La Amante Del Presidente Murió En Una Casa Donde Nadie Entró Durante Diez Días
La Amante Del Presidente Murió En Una Casa Donde Nadie Entró Durante Diez Días
La cama estaba tibia todavía. La habitación olía a medicina vencida y a silencio. Sasha Montenegro tenía 77 años cuando la encontraron. Llevaba muerta entre seis y diez horas. Ningún familiar. Ninguna enfermera. Ningún teléfono al alcance de la mano. La casa de la colonia Chimalistac era una mansión de 800 metros cuadrados, pero ese día solo una habitación estuvo abierta. El resto de la propiedad permanecía cerrada, como si la muerte hubiera venido a ocupar el último espacio habitable de una vida que el sistema había ido reduciendo milímetro a milímetro durante décadas. La versión oficial dijo “muerte natural”. Insuficiencia cardíaca. Alzheimer avanzado. Una mujer mayor, una muerte esperable, caso cerrado. Pero lo que ocurrió en los diez días anteriores a que su corazón se detuviera no aparece en ningún parte médico. Esa historia es la que México ha preferido no contar. Y esa historia es la que el Archivero va a contar ahora.
Alexandra Asimovic Popovic nació el 11 de noviembre de 1945 en Pula, una ciudad de la costa croata que entonces formaba parte de la Yugoslavia comunista de Tito. Su padre era periodista y opositor al régimen. Su madre, ama de casa. Cuando Alexandra tenía dos años, la familia tuvo que huir. El padre había publicado artículos críticos del gobierno, y los periodistas como él empezaban a desaparecer. Salieron clandestinamente, cruzaron Italia, llegaron a un puerto donde un barco llamado Conte Biancamano partía hacia América. Subieron. El barco los llevó a Veracruz, México, en 1947.
La familia no eligió México por casualidad. El presidente mexicano de entonces, Miguel Alemán Valdés, había firmado un decreto que permitía la entrada de refugiados europeos huyendo del comunismo y del fascismo. Dentro de esa categoría había un grupo específico: familias de profesionales con educación universitaria. El padre de Alexandra calificaba. Entraron con visas permanentes. Y la niña de dos años, sin saberlo, creció en el país que cambiaría su nombre, su rostro y su historia entera.
El padre murió en 1955, cuando Alexandra tenía diez años. Murió en circunstancias que la familia nunca quiso desarrollar públicamente. Alcoholismo, depresión profunda relacionada con la imposibilidad de regresar a su tierra, según las pocas versiones que han llegado al Archivero. Dejó a Alexandra, a su madre y a sus hermanos sin ingresos en una Ciudad de México de los años cincuenta, donde una familia de inmigrantes yugoslavos sin idioma fluido era prácticamente invisible.
Alexandra creció rápido. Tuvo que hacerlo. Empezó a trabajar a los catorce años en una tienda de ropa. A los dieciséis hacía modelaje para anuncios de prensa. A los dieciocho empezó a recibir propuestas de cine. Una mujer con ascendencia eslava, alta, voluptuosa, con rasgos extranjeros llamativos, era exactamente lo que la industria cinematográfica mexicana de los años sesenta y setenta buscaba. Alexandra cambió su nombre. Se convirtió en Sasha Montenegro. Sasha, una versión más comercial de Alexandra. Montenegro, un apellido inventado que sonaba a aristocracia balcánica.
Entre 1968 y 1976, Sasha Montenegro hizo más de cincuenta películas dentro del género que México llamó primero “cine erótico” y después, con el nombre que todos conocen, “cine de ficheras”. Ellas de noche, Las del talón, Muñecas de medianoche. Películas que vendían millones de boletos en cines populares, que la convirtieron en una de las mujeres más conocidas y deseadas del México de aquellos años. Y películas que, paradójicamente, la pusieron en el radar de la élite política masculina del país.
El cine de ficheras de aquellos años no era simplemente entretenimiento. Era, en términos sociológicos, una de las pocas rutas que tenían las mujeres mexicanas de los años setenta para acceder a círculos de poder que normalmente les estaban vetados. Una actriz de ficheras famosa podía ser invitada a cenas oficiales, podía conocer empresarios, políticos, banqueros. Podía, si jugaba bien sus cartas, transitar del cine popular al círculo íntimo de la élite mexicana en cuestión de años.
