EL CRÁNEO FRACTURADO Y EL HÍGADO REVENTADO NO CABÍAN EN LA VERSIÓN DEL AHOGADO
EL CRÁNEO FRACTURADO Y EL HÍGADO REVENTADO NO CABÍAN EN LA VERSIÓN DEL AHOGADO
Era domingo. 27 de junio de 1965. Cuernavaca, Morelos. Una casa llena de invitados, risas, alcohol, una alberca brillando bajo el sol. Un joven de 29 años entró vivo. Salió muerto. La versión oficial dijo que se ahogó. Pero cuando los forenses abrieron su cuerpo, encontraron algo que nadie supo explicar: cráneo fracturado, hígado reventado, golpes por todo el cuerpo, y ninguna gota de agua en los pulmones. En la sala, sillas rotas y botellas hechas pedazos. Como si allí dentro se hubiera librado una batalla a muerte. La dueña de esa casa era una de las mujeres más bellas, más deseadas y más escandalosas del cine mexicano: Ana Luisa Pelufo. La misma que once años antes se había atrevido a hacer lo que ninguna mexicana había hecho jamás frente a una cámara: desnudarse. Escandalizó a un país entero. La señalaron en la calle. La reprendió su propio padre. Y luego, en su jardín, apareció un cadáver que la justicia nunca pudo aclarar. Sesenta años después, Ana Luisa Pelufo murió a los 96 años en un rancho de Jalisco, en paz, acompañada de su hijo, llevándose a la tumba la única verdad sobre lo que ocurrió aquella tarde. Este es el expediente completo. Abre los ojos.
Ana Luisa de Jesús Quintana Paz Pelufo nació en Querétaro en 1929. Muchacha de provincia, sí, pero con algo que la separaba del resto desde muy joven: una belleza que detenía el tráfico y un cuerpo de atleta, fuerte y armonioso. Porque antes de ser actriz, antes de las cámaras y los escándalos, Ana Luisa fue nadadora y bailarina acuática. Formó parte del ballet acuático del Club Deportivo Chapultepec. Espectáculos de natación sincronizada que en aquella época eran la última moda, la elegancia hecha deporte. Imagínatela: joven, hermosísima, deslizándose por el agua con una gracia y una coordinación que parecían imposibles. Como una sirena de verdad. Esa disciplina del agua, ese control absoluto del cuerpo, esa naturalidad con la que se movía sin pudor delante de la gente en traje de baño —cuando otras muchachas se morían de vergüenza— marcó profundamente todo lo que vino después. Porque una niña que aprende desde pequeña a usar su cuerpo como un instrumento de arte, a exhibirse con orgullo y sinvergüenza ante un público, a no esconderse, es una niña que de mayor no le va a tener miedo a las cámaras, ni a los prejuicios, ni al “qué dirán”. Ahí, en aquella alberca de Chapultepec, entre brazadas y piruetas acuáticas, ya estaba naciendo, sin que nadie lo supiera, la mujer que años después iba a romper todos los moldes de México de un solo golpe.
Fue justamente el ballet acuático lo que le abrió la primera puerta. Una puerta que la llevó al teatro en Estados Unidos y de ahí al cine. Su debut llegó en 1948. Y fíjate qué curioso: fue en una película de Hollywood, “Tarzán y las sirenas”. Una mexicana de Querétaro con un papelito en una producción estadounidense. No cualquiera lograba eso en aquella época. Para una muchacha mexicana de los años cuarenta, poner un pie en Hollywood —aunque fuera en un papel pequeño— era casi un milagro. Una hazaña. Eso te dice el tipo de mujer que era Ana Luisa: ambiciosa en el buen sentido, valiente, dispuesta a ir donde fuera con tal de perseguir su sueño. Al año siguiente, en 1949, debutó en el cine mexicano con “La venenosa”. El título ya lo decía todo: venenosa, peligrosa, una belleza de la que había que cuidarse. Como si desde el primer momento el cine mexicano hubiera intuido lo que esta mujer iba a representar para el país: el peligro, la tentación, lo prohibido. México empezaba a fijarse en aquella muchacha del agua, y ya no la iba a soltar nunca. Para bien y para mal.
