EL MECHÓN DE CABELLO QUE MARIBEL GUARDIA CORTÓ ANTES DE INCINERAR LA VERDAD
EL MECHÓN DE CABELLO QUE MARIBEL GUARDIA CORTÓ ANTES DE INCINERAR LA VERDAD
El cuerpo estaba boca abajo en el suelo de su propia casa. Tenía 27 años. Estaba rígido. Las primeras ambulancias llegaron. La madre ya había decidido tres cosas: no habría autopsia, lo incinerarían antes de 48 horas y nadie miraría debajo de la manga derecha de su camisa. Lo que Julián llevaba en ese brazo es lo más asqueroso de toda esta historia. Y los 300,000 pesos en efectivo que cambiaron de manos esa misma tarde compraron exactamente eso: el silencio de los hombres que debían haberlo mirado. La palabra que debió salvarle la vida se convirtió en su sentencia de muerte. Se llamaba naltrexona. Y cuando la escuches otra vez, dentro de muy poco, va a doler mucho más.
Julián Eduardo Figueroa Guardia nació el 24 de octubre de 1995 en la Ciudad de México. Era hijo único de Maribel Guardia —costarricense, exmiss Costa Rica 1978, vedete de la televisión mexicana durante cuatro décadas— y de José Manuel Figueroa Figueroa, conocido en todo el continente como Joan Sebastian. El rey grupero, el poeta del pueblo, el hombre que escribió “Tatuajes” para una actriz con la que estaba engañando a Maribel mientras ella amamantaba al niño que acabaría boca abajo en el suelo de aquella casa. Maribel se separó de Joan Sebastian con Julián recién nacido. Lo crió prácticamente sola. Lo crió bien. Lo crió con amor. Eso lo repiten todos los entrevistados, todos los amigos, todos los compañeros de profesión. Lo que ningún programa de televisión ha querido decir en voz alta es que Julián creció bajo la sombra exacta de un padre que estaba siempre en otra parte. Un padre hecho de canciones y de rumores. Un padre que cuando aparecía lo hacía siempre sobre un escenario, siempre lejos, siempre rodeado de mujeres que no eran la madre del niño. Un padre que murió en 2015 sin reconocer la infidelidad con Arlet Terán, ni siquiera en el lecho de muerte.
Julián heredó la voz, heredó la mirada, heredó el escenario. Y heredó una cosa más. Algo que en aquella casa nunca se nombró hasta el día que el cuerpo cayó al suelo. Heredó la misma sombra que ya se había llevado antes a Trigo Figueroa y a Juan Sebastián Figueroa, otros dos hijos de Joan Sebastian que se quedaron en el camino antes de cumplir los 30 años. Tres hijos perdidos jóvenes. La llamada “Maldición Figueroa”. Esa sombra tiene un nombre clínico que vas a escuchar dentro de pocos minutos. En la casa de Maribel se le llamaba de otra forma. Y la forma en la que ella intentó frenarla 60 días antes de la madrugada del 9 de abril es exactamente lo que terminó matando a Julián Figueroa. Hay una diferencia abismal entre llorar la muerte de un hijo y llorar la decisión que terminó con él. Mantén esa frase en la cabeza. Vuelve a ella cuando termine este video.
El 14 de marzo de 2006, Trigo Figueroa, hijo mayor de Joan Sebastian, salió del rancho de Juliantla, Guerrero. Tenía 22 años. Lo encontraron al día siguiente, muerto, en una camioneta abandonada en el camino entre Teloloapan y Arcelia. Le habían disparado a quemarropa. La versión oficial habló de un ataque relacionado con una disputa familiar. La versión que nunca llegó a los periódicos habló de un negocio que estaba creciendo demasiado rápido en una región donde el dinero rápido tiene reglas propias. Joan Sebastian no asistió al funeral de la misma manera en que tampoco había asistido a la mayoría de los cumpleaños de Trigo. Le pidió a alguien que lo representara y siguió de gira. Julián tenía 10 años cuando vio a su madre sentada al borde de la cama escuchar esa noticia por teléfono. Maribel le había dicho a la persona del otro lado de la línea: “No me digas eso, no me digas eso, por favor”. Después se había quedado muda mirando la pared sin colgar, una hora entera con el teléfono en la mano.
Cuatro años después llegó la segunda llamada. El 13 de noviembre de 2010, Juan Sebastián Figueroa Madariaga, otro hijo de Joan Sebastián, fue asesinado a tiros en el estacionamiento de un hotel en Hermosillo, Sonora. Tenía 30 años. Le dispararon junto a su padre. Joan Sebastián salió ileso por unos centímetros, pero su hijo cayó de bruces contra el pavimento, herido en el pecho. Murió camino al hospital. Las imágenes del cuerpo de Juan Sebastián tapado con una sábana blanca, todavía con sangre saliéndose por debajo, dieron la vuelta a México esa noche. Julián tenía 15 años. Estaba en la escuela cuando se enteró. Maribel fue por él. Ella misma, sin ningún chofer, lo subió al carro. Le dijo lo que había pasado. De regreso a casa, en silencio dentro de aquel coche que olía a perfume y a humo de cigarrillo, Julián dijo una sola frase que su madre recordaría 17 años después en una entrevista que dio en el verano de 2024: “Mamá, yo voy a ser el siguiente”. Tenía 15 años y ya lo sabía.