Sasha Montenegro entendió esto rápido. Según las versiones que han llegado al Archivero, desde 1971 empezó a aceptar invitaciones específicas: cenas en casas de Las Lomas, eventos privados en Cuernavaca, fiestas en Acapulco. Espacios donde la actriz no estaba como invitada cualquiera, estaba como acompañante de hombres mucho mayores. Estaba haciendo, en términos prácticos, una ruta paralela al cine. Una ruta que iba del set de filmación a la mesa del poder. Una ruta que muchas otras actrices de su generación también recorrieron, con éxito variable. Sasha tuvo más éxito que la mayoría. La razón principal, según los testimonios cruzados, era que Sasha hablaba múltiples idiomas, tenía cultura europea, sabía mantener una conversación inteligente sobre temas internacionales y proyectaba un aire de sofisticación que la diferenciaba radicalmente de otras actrices del mismo género. Sasha no era una fichera. Sasha era una intelectual disfrazada de fichera. Y esa combinación, en el México conservador de los años setenta, era exactamente lo que volvía locos a hombres como José López Portillo.
José López Portillo asumió la presidencia el 1 de diciembre de 1976. Cuatro meses después, el 1 de marzo de 1977, se celebró una cena de gala en honor a embajadores europeos. Sasha Montenegro fue invitada en su calidad de actriz reconocida internacionalmente. López Portillo, presidente recién estrenado, paseó por las mesas saludando a los invitados. En la mesa donde estaba Sasha, la conversación duró más de lo protocolario. Diez minutos. Quince. Veinte. Carmen Romano, la primera dama, observaba desde otra mesa. Y según los mismos testimonios, se levantó en algún momento de esa conversación, se acercó a la mesa de Sasha, saludó con una sonrisa fría y se llevó al esposo del brazo. Como diciendo: “Esta es la primera y última vez que esta conversación dura tanto”.
Carmen Romano no era una primera dama cualquiera. Era una mujer educada, refinada, miembro de una familia mexicana tradicional, con un carácter fuerte y un instinto político afilado. Llevaba casada con López Portillo desde 1951, veintiséis años de matrimonio en aquel momento. Tenían tres hijos legítimos: José Ramón, Carmen Beatriz, Paulina. Una familia consolidada en todos los aspectos formales. Pero Carmen Romano también sabía algo que pocas primeras damas de la época reconocían públicamente: sabía que el matrimonio presidencial mexicano funcionaba bajo reglas no escritas. Y la regla principal era que el presidente, en privado, tenía permisos que la primera dama tenía que aceptar con dignidad. Eso era el sistema. Y Carmen Romano había aceptado vivir dentro de ese sistema durante veintiséis años.
Hasta que apareció Sasha Montenegro.
Lo que hizo diferente a Sasha no fue que fuera amante del presidente. López Portillo tenía amantes ocasionales, como tenían todos los presidentes mexicanos del siglo XX. Lo que hizo diferente a Sasha fue que el presidente, en algún momento entre 1977 y 1979, dejó de tratarla como amante ocasional. Empezó a tratarla como relación seria. Empezó a llevarla a viajes oficiales encubiertos. Empezó a comprar propiedades a su nombre. Empezó a presentarla a colaboradores cercanos como compañera de vida. Y empezó, sobre todo, a tener hijos con ella.
El primero, Paulina López Portillo Montenegro, nació en agosto de 1976, apenas tres meses después del inicio del sexenio. El segundo, Alejandro López Portillo Montenegro, nació en marzo de 1980. Dos hijos nacidos durante el sexenio del padre. Dos hijos que durante años no fueron reconocidos legalmente. Dos hijos que crecieron sabiendo que su padre era el presidente de México, pero que oficialmente no podía decirlo en público.
Mientras Sasha tenía hijos del presidente y los criaba en una casa propia que él mismo le había comprado en Acapulco, Carmen Romano, en Los Pinos, lo sabía y se callaba. Pero esa aceptación tenía un precio interno. Carmen Romano desarrolló durante esos años una serie de problemas de salud que algunos historiadores médicos contemporáneos han caracterizado retrospectivamente como manifestaciones somáticas de estrés extremo: problemas cardíacos, problemas digestivos, episodios de ansiedad, y hacia el final del sexenio una depresión clínica que requirió intervención psiquiátrica privada. Carmen Romano se desmoronaba en silencio mientras la imagen pública de la primera dama se mantenía intacta. La fachada exigía sacrificio. Y el sacrificio lo pagaba ella, no él.
Hay un detalle que circuló durante años en círculos cercanos a Los Pinos, pero que nunca se publicó oficialmente. Un detalle sobre lo que Carmen Romano hizo durante los seis años de sexenio para gestionar emocionalmente la situación. Carmen Romano, según las versiones, contrató durante esos años a una persona específica del personal de inteligencia presidencial para que la mantuviera informada sobre los movimientos de Sasha Montenegro. No para confrontarla, no para denunciarla públicamente. Para saber. Para tener documentación. Para construir en privado un archivo de pruebas que algún día pudiera servirle a sus hijos legítimos. Ese personal de inteligencia, según las versiones, le entregaba reportes semanales a Carmen Romano: reportes con fechas y lugares de los encuentros entre López Portillo y Sasha, copias de transferencias bancarias que el presidente había hecho hacia cuentas controladas por la actriz, fotografías de propiedades que López Portillo había comprado a nombre de Sasha, y nombres de funcionarios que habían facilitado esas operaciones financieras de manera irregular.
