Se Despertó en la Cama del Mafioso Más Temido de Chicago y Terminó Siendo Su Esposa

Se Despertó en la Cama del Mafioso Más Temido de Chicago y Terminó Siendo Su Esposa

CAPÍTULO 1: EL TRATO

20 minutos después, Emma estaba de pie descalza dentro del estudio privado de Dominic, vistiendo el vestido de ayer y contemplando el asesinato.

Dominic cerró la puerta.

Ella se giró.

—¿Qué acabas de hacer?

—Prevenir una guerra.

—Anunciaste que estamos comprometidos.

—Sí.

—Somos extraños.

—Robas mantas.

—Estaba inconsciente.

—Aún las robaste.

Emma lo miró fijamente.

—¿Es eso una broma?

—No.

—Bien. Porque eres terrible en ellas.

Por primera vez, algo casi se movió en la comisura de la boca de Dominic. Casi. Luego desapareció.

Cruzó la habitación y colocó una carpeta sobre el escritorio.

—¿Sabes quién era el hombre fuera de mi habitación?

—Alguien que ahora piensa que has tomado decisiones de vida catastróficamente malas.

—Adrian Marchetti.

Emma reconoció el nombre.

La familia Marchetti poseía compañías de camiones, desarrollos inmobiliarios, restaurantes, y según los rumores, mucho más de lo que los periódicos imprimían.

Dominic abrió la carpeta. Fotografías, contratos, diagramas corporativos, transferencias bancarias.

—Los Castelli y los Marchetti han estado negociando una alianza. Se suponía que se cementaría con mi matrimonio con la hermana menor de Adrian, Elena.

Emma cruzó los brazos.

—Y no querías casarte con ella.

—Ese no era el problema.

—¿Qué era?

Dominic deslizó un documento hacia ella. El acuerdo matrimonial da a Elena autoridad de voto sobre varias compañías holding Castelli si algo me pasa a mí.

Emma escaneó las páginas. Trabajaba con contratos diariamente. No contratos como estos, pero suficientes para reconocer lenguaje peligroso disfrazado de lenguaje formal.

—Esta cláusula no solo se activa si mueres.

Dominic la observó.

—No. Se activa si soy declarado incapacitado.

—Sí. Y la declaración solo requiere firmas de dos médicos y tres miembros de la junta.

—Sí.

Emma levantó la vista.

—Entonces alguien podría eliminarte sin matarte.

—Eso es lo que descubrí ayer por la tarde.

El frío viajó a través de su piel.

—El matrimonio es una toma de control. Una lenta.

—¿Por qué no exponerlos?

—Porque no sé quién dentro de mi organización ayudó a escribirlo.

Eso la silenció.

Dominic se movió hacia la ventana. Debajo de ellos, trabajadores desmantelaban la gala de la noche anterior. SUVs negros esperaban a lo largo del camino circular.

—Si cancelo las negociaciones matrimoniales sin causa, los Marchetti entenderán que he descubierto algo. Destruirán evidencia y posiblemente atacarán primero.

Emma miró hacia la puerta.

—Pero ahora piensan que ya estás comprometido. Creen que he estado escondiendo una relación con una coordinadora de eventos que aparentemente conociste hace 12 horas.

Dominic la miró.

—No saben eso.

Emma se rió una vez con incredulidad.

—No, Emma. Te compensaré.

Su expresión se endureció inmediatamente.

Dominic lo notó.

—No quiero tu dinero.

—Todos quieren algo.

—Eso debe ser agotador.

Sus ojos se entrecerraron.

—¿Qué?

—Vivir en un mundo donde crees que cada persona tiene un precio.

—En mi mundo, usualmente lo tienen.

—Bueno, felicidades. Finalmente encontraste un producto defectuoso.

Agarró sus zapatos.

La voz de Dominic la detuvo en la puerta.

—Si sales ahora, Adrian te investigará de todos modos.

Sus dedos se apretaron alrededor del picaporte.

—Él te vio en mi cama.

—Estaba allí accidentalmente.