Para entender el drama que viene después, tienes que meterte en la cabeza del México de los años cincuenta. Un país profundamente católico, profundamente conservador. Donde una mujer tenía un papel muy claro y muy estrecho, marcado desde que nacía: ser recatada, ser decente, ser madre y esposa. Casarse virgen. Obedecer. Y sobre todo, no llamar la atención, no destacar, no salirse jamás del molde. La mujer que se atrevía a ser diferente, a pensar por sí misma, a vivir su vida en sus propios términos, era inmediatamente señalada. Juzgada y condenada por todos: por la Iglesia desde el púlpito, por los vecinos en los chismes, por la prensa en sus páginas, por la familia en casa. En ese México, el cuerpo de la mujer era casi un tabú. Algo sucio. Algo que se escondía bajo capas y capas de ropa. Algo de lo que no se hablaba ni en voz baja. Las mujeres decentes se cubrían de pies a cabeza. Las que mostraban un poco más —las que se atrevían— eran “perdidas”, “fáciles”, “mujeres de la calle”. Así de simple, así de cruel, así de injusto era el código moral de aquella sociedad. No había término medio. O eras una santa o eras una pecadora. Y en ese México asfixiante y juzgador, Ana Luisa Pelufo iba a hacer lo impensable. Lo que ninguna mujer antes que ella se había atrevido siquiera a imaginar.
Ana Luisa Pelufo tiene 26 años. Un productor, Pedro Calderón, le ofrece el papel protagónico de una película llamada “La fuerza del deseo”, dirigida por Miguel M. Delgado —el mismo director que trabajaba con Cantinflas. El papel: una modelo, una mujer pobre con un hijo enfermo del corazón que, para sobrevivir y pagar las medicinas de su niño, no tiene más remedio que posar desnuda para un pintor. Fíjate qué detalle tan conmovedor. El personaje no se desnuda por vicio ni por dinero fácil. Se desnuda por amor a su hijo enfermo, por desesperación de madre. Un papel dramático, desgarrador, profundamente humano. Y la película pedía algo que en México nunca jamás en toda su historia se había hecho: que la actriz mostrara su cuerpo desnudo frente a la cámara. Piensa en la valentía —o en la locura, según se mire— que hacía falta para aceptar ese papel. Ninguna mujer lo había hecho antes. Ninguna, ni una sola. Ana Luisa Pelufo iba a ser la primera persona, hombre o mujer, en aparecer desnuda en toda la historia del cine mexicano. Estaba a punto de cruzar una línea de la que no había marcha atrás. Una línea que la marcaría para el resto de su vida y para la eternidad.
Sabía perfectamente lo que le esperaba. Sabía que la iban a señalar con el dedo, que la iban a juzgar sin piedad, que su nombre quedaría atado a ese desnudo para siempre. Y aún así, con 26 años, miró a la cara a todo aquel México conservador que la iba a condenar y dijo que sí. Aceptó. Se atrevió. Imagina por un momento esa decisión. Una muchacha de 26 años en 1955, sola, teniendo que decidir si acepta o no el papel que va a cambiar su vida para siempre. Por un lado, la oportunidad de protagonizar una película, de demostrar su talento, de hacer historia. Por el otro, la certeza absoluta de que media sociedad la iba a tratar como una “perdida”, que la iban a insultar por la calle, que iba a manchar su nombre y el de su familia. Cualquier otra muchacha de su época habría salido corriendo. Habría dicho que no. Habría elegido la seguridad y el anonimato. Pero Ana Luisa no era cualquier muchacha. Tenía algo dentro: una libertad, una valentía, una fe en sí misma y en el arte que la empujó a cruzar esa puerta sabiendo el precio que iba a pagar. La película se estrenó el 22 de julio de 1955. Y México entero estalló. Como una olla a presión. En la escena, su personaje descubría su cuerpo de la cintura para arriba ante el pintor. Para nosotros hoy, acostumbrados a ver de todo en cualquier pantalla a cualquier hora, puede parecer una nimiedad. Pero tienes que meterte de lleno en la cabeza del México de 1955 para entender la magnitud del terremoto. Nunca antes, jamás en toda la historia del cine nacional, se habían visto los senos de una mujer en una pantalla de cine mexicana. Nunca. Fue como si alguien hubiera roto de un martillazo un tabú milenario delante de todo el país.
