Su Padre La Vendió al Hombre Más Peligroso de la Ciudad
Amelia estaba en su jardín cuando su padre llegó a casa.
Estaba pintando un girasol, sus pinceladas cuidadosas y precisas, tratando de capturar la forma en que los pétalos dorados parecían brillar bajo la luz de la tarde. Coco dormía en un parche de sol cercano, ocasionalmente moviendo las patas como si soñara con perseguir conejos.
—Amelia —llamó su padre, su voz extraña y tensa—. ¿Puedes entrar? Necesito hablar contigo.
Ella se giró, una sonrisa en su rostro, pero se desvaneció cuando vio su expresión. Su cara estaba pálida, sus ojos rojos e hinchados, y parecía haber envejecido diez años desde esa mañana.
—Papá, ¿qué pasa?
Dejó su pincel y corrió hacia él, limpiándose las manos manchadas de pintura en su delantal.
—Te ves terrible.
George tomó sus manos, y ella se sobresaltó al sentirlas temblorosas.
—Mi niña querida —comenzó, su voz quebrándose—. Tengo algo que decirte. Algo que no te va a gustar.
Amelia sintió un escalofrío de miedo recorrer su columna.
—Dime —urgió—. Lo que sea, lo resolveremos juntos. Siempre lo hacemos.
Pero mientras George comenzaba a hablar, mientras le contaba sobre la deuda y los hombres y su desesperada visita a Don Scott Rossi, Amelia sintió su mundo inclinarse sobre su eje. Las palabras parecían venir de muy lejos, amortiguadas e irreales, y luchaba por encontrarles sentido.
—Tenía que hacerlo, Amelia —insistió George, lágrimas corriendo por sus mejillas—. Rocky iba a quitarnos todo. Habríamos estado en la calle. No podía dejar que eso te pasara a ti. No podía.
Amelia negó con la cabeza, tratando de procesar lo que estaba escuchando.
—¿Pero matrimonio, papá? Ni siquiera lo conozco. Nunca lo he conocido.
—Se llama Scott Rossi —dijo George—. Y solo decir el nombre lo hizo estremecerse ligeramente—. Es el hombre más poderoso de la ciudad. Puede protegernos de cualquiera. Y es joven, Amelia. No es un anciano buscando una novia joven. Es guapo y fuerte, y podría darte todo lo que siempre has querido.
Amelia liberó sus manos del agarre de su padre, retrocediendo como si hubiera sido golpeada.
—Todo lo que siempre he querido —repitió, su voz elevándose—. Quería pintar. Quería abrir una galería. Quería enamorarme de alguien que me amara de vuelta, no de algún jefe mafioso sin corazón que solo me quiere como trofeo.
—Amelia, por favor.
—No, papá —lloró, lágrimas derramándose por sus mejillas—. Me vendiste. Me entregaste como si fuera un mueble. ¿Tienes idea de lo que has hecho?
George cayó de rodillas, sus manos extendidas en súplica.
—Lo siento —lloró—. Lo siento mucho, mi amor, pero no tenía elección. Era esto o perderlo todo. No podía dejar que eso te pasara a ti. Por favor, Amelia, por favor entiende.
Amelia miró a su padre, este hombre que había amado y en quien había confiado toda su vida, y vio a un extraño. Un hombre débil y desesperado que había sacrificado su felicidad para salvarse a sí mismo.
Pero también vio su dolor. Vio la culpa y el arrepentimiento en sus ojos, el conocimiento de que había traicionado la confianza más sagrada entre un padre y su hijo.
Y a pesar de todo, lo amaba. No podía dejar de amarlo, aunque le había roto el corazón.
—Tres meses —susurró, su voz hueca—. Le diste tres meses.
George asintió miserablemente.
—La fecha está fijada. Lo siento, Amelia. Lo siento mucho.
Amelia se giró, mirando hacia su jardín. Los girasoles se mecían suavemente en la brisa, sus caras brillantes vueltas hacia el cielo. Pensó en sus sueños, sus esperanzas, su creencia en el amor y los cuentos de hadas.
Y supo en ese momento que todo había cambiado.
—No —dijo suavemente, más para sí misma que para su padre—. No, no voy a aceptar esto. Encontraré una manera de romper este arreglo. Encontraré una manera de detener esto.
Pero incluso mientras decía las palabras, sabía que eran vacías. Don Scott Rossi no era un hombre que cambiaba de opinión. Había tomado una decisión, y no había nada que ella pudiera hacer para cambiarla.
Aun así, era Amelia Blackwood, y nunca se había rendido en nada en su vida. Si su padre no lucharía por ella, ella lucharía por sí misma. Iría a ver a este Don, este hombre que pensaba que podía comprar una esposa como una propiedad, y le haría entender que no estaba en venta.
Pero mientras el sol se ponía sobre su jardín, mientras la luz dorada se desvanecía a púrpura y luego a negro, Amelia sintió el peso de su situación presionando sobre ella como una fuerza física.
Tenía tres meses.
Tres meses para encontrar una salida a un matrimonio que nunca había querido. Tres meses para probarle al hombre más peligroso de la ciudad que nunca sería suyo.
Era imposible. Era una locura.
Pero Amelia Blackwood nunca había sido de las que se rendían. Y en algún lugar profundo de su corazón, creía que el amor podía conquistar incluso las fuerzas más oscuras.
Solo tenía que ser lo suficientemente valiente para luchar por ello.
La mañana en que Amelia Blackwood se mudó a la mansión Rossi, el cielo era del color del pewter, pesado con nubes que prometían lluvia pero nunca la entregaban.
Había pasado la noche anterior despierta en su cama de infancia, mirando al techo y escuchando la suave respiración de Coco, tratando de memorizar cada detalle del único hogar que había conocido. El crujido de las tablas del piso afuera de su puerta, la forma en que la luz de la luna se filtraba a través de sus cortinas de encaje, el leve olor a lavanda que su madre había plantado en el jardín décadas atrás.
Había llorado hasta que no quedaron lágrimas, y luego simplemente se había quedado allí, hueca y entumecida, viendo las horas pasar en su reloj de noche.
Al amanecer, se había levantado y empacado sus pertenencias en una sola maleta gastada. Sus pinceles, sus lienzos favoritos, algunos cambios de ropa, y la pequeña caja de madera que su padre había tallado para ella en su décimo cumpleaños.
Todo lo demás lo dejó atrás. Era más fácil así.
George Blackwood había intentado abrazarla para despedirse, pero Amelia había retrocedido, su rostro cuidadosamente vacío. No podía soportar tocarlo. Todavía no.
La herida estaba demasiado fresca, la traición demasiado cruda. Amaba a su padre. Siempre amaría a su padre, pero necesitaba tiempo para perdonarlo por lo que había hecho.
—Amelia, por favor —rogó George, su voz quebrándose—. Al menos déjame llevarte.
—El auto está esperando —respondió ella, su voz plana y sin emoción—. Adiós, padre.
Y luego había caminado hacia la puerta, Coco metido bajo su brazo, y subido al elegante auto negro que la llevaría a su nueva vida.
No miró atrás. No podía. Si miraba atrás, se rompería. Y se había prometido a sí misma que no se rompería. No todavía. No hasta que hubiera encontrado una salida.
La mansión Rossi se alzaba ante ella como algo salido de una novela gótica, toda piedra oscura y ventanas altas, y puertas de hierro que se cerraron de golpe detrás de ella, como el cierre de una puerta de prisión.
Los terrenos eran inmaculados, céspedes manicurados y jardines formales que se extendían por acres. Pero había algo frío y prohibido en ellos. Ninguna flor florecía en los parterres. Ningún pájaro cantaba en los árboles. Era un paisaje de silencio y sombras.