Carmen Romano, según las versiones, archivó esa documentación durante seis años en cajas de metal, cajas que después llevó a su casa privada del sur de la Ciudad de México, cajas que guardó hasta el día de su muerte en 1999, y cajas que después entregó a sus tres hijos legítimos antes de morir.
López Portillo dejó la presidencia el 30 de noviembre de 1982. El país estaba en crisis económica. La deuda externa había explotado, el peso se había devaluado dramáticamente, y López Portillo se iba con una imagen pública dañada por la frase que quedó para siempre asociada a él: “Defenderé el peso como un perro”. El peso se hundió a la semana siguiente. La frase se convirtió en parodia. Y López Portillo, a los 62 años, se retiraba con una carrera política terminada, pero con una fortuna personal acumulada que, según investigaciones posteriores de varios periodistas mexicanos, superaba los 200 millones de dólares en propiedades y cuentas bancarias dentro y fuera de México.
Después de la presidencia, López Portillo se mudó con Carmen Romano a una casa en el sur de la Ciudad de México. Pero también se mudó, en paralelo, a otra casa: la casa de Sasha Montenegro en la colonia Chimalistac. Llevaba una doble vida abierta. Pasaba días con Carmen, otros días con Sasha. Iba a eventos públicos con Carmen, hacía vacaciones privadas con Sasha. Y Carmen Romano, durante diecisiete años más, tuvo que aguantar esa situación sin posibilidad de divorcio —que destruiría las fincas familiares y la imagen del expresidente— y sin posibilidad de aceptar públicamente lo que pasaba, que confirmaría décadas de rumores.
Carmen Romano murió en mayo de 1999. La versión oficial: cáncer, una enfermedad larga, dolorosa, que había debilitado a Carmen durante los últimos años de su vida. La versión que circuló en círculos cercanos a la familia: Carmen estaba enferma, sí, pero también estaba consumida. Consumida por décadas de soportar una situación que la había roto emocionalmente. Y según las versiones más oscuras que circularon entre periodistas que cubrían la sucesión, Carmen Romano, en sus últimos meses de vida, escribió cartas dirigidas a sus hijos. Cartas explicando lo que había vivido durante cuarenta y ocho años de matrimonio. Cartas que también dejaban registro de irregularidades patrimoniales que ella había documentado en secreto durante años. Esas cartas, según las versiones, fueron entregadas a los tres hijos legítimos. Y según las versiones, son la razón por la que los hijos de Carmen Romano nunca aceptaron a Sasha Montenegro como madrastra. Nunca. Hasta el día de hoy.
López Portillo se casó con Sasha Montenegro el 15 de julio de 1999, apenas dos meses después de la muerte de Carmen Romano. La velocidad del matrimonio escandalizó a México. La prensa habló del luto incumplido. La Iglesia Católica criticó públicamente al expresidente. Los hijos legítimos no asistieron a la boda. Y Carmen Romano, en su tumba reciente, era el silencio incómodo que rodeaba la ceremonia.
Pero López Portillo, a los 79 años, había tomado una decisión. Quería pasar sus últimos años con la mujer con la que en privado había compartido los últimos veintitrés. Quería darle a Sasha lo que durante un cuarto de siglo no había podido darle: estatus legal de esposa, apellido, documento firmado, y sobre todo derechos hereditarios. El matrimonio de López Portillo con Sasha en 1999 no fue una decisión espontánea del expresidente. Fue una decisión planeada durante años, una decisión que López Portillo había venido preparando legalmente desde 1995. Desde 1995 había estado modificando estructuras patrimoniales, transfiriendo propiedades a sociedades anónimas controladas por él, abriendo cuentas en bancos extranjeros con beneficiarios que iban cambiando según las épocas. Toda esa actividad financiera tenía un objetivo único: preparar el terreno para que, cuando Carmen Romano muriera, el expresidente pudiera casarse con Sasha y transferirle el control efectivo del patrimonio antes de que los hijos legítimos pudieran reaccionar legalmente. Era una operación de blindaje patrimonial. Una operación que duró casi cuatro años. Y una operación que, hasta la muerte de Carmen Romano, era ilegítima pero técnicamente legal, porque todos los documentos estaban firmados por el propio López Portillo.