—Los accidentes no son relevantes para hombres como Adrian.

Emma se giró.

—¿Qué pasa si me niego?

La respuesta de Dominic llegó sin vacilación.

—Te protegeré de todos modos.

Algo en su voz la inquietó más de lo que habría hecho una amenaza. No seducción, no certeza.

Miró los documentos de nuevo.

—¿Cuánto tiempo?

—2 semanas. Y luego expongo a quienquiera que los esté ayudando. El compromiso termina silenciosamente.

—Tu abuela está eligiendo flores de boda abajo.

—Manejaré a mi abuela.

Emma casi se rió.

Desde algún lugar más allá del estudio, Lucia gritó:

—¡Absolutamente no lirios! ¡Significan muerte!

Emma levantó una ceja.

Dominic cerró los ojos.


CAPÍTULO 2: LA VIDA EN LA FORTALEZA

Para el atardecer, Emma Carter aparentemente se había convertido en la prometida secreta del hombre más temido de Chicago.

Su teléfono contenía 43 llamadas perdidas. Un fotógrafo la había capturado saliendo de la finca Castelli en el SUV de Dominic. Tres sitios de chismes la habían identificado. Uno la había llamado una socialité misteriosa.

Emma encontró eso particularmente insultante. Vivía en un apartamento de un dormitorio sobre una panadería y consideraba comprar la marca cara de toallas de papel un acto de imprudencia financiera.

Dominic insistió en que se quedara en la finca.

—Absolutamente no.

—Tu dirección ya está en línea.

Emma se detuvo en seco.

Estaba en el marco de la puerta de su apartamento vistiendo un traje negro, luciendo violentamente fuera de lugar junto a un zapatero desportillado. Dos guardaespaldas esperaban abajo.

—¿Hiciste que alguien la publicara? —exigió.

—No.

—¿Estás seguro?

Sus ojos se endurecieron.

—Sí.

Ella le creyó. Eso la molestó.

Dentro de 30 minutos, Emma había empacado una maleta. Dominic notó que tomó más archivos de trabajo que ropa.

—Sigues trabajando.

—Tengo clientes.

—No necesitas.

—Mi renta no desaparece porque me hayas temporalmente ascendido de coordinadora de eventos a princesa mafiosa ficticia.

Su mandíbula se tensó.

—No te llames así.

—¿Por qué?

—Porque no lo eres.

—Excelente. Estamos de acuerdo.

Tomó su maleta.

Emma trató de detenerlo.

—Puedo cargarla.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué lo haces?

Dominic la miró como si la respuesta debiera haber sido obvia.

—Porque estoy aquí.

Fue la primera cosa que hizo por ella que no pudo convertir en una discusión.

Le disgustó eso aún más.


Vivir dentro de la finca Castelli expuso contradicciones que Emma no estaba preparada para enfrentar.

La gente temía a Dominic, pero amaba a Lucia. Isabella trataba reuniones de seguridad armada y pasteles de desayuno con igual seriedad. El personal de cocina llamaba a Dominic Sr. Castelli a su cara y se quejaba de que nunca comía lo suficiente cuando se iba.

Emma esperaba lujo. Encontró soledad.

La finca contenía 23 habitaciones y casi ninguna risa.

Dominic desayunaba solo a las 6:00, trabajaba hasta medianoche, nunca levantaba la voz, nunca repetía una orden, y todos se movían cuando entraba a una habitación.

Emma no.

En su tercera mañana, lo encontró de pie en la cocina mientras Rosa, la cocinera de 60 años, se disculpaba repetidamente porque su máquina de espresso se había roto.

—La reemplazaré —dijo Rosa nerviosamente.

—No —interrumpió Emma.

Ambos la miraron.

Emma señaló la máquina.

—El depósito de agua no está asentado correctamente.

Lo empujó hacia abajo.

La máquina zumbó.

Rosa exhaló.

Dominic miró fijamente a Emma.

—¿Qué? Interrumpiste. La estabas asustando por una máquina de café.

—No dije nada.

—Aparentemente así es como asustas a la gente.