Las familias se escandalizaban y salían indignadas de las salas —algunas a mitad de la película— tapándoles los ojos a los más jóvenes. La prensa enloqueció por completo. Llenó páginas y páginas durante semanas. Los sectores más conservadores y la jerarquía religiosa pusieron el grito en el cielo. Lanzaron condenas, sermones, advertencias sobre la perdición de las costumbres. La llamaron de todo lo malo que te puedas imaginar: inmoral, mujer perdida, corruptora de la juventud, vergüenza nacional. Pero aquí viene el detalle que más duele, el más humano y más triste de todos. ¿Sabes quién fue una de las personas que la reprendió por aquel desnudo? Su propio padre. El hombre que se supone que más debía protegerla, defenderla y quererla, pase lo que pase, también la señaló, también la regañó, también sintió —y le hizo sentir— la vergüenza que la sociedad decía que ambos debían sentir. Ana Luisa contó años después que en la calle la gente le hacía reclamos abiertamente, la miraba con desprecio, le decía cosas hirientes a la cara. Imagínate el peso aplastante de eso: no solo el país entero juzgándote y condenándote en público, sino también tu propia casa, tu propia sangre, tu propio padre dándote la espalda. Una muchacha de 26 años cargando completamente sola con el repudio de toda una nación y encima con el reproche del hombre que más debería haberla amado incondicionalmente. Pocas soledades hay más duras que esa. Pero Ana Luisa Pelufo nunca se arrepintió. Ni una sola vez en toda su vida. Defendió su decisión con la cabeza alta hasta su último día. Dijo siempre, una y otra vez, que había sido un acto artístico, profesional, estético, digno. Que no había absolutamente nada de qué avergonzarse en el cuerpo humano ni en el arte que lo representa. En un México que la quería ver arrepentida, llorando, humillada, pidiendo perdón de rodillas ante la sociedad y ante la iglesia, Ana Luisa Pelufo hizo justo lo contrario: levantó la barbilla, miró de frente y dijo: “En esencia, lo volvería a hacer mil veces”. Esa mujer, en 1955, con apenas 26 años y sola contra todos, fue más valiente, más libre y más moderna que la sociedad entera que la rodeaba y la juzgaba. Iba sesenta, setenta años por delante de su tiempo.
Detrás de la mujer más deseada de México había una mujer que, como todas, como cualquiera, buscaba simplemente el amor. Y aquí la historia se vuelve más íntima, más humana y también, hay que decirlo, más triste. Ana Luisa Pelufo se casó varias veces a lo largo de su vida. Según distintas crónicas, fueron cuatro; según otras versiones, hasta seis matrimonios. Un hombre tras otro. Buscó el amor una y otra vez con la misma intensidad y la misma entrega con la que se metía en sus papeles. Se casó con Labib Hadad, después con el actor Octavio Arias, más tarde con el cantante Carlos Montiel —con quien tuvo a su gran tesoro, a lo más importante de toda su vida: su hijo Martín Luis—. Y después, tras un tiempo a solas, volvió a casarse con el empresario Carlos Cerro. Matrimonio tras matrimonio. Ilusión tras ilusión. Intento tras intento. Cada uno de esos matrimonios fue, en su momento, una historia de amor de verdad. Con su ilusión, sus planes de futuro, sus sueños compartidos. Ana Luisa no se casaba a la ligera. No jugaba con el amor. Cada vez que dijo “sí, quiero”, lo dijo creyéndolo. Lo dijo con el corazón. Lo dijo pensando que esta vez sí, que este era el bueno, que este se quedaría para siempre. Y cada vez que un matrimonio se rompía, no era un trámite frío: era un duelo, una pérdida, un pedazo de corazón que se quedaba en el camino.