La boda se celebró en una ceremonia privada en la casa de Chimalistac. Asistieron cincuenta invitados como máximo. Los hijos legítimos no fueron invitados. Sí fueron invitados los hijos no reconocidos de la pareja, Paulina y Alejandro, que ya tenían entonces veintidós y diecinueve años. Durante el brindis, según los testimonios de invitados que después hablaron en privado con periodistas, López Portillo dijo una frase que se quedó como anécdota familiar: “Le tomó al destino veinticinco años unirnos legalmente. Pero el destino siempre llega tarde”. Esa fue la frase: “El destino siempre llega tarde”.
Pero el destino, en este caso, no había llegado solo. Había llegado con un testamento. Un testamento que López Portillo había firmado tres meses antes, en abril de 1999, mientras Carmen Romano todavía agonizaba. Un testamento que modificaba los términos hereditarios anteriores. Un testamento que, en sus cláusulas principales, otorgaba a Sasha Montenegro el 50% del patrimonio total del expresidente. Mientras la primera esposa y los tres hijos legítimos compartirían el otro 50% entre cuatro personas. Es decir, en términos prácticos, Sasha individualmente quedaría con tanto dinero como Carmen Romano y los tres hijos juntos. Y si Carmen Romano moría —como efectivamente murió—, Sasha quedaba como la principal beneficiaria del patrimonio López Portillo. Por encima de los hijos legítimos.
López Portillo vivió cinco años más después de la boda. Murió el 17 de febrero de 2004, a los 83 años. La causa oficial de la muerte: complicaciones de neumonía. La versión privada: un cuerpo ya muy deteriorado, una mente que en los últimos dos años había perdido lucidez progresivamente, y una serie de hospitalizaciones que se habían manejado con discreción absoluta. Durante esos cinco años, Sasha fue oficialmente su esposa, su cuidadora, su acompañante constante. Y según las versiones de los hijos legítimos que después llevaron a tribunales, también fue la persona que sistemáticamente bloqueó el acceso de los hijos al padre, que controló el calendario de visitas, que decidió qué documentos firmaba el expresidente y cuáles no, y que en los últimos meses hizo que López Portillo firmara nuevos documentos legales que reforzaban aún más la posición patrimonial de Sasha y de sus dos hijos.
Cuando López Portillo murió, oficialmente Sasha quedaba con casi todo: las propiedades en México, las propiedades en España, las cuentas bancarias en Suiza, la villa El Pacífico en Cancún, la casa de Cuernavaca, el departamento en Madrid, las regalías de los libros que el expresidente había publicado durante su retiro. Todo. Mientras los hijos legítimos, José Ramón, Carmen Beatriz y Paulina, quedaban con tres propiedades menores y una parte mínima del patrimonio total.
Pero los hijos legítimos no aceptaron. Y ahí empezó la guerra.
El hijo mayor, José Ramón López Portillo Romano, nacido en 1953, empresario, hombre de bajo perfil mediático durante el sexenio del padre porque la madre había insistido en proteger a los hijos de la exposición pública, asumió el liderazgo de los hijos legítimos. No era un hombre vengativo. Era un hombre metódico, cuidadoso, educado en finanzas internacionales. Y sobre todo, José Ramón tenía algo que sus dos hermanas no tenían en la misma medida: tenía recursos económicos propios, independientes del patrimonio del padre, que le permitían financiar pleitos legales largos sin desangrarse económicamente. Esa autonomía financiera fue la razón principal por la que los hijos legítimos pudieron mantener pleitos durante diecinueve años. Cuando una de sus hermanas se cansaba, José Ramón mantenía el ritmo. Cuando una victoria parcial parecía suficiente, José Ramón insistía en seguir adelante. Era, en términos prácticos, el verdadero artífice del desgaste sistemático que Sasha Montenegro sufrió durante dos décadas.
La primera demanda formal se presentó en tribunales mexicanos en 2004, semanas después de la muerte de López Portillo. La demanda alegaba cuatro cosas: primero, que el testamento de abril de 1999 había sido firmado por López Portillo bajo condiciones de deterioro cognitivo no diagnosticado oficialmente pero observable; segundo, que las modificaciones posteriores al testamento hechas entre 1999 y 2003 habían sido firmadas en condiciones todavía peores; tercero, que Sasha Montenegro había ejercido influencia indebida sobre el expresidente durante los años de matrimonio; y cuarto, que parte del patrimonio que oficialmente estaba a nombre del expresidente había sido transferido a sociedades anónimas controladas por familiares de Sasha sin justificación económica. La demanda fue extensa: trescientas páginas, cientos de documentos anexos, testimonios de médicos, testimonios de antiguos empleados de la casa de Chimalistac, y sobre todo las cartas que Carmen Romano había dejado a sus hijos antes de morir. Cartas en las que la primera esposa documentaba con fechas, nombres y montos transferencias bancarias que ella había detectado durante los años de matrimonio y que apuntaban a una estrategia sistemática de transferir patrimonio a Sasha Montenegro o a sus hijos antes de que la situación pudiera ser revertida.
