La Letra Temblorosa Que Reveló 14 Millones De Dólares En Una Caja De Zapatos
La Letra Temblorosa Que Reveló 14 Millones De Dólares En Una Caja De Zapatos
La reja chirrió al tercer intento. Un perro ladró a tres calles. El cerrajero guardó la ganzúa. Omar García Harfuch empujó la puerta de mezquite con el hombro, y lo primero que salió de adentro fue el olor: polvo de 29 años, madera podrida, telas olvidadas. Y luego, apenas perceptible, un perfume que se negaba a irse, como si la última gota se hubiera evaporado la semana pasada. Sobre la mesa del centro, un cigarro a medio consumir. Una marca que ella fumaba. Al lado, el cuaderno empastado en cuero que ordenó abrir después de muerta.
La camioneta blindada se detuvo frente a una reja oxidada que alguien cerró hace casi 30 años con una cadena cuyo dueño nadie recuerda. El operativo había sido diseñado en absoluto silencio: sin sirenas, sin patrullas, sin aviso a los medios. La orden la firmó un juez federal 48 horas antes. Omar García Harfuch, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, bajó del vehículo sin hacer ruido. Detrás de él, dos peritos forenses con guantes azules, una notaria con folder amarillo y un fotógrafo de campo. La propiedad lleva 29 años cerrada al público. Dentro, nadie ha tocado nada desde la madrugada del 22 de marzo de 1996, la noche en que murió Lola Beltrán.
La hacienda se ve más pequeña que en las fotografías antiguas. Construcción del siglo XIX, adobe blanco ahora del color de la tierra. Una bugambilia seca trepa por la pared del costado oeste, aferrándose a un muro que se desmorona desde dentro. El cerrajero trabaja la cadena; la reja chilla. La puerta principal es de madera maciza de mezquite, tallada a mano. La quinta llave entra. La perilla gira, pero la puerta no se mueve. La humedad de 29 años la tiene pegada al marco. Harfuch empuja con el hombro. Cede. Lo primero que sale de adentro no es una imagen, es un olor: polvo viejo mezclado con madera húmeda y telas guardadas. Y por debajo, lejano, casi imposible, un olor a perfume que no se ha terminado de ir, como si alguien hubiera dejado un frasco abierto en 1996 y la última gota se hubiera evaporado apenas la semana pasada. La notaria anota la hora exacta: 4:21 de la madrugada.
Harfuch enciende la linterna. El haz recorre la sala. Sobre la mesa de centro hay un cenicero de cristal y dentro un cigarro a la mitad. Marca Raleigh, la marca que ella fumaba. Ese cigarro lo apagó alguien en marzo de 1996 y ahí se quedó, 29 años después de la última calada. Las cuatro habitaciones del pasillo: tres están abiertas. La cuarta tiene la puerta cerrada con una vuelta de llave que sigue puesta. El cerrajero trabaja la cerradura 20 segundos. El cerrojo cede. Es la habitación de Lola. Una cama matrimonial sin tender. Las sábanas blancas se han vuelto del color del marfil. Un buró con un vaso de agua donde quedan dos centímetros de líquido amarillento. Al lado del vaso, un cepillo de carey con cabellos negros enredados entre las púas. Cabellos de una mujer que se peinó por última vez en marzo de 1996 y nunca volvió a hacerlo.
Sobre el buró, un libro abierto boca abajo: una biografía de María Callas. Lola la estaba leyendo. Marcó la página 122 con un boleto de avión: vuelo Mexicana, ruta Ciudad de México-Mazatlán, fechado para el 2 de abril de 1996. Un vuelo que nunca tomó. En el armario abierto, en un gancho aparte, cuelga el vestido negro con bordados de plata que Lola usó en su última presentación pública en el Auditorio Nacional, el 12 de febrero de 1996, cuarenta días antes de morir. El vestido tiene una mancha de maquillaje en el cuello. Nadie lo lavó después de esa noche. Lola lo colgó, se acostó, y al día siguiente ya no se levantó con fuerzas para volver a guardarlo. Al fondo de la habitación, junto a la ventana, un baúl de cedro forrado en cuero, cerrado con un candado de bronce que parece más viejo que la propia casa.