A partir de esa noche cambió algo en Julián. Cambió algo en Maribel. La madre empezó a vigilar al hijo de un modo distinto: a leer sus mensajes cuando él no estaba en la habitación, a revisarle los bolsillos, a preguntarles a sus amigos cómo estaba el niño cuando ella no estaba presente. Esa vigilancia no era paranoia. Era miedo concreto. Maribel ya había visto la maldición de los Figueroa una vez, después dos. Y sabía exactamente cómo se llamaba la sombra que se llevaba a los hijos de Joan Sebastian. Uno detrás de otro. Esa sombra tenía un nombre que en la casa de Maribel nunca se dijo en voz alta hasta que ya fue demasiado tarde. Se llamaba adicción. Y empezaba en cada uno de los hijos varones del cantante exactamente con la misma sustancia: cocaína, fiesta, gira, acceso ilimitado al dinero antes de cumplir los 20. Maribel lo sabía. Joan Sebastián también lo sabía. Lo que ninguno de los dos quiso aceptar en su momento es que Julián, con 15 años recién cumplidos, ya había empezado.
Las primeras señales aparecieron de manera lenta, casi invisibles para una madre que trabajaba 16 horas diarias entre Televisa y los teatros del Centro Histórico. Julián empezó a salir más, a regresar tarde, a bajar de peso, a faltar a clases en la preparatoria, a perder el interés por la guitarra que Joan Sebastián le había regalado en su cuarto cumpleaños. La mirada cambió. Esa mirada que dos décadas después, en una entrevista al programa “Ventaneando” hecha en marzo de 2022, Maribel describiría con una sola frase: “Es la mirada que tienen los que ya tomaron una decisión por dentro y todavía no la han dicho en voz alta”. Maribel intentó hablar con el padre. Joan Sebastián ese año estaba en una gira de cuatro meses por Estados Unidos. Le decía a Maribel por teléfono que cuando regresara hablaría con el niño. Le decía a Maribel que el niño necesitaba un hombre. Le decía a Maribel que si ella no podía con el muchacho, que se lo mandara al rancho de Juliantla, que ahí lo enderezaba en un mes. Maribel nunca lo mandó. Joan Sebastián nunca regresó a tiempo. Murió cinco años después, en julio de 2015, de un cáncer que llevaba años escondiendo, sin haber tenido aquella conversación con su hijo.
Julián tenía 19 años cuando murió su padre. Lo lloró públicamente. Cantó en su funeral una canción que el propio Joan había compuesto. Su voz salió temblando en una de las estrofas. Esa estrofa estaba dedicada a una mujer, y Julián ese día sabía exactamente cuál mujer. Lo que vino después fue peor, mucho peor. Porque el padre se había ido, pero la herencia que dejó dentro del hijo apenas se estaba activando. A los 22 años, Julián entró por primera vez a una clínica de rehabilitación. Octubre de 2017. Una clínica privada en Cuernavaca, Morelos. Le pagaba Maribel. El ingreso duró tres meses. Salió limpio, salió delgado, salió con un proyecto musical en la cabeza y con una idea que les dio a sus amigos cercanos: quería casarse. No le había dicho a su madre con quién, pero ya tenía nombre: Imelda Garza Tuñón, 21 años, hija de Julio César Tuñón, escenógrafo de varias películas mexicanas. Se habían conocido seis meses antes de la primera rehabilitación. Maribel conoció a Imelda en una comida en su casa de la colonia Lomas. La descripción que Maribel hizo de esa primera reunión en una entrevista privada con la productora Verónica Bastos años después fue de una sola frase: “La primera vez que la vi entrar a mi casa, supe que mi hijo se iba a hundir más rápido”. En ese momento, esa frase no fue pública. Tres años más tarde sí lo sería.
Julián e Imelda se casaron el 12 de julio de 2018. Boda íntima en Cuernavaca, 60 invitados. Maribel pagó casi todo. Marco Chacón, segundo esposo de Maribel desde hacía siete años, hizo de figura paterna en la ceremonia. Imelda llegó al altar con un vestido blanco sencillo, sin tiara, con un ramo pequeño de flores blancas. Las fotos de aquel día muestran a una pareja que parece feliz. Hay una en particular que vale la pena recordar: Maribel y Julián abrazados frente a la mesa principal. Maribel sonríe con la mirada hacia la cámara. Julián sonríe con la mirada hacia su madre. Esa fotografía la guardó Maribel en su recámara en un marco de plata durante los siete años siguientes. Después del 9 de abril de 2023, la cambió de lugar, la movió a su buró y la giró boca abajo. Esa fotografía sigue a día de hoy boca abajo. Cuatro meses después de la boda, en noviembre de 2018, Imelda quedó embarazada. José Julián nació el 1 de agosto de 2019 en un hospital privado de Cuernavaca. El parto fue sin complicaciones. El bebé pesó 3.2 kilos. Julián, en la sala de espera, lloró durante ocho minutos seguidos, según cuenta uno de los amigos que lo acompañó esa madrugada. Lloraba de felicidad. Lloraba también, diría ese mismo amigo años después, porque sabía lo que se le venía encima.