Imagínate la montaña rusa emocional de toda una vida así: la euforia del enamoramiento, la esperanza de la boda, la construcción de una vida juntos, y después el desgaste, las grietas, el desencanto, finalmente la ruptura y la soledad otra vez. Y vuelta a empezar. Una y otra vez. Hace falta un corazón muy fuerte —o muy terco— para seguir creyendo en el amor después de tantos golpes. Detente un momento a pensar en lo que eso significa de verdad, más allá de la lista de nombres. Una mujer que se casa una y otra vez no es, como algunos malintencionados dirían, una mujer que no sabe amar o que no le importa el compromiso. Es casi siempre todo lo contrario: es una mujer que cree en el amor con toda su alma, que lo busca con una esperanza que no se apaga nunca, que cada vez que se le rompe uno entre las manos vuelve a levantarse y a intentarlo de nuevo, porque se niega en redondo a rendirse y a entregarse a la soledad. Y fíjate en la ironía tremenda, casi cruel, que recorre toda su vida. En la pantalla, Ana Luisa Pelufo era el deseo hecho mujer. Era la fantasía de millones de hombres en todo México. Carteles con su rostro en cada cine, su nombre en las marquesinas con letras enormes. Pero en su casa, en su vida real, lejos de los reflectores, el amor verdadero —el que dura, el que se queda, el que te acompaña en la enfermedad y en la vejez— se le escapaba una y otra vez entre los dedos. Era deseada por un país entero y al mismo tiempo le costaba encontrar a un solo hombre que se quedara para siempre a su lado. Esa es una soledad muy particular y muy dolorosa: la del que es adorado por multitudes anónimas y sin embargo echa de menos una mano que apretar en la cama vacía de la madrugada. Porque la fama, los aplausos, la admiración de los desconocidos, todo eso llena los teatros, llena los titulares, pero no llena la almohada de al lado.
Lo único que de verdad le quedó —lo único que permaneció absolutamente constante a lo largo de toda su vida en medio de todos los matrimonios que iban y venían— fue su hijo Martín Luis. Ese vínculo sí fue para siempre. Ese amor sí fue de los que no se rompen. Guárdate bien este dato, grábatelo, porque al final de esta historia vas a entender por qué importa tanto. Cuando Ana Luisa Pelufo murió hace apenas unos meses, murió acompañada precisamente de su hijo. El amor de pareja fue y vino como las olas. Los maridos entraron y salieron de su vida. Las pasiones se encendieron y se apagaron. Pero el amor de madre se quedó firme hasta el último aliento, hasta el último latido. Martín Luis, el hijo que estuvo ahí cuando ya no quedaba nadie más. El amor que no la abandonó jamás.