La casa misma era aún peor. Pisos de mármol que reflejaban su rostro aterrorizado de vuelta hacia ella. Pasillos que parecían extenderse por siempre. Habitaciones llenas de muebles costosos que parecían nunca haber sido usados.
Los sirvientes se movían por los pasillos como fantasmas, sus ojos bajos, sus pasos silenciosos. No le hablaban, no cruzaban su mirada. Simplemente la señalaban hacia su habitación y desaparecían en las sombras.
Su habitación estaba en el tercer piso, un espacio vasto que podría haber contenido toda su casita dentro. La cama era enorme, cubierta de seda y terciopelo, y había una mesa de tocador con un espejo tan grande que parecía tragarse la habitación.
Las ventanas daban a los jardines, y Amelia se quedó allí por un largo momento, presionando su palma contra el cristal frío, viendo los últimos restos de su libertad desaparecer detrás de las puertas de hierro.
—¿Está todo a su gusto, señorita?
Amelia se giró, su corazón latiendo fuerte. Una mujer estaba en la puerta, su cabello plateado recogido en un moño ordenado, su rostro curtido pero amable. Llevaba un vestido gris simple y cargaba una pila de sábanas en sus brazos.
—Soy Bianca —dijo la mujer, su voz suave y gentil—. Soy la ama de llaves aquí. Si necesita algo, cualquier cosa, solo dígamelo.
Amelia intentó sonreír, pero salió más como una mueca.
—Gracias. Todo esto es muy abrumador.
Los ojos de Bianca se suavizaron con simpatía.
—Sé que lo es, querida, pero te acostumbrarás. Lo prometo. El Don es un buen hombre. Solo que no sabe cómo demostrarlo.
Amelia casi se rió ante eso. Un buen hombre. El hombre que la había comprado como una propiedad. Que la había forzado a un matrimonio que no quería, que la había alejado de todo lo que había conocido y amado.
Un buen hombre.
—Estoy segura de que lo es —dijo planamente.
Bianca pareció captar su escepticismo, pero no insistió. En cambio, colocó las sábanas en la cama y comenzó a arreglar las almohadas, un gesto maternal que hizo que los ojos de Amelia picaran con lágrimas no derramadas.
Bianca le recordaba a las mujeres de su antiguo vecindario, las que la habían visto crecer y siempre tenían una palabra amable y una galleta para una niña pequeña.
—Sus cosas han sido guardadas —dijo Bianca, señalando hacia el clóset—. El Don mandó hacer un guardarropa completamente nuevo para usted. Pensó que quizás no habría traído suficiente.
Amelia abrió la puerta del clóset y sintió que su aliento se atrapaba en su garganta. Estaba lleno de ropa, más ropa de la que había visto en su vida. Sedas y terciopelos y encajes, vestidos en todos los colores imaginables, zapatos alineados en filas ordenadas como soldados esperando inspección.
Todo era hermoso. Todo era caro. Y todo se sentía como una jaula.
—No tenía que hacer esto —susurró Amelia, su voz hueca—. No quiero nada de esto.
Bianca colocó una mano gentil en su hombro.
—Está tratando, señorita. No sabe cómo ser suave, pero está tratando. Dale una oportunidad. Eso es todo lo que pido.
Amelia asintió, pero sabía que no lo haría. No podía. Encontraría una manera de salir de esto, sin importar lo que costara.
Los días que siguieron se difuminaron en una niebla de soledad y desesperación. Amelia pasaba la mayor parte de su tiempo en su habitación pintando imágenes de girasoles y cielos azules y todas las cosas que había dejado atrás.
No hablaba con los sirvientes, no exploraba la mansión, no hacía nada más que existir en su jaula dorada.
Y entonces conoció a Don Scott Rossi por primera vez.
Era la cena, y Bianca había venido a su habitación para ayudarla a vestirse.
—El Don la espera en la mesa a las 7 —dijo suavemente—. Por favor, señorita. Significaría mucho para él.
Amelia quería negarse. Quería quedarse en su habitación y pintar y pretender que nada de esto estaba sucediendo. Pero sabía que tenía que enfrentarlo eventualmente. Mejor terminar con esto de una vez.
Eligió un vestido azul simple, uno de los pocos que se sentía como algo que habría usado en casa, y se dirigió por la larga escalera hacia el comedor. La casa estaba tan silenciosa, tan fría, y se estremeció a pesar de sí misma.
El comedor era vasto, con una mesa que podría haber sentado a 20 personas. Scott estaba sentado en la cabecera, una copa de vino tinto en su mano, su rostro ilegible. Era más guapo de lo que había esperado, todo ángulos agudos y líneas duras, con ojos como trozos de hielo gris que parecían perforarla.
—Siéntate —dijo, señalando la silla a su lado—. Por favor.
Amelia se sentó, manteniendo sus ojos fijos en la mesa frente a ella. Los sirvientes trajeron plato tras plato de comidas ricas que nunca había probado, y ella las empujó alrededor de su plato sin comer. No podría haber tragado un bocado si su vida dependiera de ello.
—No estás comiendo —observó Scott—. ¿La comida no es de tu agrado?
—La comida está bien —dijo Amelia, su voz apenas por encima de un susurro—. Simplemente no tengo hambre.
Scott la estudió por un largo momento, y Amelia sintió su rostro sonrojarse bajo su mirada. Este era el hombre que la había comprado, que había hecho que su padre la vendiera como un mueble. Lo odiaba. Tenía que odiarlo. Era la única manera de sobrevivir.
—Amelia —dijo él, y su voz era más suave ahora, casi gentil—. Sé que esto no es lo que querías. Sé que no elegiste esto, pero quiero que entiendas algo. Estás a salvo aquí. Nadie te hará daño nunca. Te protegeré con mi vida si es necesario.
Amelia finalmente levantó la vista, encontrando sus ojos por primera vez.
—¿Y mi libertad? —preguntó, su voz temblando—. ¿Y lo que yo quiero?
La expresión de Scott se endureció.
—Esta es tu vida ahora —dijo, su voz plana y final—. Te quedarás aquí. Estarás a salvo. Eso es todo.
Y luego se levantó de la mesa y salió de la habitación, sus pasos resonando en el pasillo vacío como el latido desvaneciente de un tambor.
Amelia se quedó allí por un largo momento, mirando fijamente la puerta por la que había desaparecido, su corazón latiendo con una mezcla de ira y desesperación.
Había intentado. Había intentado hacerle ver que era una persona, no una posesión. Y él la había desestimado como si no fuera nada, como si sus sentimientos no importaran.
Era solo una pieza en su juego, un peón para mover a su antojo.
Bueno, encontraría una manera de salir. Tenía que hacerlo.
Las semanas pasaron y Amelia se retiró más dentro de sí misma. Pintaba día y noche, llenando lienzo tras lienzo con imágenes de la vida que le habían robado. Hablaba con Coco, que parecía sentir su tristeza y se quedaba cerca de su lado.
Evitaba a Scott siempre que era posible, comiendo sus comidas en su habitación, desapareciendo en los jardines cuando sabía que él estaba en su estudio.
Pero un día, conoció a Linda.
Amelia estaba en el jardín, sentada en un banco de piedra y mirando el cielo gris, cuando un torbellino de energía saltó hacia ella. Una mujer joven con ojos brillantes y una sonrisa deslumbrante, su cabello oscuro rebotando alrededor de sus hombros como algo vivo.
—Hola —dijo la chica, extendiendo su mano—. Soy Linda, la hermana de Scott. He estado muriendo por conocerte, pero Scott dijo que tenía que esperar hasta que estuvieras instalada. Es tan sobreprotector. Es ridículo.
Amelia parpadeó, tomada por sorpresa por el entusiasmo de la chica.
