El Sobre Pegado Bajo La Mesa Siete Esperó 27 Años Para Decir El Nombre De RP
El Sobre Pegado Bajo La Mesa Siete Esperó 27 Años Para Decir El Nombre De RP
Eran las 12:47. La llamada duró cuatro minutos. Nadie supo nunca quién la hizo. Trece minutos después de colgar, Paco Stanley estaba muerto en el asiento de su camioneta con cuatro balazos en la cabeza. La libreta amarilla de la mesera Esmeralda registró esa llamada con una raya doble al margen, un símbolo que ella sabía explicar. El número desde el que se hizo pertenecía a una empresa fantasma registrada en la colonia del Valle. El representante legal de esa empresa firmaba con dos iniciales: RP. Y RP, según la libreta de tapas duras que Paco escondió bajo el maderamen de la mesa siete el mismo día de su muerte, era también el hombre sentado a su derecha en una fotografía tomada entre 1997 y 1999, junto a un hermano de los Muñoz Talavera del Cártel de Juárez. RP llevaba en la solapa una insignia que solo los altos funcionarios de la Secretaría de Gobernación usaban entonces. Esa madrugada del 27 de marzo de 2026, Omar García Harfuch rompió el precinto de la bodega del Charco de las Ranas, abrió el sobre amarillento y puso nombre a las iniciales. RP no es un fantasma. RP respira. Y Harfuch ya sabe dónde.
Francisco Jorge Stanley Albaitero nació el 3 de julio de 1942. No en una mansión. En una vecindad de la calle San Luis Potosí, colonia Roma. Cuartos pequeños, patio común, lavaderos compartidos, baños afuera y adentro, sobre una base de madera vencida, un colchón de resortes pelones sin tela encima. Una noche, su padre llegó tarde y borracho. Tropezó. Cayó sobre el colchón. El golpe levantó a una rata que llevaba viviendo entre los resortes desde hacía días. El animal le mordió el labio. El padre estaba demasiado ebrio para entender. Paco se quedó toda la noche llorando con la herida abierta, la sangre seca en la boca, los ojos cerrados, sin poder despertar a nadie. Esa imagen —un niño de seis años llorando solo con una mordida de rata en el labio en el cuarto de una vecindad de la Roma— es la primera escena de la vida de Paco Stanley, la que él nunca contó en pantalla. De esa herida le quedó una cicatriz que la maquillista cubría con base cada mañana antes de salir al aire. La cicatriz que en la foto de su camerino, tomada en privado antes de la jornada, nadie maquilló. Porque esa foto se la tomó él solo, frente al retrato de su hijo mayor, Francisco, que había muerto en 1993 a los 35 años manejando su coche. Algo se rompió ese año. Algo que los compañeros notaron. Su humor se volvió muy feo, muy fuerte. Se volvió el jefe intolerante. Empezó a dudar de toda la gente. Empezaron las adicciones. Cocaína. Mucha cocaína. Las lesiones en las fosas nasales que la autopsia documentaría después. El molino para pulverizarla que apareció en su camioneta el día del crimen. El sobrecito con medio gramo en el bolsillo derecho del pantalón.
Pero Paco ya era entonces la marca. La marca que cobraba 350 mil pesos por día de trabajo y 70 mil pesos por cada mención de una marca en cámara. Setenta mil pesos por decir “este café está bueno”. Para ponerlo en contexto, en 1996 el salario mínimo en México era de 20.65 pesos al día. Una mención de Paco Stanley equivalía a 3,294 días de trabajo de un mexicano promedio. Nueve años. Una sola mención valía nueve años de trabajo. Y Paco hacía menciones varias veces al día, todos los días, durante años. Con ese dinero llegaron las propiedades: cinco inmuebles en la Ciudad de México, un departamento en la colonia Nápoles que le compró a Mónica Durruti —la madre de su hijo Paul—, un estudio de grabación, coches, joyas y una cuenta en el extranjero. Según fuentes de la propia procuraduría, esa cuenta ascendía a 5 millones de dólares en las Islas Caimán. De un señor que cobraba sueldo. La pregunta nadie la quiso responder en 1999: ¿cómo un conductor de televisión puede tener 5 millones de dólares en un paraíso fiscal?