Harfuch se pone los guantes azules. La fotógrafa se acomoda. La notaria prende su grabadora. El cerrajero abre el candado del baúl en cuarenta segundos. Harfuch levanta la tapa. Lo primero que ve es una caja de zapatos sin marca, atada con un listón rojo. Debajo de la caja, envuelto en una funda de fieltro negro, un cuaderno empastado en cuero. Las hojas amarillas se asoman por los bordes. Saca el cuaderno con las dos manos. Lo abre por la primera página. Lo que lee lo deja quieto. Cuatro mil pesos. 1962. Por la cesión de doce grabaciones a perpetuidad, entre ellas “Cucurrucucú Paloma”. Firmado por Lucha María Beltrán Alcayaga, el nombre de pila de Lola. La notaria se acerca con el folder amarillo. La fotógrafa dispara dos flashes seguidos al cuaderno abierto. Harfuch pasa la página.
Año 1965. Otro contrato: 3,500 pesos por la cesión de ocho grabaciones más, entre ellas “Paloma negra”. Firmado por Lola Beltrán. Otra página: 1971, diez canciones, pago único de 6,000 pesos. Otra: 1979, doce canciones, 12,000 pesos. Y al final del cuaderno, las últimas treinta páginas escritas con una caligrafía que se va volviendo temblorosa con los años: listas, fechas, cantidades. Lo que las disqueras le pagaban, lo que ella calculaba que le debían en realidad. Y al lado, los nombres de los abogados, de los productores, de los hombres que firmaron al otro lado de la mesa. La última anotación tiene fecha 21 de marzo de 1996, tres días antes de que muriera. Al final de esa última página, una sola línea escrita más fuerte que el resto, casi atravesando el papel: “Total que me deben 14,280,000 estimados”.
Más de cuarenta millones de discos vendidos en cinco décadas de carrera. Patrimonio cultural de la nación. Medalla de oro de Bellas Artes, la orden de las artes y las letras de Francia. Cantó para tres papas. Cantó en Bellas Artes, cantó en el Olympia de París. Y murió con menos de 900,000 pesos en su cuenta de banco, debiendo 350,000 al cardiólogo que la operó. Catorce millones doscientos ochenta mil pesos. Esa es la diferencia entre lo que generó su voz y lo que recibió. La perita levanta la grabadora hacia la cara de Harfuch. Lo único que se escucha en la habitación es el zumbido de la linterna. ¿Tú crees que la voz más grande que ha tenido la canción ranchera en toda su historia se muere debiendo dinero a sus médicos por casualidad?
Detrás de esa cifra hay una niña del Rosario, Sinaloa, hija de un ferroviario que murió en un accidente de tren. Una familia que viajó a la Ciudad de México en tercera clase, con dos baúles y un acento provinciano que cerraba puertas en las estaciones de radio. Un teatro de revista en la calle de Donceles donde pagaban diez pesos por noche. Y un contrato que llegó a las 5:30 de la tarde, con una explicación de veinte minutos, y una firma que selló la voz de México a perpetuidad por 4,000 pesos. Ese contrato no fue un accidente. Fue un sistema.
El Rosario, Sinaloa, era un pueblo polvoriento de la Sierra del Sur en 1932. La madre de Lola, María Asunción Alcayaga, criaba pollos y cosía vestidos para las vecinas. El padre, Pedro Beltrán Ramos, trabajaba en los ferrocarriles nacionales como maquinista. Pasaba semanas fuera, regresaba con la cara negra del carbón y las manos partidas. La niña se llamó Lucha María Beltrán Alcayaga. Le decían Luchita. Tres hermanos. La casa tenía dos habitaciones, un patio con un limonero, un pozo. La cocina era de leña; el baño, afuera. A los seis años, la madre descubre que Luchita canta. La niña se sube a una mesa y le canta a las visitas las canciones que oye en el radio: Pedro Infante, Jorge Negrete, José Alfredo Jiménez, que apenas empezaba a sonar. La voz que salía de esa niña era de una mujer adulta. Las visitas se quedaban quietas cuando la oían. La mamá, doña Asunción, se quedaba mirando a la niña como si estuviera mirando algo que no había pedido, pero que tenía que cuidar.