—Soy Amelia —dijo, estrechando la mano de Linda—. Es un placer conocerte.
—Igualmente —Linda se dejó caer en el banco a su lado, completamente sin invitación—. Estoy tan contenta de que estés aquí. Este lugar es tan aburrido, y Scott siempre está trabajando. He estado desesperada por alguien con quien hablar.
Amelia sintió una pequeña sonrisa tirando de sus labios a pesar de sí misma. Linda era como una bocanada de aire fresco en esta mansión fría y muerta. Era tan viva, tan llena de energía y calidez.
—No dejes que mi hermano te asuste —susurró Linda confidencialmente—. Es un gruñón, pero tiene buen corazón. Solo que no sabe cómo demostrarlo.
Amelia negó con la cabeza.
—No creo que tenga corazón alguno. Me compró, Linda. Me trató como una propiedad.
La sonrisa de Linda se desvaneció, reemplazada por una mirada de tristeza.
—No eligió esta vida, Amelia. Nuestros padres murieron y él tuvo que hacerse cargo. Sacrificó todo para protegerme.
Señaló una pequeña fotografía desvanecida en el estante. Era de un niño sonriente y un niño mucho mayor que se parecía a Scott.
—Nuestra madre murió dándome a luz —explicó Linda suavemente—. Scott tenía solo 10 años. Tuvo que ser un padre para mí. Tuvo que crecer tan rápido para poder protegerme. Nunca pudo ser un niño. Nunca pudo ser joven y despreocupado. Ha estado cargando el peso del mundo sobre sus hombros desde que era un niño pequeño.
Amelia miró la fotografía de nuevo, al joven Scott con sus ojos serios y su brazo protector alrededor de su hermanita, y sintió algo cambiar en su corazón, una grieta en el muro de ira que había construido a su alrededor.
Tal vez Scott no era solo un monstruo. Tal vez era un niño que había sido forzado a convertirse en hombre demasiado pronto, que nunca había conocido lo que era ser amado y cuidado y libre.
Pero aún así no tenía derecho a comprarla, no tenía derecho a atraparla en un matrimonio que no quería.
Esa noche, Amelia no pudo dormir. Deambuló por los pasillos de la mansión, sus pies descalzos silenciosos en los pisos fríos de mármol. No sabía a dónde iba, no le importaba. Solo necesitaba moverse, escapar del silencio sofocante de su habitación.
Y entonces vio la luz.
Venía del estudio de Scott, una astilla de oro cálido derramándose bajo la puerta. Amelia vaciló, sabiendo que debería volver a su habitación, sabiendo que no tenía por qué entrometerse en su privacidad. Pero algo la atrajo hacia adelante. Alguna necesidad inexplicable de entender al hombre que iba a ser su esposo.
Se acercó sigilosamente y a través de la rendija de la puerta, lo vio.
Scott estaba sentado en una silla junto a la chimenea, su rostro enterrado en sus manos, y estaba llorando. Grandes sollozos convulsivos que sacudían todo su cuerpo, lágrimas corriendo por su rostro como lluvia.
En sus brazos, sostenía un pequeño osito de peluche gastado, su pelaje frotado suave por años de manos amorosas.
El aliento de Amelia se atrapó en su garganta. El osito de peluche. Era el mismo de la fotografía en la habitación de Linda. El que el niño pequeño sostenía.
Este era el osito de Scott, el que su madre le había dado antes de morir.
El gran y poderoso Don era solo un niño solitario extrañando a su madre. Toda su frialdad era una máscara para ocultar su profundo, profundo dolor.
Amelia observó por un momento más, su corazón doliendo con una ternura que no quería sentir. Y luego se escabulló de vuelta a su habitación, donde yació en la oscuridad y trató de dar sentido a lo que había visto.
Todavía lo odiaba. Tenía que odiarlo.
Pero no podía evitar sentir algo más también. Algo que la asustaba más que cualquier otra cosa.
Estaba empezando a entenderlo.
Y entender era el primer paso hacia algo que no podía permitirse sentir.
Amor.
Las semanas que siguieron a la noche en que Amelia vio a Scott llorando en su estudio fueron extrañas e inquietantes. Se encontró observándolo de manera diferente, notando cosas que había estado demasiado enojada para ver antes.
La forma en que sus hombros se desplomaban cuando pensaba que nadie estaba mirando. La forma en que sus ojos se demoraban en el retrato de su madre que colgaba en el pasillo principal. La forma en que se estremecía ligeramente cada vez que alguien levantaba la voz. Un reflejo nacido de años de vivir en un mundo donde las voces elevadas significaban violencia.
Amelia se dijo a sí misma que no le importaba. Se dijo a sí misma que solo lo estaba observando para poder encontrar una debilidad, una manera de escapar de este matrimonio que nunca había querido. Pero la verdad era mucho más complicada, y ella lo sabía.
Estaba empezando a ver al hombre detrás del monstruo, y eso la aterraba.
Una mañana, despertó y encontró una sola rosa roja en su almohada. Estaba fresca, gotas de rocío aún aferradas a sus pétalos, y no había ninguna nota adjunta. Amelia la miró fijamente por un largo momento, su corazón latiendo fuerte.
Sabía quién la había dejado. Solo había una persona en esta mansión que tenía acceso a su habitación sin su conocimiento. Pero ¿por qué? ¿Por qué Scott le dejaría una rosa?
Era frío y distante, tratándola como una posesión en lugar de una persona. ¿Qué podría esperar ganar con tal gesto?
Llevó la rosa consigo todo el día, incapaz de tirarla a pesar de sus mejores intenciones. La puso en un pequeño jarrón en su alféizar, y cada vez que la miraba, sentía un extraño aleteo en su pecho que se negaba a reconocer.
Más tarde esa semana, Amelia estaba en el jardín tratando de pintar el cielo gris cuando notó un movimiento en los arbustos cerca de la fuente. Dejó su pincel y se acercó sigilosamente, mirando a través de las hojas.
Y allí, agazapado detrás de un seto, había un pequeño gatito desaliñado. Su pelaje enredado y sus ojos muy abiertos de miedo.
—Hola —dijo Amelia suavemente, agachándose y extendiendo su mano—. Está bien. No te haré daño.
El gatito siseó y retrocedió. Pero Amelia era paciente. Siempre había tenido una manera con los animales, un toque gentil que parecía calmar incluso a las criaturas más asustadas. Se sentó en el césped y esperó, canturreando suavemente para sí misma hasta que el gatito finalmente se acercó y olfateó sus dedos.
—Ahí estás —murmuró Amelia, acariciando su pelaje enredado—. Estás a salvo ahora, lo prometo.
No notó que Scott la observaba desde el balcón de arriba. Había salido a tomar aire, su mente pesada con negocios y política. Y la vista de Amelia sentada en el jardín, atrayendo a un gatito callejero de su escondite, lo detuvo en seco.
Era tan gentil, tan amable, tan completamente diferente de cualquiera que hubiera conocido. Las personas en su mundo eran duras y calculadoras, siempre buscando un ángulo, siempre tratando de obtener algo de él. Pero Amelia no pedía nada.
Daba su amabilidad libremente sin esperar nada a cambio.
La observó por un largo momento, y algo en su pecho se aflojó. Algo que había estado apretado y anudado durante tanto tiempo como podía recordar.
No sabía por qué lo hizo. No sabía por qué sintió el repentino e irresistible impulso de conectarse con ella. Pero se encontró bajando las escaleras y saliendo al jardín, sus pasos silenciosos sobre el césped suave.
—Amelia —dijo, y su voz salió más suave de lo que había pretendido.
Ella levantó la vista sobresaltada. El gatito, sintiendo a un extraño, salió disparado hacia los arbustos y desapareció. Amelia suspiró, una mirada de decepción cruzando su rostro.
