La Noche En Que Begoña Palacios Cruzó El Océano Para Morir En Los Brazos Del Hombre Que Nunca Dejó De Amar – News

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La Noche En Que Begoña Palacios Cruzó El Océano Para Morir En Los Brazos Del Hombre Que Nunca Dejó De Amar

La Noche En Que Begoña Palacios Cruzó El Océano Para Morir En Los Brazos Del Hombre Que Nunca Dejó De Amar

Una avioneta despegó desde la Ciudad de México con rumbo a Los Ángeles. Adentro iba una mujer de 57 años con el rostro demacrado, las articulaciones inflamadas y una hepatitis que le había estado royendo las entrañas en secreto durante meses. Llevaba consigo un equipo de médicos, una maleta con lo indispensable y la certeza de que el hombre que esperaba del otro lado de la frontera era el único por el que valía la pena hacer ese viaje. Sam Peckinpah estaba muriendo. Sus excesos lo habían aniquilado. Pero ella no iba a despedirse por teléfono. Ella había cruzado el Atlántico décadas atrás para encontrarlo, había soportado divorcios y reconciliaciones, había criado sola a una hija que apenas lo conoció, y ahora iba a sostenerle la mano mientras el corazón le fallaba. Cuando llegó, él todavía respiraba. Le susurró algo al oído. No se sabe qué. Solo que esa noche, el director de la violencia más cruda del cine estadounidense murió en los brazos de una mexicana que el mundo recordaba por su belleza juvenil en las películas de El Santo y de Tin Tan. Esta no es la historia de una actriz de segunda. Es la historia de una mujer que vivió el cine, el amor y el abandono con la misma intensidad con que su esposo filmaba la muerte en cámara lenta.

María Begoña Palacios Ríos nació en la Ciudad de México el 28 de diciembre de 1941. En una época en que las niñas de buena familia aún soñaban con el matrimonio y el hogar, ella soñaba con los reflectores. Desde muy joven estudió danza. Fue una alumna ejemplar en la academia Andrés Soler de la ANDA, bajo la batuta de Seki Sano, el fundador de la Escuela de Artes Dramáticas, considerado el padre del teatro en México. No era una niña que quisiera ser famosa por capricho. Era una niña que había visto cómo la luz del escenario podía transformar la realidad, hacer que un set de filmación se convirtiera en un mundo paralelo donde las reglas de la vida cotidiana dejaban de aplicar.

A los trece años, el destino le cumplió la primera promesa. Formó parte del reparto de “El mil amores”, una película estelarizada por Pedro Infante, Joaquín Pardavé, Rosita Quintana y Emma Roldán. Begoña aparecía en un papel secundario: una colegiala que recita un poema. Un puñado de segundos en pantalla, pero suficientes para que la industria volteara a verla. Esa película, dirigida por Rogelio A. González y estrenada en 1954, marcó su debut fílmico. Tenía trece años recién cumplidos. Apenas dejaba de ser una niña, y ya estaba aprendiendo a pararse frente a las cámaras con una serenidad que a otras actrices les tomaba años desarrollar.

Cuatro años después, en 1958, participó en “La edad de la tentación”, una cinta donde también tuvo una breve aparición. El público disfrutó de un excelente reparto: Fernando Luján, su hermano Alejandro Ciangherotti, Gastón Santos, David Silva, José Baviera y las bellas Mapita Cortés y Sonia Furió. Begoña era una más entre tantos rostros hermosos, pero había algo en su mirada que la distinguía. No era la mirada de quien busca ser vista. Era la mirada de quien ya sabe que la van a ver, y está decidiendo qué parte de sí misma mostrar.

Poco a poco, Begoña fue escalando. Su bello rostro se volvía cada vez más conocido entre el público juvenil. En 1959 apareció radiante en “Melodías inolvidables”, junto a Enrique Rambal y María Elena Márquez. Ese mismo año participó en “Cada quién su música”, donde alternó con Pedro Vargas, Lucho Gatica, José Alfredo Jiménez, Demetrio González, Rosa de Castilla y María Victoria. Era una época en que el cine mexicano vivía una transición: la época de oro había quedado atrás, pero aún se respiraba un aire de grandeza. Los directores aprovechaban los escenarios naturales de la Ciudad de México, sus calles y avenidas, para dar realismo a historias que hoy miran con nostalgia.

