sostenido la prensa rosa durante veintiún años. Empezó la misma noche del 20 de abril, tres horas después de que el sacerdote leyera las oraciones por el alma de Mariana. Tres horas después del entierro, Ana Bárbara y el Pirru ya estaban hablando por teléfono a las dos de la madrugada. Y volvieron a hablar a las 5:39. Y a las 9:27, Ana Bárbara llamó a Infante para que la prensa lo registrara como el primer contacto. Para que el inicio público de la relación fuera ese, y no el verdadero, que había sido ocho horas antes.
El 14 de enero de 2006, ocho meses y veintidós días después del entierro de Mariana Levi, Ana Bárbara y José María Fernández, el Pirru, se casaron en una ceremonia íntima celebrada en el rancho de Cuernavaca. Asistieron veintiocho invitados. La familia Fernández brilló por su ausencia. Ni Talina Fernández, ni los hermanos de Mariana Levi, ni un solo representante de la familia materna de las tres niñas que vivían en aquella casa quisieron pisar el rancho aquella tarde. La boda fue oficiada por un sacerdote que el propio Pirru había contratado por dos mil pesos. El acta matrimonial fue firmada por dos testigos profesionales contratados, según el Registro Civil del Estado de Morelos. La invitación de cumpleaños que apareció en la caja de cartón del armario de Ana Bárbara —la misma caja donde guardaba la servilleta firmada, la pulsera de plata y la fotografía dedicada— había sido encargada por Mariana Levi el mismo día en que su hijo José Emilio nació, el 30 de enero de 2005. Era para el cumpleaños número uno que el bebé iba a tener. Un año después. Mariana la mandó imprimir en la imprenta La Estrella de Polanco, según el archivo de pedidos de la imprenta. Pero esa fiesta planeada por Mariana nunca llegó a hacerse porque José Emilio cumplió un año el 30 de enero de 2006, dieciséis días después de que Ana Bárbara se casara con su padre. Y la persona que organizó la fiesta que sí se hizo aquel día no fue ningún miembro de la familia Fernández. La organizó Ana Bárbara en la casa de Cuernavaca. Con los pasteles que ella eligió. Con los regalos que ella compró. Y con una fotografía oficial que se hizo aquel día donde aparece Ana Bárbara cargando al bebé, sonriendo a la cámara, con la mano derecha apoyada exactamente sobre el corazón del niño.
La mano sobre el corazón del huérfano en el primer cumpleaños del niño cuya madre llevaba muerta nueve meses y diez días. Esa fotografía está publicada en una revista de espectáculos de febrero de 2006. Y veinte años después, esa misma mano va a aparecer en una grabación que José Emilio Levi intentó vender en 2025. Durante los cuatro años de aquel matrimonio, Ana Bárbara y el Pirru pasaron juntos las cuatro Navidades en el rancho de Cuernavaca. En cada una de ellas, según el testimonio de Pilar Sánchez, confirmado por una segunda empleada llamada Rosario Vázquez, Ana Bárbara colocó debajo del árbol de Navidad una fotografía enmarcada de Mariana Levi. Era el mismo retrato cada año: la fotografía oficial que se había usado en el programa fúnebre. Ana Bárbara la sacaba personalmente del cajón del comedor el 24 de diciembre por la mañana. La limpiaba con un paño húmedo. La colocaba debajo del árbol entre los regalos de las tres niñas. Y la dejaba allí hasta el 6 de enero, día de los Reyes Magos. Esa fotografía, según las dos empleadas, era el detalle que Ana Bárbara consideraba imprescindible para que las hijas de Mariana no se olvidaran de su madre. Pero según el testimonio de María de la Sota Levi, la hija mayor de Mariana, dado en una entrevista privada al periodista Juan José Origel en 2015, esa fotografía no era para las niñas. Era para Ana Bárbara. Para recordarse a sí misma cada 24 de diciembre que la mujer enmarcada en aquel retrato ya no podía volver. Cuatro Navidades. Una fotografía enmarcada cada año. Y una mujer que necesitaba mirarla todos los 24 de diciembre para recordarse a sí misma que el lugar que había ocupado seguía siendo suyo.