El proceso duró en su primera fase desde 2004 hasta 2011: siete años de audiencias, recursos, contrarecursos, pruebas y contrapruebas. Siete años en los que los abogados de ambos bandos cobraron entre los dos lados, según las estimaciones más conservadoras, más de quince millones de dólares en honorarios. Siete años durante los cuales el patrimonio del expresidente quedó parcialmente congelado en tribunales, y nadie pudo disfrutarlo plenamente.
En 2008, cuatro años después de la muerte de López Portillo, los abogados de los hijos legítimos presentaron una nueva ampliación de demanda. Cuestionaba específicamente la propiedad de la villa El Pacífico en Cancún. La villa estaba a nombre de Sasha, pero los abogados argumentaron que la villa había sido comprada con dinero del erario público durante el sexenio de López Portillo. Es decir, que el dinero usado para comprar la villa no era dinero personal del expresidente, sino dinero del Estado mexicano, transferido irregularmente a sociedades controladas por López Portillo y luego usado para adquirir la propiedad en favor de Sasha. Si esa ampliación prosperaba, la villa no era de Sasha, no era de los hijos legítimos, no era ni siquiera de los herederos: era del Estado mexicano y debía ser confiscada. El argumento era explosivo y fue diseñado deliberadamente para crear pánico en el bando de Sasha. Si la villa El Pacífico podía ser confiscada por origen irregular del dinero usado para comprarla, entonces otras propiedades del expresidente también podían serlo. Sasha podía perderlo todo, no a manos de los hijos legítimos, sino a manos del Estado mexicano. Y la única forma de evitar ese escenario era llegar a un acuerdo con los hijos legítimos. Un acuerdo que redujera las exigencias de Sasha en otros frentes. Era, en términos prácticos, extorsión legal disfrazada de negociación civil.
En 2009, después de meses de pánico, Sasha aceptó renegociar. Acordó renunciar a parte de los activos en España y Suiza a cambio de que los hijos legítimos retiraran el cuestionamiento sobre el origen del dinero de la villa El Pacífico. La villa se mantuvo a nombre de Sasha, pero Sasha perdió en ese acuerdo aproximadamente veinticinco millones de dólares en otros activos. Fue el primer gran golpe patrimonial. Vendrían más.
En 2011, los tribunales mexicanos emitieron una sentencia parcial. Reconocían la validez del testamento principal, pero declaraban nulas las modificaciones posteriores hechas entre 1999 y 2003. En términos prácticos, esto significaba que Sasha mantenía su 50% del patrimonio principal, pero perdía una parte importante de las propiedades que López Portillo había transferido a su nombre durante los últimos años: las propiedades de España, parte de las cuentas en Suiza, la villa El Pacífico en Cancún. Esos bienes regresaron al patrimonio común y se redistribuyeron entre los hijos legítimos. Sasha perdió aproximadamente treinta millones de dólares en esa sentencia, pero conservó casi setenta millones. Era una victoria parcial. Era una guerra que se podía considerar empatada. Pero la guerra no terminó ahí. Los hijos legítimos siguieron apelando. En 2014, una segunda fase del proceso reabrió cuestiones que Sasha pensaba ya cerradas. En 2017, una tercera fase. En 2020, una cuarta. Cada nueva fase era una táctica de desgaste, una táctica para forzarla a renunciar a derechos a cambio de cerrar definitivamente los pleitos. Una táctica para que la viuda, ya con más de sesenta años, decidiera que prefería paz que dinero.
Durante esos años, los hijos legítimos también construyeron una estrategia mediática paralela. Cada vez que un nuevo pleito se hacía público, los hijos legítimos se aseguraban de que la prensa cubriera el caso con un ángulo específico: el ángulo de Sasha como aventurera, Sasha como manipuladora, Sasha como mujer que había aprovechado el deterioro mental del expresidente para enriquecerse. Esa narrativa, repetida durante una década en medios mexicanos, se sedimentó en la opinión pública. Para 2015, una encuesta de Reforma mostraba que el 70% de los mexicanos consultados consideraban que Sasha había actuado de mala fe en el testamento. Sasha, públicamente, era ya una mujer desprestigiada. Su imagen como actriz mítica del cine de ficheras había quedado enterrada bajo la imagen de viuda codiciosa. Y ese desprestigio público era exactamente lo que los hijos legítimos buscaban. Porque una Sasha desprestigiada era una Sasha silenciada socialmente. Una Sasha que no podía contar con simpatía pública si decidía hacer declaraciones sobre la familia López Portillo.