Rosa escondió una sonrisa.

Dominic lo notó.

Emma se sirvió café.

—¿Ves? Aterradora.

Él la vio irse.

Esa tarde, descubrió una nueva máquina de espresso sentada en la cocina de Rosa. Al lado había una nota escrita a mano.

Quédense con la vieja. Emma la arregló.

Miró fijamente esas cinco palabras más tiempo del que debería.


Su compromiso falso necesitaba evidencia.

Esa fue la contribución de Isabella.

—Si vamos a afirmar que han estado juntos en secreto durante meses, debe haber fotografías.

Emma frunció el ceño.

—¿Fotografías falsas?

—Fotografías reales tomadas ahora. Fechadas vagamente en línea.

—Eso suena increíblemente estúpido.

Dominic estaba de pie a su lado.

—Lo es. Isabel, la ignoró. ¿Tienes una idea mejor?

—No.

20 minutos después, Emma y Dominic estaban de pie bajo luces de cadena en una terraza mientras Isabella los fotografiaba.

—Más cerca.

Ninguno se movió.

—Dominic, pon tu mano en su cintura.

El corazón de Emma se portó mal.

Su mano se asentó contra la parte baja de su espalda. Cálida. Controlada. Apenas allí.

—Emma —dijo Isabella—. Deja de lucir como si te estuviera secuestrando.

—Podría estarlo.

—Estarías más callada —dijo Dominic.

Ella levantó la vista.

Sus rostros estaban repentinamente a pulgadas de distancia. Las luces de la ciudad brillaban más allá de los árboles.

Sus dedos se movieron ligeramente contra su espalda.

Ninguno habló.

Por un segundo peligroso, el momento escenificado dejó de sentirse escenificado.

La cámara de Isabella hizo clic.

Dominic se apartó primero.

Emma odió el extraño vacío que reemplazó su mano.


CAPÍTULO 3: LA EVIDENCIA

Esa noche, Isabella le envió la fotografía.

Dominic no estaba sonriendo. Tampoco Emma, pero la forma en que se miraban el uno al otro hizo que su estómago se apretara.

Lucía íntima. Demasiado íntima.

La borró, luego la recuperó de la papelera.


3 días después, la primera pieza de evidencia apareció.

Seguridad encontró una fotografía dentro del bolso de trabajo de Emma. Mostraba a Dominic entrando a un restaurante privado 6 semanas antes. La imagen claramente había sido tomada desde el otro lado de la calle.

Emma nunca la había visto.

Dominic la colocó sobre su escritorio.

—Explica.

La habitación estaba fría. También su voz.

Emma lo miró fijamente.

—¿Crees que tomé esto?

—Te pedí que explicaras.

—Me estás preguntando si te estaba vigilando antes de la gala.

Silencio.

Su pecho se apretó.

Durante 6 días, había vivido bajo su techo, comido con su familia, permitido que su gente la protegiera, permitido creer que alguna pequeña parte de él confiaba en ella.

Aparentemente no.

—No la tomé.

Dominic la estudió.

Los ojos de Emma ardían. Se negó a parpadear.

—Accidentalmente me dormí en tu habitación porque había trabajado 18 horas. Acepté esta locura porque me dijiste que alejarme pondría a gente en peligro. No tomé tu dinero. No renuncié a mi trabajo. No te he pedido nada.

—Lo sé.

—Entonces o me crees o no.

Su mandíbula se flexionó.

—Emma.

—No.

Se giró.

Su mano atrapó su muñeca. No fuerte. Nunca fuerte. Pero se congeló.

Dominic la soltó inmediatamente.

—Te creo.

Ella miró atrás.

—Entonces ¿por qué interrogarme?

—Porque creerte no hace que la fotografía desaparezca.

Su voz había cambiado. Menos fría. Más peligrosa.

—Alguien la puso ahí.

Emma tragó.

—¿Por qué?

—Para hacerme cuestionarte.

—¿Funcionó?

Dominic la miró por un largo momento. Durante 11 segundos.

Ella no debería haber encontrado eso reconfortante.