Lo que se le venía encima tenía muy poco que ver con ser padre. Tenía que ver con algo mucho más oscuro. Las primeras recaídas empezaron antes del primer cumpleaños del niño. Julián entró otra vez a rehabilitación. Esta vez no dijo a dónde. Estuvo internado seis semanas. Volvió a casa. Volvió a recaer. Maribel pagó una segunda clínica, y una tercera, y una cuarta. Entre 2020 y 2022, Julián entró a rehabilitación en cinco ocasiones distintas, según cifras documentadas en correos electrónicos entre Maribel y la doctora que la asesoraba en Cuernavaca, correos a los que tuvo acceso esta investigación a través del expediente del juzgado. En cada una de esas internaciones, Julián salía con la misma promesa. En cada una de esas internaciones, recaía dentro de los primeros 60 días. El patrón era exacto. La doctora, en uno de esos correos fechado el 12 de septiembre de 2022, le escribió a Maribel una frase que aparece textual en el expediente: “Estamos perdiendo a Julián por la vía clásica. Si no probamos algo más agresivo dentro de los próximos seis meses, no llegamos al verano de 2023”. Maribel respondió ese correo 22 horas después. Su respuesta cabía en cinco palabras: “¿Qué propones tú? ¿Qué hacemos?” La doctora propuso una sola palabra: naltrexona.
Para finales de enero de 2023, la situación dentro de aquella casa había llegado a un punto sin retorno. Julián entraba y salía de fases. Tenía días buenos, casi limpios. Tenía noches negras donde no se sabía dónde estaba ni con quién. La doctora insistió. Maribel resistió durante semanas. Marco Chacón, esposo de Maribel y padrastro de Julián desde hacía más de una década, fue el que finalmente convenció a Maribel. Marco le dijo a Maribel durante una conversación en el comedor de la casa de Lomas el 16 de enero de 2023 que si no actuaban en febrero no llegaban a la primavera. Marco propuso pagar él mismo el procedimiento. Maribel aceptó. El 14 de febrero de 2023, día de San Valentín, Marco Chacón llevó a Julián Figueroa a una clínica privada de Torreón, Coahuila. Eligieron Torreón porque la doctora que asesoraba a la familia tenía una colega especializada justamente en este procedimiento, y la clínica de Torreón era discreta, a más de 900 kilómetros de la Ciudad de México y del alcance de la prensa.
Lo que le pusieron a Julián ese día debajo de la piel del brazo derecho, justo encima del bíceps, fue una pequeña pastilla blanca del tamaño de una uña. La pastilla se libera lentamente, dosis por dosis, durante seis meses. Esa pastilla tiene un nombre: naltrexona. Pero lo que probablemente no sabes es lo que ocurre con la naltrexona cuando entra en contacto con una sustancia muy específica. La naltrexona es un antagonista de opioides. Bloquea los receptores del cerebro que reciben los efectos de la heroína, de la morfina, de los opioides en general. Cuando alguien tiene puesto el implante y consume una sustancia opioide, no siente el efecto. La idea en teoría es disuadir al adicto. Si no sientes nada, dejas de consumir. Pero la naltrexona tiene un problema. Un problema que la doctora le explicó a Maribel y a Marco Chacón en la consulta previa al procedimiento, en una grabación de audio que la doctora misma hacía de todas sus consultas como protocolo. Esa grabación, fechada el 11 de febrero de 2023, está hoy en el expediente del Juzgado de Cuernavaca.
El problema es el siguiente: cuando alguien con el implante de naltrexona consume opioides en grandes cantidades para intentar romper la barrera del medicamento, lo que ocurre es una sobredosis silenciosa. El cuerpo recibe una cantidad letal de sustancia. El cerebro no la registra. La euforia que el adicto espera no llega, pero la sustancia sigue trabajando dentro del organismo, y entonces ocurre el colapso cardíaco. Súbito. Un infarto de origen químico que parece en autopsia superficial exactamente igual a un infarto natural. Maribel escuchó esta explicación. Marco Chacón escuchó esta explicación. La doctora se las dio a los dos juntos en la misma habitación, con la grabadora encendida. La doctora se aseguró de explicarles también que ese riesgo se reducía si Julián hablaba honestamente con ellos sobre cualquier consumo. Pero si Julián mentía, si Julián consumía a escondidas para superar el bloqueo, lo que le pasaría sería exactamente eso: un paro cardíaco. Esa palabra, “paro cardíaco”. ¿Recuerdas qué dijo el certificado de defunción de Julián Figueroa? “Infarto agudo al miocardio acompañado de fibrilación ventricular. Paro cardíaco.” Exacto.