—No quise asustarlo —dijo Scott. Y se sorprendió al descubrir que lo decía en serio. No estaba acostumbrado a preocuparse por cosas tan pequeñas. No estaba acostumbrado a preocuparse por nada en absoluto.
—Está bien —dijo Amelia, levantándose—. Probablemente esté mejor así. Este no es exactamente un lugar acogedor para los abandonados.
Había una amargura en su voz que lo cortó más profundo de lo que quería admitir. Estaba hablando de sí misma. Se dio cuenta de que ella se veía a sí misma como una abandonada, no deseada y no amada, atrapada en una jaula de seda y mármol.
—Amelia —dijo de nuevo, y esta vez su voz era ronca con emoción—. Quiero mostrarte algo.
La llevó a través del jardín, más allá de los rosales y la fuente, a un pequeño rincón escondido que nunca había mostrado a nadie. Era un pequeño terreno de tierra invadido y descuidado. Pero en el centro se alzaba un solo rosal, sus ramas cargadas de flores rosadas.
—Este era el jardín de mi madre —dijo Scott suavemente—. Amaba las rosas. Quería plantar un jardín en cada color del arcoíris.
Su voz era triste pero gentil, y Amelia sintió su corazón doler por él.
—Después de que ella murió, no podía soportar venir aquí. Dolía demasiado. Pero he estado pensando, tal vez es hora de traerlo de vuelta a la vida. Tal vez es hora de dejar que algo hermoso crezca aquí de nuevo.
Amelia miró el rosal y luego a Scott, y por primera vez lo vio claramente, no como el Don, no como el monstruo, sino como un hombre que lo había perdido todo y estaba tratando a su manera torpe de encontrar algo a lo que aferrarse.
—Deberías plantar girasoles —dijo, y su voz era apenas un susurro—. Son mis favoritos. Siempre buscan el sol, sin importar cuán oscuro se vuelva el mundo.
Scott sonrió. Fue una sonrisa pequeña, vacilante. El tipo de sonrisa que nunca había aprendido realmente a ser libre.
—Girasoles —repitió—. Me gusta eso. Me recuerdan a ti.
Amelia sintió que su aliento se atrapaba en su garganta. No sabía qué decir. No sabía cómo responder a esta extraña y vulnerable versión de Scott. Había venido aquí odiándolo, decidida a encontrar una salida. Pero ahora, de pie en este jardín olvidado, rodeada de los fantasmas de su pasado, sintió algo cambiar dentro de ella.
Algo que no podía permitirse sentir.
Los días que siguieron fueron diferentes. Scott comenzó a acompañar a Amelia en el jardín, ayudándola a despejar las malas hierbas y plantar nuevas flores. Trabajaba en silencio, sus mangas enrolladas, sus manos manchadas de tierra, y Amelia se encontró observándolo más y más.
Era hermoso, se dio cuenta. No solo guapo, sino hermoso de una manera que hablaba de profundidades ocultas y dolor no dicho.
Se encontró queriendo conocerlo mejor, entender al hombre detrás de la máscara.
Una tarde, mientras plantaban una hilera de girasoles, Scott levantó la vista hacia ella y preguntó:
—¿Con qué sueñas, Amelia, cuando no estás pintando? Cuando no estás en este jardín. ¿Con qué sueñas?
Amelia estuvo callada por un momento. Podría haberle dado una respuesta cortés, una respuesta superficial, el tipo de respuesta que había aprendido a dar para protegerse. Pero algo en sus ojos, algo vulnerable y sincero, la hizo decirle la verdad.
—Sueño con la libertad —dijo suavemente—. Sueño con una pequeña casita junto al mar con un jardín lleno de flores y un estudio donde pueda pintar todo el día. Sueño con despertar en la mañana y saber que mi vida es mía, que puedo hacer lo que quiera con ella.
Scott estuvo callado por un largo momento. Luego dijo:
—Eso suena hermoso, Amelia. Espero que algún día lo tengas.
Era algo tan simple de decir, pero Amelia sintió lágrimas picar en sus ojos. No se estaba burlando de ella. No estaba desestimando sus sueños. Los estaba reconociendo, honrándolos.
Y eso significaba más de lo que podía expresar.
Esa noche, Scott apareció en su puerta con un pequeño paquete envuelto en papel marrón.
—Vi que te estabas quedando sin pintura —dijo, sus mejillas sonrojándose ligeramente—. Pensé que te gustarían estos.
Amelia desenvolvió el paquete y jadeó. Era un conjunto de pinceles, los más finos que había visto. Sus mangos eran de madera suave y pulida, y las cerdas eran suaves y flexibles.
Este era el tipo de regalo que mostraba que estaba prestando atención, que le importaba lo que ella amaba.
—Gracias —susurró, y lo decía con todo su corazón.
Pero la felicidad de ese momento estaba ensombrecida por algo más, algo que no podía ignorar. Había un peligro creciendo en las sombras, una amenaza que ninguno de los dos podía ver.
Su nombre era Rocky.
Rocky había estado con la familia Rossi durante años, un soldado leal que había trabajado su camino hacia arriba a través de las filas. Era ambicioso, despiadado, y profundamente celoso de la posición de Scott.
Siempre había creído que merecía ser el Don, y el creciente apego de Scott hacia Amelia le dio la oportunidad perfecta para hacer su movimiento.
—Una esposa hace débil a un hombre —dijo Rocky a sus hombres, su voz goteando desprecio—. Y Scott está más débil que nunca. Pasa todo su tiempo con esa chica, plantando flores, dándole regalos. Ha olvidado lo que significa ser un líder.
—¿Qué sugieres que hagamos? —preguntó uno de sus hombres.
Rocky sonrió, una sonrisa fría y depredadora.
—Le recordamos lo que les pasa a los hombres que dejan que sus corazones gobiernen sus cabezas. Le quitamos lo que más ama. Y lo vemos desmoronarse.
La amenaza llegó unos días después. Una simple nota deslizada bajo la puerta de Scott en medio de la noche.
Cancela la boda o la novia lo lamentará.
La reacción de Scott fue inmediata y aterradora. Reunió a sus hombres, ladrando órdenes, exigiendo saber cómo alguien se había acercado tanto a sus aposentos privados. Los guardias fueron duplicados, el perímetro asegurado, y por primera vez, Amelia vio el verdadero poder del Don.
—Estás a salvo —le prometió Scott, su voz feroz y protectora—. Nadie te tocará. Eres mía, y protegeré lo que es mío.
La palabra mía debería haberla enfurecido. Debería haberla hecho sentir como una posesión, una cosa para ser poseída y controlada. En cambio, la hizo sentir protegida. La hizo sentir deseada.
Y eso la asustó más que cualquier otra cosa.
Esa noche, Amelia yació en su cama, mirando al techo, su mente corriendo con pensamientos que no podía controlar. Se estaba enamorando de él contra toda lógica, contra toda razón. Se estaba enamorando del hombre que la había comprado, el hombre que era la causa de todo su dolor.
Pero ya no era solo ese hombre. Era el hombre que había llorado por el osito de peluche de su madre. El hombre que había plantado girasoles con ella en el jardín de su madre. El hombre que le había dado pinceles y rosas y le había mostrado un lado de sí mismo que nunca le había mostrado a nadie más.
Todavía estaba atrapada. Todavía era una prisionera. Pero los muros de su jaula se habían vuelto borrosos, y ya no estaba segura de dónde terminaba la prisión y comenzaba su propio corazón.
Los días pasaron, cada uno acercándola más a la boda que una vez había temido. Pero ahora ya no estaba tan segura de querer escapar. Ya no estaba tan segura de poder hacerlo.