La respuesta cabe en dos palabras: los cárteles. La hipótesis del narcotráfico fue la que dominó la investigación desde el principio. La cocaína estaba ahí. En el bolsillo derecho de Paco, en la camioneta, en las fosas nasales del cadáver. Y en la prueba de orina de Mario Bezares esa misma tarde, positiva. La Procuraduría tenía suficiente para meter cabezas a la cárcel sin demostrar quién mandó disparar. A las dos semanas del crimen agarraron a cinco: Mario Bezares, Paola Durante, el chofer, un guardaespaldas y un sicario apodado “El Cholo”. Auto de formal prisión. Los noticieros con sus nombres y apellidos durante meses. El cocinero de un capo del Cártel de Colima dijo que él los oyó planearlo. Esa fue la prueba reina. La declaración de un cocinero. Un año y siete meses después, el 20 de enero de 2001, los cinco salieron en libertad por falta de pruebas. La procuraduría se quedó con las manos vacías. Sin asesino, sin autor intelectual, sin nada que llevara a juicio.
En diciembre de 1998, Paco Stanley recibió un fax. Una hoja con la firma escaneada de alguien de recursos humanos de Televisa. Lo corrían. No por junta, no por llamada, no por conversación cara a cara. Por un fax. “¿Tú crees que me merezco esto? ¿Que a través de un [__] fax me corran después de lo que yo he significado para esta empresa?” Esa frase quedó. Le hirió la dignidad antes que el bolsillo. De esa herida nació la decisión más arriesgada de su carrera: cruzarse a TV Azteca. El 15 de diciembre de 1998 debutó Una tras otra. Misma fórmula, mismo Mario Bezares, mismas edecanes, ahora con Paola Durante en primera línea. El rating lo siguió. La gente quería a Paco, no a Televisa. Eso encendió una guerra frontal entre las dos televisoras.
Pero en medio de esa guerra ocurrió algo pequeño en apariencia, casi un trámite. Una oficina en Bucareli. Un funcionario de mediana estatura, calvo, traje gris. Frente a él, sobre una hoja con el escudo de la Secretaría de Gobernación, la fotografía de Paco Stanley. El funcionario firma con pluma fuente, una firma corta en diagonal, coloca el sello rojo sobre la firma y le entrega la credencial a un mensajero. Esa credencial decía que Paco Stanley era servidor público de la Dirección General de Normatividad y Supervisión en Seguridad. Que podía portar arma de fuego. Que llevaba detrás de él el respaldo de la Secretaría de Gobernación. El funcionario que firmó se llamaba Marcos Souberbiel. Paco Stanley no era empleado de Gobernación. No firmaba nómina, no tenía oficina, no asistía a juntas. Y aún así, el día que lo mataron, llevaba esa credencial en el bolsillo.
Cuando se conoció la credencial, el Estado mexicano tuvo que dar la cara. El subsecretario de entonces salió en conferencia de prensa el 10 de junio, tres días después del crimen. Dijo que la credencial era una irregularidad. Dijo que se había expedido en atención a una urgencia de un personaje público. Al lunes siguiente, Souberbiel ya no estaba en su escritorio. Su firma valía menos que el papel que firmó. Esa credencial, esa firma, esa relación entre un conductor de televisión y la cúpula de seguridad pública del país. Ese es el dato que la gente que lo mató sabía. Y que la gente que lo investigó tuvo en sus manos, pero no jaló del hilo.
Son las 4:14 de la madrugada del 27 de marzo. Periférico Sur, número 2772. El restaurante El Charco de las Ranas lleva cerrado desde las 11:30 de la noche. Las luces de neón con forma de rana están apagadas. Las sillas están subidas sobre las mesas. En la calle, frente al portón del estacionamiento, se estaciona una camioneta negra sin placas. Atrás, dos Suburban más. Peritos de servicios periciales con cajas plateadas. Dos fotógrafos forenses cargando trípodes. Una notaria con una carpeta verde bajo el brazo. Tres elementos de la Guardia Nacional que se quedan en perímetro. Omar García Harfuch baja sin ceremonia: camisa azul oscuro, chaleco táctico, la pistola enfundada al cinto. No habla. Solo señala la entrada lateral, esa puerta angosta de servicio que da al callejón. El cerrajero llega tres minutos después en un Tsuru blanco. Trabaja en silencio. Ocho minutos. La cerradura cede.