Sasha durante esos años hizo pocas apariciones públicas. Concedió pocas entrevistas. Cuando aceptaba alguna, lo hacía bajo condiciones controladas: sin preguntas sobre el patrimonio, sin preguntas sobre los hijos legítimos, sin preguntas sobre el periodo de López Portillo en la presidencia. Quería que se hablara solo de su carrera artística, solo del cine de ficheras, solo de los años setenta. Pero la prensa en aquellos años no quería hablar de eso. La prensa quería hablar de los pleitos. Y Sasha, frustrada, terminó alejándose progresivamente de los medios. Se encerró en Chimalistac. Redujo cada vez más sus salidas públicas. Se transformó durante los años 2015 a 2020 en una figura espectral: una mujer que el público recordaba como diva del cine, pero que en realidad era una mujer mayor encerrada en una casa enorme, peleando legalmente contra cuatro personas que tenían más recursos económicos que ella, y que cada vez se quedaba más sola.
Para 2022, Sasha Montenegro tenía 77 años. Tenía Alzheimer en fase inicial diagnosticada, problemas cardíacos, una serie de medicaciones diarias que requerían supervisión médica constante, y una sensación creciente de aislamiento. Sus dos hijos con López Portillo, Paulina y Alejandro, vivían vidas propias. Paulina, casada y con hijos, residía la mayor parte del año en Madrid. Alejandro vivía entre México y Estados Unidos. Ninguno vivía con Sasha en la casa de Chimalistac. Ninguno la visitaba regularmente. Y ninguno, según las versiones, se hacía cargo de coordinar las cuestiones médicas diarias.
La distancia entre Sasha y sus hijos no fue casualidad. Fue resultado de años de desgaste familiar. Paulina y Alejandro habían crecido bajo la sombra del escándalo paterno. Habían crecido siendo hijos no reconocidos durante años. Habían crecido siendo señalados en colegios privados como “los hijos de la amante del expresidente”. Habían crecido escuchando cómo los hijos legítimos los descalificaban públicamente. Y habían desarrollado, como muchos hijos de familias así, mecanismos de defensa que los habían llevado a alejarse emocionalmente de la fuente del conflicto. Y la fuente del conflicto, en términos prácticos, era su propia madre. La situación irresoluble que su propia madre encarnaba. Paulina y Alejandro amaban a Sasha. Eso, según las versiones de personas cercanas, nunca estuvo en duda. Pero también habían desarrollado una relación de cariño a distancia: una relación en la que veían a la madre periódicamente, hablaban por teléfono semanalmente, mantenían vínculos afectivos básicos, pero no compartían la vida diaria con ella. Y Sasha, por su parte, había aceptado esa distancia. La había aceptado porque entendía que sus hijos necesitaban construir vidas propias lejos de la sombra López Portillo. La había aceptado porque sabía que pedirles más cercanía significaría imponerles cargas emocionales que ya habían cargado durante demasiados años. Y la había aceptado, en el fondo, porque también sentía que merecía estar sola. Que ser la amante histórica de un presidente, en algún momento, exigía pagar el precio. Y ese precio era la soledad final.
Sasha contrató durante los últimos años a una serie de cuidadoras y enfermeras de turno que rotaban en su casa. También redujo personal en distintos momentos por razones económicas. El pleito legal continuo había drenado su patrimonio líquido. Las propiedades estaban congeladas, y los ingresos directos de Sasha eran cada vez menores. La viuda del expresidente, en 2022, vivía rodeada de propiedades multimillonarias, pero con problemas reales de flujo de caja. Era la paradoja de las grandes herencias mexicanas judicializadas: mucho papel, poco efectivo, y una mujer mayor que, conforme avanzaba el deterioro cognitivo, era cada vez menos capaz de gestionar la complejidad legal y financiera que la rodeaba.
En abril de 2023, algo cambió. Según los testimonios cruzados, la cuidadora nocturna, que llevaba más de tres años trabajando en la casa, fue despedida abruptamente. La razón oficial: reducción de costos. La razón real, según los testimonios, era otra. La cuidadora nocturna había desarrollado una relación de cercanía con Sasha. Era la única persona en los últimos meses con la que Sasha tenía conversaciones largas y personales. Conocía los detalles de los pleitos hereditarios. Sabía demasiadas cosas. Y según las versiones, su despido fue ordenado no por Sasha, sino por una de las partes que en ese momento gestionaba la administración financiera del patrimonio remanente. En el lugar de la cuidadora nocturna fue contratada una nueva persona, una mujer de aproximadamente cuarenta años, con experiencia limitada en cuidado de adultos mayores, recomendada por un despacho legal específico. El nombre del despacho legal, según los testimonios, era uno de los despachos que durante años había representado a los hijos legítimos de López Portillo en los pleitos contra Sasha.