Scott la había cambiado. Le había mostrado que había más en la vida que la ira y el resentimiento. Le había mostrado que incluso en los lugares más oscuros, podía haber luz.
Y la luz, estaba comenzando a darse cuenta, era Scott mismo.
La noche antes de la cena de ensayo, Scott la encontró en el jardín, mirando las estrellas. Se sentó a su lado sin hablar, y por un largo momento, simplemente existieron juntos en la quietud.
—Amelia —dijo finalmente, su voz ronca—. Sé que no he sido el hombre que mereces. Sé que te alejé de todo lo que amabas, y sé que nunca podré compensarlo. Pero quiero que sepas algo. Nunca esperé sentirme así. Nunca esperé preocuparme por alguien de la manera en que me preocupo por ti, y sé que es egoísta, pero no puedo dejarte ir. No te dejaré ir.
Amelia se giró para mirarlo, y vio la vulnerabilidad en sus ojos, el miedo de que ella lo rechazara, la esperanza de que no lo hiciera.
—Scott —susurró—. No sé qué decir. Vine aquí odiándote. Vine aquí decidida a encontrar una salida. Pero en algún punto del camino, todo cambió. Tú cambiaste.
Él extendió la mano y tomó la suya, sus dedos entrelazándose con los de ella.
—Dime que lo sientes también —rogó—. Dime que no estoy solo en esto.
Amelia miró sus manos unidas, y sintió una calidez extendiéndose por su pecho. Una calidez que no tenía nada que ver con la noche de verano.
—Lo siento —admitió—. No quiero sentirlo. Intenté con todas mis fuerzas no sentirlo, pero lo siento.
La sonrisa de Scott fue lo más hermoso que había visto. Se inclinó y ella sintió su aliento en su mejilla, cálido y dulce.
—Amelia —susurró—. Te amo.
Las palabras colgaron en el aire entre ellos, pesadas y poderosas. Y Amelia supo en ese momento que ella también lo amaba. Lo amaba a pesar de todo, a pesar de la forma en que habían comenzado, a pesar de todas las razones por las que no debería.
—Yo también te amo —susurró de vuelta.
Y por un momento perfecto, el mundo estuvo bien. Las estrellas brillaron intensamente. El jardín floreció con la promesa de nueva vida. Y dos corazones latieron como uno.
Pero las sombras todavía estaban allí, esperando. Y Rocky estaba observando, sus ojos brillando con malicia.
La boda era en dos días, y tenía un plan.
La mañana del ensayo de la boda amaneció brillante y clara, el tipo de día perfecto de primavera que parecía haber sido diseñado específicamente para historias de amor.
Amelia despertó temprano, su corazón revoloteando con una mezcla de nervios y emoción. Solo dos días más y sería la esposa de Scott. Dos días más y todo lo que siempre había querido finalmente sería suyo.
Yació en la cama por un largo momento, mirando al techo, tratando de procesar el extraño giro que su vida había tomado. Hace solo unos meses, había sido una simple pintora viviendo en una pequeña casita con su padre y su perro. Había estado desesperada por escapar de este matrimonio, decidida a encontrar una salida.
Y ahora no podía imaginar su vida sin Scott en ella.
El amor era algo extraño y maravilloso, decidió. Se arrastraba hacia ti cuando menos lo esperabas, cambiando todo lo que creías saber sobre ti misma y el mundo.
Se levantó de la cama y caminó hacia la ventana, mirando el jardín abajo. Los girasoles estaban floreciendo, sus caras brillantes vueltas hacia el cielo, y Amelia sonrió ante la vista. Ella y Scott los habían plantado juntos, sus manos trabajando lado a lado, y cada vez que los miraba, recordaba la ternura en sus ojos, la forma gentil en que había tocado su mano.
Hoy iba a ser perfecto. Podía sentirlo.
Bianca vino a ayudarla a prepararse, su rostro curtido arrugado con una sonrisa cálida.
—Te ves hermosa, señorita —dijo, ajustando el simple vestido blanco que Amelia había elegido para el ensayo—. El Don no podrá quitar sus ojos de ti.
Amelia se sonrojó, sus mejillas encendiéndose con placer.
—Gracias, Bianca, por todo. No sé qué habría hecho sin ti estos últimos meses.
Bianca le dio una palmadita en la mano suavemente.
—Eres parte de esta familia ahora, señorita, y yo cuido de mi familia.
Hubo un golpe en la puerta y Linda entró de golpe, sus ojos brillantes de emoción.
—¿Estás lista? —exigió—. Los autos están aquí. Todos están esperando. Oh, Amelia, esto es tan emocionante. Finalmente voy a tener una hermana.
Amelia se rió, y por un momento, todo se sintió bien en el mundo. Tenía a Linda, que se había convertido como una hermanita para ella. Tenía a Bianca, que había sido más una madre para ella de lo que nunca había esperado. Y tenía a Scott, el hombre que amaba más que a nada.
Pero en lo profundo de su corazón, había una pequeña semilla de inquietud. Recordó las amenazas que se habían hecho, la nota que había sido deslizada bajo la puerta de Scott, los hombres que querían destruir su felicidad.
Empujó el pensamiento away, negándose a dejar que arruinara este día perfecto.
Scott la estaba esperando al pie de las escaleras. Llevaba un traje negro impecable, su cabello oscuro perfectamente peinado, y se veía tan guapo que el aliento de Amelia se atrapó en su garganta.
Sonrió cuando la vio. El tipo de sonrisa que alcanzaba sus ojos e iluminaba todo su rostro. Y Amelia sintió su corazón saltar un latido.
—Te ves hermosa —dijo, tomando su mano y llevándola a sus labios—. Absolutamente impresionante.
—Tú no te ves tan mal —bromeó ella, su voz cálida con afecto.
Caminaron juntos hacia el jardín donde se llevaría a cabo el ensayo. Las rosas estaban en plena floración, su dulce fragancia llenando el aire, y Amelia sintió una oleada de felicidad tan intensa que casi dolía.
Esto era. Este era el comienzo de su vida juntos, y nada iba a detenerlos.
Excepto que todo estaba a punto de salir terriblemente, horriblemente mal.
Amelia estaba de pie junto a los rosales, sus manos llenas de flores que había recogido para las decoraciones. Scott estaba en el balcón de arriba, observándola con una sonrisa en su rostro. Linda estaba riéndose con Bianca cerca de la fuente, y todo era perfecto.
Y entonces el mundo explotó.
Un auto negro chirrió hasta detenerse en la puerta del jardín. Dos hombres saltaron, sus rostros ocultos detrás de gafas oscuras, sus manos ya alcanzando las armas enfundadas en sus caderas.
—¡Ahí está! —gritó uno de ellos, apuntando directamente a Amelia—. ¡Atrápenn a la chica del Don!
Amelia se congeló, su sangre convirtiéndose en hielo en sus venas. No podía moverse, no podía respirar, no podía ni siquiera gritar. Era como una pesadilla desarrollándose ante sus ojos. Una pesadilla de la que no podía despertar.
—¡Amelia, agáchate! —rugió Scott desde el balcón.
Y luego se estaba moviendo. Estaba corriendo por las escaleras, su rostro torcido con furia y miedo, su cuerpo lanzándose entre Amelia y los hombres con armas.
—¡Señor Rossi, no! —gritó uno de los guardias, pero era demasiado tarde.
Scott ya estaba allí, sus brazos envueltos alrededor de Amelia, su cuerpo protegiendo el de ella del peligro.
El disparo fue ensordecedor. Resonó a través del jardín, ahogando los gritos y los gritos y el caos. Amelia sintió el cuerpo de Scott sacudirse contra el suyo, sintió su agarre apretarse, sintió algo cálido y húmedo extendiéndose por su vestido.
—¡Scott! —gritó, su voz ronca de terror.
