El Compadre Que Ordenó Matar Militares Por 20 Mil Pesos Cada Uno
El Compadre Que Ordenó Matar Militares Por 20 Mil Pesos Cada Uno
El teléfono no dejaba de vibrar. Sobre la mesa, un mapa manchado de café. Afuera, el pueblo de El Grullo comenzaba a escuchar las primeras sirenas. Hugo César Macías Ureña, El Tuli, dejó el auricular y miró a su escolta. No dijo nada. Ambos sabían que el tiempo se había acabado. El hombre que durante años había traducido las órdenes del Mencho en fuego real, el que ofrecía recompensas por cada uniformado asesinado, acababa de entender que esta vez la presa era él.
Cuando la noticia explotó en las redes y en los teléfonos de los periodistas, un solo nombre ocupó cada titular, cada alerta, cada conversación en los mercados y en las comisarías: El Mencho. Nemesio Oseguera Cervantes, el líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, el hombre más buscado de México durante años, había caído en un operativo militar en Tapalpa. La imagen del lugar, con el despliegue de fuerzas especiales, los helicópteros artillados sobrevolando los bosques de pinos, los cuerpos tendidos en el suelo, se convirtió en el símbolo de una jornada que parecía sacada de un guion de narcoserie. Pero los analistas de seguridad, los que miraban más allá del titular grueso, detectaron algo que el público general no alcanzaba a ver. Esa mañana no había muerto solo un capo.
El operativo, diseñado en silencio durante semanas, había sido quirúrgico. Las autoridades no solo localizaron al máximo líder del CJNG en una propiedad de la sierra jalisciense. También desplegaron un cerco que atrapó a varios de los hombres que formaban su círculo más próximo. La magnitud del golpe no se mediría por la cantidad de armas incautadas o de kilos de cocaína asegurados, sino por los nombres que empezaron a aparecer en las listas de abatidos. Dos de esos nombres, hasta entonces desconocidos para el gran público, se convertirían en la clave para entender por qué la reacción del cártel fue tan violenta, pero también tan desesperada. Hugo César Macías Ureña, alias El Tuli o Tulipán, y Rubén Guerrero Baladés, alias El R1 o El Láminas, no eran soldados rasos de una organización criminal. Eran los engranajes que permitían que la máquina siguiera girando después de que el motor se parara.
Los primeros reportes de inteligencia que circularon entre las fuerzas federales en las horas previas al operativo describían un movimiento inusual de vehículos en el corredor entre Tapalpa y El Grullo. Alguien, desde adentro, había ordenado reforzar la seguridad. Pero no era El Mencho. Era El Tuli. A cien kilómetros de distancia, en una casa de seguridad en El Grullo, el compadre y operador de confianza del líder del CJNG había recibido informes de que algo se movía en la sierra. Encendió sus teléfonos. Marcó números que solo sonaban en emergencias. Preguntó, exigió, amenazó. Pero la información que llegó era confusa. Un rumor sobre patrullajes militares. Una avioneta no identificada. Un retén en una carretera secundaria. Nada concreto. Nada que justificara activar la alerta máxima.
El Tuli tomó una decisión que luego pagaría con su vida: decidió esperar. No movería los grupos de choque hasta tener certeza. Esa pausa, esos minutos de duda, fueron la ventana que el Estado aprovechó. Mientras él esperaba, los helicópteros ya estaban sobre Tapalpa. Las fuerzas especiales ya habían rodeado la propiedad. El Mencho ya no tenía salida. Cuando El Tuli finalmente entendió la magnitud de lo que estaba ocurriendo, ya era tarde. El líder había caído. Y la orden que llegó desde el círculo de sobrevivientes fue clara: represalia inmediata. Quemar carreteras. Bloquear ciudades. Atacar cuarteles. Mostrar que el CJNG no se rendía aunque su jefe hubiera muerto.