Para cerrar el decenio de los cincuenta, Begoña fue integrada al reparto de “Escuela de verano”, con el genial Germán Valdés “Tin Tan”. Era una comedia ligera, llena de canciones y de jóvenes actrices que representaban la promesa de un cine alegre, despreocupado. Begoña no era la protagonista, pero su presencia era impecable. Aprendió rápido que en el cine mexicano, la belleza abría puertas, pero la constancia las mantenía abiertas.

Los años sesenta fueron su década de mayor esplendor. Actuó en cerca de cuarenta películas. Participó en “Dormitorio para señoritas”, junto a Manolo Fábregas y Lorena Velázquez. En “El renegado blanco”, un western de acción donde apareció junto a Mauricio Garcés, Abel Salazar y la bella Marta Roth. En esa cinta, Begoña caracterizó a una joven apache, una de esas incursiones en el género de aventuras que tanto gustaban al público mexicano. También trabajó en las taquilleras películas de horror y luchadores, junto a El Santo. En “El vampiro sangriento”, al lado de Carlos Agostí, supo caracterizar rostros atemorizados con una convicción que pocas actrices de su generación lograban transmitir.

Pero quizás el registro donde más brilló fue en el cine musical y juvenil. El rock and roll había llegado a México, y con él, cantantes como Enrique Guzmán y Angélica María. Begoña filmó con ellos “Mi vida es una canción” (de Miguel Morayta Delgado) y “Fiebre de juventud”, subtitulada “Romance en Ecuador”, filmada en esa tierra. Era un cine familiar, alegre, de bailes y canciones. Begoña no solo era una cara bonita; era poseedora de una gracia natural, un carisma que la hacía brillar incluso en papeles secundarios.

Mientras tanto, su hermana Rocío Palacios también se dedicó a la actuación. Apareció en películas como “Cristo 70” (dirigida por Alejandro Galindo), “Los recuerdos del porvenir” y “Romance sobre ruedas” (protagonizada por Anita Martí y César Costa). Las hermanas Palacios compartieron fotonovelas, posaron para las revistas del corazón y fueron parte de ese ecosistema mediático que, en los años sesenta y setenta, atrapaba la atención del público mexicano con historias de amor y desamor en viñetas.

A principios de los años sesenta, Begoña cruzó el Atlántico. No fue por un contrato millonario ni por una oferta de Hollywood. Fue porque conoció a un hombre que le cambió la vida. David Samuel Peckinpah era un director estadounidense que en ese momento empezaba a hacerse un nombre en la industria. Begoña lo conoció durante el rodaje de “Juramento de venganza” (título en español de una de sus películas). Gracias a Peckinpah, Begoña conoció a figuras como Tony Curtis, Jack Lemmon y John Hudson. Se movía en círculos que pocas actrices mexicanas habían pisado.

Su primera boda fue en 1965. La relación fue tortuosa, complicada. Sam era un hombre de excesos, genio violento, alcohólico, obsesionado con su trabajo. Begoña se divorció de él en 1971. Pero el amor pudo más que todo, porque dos años después, en 1972, volvieron a unirse. Se casaron por segunda vez y permanecieron juntos hasta la muerte de él en 1984. El matrimonio duró doce años en total, sumando ambas etapas. Para Begoña, Sam fue el amor de su vida. Lo dijo con una claridad que duele: aunque él la hizo sufrir, aunque estuvo ausente, aunque la relación fue un sube y baja de pasión y abandono, ella nunca dejó de amarlo.

Sam Peckinpah fue un cineasta reconocido, impulsor del western violento. Dirigió películas como “The Wild Bunch” (La pandilla salvaje) y “Straw Dogs” (Perros de paja). También dirigió a actores y actrices mexicanos, entre ellos Isela Vega. Su estilo era crudo, realista, con una violencia coreografiada que escandalizó a la crítica pero que con el tiempo se convirtió en su sello. Begoña no solo fue su esposa; fue su cómplice, su compañera en noches de excesos, su testigo de los altibajos de una carrera que nunca fue tranquila.

