El Carnicero De Tacubaya Firmó Con Un Nombre Que No Era El Suyo
El Carnicero De Tacubaya Firmó Con Un Nombre Que No Era El Suyo
La lámpara zumbaba. El amarillo de la luz manchaba el papel del contrato. Felipe Valdés Leal empujó el documento hacia el lado de la mesa donde estaba sentado un joven de 24 años. Ese joven había llegado caminando desde Tacubaya con los zapatos lustrados por primera vez en meses. Había trabajado de carnicero, había boxeado seis años, había cantado en restaurantes de mala muerte y en concursos donde el premio era un par de zapatos nuevos. Esa noche, frente al hombre que podía convertirlo en algo, extendió la mano y escribió su nombre en el papel. El problema es que ese nombre era mentira. Gabriel Siria Levario se llamaba en realidad. Pero lo que firmó esa noche, lo que grabó en discos, lo que gritaron los anunciadores de radio, lo que lloraron las mujeres en las salas de cine, fue Javier Solís. Y desde ese momento, el carnicero de la colonia Condesa dejó de existir. En su lugar, nació un rey.
Gabriel Siria Levario nació el 4 de septiembre de 1931 en la calle Simón Bolívar, número 165 de la Ciudad de México. Su padre, Francisco Siria Mora, era panadero. Su madre, Juana Levario Plata, tenía un puesto en un mercado público. Eso dicen los documentos del Registro Civil. Pero lo que los documentos no dicen es que antes de que Gabriel cumpliera un año, Juana lo dejó en casa de sus tíos. Las fuentes coinciden en que fue una decisión tomada por necesidad: el puesto de mercado había que abrirlo antes del amanecer, el marido estaba ausente, y una mujer sola no podía con todo. Juana dejó a su hijo con Valentín Levario Plata, su hermano, y con la esposa de este, Ángela López Martínez. Y Gabriel se quedó en Tacubaya.
Valentín y Ángela vivían en ese barrio de la Ciudad de México donde el calor se queda atrapado entre las vecindades y las voces de los vecinos son parte del paisaje desde que amanece. Gabriel creció ahí, en esos patios, en esas calles angostas donde el sonido de la radio de algún vecino era la banda sonora de todas las tardes. A Valentín y Ángela los llamó papá y mamá toda su vida. A sus padres biológicos los conoció, los trató, pero nunca los llamó de otra manera.
Piensa en eso un momento. Un niño que desde el primer año de vida aprende que el mundo puede cambiarte de mano sin pedirte permiso. Que aprende que la familia tiene más formas de las que aparecen en los documentos. Que crece sabiendo que hay una historia oficial y una historia real, y que las dos pueden vivir en paralelo sin que nadie hable de ello en voz alta. Porque eso fue lo que aprendió Gabriel Siria Levario antes de saber leer. Y eso fue exactamente lo que aplicó a su carrera décadas después.
En Tacubaya, Gabriel llegó a cursar hasta el quinto año de primaria. Ahí se terminó la escuela. La familia necesitaba ingresos, y un niño con esa edad ya podía producirlos. Antes de cumplir los quince años, Gabriel ya sabía cortar carne con precisión y ya sabía cantar lo suficiente como para ganar concursos donde el premio era ropa o zapatos. Las dos habilidades le vendrían bien durante más tiempo del que esperaba. El boxeo llegó después y duró seis años. Entrenó con seriedad, con ambición real de hacerlo profesional, hasta que Francisco Siria Mora, su padre biológico, intervino y le pidió que eligiera una profesión más decente. La ironía es que “más decente” resultó ser pararse frente a desconocidos en bares a cantar boleros bajo un nombre falso.
Pero lo eligió. Y lo eligió bien.
Guarda este nombre: Javier Luquín. Ese fue el primer seudónimo, el que usó cuando empezó a cantar en concursos locales, todavía adolescente, ganando a veces y perdiendo otras, y volviendo siempre. La voz era diferente desde entonces: gruesa, redonda, con ese peso que los músicos llaman “cuerpo” y que o se tiene desde el principio o no se tiene nunca. Gabriel lo tenía. Lo sabía él, y lo sabían los pocos que lo escuchaban. El problema era que ninguno de ellos tenía poder para abrir puertas.