A los nueve años, Luchita cantaba los sábados por la tarde en la farmacia del pueblo. El boticario le pagaba con un peso y un caramelo. Ella se subía a un cajón de madera. La gente dejaba de comprar para escucharla. A los doce años, una compañía de radio que pasaba por la sierra le pidió permiso a Pedro Beltrán para llevarse a la niña a la estación de Mazatlán. Pedro dijo que no. La niña tenía que estudiar. Las niñas del Rosario no se iban a las estaciones de radio. Ahí Luchita aprendió la primera lección que iba a marcar el resto de su vida: la gente con dinero firma papeles; la gente sin dinero pide permiso.
A los dieciocho años, Pedro Beltrán muere en un accidente en los ferrocarriles nacionales. Indemnización mínima. La familia se queda sin sostén. Doña Asunción reúne a sus cuatro hijos y les dice que tienen que irse a la Ciudad de México. Empacan lo que cabe en dos baúles. Se suben a un tren con boleto de tercera clase. Cinco días de viaje. Llegan a la estación de Buenavista en agosto de 1952. Lucha María tiene veinte años. Habla con el acento cerrado del norte. Se viste con la ropa que le cosió su madre. No conoce a nadie en la capital. Lo único que tiene es la voz.
Doña Asunción la lleva a XEW, la estación de radio más importante del país, el templo donde se hacían las estrellas. Lucha María audiciona dos veces. Le dicen que no las dos veces: “La voz es buena, pero el acento es muy provinciano. Hay que pulirla, hay que vestirla mejor”. La mamá no se rinde. La lleva a XEQ, la rechazan. Prueban en Radio Mil, misma respuesta. Doña Asunción acaba metiéndola en un teatro de revista en la plaza Garibaldi, donde le pagan diez pesos por noche por cantar entre función y función mientras los músicos descansan. Diez pesos por noche. En 1953, eso era el pasaje del camión y dos comidas baratas. El teatro se llamaba Tívoli. Olía a humo de cigarro, a sudor y a una loción barata que vendían en la perfumería de la esquina. Lola entraba por la puerta de servicio que daba al callejón. Se cambiaba en un cuarto que compartía con cuatro vedettes frente a un espejo cuarteado. Cuando subía al escenario, los hombres del público le gritaban cosas, le tiraban monedas, le pedían canciones. Ella cantaba, recogía las monedas del suelo, se bajaba y dejaba el lugar al siguiente número. A las tres de la madrugada, doña Asunción la esperaba en la entrada. Caminaban juntas hasta el camión que las llevaba a la colonia Doctores, donde rentaban un cuarto en una vecindad. Doña Asunción contaba las monedas en el camión. Algunas noches eran setenta pesos, otras eran veinte. Así estuvo seis meses.
Una noche, en el público del Tívoli, estaba Miguel Aceves Mejía. El rey del falsete, estrella de cine, estrella de radio, hombre con contactos en todas las disqueras del país. Aceves la oyó cantar y al terminar la función entró al camerino. Le dijo: “¿Mañana vas a Peerless? Pregunta por Heinrich Clann. Le voy a hablar para que te audicione”. Heinrich Clann era el director artístico de Peerless, alemán llegado a México huyendo de la guerra. Aceves le habló, Clann la audicionó, y al día siguiente Lucha María Beltrán Alcayaga firmó su primer contrato discográfico. Tenía veintiún años. Lo firmó sin abogado, sin representante, sin entender una sola línea de lo que decía. Doña Asunción la acompañó y tampoco entendió. Clann les explicó en español que el contrato era por seis grabaciones y que Peerless pagaba 250 pesos por canción. Doña Asunción dijo que sí. Lucha María asintió.