Fruto de esa relación nació Guadalupe Peckinpah, Lupita. Apenas tenía doce años cuando su padre murió. Lo conoció poco. Según contaría más tarde, cuando lo tenía delante se sentía enojada por sus constantes ausencias. Tuvo que lidiar con la tormentosa relación de sus progenitores. Pero a pesar de todo, Lupita se dedicó al cine, aunque en otra faceta: diseñadora de vestuario. Su trayectoria incluye trabajos en películas mexicanas como “La ley de Herodes”, “Nosotros los nobles” y “Como caído del cielo”. También realizó un documental sobre su padre titulado “Peckinpah Suite” (también llamado “Descubriendo a Sam Peckinpah”), un intento de entender al hombre que nunca terminó de conocer.

En la década de los setenta, la actividad fílmica de Begoña Palacios se apagó por completo. Se dedicó activamente a la televisión. Incursionó en algunas series estadounidenses, pero consolidó su actuación en la pantalla mexicana en exitosos programas cómicos como “Mis huéspedes”, “Mi secretaria” y “Hogar, dulce hogar”, donde compartió créditos con José Gálvez, Sergio Corona y Luz María Aguilar. Su presencia también fue muy grata en telenovelas. En teatro trabajó en obras como “Ring Ring llama el amor”, comedia musical estelarizada por Silvia Pinal.

Los años ochenta y noventa la vieron en apariciones esporádicas. Figuró al lado de inolvidables actores como Polo Ortín, Alejandra Meyer y Susana Cabrera. Su última telenovela significativa fue “La Chacala”, protagonizada por Christian Bach en 1997. Tenía 56 años. Su época de gloria había quedado atrás, pero ella seguía en el medio, haciendo lo que sabía hacer, aunque los papeles fueran cada vez más pequeños. Se retiró de los reflectores, pero los recuerdos de sus juveniles películas los tenía en todas partes de su casa. Fotos, reportajes y muchas vivencias llenaban el baúl de su memoria. No era nostalgia amarga. Era el archivo de una vida dedicada al arte, aunque ese arte le hubiera cobrado su precio.

Tres años después de “La Chacala”, inició el principio del fin. Su salud estaba muy comprometida. La aquejaban diversos males en sus articulaciones. También padecía hepatitis. Era una mujer de 57 años que se veía mayor. La enfermedad la mantuvo en secreto. Para el público, para los medios, para todos excepto su círculo más íntimo, su muerte fue sorpresiva. Pero ella sabía. Y Sam, desde la distancia, también estaba muriendo. Fue internada en el Hospital de Nutrición de la Ciudad de México tras sufrir una crisis. Pese a los esfuerzos de los médicos, la actriz cerró sus ojos para siempre el primero de marzo del año 2000. Estaba por cumplir 58 años.

Pero antes de ese final, ocurrió la escena que define su vida. Cuando supo que Sam agonizaba en Los Ángeles, no lo dudó. Organizó un traslado de emergencia en una avioneta, con doctores y equipo médico. Cruzó la frontera. Llegó a su lado. Sam Peckinpah falleció de una insuficiencia cardíaca el 28 de diciembre de 1984. Begoña estuvo con él hasta su último momento. No fue un adiós amargo. Fue el cierre de un amor que había sobrevivido a divorcios, a ausencias, a la distancia, a la fama y al olvido. Sus restos fueron cremados en el Panteón Español de la Ciudad de México y sus cenizas trasladadas a Malibú, California. Fue el deseo familiar que reposaran en un mausoleo junto a las de Sam Peckinpah, el único y gran amor de su vida. No hay imagen más poderosa: la actriz que comenzó recitando poemas junto a Pedro Infante, que se codeó con el Santo y Tin Tan, que cruzó el Atlántico para casarse con un director maldito, que soportó su violencia y sus excesos, que regresó a México a hacer telenovelas de bajo presupuesto, que se enfermó en silencio, y que al final, cuando él se moría, dejó todo para sostenerle la mano.

La carrera artística de Begoña Palacios fue diáfana. Su trayectoria abarcó 43 años haciendo películas, series de televisión y obras de teatro. Fue una mujer alejada de los escándalos. Se fue joven, pero su rostro y figura brillarán por siempre en la memoria del público mexicano. Sin embargo, la memoria no es suficiente. La memoria no captura las noches en que lloró sola porque Sam estaba borracho en un bar de Hollywood. La memoria no captura la hepatitis que se comió sus articulaciones mientras filmaba escenas cómicas en “Hogar, dulce hogar”. La memoria no captura la avioneta despegando hacia Los Ángeles con una mujer de 57 años que sabía que iba a ver a su esposo morir. Esa imagen, esa noche, es la que merece quedarse.

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