Lo primero que sale por esa puerta no es ruido, es olor. Olor a grasa vieja, a frijol guardado en cazuela de barro, a pasilla quemada, a manteles que se lavaron muchas veces. Y debajo de todo eso, algo más antiguo: olor a polvo de archivero, a cuaderno guardado, a tinta que se secó hace mucho. Harfuch entra primero. La linterna recorre la pared lateral. Aparecen las ranas dibujadas en amarillo y verde sobre fondo naranja. Decenas de ranas con sombrero, con guitarra, con plato de tacos. Ranas felices en una pared que no ha cambiado en 30 años. A la izquierda, la barra. A la derecha, los gabinetes. Siete gabinetes en fila, tapizados de naranja con sus mesas de fórmica amarilla. Harfuch camina despacio por el pasillo central. Se detiene en el cuarto. Lo mira un momento. Sigue caminando. Se detiene otra vez, esta vez en el séptimo, el gabinete del fondo, pegado a la pared, el más cercano a la puerta lateral. La mesa siete.
La notaria saca de su carpeta una fotografía vieja en blanco y negro. La pone sobre la mesa. La fotografía muestra al mismo gabinete, mismo color, mismo tapiz, misma posición. Una mañana de lunes de hace casi 27 años. Tres platos servidos: huevos estrellados con chilaquiles, huevos estrellados con chilaquiles y un bistec con chile pasilla, acompañado de frijoles y totopos. Un agua de tamarindo. Tres servilletas dobladas. Una silla vacía en el extremo. La silla donde se sentaba el dueño del bistec antes de subir a la camioneta, antes de los 36 tiros.
Harfuch no dice nada. La notaria pega la fotografía con cinta sobre el respaldo del gabinete, la firma. Sella. Dos peritos comienzan a fotografiar la mesa desde cuatro ángulos. Otro perito se mete bajo la mesa con una linterna frontal. Tres minutos pasan. Sale con un sobre amarillento entre dos pinzas de evidencia. El sobre lleva ahí tanto tiempo que la cinta adhesiva que lo sostenía al maderamen interior del gabinete se ha quedado marcada en el papel como una cicatriz café. El sobre está cerrado. Tiene escrita una sola palabra en tinta azul, caligrafía firme, mano de hombre: “Paco”. Y debajo, en letra más pequeña, casi como si la hubieran escrito a último momento: “Lee esto primero”. Harfuch lo toma con guantes, lo mira a contraluz. Algo se ve adentro. Papel doblado. Quizá dos hojas, quizá tres. Una esquina dura como cartón. Lo deja sobre la mesa siete dentro de una bolsa transparente con etiqueta. Lo sella. Y por la radio dice una sola frase: “Vamos a la bodega”.
La bodega está detrás de la cocina, atrás del cuarto frío, en la pared que da al baño donde Mario Bezares se encerró esa mañana. Está sellada con candado y precinto judicial desde el 8 de junio de 1999, un día después del asesinato. Un juez de lo penal firmó esa noche el oficio de aseguramiento provisional de bienes. El precinto sigue ahí, 27 años pegado a la madera. La cera del sello se ha resquebrajado, pero la firma todavía se lee. Harfuch rompe el sello con un movimiento de muñeca. La puerta tiene tres cerraduras. Las tres ceden al tercer intento.
Adentro huele a humedad y a sal de cocina. Hay anaqueles metálicos con cajas. Un archivero gris de cuatro cajones. Dos bolsas negras grandes apoyadas contra la pared del fondo, atadas con cinta de embalar. Y sobre el archivero, encima de todo, descansa una cosa que nadie tocó en casi tres décadas: una libreta gruesa, forrada con plástico amarillo, con una etiqueta a mano que dice “Comandas y conmutador. Junio 1999”. La libreta del restaurante. El cuaderno de la mesera Esmeralda, encargada esa mañana de la mesa siete, donde anotaban los pedidos, los pagos y todas las llamadas que entraban al teléfono del Charco. El cuaderno que nadie del Ministerio Público de 1999 abrió jamás.