Se desplomó al suelo, su mano presionada contra su costado, sangre filtrándose entre sus dedos. Su rostro estaba pálido, sus ojos muy abiertos de shock, y Amelia cayó de rodillas a su lado, sus manos temblando mientras trataba de detener el sangrado.
—Scott, por favor —rogó, sus lágrimas cayendo sobre su rostro—. Por favor quédate conmigo. Por favor no me dejes. Te amo, Scott. Te amo tanto. Por favor no me dejes.
Abrió los ojos y la miró. Había dolor en su mirada. Pero había algo más también. Algo que parecía casi paz.
—Siempre… te protegeré —susurró débilmente, su voz apenas audible.
Y luego sus ojos se cerraron y su cuerpo quedó flácido.
—¡No! —gritó Amelia—. ¡No, no, no! ¡Alguien ayude! ¡Por favor, alguien ayude!
Los guardias ya habían sometido a los atacantes, pero no importaba. Nada importaba excepto el hombre que yacía sangrando en sus brazos. El hombre que amaba más que a nada en el mundo.
Bianca estaba allí, su rostro pálido de shock, sus manos trabajando para aplicar presión a la herida. Linda estaba sollozando, sus manos cubriendo su boca. El jardín, que había sido tan hermoso solo momentos antes, era ahora una escena de horror y devastación.
La ambulancia llegó rápidamente, pero el viaje al hospital fue el más largo de la vida de Amelia. Sostuvo la mano de Scott todo el tiempo, susurrando palabras de amor y aliento, negándose a soltarlo, incluso cuando los paramédicos intentaron apartarla.
—Ha perdido mucha sangre —dijo uno de ellos gravemente—. Necesitamos llevarlo a cirugía inmediatamente.
Amelia no escuchó el resto. Estaba demasiado enfocada en el rostro de Scott, demasiado enfocada en el ascenso y descenso de su pecho, demasiado enfocada en el latido de su corazón.
—Por favor —rezó en silencio—. Por favor no me lo quites. Por favor, haré cualquier cosa. Daré cualquier cosa. Solo por favor, por favor déjalo vivir.
Las horas que siguieron fueron una niebla de espera y oración y esperanza. Amelia se sentó en la sala de espera del hospital, su vestido todavía manchado con la sangre de Scott, sus manos entrelazadas en su regazo. Linda estaba a su lado, su rostro manchado de lágrimas y sus ojos rojos e hinchados.
Bianca también estaba allí, sus manos envueltas alrededor de una taza de café que no había tocado.
—Va a estar bien —seguía diciendo Linda, su voz temblando—. Tiene que estar bien. Siempre ha estado ahí para mí. Prometió que siempre estaría ahí para mí.
Amelia asintió, pero no podía hablar. Las palabras estaban atrapadas en su garganta, ahogadas por el miedo y el dolor.
No podía imaginar un mundo sin Scott. No podía imaginar despertar en la mañana y no ver su rostro, no escuchar su voz, no sentir sus brazos a su alrededor.
Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, el doctor salió.
Su rostro era grave, sus hombros caídos de agotamiento.
—La bala perdió su corazón por centímetros —dijo—. Pero causó mucho daño. Va a necesitar tiempo para recuperarse. Mucho tiempo. Pero va a estar bien.
—¿Va a vivir? —preguntó Amelia, su voz apenas por encima de un susurro.
El doctor asintió.
—Va a vivir. Pero va a estar débil por mucho tiempo. Va a necesitar reposo en cama y monitoreo cuidadoso.
Amelia se derrumbó contra Linda, sollozando de alivio.
Scott estaba vivo. Iba a estar bien.
Pero su alivio fue efímero porque incluso mientras se regocijaba con la noticia de la supervivencia de Scott, una nueva amenaza estaba emergiendo de las sombras.
Rocky había estado esperando este momento. Había estado detrás del ataque. Por supuesto que lo había estado. Él había sido quien había arreglado que los hombres vinieran al jardín, quien les había ordenado matar a Amelia.
No había contado con que Scott se lanzara frente a ella, pero de cierta manera, funcionó incluso mejor de lo que había planeado.
Con Scott débil e indefenso, Rocky vio su oportunidad de tomar el poder.
Reunió a los hombres que le eran leales, los que siempre habían resentido el liderazgo de Scott, y hizo su movimiento.
—El Don está demasiado débil para liderar —declaró—. La familia necesita un nuevo líder fuerte. Hasta que se recupere, yo estoy a cargo.
Amelia escuchó la noticia de Bianca, que había corrido al hospital para contárselo.
—Ha tomado la mansión —dijo Bianca, su voz temblando de ira—. Ha echado a los guardias leales y los ha reemplazado con sus propios hombres. Se está llamando a sí mismo el Don interino.
Amelia sintió una ira fría construyéndose en su pecho. Scott yacía en una cama de hospital, luchando por su vida, y esta serpiente estaba tratando de tomar todo lo que había construido.
Pero no había nada que ella pudiera hacer. Era solo una chica, una pintora de una pequeña casita. ¿Qué poder tenía contra un hombre como Rocky?
Fue al cuarto de Scott y se sentó junto a su cama, sosteniendo su mano. Estaba despierto, pero apenas. Sus ojos estaban abiertos, pero distantes y confundidos.
—Amelia —murmuró, su voz débil y delgada—. ¿Qué pasó?
—La boda —dijo ella suavemente—. Hubo un ataque. Te dispararon. Salvaste mi vida.
Scott asintió lentamente, su ceño fruncido por el dolor.
—Rocky —dijo, y aún en su estado debilitado, había ira en su voz—. Él está detrás de esto. Lo sé.
—Sí —estuvo de acuerdo Amelia—. Ha tomado la mansión. Se está llamando a sí mismo el Don interino.
Scott intentó incorporarse, pero el dolor era demasiado. Cayó de espaldas contra las almohadas, su rostro torcido de frustración.
—Tengo que detenerlo. Tengo que proteger a mi familia.
Pero no podía. Estaba demasiado débil, demasiado herido. No podía ni siquiera levantarse sin ayuda.
Y Amelia se dio cuenta en ese momento de que tenía que hacer algo. Tenía que ser la fuerza que Scott no podía ser. Tenía que proteger al hombre que amaba, la familia que estaban construyendo juntos.
—Yo lo haré —dijo firmemente—. Lo detendré.
Scott negó con la cabeza, sus ojos llenos de miedo.
—No, Amelia, es demasiado peligroso. Te matará.
—Tendrá que intentarlo —dijo ella. Y había un acero en su voz que la sorprendió incluso a ella—. Tú me salvaste, Scott. Ahora voy a salvarte a ti.
Se inclinó y lo besó suavemente en la frente.
—Te amo —susurró—. Y prometo que no dejaré que destruya todo lo que hemos construido juntos.
Y luego salió de la habitación, su corazón latiendo con miedo y determinación.
No sabía cómo iba a derrotar a Rocky. Ni siquiera sabía por dónde empezar. Pero sabía una cosa con certeza.
Moriría antes de dejar que le quitara a Scott.
La mansión era un lugar diferente cuando Amelia regresó. Los guardias eran caras extrañas, fríos y hostiles, y los sirvientes se escabullían con sus cabezas bajas, temerosos de encontrarse con su mirada. Bianca estaba allí, su rostro pálido de preocupación, y Linda estaba escondida en su habitación, demasiado asustada para salir.
—Señorita Amelia —susurró Bianca—. No debería haber vuelto. Es demasiado peligroso.
—Lo sé —dijo Amelia—, pero tengo que intentarlo por Scott.
Caminó por los pasillos, su barbilla en alto, negándose a mostrar el miedo que se agitaba en su estómago. Encontró a Rocky en el estudio de Scott, sentado detrás del escritorio de Scott, sus pies apoyados en la superficie de caoba.