Lo hizo.


CAPÍTULO 4: LOS ATAQUES

Los ataques se volvieron más sutiles.

Un pago apareció en la cuenta bancaria de Emma de una compañía vinculada indirectamente a los Marchetti. Dominic congeló la transacción antes de que se completara.

Un correo electrónico anónimo acusó a la compañía de eventos de Emma de aceptar sobornos.

Luego apareció metraje de seguridad mostrando a una mujer con el abrigo de Emma entrando a la finca Castelli dos días antes de la gala. El rostro de la mujer estaba oculto.

Adrian Marchetti llamó a Dominic personalmente.

Emma escuchó solo el lado de Dominic.

—No.

—Silencio.

—No, Adrian. No me importa lo que creas que encontraste.

Otro silencio.

Los ojos de Dominic encontraron a Emma al otro lado de la biblioteca.

—Ella no es tu preocupación.

Algo en cómo lo dijo cambió el aire.

Después de la llamada, Emma preguntó:

—¿Qué quería?

—Que te entregue para interrogatorio.

Su estómago cayó.

Y Dominic pareció casi ofendido.

—Estabas parada aquí. Escuchaste mi respuesta.

—¿Y si la evidencia sigue empeorando?

—Entonces la evidencia empeora.

—¿No te importa?

—Me importa quién la está creando.

Cruzó la habitación. Emma no se movió.

—Cuando esto empezó —dijo Dominic— pensé que podrías ser útil.

—Eso es increíblemente romántico.

Su mirada bajó brevemente a su boca.

—No estoy tratando de ser romántico.

—Bien. Ahora, creo que alguien está dispuesto a desmantelar tu vida porque estás parada a mi lado.

—Eso no es mejor.

—No.

Dio un paso más cerca.

—Y encuentro que tengo muy poca paciencia para eso.

El pulso de Emma se aceleró.

—¿Para personas dañando tu plan?

—Para personas asustándote.

Las palabras fueron quedas. Eso las hizo peores.

Dominic levantó una mano, casi tocó su mejilla, se detuvo. Sus dedos se curvaron lentamente. Luego se apartó.

Emma permaneció junto a la chimenea, mirando el espacio donde casi la había tocado.


CAPÍTULO 5: EL ATAQUE

El primer disparo llegó durante la cena de compromiso de Lucia.

Se suponía que sería privada. 20 miembros de la familia, seis guardias de seguridad, suficiente comida para 100 personas porque Lucia consideraba el control de porciones un fracaso moral.

Emma se sentó al lado de Dominic bajo candelabros de cristal mientras Lucia explicaba que la catedral estaba disponible en octubre.

—No hay boda —susurró Emma.

Dominic cortó su bistec.

—Se lo dices tú, cobarde.

Una sonrisa leve casi apareció.

Entonces la ventana explotó.

Dominic se movió antes de que Emma escuchara el disparo.

Un segundo estaba sentada erguida. El siguiente estaba debajo de la mesa, Dominic sobre su cuerpo, un brazo escudando su cabeza.

Los hombres gritaron. Otro disparo golpeó el mármol.

El rostro de Dominic estaba a pulgadas del suyo. Sin miedo, solo enfoque letal.

—¿Estás herida?

—No.

—Mírame.

—Lo hago.

—Quédate aquí.

Comenzó a levantarse.

Emma agarró su chaqueta.

—No.

Dominic se detuvo.

Algo destelló a través de su expresión. No irritación.

Emma se dio cuenta de lo que había hecho. Tenía miedo de que se fuera. Miedo de que no volviera.

Dominic cubrió su mano con la suya.

—Vuelvo.

Luego desapareció en el caos.


Siete minutos después, el tirador se había ido. Un guardia había sido herido. Ningún miembro de la familia fue asesinado.

Dominic regresó con lluvia en su abrigo y sangre en un puño que no era suya.

Emma estaba de pie bajo la ventana destrozada.

Cuando lo vio, se movió sin pensar. Él también.

Se encontraron a mitad de camino a través de la habitación.

