El Cuerpo Flotaba En La Alberca Pero Sus Pulmones Estaban Secos
El Cuerpo Flotaba En La Alberca Pero Sus Pulmones Estaban Secos
El domingo 27 de junio de 1965, una fiesta en Cuernavaca. Risas. Copas. El sol calentando el borde de la piscina. Entre los invitados, un hombre de 29 años, periodista, exnovillero, casado con la sobrina de un expresidente de México. Entró vivo. Nunca debió salir muerto. Cuando encontraron su cuerpo boca abajo en el agua, la versión oficial fue rápida y cómoda: accidente, ahogamiento, una tarde trágica. Pero los forenses, al abrirlo, se toparon con algo que ningún ahogado tiene: el cráneo fracturado, el hígado reventado, golpes por todo el torso y, sobre todo, los pulmones completamente vacíos. Ni una sola gota de agua. La casa, además, mostraba sillas rotas y botellas destrozadas, como si dentro se hubiera librado una batalla. La dueña de esa residencia era Ana Luisa Pelufo, la mujer más deseada y condenada del cine mexicano, la misma que una década antes había roto todos los tabúes al desnudarse frente a una cámara. Aquella muerte nunca se resolvió. El poder, los apellidos y el silencio sepultaron el caso. Y ella, que murió hace apenas unos meses a los 96 años, se llevó a la tumba la única verdad que quedaba.
Para entender cómo una mujer termina con un cadáver en su jardín, hay que retroceder mucho antes de aquel domingo de 1965. Hay que ir a Querétaro, 1929. Ana Luisa de Jesús Quintana Paz Pelufo no nació siendo la escandalosa. Nació siendo una niña de provincia con un sueño líquido: el agua. Antes de las cámaras, antes de los desnudos y los escándalos, Ana Luisa fue nadadora y bailarina acuática. Formó parte del ballet acuático del Club Deportivo Chapultepec, esos espectáculos de natación sincronizada que en aquella época eran la última moda, la elegancia hecha deporte. Imagínatela: joven, hermosísima, deslizándose por el agua con una gracia que parecía imposible, como una sirena de verdad. Esa disciplina del agua, ese control absoluto del cuerpo, esa naturalidad con la que se movía sin pudor delante de la gente en traje de baño, cuando otras muchachas se morían de vergüenza, iba a marcar profundamente todo lo que vino después. Porque una niña que aprende desde pequeña a usar su cuerpo como un instrumento de arte, a exhibirse con orgullo y sin vergüenza ante un público, a no esconderse, es una niña que de mayor no le va a tener miedo a las cámaras, ni a los prejuicios, ni al qué dirán.
Ahí, en aquella alberca de Chapultepec, entre brazadas y piruetas acuáticas, ya estaba naciendo sin que nadie lo supiera la mujer que años después iba a romper todos los moldes de México de un solo golpe. Su debut cinematográfico llegó en 1948, y con un detalle que no es menor: fue en una película de Hollywood, Tarzán y las sirenas. Una mexicana de Querétaro con un papelito en una producción estadounidense. No cualquiera lograba eso en aquella época. Para una muchacha mexicana de los años cuarenta, poner un pie en Hollywood, aunque fuera en un papel pequeño, era casi un milagro, una hazaña. Eso ya dice el tipo de mujer que era Ana Luisa: ambiciosa en el buen sentido, valiente, dispuesta a ir donde fuera con tal de perseguir su sueño. Al año siguiente, en 1949, debutó en el cine mexicano con una película titulada La venenosa. Ya el título lo decía todo: venenosa, peligrosa, una belleza de la que había que cuidarse. Como si desde el primer momento el cine mexicano hubiera intuido lo que esta mujer iba a representar para el país: el peligro, la tentación, lo prohibido, lo que enciende y a la vez asusta.
México empezaba a fijarse en aquella muchacha del agua, y ya no la iba a soltar nunca, para bien y para mal. Pero para entender el peso real de lo que hizo después, hay que meterse en la cabeza del México de los años cincuenta. Un país profundamente católico, profundamente conservador, donde una mujer tenía un papel muy claro y muy estrecho, marcado desde que nacía: ser recatada, ser decente, ser madre y esposa. Casarse virgen, obedecer y sobre todo no llamar la atención, no destacar, no salirse jamás del molde. La mujer que se atrevía a ser diferente, a pensar por sí misma, a vivir su vida en sus propios términos, era inmediatamente señalada, juzgada y condenada por todos: por la Iglesia desde el púlpito, por los vecinos en los chismes, por la prensa en sus páginas, por la familia en casa. En ese México, el cuerpo de la mujer era casi un tabú, algo sucio, algo que se escondía bajo capas y capas de ropa, algo de lo que no se hablaba ni en voz baja, algo que pertenecía a la oscuridad del pecado y de la vergüenza. Las mujeres decentes se cubrían de pies a cabeza. Las que mostraban un poco más, las que se atrevían, eran perdidas, fáciles, mujeres de la calle. Así de simple, así de cruel, así de injusto era el código moral de aquella sociedad. No había término medio: o eras una santa o eras una pecadora. Y en ese México asfixiante y juzgador es donde Ana Luisa Pelufo iba a hacer lo impensable, lo que ninguna mujer antes que ella se había atrevido siquiera a imaginar.