Lo que el contrato decía en realidad era que Peerless compraba los derechos de las grabaciones a perpetuidad para siempre, en todos los formatos, en todos los países, sin obligación de pagar regalías futuras. Por 1,500 pesos totales. Veintiún años sin entender una palabra. Y la mitad del repertorio que iba a cantar el resto de su vida acababa de pasar por su firma para siempre, por 1,500 pesos. Esa fue la primera firma. Vendrían muchas más. Lucha María se cambió el nombre: le dijeron que “Luchita Beltrán” sonaba a niña, que necesitaba un nombre artístico. Le pusieron Lola. Lola Beltrán. En 1957 grabó “Cuando el destino” y vendió cien mil discos en seis meses. Su primer éxito. La invitaron a XEW. Le dieron un programa los miércoles por la noche. En 1958, un compositor de Michoacán llamado Tomás Méndez Sosa le llevó una canción que había escrito pensando en una mujer que perdió a su marido. La canción se llamaba “Cucurrucucú paloma”. Lola la cantó dos veces, la grabó en una sola toma. Tomás Méndez se quedó llorando en la cabina. Salió del estudio sin decir nada y le dijo a Clann: “Esa mujer va a vender más discos que Pedro Infante”.
Lola Beltrán tiene treinta años en 1962. Tres hits monstruos: “Cucurrucucú paloma”, “Paloma negra”, “Soy infeliz”. Suenan en todos los radios del país. Peerless ofrece un contrato nuevo: cesión de derechos a perpetuidad por las grabaciones que ya tenía hechas más doce nuevas. Pago único: 4,000 pesos. 4,000 pesos en 1962 era el sueldo de un trabajador calificado durante seis meses. Una cantidad considerable para una mujer de treinta años. Lola asintió. Lo que Lola no sabía era que esas doce grabaciones iban a generar regalías durante los siguientes setenta años: vinilos, casetes, discos compactos, streaming, sincronizaciones para películas, cualquier formato, en cualquier país, para siempre. Y ella no iba a recibir ni un peso más. Cuatro mil pesos por “Cucurrucucú paloma” a perpetuidad. Esa canción ha generado, según cálculos conservadores de especialistas en derechos de autor, más de cuatro millones de dólares en regalías desde que se firmó el contrato. Y esos cuatro millones se los han repartido Peerless, las disqueras que compraron el catálogo, las productoras que la usaron en películas y los herederos de Tomás Méndez Sosa. Lola Beltrán nunca cobró un peso de “Cucurrucucú paloma”.
El sistema funcionaba así: las disqueras de aquella época ofrecían contratos de cesión total, pago único, derechos a perpetuidad. La excusa era que las disqueras corrían el riesgo de la grabación: el estudio costaba dinero, la distribución costaba dinero, la promoción costaba dinero. Si el disco no vendía, la disquera perdía. Por lo tanto, los cantantes tenían que aceptar que en caso de éxito la disquera se quedaba con todo. Era mentira. Era el modelo más extractivo que ha tenido la industria musical en cualquier país del mundo. En Estados Unidos los cantantes negociaban porcentajes. En Europa se cobraban derechos de ejecución pública. En México, los cantantes firmaban papeles que no entendían, redactados por abogados que los representantes de las disqueras presentaban a las cinco de la tarde con el argumento de que tenían que firmar antes de las seis porque si no se caía el negocio. Lola firmó el suyo de 1962 a las 5:30 de la tarde en las oficinas de Peerless en la calle de Liverpool. La acompañaba Heinrich Clann y un abogado llamado Mauricio Sandoval Ruiz. Sandoval Ruiz le explicó el contrato en términos generales. Lola preguntó si estaba bien. Clann le dijo que sí. Lola asintió. Veinte minutos. Veinte minutos para entregar “Cucurrucucú paloma” a perpetuidad.
Volvamos un momento a la habitación del Rosario. Harfuch tiene en las manos la copia en papel carbón del contrato del 62. Lee en voz alta para que la grabadora capte cada palabra. “Cláusula tercera: La intérprete cede de manera irrevocable y a perpetuidad todos los derechos patrimoniales de las grabaciones aquí enumeradas. La cesión incluye el derecho de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación en cualquier formato existente o por existir en cualquier territorio del mundo. La intérprete renuncia expresamente a cualquier reclamación futura por concepto de regalías, derechos de ejecución, derechos de sincronización o cualquier otro concepto derivado de la explotación comercial de las grabaciones.” La perita levanta la grabadora más cerca. “Cláusula quinta: como contraprestación por la cesión total e irrevocable de los derechos descritos en la cláusula tercera, Peerless México, Sociedad Anónima, entrega a la intérprete la cantidad de 4,000 pesos moneda nacional en un solo pago recibido a la firma del presente contrato.” Harfuch baja la hoja, mira a la notaria. La notaria está anotando en el folder amarillo: 4,000 pesos por una canción que ha generado más de 4 millones de dólares en regalías. “Esa es la diferencia”, dice. “Mil veces. Mil veces.” Lo dice sin levantar la voz.