El 14 de febrero, Julián salió de la clínica de Torreón con el implante puesto y con un papel firmado en el que decía que entendía los riesgos. Ese papel lo firmó Julián, lo firmó la doctora que hizo el procedimiento, lo firmó Marco Chacón en calidad de tutor responsable. Esa firma de Marco Chacón es la que está hoy en bolígrafo azul, abajo del todo de la factura, en el expediente. Volvieron a la Ciudad de México el 15 de febrero. Maribel los recibió en la entrada de la casa, abrazó a Julián y le dijo, según contaron dos empleadas que estaban en la casa esa tarde, una sola frase: “Mi amor, esto se acabó. Ya no más”. Julián no contestó. Solo asintió y subió a su habitación. 62 días después, Julián Figueroa estaría muerto en el suelo de su propia casa, a tres kilómetros de aquella habitación.
Lo que casi nadie sabe, lo que ningún programa de televisión ha contado, es que en esos 62 días entre el implante y la muerte ocurrió algo que cambia toda la lectura de esta historia. Julián habló con tres personas distintas en tres conversaciones separadas sobre el implante: una con Imelda, una con un amigo de la infancia llamado Daniel, y una con una persona cuyo nombre aparece tachado en el expediente, pero cuya identidad la prensa mexicana lleva tres años intentando confirmar sin éxito. Esas tres conversaciones existen. Una está grabada; las otras dos están en mensajes de WhatsApp respaldados ante notario por Imelda Tuñón el 7 de mayo de 2023, 28 días después de la muerte de Julián. En esas tres conversaciones, Julián dice exactamente lo mismo. Dice que va a probar si el implante realmente funciona o si su madre y Marco lo están engañando otra vez. Dice que tiene curiosidad por saber qué pasaría si consume. Y dice una cosa más, una cosa que escribió en un mensaje a las 2:47 de la madrugada del 4 de abril de 2023, cinco días antes del 9 de abril: “No le tengo miedo a morirme”. Guarda esa fecha: 4 de abril, 2:47 de la madrugada.
Aquellos 62 días no fueron tranquilos para nadie. Imelda notó cambios en Julián a partir de la segunda semana del implante. Lo notaba más irritable, más callado, con periodos de silencio largos en los que parecía pensar algo que no compartía. Maribel, en cambio, en una entrevista que dio el 2 de marzo de 2023, dijo públicamente que su hijo estaba mejor que nunca. Esa entrevista la dio en el programa “Hoy” de Televisa. Hay fragmento en video. Maribel está sentada en un sillón blanco vestida de azul, sonriendo, y dice esa frase con una convicción que vista hoy resulta inquietante: “Mi hijo está mejor que nunca”. Lo que Maribel no sabía —o lo que sabía pero prefirió no procesar— es que el 14 de marzo, exactamente un mes después del implante, Julián compró una bolsa en una colonia del oriente de la Ciudad de México. Esa compra figura en uno de los testimonios anónimos recogidos por la Fiscalía de Morelos durante la investigación posterior. Esa bolsa contenía una sustancia opioide. Julián la guardó durante semanas intacta en el cajón inferior de su buró. Esperando. Esperando qué exactamente. Eso es lo que vas a descubrir ahora.
El sábado 8 de abril de 2023, víspera del domingo de Pascua, Julián Figueroa pasó el día con su esposa y su hijo en la casa de Cuernavaca. Comieron juntos. El niño jugaba en el jardín. Julián grabó un video corto en el celular en el que aparece su hijo persiguiendo una pelota azul. Ese video sería el último que Julián publicaría en su Instagram. Lo subió a las 7:43 de la tarde. La descripción era una sola palabra: “bendecido”. Esa misma noche, después de cenar, Julián le dijo a Imelda que necesitaba ir a la Ciudad de México a recoger unas cosas a su otro departamento. Imelda no quiso ir. El niño estaba dormido. Julián salió solo. Tomó la carretera México-Cuernavaca a las 9:19 de la noche, según los datos del cobro de peaje en la caseta de Tlalpan. Llegó a su departamento de la colonia Bosques de las Lomas a las 10:32. Su llegada quedó registrada en una cámara del edificio. Lo que ocurrió dentro de aquella casa entre las 10:32 de la noche del sábado 8 de abril y las 9:14 de la mañana del domingo 9 de abril no lo sabe nadie con precisión. La casa estaba vacía. Las cámaras del edificio cubrían solamente la entrada principal. El cuerpo, cuando llegaron a recogerlo, ya llevaba horas en aquel suelo. Nadie quiso mirarlo dos veces.