Corría 1955. Ana Luisa tenía 26 años. Un productor, Pedro Calderón, le ofreció el papel protagónico de una película llamada La fuerza del deseo, dirigida por Miguel M. Delgado, el mismo director que trabajaba con Cantinflas. El papel: una modelo, una mujer pobre con un hijo enfermo del corazón que para sobrevivir y pagar las medicinas de su niño no tiene más remedio que posar desnuda para un pintor. Fíjese en ese detalle: el personaje no se desnuda por vicio ni por dinero fácil. Se desnuda por amor a su hijo enfermo, por desesperación de madre. Un papel dramático, desgarrador, profundamente humano. Y la película pedía algo que en México nunca jamás en toda su historia se había hecho: que la actriz mostrara su cuerpo desnudo frente a la cámara.
Piense en la valentía, o en la locura según se mire, que hacía falta para aceptar ese papel. Ninguna mujer lo había hecho antes. Ninguna, ni una sola. Ana Luisa Pelufo iba a ser la primera persona, hombre o mujer, en aparecer desnuda en toda la historia del cine mexicano. Estaba a punto de cruzar una línea de la que no había marcha atrás, una línea que la marcaría para el resto de su vida y para la eternidad. Sabía perfectamente lo que le esperaba. Sabía que la iban a señalar con el dedo, que la iban a juzgar sin piedad. Sabía que su nombre quedaría atado a ese desnudo para siempre. Y aún así, con 26 años, miró a la cara a todo aquel México conservador que la iba a condenar y dijo que sí. Aceptó. Se atrevió.
Imagine por un momento esa decisión. Una muchacha de 26 años en 1955, sola, teniendo que decidir si acepta o no el papel que va a cambiar su vida para siempre. Por un lado, la oportunidad de protagonizar una película, de demostrar su talento, de hacer historia. Por el otro, la certeza absoluta de que media sociedad la iba a tratar como una perdida, que la iban a insultar por la calle, que iba a manchar su nombre y el de su familia. Cualquier otra muchacha de su época habría salido corriendo, habría dicho que no, habría elegido la seguridad y el anonimato. Pero Ana Luisa no era cualquier muchacha. Tenía algo dentro, una libertad, una valentía, una fe en sí misma y en el arte que la empujó a cruzar esa puerta sabiendo el precio que iba a pagar. Hay decisiones que definen una vida entera en un solo instante. Esta fue una de ellas. Y Ana Luisa eligió ser ella misma, costara lo que costara.
La película se estrenó el 22 de julio de 1955, y México entero estalló como una olla a presión. En la escena, su personaje descubría su cuerpo de la cintura para arriba ante el pintor. Para nosotros hoy, acostumbrados a ver de todo en cualquier pantalla a cualquier hora, puede parecer una nimiedad, casi nada, una escena inocente. Pero hay que meterse de lleno en la cabeza del México de 1955 para entender la verdadera magnitud del terremoto que aquello provocó. Nunca antes, jamás en toda la historia del cine nacional, se habían visto los senos de una mujer en una pantalla de cine mexicana. Nunca. Era cruzar una frontera que se consideraba sagrada, intocable. Fue como si alguien hubiera roto de un martillazo un tabú milenario delante de todo el país.
Las familias se escandalizaban y salían indignadas de las salas, algunas a mitad de la película, tapándoles los ojos a los más jóvenes. La prensa enloqueció por completo. Llenó páginas y páginas durante semanas con el tema; no se hablaba de otra cosa. Los sectores más conservadores y la jerarquía religiosa pusieron el grito en el cielo, lanzaron condenas, sermones, advertencias sobre la perdición de las costumbres. Unos la atacaron sin piedad, la llamaron de todo lo malo que uno pueda imaginar y más: la tacharon de inmoral, de mujer perdida, de corruptora de la juventud, de vergüenza nacional, de mal ejemplo. Otros, los menos, los más valientes o los más modernos, defendieron su valentía y su indudable talento artístico. Pero a nadie, absolutamente a nadie en todo México, le dio igual. Era imposible quedarse indiferente.
