El PRI perdió todo, menos la audacia de pedirle a Washington que intervenga
El PRI perdió todo, menos la audacia de pedirle a Washington que intervenga
Un líder de partido se paró frente a una oficina en Washington y entregó un documento. Dentro de ese papel había una solicitud: que Estados Unidos declare terrorista al partido que ganó las últimas dos elecciones presidenciales. Afuera, en su propio país, ese mismo líder se había peleado a empujones en el Senado mientras sonaba el himno nacional. Un año antes, en unos audios filtrados, había dicho que a los periodistas no hay que matarlos a balazos, sino de hambre. Y mientras él viajaba a pedir intervención extranjera, el partido que dirige se hundía en el pozo más profundo de su historia: cero gubernaturas, 37 diputados de 500, y una frase pegada en la frente que ya nadie puede olvidar.
Hace seis años, el PRI tenía doce gubernaturas. Hoy tiene cero. En 2018, su candidato presidencial sacó nueve millones de votos. En 2024, apenas superó los seis millones. La Cámara de Diputados tiene 500 curules. El PRI se quedó con 37. Eso es el 7.4% del Congreso. El partido que gobernó México durante 71 años seguidos, el que construía hospitales y carreteras mientras amasaba poder en cada rincón del país, hoy sobrevive con menos del 8% de la representación legislativa. No es un tropiezo. Es un colapso.
Para entender la magnitud, basta una imagen: en las elecciones de 2024, hubo estados donde el PRI quedó en tercer lugar, por debajo de Movimiento Ciudadano. En otros, directamente no alcanzó el registro para mantener diputaciones locales. Las urnas hablaron con una claridad que ningún abogado electoral puede impugnar. Pero el derrumbe no es solo electoral. Es también moral. Es también simbólico. Es también la pérdida de un argumento que durante décadas fue su escudo: “Nosotros sabemos gobernar”. Ese escudo se hizo trizas el día que su propio líder, Alejandro Moreno, comenzó a publicarse en audios diciendo cosas que ningún mexicano puede escuchar dos veces sin sentir vergüenza ajena.
La gobernadora de Campeche, Layda Sansores, comenzó a publicar grabaciones de Alito Moreno en 2022. Las difundía una por semana, como si fueran los capítulos de una serie de terror político. En esas grabaciones, el presidente del PRI fue capturado en conversaciones privadas que revelaban la arquitectura interna de su relación con el dinero. Se escuchó planear el lavado de doce millones de pesos. Se escuchó hablar de triangular recursos con prestanombres para que no aparecieran en su declaración patrimonial. Se escuchó recibir aportaciones de empresas que después lo negaron públicamente. Y se escuchó, sobre todo, una frase que ya es parte del archivo negro del periodismo en México.
Dijo textualmente: “A los periodistas no hay que matarlos a balazos, papá. Hay que matarlos de hambre.”
Detente un momento. El líder de un partido que durante décadas se presentó como el defensor de la estabilidad y el orden, el que recibía en su oficina a empresarios y diplomáticos con traje y corbata, dijo eso. No en un mitin. No en una declaración sacada de contexto. En una conversación privada que quedó grabada para siempre. Y cuando los audios se hicieron públicos, el PRI no lo expulsó. No le pidió la renuncia. No abrió una comisión de honor y justicia. Alito Moreno siguió siendo presidente del partido. Y lo sigue siendo hoy, siete años después de haber asumido el cargo.
Bajo su liderazgo, el PRI perdió diez gubernaturas, millones de militantes, su lugar en el Senado como fuerza relevante, su credibilidad histórica y, lo más brutal, su argumento de ser un partido de oposición democrática. Porque cuando tu líder dice que a los periodistas hay que matarlos de hambre, cuando lo pruebas en audio, y el partido no hace nada, entonces el discurso de “defendemos la libertad de expresión” se cae como una cortina de humo en un cuarto con ventanas abiertas.
El año pasado, en plena sesión del Senado, Alito Moreno se enfrascó en una pelea física con el presidente del Senado, Gerardo Fernández Noroña. Empujones en el hemiciclo mientras se cantaba el himno nacional. El video circuló en todo el mundo. Las miradas internacionales vieron a un líder de partido empujando a otro servidor público en el momento de mayor solemnidad parlamentaria. Pero lo que realmente importa no es la pelea. Lo que importa es el tema que la disparó.