Ahora sí. Prepárate porque llegamos a la parte más oscura, más misteriosa y más estremecedora de toda esta historia. Domingo 27 de junio de 1965. La residencia de Ana Luisa Pelufo en Cuernavaca, Morelos. Una reunión social. Una de esas tardes de fin de semana con invitados, charla, juegos, alberca y alcohol corriendo. Cuernavaca era —y sigue siendo— el lugar de descanso de la gente acomodada de la capital, el sitio donde los famosos y los poderosos iban a relajarse lejos de las miradas. Entre los invitados de aquella tarde estaba un hombre llamado Rafael Romero Sánchez (aunque su verdadero nombre era Arturo Cal Sánchez). Tenía 29 años. Era periodista y había sido novillero. Joven, atractivo, se movía en los círculos del espectáculo y la sociedad. Y tenía un detalle que lo hacía especialmente delicado: estaba casado —aunque separado— con Gloria Ávila Richardi, que era nada menos que sobrina del expresidente de México, Manuel Ávila Camacho. O sea, este joven tenía lazos directos, lazos de sangre política, con una de las familias más poderosas del país. Con una familia presidencial. Grábate bien ese dato, subráyalo en tu cabeza, porque la experiencia enseña una cosa muy triste: cuando un caso toca al poder, cuando hay apellidos importantes de por medio, las cosas casi nunca se investigan a fondo, y casi nunca se resuelven como deberían. El poder tiene la costumbre de hacer que ciertas verdades desaparezcan.
La tarde transcurre en apariencia con total normalidad. Risas, conversaciones, copas que van y vienen. El sol de Cuernavaca, la alberca brillando. Nada hacía presagiar la tragedia. En algún momento de esa tarde, según algunas versiones, el joven se aparta del grupo y se dirige hacia la piscina. Se separa de los demás. Y a partir de ahí, todo se vuelve niebla, contradicción, silencio. Lo siguiente que se sabe con certeza —lo único que queda registrado de forma indiscutible— es que Rafael Romero Sánchez está muerto sin vida en la casa de una de las mujeres más famosas, más bellas y más señaladas de todo México. Un hombre de 29 años, lleno de vida, conectado con el poder, muerto de repente en una fiesta de domingo. La primera versión, la que se ofrece de inmediato, la oficial, es la más sencilla y la más cómoda para todos: se ahogó. Un accidente. Se metió a la alberca. Quizá había bebido, algo salió mal y se ahogó. Punto final. Un trágico pero simple accidente en una fiesta. Una desgracia. Caso cerrado. Nada que investigar. Pero entonces llega la autopsia. Y la autopsia hace saltar por los aires esa versión cómoda. Porque cuando los forenses examinan a fondo el cuerpo del joven, no encuentran lo que tendría que encontrar el cuerpo de un hombre que se ha ahogado nadando tranquilamente. Encuentran algo completamente distinto, algo que hiela la sangre: una fractura de cráneo. El cráneo roto. El hígado reventado, estallado por dentro como por un golpe de una violencia tremenda. Golpes y lesiones repartidos por todo el cuerpo que no tienen absolutamente ninguna explicación en un simple accidente en el agua. Un ahogado no tiene el cráneo fracturado. Un ahogado no tiene el hígado estallado. Un ahogado no tiene el cuerpo lleno de golpes. Esas no son lesiones de agua. Son lesiones de violencia, de impacto brutal, de una golpiza salvaje o de una caída tremenda desde algún sitio. Y hay un detalle todavía más escalofriante, el más revelador de todos: según se reportó en su momento, no había agua en sus pulmones. Ni una gota. Si una persona muere ahogada, ¿qué es lo que tiene en los pulmones? Agua, por fuerza. Es la definición misma de morir ahogado. Quien muere ahogado muere con los pulmones llenos de agua, siempre. Pero si en los pulmones de este hombre no había agua, entonces la conclusión es tan simple como estremecedora: ese hombre no murió ahogado. Es imposible. Probablemente ya estaba muerto o agonizando antes de tocar siquiera el agua de esa alberca. Su cuerpo fue a parar al agua después, ya golpeado, ya destrozado por dentro, ya sin vida. La alberca no fue la causa de su muerte. Fue como mucho el escenario donde apareció el cuerpo, quizá el lugar elegido para disimular.