—Ah, la pequeña novia —dijo, una sonrisa burlona en su rostro—. ¿Vienes a suplicar por la vida de tu esposo?
—No —dijo Amelia, su voz fría y firme—. He venido a decirte algo. Puedes haber tomado la mansión. Puedes haber tomado el poder, pero nunca tomarás el corazón de Scott. Y nunca tomarás a su familia.
Rocky se rió.
—Valientes palabras de una mujer cuyo esposo yace en una cama de hospital. ¿Qué vas a hacer, Amelia? ¿Pintarme un cuadro?
—Voy a luchar contra ti —dijo—. Y voy a ganar porque tengo algo que tú no tienes. Tengo amor, y el amor es más fuerte que el miedo, más fuerte que el odio, más fuerte que todos tus planes y mentiras.
La sonrisa de Rocky se desvaneció.
—Eres una tonta —burló—. El amor es debilidad, y la debilidad te destruirá.
—Tal vez —dijo Amelia—. Pero también te destruirá a ti.
Se giró y salió de la habitación, su corazón latiendo fuerte, sus manos temblando. No sabía si había marcado una diferencia. No sabía si había cambiado algo en absoluto.
Pero había plantado una semilla. Una semilla de duda. Una semilla de miedo. Una semilla que crecería hasta convertirse en algo poderoso.
Y pronto, muy pronto, Rocky aprendería que la esposa del Don no era tan fácilmente derrotada.
Las horas después de que Amelia confrontó a Rocky fueron las más largas de su vida. Había regresado al hospital, su corazón pesado con miedo e incertidumbre, y había tomado su lugar junto a la cama de Scott.
Estaba durmiendo, su rostro pálido y demacrado, su pecho subiendo y bajando con cada respiración trabajosa. Sostuvo su mano y lo observó, rezando por fuerza, rezando por un milagro.
Había sido valiente frente a Rocky. Se había mantenido erguida y había hablado con convicción, negándose a dejar que viera su miedo. Pero ahora, en la quietud de la habitación del hospital, el peso de lo que había hecho presionaba sobre ella como una fuerza física.
Había desafiado al hombre más peligroso de la ciudad. Había declarado la guerra a un hombre que había matado sin dudar, que había traicionado a su propia familia en su búsqueda de poder.
¿En qué estaba pensando? Era solo una pintora. Una chica que había pasado su vida soñando con girasoles y atardeceres. No tenía armas, no tenía soldados, no tenía poder.
¿Cómo podría posiblemente derrotar a un hombre como Rocky?
Pero entonces miró a Scott, al hombre que amaba, al hombre que había salvado su vida a costa de la suya. Y supo la respuesta.
Haría lo que fuera necesario. Lucharía con todo lo que tenía porque eso era lo que el amor exigía.
Eso era lo que el amor merecía.
A la mañana siguiente, Scott despertó. Sus ojos revolotearon abiertos. Y por un momento, pareció confundido, desorientado. Luego vio a Amelia y una sonrisa débil cruzó su rostro.
—Amelia —susurró—. Estás aquí.
—Por supuesto que estoy aquí —dijo, apretando su mano—. No voy a ninguna parte. Nunca voy a ninguna parte.
Intentó incorporarse, pero el dolor era demasiado. Cayó de espaldas contra las almohadas, su rostro contorsionado de frustración.
—Rocky —dijo, su voz aguda de ira—. ¿Qué está pasando? ¿Todavía está en la mansión?
Amelia asintió, su corazón hundiéndose.
—Ha tomado el control, Scott. Se está llamando a sí mismo el Don interino. Ha reemplazado a tus guardias leales con sus propios hombres. Está controlando todo.
La mandíbula de Scott se tensó.
—Tengo que detenerlo. Tengo que volver allí.
—No puedes —dijo Amelia gentilmente—. Estás demasiado débil. El doctor dijo que necesitas semanas de reposo en cama. Ni siquiera puedes levantarte solo.
Scott cerró los ojos y Amelia pudo ver la frustración e impotencia en su expresión. Era un hombre que siempre había estado en control, siempre había sido el que mandaba. Ahora estaba atrapado en una cama de hospital, incapaz de proteger a las personas que amaba.
—Voy a arreglar esto —dijo Amelia firmemente—. Voy a detener a Rocky. Te lo prometí, y lo decía en serio.
Scott abrió los ojos y la miró. Había miedo en su mirada. Miedo por su seguridad. Miedo de que ella resultara herida o muerta.
—Amelia, no. Es demasiado peligroso. No dejaré que te pongas en peligro por mí.
—No es solo por ti —dijo ella suavemente—. Es por nosotros. Es por nuestro futuro. Es por todo lo que estamos construyendo juntos. Y no voy a dejar que nadie destruya eso.
Se inclinó y lo besó gentilmente en los labios.
—Te amo, Scott, y voy a salvarte tal como tú me salvaste a mí.
Salió de la habitación antes de que él pudiera discutir, su corazón latiendo con determinación. Tenía un plan. Era arriesgado, peligroso, y podría matarla, pero era el único plan que tenía.
Llamó a Linda y Bianca y les dijo que se reunieran con ella en la mansión.
—Necesito su ayuda —dijo—. Necesito hablar con los hombres que todavía son leales a Scott. Necesito convencerlos de que luchen por él.
La reunión se llevó a cabo en el jardín, el mismo jardín donde Scott había recibido el disparo solo días antes. Los girasoles todavía estaban floreciendo, sus caras brillantes vueltas hacia el cielo, un símbolo de esperanza y resiliencia frente a la oscuridad.
Amelia se paró frente a los hombres, su voz firme y fuerte. Y les dijo la verdad.
—Rocky es un mentiroso y un traidor —dijo—. Él fue quien ordenó el ataque. Intentó hacerme matar y le disparó al Don. Quiere destruir a la familia Rossi, tomar todo lo que Scott ha construido, pero no vamos a dejarlo.
Los hombres murmuraron entre ellos, sus rostros inciertos. Eran leales a Scott, pero también tenían miedo. Rocky tenía la mansión, los guardias, el poder. ¿Cómo podrían posiblemente ganar contra él?
—Sé que tienen miedo —continuó Amelia—. Yo también tengo miedo. Pero tenemos algo que Rocky no tiene. Tenemos amor. Tenemos lealtad. Y tenemos la verdad.
—Scott salvó mi vida. Recibió una bala por mí. ¿Creen que un hombre que haría eso es débil? ¿Creen que un hombre que se sacrificaría por alguien que ama no es un verdadero y fuerte líder?
Hubo un momento de silencio. Y entonces uno de los hombres dio un paso adelante.
—¿Qué quiere que hagamos?
Amelia sonrió.
—Quiero que me sigan. Quiero que confíen en mí. Y quiero que luchen por el Don como él siempre ha luchado por ustedes.
Los hombres asintieron, sus rostros endureciéndose con resolución. Estaban con ella. Lucharían.
Pero incluso mientras Amelia sentía una oleada de esperanza, sabía que la batalla estaba lejos de terminar.
Rocky todavía estaba en la mansión, todavía en control, todavía peligroso. Y si iba a derrotarlo, tendría que enfrentarlo directamente.
La confrontación llegó esa noche. Amelia caminó hacia la mansión, su cabeza en alto, su corazón latiendo en su pecho.
Rocky estaba en el estudio, como había esperado, rodeado de sus guardias.
—Ah, la pequeña novia regresa —dijo, su voz goteando burla—. ¿Vienes a rendirte?
—No —dijo Amelia—. He venido a darte una opción. Vete ahora y puedes irte con tu vida. Quédate y enfrentarás las consecuencias.
Rocky se rió. Una risa áspera y fea.
