El 8 De Junio Washington Activa Un Arma Que México Lleva Años Desarmando Con Inteligencia
El 8 De Junio Washington Activa Un Arma Que México Lleva Años Desarmando Con Inteligencia
El 8 de junio no llegó con tambores de guerra. Llegó con un decreto. Una firma en Washington. Un ajuste en la letra pequeña de la Sección 232. Y en México, millones de trabajadores despertaron sin saber que el blindaje de su empleo acababa de ponerse a prueba. La Casa Blanca habla de seguridad nacional. El gobierno mexicano habla de cifras. El 85% de nuestras exportaciones queda protegido. El 15% restante entra a la zona de tormenta. Pero aquí no hay rendición. Aquí hay un presidente que responde con datos, una secretaria de Economía que negocia con oficio y un tratado comercial que no es un adorno. El TMEC es hoy el escudo más grueso que este país ha tenido en décadas. La pregunta no es si Trump golpea. La pregunta es: ¿quién tiene más que perder cuando los dos dependen del mismo abrazo?
Tomen nota. Esto no es un trámite aduanero más. El 8 de junio entra en vigor un nuevo esquema arancelario en Estados Unidos. No es una amenaza difusa. Es un hecho concreto. Donald Trump firmó una modificación a la llamada Sección 232, esa herramienta que permite gravar al acero, aluminio y cobre bajo el argumento de “seguridad nacional”. La novedad: ciertos productos derivados del acero y del aluminio —maquinaria agrícola, equipos de calefacción y climatización para el hogar— bajan su arancel del 25% al 15%. Ese es un respiro. Pero al mismo tiempo, dos categorías nuevas se suman al listado del 25%: las estanterías de acero y las planchas litográficas de aluminio. Y todo este esquema, según la propia administración estadounidense, se quedará en pie hasta el 31 de diciembre de 2027.
Parece un rompecabezas técnico. No lo es. Cada punto porcentual de esos aranceles se traduce en fábricas que ajustan costos, en empleos que se tambalean, en familias que dejan de comprar lo que antes compraban. Pero México no llegó a esta fecha con los brazos cruzados. La diferencia entre esta administración y las anteriores es que hoy hay un aparato diplomático que no improvisa. La Secretaría de Economía salió con una cifra que vale más que cualquier discurso: el 85% de las mercancías mexicanas exportadas a Estados Unidos quedaría exento del arancel adicional. ¿Por qué? Porque ese comercio está amparado por el tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá. El TMEC no es un papel viejo en un cajón. Es un escudo con vigencia.
Piense en eso. Mientras otros países sudan ante la posibilidad de que Washington cierre mercados, México tiene una ventaja estructural construida ladrillo a ladrillo durante años. El tratado no cayó del cielo. Lo negociaron personas que entendieron que en el siglo XXI la economía se defiende con reglas, no con gritos. Cuando el vecino del norte decide apretar, México tiene un argumento jurídico para sentarse a la mesa: “Esto que me quieres cobrar extra está bajo el paraguas del tratado. Y el tratado se respeta”. Ese es el poder silencioso.
Pero el acero no es la única batalla. La oficina del representante comercial de Estados Unidos puso sobre la mesa una propuesta para aplicar un arancel adicional del 10% a cerca de 60 economías, incluida México. El argumento: países que no impiden de forma efectiva la entrada de mercancías producidas con trabajo forzoso. Subraye la palabra: propuesta. Porque aquí hay una diferencia crucial. A diferencia del decreto del 8 de junio, esta medida todavía no es definitiva. Está en fase de consulta. El calendario marca fechas concretas: el 22 de junio vence el plazo para quienes deseen testificar. El 6 de julio cierra la recepción de comentarios escritos. El 7 de julio se celebrarán audiencias públicas. Es decir, hay un margen de maniobra. Hay espacio para negociar. Hay un terreno donde México puede plantar sus argumentos.
¿Y qué hizo el gobierno mexicano? No se quedó callado. No esperó a que el golpe llegara para reaccionar. La Secretaría de Economía salió a aclarar que el 85% de las exportaciones mexicanas ya está blindado por el TMEC. Ese porcentaje enorme significa que, incluso si la medida del 10% avanzara, la mayoría de nuestros productos no pagarían ese sobrecosto. Se trata de una precisión técnica que cambia el tono de toda la conversación. Ya no es México implorando una exención. Es México recordándole a Estados Unidos que tiene un compromiso comercial firmado y que las reglas no se cambian por decreto unilateral cuando hay un tratado de por medio.