El matrimonio entre Ana Bárbara y el Pirru duró cuatro años exactos. En julio de 2010, Ana Bárbara anunció públicamente la separación. La razón oficial fueron diferencias irreconciliables. La razón privada, según el expediente del divorcio que se hizo público parcialmente en 2012, fue una combinación de tres factores: una infidelidad del Pirru con una empleada doméstica del rancho, una pelea por dinero, y una discusión que tuvieron una noche de mayo de 2010 en presencia de las tres hijas de Mariana sobre quién era la verdadera madre de aquellos niños. Aquella discusión, según el testimonio de Pilar Sánchez, la empleada doméstica, terminó con Ana Bárbara diciéndole a José Emilio, que en aquel momento tenía cinco años, una frase que la propia Pilar nunca olvidó: “Si tu mamá estuviera viva, yo no estaría aquí, y tú no me llamarías mamá si yo no estuviera aquí”. Esas son las palabras textuales que Ana Bárbara, según el testimonio de la empleada doméstica, le dijo a un niño huérfano de cinco años en mayo de 2010. Aquel niño tenía cinco años, pero tenía memoria. Y veinte años después, esa frase iba a regresar.
José Emilio Levi, el bebé que tenía dos meses y veintiún días el día en que mataron a su madre, cumplió veinte años el 30 de enero de 2025. En la semana de su cumpleaños, según ha contado él mismo en tres entrevistas distintas a programas mexicanos, decidió grabar una conversación privada con Ana Bárbara. Llevaba meses pensándolo. Tenía una pregunta concreta que quería hacerle, y necesitaba la respuesta grabada. La grabación se hizo el 5 de febrero de 2025 en el restaurante San Angelín del sur de la Ciudad de México, durante una comida que José Emilio había concertado con Ana Bárbara con la excusa de pedirle un consejo de carrera. La grabación duró veintidós minutos. José Emilio la grabó con un dispositivo escondido en el bolsillo interior del saco. Ana Bárbara nunca supo que estaba siendo grabada. En el minuto catorce de aquella grabación, según contó José Emilio en una entrevista al programa Hoy en junio de 2025, le hizo a Ana Bárbara la pregunta concreta. La pregunta era esta: “¿Tú quisiste a mi mamá alguna vez?”
La respuesta de Ana Bárbara, que se escucha entera en la grabación según el propio José Emilio, ocupó cincuenta y siete segundos. Y la conclusión de aquella respuesta, las últimas seis palabras antes de cambiar de tema, son las que José Emilio intentó vender a una revista de espectáculos en marzo de 2025 por la cantidad de cincuenta mil pesos. La revista no la compró. Pero el periodista que la oyó la describió después al programa Ventaneando como la frase más fría que ha escuchado en treinta años de periodismo. Las seis palabras exactas que Ana Bárbara dijo en la grabación de cincuenta y siete segundos del minuto catorce, según ha sido confirmado por el periodista de la revista que escuchó la cinta y por el propio José Emilio Levi en una entrevista al programa Sale el Sol en agosto de 2025, fueron las siguientes: “Yo nunca la quise. Solo la necesitaba.” Esa fue la respuesta de Ana Bárbara en 2025 a la pregunta de si había querido a Mariana Levi, la mujer cuyo número de viudo había pedido por teléfono el día siguiente del entierro. La mujer cuya familia había roto durante seis meses por defender a sus nietos. La mujer cuya invitación de cumpleaños para el bebé José Emilio guardaba todavía veintiún años después en una caja de cartón en el armario de su casa de Polanco. Yo nunca la quise. Solo la necesitaba.
En agosto de 2025, José Emilio Levi aceptó dar una entrevista en directo al programa Ventaneando para explicar la grabación de los cincuenta y siete segundos. En esa entrevista, mientras leía la transcripción de la frase de Ana Bárbara, José Emilio se tocó el pecho con la palma derecha exactamente sobre el corazón. Era un gesto que llevaba veinte años cargando dentro del cuerpo, sin saber de dónde le venía. Esa es la imagen que mejor explica esta historia. Una mujer que llegó a una capilla mortuoria una noche de abril de 2005 y tocó el cristal de un féretro con la palma de la mano. Una mujer que tres meses después tocó el corazón del bebé huérfano de la mujer que estaba dentro de aquel féretro. Y un niño que veinte años más tarde, sin saber por qué, se tocaba el pecho cada vez que pensaba en ella. Es la mano que conecta los tres momentos. La misma mano. La misma palma derecha. Y veinte años de distancia entre cada uno.