Pero los contratos eran solo el principio. A partir de 1980, el dinero empezó a no alcanzar. Lola seguía cantando, seguía grabando, pero las grabaciones nuevas tenían contratos diferentes con porcentajes ridículos, y los discos viejos, los que sí vendían bien, ya no eran de ella. Marielita estaba en escuela privada, después universidad. Las giras pagaban parte, los conciertos pagaban parte. Alfredo Leal, el torero del que se divorció en 1965, nunca pasó pensión, nunca contribuyó. Lola sostenía la casa, a su madre que vivía con ella, y a Marielita. A finales de 1985, Lola le manda la primera carta a Pedro Vargas. La carta tiene fecha 14 de noviembre de 1985. Está escrita a mano, tres páginas, letra apretada. Lola le escribe a Pedro como si le escribiera a un hermano. Le cuenta que la salud de doña Asunción se ha complicado, que necesita una operación, que el seguro no cubre el procedimiento y que ella no tiene el dinero porque la gira que iba a hacer ese mes en Estados Unidos se canceló por problemas con el promotor. “Pedro, te pido si pudieras prestarme 50,000 pesos. Te firmaría un pagaré con dos meses de plazo. Mi hija Marielita responde por mí si yo faltara. No sabes usted lo que me cuesta escribirte esto.” Esa carta nunca se publicó. Pedro Vargas murió en 1989 y la carta apareció entre sus papeles. Su hija Beatriz se la devolvió a Marielita en 1992 sin contarle a nadie. Marielita la guardó en la caja de zapatos atada con el listón rojo.
Hay diecisiete cartas más en esa caja. Una a Lola Flores en 1987. Lola Beltrán le pide ayuda para una operación de cataratas que doña Asunción necesita en Houston, porque en México el oftalmólogo que se la podría hacer cobra menos, pero tiene seis meses de lista de espera y la abuela ya casi no ve. Lola Flores le manda 2,000 dólares en efectivo en sobre por correo certificado. La carta de agradecimiento de Lola Beltrán está fechada un mes después: “Lola querida, la operación salió bien. Mamá ya distingue las caras. Te devuelvo los 2,000 apenas cobre la quincena del Sheraton”. Una a Vicente Fernández en 1989. Lola le pide consejo sobre cómo manejar a Mauricio Sandoval Ruiz, el abogado de Peerless que la estaba presionando para firmar un nuevo contrato de cesión por las grabaciones de los noventa. Vicente le contesta por carta que no firme, que Sandoval Ruiz es un ladrón, que él lo sabía porque también había firmado con él años atrás. “Lola, ni se te ocurra firmar. Yo cometí el mismo error en el 67 y me costó diez años de pleito recuperar la mitad de lo que les firmé. Sandoval te va a llegar con un papel a las 5:30 de la tarde. No firmes. Diles que tu abogado tiene que revisarlo. Aunque no tengas abogado, diles cualquier cosa, pero no firmes.” Lola no firmó. Pero tampoco contrató abogado. No tenía con qué.
La más dolorosa de leer es una carta a Olga Guillot en 1992. “Olga, te escribo porque ya no sé a quién acudir. Marielita está en Estados Unidos terminando sus estudios de psicología. Mamá murió hace ocho meses, ya lo sabes. Las cuentas no cuadran. Sigo cantando, sigo grabando, pero el dinero no llega como antes. Los discos se venden, eso me consta, pero los cheques que llegan son cada vez más chicos. ¿Tú cómo lo manejas? ¿A quién contrataste para que te revisara los contratos viejos? Necesito ayuda y no la encuentro.” Olga Guillot le contestó, le mandó el contacto de un abogado en Miami que llevaba casos de derechos de autor de artistas latinos, le mandó 5,000 dólares y le dijo que se fuera a vivir un tiempo con ella en Miami para descansar. Lola le contestó que no podía dejar la casa de Tlacotalpan porque tenía compromisos con el ISSSTE para una serie de conciertos a beneficio. No fue a Miami. Hay una carta más, fechada en 1993, dirigida a Heinrich Clann hijo. La letra es firme. “Señor Clann, le escribo esta carta para informarle que el contrato que firmé con su padre en 1962 respecto a la cesión de doce grabaciones, entre ellas ‘Cucurrucucú paloma’, lo voy a impugnar. Tengo cuarenta años trabajando para usted y para los que le compraron la empresa. Mi hija no va a heredar absolutamente nada porque ustedes se quedaron con todo. Esto se va a saber. No va a ser hoy, no va a ser este año, pero se va a saber. Cordialmente, Lola Beltrán.” La carta nunca se mandó. Quedó en la caja de zapatos. Heinrich Clann hijo nunca supo que existió.