Sus manos se cerraron alrededor de sus hombros. Sus dedos agarraron su abrigo. Ninguno se abrazó. Ninguno se apartó.

—Estoy bien —susurró Emma.

Dominic buscó su rostro.

—Lo sé.

Pero sus manos estaban temblando. Solo ligeramente.

Ella se dio cuenta entonces de que Chicago podría temer a Dominic Castelli. Dominic Castelli temía casi nada, excepto repentinamente perderla.


CAPÍTULO 6: EL TOPO

El intento de asesinato fallido lo cambió.

Dos guardias ahora seguían a Emma a todas partes. Dominic dejó de pretender que el arreglo era meramente estratégico. Cuando ella trabajaba hasta tarde, él se sentaba al otro lado de la biblioteca revisando documentos. Cuando iba a reuniones con clientes, sus SUVs esperaban afuera.

Cuando ella se quejaba, él decía:

—Quéjate desde dentro del vehículo blindado.

Su protectividad debería haberla sofocado. En cambio, lo que asustaba a Emma era cuán rápidamente comenzó a reconocer la diferencia entre control y cuidado.

Dominic nunca le dijo qué ponerse, nunca exigió acceso a su teléfono, nunca la detuvo de trabajar. Simplemente aseguraba que nadie pudiera alcanzarla sin pasar por él primero.


Luego vino los celos.

En una reunión de planificación de caridad, el ex novio de Emma, Nathan, se acercó a ella. Nathan había sido inofensivo de la manera en que muchos hombres egoístas son inofensivos. Nunca la golpeó, nunca gritó. Simplemente había pasado 3 años haciéndola sentir como si querer compromiso fuera vergonzoso.

Ahora miraba fijamente la seguridad de Dominic afuera del café.

—Así que los rumores son ciertos.

—Son complicados.

Nathan sonrió.

—Siempre tuviste gustos extraños.

El rostro de Emma se enfrió.

Antes de que respondiera, una silla se movió detrás de ella.

Dominic había entrado sin que ella lo notara.

Nathan palideció.

Dominic lo miró.

—Termina la oración.

Nathan tragó.

—Estaba bromeando.

—No entiendo la broma.

—Dominic —advirtió Emma.

Él la miró inmediatamente.

Esa era la cosa que todos notaban. Un hombre temido que ignoraba a políticos respondía cuando Emma Carter decía su nombre.

Nathan también lo notó. Se fue.

Afuera, Emma se giró hacia Dominic.

—No puedes aterrorizar a todos los que me molestan.

—No lo aterroricé.

—Parecía listo para cambiar de país.

—Es libre de hacerlo.

Emma lo miró fijamente.

Dominic le devolvió la mirada.

Entonces ella se rió.

Trató de no hacerlo. Falló.

La expresión de Dominic se suavizó por quizás la primera vez desde que lo conoció.

Sonrió plenamente. Transformó su rostro.

Emma dejó de reír.

Él dejó de sonreír.

El silencio se volvió peligroso.

Estaban de pie junto al SUV negro bajo la fría lluvia de Chicago.

Dominic levantó su mano. Esta vez la tocó. Un pulgar rozó una gota de lluvia de debajo de su ojo.

Emma olvidó el tráfico. Olvidó a los guardias. Olvidó el compromiso falso.

—Dominic —su frente casi tocó la de ella.

Entonces su teléfono sonó.

Cerró los ojos.

Emma se rió sin aliento.

—Deberías contestar eso.

—Odio los teléfonos.

—Tienes seis.

—Odio los seis.

Se apartó, pero por el resto de la noche, Emma aún podía sentir su pulgar contra su piel.


CAPÍTULO 7: LA TRAICIÓN

La traición llegó desde dentro de la casa.

Rosa fue arrestada.

Seguridad encontró copias de los horarios privados de Dominic dentro de su habitación.

Emma se negó a creerlo.

—Ha trabajado aquí 28 años.

Dominic estaba de pie detrás de su escritorio.

—La evidencia no se preocupa por la lealtad.