A principios de 1955, con 23 años y cortando carne en “La Providencia”, una carnicería de la colonia Condesa, Gabriel Siria Levario consiguió un contrato para cantar en el Bar Azteca. Era un restaurante-bar de la calle San Juan de Letrán, frente al Salto del Agua, en el corazón viejo de la ciudad. Ahí la gente comía, bebía y a veces escuchaba al cantante de fondo, dependiendo de cuánto aguardiente llevaran encima. Ahí, por sugerencia de su amigo Manuel Garay, enterró para siempre el nombre Javier Luquín y adoptó el que usaría hasta el día que murió: Javier Solís.
Fue en ese bar, una noche de mediados de 1955, donde ocurrió el encuentro que cambió todo. Julito Rodríguez Reyes, guitarrista y primera voz del Trío Los Panchos —el trío de boleros más famoso en la historia de la música latinoamericana— entró al Bar Azteca, escuchó al muchacho cantar y entendió en cuestión de minutos lo que estaba oyendo. Rodríguez era de Puerto Rico y conocía lo que era una voz con futuro. Al día siguiente llamó a Felipe Valdés Leal en Columbia y le dijo que fuera a escuchar a ese cantante. Alfredo “El Güero” Gil y Chucho Navarro, sus compañeros en Los Panchos, respaldaron la recomendación. Valdés Leal fue, escuchó, y el 15 de enero de 1956 puso un contrato sobre la mesa.
Bajo una lámpara que echaba luz amarilla a todo, Felipe Valdés Leal, director artístico de la disquera más importante del país, empujó el contrato hacia el lado de la mesa donde estaba sentado un joven de 24 años que había llegado caminando desde Tacubaya con los zapatos lustrados por primera vez en meses. Ese joven extendió la mano y escribió su nombre en el papel: Javier Solís. Un nombre inventado. Una mentira que lo llevaría a la cima y que, al mismo tiempo, lo condenaría a llevar dos vidas paralelas hasta el final.
En 1957, Javier Solís tenía un problema que Felipe Valdés Leal veía con claridad y que Solís mismo tardó en aceptar. La voz era extraordinaria, el instinto musical era real, pero cada vez que subía al escenario, la sombra de Pedro Infante lo seguía como un fantasma. Los críticos lo notaban, el público lo notaba. Solís cantaba como Pedro Infante cantaba, movía la cabeza como Pedro Infante la movía. Y había algo en ese mimetismo que era a la vez impresionante y limitante, como ver a alguien correr con los zapatos de otro.
El primer disco de platino llegó el 5 de septiembre de 1957, y eso fue una señal de que el talento era real. Pero Valdés Leal sabía que si Solís no encontraba su propia voz —no la voz literal, sino la voz artística— iba a ser siempre el segundo de alguien que ya había muerto. La ruptura llegó en 1959. El disco se llamó Llorarás, llorarás y fue el resultado de semanas de trabajo en que Valdés Leal, con la paciencia que solo tienen los que saben lo que tienen entre las manos, convenció a Solís de soltarse, de cantar como él cantaba cuando nadie lo estaba mirando. El tema salió, y ocurrió algo que la industria musical mexicana no había visto en años. La gente no solo lo escuchaba, lo reconocía. Reconocía esa voz gruesa con quiebre de emoción al final de cada frase, esa forma de sostener una nota hasta que dolía. Javier Solís dejó de ser el sucesor de Pedro Infante. Se convirtió en Javier Solís.
Guarda esta cifra: 379. Ese es el número exacto de canciones que Javier Solís grabó en los diez años que duró su carrera. 379 canciones en diez años, casi una canción nueva cada diez días, sin parar, sin descanso, sin tiempo para que el polvo se asentara entre un disco y el siguiente. Entre 1960 y 1966, en solo seis años, grabó más de trescientas canciones distribuidas en veinte discos de larga duración. En ese mismo periodo filmó 33 películas. En 1965, solo el año anterior a su muerte, participó en diez películas: casi una por mes, además de los discos, además de las giras, además de los compromisos de radio y televisión. El ritmo era el de alguien que siente que el tiempo se acaba.
La primera película fue Tres balas perdidas en 1960, dirigida por Roberto Rodríguez al lado de Rosita Quintana y María Victoria. Ahí Solís era un joven llamado Cuco. Su voz y su sonrisa poblaban ese cine popular mexicano que no pretendía ser Ingmar Bergman y no necesitaba hacerlo, porque lo que vendía era exactamente lo que el público quería: canciones, charro, amor imposible y un final que dejara a la gente con ganas de volver. Las siguientes vinieron rápido: En cada feria un amor, Los forajidos, México de mi corazón, Campeón del barrio. Cada película era un disco nuevo. Cada disco era un tour. Cada tour eran miles de personas pagando para escuchar esa voz que había salido de una carnicería en la colonia Condesa.