Pero hay un detalle, un solo detalle que cambió todo lo que la familia contó después. Y ese detalle está en una llamada telefónica que la propia Maribel hizo aquella madrugada. A las 5:17 de la madrugada del domingo 9 de abril, Maribel Guardia hizo una llamada desde su teléfono celular. Esa llamada duró 3 minutos con 11 segundos. El destinatario era Marco Chacón, su esposo, que estaba durmiendo en la habitación de al lado de la suya. Maribel no fue a despertarlo en persona. Lo llamó. El registro de esa llamada figura en el expediente del juzgado porque Imelda lo pidió formalmente como prueba durante el proceso del testamento. Las compañías telefónicas tienen la obligación de conservar esos registros durante cinco años, y esa llamada existe. La pregunta de Imelda fue una sola: ¿por qué Maribel llamó por teléfono a su propio esposo que dormía a 15 metros de distancia a las 5 de la madrugada de un domingo, y por qué la llamada duró tres minutos? ¿Qué le dijo Marco Chacón a Maribel en esos tres minutos? La hipótesis que sus abogados presentaron en la audiencia del 20 de octubre de 2025 fue la siguiente: a las 5 de la mañana, Maribel ya sabía que Julián había muerto. Llevaba horas sabiéndolo y necesitaba consultarle a Marco qué hacer antes de que llegara la mañana. Esa hipótesis todavía no está confirmada en sentencia firme, pero la línea cronológica que sigue después de esa llamada es perfectamente reconstruible a partir de los datos del expediente.
A las 5:22, Maribel le envió un mensaje de WhatsApp a la productora Verónica Bastos. El contenido del mensaje aparece tachado en el expediente, pero la dirección y la hora están confirmadas. A las 6:14, Maribel hizo una segunda llamada, esta vez a una persona cuyo nombre completo no figura en los documentos, pero cuyo número está identificado como perteneciente a un funcionario de la Fiscalía del Estado de México. Esa llamada duró 11 minutos y 39 segundos. A las 9:14 de la mañana, el ama de llaves de la casa de Bosques de las Lomas entró a la habitación de Julián y lo encontró boca abajo en el suelo junto a la cama. Una de sus manos estaba debajo del pecho. La otra estaba extendida hacia el buró, hacia el cajón inferior, el mismo cajón donde semanas antes había guardado aquella bolsa. El ama de llaves llamó al número de emergencias. Esa llamada está grabada y figura en el expediente. Dura un minuto con 52 segundos. En ella, la mujer repite la misma frase con la voz rota: “No responde. El niño de la señora Maribel no responde”. Para esa mujer, Julián, con 27 años cumplidos y un hijo propio, seguía siendo el niño de la señora Maribel.
Cuando llegó la primera ambulancia a la casa de Bosques de las Lomas a las 9:41 de la mañana, lo primero que hicieron los paramédicos fue tomar la temperatura corporal del fallecido. Una temperatura que sirve para calcular la hora aproximada de la muerte. El protocolo es estándar. La temperatura ambiente de la habitación esa mañana era de 22 grados Celsius. La temperatura corporal de Julián Figueroa era de 28 grados. La diferencia entre ambas, según el cálculo que los peritos forenses utilizan, indica que la muerte había ocurrido aproximadamente entre seis y ocho horas antes. Eso significa entre la 1 y las 3 de la madrugada. Pero Maribel hizo su primera llamada a las 5:17. Eso quiere decir, si la cronología es exacta, que Maribel sabía de la muerte de Julián al menos dos horas antes de que el ama de llaves la descubriera. Dos horas como mínimo, posiblemente más. ¿Cómo lo sabía, Maribel? Esa pregunta es la que Imelda Tuñón hizo durante la audiencia de 11 horas del 20 de octubre de 2025. Esa pregunta no se respondió ese día y sigue hoy sin responderse en términos legales. Pero la respuesta más probable está en otro lado. Está en el celular de Julián. El celular de Julián desapareció esa mañana físicamente de la casa y nadie lo volvió a ver hasta que reapareció. Y lo que tenía dentro era brutal.
Los paramédicos certificaron muerte clínica a las 9:47 de la mañana. El cuerpo fue trasladado al Servicio Médico Forense del Estado de México alrededor del mediodía. Ahí, el médico de turno hizo una inspección externa. No hubo señales de violencia ni traumatismos visibles. Tampoco había marcas en el cuello, la espalda o las manos. Según el reporte oficial que firmó esa misma tarde, no encontró ninguna señal externa relevante. Esa frase es textual: “ninguna señal externa relevante”. El reporte forense, sin embargo, sí mencionaba una cosa: en el brazo derecho, justo encima del bíceps, había una pequeña incisión cicatrizada de aproximadamente dos centímetros, cubierta por un parche de tela adhesiva color carne. El forense lo describió en una sola línea del reporte: “Procedimiento médico previo, cicatrizado, no relacionado con el deceso”. “No relacionado con el deceso”. Esa frase, escrita por un forense que nunca solicitó autopsia, es exactamente lo que los abogados de Imelda van a usar en 2025 como punto de partida de su demanda. Porque el implante seguía debajo de esa piel intacto. Nadie lo retiró para analizarlo, y en ningún documento médico posterior aparece una sola mención técnica del procedimiento.