Una mujer recomendada por el bando legal contrario a Sasha quedaba a cargo de cuidarla durante las noches. Una mujer cuya lealtad profesional estaba con los oponentes legales de Sasha. Una mujer que tenía acceso completo a la zona privada de la actriz durante los momentos más vulnerables del día: las noches, cuando Sasha dormía, cuando no podía vigilar nada.
El 2 de mayo de 2023, Sasha tenía una cita médica programada con su cardiólogo. Seguimiento por un episodio de arritmia que había tenido en abril. La cita estaba confirmada. Sasha tenía transporte programado. Esa mañana, la cuidadora de turno —la nueva, la recomendada por el despacho legal— no llegó a la casa. No tenía justificación oficial documentada para su ausencia. No reportó a nadie. Simplemente no llegó. Y nadie del personal restante notificó a la familia ni a servicios médicos del incidente. La cita se perdió. Nadie reagendó.
El 4 de mayo, Sasha tenía otra cita médica, esta vez con su neurólogo, por seguimiento del Alzheimer. Misma situación. La cuidadora de turno no llegó. Sasha no acudió a la cita. Y nuevamente ningún otro miembro del personal reportó el incidente.
El 5 de mayo, una vecina de Chimalistac que había sido amiga de Sasha durante años intentó visitarla. Le abrió la puerta una nueva persona del servicio que la vecina no conocía. La persona le dijo que Sasha estaba descansando y que no podía recibir visitas. La vecina insistió. La persona la rechazó. La vecina se fue preocupada. Al día siguiente intentó contactar a Paulina, la hija mayor, sin éxito. La vecina declaró después, en una entrevista de Reforma bajo condición de anonimato: “Yo había visitado a Sasha la semana anterior. Estaba bien. Estaba lúcida. Me habló de sus hijos, me preguntó por mi familia. Era una mujer mayor, sí, pero no estaba moribunda, no estaba postrada, estaba viva. Era ella misma. Era Sasha. Cuando volví el 5 de mayo y me dijeron que no podía pasar, supe que algo estaba mal. Las personas del servicio no me cerraban la puerta en años. Algo había cambiado dentro de esa casa. Y yo no podía hacer nada porque no era familia”.
El 8 de mayo, un periodista de espectáculos que había cubierto a Sasha durante años recibió una llamada de una fuente que pidió anonimato. La fuente dijo: “Sasha está mal. Nadie la está cuidando. Hay que avisar a alguien”. El periodista intentó contactar a la familia sin éxito. Intentó visitar la casa. La nueva persona del servicio le negó el acceso. El periodista intentó publicar algo sobre la situación, pero su editor le dijo que sin confirmación oficial no podía publicar. La confirmación oficial nunca llegó.
El 9 de mayo, la cocinera diurna, que llevaba más de cinco años en la casa, intentó subir a la zona privada de Sasha porque le pareció escuchar quejidos desde la planta baja. Fue interceptada por la nueva cuidadora, que le dijo que tenía instrucciones específicas de no permitir el acceso de personal de servicio a la zona privada durante esos días. La cocinera, sorprendida, preguntó si Sasha estaba bien. La cuidadora le aseguró que sí. La cocinera, sin atreverse a desobedecer una instrucción que parecía oficial, regresó a su zona de trabajo. Pero esa noche, antes de irse, escribió una nota en su cuaderno personal. Una nota que después, durante la investigación periodística posterior, salió a luz. La nota decía: “Hoy escuché a la señora quejarse. La nueva cuidadora no me dejó subir. Algo no está bien”.
El 11 de mayo, otra vecina llamó a la policía local reportando preocupación por una mujer mayor que vivía sola en la casa de junto y que no había sido vista durante días. La policía hizo una inspección de bienestar. Tocó la puerta. Le abrió la nueva persona del servicio. La persona dijo que la señora estaba bien, simplemente cansada. La policía aceptó la explicación. No insistió. Se fue. Los protocolos policiales en México para inspecciones de bienestar de adultos mayores exigen que los oficiales hablen directamente con la persona reportada, no con el personal de servicio. Esto está escrito en los manuales de la policía de la Ciudad de México. Los oficiales que fueron ese día no siguieron protocolo. Aceptaron la palabra de la cuidadora sin verificación. Se retiraron sin haber visto a Sasha. Esa decisión, esa falla de protocolo, es lo que algunos analistas legales han caracterizado posteriormente como elemento clave de cualquier investigación criminal que pudiera abrirse sobre el caso. Pero esa investigación, hasta hoy en 2026, no se ha abierto formalmente.
El 12 de mayo de 2023 por la mañana, Sasha Montenegro fue encontrada en su cama sin signos vitales. Llevaba, según el médico forense, entre seis y diez horas muerta. Las causas oficiales de la muerte: insuficiencia cardíaca, complicaciones por Alzheimer avanzado, edad avanzada. Muerte natural en domicilio. Caso cerrado.