Harfuch se sienta sobre una silla plegable. Pone la libreta sobre una mesa improvisada. La abre. Recorre las páginas hasta llegar a una en particular. Lunes 7 de junio. La página de ese día. Hay tres comandas anotadas con letra clara de mujer mayor. La primera, mesa 3, las 9:50. La segunda, mesa 5, las 10:08. La tercera, mesa 7, las 10:35. Bistec con chile pasilla, frijoles, totopos, agua de tamarindo, dos huevos estrellados con chilaquiles dos veces. Y debajo, en la columna del conmutador, hay anotaciones. Cinco llamadas esa mañana. La primera a las 10:22 para un cliente de mesa dos, duración 1 minuto. La segunda a las 11:05, reservación para el día siguiente. La tercera a las 11:39, equivocada. La cuarta a las 12:17 para la cocina, duración 2 minutos. Y la quinta, las 12:47. Anotada con la letra de Esmeralda, pero con algo distinto: una pequeña marca al margen, una raya doble, un símbolo de la mesera que significaba algo que ella sabía explicar. Y al lado, la duración: 4 minutos. Y la indicación: “Para la mesa 7, para Paco”. Cuatro minutos hablando con alguien que llamó por teléfono al restaurante para pedir hablar con Paco Stanley justo 13 minutos antes de que lo acribillaran en el estacionamiento.
Esa llamada nunca apareció en el expediente. Ni en 1999, ni en 2001, ni en 2022 cuando se reabrió el caso. El número desde el que la hicieron tampoco. Porque nadie buscó en este cuaderno. Porque nadie pidió esta libreta. Porque el precinto del juez selló esta bodega esa misma noche y nadie volvió a poner pie aquí. 27 años, hasta ahora.
Harfuch abre el archivero gris. El cajón superior cruje. Adentro hay carpetas con etiquetas escritas a mano. La primera dice “Comandas junio”. La segunda, “Pagos del personal”. La tercera, “Facturas a proveedores”. Y la cuarta, “Asuntos privados de don Antonio” —Antonio Miranda, dueño original del Charco, el hombre que años después denunciaría a sus socios por intentar dejarlo fuera del negocio. Esa última carpeta es la que Harfuch saca. La abre. Tiene tres apartados separados con pestañas de cartón viejas: recibos por servicios, pagos en efectivo a personal de confianza, y registros de llamadas privadas atendidas por el conmutador del restaurante para clientes habituales. Esa tercera pestaña. Junio 1999. Hoja siete. La hoja siete tiene una sola entrada manuscrita, letra distinta a la de Esmeralda, letra de hombre más torpe, casi temblona. La entrada dice: “Lunes 7 de junio, 12:47. Persona que llama: RP. Pide hablar con don Paco. Atendió Esmeralda. Pasó 4 minutos. Asentó el dueño”. Y debajo, un teléfono. Un número de diez dígitos. RP: dos iniciales y un número.
Harfuch toma el número, lo dicta por radio a la oficina central. Cuatro minutos pasan. La radio cruje. La oficina contesta: el número pertenecía a una línea contratada a nombre de una empresa que ya no existe. La empresa se llamaba Servicios Integrales de Comunicación Empresarial, S. de C.V. La razón social se canceló en 2002. El domicilio fiscal en 1999 estaba en una calle de la colonia del Valle. El representante legal de esa empresa, el que firmaba los contratos, las facturas y la línea telefónica, tenía nombre. Iniciales: RP.
Harfuch ordena: “Que un perito caligráfico compare la letra de la hoja siete con la firma de Souberbiel en la credencial”. La radio se queda en silencio 17 minutos. Cuando vuelve a crujir, el perito caligráfico al otro lado de la línea habla despacio, como quien tiene miedo de la palabra que va a decir: “Comandante, la letra del registro del conmutador del Charco no es de Souberbiel. Pero coincide al 91% con otra firma que tenemos en archivo de Bucareli. La firma del superior jerárquico de Souberbiel en aquel entonces”. Harfuch pregunta el nombre. El perito le contesta dos sílabas. Harfuch cuelga sin decir nada.
Entonces encuentra la libreta de tapas duras. Encuadernada en piel sin etiqueta. Dentro de la segunda bolsa negra grande, junto a un casete de audio, un casete de video formato Betamax, una bolsa de plástico transparente con un molino idéntico al que apareció en la camioneta de Paco el día del crimen. La libreta tiene 22 páginas escritas. Las primeras son de 1997. Las últimas del 5 de junio de 1999, dos días antes del crimen. La letra es de Paco Stanley. Lo confirman los peritos caligráficos después, pero esa madrugada Harfuch ya sabe que es de él, porque hay frases que solo Paco podía escribir. “RP me llamó, quiere que le pague antes del 20. Le dije que no es momento. Que te vea está sacando los números de Una tras otra y que no quiero meter ruido. RP no entiende ruido. RP entiende plata.” RP otra vez. Y más adelante: “Souberbiel me llamó. Dice que con la bastida en campaña la credencial ya no me sirve. Le dije que la conservo. Dice que me la van a quitar después del 2000. Le pregunté si voy a estar para entonces. Se rió. Dijo que él tampoco sabe si va a estar.”