Piensa en eso un momento. En 1960, hacía cuatro años que ese hombre había entrado por primera vez a una oficina de disquera. Cuatro años antes era un carnicero que cantaba de noche en el Bar Azteca por un sueldo que no alcanzaba para mucho. Y en 1960 ya era la figura central de la música ranchera mexicana, con películas, discos, giras internacionales y un apodo que México le había puesto sin consultarle: el Rey del Bolero Ranchero. El ascenso fue tan vertical, tan rápido, que los que lo conocieron de antes decían que a veces lo miraban en el escenario y tardaban un segundo en reconocerlo. El hombre que estaba ahí arriba se parecía al que habían conocido, pero ya no era exactamente el mismo.
Para 1961, Agustín Lara llevaba más de treinta años siendo el compositor más influyente de la música popular mexicana. Mujer, Granada, Veracruz, Solamente una vez, María bonita. Su catálogo era una lista de canciones que México se sabía de memoria y que el mundo asociaba con el sonido del país. Y ese catálogo generaba regalías. Cada vez que alguien grababa una canción de Lara, Lara cobraba. Cada vez que esa canción sonaba en la radio o aparecía en una película, Lara cobraba. Cuanto más grande era el intérprete, más grande era ese cobro.
Agustín Lara en 1961 era un hombre de sesenta y tantos años que había sobrevivido guerras, cabarets, cuchillazos en la cara, matrimonios tormentosos y el escándalo de haberse casado con María Félix. Tenía la cara marcada de por vida por la herida que le dejó una mujer en un cabaret décadas atrás. Tenía la elegancia del que aprendió a existir en los extremos. Y tenía el olfato afilado por décadas en la industria para detectar cuándo un cantante nuevo podía servirle. Javier Solís, con su disco Llorarás, llorarás y su velocidad de ascenso, olía a negocio.
El pacto entre un compositor que ya lo tenía todo y un cantante que apenas llegaba a la cima no se firma en un papel. Se establece en la manera en que las canciones circulan, en los programas de radio donde uno recomienda al otro, en los contratos discográficos donde el repertorio del compositor aparece como la opción natural para el nuevo artista. Lara no necesitaba pedirle nada a Solís directamente. La industria funcionaba de esa manera, y los dos lo sabían.
En 1962, Felipe Valdés Leal propuso grabar un álbum entero dedicado al repertorio de Agustín Lara. Se llamó Fantasía española. Al año siguiente grabó Trópico, también con canciones de Lara. Los dos discos fueron recibidos por la crítica como obras mayores. El público los adoptó de inmediato. La combinación de la voz de Solís con el repertorio de Lara resultó en una de las asociaciones más productivas de la música mexicana del siglo XX. Javier Solís se convirtió en el mejor intérprete vivo de Agustín Lara. Y Agustín Lara, por cada disco vendido, por cada radiodifusión, por cada presentación en vivo donde Solís cantara alguna de esas canciones, cobró lo que le correspondía por ley.
Ahí está la contradicción que explica todo. Un hombre que no tenía nombre propio, que había construido su identidad desde abajo con las manos, que había enterrado a Gabriel Siria Levario para que el mundo conociera a Javier Solís, estaba convirtiendo en oro el catálogo de otro. Cada vez que alguien compraba Fantasía española o Trópico, Solís era la voz que el comprador escuchaba, pero las regalías de compositor llegaban a otro bolsillo. Porque así funcionaba la industria musical de esa época y esa geografía: el intérprete era el vehículo, el compositor era el dueño permanente de la mercancía. Y la diferencia entre los dos no era solo económica: era una diferencia de posición estructural dentro de la industria que ningún disco de platino podía borrar.
La ironía es brutal. Dos hombres construidos sobre mentiras similares —el origen inventado, el nombre de escenario, la historia que no era exactamente la historia— se necesitaban mutuamente de maneras que ninguno decía en voz alta. Pero mientras Lara vivía 72 años y cobraba regalías hasta el final, Solís se consumía en un ritmo de trabajo que lo llevaría a la tumba a los 34.