En octubre de 2022, Ángel Muñoz, el segundo marido de Ana Bárbara, instaló cámaras de vigilancia dentro del cuarto de José María, el hijo que Ana Bárbara tuvo con el Pirru, que en aquel momento tenía dieciséis años. La justificación oficial fue la seguridad. La justificación real, según el testimonio de la exniñera Patricia Hernández publicado en el programa Primera Mano en marzo de 2026, era el control. Cámaras de vigilancia dentro del cuarto de un adolescente de dieciséis años, veinticuatro horas al día, sin que pudiera vestirse, dormir ni hablar por teléfono sin ser observado. Esa fue la decisión que Ángel Muñoz tomó en octubre de 2022 y la decisión que Ana Bárbara aceptó sin discutir. Cuando el Pirru se enteró y fue a confrontar a la casa de Polanco, la discusión duró dos horas y veinticinco minutos. Ángel Muñoz amenazó al Pirru con una orden de alejamiento. Ana Bárbara, durante toda la discusión, no defendió a su propio hijo. Y al final, según el testimonio cruzado, le dijo al Pirru una frase que él mismo confirmó en una entrevista al programa Ventaneando en abril de 2026: “Si no te gusta cómo educo a mi hijo, llévatelo”. Esa fue la oferta que Ana Bárbara le hizo al Pirru en noviembre de 2022 sobre el hijo que habían tenido juntos. El hijo concebido ochenta días después del entierro de Mariana Levi.
En febrero de 2026, el hermano de Ana Bárbara, Pancho Ugalde, rompió un silencio de décadas. Recibió una llamada de su sobrino Emiliano Gallardo, el hijo mayor de Ana Bárbara, que en aquel momento tenía veintiún años. Emiliano le dijo a su tío que llevaba dos semanas viviendo en la calle, que su madre lo había echado de la casa de Polanco, y que necesitaba un lugar donde dormir mientras encontraba trabajo. Pancho Ugalde voló desde San Luis Potosí a la Ciudad de México. La misma semana fue a la casa de Polanco a confrontar a su hermana. Según ha contado él en una entrevista al programa Primera Mano en abril de 2026, Ana Bárbara le respondió con una frase que él recuerda palabra por palabra: “Prefirió que regresara el hombre”. Esas tres palabras describen, según Pancho, la decisión que Ana Bárbara había tomado seis meses antes, cuando Ángel Muñoz le dio un ultimátum: o echaba al hijo o echaba al marido. Ana Bárbara eligió. Prefirió que regresara el hombre. Esas son las tres palabras que el hermano de Ana Bárbara usó para describir lo que ella había decidido. Echar al hijo mayor de su propia casa a los veintiún años para que el marido volviera.
En marzo de 2026, una periodista freelance llamada Adri Toval publicó en su cuenta personal de Instagram capturas de mensajes y dos audios que, según ella, había recibido de Ángel Muñoz durante los seis meses anteriores. En los mensajes, Ángel Muñoz le pedía a Adri Toval que se viera con él en discreción. Le decía, en una frase que terminó siendo el titular de todos los programas de espectáculos de aquel marzo, una sola cosa: “Si ella no tuviera a sus hijos, sí estuviéramos bien”. En el audio más largo que filtró Adri Toval, de tres minutos y cuarenta segundos, Ángel Muñoz le contaba a la periodista su plan. Iba a separarse de Ana Bárbara en cuanto el divorcio le diera la mitad de la casa de Polanco y la totalidad de la casa de Tequesquitengo. Para conseguir ese reparto, según el audio, Ángel Muñoz necesitaba que Ana Bárbara firmara unos documentos que él iba a ponerle delante en el momento adecuado. El momento adecuado, según él mismo decía en el audio, iba a llegar cuando ella estuviera más vulnerable. Cuando alguno de sus hijos le hiciera algo público. Cuando ella se sintiera abandonada por su familia. En ese momento, Ángel Muñoz le iba a poner los papeles delante, y Ana Bárbara, según él, iba a firmar sin leer. Siete semanas después de que el audio se filtrara, Emiliano Gallardo, el hijo mayor, había sido echado de la casa. Y José Emilio Levi había publicado el contenido de su grabación. Las dos cosas que Ángel Muñoz necesitaba ocurrieron en cadena durante el verano de 2025 y la primavera de 2026. Y mientras tanto, Ana Bárbara firmaba documentos sin leerlos. Repitiendo veintiún años después exactamente el patrón con el que se había metido en la casa del Pirru en abril de 2005.