Y luego la última entrada. Página 22. 5 de junio de 1999. Tres oraciones, solo tres: “RP me citó para el lunes. Comida en el Charco. Le voy a llevar el sobre.” El sobre. El que estaba pegado bajo la mesa siete.
Harfuch se pone guantes nuevos. La notaria abre su carpeta. Dos peritos preparan cámaras. Otro pone un micrófono direccional para grabar el sonido del papel al desplegarse. Harfuch, sin teatralidad, sin frases ensayadas, sin gestos de televisión, abre el sobre con un cortapapeles plateado. Adentro hay tres hojas. Las tres están dobladas en tres partes. Las tres tienen la misma letra que la libreta: letra de Paco Stanley.
La primera hoja es una carta. Fechada el 5 de junio de 1999. Va dirigida a “RP” con esas dos iniciales arriba a la izquierda. El cuerpo es breve. Paco le explica que no va a poder cumplir con un pago, que las cuentas de Caimán están bajo revisión por notificación de procedimientos de cumplimiento del banco, que el seguro de vida de medio millón de dólares que tiene contratado en Estados Unidos lo dejó a nombre de Patricia Pedroza y de los hijos del matrimonio, que del estudio de grabación RP sigue siendo socio capitalista al 50% como acordaron en 1997, y que cualquier intento de cobrar fuera de ese acuerdo va a ir a notaría. “Cualquier intento.” La carta termina con una frase a mano, sin firma, escrita en otro color de tinta: “Si me pasa algo el lunes, Paul tiene una copia”. Paul. Paul Stanley, el hijo que en 1999 tenía 11 años. El hijo que hoy es conductor del programa Hoy de Televisa. Esa frase significa que existió otra copia de este sobre. Una copia que Paco le entregó a Mónica Durruti, la madre de Paul, antes de morir. Una copia que nunca se reportó a las autoridades. Una copia que, si todavía existe, está en algún lugar de la familia Stanley.
La segunda hoja es una lista de cifras. Diez líneas. Cada línea tiene una fecha, una cantidad en dólares y una inicial. Las cifras son grandes. La más pequeña: 85,000 dólares. La más alta: 420,000 dólares. Las fechas van de marzo de 1997 a febrero de 1999. Cuatro de las diez líneas tienen como inicial “CJ”. Cuatro tienen “AC”. Una tiene “ACT”. Y la última, la del 22 de febrero de 1999, tiene la inicial “RP”. CJ: Cártel de Juárez. AC: Amado Carrillo Fuentes, el Señor de los Cielos, muerto en quirófano clandestino en julio de 1997. ACT: los hermanos Muñoz Talavera, sucesores del Cártel de Juárez. RP: la misma inicial del conmutador, del representante legal de la empresa fantasma, del destinatario de la carta.
La tercera hoja es una fotografía. Una sola fotografía vieja, rota en una esquina, pero el resto intacta. Muestra a tres hombres en lo que parece ser un comedor de restaurante. El de la izquierda es Paco Stanley, sonriendo con saco oscuro. El del centro es un hombre que la Procuraduría reconocería sin necesidad de peritaje: es uno de los hermanos Muñoz Talavera. El de la derecha es un hombre alto, calvo, con bigote. Lleva una corbata vinotinto con pequeños puntos plata. En el dedo anular derecho lleva un anillo de oro con un escudo grabado. El escudo que en 1998 llevaban los altos funcionarios de cierta dependencia federal. En la solapa del saco, casi imperceptible, lleva una insignia diminuta. Harfuch tarda dos segundos en identificar la insignia. Cuando la identifica, deja la fotografía sobre la mesa con un cuidado extra. Toma el teléfono, hace una llamada de quince segundos, cuelga y al perito de identificación facial que tiene al lado le dice una sola frase: “¿Lo dejas fuera del expediente público hasta que yo te diga? Ese hombre todavía respira”.
RP es una persona. RP estaba sentado con Paco y con Muñoz Talavera en un restaurante en algún momento entre 1997 y 1999. RP era socio del estudio de grabación de Paco Stanley. RP era el destinatario de la última carta que Paco Stanley escribió. RP fue la persona que llamó al Charco de las Ranas a las 12:47 del 7 de junio de 1999. Y RP era además funcionario público con cargo en la cúpula de seguridad del Estado mexicano.