Porque Solís no solo cargaba con la presión de la industria. Cargaba también con una vida personal que él mismo había multiplicado en paralelo. Guarda esta cifra: cuatro. Ese es el número de mujeres con las que Javier Solís estableció uniones que se presentaron como matrimonios: Enriqueta Valdés Hernández, Socorro González, Yolanda Mollinedo y Blanca Estela Sainz. Las cuatro llegaron a existir en paralelo en su vida, con grados distintos de formalidad y con un denominador común: él nunca se divorció de ninguna. Y cuando murió, cada una de ellas apareció reclamando lo suyo con sus documentos en la mano, dispuestas a demostrar que el hombre que México lloraba era su marido.
La ironía es dolorosa. El mismo hombre que había inventado un origen para no ser juzgado por el que tenía usó esa misma habilidad para vivir varias vidas afectivas al mismo tiempo. Porque para casarse sin divorciarse en México en los años sesenta necesitabas documentos diferentes. Y Javier Solís, según lo que revelarían las investigaciones periodísticas posteriores a su muerte, usó nombres distintos y actas de nacimiento alteradas para formalizar al menos algunos de esos matrimonios, sin que las autoridades del Registro Civil pudieran cruzar los datos.
Guarda también esta cifra: nueve. Nueve hijos tuvo Javier Solís con cinco mujeres distintas. Nueve personas que nacieron por el mismo hombre, crecieron en casas que no se conocían entre sí y se enteraron de la existencia de los demás varios de ellos solo después de su muerte. Nueve nombres que no aparecen en ningún disco de platino, en ninguna medalla de oro, en ninguna de las 33 películas que filmó. Mientras el Rey del Bolero Ranchero llenaba teatros desde México hasta Argentina y rompía récords de ventas con Sombras, nueve personas dormían en casas distintas, sin saber con certeza cuántos hermanos tenían ni dónde estaban.
El 8 de febrero de 1965, Javier Solís entró al estudio a grabar Sombras. La canción rompió todos los récords de ventas anteriores de Discos Columbia. La empresa le entregó una medalla de oro. Era el punto más alto de su carrera. Era el momento en que el nombre Javier Solís estaba en todas las radios, en todos los cines, en todos los programas de televisión del país. Y era también, aunque nadie lo sabía todavía, el último año completo que le quedaba de vida.
Pero aquí viene lo que casi nadie quiso mirar de frente. Mientras Sombras rompía récords y las películas se acumulaban, el cuerpo de Javier Solís llevaba años dando señales que él ignoraba o decidía ignorar. Desde al menos 1964, sufría dolores abdominales fuertes y recurrentes. Eran dolores que lo paralizaban, que aparecían sin aviso y que él manejaba con lo que tenía a mano: medicamentos, dieta de emergencia, ensaladas que lo aliviaban temporalmente. Lo que no hacía era detenerse. Porque detenerse significaba cancelar contratos, significaba películas sin protagonista, significaba radio sin material nuevo, significaba una industria entera mirando hacia otro lugar.
El ritmo de trabajo era el de alguien que duerme poco, come mal y descansa todavía. La industria le daba más de lo que él podía sostener físicamente, y él aceptaba todo porque había pasado demasiados años sin nada como para empezar a rechazar algo. En 1965 filmó diez películas. Diez películas en un año, además de los discos, además de las giras, además de los compromisos de radio y televisión. El mismo año en que sus dolores eran ya lo suficientemente intensos como para que él mismo dijera a quienes estaban cerca que prefería morirse a seguir sufriendo de esa manera. No como una advertencia, no como un pedido de ayuda, sino como una afirmación tranquila pronunciada entre un rodaje y el siguiente, entre una sesión de grabación y la que venía después. El mismo tono con que decía “no voy a llegar a viejo”. Un hombre que llevaba años diciéndose a sí mismo que el tiempo se acaba, y que por lo tanto había que hacer todo ahora, sin parar, sin esperar.
En los primeros meses de 1966, con el cuerpo ya cediendo de maneras que no podía ignorar, Javier Solís entró al estudio a grabar lo que iba a ser su siguiente álbum: canciones de los compositores puertorriqueños Rafael Hernández y Pedro Flores. El proyecto era ambicioso. Se habían preparado ocho pistas. Tenía la voz, tenía el arreglo. Lo que no tenía era el tiempo ni la salud. Alcanzó a grabar la voz en seis de las ocho pistas preparadas. Las otras dos quedaron sin terminar. El álbum nunca se completó de la manera que debía. Y él sabía, mientras grababa esas seis canciones con el abdomen en llamas, que algo no podía esperar más.