Talina Fernández murió el 28 de diciembre de 2023 a los setenta y nueve años, por complicaciones derivadas de un cáncer de pulmón que llevaba tres años escondiendo a su familia. Le pidió a sus hijos que no le dijeran a nadie. Su última entrevista pública la dio en agosto de 2023 al programa Las Estrellas Hoy, en una conversación de noventa minutos con la periodista Verónica Castañeda. En aquella entrevista, Talina habló de Mariana, habló de la muerte, habló del asalto. Y por primera vez en dieciocho años nombró a Ana Bárbara directamente. Lo hizo en el minuto sesenta y tres de la entrevista. Verónica Castañeda le preguntó qué pensaba de la mujer que había criado a sus nietos durante cuatro años. Talina, según el corte que se emitió, respondió con una sonrisa cansada y dijo cinco palabras: “Era una mujer fría, calculadora, oportunista”. Las tres palabras que Talina Fernández eligió para describir a Ana Bárbara fueron esas: fría, calculadora, oportunista. Y según el testimonio de Coral Fernández, hermana de Mariana Levi, esas mismas tres palabras eran las que Mariana le había dicho a su madre en octubre de 2003, cuando le contó por primera vez que había una mujer del medio que se aparecía en todas las fiestas a las que iba Pepe. Aquella mujer, según Mariana, era fría, calculadora y oportunista. La misma descripción. Por la madre antes de morir. Por la abuela antes de morir. Dieciocho años entre ambas. Como si la mujer de la que hablaban no hubiera cambiado nunca.
Hay una palabra en el español que describe lo que Ana Bárbara hizo entre el 14 de septiembre de 1999 y el 5 de febrero de 2025. Esa palabra es depredación. No la depredación violenta, la que tiene cuchillos o gritos. La otra. La silenciosa. La que se acerca despacio en bailes y cumpleaños y servilletas firmadas. La que toca antebrazos durante seis segundos en cocinas de Cuernavaca. La que entra en habitaciones de bebés a las tres de la madrugada. La que tiene paciencia. Mariana Levi llevaba enterrada quince horas cuando aquella mujer descolgó el teléfono. José Emilio Levi tenía dos meses y veintiún días cuando se quedó huérfano. Cuando creció hasta los veintiún años, había sido criado durante los primeros cuatro de su vida por la mujer que se acercó al teléfono. Esa mujer le dijo, sin saber que estaba siendo grabada, que nunca había querido a su madre. Que solo la había necesitado. Y aquella frase en la cabeza de un huérfano de veinte años no fue una revelación. Fue una confirmación.
La prensa mexicana ha publicado dos veces una misma imagen sin entender lo que mostraba. La primera vez fue en febrero de 2006, en una revista de espectáculos, cuando Ana Bárbara organizó el primer cumpleaños de José Emilio Levi en el rancho de Cuernavaca. En aquella fotografía, Ana Bárbara cargaba al bebé. Le tenía puesta la palma derecha sobre el corazón. La segunda vez fue en agosto de 2025, cuando José Emilio Levi aceptó dar una entrevista en directo al programa Ventaneando para explicar la grabación de los cincuenta y siete segundos. En esa entrevista, mientras leía la transcripción de la frase de Ana Bárbara, José Emilio se tocó el pecho con la palma derecha exactamente sobre el corazón. Era un gesto que llevaba veinte años cargando dentro del cuerpo. Sin saber de dónde le venía. Esa es la imagen que mejor explica esta historia. Una mujer que llegó a una capilla mortuoria una noche de abril de 2005 y tocó el cristal de un féretro con la palma de la mano. Una mujer que tres meses después tocó el corazón del bebé huérfano de la mujer que estaba dentro de aquel féretro. Y un niño que veinte años más tarde, sin saber por qué, se tocaba el pecho cada vez que pensaba en ella. Es la mano que conecta los tres momentos. La misma mano. La misma palma derecha. Y veinte años de distancia entre cada uno.