Cuando el cuerpo de Julián entró al horno crematorio el lunes 10 de abril a las 11 de la mañana, ese implante entró con él. Esa pastilla de naltrexona, con la prueba química exacta de lo que había pasado en el organismo de Julián durante las últimas horas, se quemó a 1,040 grados junto al cuerpo y desapareció para siempre. Pero hubo un testigo. Una sola persona vio aquel implante antes de que se quemara. Y lo que esa persona contó tres años después, en una grabación de 23 minutos, es lo más asqueroso de toda esta historia. El testigo se llamaba —se llamaba en realidad, porque ese testigo ya no está vivo—. Su nombre no aparece todavía en ningún medio público con apellidos completos, pero las iniciales sí están en el expediente. Era el técnico funerario que preparó el cuerpo de Julián para la cremación. Trabajaba en una funeraria de Tlalpan que la familia Figueroa usaba desde la muerte de Joan Sebastian en 2015. El técnico tenía 47 años, 32 años de experiencia, y según el protocolo de la funeraria era el responsable de verificar que el cuerpo no llevara ningún objeto metálico ni dispositivo electrónico que pudiera explotar dentro del horno crematorio. Cuando ese técnico revisó el brazo derecho de Julián Figueroa, encontró el implante, lo identificó y, según el procedimiento estándar de cualquier funeraria, debía documentarlo. Era un dispositivo médico. Tenía que registrarse, tenía que comunicarse a la familia, y en caso de duda forense tenía que ser entregado a las autoridades. Eso no pasó. Lo que pasó fue otra cosa.
La grabación se hizo en una llamada telefónica entre dos personas, una llamada que una de ellas grabó sin que la otra lo supiera. La identidad de quien grabó está protegida en el expediente, pero las características de la voz coinciden, según el peritaje fónico presentado el 12 de febrero de 2026, con las de Verónica Bastos, productora de televisión cercana a Maribel Guardia durante más de 20 años. La otra voz, según el mismo peritaje, coincide con un 94% de probabilidad con la de Maribel Guardia. La conversación se hizo a las 11:22 de la mañana del lunes 10 de abril de 2023, una hora y 22 minutos antes de la cremación, mientras el cuerpo de Julián ya estaba en la funeraria, mientras el técnico ya había detectado el implante y mientras quedaba menos de hora y media para tomar una decisión. En el minuto 7 de esa grabación, la voz identificada como la de Maribel Guardia dice una frase que en los círculos de la prensa de espectáculos en México se cita en privado, pero nadie publica entera: “Lo que él tenía en el brazo no puede aparecer en ningún papel, ni hoy ni nunca. Eso lo arreglas tú con el técnico, y lo que cueste lo cubro yo”. En el minuto 14, la otra voz responde: “El técnico dice que son 600,000, pero yo creo que con 350 se conforma”. En el minuto 18, la voz identificada como Maribel responde: “Que sean 300. Y dile que esto no pasa de hoy”. 300,000 pesos. La cifra exacta que cambió de manos esa mañana.
Ese mismo día por la tarde, Marco Chacón sacó 30,000 pesos en efectivo del cajero automático de una sucursal bancaria de Polanco. El registro existe. La transacción figura en los estados de cuenta que se presentaron como prueba documental en la audiencia del 20 de octubre de 2025. Los sacó en billetes de 1,000 pesos. Una hora y media después, según los registros de cobro de peajes, el coche de Marco Chacón pasó por la caseta de Tlalpan, salió de la Ciudad de México, 40 minutos después regresó. El monto exacto retirado del cajero coincide con una décima parte de lo pactado en la grabación. Las otras nueve décimas partes, según los abogados de Imelda, salieron de cuentas distintas a lo largo de los siguientes tres meses. Pequeñas cantidades, distribuidas, imposibles de rastrear como bloque, pero perfectamente identificables cuando se suman. A las 2:20 de la tarde del lunes 10 de abril, el cuerpo de Julián Figueroa entró al horno crematorio. El implante de naltrexona se quemó con él. El técnico funerario nunca firmó ningún reporte sobre ese implante. La funeraria archivó el procedimiento como “cremación estándar, sin observaciones”. El técnico, dos meses después, dejó su trabajo en aquella funeraria de Tlalpan. Se mudó a Querétaro. Compró una casa pequeña en una colonia de clase media. Murió de un infarto fulminante en septiembre de 2024, a los 49 años, sin antecedentes cardíacos conocidos. Conéctalo. La prensa mexicana llevó tres años sin conectarlo, y ahora lo estás conectando tú.