La pregunta inmediata es: ¿qué pasa con el 15% restante? Ese sí está en zona de riesgo. Y el gobierno lo reconoce. Por eso se anunciaron conversaciones formales con la contraparte estadounidense durante los próximos 45 días, incluyendo una ronda de diálogo dentro del marco de la renegociación del tratado comercial. No esconde el problema. Lo enfrenta con datos. Y con un equipo negociador que ya ha demostrado capacidad. Al frente de la Secretaría de Economía está Marcelo Ebrard. Una figura con experiencia en este tipo de mesas. En los meses anteriores, su equipo logró arrancar prórrogas y aplazamientos que dieron oxígeno a los sectores exportadores mientras se construían argumentos de fondo. Una de esas prórrogas de 90 días fue calificada desde la propia secretaría como un triunfo estratégico. Ganar tiempo en una negociación comercial no es poca cosa: es precisamente lo que permite llegar a cada plazo con la defensa más sólida.
Conviene recordar por qué este tratado es tan importante. No es un favor que Estados Unidos le hizo a México. Es un acuerdo entre dos economías que se necesitan mutuamente. México es el principal socio comercial de Estados Unidos en buena parte de los sectores que mueven su economía. Automotriz, electrónicos, alimentos, maquinaria. Cuando dos economías están entrelazadas de esa manera, romper los lazos no es gratis. No es un castigo que Washington pueda imponer sin sangrar. Esa interdependencia es la verdadera fuerza de México en esta negociación. No es debilidad, es poder compartido. Y el TMEC es el andamio legal que sostiene esa relación.
Por eso la presidenta Claudia Sheinbaum ha manejado este expediente con cautela. No con sumisión. Con cautela. Ha respondido a las presiones comerciales con una estrategia de firmeza acompañada de diálogo. Las secretarías de Economía y de Relaciones Exteriores han sido el instrumento principal para desactivar una y otra vez la imposición de aranceles a través de mesas de negociación. No es una postura de debilidad. Es la decisión de pelear cada batalla con inteligencia en el terreno donde México tiene ventaja: el de los acuerdos y las reglas claras. No en el del golpe por golpe.
Hay un detalle que muchos analistas destacan: la relación entre la presidenta Sheinbaum y el presidente Trump, pese a las diferencias evidentes en visión y en política, se ha sostenido en un trato de respeto. La propia mandataria lo ha expresado públicamente. Ha señalado que el presidente estadounidense ha hablado bien de ella en varias ocasiones y que la comunicación entre ambos ha sido respetuosa, aun cuando no coincidan en todo. En la diplomacia, el respeto mutuo es la diferencia entre una mesa de negociación que avanza y una pelea que solo deja perdedores. México negocia de pie, mirando a los ojos, sin agachar la cabeza, pero sin buscar el conflicto por capricho.
Pensemos por un momento en lo que esto significa para la gente común. Porque al final, de eso se trata. Un arancel no es un número abstracto que solo entienden los economistas. Es el precio de la maquinaria que llega a un campo. Es el costo de un electrodoméstico. Es el empleo que se sostiene o se pierde en una planta. Cuando México logra que el 85% de sus exportaciones quede protegido, lo que está protegiendo en realidad son cadenas de empleo. Son familias. Son comunidades enteras que dependen de que el comercio siga fluyendo. La soberanía económica no es un discurso bonito para los aplausos. Es el escudo concreto que evita que las decisiones tomadas en otra capital lleguen a vaciar el refrigerador de una casa mexicana.
¿Quiere decir esto que el camino está libre y que no hay nada de qué preocuparse? Sería deshonesto decirlo. El proceso de la renegociación del tratado comercial sigue su curso este año. La administración estadounidense ya advirtió que no tolerará triangulaciones que permitan a productos de terceros países entrar a Norteamérica usando a México como puente. Ese es un punto real que habrá que vigilar de cerca en las próximas semanas. La negociación será dura. Pero una cosa es una negociación dura y otra muy distinta es una rendición. México va a la primera. No a la segunda.
Mientras del otro lado se firman decretos y se anuncian investigaciones, aquí la respuesta no ha sido el ruido. Ha sido el método. Reunir los datos. Identificar qué está protegido y qué no. Marcar las fechas del calendario. Preparar los argumentos para cada audiencia. Y sentarse a defender los intereses de la nación con la frente en alto. Eso, aunque no genere titulares escandalosos, es exactamente lo que un país serio debe hacer cuando lo presionan.
La grandeza de una nación no se mide por cómo grita en los buenos tiempos. Se mide por cómo responde cuando le aprietan las tuercas. Lo que viene en las próximas semanas marcará el tono de buena parte del año. El 8 de junio entran los ajustes al acero, al aluminio y al cobre. El 22 de junio y los primeros días de julio se concentran los plazos del segundo frente, el del arancel propuesto del 10%. Y en paralelo avanza la renegociación del tratado que sostiene gran parte de nuestra economía. Tres relojes corriendo al mismo tiempo. Un solo objetivo de fondo: que México salga de esta etapa más fuerte, más integrado y más dueño de su propio destino. Por lo que muestran los datos, hasta ahora la apuesta se está jugando bien.