Hugo César Macías Ureña no era el tipo de capo que sale en las narcomantas con ametralladora al hombro y perlas en el cuello. Era de los que se esconden en la segunda fila de las fotografías, de los que usan apodos que cambian cada seis meses, de los que los servicios de inteligencia tardan años en identificar porque su trabajo no es aparecer, sino hacer que las cosas pasen. Según los expedientes que se filtraron después de su muerte, El Tuli era el nexo logístico entre el Mencho y las células operativas del CJNG en al menos tres estados. Coordinaba el traslado de armamento, supervisaba las rutas de pago a halcones, y en momentos de crisis, como aquel 22 de febrero, se convertía en el cerebro que traducía la furia del cártel en acciones concretas.
Los informes de la Secretaría de Seguridad, retomados por medios como El Financiero, señalaban que El Tuli no solo organizó los bloqueos y los incendios de vehículos que estallaron horas después de la muerte del Mencho, sino que ofrecía recompensas económicas a sus sicarios. La cifra era escalofriante: veinte mil pesos por cada militar asesinado. No millones. No grandes sumas. Veinte mil pesos, el precio de un celular de gama alta, la mensualidad de un departamento modesto, lo que gana un obrero en dos semanas. Ese número delata la lógica perversa del narco: la vida de un soldado, puesta en el mercado negro de la violencia, vale menos que un televisor de pantalla plana. Y El Tuli era el hombre que fijaba esos precios.
Cuando las autoridades lograron ubicarlo en El Grullo, a unos cien kilómetros de Tapalpa, la operación para capturarlo o abatirlo se ejecutó con la misma precisión que la que había acabado con su jefe. Según la versión oficial, El Tuli detectó la presencia militar, intentó huir en un vehículo y abrió fuego contra los elementos. Los soldados respondieron. En el intercambio, El Tuli cayó. Cuando los peritos levantaron el cuerpo, encontraron en el interior del coche no solo armas y cargadores, sino una cantidad significativa de dinero en efectivo: siete millones doscientos mil pesos y novecientos sesenta y cinco mil dólares. La cifra exacta, comunicada en los partes oficiales, revelaba que El Tuli no era un lugarteniente cualquiera. Era un hombre que manejaba recursos, que financiaba la guerra, que podía sostener una célula criminal durante meses sin depender de nadie.
Imagínelo. Un hombre de unos cuarenta años, de esos que tienen la mirada entrenada para medir distancias y ángulos muertos. Está en una cocina cualquiera de una casa cualquiera en El Grullo. Sobre la mesa, además del mapa y el teléfono, hay una taza de café ya frío y una pistola con el seguro puesto. Escucha un ruido afuera. No es el motor de un vecino. Es un sonido más grave, más coordinado: varios vehículos frenando al mismo tiempo. Se asoma por la ventana. Ve los uniformes. En ese instante, El Tuli no piensa en rendirse. Piensa en la furgoneta estacionada en el patio trasero. Corre hacia ella. Arranca. Sale a la calle de tierra levantando una nube de polvo. Pero los militares ya tienen el perímetro cerrado. Le gritan que se detenga. Él responde con una ráfaga.
Los siguientes segundos son un infierno de ruido, metal y humo de pólvora. El parabrisas se agrieta en varios puntos. El olor a cordita llena el habitáculo. El Tuli siente un golpe en el hombro, luego otro en el costado. El volante se le va de las manos. El vehículo se estrella contra una pared de adobe. Todo se detiene. El silencio que sigue, roto solo por el pitido de un teléfono que alguien olvidó colgar, es el sonido de un eslabón que se rompe. El hombre que debía coordinar la venganza del CJNG ya no puede dar órdenes. El dinero que llevaba en el maletero, esos millones que servirían para pagar sicarios, comprar voluntades y financiar el terror, queda asegurado por el Estado. La respuesta violenta que El Tuli había comenzado a orquestar se queda sin director de orquesta.
Rubén Guerrero Baladés, alias El R1 o El Láminas, era el producto de una educación criminal. Su padre, Heraclio Guerrero Martínez, era el temido Tío Laco, un operador del CJNG con influencia en la franja entre Jalisco y Michoacán, vinculado a extorsiones, tráfico de drogas y grupos de choque. Ser hijo de ese hombre no era un simple dato biográfico. Era una credencial. Era un pasaporte hacia los escalones más altos de la organización. El R1 no tuvo que empezar desde abajo, golpeando a cobradores en callejones oscuros. Él nació dentro del negocio, aprendió a disparar antes que a escribir, y su apellido le abrió puertas que otros sicarios tardan años en forzar.