Había además otro proyecto en el horizonte que nadie volvió a mencionar una vez que murió. Existían planes para que Javier Solís y Frank Sinatra grabaran juntos. Frank Sinatra, el más grande de la música popular anglosajona del siglo XX, y el más grande del bolero ranchero mexicano, compartiendo estudio. El disco nunca ocurrió. Solís murió antes de que pudiera materializarse. Y ese disco fantasma, lo que pudo haber sido y no fue, dice más sobre el momento en que se encontraba su carrera que cualquier disco de platino.
El 12 de abril de 1966, los dolores se volvieron insoportables. Javier Solís fue internado en la Clínica Santa Elena, ubicada en la colonia Roma de la Ciudad de México. Al día siguiente lo operaron para extraerle cálculos de la vesícula biliar. La operación se realizó. Y entonces comenzó algo que todavía hoy nadie ha podido explicar con certeza.
El 18 de abril, Javier Solís comía, bebía agua, masticaba hielo. El médico que lo atendía, el doctor Francisco Subiria, le dijo a Blanca Estela Sainz que el alta sería el 21 de abril. Faltaban tres días. Nadie en esa habitación esperaba nada grave. Y entonces, en algún momento de ese periodo de aparente recuperación, dos de sus esposas se encontraron en el mismo pasillo del hospital. Socorro González, la primera esposa legal, y Blanca Estela Sainz, la mujer que él llamaba su amor, en la misma sala, frente a frente, cada una creyendo que tenía más derecho que la otra de estar ahí. Blanca Estela Limón, la representante de Solís, estaba en ese momento sacando fotógrafos y periodistas del hospital. Cuando regresó y encontró la pelea ya encendida, según su propio testimonio, Solís escuchaba todo desde su cama sin poder levantarse, diciendo en voz baja: “No, por favor, no”. Un hombre que había construido dos vidas paralelas con nombres diferentes y documentos alterados, enfermo en una cama de hospital, escuchando cómo las dos mitades de su vida privada chocaban en voz alta a metros de donde estaba acostado.
Y lo que Blanca Estela descubrió solo después de la muerte de Solís fue algo que termina de pintar la imagen completa: el doctor Francisco Subiria, el hombre que estaba a cargo de la salud del cantante más importante de México en ese momento, no era cirujano. El expediente médico de Javier Solís desapareció después de su muerte. Cuatro versiones diferentes circularon sobre las causas exactas del fallecimiento, y ninguna fue nunca validada oficialmente como la definitiva. El médico dijo que fue una descompensación vesicular provocada porque Solís tomó agua que tenía prohibido beber. Otras versiones hablaron de una pinza quirúrgica olvidada dentro del cuerpo. Otras, de complicaciones que se manejaron mal en el postoperatorio. Los registros que podían aclarar la pregunta desaparecieron.
A las 5:25 de la madrugada del 19 de abril de 1966, en la habitación 406 del Hospital Santa Elena, Javier Solís se incorporó en su cama. Dijo que se sentía bien. Dio un suspiro largo. Dijo: “Ay, Dios mío”. Y su corazón dejó de latir. Tenía 34 años.
La cuarta revelación de esta historia no es un dato, no es una fecha, no es el nombre de una esposa ni la cifra de un disco de platino. Es una frase dicha por un hombre de 34 años en los días anteriores a su muerte, con el abdomen roto y el cuerpo ya cediendo sin posibilidad de apelación. Una frase que lleva sesenta años en el registro y que casi nadie ha detenido a leer despacio. Dijo: “Que se riegue mi tumba con una gran cantidad de agua. Ya sé que voy a morir. Esto no tiene remedio”.
Tres oraciones. La primera es una instrucción. La segunda es un diagnóstico. La tercera es una rendición que suena casi tranquila. Y las tres juntas son lo único que Javier Solís dijo en toda su vida documentada que no tenía nada de actuado, nada de inventado, nada de la capa de ficción que había construido con tanta paciencia desde los años de Tacubaya. Ahí, en esas tres oraciones dichas a alguien cercano antes de entrar al quirófano, Gabriel Siria Levario y Javier Solís eran exactamente la misma persona por primera vez.