Y por si todo esto fuera poco, todavía hay más. Un periodista de la época, Jorge Herrera del diario La Prensa, reveló que la casa presentaba claros signos de violencia. Sillas rotas. Botellas hechas pedazos por el suelo. Destrozos como si en aquel salón, en algún momento de esa tarde, se hubiera librado una pelea brutal, una trifulca, una batalla campal. Muebles volcados, vidrios esparcidos. El desorden del caos. La escena que describe ese periodista no es ni de lejos la de una fiesta tranquila que termina en un accidente desafortunado. Es la escena de algo que se salió completamente de control, de una violencia que estalló de repente entre aquellas cuatro paredes y que dejó su rastro por todas partes. Si juntas la casa destrozada con el cuerpo lleno de golpes, el cráneo roto, el hígado estallado y la ausencia de agua en los pulmones, la imagen que se forma en tu cabeza no es la de un accidente. Es la de algo mucho, mucho más oscuro. Pero —y esto es importantísimo— la investigación oficial nunca llegó a ninguna parte. Nunca se quedó en nada. Los testimonios de los presentes se contradecían unos a otros de forma flagrante. Cada quien contaba una cosa distinta. El propio padre de Ana Luisa salió públicamente a declarar a defender a su hija, diciendo que allí no había habido ninguna pelea. Otro invitado ofreció una explicación conveniente: que los golpes eran de intentos torpes de reanimación. Hasta se citó a un médico forense que explicó que, si una persona se golpea al lanzarse al agua, el líquido va al estómago y no a los pulmones. Para cada dato incriminatorio apareció rápidamente una explicación alternativa. Versiones y más versiones, unas encima de otras, cada una tapando un agujero. Y entre tantos intereses cruzados, tantos apellidos poderosos y tantos silencios, la verdad —la verdad real y única de lo que pasó aquella tarde de domingo— se perdió para siempre en la niebla. Ana Luisa Pelufo nunca fue acusada formalmente de nada. Nunca fue a juicio por esta muerte. Nunca se le imputó legalmente ningún delito. Pero el daño a su nombre ya estaba hecho. La mujer que ya cargaba con el estigma del desnudo cargaba además con la sombra de un hombre muerto a golpes en su jardín.
Pasaron los años. Pasaron las décadas. Y Ana Luisa Pelufo, contra todo pronóstico, contra todos los que la habían dado por acabada, sobrevivió a todo. Sobrevivió al escándalo del desnudo. Sobrevivió al misterio de la muerte en su casa. Sobrevivió a los divorcios, a los señalamientos, a las habladurías. Cuando el cine de oro se apagó y tantas de sus compañeras quedaron en el olvido, arrinconadas, sin trabajo, viviendo de los recuerdos, Ana Luisa no. Ana Luisa siguió trabajando. Mucho. Siguió de pie cuando muchas otras cayeron. Porque hay algo que hay que reconocerle a esta mujer: era una trabajadora incansable, una luchadora nata. No se quedó anclada y amargada en el escándalo de los años cincuenta. Se reinventó una y otra vez, tantas veces como hizo falta. Cuando el cine de oro cambió y se apagó, ella se pasó a la televisión sin complejos. Y ahí, en las telenovelas, encontró una segunda, una tercera, hasta una cuarta vida profesional. Generaciones enteras de mexicanos que ni siquiera habían nacido cuando ella hizo aquel desnudo de 1955 la conocieron y la quisieron como actriz de telenovelas queridísimas: “Marimar”, “María Isabel”, “Lazos de amor”, “Soñadoras”, “Carita de ángel”, “Contra viento y marea”. Niños, madres, abuelas, familias enteras la vieron en la pantalla de su casa cada tarde, sin saber muchos de ellos que aquella señora elegante y distinguida que hacía de villana o de abuela había sido décadas atrás la mujer que escandalizó a México entero enseñando su cuerpo. Su última aparición en pantalla fue en una serie en el año 2014, cuando ya tenía 85 años. Más de seis décadas de carrera ininterrumpida. Más de 200 películas. Incontables telenovelas y programas. Poquísimas figuras del espectáculo mexicano han durado tanto tiempo en activo y se han sabido reinventar tantas veces como ella.