Las primeras cien páginas del cuaderno son los contratos: copias en papel carbón de cada uno que Lola firmó entre 1953 y 1989. Algunas copias están descoloridas, otras todavía tienen las firmas legibles: Heinrich Clann, Mauricio Sandoval Ruiz, otros nombres que aparecen una y otra vez. Después de los contratos, sesenta páginas de listas. Lola anotaba a mano las fechas en que se vendían sus discos según los reportes que las disqueras le mandaban. Junto a cada fecha, la cantidad reportada de copias vendidas. Junto a esa cantidad, la cantidad de regalías recibidas. Y junto a esa, en una columna distinta, la cantidad que ella calculaba que le correspondía según las ventas reales del mercado. La diferencia entre las dos columnas es lo que ella llamaba “Lo que me deben”. Año 1980: disqueras reportaron ventas de 4,200,000 unidades. Regalías recibidas por Lola: 48,000 pesos totales. Cantidad que debería haber recibido según porcentajes habituales en otros mercados: 720,000. Diferencia anotada: 672,000. Año 1985: reporte de 2 millones de unidades. Regalías: 40,000. Cantidad esperada: 400,000. Diferencia: 360,000. Año 1990: reporte de 800,000 unidades. Regalías: 16,000. Cantidad esperada: 160,000. Diferencia: 144,000. Y así año por año.
Hay anotaciones más íntimas también. Una página fechada en 1987 tiene una nota al margen: “Heinrich Clann hijo me dijo hoy por teléfono que las regalías van a bajar otro 20% porque el mercado está saturado. Le pregunté de qué mercado hablaba. Me dijo que del mercado interno. Le dije que mi música se vende en doce países y que el mercado interno es solo el de México. Me colgó.” Otra página, 1990: “Hablé con un licenciado que me recomendó Vicente. Me dijo que pelear los contratos del 62 cuesta unos 200,000 pesos en honorarios solo para empezar, y que el resultado no está garantizado. Le pregunté si conocía a algún abogado que cobrara por porcentaje. Me dijo que en México no se hace, que solo en Estados Unidos, pero que en Estados Unidos los abogados latinos buenos cobran caro también. Cerré la libreta sin decirle nada.” Otra página, 1994: “Me llamaron de la Sociedad de Autores. Me preguntaron si quería que me hicieran un homenaje. Les dije que sí. No les dije que necesitaba que el homenaje incluyera un cheque porque no tengo para pagar el predial de la casa de Tlacotalpan.” Otra página sin fecha clara, probablemente a finales de 1995: “Marielita me llamó desde Boston. Me preguntó cómo estaba. Le dije que bien. Le mentí. No quiero que se preocupe. Está terminando su tesis. Le voy a mandar 500 dólares la semana que viene de la presentación de Acapulco. Si me alcanza.”