Porque fíjate en el detalle del agua. El “yaqui de Sonora” que había nacido en la Ciudad de México, que había convencido a toda una industria de que venía del desierto del norte para darle más textura a su leyenda, pedía agua para su tumba. El elemento de la vida. El elemento que en la historia que él mismo había inventado sobre sus propios orígenes era escaso, precioso, símbolo de resistencia. Pedía que se lo pusieran encima cuando muriera. Y lo pedía con la misma voz tranquila con que había dicho “no voy a llegar a viejo” docenas de veces a lo largo de su carrera.
Piensa en eso un momento. Desde los primeros años en Tacubaya, Gabriel Siria Levario aprendió que el mundo podía cambiarte de mano sin pedirte permiso. Lo aprendió cuando su madre lo dejó con sus tíos antes de que cumpliera el año. Lo aprendió cuando tuvo que dejar la escuela en el quinto año para ponerse a trabajar. Lo aprendió cuando la carnicería era lo que había y el boxeo era el plan, y ninguna de las dos cosas era suficiente. Y lo aprendió de otra manera cuando la industria musical lo contrató por lo que podía producir y nunca le preguntó cuánto le costaba producirlo. Un hombre criado por el mundo para aceptar que las cosas pasan sin que nadie te consulte termina siendo muy bueno para funcionar dentro de esa lógica, y muy malo para protegerse de ella.
Javier Solís venció la pobreza de Tacubaya. Venció el quinto año de primaria que fue todo lo que estudió. Venció la carnicería y el boxeo y los concursos donde el premio era ropa. Venció el nombre Javier Luquín y lo reemplazó por uno mejor. Venció la sombra de Pedro Infante cuando todo el mundo decía que era solo una imitación. Venció el escepticismo de una industria que apostaba poco por los que llegaban desde tan abajo. Venció a la pobreza dos veces: la primera cuando salió de ella, y la segunda cuando convirtió el recuerdo de ella en el material emocional que hacía que sus boleros sonaran a verdad.
Lo que no pudo vencer fue el tiempo. Y lo sabía. Lo sabía desde antes de que el cuerpo empezara a decirlo. Lo sabía con esa claridad particular de los que nacieron sabiendo que el mundo no les iba a dar más tiempo del necesario para hacer lo que habían venido a hacer. Y lo hizo. 379 canciones, 33 películas, diez años. Una voz que sesenta años después todavía suena en cocinas, en velorios, en los carros de los hombres que manejan solos de noche pensando en alguien. Una voz que encontró el quiebre exacto al final de cada frase, el lugar donde el aire se acaba y la emoción empieza, y que lo encontró solo, sin academia, sin nombre verdadero, sin apellido que no fuera inventado.
Agustín Lara murió el 6 de noviembre de 1970, cuatro años y dieciocho días después de que Javier Solís cerrara los ojos en la habitación 406. Murió habiendo vivido más de setenta años, con su catálogo intacto y sus regalías en orden. El contador de la música de Solís siguió girando después de que Solís muriera. Ese contador todavía gira hoy. Pero lo que queda no es solo el dinero ni las regalías. Queda una voz. Y queda una lección que Javier Solís dejó sin querer enseñarla: un hombre puede construirse a sí mismo desde abajo con las manos, puede enterrar su nombre y fabricarse uno nuevo, puede convencer a medio continente de que viene de donde no viene, puede mantener varias vidas en paralelo durante años, puede ignorar lo que su cuerpo le dice porque el calendario no tiene espacio para escucharlo. Puede hacer todo eso y puede llegar muy alto haciéndolo. La industria no te va a detener. El público no te va a detener. Las disqueras, los directores de cine, los compositores que cobran regalías mientras tú trabajas: ninguno te va a detener mientras sigas produciendo. Lo que nadie te dice es que tú eres el único que puede hacerlo. Y que si no lo haces, el cuerpo eventualmente toma la decisión por ti.
Gabriel Siria Levario lo supo antes de morir. Lo supo cuando dijo que prefería morirse a seguir sufriendo de esa manera. Lo supo cuando instruyó que regaran su tumba con agua. Lo supo a las 5:25 de la madrugada del 19 de abril de 1966, cuando se incorporó en la cama, dijo que se sentía bien y cerró los ojos por última vez. Con 34 años. Con nueve hijos que no lo verían crecer. Con una mujer que lo amaba y no tenía papel que lo probara. Con un nombre que no era el suyo grabado en todos los discos. Con una voz que todavía suena.
Que se riegue su tumba con una gran cantidad de agua. Ya lo sabía. Y tenía razón.