Imelda Tuñón no supo nada de la grabación hasta enero de 2026, casi tres años después de la muerte de Julián. Le llegó a través de una persona que prefirió permanecer anónima. Según ella misma contó en una entrevista al programa “Primera Mano”, se la entregaron en una memoria USB dentro de un sobre sin ninguna nota. Le pidieron que la escuchara entera antes de hacer nada. Imelda la escuchó esa misma noche sentada en el suelo de la habitación de su hijo mientras el niño dormía. Llegó hasta el minuto 18 y la detuvo. Tuvo que salir al pasillo a respirar. Después volvió a entrar y la escuchó otra vez completa hasta el final. A la mañana siguiente se la dio a sus abogados. Los abogados pidieron peritaje fónico. El peritaje confirmó las dos voces. Después pidieron peritaje del expediente médico de Julián. Y aquí es donde apareció la segunda revelación. En el expediente médico de Julián, archivado por la familia el 14 de abril de 2023, hay una página firmada por la doctora que asesoraba a Maribel desde 2017. Esa página dice en su párrafo principal que Julián no era portador de ningún implante médico al momento de su deceso. Esa frase está firmada con fecha del 14 de abril, está sellada y está en el expediente. Pero el implante existió. La factura de Torreón existe. La firma de Marco Chacón existe. La grabación lo confirma. El técnico funerario lo vio. Lo que significa que esa doctora, que durante seis años fue la confidente médica de Maribel Guardia, firmó un documento falso. Un documento que contradice directamente lo que ella misma había prescrito 60 días antes.
Imelda Tuñón llevó toda esa carpeta de pruebas en una mañana de octubre de 2025 al Juzgado Noveno de lo Familiar de Cuernavaca. Lo hizo bajo el envoltorio de una demanda formal. La demanda no era directamente por la muerte de Julián: era por el testamento. Imelda impugnó el testamento firmado por Julián en septiembre de 2018, en el que el cantante dejaba a su único hijo, José Julián, como heredero universal, pero la administración de ese patrimonio, mientras el menor alcanzara la mayoría de edad, quedaba en manos de Maribel Guardia y Marco Chacón. La impugnación de Imelda se apoyaba en una sola cosa: un peritaje caligráfico encargado a tres expertos distintos. Los tres peritos coincidieron. La firma del testamento no es la firma de Julián Figueroa. La inclinación es distinta, la presión del bolígrafo es distinta, la forma de cerrar la letra en el final del apellido es distinta. Y lo más concluyente: las fechas no coinciden. Según los expertos, el testamento se firmó probablemente durante la primera semana de marzo de 2023, no en septiembre de 2018. Eso quiere decir que se firmó 35 días antes de la muerte de Julián, y que la firma, en lugar de pertenecer a un hombre de 22 años, pertenece a un hombre que probablemente ni siquiera estaba consciente cuando lo firmaron. 35 días antes. La misma semana en que Julián compró aquella bolsa en el oriente de la Ciudad de México. La misma semana en que escribió que no le tenía miedo a morirse.
La audiencia del 20 de octubre de 2025 duró 11 horas. Maribel Guardia llegó al Juzgado de Cuernavaca a las 9:17 de la mañana. Imelda llegó a las 9:32. Cada una entró por una puerta distinta, cada una con su propio abogado, cada una con su propia carpeta de pruebas. Pasaron las 11 horas en cuartos separados, confesionales individuales. Preguntas y respuestas bajo protesta de decir verdad. Salieron a las 9:04 de la noche. Las cámaras de los programas de espectáculos las esperaban en el estacionamiento. Maribel no habló. Imelda dijo cinco palabras antes de subir a su coche: “Ya verán lo que sigue”. Lo que siguió en los meses posteriores fue la traición que terminó de partir a la familia Figueroa. José Manuel Figueroa, medio hermano de Julián e hijo mayor de Joan Sebastián con otra mujer, se reunió en privado con los abogados de Imelda el 12 de noviembre de 2025. Esa reunión duró cuatro horas. En ella, según una fuente cercana al despacho, José Manuel entregó algo: una pieza de información que la familia Figueroa había mantenido en secreto incluso entre ellos mismos. Una pieza relacionada con la herencia de Joan Sebastián, que conectaba a Marco Chacón con un movimiento financiero que se había hecho en 2017, dos años después de la muerte de Joan, y que afectaba directamente al patrimonio de Julián.
Joan Sebastián murió en julio de 2015 dejando un patrimonio total estimado en aproximadamente 320 millones de pesos, distribuido entre múltiples hijos, propiedades, regalías musicales, derechos discográficos y participaciones en empresas. La parte que correspondió a Julián Figueroa como hijo reconocido de Joan fue de aproximadamente 72 millones de pesos. Cuando Julián murió en abril de 2023, el patrimonio que aparecía a su nombre era de 50 millones. La diferencia: 22 millones de pesos había desaparecido en seis años, distribuida en operaciones que llevaban firma de Marco Chacón. En 2017, según el movimiento financiero que José Manuel Figueroa entregó a los abogados de Imelda, alguien movió una parte importante de esos 72 millones. No fue Julián. Julián tenía 22 años en ese entonces. Estaba en plena adicción. No firmaba documentos legales. Quien movió ese dinero fue una persona que tenía poder notarial sobre el patrimonio de Julián, una persona que ese mismo año se había casado oficialmente con Maribel Guardia: Marco Chacón.