Lola sumaba al final de cada página, anotaba el total acumulado. El último total acumulado, escrito el 21 de marzo de 1996, decía: 14,280,000 pesos. Eso era lo que Lola Beltrán calculaba que le habían quedado a deber sus disqueras al final de 43 años de carrera. Pero lo más doloroso de todo el cuaderno está en la última página. Después del cálculo, después del total, Lola escribió otra cosa con la misma letra temblorosa, sin tachones, sin dudar: “Que abran este cuaderno cuando me muera, Marielita. Que no se peleen por dinero que ya no existe. Que sepan lo que pasó. Que los nombres queden escritos. Yo ya no puedo hacer nada, pero que se sepa.” Eso es lo que hay en el cuaderno. Diecisiete cartas, la mayoría escritas por Lola, algunas respuestas que recibió. La caja tiene una segunda capa que la perita encuentra al levantar el cartón del fondo. Debajo del cartón hay siete fotografías. Las siete son de Lola con Marielita. La primera es de 1958: Marielita tiene un año. La última es de 1995: Marielita tiene treinta y ocho años y abraza a su mamá en la sala de la casa de Tlacotalpan. Y al fondo, en el fondo de la caja, hay un sobre. El sobre tiene escrito a mano en el frente: “Para Marielita cuando esté lista”. La perita lo levanta con guantes. Harfuch lo abre con un abrecartas. Adentro hay una carta de cuatro páginas. Está firmada el 18 de marzo de 1996, seis días antes de morir.
“Hija, si estás leyendo esto es porque ya no estoy. Te pido perdón por las giras, por las ausencias, por las Navidades en que no pude estar, por las graduaciones a las que llegué tarde. Te pido perdón por algo más: por no haberte dejado segura económicamente. Hice lo que pude, pero firmé contratos que no debí firmar. Confié en personas que no merecían que confiara. Cuando me di cuenta de lo que había firmado, ya era tarde. Ya no había manera de recuperarlo. Y los abogados que consulté me dijeron que ir contra Peerless, contra los que compraron sus catálogos, era pelear contra molinos, que iba a gastar más en juicios de lo que iba a recuperar. Y yo no tenía para gastar en juicios. Lo que te dejo es la casa de Tlacotalpan, un seguro de vida pequeño, y este cuaderno. El cuaderno no tiene valor económico, pero tiene los nombres, tiene las fechas, tiene los contratos. Si alguna vez quisieras hacer algo con él, hazlo por dejar constancia. Ese dinero ya no se recupera, pero los nombres pueden quedar escritos. No estás obligada. Tú ya hiciste tu vida, eres psicóloga, tienes a tus propios hijos. No te estoy pidiendo que cargues con esto. Solo te pido que abras el cuaderno cuando yo me muera. Que sepas que lo intenté. Que sepas que los nombres estaban escritos. Que sepas que tu mamá fue una mujer joven y pobre cuando firmó esos papeles y que confió en quien no debía. Eso fue todo. ‘Cucurrucucú paloma’ se la regalé al país. Eso ya nadie me lo quita. Pero los 4,000 pesos que me dieron a cambio sí se los podía haber escupido en la cara a Heinrich Clann, y no lo hice. Esa es la única cosa de la que sí me arrepiento. Te quiero, hija. Cuídate de los papeles. Cuídate de los hombres que llegan con el papel a las 5:30 de la tarde y te dicen que firmes antes de las 6. Tu mamá. Lola Beltrán.”
Marielita Leal Beltrán recibió esta carta en abril de 1996, dos semanas después del entierro de Lola en el mausoleo de los Hombres Ilustres en el Rosario, Sinaloa. La leyó una sola vez y guardó el cuaderno y la caja en la hacienda sin abrirlos. Mandó cerrar la propiedad, cerró la cadena con un candado, pagó al cuidador del pueblo para que vigilara desde la calle, y se regresó a la Ciudad de México. No volvió en 29 años. ¿Por qué? Ella lo sabe. Pero lo que sí está documentado es que el 12 de febrero de este año, Marielita Leal Beltrán solicitó en la Fiscalía General de la República una revisión patrimonial de los contratos firmados por su madre con Peerless entre 1953 y 1989. La solicitud fue admitida. El expediente se le asignó al equipo de Omar García Harfuch. El 20 de marzo de este año, un juez federal firmó la orden de cateo de la propiedad del Rosario, Sinaloa. El 22 de marzo, a las 4:15 de la madrugada, Harfuch entró por la puerta de mezquite. Y abrió el cuaderno. La investigación que se inicia no va a recuperar el dinero de Lola Beltrán. Ese dinero ya está en las Islas Caimán y en Luxemburgo, y los abogados que se necesitarían para sacarlo cuestan más de lo que se podría recuperar. Lo que sí puede hacer es dejar constancia. Que los nombres queden escritos. Eso fue lo que Lola pidió. Que se sepa. Y ahora se sabe.