Pero El R1 no vivía solo de la herencia paterna. En los reportes de inteligencia que circularon en los meses previos a su muerte, se le describía como un mando con capacidad operativa propia. Encabezaba la célula conocida como “Los Guerreros”, un grupo que operaba en Uruapan y sus alrededores, con influencia en el control de la extorsión a productores de aguacate y berries. El aguacate, ese fruto verde que se ha convertido en el oro líquido de Michoacán, es también una fuente de ingresos millonarios para el crimen organizado. Cada camión que sale hacia la frontera paga una cuota. Cada empacadora, cada huerta, cada exportador. El R1 era uno de los cobradores de ese impuesto ilegal, y su nombre aparecía en expedientes vinculados al asesinato de Carlos Manso Rodríguez, presidente municipal de Uruapan, ocurrido en 2024.
Según las declaraciones de Omar García Harfuch en entrevista con la periodista Ciro Gómez Leyva (retomadas por el transcript), El R1 era el autor intelectual del magnicidio. Daba la orden. Coordinaba la célula. Y luego se escondía detrás de un segundo anillo de protección, justo donde fue encontrado el día de la caída del Mencho. Porque cuando las fuerzas especiales irrumpieron en la propiedad de Tapalpa, El R1 estaba allí. No como un simple escolta, sino como parte del círculo de seguridad íntima del líder. Su presencia en ese lugar, en ese momento, revelaba el nivel de confianza que el Mencho depositaba en él. No se rodeaba de cualquiera. Se rodeaba de hombres como El R1: hijos de operadores históricos, con capacidad de mando, con redes propias, con experiencia en combate urbano.
La muerte de El R1 en el mismo operativo que abatió al Mencho fue, para los analistas de seguridad, una señal más grave que la pérdida del propio líder. Porque un cártel puede sobrevivir a la muerte de su jefe si tiene una estructura de mando sólida y operadores capaces de tomar el control. Pero si esos operadores caen al mismo tiempo, la estructura se vacía desde adentro. El R1 no era un soldado de a pie. Era un comandante regional que conocía los territorios, las rutas, los contactos. Sabía quién pagaba, quién traicionaba y quién podía ser reclutado. Su muerte, sumada a la de El Tuli, dejó al CJNG no solo sin cabeza, sino sin brazos y sin manos.
Imagínese la escena en Tapalpa minutos después del tiroteo. El cuerpo de El Mencho, abatido, está en un costado. A pocos metros, el cuerpo de El R1. La sangre se mezcla con la tierra mojada de la sierra. Los soldados que aseguran el perímetro encuentran teléfonos que aún vibran con mensajes de auxilio. Encuentran radios con canales abiertos donde se escuchan voces desesperadas preguntando qué pasó. Encuentran armas que nunca llegaron a ser usadas porque la reacción fue más rápida que la orden de disparar. El R1, que debía ser el escudo humano del Mencho, el que absorbería las balas para que su jefe escapara, cayó antes de poder cumplir su función. Ese fracaso, esa imposibilidad de proteger al líder, es lo que convierte su muerte en un símbolo de algo más grande: la vulnerabilidad de un cártel que creía tener control absoluto.
Las horas siguientes a la muerte de los tres líderes fueron un espectáculo de violencia que paralizó carreteras y ciudades en varios estados de México. Vehículos incendiados en los accesos a Guadalajara. Bloqueos en la autopista a Colima. Enfrentamientos en las afueras de Uruapan. Ataques con granadas contra cuarteles militares. La prensa tituló: “El CJNG responde con furia”. Los analistas de seguridad más superficiales interpretaron esa reacción como una muestra de poder, como la demostración de que el cártel seguía siendo una fuerza capaz de movilizar cientos de sicarios en cuestión de horas. Pero quienes miraban más allá del humo de los neumáticos quemados entendieron algo diferente. Esa violencia desatada no era un signo de fortaleza. Era un signo de desesperación.