Alito estaba pidiendo en la tribuna que Estados Unidos interviniera militarmente en México para combatir al crimen organizado. El líder del PRI en el Senado mexicano, el partido que históricamente se presentó como el guardián de la soberanía nacional, el mismo que construyó el discurso de “México para los mexicanos”, pidió en la tribuna del Congreso que un gobierno extranjero mandara sus tropas a territorio nacional. Cuando lo confrontaron, la sesión terminó a golpes. Eso fue el año pasado.
Lo que pasó este mes es la continuación de esa misma historia, pero con un salto de escala que merece atención.
Del 13 al 15 de mayo, Alito Moreno viajó a Washington. Se reunió con congresistas republicanos. Les entregó una solicitud formal por escrito, con sello y firma, pidiendo que el Departamento de Estado, el Departamento de Justicia y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos declaren a Morena como organización terrorista. A Morena. El partido que ganó con el 35% de los votos en 2018, que arrasó en 2024 con más del 40%, que gobierna la mayoría de los estados, que tiene la mayoría calificada en el Congreso. Ese partido. Alito quiere que se le ponga la misma etiqueta que se le pone a Hamas o a Hezbolá.
Pero eso no fue todo. También pidió la extradición inmediata de dieciocho políticos de Morena. Sin proceso legal. Sin presentar pruebas ante la Fiscalía General de la República. Sin respetar los mecanismos bilaterales del tratado de extradición. “Que se los lleven y ya”, dijo en los pasillos del Capitolio. Y se reunió con María Corina Machado, la opositora venezolana, para comparar México con Venezuela. Este México. El que tiene uno de los tratados comerciales más grandes del mundo con Estados Unidos y Canadá. El que acaba de firmar un acuerdo con la Unión Europea. El que tiene la economía número quince del mundo por producto interno bruto. Ese México es Venezuela según Alito Moreno.
La pregunta no es si tiene derecho a hacerlo. La pregunta es qué dice de él y de su partido que haya cruzado esa línea.
El derrumbe electoral del PRI y la gira de Alito en Washington no son dos eventos separados. Son causa y consecuencia de lo mismo. Un partido que gana elecciones no necesita pedirle a un gobierno extranjero que declare terrorista a su competidor. Un partido con base real, con militancia activa, con candidatos que pueden ganar, simplemente va a las urnas. Eso es lo que hacen los partidos que tienen futuro. Alito no puede hacer eso porque en las urnas el PRI ya perdió todo. Perdió doce gubernaturas, perdió la presidencia, perdió en el Congreso. Y cuando pierdes en las urnas de esa manera, durante tanto tiempo, solo te quedan dos caminos. O te reinventas de verdad, de raíz, con liderazgo nuevo, con propuestas nuevas, con honestidad real. O vas a buscar ayuda afuera.
Alito eligió el segundo camino.
No es un error de cálculo. No es ignorancia. Es la apuesta de alguien que ya no tiene nada que perder electoralmente y que prefiere el espectáculo a la irrelevancia silenciosa. Porque ser el líder de un partido que se desmorona sin hacer ruido es una muerte lenta y sin flash. En cambio, viajar a Washington, pedir la intervención extranjera, comparar a México con Venezuela, pelear en el hemiciclo… todo eso genera titulares. Todo eso mantiene a Alito en la conversación nacional, aunque sea como el hombre que está dispuesto a todo con tal de no desaparecer.
Lo más peligroso para México no es Alito Moreno en sí mismo. Es lo que su estrategia revela: cuando el partido histórico, el que debería ser el contrapeso institucional, se destruye a sí mismo, el espacio lo ocupa el ruido y los extremos. No la política responsable. No la oposición que construye propuestas. La que hace berrinches internacionales.
La respuesta correcta ante ese movimiento no es el insulto ni el escándalo. Es la ley. Por eso Morena presentó esta semana la reforma de Monreal, que establece la intervención extranjera como causal de nulidad de elecciones. Por eso la presidenta Sheinbaum mandó su iniciativa para crear un filtro antinarcocandidatos dentro del INE. Dos reformas que entran a sesión extraordinaria el 26 de mayo. Ninguna de las dos menciona a Alito por nombre, pero ambas le responden directamente. La primera le dice: “Si pediste intervención extranjera, lo pagas en las urnas”. La segunda le dice: “Si tienes audios donde hablas de lavar dinero y triangular recursos, no vas a poder candidatear a nadie limpio”.
Son medidas institucionales, no pleitos de cartel. Eso es lo que separa a un gobierno que gobierna de un partido que solo protesta.