Esa madrugada, Harfuch da una sola orden más antes de subirse a la camioneta. “Compárenle la cara con todas las fotografías oficiales de Marcos Souberbiel entre 1998 y 1999. Y si no es él, abran la lista de funcionarios de Normatividad y Supervisión en Seguridad y suban un nivel hasta subsecretaría. Y si tampoco, suban otro hasta secretaría.” Esa instrucción se ejecuta esa misma mañana en oficinas centrales. Por ahora ese resultado se queda en reserva. Pero hay algo más que sí queda claro en el Charco de las Ranas: el sobre que estaba pegado debajo de la mesa siete era la copia de seguridad de Paco. Era la prueba que llevaba consigo el día que lo mataron. Era el seguro que él dejó pegado al maderamen del gabinete cinco minutos antes de pasar a desayunar, por si las cosas salían mal. Fue su última defensa. Y le salió bien la jugada. La defensa quedó pegada al maderamen 27 años. La defensa quedó firmada, fechada, fotografiada y autenticada esa madrugada por Omar García Harfuch.
En el próximo episodio, la libreta de tapas duras se abrirá hasta el final. Se contará quién fue Mónica Durruti, la mujer que tuvo una copia de este sobre durante años. Se entrará al departamento de la colonia Nápoles, donde Paul Stanley creció. Se pondrá sobre la mesa la lista de las diez transferencias firmadas con iniciales que aparecieron dentro del sobre amarillento. Una de esas transferencias, la de 420,000 dólares de mayo de 1998, fue a parar a una cuenta en Texas. Y a esa cuenta hay un nombre asociado. Un nombre que está vivo. Que vota. Que tiene cargo público en este sexenio. Mientras tanto, las cinco cajas selladas salen del Charco de las Ranas. El precinto judicial nuevo se pone sobre la bodega. El cerrajero coloca un candado distinto. Son las 6:42 de la mañana. El cielo arriba del Periférico Sur ya tiene azul de día. En alguna parte de la Ciudad de México, en alguna casa, en algún departamento, alguien que conoce las iniciales RP mejor que nadie está terminando de tomar su café. Leyendo el periódico. Sin saber todavía que esta madrugada Omar García Harfuch firmó el oficio que cambia la historia oficial del asesinato más recordado de la televisión mexicana. RP asistió al sepelio. Lo vieron varios. Nadie sabía quién era. Estuvo de pie frente al féretro durante un minuto exactamente. Se persignó y se fue antes de que terminara la misa. No al panteón. No al departamento de la Nápoles. No a la vida de los Stanley. Lo único que volvió a ver de Paco fueron las noticias diciendo semanas después que el caso se cerraba sin culpables. Esa noticia fue la mejor del año para RP. Pudo ir a cenar al Charco de las Ranas el 7 de julio, un mes exacto después del crimen, tranquilo, sin sospechar que 37 metros detrás de él, debajo del gabinete de la mesa 7, estaba pegado al maderamen un sobre con su nombre adentro. Por eso este caso vuelve. No por morbo. No por novela. Por un agente de seguros llamado Juan Manuel de Jesús Núñez, que pasaba por una banqueta y recibió una bala que no era para él. Por una viuda que crió dos hijos sola y nunca tuvo respuesta. Por una mesera llamada Esmeralda que vio algo y se lo guardó. Por un niño llamado Paul, que tenía 11 años cuando le mataron al papá y que hoy todavía guarda, según la última frase escrita a mano por Paco Stanley, una copia del sobre que esta madrugada Harfuch acaba de abrir. Si Paul tiene esa copia, va a tener que decidir qué hacer con ella. Si no la tiene, alguien más la tuvo en algún momento. Si nadie la tiene, fue destruida. Y si fue destruida, sabemos por quién.
12:47. Cuatro minutos. El número de Servicios Integrales de Comunicación Empresarial. Unas iniciales que ahora, después de 27 años, tienen un rostro. RP. Harfuch llega a sus oficinas a las 7:20 de la mañana. Sube al despacho. Pone la caja sellada sobre el escritorio. Se sirve un café americano. Se sienta y mira durante un rato la fotografía. La fotografía de los tres hombres sentados en un restaurante en algún momento entre 1997 y 1999. Mira a Paco, mira a Muñoz Talavera. Mira al hombre de la derecha, el de bigote. RP. En la siguiente entrega, la fotografía hablará. Y RP, que todavía respira, va a tener que responder.