Un cártel que tiene el control no necesita prender fuego a medio país para demostrar que sigue vivo. Un cártel que tiene una línea de sucesión clara no lanza ataques descoordinados, sin un objetivo estratégico más allá del caos. Lo que ocurrió después del 22 de febrero no fue una ofensiva planeada. Fue una reacción visceral, fragmentada, casi instintiva. Las células regionales del CJNG, al enterarse de la muerte de su jefe y de dos de sus mandos clave, activaron los protocolos de emergencia sin saber quién daba las órdenes. Algunos grupos tomaron carreteras porque tenían miedo de ser los próximos. Otros incendiaron vehículos para crear distracciones y permitir que sus propios líderes escaparan. Otros simplemente actuaron por inercia, replicando lo que habían visto hacer en crisis anteriores, sin entender que esta vez la crisis era mucho más profunda.
El dato que confirma esta lectura es el tiempo que duraron los bloqueos. A diferencia de otras ocasiones, donde el CJNG había mantenido carreteras cerradas durante días, esta vez la respuesta fue rápida, intensa, pero también breve. Las fuerzas federales recuperaron el control en cuestión de horas. Porque enfrente no había una mente organizada que ajustara tácticas y moviera refuerzos. Había una hidra descabezada cuyos tentáculos se movían solos, cada uno hacia un lado distinto, sin coordinación, sin propósito común. Esa es la imagen real del CJNG después del 22 de febrero: una organización herida que pierde sangre por múltiples cortes y no encuentra cómo vendarse.
Los analistas de inteligencia que siguen el pulso al narco mexicano coinciden en un pronóstico inquietante: la muerte simultánea de El Mencho, El Tuli y El R1 no va a disolver al CJNG, pero va a transformarlo profundamente. Es probable que la organización se fracture en facciones regionales, cada una liderada por sobrevivientes del círculo interno que ahora disputarán el control de las rutas, las plazas y los contratos. Es probable que la violencia, lejos de disminuir, se intensifique durante los próximos meses mientras los herederos pelean por el botín. Pero también es probable que, en esa fragmentación, el Estado encuentre nuevas ventanas para seguir golpeando.
Lo que hace diferente esta historia de otras caídas de capos es que no fue un golpe de suerte. Fue el resultado de una estrategia sostenida de inteligencia que identificó no solo al líder, sino a los hombres que lo sostenían. El Tuli y El R1 no eran reemplazables fácilmente. Eran operadores con años de experiencia, con lealtades construidas en el terreno, con capacidad de mover dinero y hombres. Perderlos al mismo tiempo que al jefe es como arrancarle a un motor no solo el pistón principal, sino también las bujías y el cableado eléctrico. El motor puede seguir rugiendo unos segundos, pero finalmente se para. Y cuando se para, el silencio que sigue es lo más aterrador de todo.
El 22 de febrero de 2026 quedará grabado en la memoria de México como el día que cayó El Mencho. Pero los que investigan el narco desde las sombras, los que leen los partes oficiales con lupa, recordarán esa fecha como el día en que también cayeron el hombre que pagaba por matar militares y el heredero del Tío Laco que protegía al líder. Tres nombres, tres funciones, una misma jornada. La operación en Tapalpa no fue solo un golpe a la cúpula del CJNG. Fue una disección quirúrgica de su estructura de mando. Y aunque la sangre aún no se ha secado en las carreteras de Jalisco, una cosa parece clara: el cártel que durante años impuso el terror con su nombre ahora tiene que aprender a vivir sin los hombres que lo hicieron temible. Ese aprendizaje, en el mundo del narco, casi siempre viene acompañado de más muerte, más caos y más silencio. Pero también, tal vez, de una oportunidad. La oportunidad de que el Estado entienda que los golpes no se miden por los titulares que generan, sino por la capacidad de romper los engranajes que mantienen viva la máquina. El 22 de febrero se rompieron tres engranajes. Quedan muchos más. Pero ya no es la misma máquina.