De la noche a la mañana, Ana Luisa Pelufo se convirtió en la mujer más comentada, más deseada y más condenada de todo el país. Su nombre estaba en boca de todos: en los periódicos, en los cafés, en las conversaciones de sobremesa de cada casa, en los sermones de las iglesias del domingo. No había rincón de México donde no se hablara de ella. Se había convertido, sin pretenderlo del todo, en el centro de un huracán nacional. Y aquí viene el detalle que más duele, el más humano y más triste de todos. Una de las personas que la reprendió, que la regañó por aquel desnudo, fue su propio padre. El hombre que se supone que más debía protegerla, defenderla y quererla, pase lo que pase, también la señaló, también la regañó, también sintió y le hizo sentir la vergüenza que la sociedad decía que ambos debían sentir. Ana Luisa contó años después que en la calle la gente le hacía reclamos abiertamente, la miraba con desprecio, le decía cosas hirientes a la cara. Imagine el peso aplastante de eso: no solo el país entero juzgándote y condenándote en público, sino también tu propia casa, tu propia sangre, tu propio padre dándote la espalda. Una muchacha de 26 años cargando completamente sola con el repudio de toda una nación y encima con el reproche del hombre que más debería haberla amado incondicionalmente. Pocas soledades hay más duras que esa: la de no ser comprendida ni siquiera por los tuyos.
Pero aquí está la verdadera grandeza de esta mujer, la que la hace inmensa. Ana Luisa Pelufo nunca se arrepintió. Jamás, ni una sola vez en toda su vida. Defendió su decisión con la cabeza alta hasta su último día. Dijo siempre, una y otra vez, que había sido un acto artístico, profesional, estético, digno; que no había absolutamente nada de qué avergonzarse en el cuerpo humano ni en el arte que lo representa. En un México que la quería ver arrepentida, llorando, humillada, pidiendo perdón de rodillas ante la sociedad y ante la iglesia, Ana Luisa Pelufo hizo justo lo contrario. Levantó la barbilla, miró de frente y dijo: “En esencia, lo volvería a hacer mil veces”. Esa mujer, en 1955, con apenas 26 años y sola contra todos, fue más valiente, más libre y más moderna que la sociedad entera que la rodeaba y la juzgaba. Iba sesenta o setenta años por delante de su tiempo.
Es muy fácil ser valiente cuando todo el mundo te apoya, cuando vas con la corriente. Difícil de verdad —lo que casi nadie es capaz de hacer— es mantenerte firme cuando todos, absolutamente todos, te dicen que estás equivocada, que eres una vergüenza, que deberías arrepentirte y esconderte; cuando hasta tu propio padre te da la espalda. En ese momento, lo normal, lo humano, es ceder. Es agachar la cabeza, es pedir perdón aunque no lo sientas, solo para que te dejen en paz. Pero Ana Luisa no cedió. Aguantó, resistió la presión de todo un país durante años, décadas, y nunca traicionó lo que ella creía que era correcto. Esa fortaleza interior, esa columna vertebral de acero que tenía esta mujer, es quizá lo más admirable de toda su historia. Muchos la recuerdan por el desnudo, pero lo que de verdad la define no es que se desnudara, sino que jamás, ni una sola vez, pidió perdón por ello. Esa es la diferencia entre una mujer escandalosa y una mujer libre. Y Ana Luisa Pelufo fue, ante todo, una mujer libre.
El escándalo, lejos de hundirla como muchos esperaban y deseaban, la catapultó a lo más alto. Los directores hacían fila para contratarla. Vinieron más películas en la misma línea atrevida: El seductor, La ilegítima, La adúltera, La Diana cazadora —esta última con un cartel que advertía a la entrada del cine: “Película únicamente para adultos”. Ana Luisa se convirtió en un símbolo nacional, en un fenómeno. La mujer que se atrevió, la que rompió el tabú. Llegó a sumar más de 200 películas a lo largo de su extensa carrera, una cifra que muy pocos artistas alcanzan en toda una vida. Trabajó con los más grandes de la época dorada: con Pedro Infante, con la mismísima María Félix, con los hermanos Valdés, con Germán Valdés “Tin Tan”. Se codeó de tú a tú con la élite absoluta del cine de oro mexicano. La muchacha del agua de Querétaro se había convertido, a fuerza de talento y de valentía, en una leyenda viva.