—Me creíste cuando la evidencia apuntaba hacia mí.

Su rostro se endureció.

—Eso fue diferente.

—¿Por qué?

No respondió.

Emma entendió.

—Porque era yo, ¿cierto?

Su corazón tropezó.

Dominic miró hacia otro lado primero.


Emma pasó las siguientes 6 horas revisando cada fotografía y documento falsificado plantado contra ella.

A las 2:00 de la mañana, encontró el error.

Todo el papel supuestamente descubierto en sus bolsos había sido impreso en papel grueso color marfil. La oficina Castelli usaba papel blanco. La compañía de eventos usaba gris reciclado.

Pero una persona que Emma había visto constantemente cargaba papelería color marfil.

Adrian Marchetti, su asistente personal, distribuía paquetes de reunión en ella durante la gala.

Emma corrió al estudio de Dominic.

Él ya estaba allí. Mangas enrolladas, arma sobre el escritorio.

Ella colocó las páginas lado a lado.

—Mira la marca de agua.

Dominic miró fijamente.

Un escudo apareció debajo de la lámpara. No Marchetti. Algo más. Un pequeño logo arquitectónico.

Emma lo reconoció.

—El salón de baile.

Dominic la miró.

—¿Qué?

—El viejo salón de baile oeste de la finca. Guardamos suministros de gala allí. Este es el logo de la compañía de impresión que dio servicio a la oficina temporal durante el montaje.

Sacaron registros de vigilancia.

Un nombre apareció repetidamente.

MK Voss, el director financiero de Dominic, un hombre que había trabajado a su lado durante 11 años.

Voss había aprobado los documentos matrimoniales. Voss tenía acceso a los horarios de Dominic. Voss había contratado a los impresores temporales.

Y Voss había sido quien recomendó aceptar la Alianza Marchetti.

Dominic miró fijamente la pantalla. La emoción desapareció de su rostro.

Emma había aprendido lo suficiente para temer esa expresión.

—Dominic.

—Se sentó en el funeral de mi padre.

—Dominic.

—Sostuvo a mi sobrino el día que nació.

Ella dio un paso más cerca.

—Esto es lo que Adrian quería. Te quería enojado.

Dominic la miró.

—Estoy más allá de enojado.

—Entonces no le des la reacción que planeó.

Algo feroz pasó entre ellos.

Él tocó su rostro. No casi. No cautelosamente. Sus palmas se asentaron contra su mejilla.

—Sigues haciendo eso.

—¿Qué?

—Poniéndote entre mí y la peor versión de mí mismo.

El aliento de Emma se atrapó.

—Alguien debería.

Su pulgar se movió a través de su mejilla.

—No deberías tener que hacerlo.

Entonces Dominic la besó.

Sin violencia, sin actuación, solo meses de restricción condensados en un momento devastador. Su mano permaneció contra su rostro como si fuera algo peligroso de sostener demasiado fuerte.

Emma le devolvió el beso por varios segundos. Nada fuera del estudio existía.

Entonces Dominic se apartó. Su frente descansó contra la de ella.

—Se suponía que esto era falso —susurró Emma.

—Ambos lo estamos haciendo mal.

Un sonido vino del pasillo.

Las luces murieron.

El cuerpo entero de Dominic cambió.

—¡Abajo!

Cristales explotaron.

Emma golpeó el piso.

Un hombre enmascarado entró a través de las puertas de la terraza.

Dominic disparó una vez. El atacante cayó.

Otro apareció detrás de Emma.

Una mano la agarró. Algo frío presionó contra su garganta.

Dominic se congeló.

—Arma abajo.

Emma reconoció la voz.

—Mik Voss.

Dominic bajó el arma.

Voss arrastró a Emma hacia atrás.

—Debiste haberte casado con Elena —dijo.

El rostro de Dominic se volvió aterradoramente calmado.

—Estás cometiendo un error.

—No, tú lo hiciste. Dejaste que ella importara.

Emma sintió el cuchillo apretarse.

Voss sonrió.

—Adrian dijo que te volvería descuidado.