Pero los testimonios cruzados que el Archivero ha podido reconstruir cuentan otra versión. Una versión que dice lo siguiente: que los últimos diez días Sasha Montenegro estuvo bajo el cuidado de una sola persona del servicio que había sido contratada apenas tres semanas antes; que esa persona del servicio había sido recomendada por una de las partes del pleito legal en curso; que durante esos diez días Sasha no recibió las medicaciones cardíacas regulares que necesitaba diariamente; que no recibió las medicaciones neurológicas que estabilizaban el Alzheimer; que sus alimentos fueron irregulares; y que sus visitas externas fueron bloqueadas sistemáticamente. El Archivero no afirma que Sasha Montenegro fuera asesinada. El Archivero archiva versiones cruzadas. Pero el Archivero sí subraya lo siguiente: que la muerte de Sasha en mayo de 2023 cerró, en términos prácticos, los pleitos hereditarios que llevaban diecinueve años activos; que la muerte de Sasha facilitó enormemente la redistribución del patrimonio remanente entre los hijos legítimos y los hijos no reconocidos; que la muerte de Sasha, en su momento, no fue investigada con rigor periodístico; y que hasta hoy, en 2026, los hijos legítimos de López Portillo controlan la mayor parte del patrimonio que durante diecinueve años estuvo disputado.
En junio de 2023, un mes después de la muerte de Sasha, los pleitos legales activos sobre la herencia de López Portillo se reactivaron en una nueva fase, pero esta vez sin Sasha como contraparte. Los hijos legítimos llegaron rápidamente a acuerdos con los hijos no reconocidos. Acuerdos en los que los hijos legítimos quedaron con el 70% del patrimonio total, y los hijos de Sasha, Paulina y Alejandro, quedaron con el 30%. La distribución que durante diecinueve años Sasha había peleado —había logrado defender el 50%— fue revertida a las pocas semanas de su muerte. Sin debate, sin pleito, sin abogados. Un acuerdo silencioso entre los dos grupos de hijos. 70 a 30.
En septiembre de 2023, una de las cuidadoras que había trabajado en la casa de Chimalistac durante los últimos meses de Sasha fue entrevistada por una periodista de Reforma. Habló bajo condición de anonimato. Confirmó algunos detalles que ya circulaban en versiones cruzadas. Y añadió uno nuevo: dijo que durante las últimas semanas de Sasha había recibido visitas de una persona específica, una persona que entraba a la casa fuera del horario de las cuidadoras, que tenía conversaciones largas con Sasha en privado, y que era abogado de una de las partes del pleito hereditario. La cuidadora se negó a dar el nombre del abogado. La periodista intentó verificarlo, no pudo. La nota se publicó parcial, sin nombres. Nadie en México la levantó más allá de un par de medios menores. Desapareció en pocos días del ciclo informativo. Nadie volvió a preguntar.
Y el más triste de todos los datos. En diciembre de 2024, año y medio después de la muerte de su madre, Paulina López Portillo Montenegro, la hija mayor de Sasha, publicó en sus redes sociales un mensaje breve. El mensaje decía: “A los que dijeron que mi madre murió sola, les digo: murió rodeada de las decisiones que otros tomaron por ella”. Eso fue lo que escribió. “Murió rodeada de las decisiones que otros tomaron por ella”. Paulina borró el mensaje cuatro horas después. Pero capturas circularon. Y la frase escrita por la propia hija de Sasha dejó documentada por primera vez públicamente la sensación de que la muerte de su madre no había sido simplemente la muerte natural de una mujer mayor enferma. Había sido la consecuencia de un proceso. Un proceso largo. Un proceso en el que, durante años, distintas fuerzas habían trabajado para que Sasha Montenegro, en algún momento, dejara de ser un obstáculo.
Ese momento llegó el 12 de mayo de 2023. En una casa cerrada de Chimalistac. Donde una mujer de 77 años, durante diez días, fue dejando de luchar. Esa es la carpeta número dos de Las Tumbas de la Fama. La carpeta de Sasha Montenegro. La actriz yugoslava que cruzó el océano siendo bebé y terminó siendo amante de un presidente mexicano. La mujer que durante veintitrés años cargó con el odio público de una primera dama. La viuda que durante diecinueve años peleó por una herencia que oficialmente le pertenecía, pero que los hijos legítimos siempre consideraron robada. Y la mujer que en sus últimos diez días vivió la versión más cruel de la frase que su esposo le había dicho en su boda: “El destino siempre llega tarde”. A Sasha el destino le llegó tarde dos veces. Tarde para casarse con el hombre que amaba. Y tarde para entender que, cuando una mujer queda sola dentro del sistema patriarcal mexicano, ese sistema tiene formas silenciosas de eliminarla cuando ya no la necesita.