Pero detrás de la mujer más deseada de México había una mujer que, como todas, como cualquiera, buscaba simplemente el amor. Y aquí la historia se vuelve más íntima, más humana y también, hay que decirlo, más triste. Ana Luisa Pelufo se casó varias veces a lo largo de su vida. Según las distintas crónicas fueron cuatro matrimonios; según otras versiones, hasta seis. Un hombre tras otro. Buscó el amor una y otra vez con la misma intensidad y la misma entrega con la que se metía en sus papeles. Se casó con Labib Hadad, después con el actor Octavio Arias, más tarde con el cantante Carlos Montiel —con quien tuvo a su gran tesoro, lo más importante de toda su vida, su hijo Martín Luis—, y después, tras un tiempo a solas, volvió a casarse con el empresario Carlos Cerro. Matrimonio tras matrimonio, ilusión tras ilusión, intento tras intento.
Cada uno de esos matrimonios fue, en su momento, una historia de amor de verdad. Con su ilusión, sus planes de futuro, sus sueños compartidos. Ana Luisa no se casaba a la ligera. No jugaba con el amor. Cada vez que dijo “sí, quiero”, lo dijo creyéndolo. Lo dijo con el corazón. Lo dijo pensando que esta vez sí, que este era el bueno, que este se quedaría para siempre. Y cada vez que un matrimonio se rompía, no era un trámite frío: era un duelo, una pérdida, un pedazo de corazón que se quedaba en el camino. Imagine la montaña rusa emocional de toda una vida así: la euforia del enamoramiento, la esperanza de la boda, la construcción de una vida juntos, y después el desgaste, las grietas, el desencanto y finalmente la ruptura y la soledad otra vez, y vuelta a empezar una y otra vez. Hace falta un corazón muy fuerte, o muy terco, para seguir creyendo en el amor después de tantos golpes.
Una mujer que se casa una y otra vez no es, como algunos malintencionados dirían, una mujer que no sabe amar o que no le importa el compromiso. Es casi siempre todo lo contrario. Es una mujer que cree en el amor con toda su alma, que lo busca con una esperanza que no se apaga nunca, que cada vez que se le rompe uno entre las manos vuelve a levantarse y a intentarlo de nuevo, porque se niega en redondo a rendirse y a entregarse a la soledad. Ana Luisa quería amar y ser amada para siempre. Quería un compañero de vida. Quería esa mano que te sostiene en la vejez. Y la vida, una y otra vez, le fue poniendo el amor en las manos para después arrebatárselo. Cada matrimonio era una nueva esperanza encendida. Cada divorcio, una nueva herida en el corazón. Y aún así, volvía a intentarlo. Esa terquedad para seguir creyendo en el amor a pesar de los golpes es, en el fondo, una forma de valentía tan grande como la que tuvo frente a las cámaras.
Y fíjese en la ironía tremenda, casi cruel, que recorre toda su vida. En la pantalla, Ana Luisa Pelufo era el deseo hecho mujer. Era la fantasía de millones de hombres en todo México. Era la mujer que todos querían, por la que todos suspiraban, el símbolo mismo de la sensualidad y la belleza. Carteles con su rostro en cada cine, su nombre en las marquesinas con letras enormes, hombres que pagaban la entrada solo por verla unos minutos en la pantalla. Pero en su casa, en su vida real, lejos de los reflectores y los aplausos, el amor verdadero —el que dura, el que se queda, el que te acompaña en la enfermedad y en la vejez— ese se le escapaba una y otra vez entre los dedos. Era deseada por un país entero y al mismo tiempo le costaba encontrar a un solo hombre que se quedara para siempre a su lado, que la amara por lo que era y no por lo que representaba. Esa es una soledad muy particular y muy dolorosa, una de las más amargas que existen: la del que es adorado por multitudes anónimas y, sin embargo, echa de menos una mano que apretar en la cama vacía de la madrugada. Porque la fama, los aplausos, la admiración de los desconocidos, todo eso llena los teatros, llena las salas de cine, llena los titulares, pero no llena la almohada de al lado. No te abraza cuando tienes miedo. No te cuida cuando estás enferma. No envejece contigo.
Ana Luisa tenía el amor de todo un país, el amor lejano y fantasioso de millones de extraños, y al mismo tiempo le faltaba el amor cercano, cotidiano, real de una sola persona que se quedara. ¿Cuántas veces, me pregunto, volvería a casa después de una premier multitudinaria rodeada de admiradores y flashes para encontrarse con el silencio de una casa vacía? Esa es la paradoja más triste de la fama. Y Ana Luisa la vivió en carne propia durante buena parte de su vida. Lo único que de verdad le quedó, lo único que permaneció absolutamente constante a lo largo de toda su vida en medio de todos los matrimonios que iban y venían, fue su hijo Martín Luis. Ese vínculo sí fue para siempre. Ese amor sí fue de los que no se rompen. Y como veremos al final, cuando Ana Luisa murió hace apenas unos meses, murió acompañada precisamente de su hijo. El amor de pareja fue y vino como las olas. Los maridos entraron y salieron de su vida. Las pasiones se encendieron y se apagaron. Pero el amor de madre ese se quedó firme hasta el último aliento, hasta el último latido.