Hay una justicia poética en la vida de Ana Luisa. La mujer que en los años cincuenta fue condenada por las familias, por las madres, por las abuelas conservadoras que la veían como una amenaza a la moral, esa misma mujer décadas después entró en los hogares de esas mismas familias cada tarde, querida y respetada como una actriz más. Las abuelas que de jóvenes la criticaron, de viejas la veían en las telenovelas y le tenían cariño. Los hijos y nietos de quienes la señalaron crecieron viéndola en la pantalla sin prejuicio ninguno. El tiempo, que todo lo cura y todo lo pone en su sitio, le fue dando poco a poco lo que la sociedad de 1955 le había negado: respeto, cariño, un lugar. Y ella, con su trabajo constante, sin rencores, se lo fue ganando día a día, papel a papel, década a década. El 4 de marzo de 2026, a los 96 años de edad, Ana Luisa Pelufo falleció en su rancho de Tepatitlán de Morelos, Jalisco. Según el comunicado que su propia familia compartió para despedirla, murió en paz, con serenidad, rodeada de cuidado y cercana a su hijo. Su hijo Martín Luis. El amor que sí se quedó. El único que no la abandonó nunca. El que estuvo ahí en el último instante tomándole la mano. La mujer que vivió rodeada de escándalo, de polémica, de ruido constante, de señalamientos de un país entero opinando sobre su cuerpo y sobre su vida durante casi un siglo, terminó sus días en completa y absoluta paz. En un rancho. En silencio. En sosiego. En dignidad.
Hay una enseñanza enorme en todo esto. Ana Luisa Pelufo vivió toda su vida siendo juzgada por todo el mundo: por su cuerpo, por sus decisiones, por sus amores, por sus matrimonios, por las sombras y los misterios que la rodearon. Un país entero se sintió con el derecho de opinar sobre ella, de condenarla desde el púlpito y desde la sobremesa, de ponerle etiquetas que ella nunca pidió. Y sin embargo, ella nunca se dobló. Nunca agachó la cabeza. Nunca pidió perdón por ser quien era ni por vivir como quiso vivir. Nunca dejó que el juicio de los demás la definiera ni la destruyera. Llegó a los 96 años habiendo vivido toda su vida en sus propios términos, según sus propias reglas, fiel a sí misma de principio a fin. Y al final de todo, lo que de verdad importó no fueron los escándalos, ni las críticas, ni los titulares, ni las sombras. Lo que importó fue que murió en paz, querida y acompañada por su hijo. Porque al final del camino, ¿qué pesa más? ¿La opinión de toda esa gente que te juzgó, que te criticó, que opinó de tu vida sin saber nada de ti? ¿O la paz de haber sido fiel a ti mismo, de haber vivido según tu propia verdad? Toda esa gente que señaló a Ana Luisa en 1955, todos esos que la insultaron por la calle, todos esos curas que la condenaron desde el púlpito, todos esos que escribieron contra ella en los periódicos, ¿dónde están ahora? Olvidados. Polvo. Nada. Y ella, en cambio, sigue aquí. La seguimos recordando. La seguimos admirando. Seguimos contando su historia. El tiempo le dio la razón. El tiempo siempre se la da a los valientes, a los que se atreven, a los que van por delante. Y se la quita a los que solo supieron juzgar y señalar desde la comodidad de su rebaño. Ana Luisa Pelufo fue una pionera que pagó carísimo con su nombre y con su paz el precio de ir por delante de su tiempo. Fue una mujer libre en un país y en una época que castigaban con saña la libertad de las mujeres. Fue una artista incansable que trabajó hasta los 85 años. Fue la protagonista involuntaria de uno de los misterios sin resolver más oscuros del espectáculo mexicano. Y fue, por encima de todas las cosas, una mujer que vivió en sus propios términos, que no le rindió cuentas a nadie, y que murió después de toda una vida de tormenta finalmente en paz. Que se la recuerde como lo que fue: una adelantada, una valiente, una mujer libre.