—Eres aún más tonta de lo que pensaba. No tienes poder, no tienes ejército, no tienes armas. ¿Qué crees que vas a hacer? ¿Hablarme hasta la muerte?
—Tengo algo mejor que armas —dijo Amelia—. Tengo la verdad, y tengo la lealtad de los hombres que sirvieron a Scott. Ellos saben lo que hiciste. Saben que intentaste hacerme matar. Saben que le disparaste al Don, y van a llevarte ante la justicia.
La sonrisa de Rocky vaciló. Miró a sus guardias, pero estaban vacilando, sus rostros inciertos. Habían escuchado los rumores. Habían visto la evidencia. Y ahora, enfrentando la mirada inquebrantable de Amelia, estaban comenzando a dudar de su lealtad hacia él.
—No importa —gruñó Rocky—. Soy el Don interino. Estoy a cargo. Y si alguien intenta detenerme, morirá.
—Estás equivocado —dijo una voz desde la puerta—. No estás a cargo. Yo lo estoy.
Todos se giraron y allí, de pie en la puerta, pálido y débil, pero de pie nonetheless, estaba Scott. Se apoyaba pesadamente en Marco, su rostro pálido de dolor, pero sus ojos estaban claros y feroces.
—Scott —jadeó Amelia, su corazón elevándose.
Caminó lentamente hacia la habitación, su mirada fija en Rocky.
—Cometiste un error —dijo, su voz baja y peligrosa—. Me subestimaste. Y la subestimaste a ella.
El rostro de Rocky se torció de rabia.
—No eres nada —escupió—. Eres un débil, un patético tonto que dejó que una mujer luchara sus batallas. No mereces ser el Don.
—No merezco nada —dijo Scott tranquilamente—. Pero voy a luchar por ello. Voy a luchar por mi familia, mi futuro, mi amor, y voy a ganar.
Los guardias que habían sido leales a Rocky vacilaron. Vieron la determinación en los ojos de Scott, la fuerza en su voz. Vieron el amor entre él y Amelia, la forma en que ella se paró a su lado, su mano en la suya, y tomaron su decisión.
Uno por uno, dieron un paso adelante y se arrodillaron ante Scott.
—Perdónanos, Don —dijo uno de ellos—. Fuimos engañados, pero somos tuyos. Siempre seremos tuyos.
Rocky miró alrededor, su rostro pálido de horror. Estaba solo. Sus aliados lo habían abandonado. Sus planes se habían desmoronado, y no quedaba ningún lugar a donde correr.
Scott caminó hacia él, sus pasos lentos pero firmes.
—Intentaste quitarme todo —dijo—. Intentaste matar a la mujer que amo, y pagarás por eso.
Pero entonces Amelia dio un paso adelante, su mano en el brazo de Scott.
—Deja que la justicia decida su destino —dijo suavemente—. Nuestra vida está comenzando de nuevo hoy. No la comencemos con sangre.
Scott la miró y su expresión se suavizó.
—Tienes razón —dijo—. Siempre tienes razón.
Hizo un gesto a sus hombres.
—Llévenselo. Dejen que las autoridades lidién con él. Enfrentará las consecuencias de sus acciones.
Y mientras Rocky era llevado, gritando de rabia, Scott se giró hacia Amelia y la tomó en sus brazos.
—Me salvaste —susurró—. Salvaste todo.
—Nos salvamos el uno al otro —dijo ella—. Eso es lo que es el amor.
La boda se llevó a cabo al día siguiente. Scott todavía estaba débil, todavía recuperándose de sus heridas, pero insistió en estar de pie.
Llevaba un traje negro simple, su rostro pálido, pero sus ojos brillantes de felicidad. Amelia llevaba un hermoso vestido blanco, cargando un ramo de girasoles y rosas del jardín que habían plantado juntos.
Linda fue la dama de honor, sus ojos llenos de lágrimas de alegría. Bianca también estaba allí, su rostro curtido arrugado con una sonrisa cálida.
George Blackwood estaba al fondo del jardín, su rostro húmedo de lágrimas, su corazón lleno de amor y arrepentimiento.
—Prometo ser tu fuerza —dijo Scott, su voz espesa de emoción—. Y prometo nunca esconder mi corazón de ti de nuevo.
Amelia sonrió a través de sus lágrimas.
—Prometo ser siempre tu luz —dijo—. Te amo, Scott.
Se puso de pie, haciendo una mueca de dolor, solo para besarla. Fue un beso profundo y amoroso, un beso que hablaba de todo lo que habían pasado y todo lo que compartirían en el futuro.
Los años que siguieron estuvieron llenos de alegría y paz. Scott llevó el negocio de su familia por un camino más honorable, dejando atrás el trabajo ilegal. Encontró paz, y su corazón ya no era una fortaleza porque Amelia lo había desbloqueado.
Amelia se hizo famosa por sus pinturas. Sus lienzos brillantes llenos de girasoles y atardeceres y la calidez del amor. Pero su pintura favorita era la de la rosa del jardín de la madre de Scott, un símbolo de su amor y la nueva vida que habían construido juntos.
Linda encontró la felicidad que merecía, enamorándose de un joven amable que la adoraba. Siempre estaba en la casa para la cena, su risa llenando los pasillos que una vez habían sido tan fríos y vacíos.
George Blackwood recuperó su taller gracias a la generosidad de Scott. Visitaba a menudo, su rostro radiante de orgullo por la vida que su hija había construido. Y lentamente, Amelia lo perdonó porque entendió que había actuado por amor, incluso si sus métodos habían sido equivocados.
Pero la mayor alegría de todas llegó cuando Amelia dio a luz a una hermosa niña. La llamaron Charlotte, por el lugar cálido y soleado que Amelia amaba pintar.
Scott sostuvo a su hija con un amor tan feroz. Era como ver a un gran rey sosteniendo su tesoro más preciado.
—Mírala —susurró Scott, su voz llena de asombro—. Es perfecta. Tiene tus ojos.
—Y tu fuerza —dijo Amelia suavemente.
—Tiene tu corazón —respondió él—. Y va a heredar nuestra historia, una historia de amor y sacrificio y esperanza.
Amelia sonrió, apoyando su cabeza en su hombro.
—Estábamos tan rotos, Scott. Estábamos tan perdidos. Y luego nos encontramos el uno al otro.
—No nos encontramos el uno al otro —dijo él, besando su frente—. Fuimos traídos juntos por el destino, por la providencia. Y le doy gracias a Dios cada día que no te dejé ir.
La mansión ya no era un lugar frío y prohibido. Estaba llena de risa y amor y la calidez de la familia. Los jardines florecían con girasoles y rosas, y cada color del arcoíris estaba representado en las pinturas de Amelia.
Y cada noche, Scott y Amelia se sentaban en el balcón mirando la ciudad debajo, y hablaban de sus sueños y sus esperanzas y su futuro.
—¿Eres feliz? —preguntó Scott una tarde, su brazo envuelto alrededor de ella.
Amelia lo miró, al hombre que había comenzado como su captor y se había convertido en su alma gemela. Miró la vida que habían construido juntos, la familia que habían creado, el amor que los había transformado a ambos.
—Soy más feliz de lo que jamás soñé que podría ser —dijo—. Te amo, Scott, y te amaré por el resto de mi vida.
—Yo también te amo, Amelia —dijo—. Y pasaré el resto de mi vida probándolo.
Y se sentaron juntos bajo las estrellas, la ciudad extendida ante ellos, el futuro lleno de posibilidades infinitas. Habían pasado por el infierno y vuelto, enfrentado probabilidades imposibles, y emergido victoriosos porque el amor, el amor verdadero, es la fuerza más poderosa del mundo.
Y lo habían encontrado el uno en el otro.