Ahora sí. Llegamos a la parte más oscura, más misteriosa y más estremecedora de toda esta historia. Domingo 27 de junio de 1965. La residencia de Ana Luisa Pelufo en Cuernavaca, Morelos. Una reunión social, una de esas tardes de fin de semana con invitados, charla, juegos, alberca y alcohol corriendo. Cuernavaca era y sigue siendo el lugar de descanso de la gente acomodada de la capital, el sitio donde los famosos y los poderosos iban a relajarse lejos de las miradas. Entre los invitados de aquella tarde estaba un hombre llamado Rafael Romero Sánchez, aunque su verdadero nombre era Arturo Cal Sánchez. Tenía 29 años, era periodista y había sido novillero, es decir, torero. Joven, atractivo, se movía en los círculos del espectáculo y la sociedad. Y tenía un detalle que lo hacía especialmente delicado, un detalle que iba a teñir y a condicionar todo el caso de principio a fin: estaba casado, aunque separado, con Gloria Ávila Richardi, que era nada menos que sobrina del expresidente de México Manuel Ávila Camacho. Es decir, este joven tenía lazos directos, lazos de sangre política, con una de las familias más poderosas del país, con una familia presidencial. Un hombre conectado con el poder de las alturas.
Grábese bien ese dato. Cuando un caso toca al poder, cuando hay apellidos importantes de por medio, las cosas casi nunca se investigan a fondo y casi nunca se resuelven como deberían. El poder tiene la costumbre de hacer que ciertas verdades desaparezcan. Y aquí, como verá, una verdad desapareció.
La tarde transcurrió en apariencia con total normalidad. Risas, conversaciones, copas que iban y venían, el sol de Cuernavaca, la alberca brillando. Una de tantas tardes de domingo entre gente conocida. Nada hacía presagiar la tragedia. En algún momento, según algunas versiones, el joven Rafael Romero Sánchez se apartó del grupo y se dirigió hacia la piscina. Se separó de los demás. Y a partir de ahí, todo se volvió niebla, contradicción, silencio. Lo siguiente que se sabe con certeza, lo único que quedó registrado de forma indiscutible, es que Rafael Romero Sánchez estaba muerto. Sin vida. En la casa de una de las mujeres más famosas, más bellas y más señaladas de todo México. Un hombre de 29 años, lleno de vida, conectado con el poder, muerto de repente en una fiesta de domingo.
¿Qué pasó en esos minutos en los que se separó del grupo? Esa es la pregunta de los 60 millones, la que nunca tuvo respuesta.
La primera versión, la que se ofreció de inmediato, la oficial, fue la más sencilla y la más cómoda para todos: se ahogó. Un accidente. Se metió a la alberca. Quizá había bebido, algo salió mal y se ahogó. Punto final. Un trágico pero simple accidente en una fiesta. Una desgracia. Caso cerrado. Nada que investigar. Una pena enorme y a otra cosa. Pero entonces llegó la autopsia. Y la autopsia hizo saltar por los aires esa versión cómoda y sencilla del accidente. Porque cuando los forenses examinaron a fondo el cuerpo del joven, no encontraron lo que tendría que encontrar el cuerpo de un hombre que se ha ahogado nadando tranquilamente. Encontraron algo completamente distinto, algo que hiela la sangre, algo que no encaja de ninguna manera.
Encontraron una fractura de cráneo. El cráneo roto. Encontraron el hígado reventado, estallado por dentro, como por un golpe de una violencia tremenda. Encontraron golpes y lesiones repartidos por todo el cuerpo que no tenían absolutamente ninguna explicación en un simple ahogamiento. Si ese hombre simplemente se hubiera metido al agua a darse un baño, piénselo con frialdad: un ahogado no tiene el cráneo fracturado. Un ahogado no tiene el hígado estallado. Un ahogado no tiene el cuerpo lleno de golpes. Esas no son lesiones de agua. Esas son lesiones de violencia, de impacto brutal, de una golpiza salvaje o de una caída tremenda desde algún sitio. El cuerpo de ese joven contaba una historia muy distinta a la del accidente en la alberca.