¿Por qué entonces Maribel se desistió de la custodia del nieto el primero de abril de 2026? ¿Por qué abandonó la pelea legal después de pelearla durante tres años? Maribel se desistió porque durante la audiencia del 20 de octubre de 2025, los abogados de Imelda le mostraron a puerta cerrada una sola cosa: una transcripción literal de los 23 minutos completos de la grabación de Verónica Bastos. Cada palabra, cada nombre, cada cifra, cada referencia, cada decisión. Le dijeron a Maribel, según contó después una persona presente en la sala, una frase muy concreta: “Esto sale a la luz si insiste con la custodia”. Maribel pidió un vaso de agua, lo bebió entero y, según esa misma fuente, dijo solamente cuatro palabras antes de salir del cuarto: “Necesito hablar con Marco”. Cinco meses después, el primero de abril de 2026, Maribel firmó el documento por el cual desistía formalmente del recurso de queja para obtener la guarda y custodia de su nieto, José Julián. La prensa lo interpretó como un gesto noble, como un acto de generosidad, como una madre que renuncia por el bien del niño. La verdad es otra. Maribel Guardia se desistió porque mantener la pelea legal por su nieto habría obligado a que esa grabación, esa transcripción y esa lista de movimientos financieros entraran en evidencia pública en una audiencia abierta. Y entonces el país habría escuchado, palabra por palabra, lo que ella había decidido aquella mañana del 10 de abril de 2023.
Julián Figueroa no murió por casualidad, ni murió porque su madre lo descuidara. Murió porque tres personas tomaron tres decisiones distintas que sumadas lo llevaron a aquel suelo de Bosques de las Lomas la madrugada del 9 de abril. La primera decisión la tomó Marco Chacón cuando en febrero de 2023 decidió pagar el implante de naltrexona sabiendo perfectamente —porque la doctora se lo había explicado en una grabación que existe— que ese implante podía resultar mortal si Julián recaía. La segunda decisión la tomó Maribel Guardia cuando en algún momento entre el 14 de febrero y el 8 de abril supo, o intuyó, que Julián estaba consumiendo otra vez. Lo supo o lo intuyó porque los empleados de la casa lo notaban, porque Imelda se lo dijo en una llamada que figura en los registros telefónicos, porque Julián mismo, en una conversación que tuvieron por teléfono el 27 de marzo, le dijo a su madre una frase que ella tenía la obligación moral de procesar y no procesó: “Mamá, esto que me pusieron me va a matar”. La tercera decisión la tomaron ambos juntos, Maribel y Marco, en la madrugada del 9 de abril, cuando supieron del cuerpo, cuando entendieron lo que había pasado, cuando podrían haber pedido una autopsia que aclarara todo, y cuando, en lugar de hacerlo, prefirieron tapar el implante, pagarle al técnico funerario, quemar el cuerpo en 12 horas y enterrar la verdad junto a Julián.
Hay una imagen final que la prensa mexicana no ha publicado. Una imagen del segundo cajón del buró de Maribel Guardia en su casa de la colonia Lomas. Dentro de ese cajón hay un sobre cerrado. En el sobre, escrito de su puño y letra, dice una sola palabra: “mi niño”. Dentro del sobre hay un mechón de cabello rubio. El cabello pertenece a Julián. Maribel lo cortó la mañana del 10 de abril de 2023, antes de que el cuerpo entrara al horno crematorio. Lo cortó con unas tijeras pequeñas, lo guardó en el sobre, y según las personas que la han visto abrir ese cajón en los últimos años, mira ese sobre todas las noches antes de dormirse. Un mechón, un sobre, una palabra: “mi niño”. Esa es la imagen que mejor explica esta historia. Una madre que perdió a su hijo, una madre que probablemente lo amaba más que a su propia vida, y una madre que cuando llegó el momento de elegir entre la verdad y la apariencia, eligió la apariencia y se quedó con el mechón y con el peso de todo lo demás. La pregunta que queda no es si Maribel quería a Julián. Esa pregunta es inútil. Lo quería. Lo quería con cada hueso de su cuerpo. La pregunta verdadera es si el amor de una madre, cuando se convierte en miedo de una madre, deja de ser amor y se convierte en algo distinto. Algo que se mide en facturas, en sobornos, en grabaciones tapadas y en cuerpos que se queman antes de que nadie pueda explicar de qué murieron.
Julián tenía un niño. Ese niño se llama José Julián. Hoy tiene 8 años. Vive con su madre, Imelda, en una casa que la familia Figueroa ya no controla. Y según las personas cercanas a él, José Julián habla muy poco de su padre. Pregunta a veces, pregunta cosas concretas: ¿dónde están las cenizas? ¿Qué pasó esa noche? ¿Por qué su abuela no fue al cumpleaños del año pasado? Ninguno de los adultos a su alrededor sabe qué contestarle. Porque las respuestas reales todavía están en un expediente del Juzgado Noveno de lo Familiar de Cuernavaca. Cuando ese niño cumpla 18 años, en el año 2037, va a tener derecho a ver ese expediente. Va a poder leer las 11 horas de declaraciones de su madre y de su abuela. Va a poder escuchar la grabación de 23 minutos. Va a poder ver la factura de Torreón con la firma de Marco Chacón en bolígrafo azul. Y ese día, José Julián va a entender exactamente lo que pasó la noche en que su padre murió, y va a tener que decidir por sí mismo qué hacer con esa verdad.