Pero siendo honestos, y en este canal siempre lo somos aunque duela, hay algo que hay que decir sobre el PRI que a veces se pasa por alto. Durante décadas, con toda la corrupción, con todo el autoritarismo, con todo el Fobaproa que tu familia todavía recuerda, el PRI construyó infraestructura. Hospitales. Carreteras. Escuelas. Hubo obras. El problema no era solo la corrupción, aunque fue enorme. El problema era que cada obra tenía un costo oculto. La lealtad forzada. El voto corporativo. La represión cuando alguien se salía del guion. El 94 en Chiapas. El 88 con el sistema que se cayó. El Fobaproa donde los bancos perdieron y el pueblo pagó.
Esas memorias están ahí, y son las que hacen que el hombre de cincuenta y cinco años que vivió todo eso no tenga nostalgia del PRI, aunque el PRI haya construido algo. La nostalgia no puede sobrevivir a la traición repetida.
En 2027 hay elecciones intermedias. Gobernadores. Alcaldes. Diputados locales. Con 37 diputados federales, sin gubernaturas, sin presupuesto real, con la credibilidad hecha trizas por sus propios audios y con la imagen de su líder pidiendo intervención extranjera desde Washington, el PRI va a llegar a esas elecciones en el peor momento de su historia centenaria. Algunos analistas especulan que podrían perder el registro en varios estados. Otros creen que ni siquiera podrán mantener los 37 diputados que les quedan. Pero más allá de los números, lo que está en juego es algo más profundo: la existencia misma del PRI como partido nacional.
Porque un partido no muere cuando pierde elecciones. Muere cuando pierde el argumento de por qué debería existir. Y el PRI, bajo Alito Moreno, ha perdido ese argumento. No es solo que hayan dejado de votar por ellos. Es que ya nadie sabe decir para qué sirven. ¿Para hacer oposición? ¿La oposición que pide intervención extranjera? ¿Para proponer alternativas de gobierno? ¿Las alternativas que surgen de un líder que dijo que a los periodistas hay que matarlos de hambre? ¿Para representar a los sectores populares? ¿Los sectores populares que ya votan por Morena en los barrios donde antes ganaba el PRI con el voto duro?
El ciclo parece cerrado. Pero la historia del PRI hundiéndose no es solo la historia de un partido que perdió. Es la historia de lo que pasa cuando la clase política se desconecta del pueblo durante décadas y después no entiende por qué pierde. Tu familia vivió ese proceso en carne propia. Merece entender cómo terminó.
Hay una frase en el audio que resume todo: “A los periodistas hay que matarlos a balazos, papá. Hay que matarlos de hambre”. Esa frase la dijo el líder de un partido que hoy viaja a Washington a hablar de democracia y de libertad de prensa. La misma persona que planeaba lavar millones con prestanombres, la misma que se peleó en el Senado mientras sonaba el himno nacional, la misma que pide que el gobierno de Estados Unidos declare terrorista al partido que la mayoría de los mexicanos eligió en las urnas. Esa persona sigue siendo presidente del PRI. Nadie en su partido le ha pedido la renuncia. Nadie ha abierto un proceso disciplinario. Nadie ha dicho que esas palabras son incompatibles con la dirigencia de una institución política.
Y eso dice más que cualquier cifra electoral. Porque un partido que no puede juzgar a su propio líder cuando dice algo así no tiene autoridad moral para juzgar a nadie más. Por eso el PRI no se recupera. Porque la recuperación empezaría por un acto que nadie en ese partido está dispuesto a hacer: mirarse al espejo y reconocer que el problema no es Morena, no es la 4T, no es el INE ni los jueces. El problema es que el PRI dejó de ser el PRI hace mucho tiempo, y lo que queda es una estructura sin alma, sin propuesta y sin el mínimo pudor para pedirle a un gobierno extranjero que resuelva sus broncas electorales.
Mientras tanto, México sigue adelante. Las reformas están en marcha. La sesión extraordinaria del 26 de mayo definirá si la intervención extranjera se convierte en causal de nulidad de elecciones. Los 3000 millones de dólares recuperados de García Luna empiezan a despertar conversaciones incómodas en la oposición. Y Alito Moreno, en Washington, sigue pidiendo que alguien más haga el trabajo que él no supo hacer.
Si este análisis te fue útil, compártelo con alguien que crea que la política mexicana es solo un espectáculo de tele. No lo es. Es la historia de cómo un partido de 71 años eligió la humillación internacional antes que la autocrítica. Y esa historia no ha terminado. Los comentarios están abiertos para una pregunta simple: ¿el PRI tiene alguna oportunidad real de recuperarse para 2027, o ya cerró el ciclo para siempre?