Y hay un detalle todavía más escalofriante, el más revelador de todos, el que lo cambia absolutamente todo. Según se reportó en su momento, no había agua en sus pulmones. Ni una gota. Deténgase aquí un momento, porque esta es la pieza clave de todo el rompecabezas. Si una persona muere ahogada, ¿qué es lo que tiene en los pulmones? Agua, por fuerza. Es la definición misma de morir ahogado. El agua entra en los pulmones, los llena, y la persona ya no puede respirar y muere asfixiada. Es física pura, es biología. Quien muere ahogado muere con los pulmones llenos de agua. Siempre. Pero si en los pulmones de este hombre no había agua, entonces la conclusión es tan simple como estremecedora y no hay forma de escaparse de ella: ese hombre no murió ahogado. No se ahogó. Es imposible. Probablemente ya estaba muerto, o agonizando en sus últimos momentos, antes de tocar siquiera el agua de esa alberca. Su cuerpo no se hundió luchando por respirar, no tragó agua peleando por su vida. Su cuerpo fue a parar al agua después, ya golpeado, ya destrozado por dentro, ya sin vida o casi. La alberca no fue la causa de su muerte. La alberca fue, como mucho, el escenario donde apareció el cuerpo. Quizá el lugar elegido para disimular. La muerte vino de otra parte. La muerte vino de los golpes.
Eso es lo que dice, fría e implacablemente, la autopsia. Y por si todo esto fuera poco, todavía hay más. Un periodista de la época, Jorge Herrera del diario La Prensa, reveló que la casa presentaba claros signos de violencia. ¿Qué significa eso exactamente? Sillas rotas. Botellas hechas pedazos por el suelo. Destrozos. Como si en aquel salón, en algún momento de esa tarde, antes de que ese hombre apareciera muerto en la alberca, se hubiera librado una pelea brutal, una trifulca, una batalla campal. Muebles volcados, vidrios esparcidos, el desorden del caos. La escena que describe ese periodista no es ni de lejos la de una fiesta tranquila que termina en un accidente desafortunado. Es la escena de algo que se salió completamente de control, la escena de una violencia que estalló de repente entre aquellas cuatro paredes y que dejó su rastro por todas partes.
Piénselo. Una cosa es un hombre que, habiendo bebido, se mete a nadar y sufre un accidente en el agua. En ese caso, la casa estaría normal, intacta, una fiesta cualquiera. Pero aquí la casa estaba destrozada: sillas rotas, botellas reventadas. Eso no lo provoca un accidente en una alberca. Eso lo provoca una pelea, un enfrentamiento físico, una pelea de las de verdad, de las que acaban mal. Y si usted junta la casa destrozada con el cuerpo lleno de golpes, el cráneo roto, el hígado estallado y la ausencia de agua en los pulmones, la imagen que se forma en su cabeza no es la de un accidente. Es la de algo mucho, mucho más oscuro. Pero insisto: eso es lo que la imagen sugiere. Lo que de verdad pasó, nadie lo probó nunca.
Ahora júntelo todo en su cabeza, pieza por pieza, como si usted fuera el detective de este caso, como si tuviera el expediente abierto sobre la mesa. Un hombre joven, conectado por matrimonio con un expresidente de México, muere en una fiesta privada un domingo por la tarde. La versión oficial dice que se ahogó tranquilamente en la alberca. Pero su autopsia revela cráneo fracturado, hígado reventado y golpes por todo el cuerpo. No hay agua en sus pulmones, lo que significa que ya estaba muerto antes de entrar al agua. Y la casa está llena de muebles destrozados y botellas rotas, como después de una pelea salvaje. Dime una cosa, con la mano en el corazón: ¿tú te crees que eso fue un simple accidente en la alberca? México en 1965 tampoco se lo tragó. Nadie se lo creyó. Y sin embargo, oficialmente nunca pasó nada. Nadie pagó. Nadie respondió. El caso se enterró junto con el muerto.
El escándalo fue absolutamente monumental, de los que paralizan a un país entero. El nombre de Ana Luisa Pelufo, la mujer del desnudo, la mujer ya marcada y señalada por todos, quedó ahora atado para siempre a un cadáver y a un misterio sin resolver. La que ya era la escandalosa pasó a ser además la mujer del muerto. Los periódicos se llenaron de titulares. Las especulaciones corrían de boca en boca por todo México. Todo el mundo tenía una teoría, todo el mundo opinaba. Pero la investigación oficial nunca llegó a ninguna parte. Nunca se quedó en nada. ¿La razón? Los testimonios de los presentes se contradecían unos a otros de forma flagrante, imposible de reconciliar. Cada quien contaba una cosa distinta.
El propio padre de Ana Luisa salió públicamente a defender a su hija, diciendo que allí no había habido ninguna pelea, que el joven probablemente había sufrido un simple accidente mientras nadaba. Fíjese qué giro: el mismo padre que años atrás la había reprendido por el desnudo ahora salía a dar la cara por ella ante el país. Otro de los invitados presentes aquella tarde, un hombre llamado Jorge Luis Navarro, ofreció una explicación completamente distinta y muy conveniente: dijo que entre los presentes habían intentado darle primeros auxilios al joven sin tener la menor idea de cómo hacerlo, y que quizá esos intentos torpes, bruscos y desesperados de reanimarlo a la fuerza le habían causado, sin querer, las lesiones que después aparecieron en la autopsia. O sea, según esa versión, los golpes no eran de una paliza, sino de una reanimación mal hecha. Y por si fuera poco, hasta se citó a un médico forense que explicó, muy técnico, que si una persona se lanza al agua y se golpea al mismo tiempo, el líquido va al estómago y no a los pulmones, lo cual explicaría por qué no se encontró agua dentro de los pulmones sin que eso significara necesariamente un asesinato.
¿Se da cuenta de lo que pasó ahí? Para cada dato incriminatorio apareció rápidamente una explicación alternativa. El cráneo roto y el hígado estallado: primeros auxilios mal hechos, dijeron. No había agua en los pulmones: un tecnicismo del golpe en el agua, dijeron. Los muebles rotos: bueno, de eso mejor no se habló mucho. Versiones y más versiones, unas encima de otras, cada una tapando un agujero. Unas apuntaban claramente a un crimen, a una golpiza mortal encubierta. Otras insistían convenientemente en el accidente desgraciado. Y entre tanta versión contradictoria, tantos intereses cruzados, tantos apellidos poderosos y tantos silencios comprados o regalados, la verdad real y única de lo que pasó aquella tarde de domingo se perdió para siempre en la niebla. Se esfumó. Nadie volvió a hablar del tema en serio. El caso simplemente se dejó morir.
Ana Luisa Pelufo nunca fue acusada formalmente de nada. Que esto quede totalmente claro. Nunca fue a juicio por esta muerte. Nunca se le imputó legalmente ningún delito. Nunca un tribunal la señaló como responsable de nada ante la ley. Fue siempre una mujer inocente, la dueña de una casa donde ocurrió una tragedia inexplicable. Pero ya sabemos cómo funciona el mundo, y más el mundo del espectáculo. El daño a su nombre ya estaba hecho, y ese daño no lo borra ninguna sentencia. Su nombre quedó manchado por la sospecha, por el rumor, por la sombra. La mujer que ya cargaba sobre sus hombros con el estigma del desnudo ahora cargaba además con la sombra de un hombre muerto a golpes en su jardín. Para una buena parte del público, Ana Luisa Pelufo dejó de ser solamente la escandalosa para convertirse en algo todavía más turbio y más inquietante: la mujer misteriosa en cuya casa un hombre conectado con el poder había muerto de forma violenta, sin que nadie supiera jamás, ni hasta el día de hoy, por qué ni a manos de quién.
El Archivo no afirma que en esa casa se cometiera un asesinato. El Archivo no señala con el dedo a nadie, ni a Ana Luisa ni a ningún invitado de aquella tarde, porque la justicia nunca lo hizo y no nos corresponde a nosotros, sesenta años después, hacer lo que los tribunales no hicieron. El Archivo no es un juez. El Archivo solo registra con frialdad y con respeto lo que quedó documentado en la prensa y en los reportes de la época: que un hombre joven entró vivo a esa casa y salió muerto; que la autopsia no cuadraba de ninguna manera con un simple ahogamiento; que había claros signos de violencia por toda la casa; que el muerto tenía vínculos de sangre con una familia presidencial; y que la justicia mexicana nunca, en más de sesenta años, fue capaz o quiso resolver qué pasó realmente aquella tarde de domingo de junio. Esos son los hechos. Lo demás, lo que cada uno concluya, queda en la conciencia de cada quien. Ese caso sigue abierto sin respuesta, sin culpables, en el gran archivo negro de los misterios sin resolver de México. Uno más de esos casos en los que el poder, el dinero y los apellidos importantes parecieron pesar más que la verdad.
Pasaron los años. Pasaron las décadas. Y Ana Luisa Pelufo, contra todo pronóstico, contra todos los que la habían dado por acabada, sobrevivió a todo. Sobrevivió al escándalo monumental del desnudo. Sobrevivió al misterio negro de la muerte en su casa. Sobrevivió a los divorcios, a los señalamientos, a las habladurías, a las épocas en que el Cine de Oro se apagó y tantas de sus compañeras quedaron en el olvido, arrinconadas, sin trabajo, viviendo de los recuerdos. Ana Luisa no. Ana Luisa siguió trabajando, y mucho. Siguió de pie cuando muchas otras cayeron. Porque hay algo que hay que reconocerle a esta mujer, algo admirable: era una trabajadora incansable, una luchadora nata. No se quedó anclada y amargada en el escándalo de los años cincuenta, llorando por lo que pudo ser. Se reinventó una y otra vez, tantas veces como hizo falta.
Cuando el Cine de Oro cambió y se apagó, ella se pasó a la televisión sin complejos. Y ahí, en las telenovelas, encontró una segunda, una tercera, hasta una cuarta vida profesional. Generaciones enteras de mexicanos que ni siquiera habían nacido cuando ella hizo aquel desnudo de 1955 la conocieron y la quisieron como actriz de telenovelas queridísimas, de esas que paraban al país entero. Marimar, María Isabel, Lazos de amor, Soñadoras, Carita de ángel, Contra viento y marea. Niños, madres, abuelas, familias enteras la vieron en la pantalla de su casa cada tarde, sin saber muchos de ellos que aquella señora elegante y distinguida que hacía de villana o de abuela había sido décadas atrás la mujer que escandalizó a México entero enseñando su cuerpo. También trabajó en el famoso programa Mujer, casos de la vida real e incluso en Mujeres asesinas. Su última aparición en pantalla fue en una serie en el año 2014, cuando ya tenía 85 años. Échele la cuenta: más de seis décadas de carrera ininterrumpida. Más de doscientas películas, incontables telenovelas y programas. Poquísimas, contadísimas figuras del espectáculo mexicano han durado tanto tiempo en activo y se han sabido reinventar tantas veces como ella. Esa es la marca de una verdadera superviviente.
Y aquí hay algo precioso, una especie de justicia poética en la vida de Ana Luisa. La mujer que en los años cincuenta fue condenada por las familias, por las madres, por las abuelas conservadoras que la veían como una amenaza a la moral, esa misma mujer décadas después entró en los hogares de esas mismas familias cada tarde, querida y respetada como una actriz más, como parte de la familia televisiva de México. Las abuelas que de jóvenes la criticaron, de viejas la veían en las telenovelas y le tenían cariño. Los hijos y nietos de quienes la señalaron crecieron viéndola en la pantalla sin prejuicio ninguno. El tiempo, que todo lo cura y todo lo pone en su sitio, le fue dando poco a poco lo que la sociedad de 1955 le había negado: respeto, cariño, un lugar. Y ella, con su trabajo constante, sin rencores, se lo fue ganando día a día, papel a papel, década a década. Esa es quizá la venganza más dulce y más elegante: que el mismo país que te condenó termine queriéndote, simplemente porque tú nunca dejaste de trabajar y de ser tú misma.
El 4 de marzo de 2026, a los 96 años de edad, Ana Luisa Pelufo falleció en su rancho de Tepatitlán de Morelos, Jalisco. Según el comunicado que su propia familia compartió para despedirla, murió en paz, con serenidad, rodeada de cuidado y, escuche bien esto, cercana a su hijo, su hijo Martín Luis. El amor que sí se quedó. El único que no la abandonó nunca. El que estuvo ahí en el último instante tomándole la mano. La familia pidió respeto y agradeció el cariño de toda la gente que durante tantos años apreció su trabajo y su compañía.
Deténgase y piense en el viaje completo de esta vida, porque es de novela, de esas que ni el mejor guionista se atrevería a inventar. La muchacha del agua de Querétaro, la nadadora, la sirena de Chapultepec, la que escandalizó a México entero enseñando su cuerpo y nunca jamás se arrepintió de ello. La que fue señalada en la calle y reprendida hasta por su propio padre. La del cadáver misterioso y la autopsia imposible en su jardín de Cuernavaca, el caso que nunca se resolvió. La de los maridos que entraban y salían de su vida buscando siempre un amor que durara y que se le escapaba. La que cargó durante más de medio siglo sobre sus propios hombros con el peso aplastante de ser “la escandalosa”, “la del muerto”, “la mujer peligrosa”. Y al final de todo ese camino larguísimo y tormentoso, lleno de ruido, de tempestades, de juicios y de sombras, ¿cómo termina la historia? Termina en la calma más absoluta de un rancho en Jalisco. En paz. Con serenidad. Rodeada de los suyos. Acompañada por el amor fiel y constante de su hijo. Termina en silencio, en sosiego, en dignidad. Como si la vida, después de zarandearla sin piedad durante casi cien años, después de ponerla en el centro de todas las tormentas, por fin al final del todo se hubiera apiadado de ella y la hubiera dejado descansar tranquila. Como si le hubiera concedido en el último acto de la obra la paz que le había negado durante toda la función.
Hay algo profundamente conmovedor en eso. Que la mujer más ruidosa, más comentada, más juzgada del cine mexicano terminara su vida en el más absoluto y merecido silencio, en paz consigo misma y con los suyos. La tormenta al fin amainó. Y Ana Luisa pudo por fin descansar.