La mirada de Dominic nunca dejó los ojos de Emma.

Entonces Emma entendió.

No estaba mirando a Voss. Le estaba diciendo algo.

Espera.

Voss cambió su peso.

Emma clavó su tacón hacia atrás.

Maldijo. El cuchillo se movió.

Dominic cruzó la habitación antes de que Emma lo procesara.

Un disparo explotó.

Voss cayó.

Dominic atrapó a Emma antes de que golpeara el piso.

Sus manos recorrieron frenéticamente su cuello, hombros, brazos.

—Emma. Estoy bien. Emma.

—Dominic, mírame.

Lo hizo.

Su rostro se rompió. No públicamente, no completamente, pero lo suficiente.

—Pensé que…

—Lo sé.

La jaló contra él. Esta vez, no hubo restricción.

Emma sintió su corazón martillando contra el de ella.

Detrás de ellos, guardias inundaron la habitación.

Dominic la sostuvo más apretado y susurró en su cabello:

—No más pretender.


CAPÍTULO 8: LA LIBERTAD

Adrian Marchetti fue arrestado 3 días después después de que Dominic entregara registros financieros, conversaciones grabadas, y las comunicaciones de Voss a investigadores federales a través de abogados que sabían exactamente cómo revelar suficientes crímenes sin revelar otros.

La Alianza Marchetti colapsó.

Elena Marchetti, quien aparentemente no sabía nada sobre la conspiración de su hermano, dejó Chicago.

Rosa regresó a la cocina Castelli y hizo que Dominic se disculpara personalmente.

Emma asistió. Fue magnífico.


Pero la libertad trajo otro problema.

Su arreglo había terminado.

Emma empacó su maleta.

Dominic estaba de pie en el marco de la puerta de su habitación.

—Te vas.

—El peligro terminó.

—Sí.

—El compromiso se suponía que terminara.

—Sí.

Emma dobló el suéter.

Dominic no se movió.

Ella esperó.

Nada.

—Eres terrible en conversaciones emocionales.

—Lo sé, Dominic.

Su mandíbula se tensó.

—No quiero que te vayas.

Ella se detuvo.

Cruzó la habitación.

—Pasé años creyendo que el apego era apalancamiento. Si nadie importaba, nadie podía ser usado contra mí.

Emma escuchó en silencio.

—Entonces te dormiste en mi cama.

—Ese fue tu gran despertar emocional.

—Fue extremadamente inconveniente.

Ella sonrió a pesar de sí misma.

Dominic no.

—Vi a un hombre poner un cuchillo contra tu garganta porque me importabas.

Su voz bajó.

—Debería haber aprendido que preocuparme por alguien me hace débil.

La sonrisa de Emma se desvaneció.

—Pero…

—Pero perderte me haría más débil.

Metió la mano en su bolsillo.

El corazón de Emma saltó.

—Dominic, si eso es un anillo, lo juro…

Sacó una llave.

Ella parpadeó.

—¿Qué es eso?

—Tu apartamento.

—Ya tienes una llave de mi apartamento.

—Soy dueño del edificio.

Emma lo miró fijamente.

—¿Qué?

—Lo compré, Dominic. El casero lo estaba vendiendo.

—Compraste mi edificio.

—Te quejaste de la plomería.

—¡Los hombres normales llaman al mantenimiento!

—Estoy consciente.

Ella cubrió su rostro.

Dominic suavemente bajó sus manos.

—No vine a pedirte que te quedes porque puedo darte esta casa.

—Bien.

—O dinero.

—Muy bien.

—O protección.

Su expresión se suavizó.

—Lo sé.

—Vine a decirte que si te vas, te llevaré a casa.

Emma lo miró.

—¿Y si me quedo?

Sus ojos sostuvieron los suyos.

—Entonces pasaré el tiempo que sea necesario probándote que estás aquí porque me elegiste.

Esa fue la respuesta. No una orden. No posesión.

Elección.

Emma alcanzó su mano.

—Todavía quiero mi propio apartamento.

—Sí.

—Mi carrera.

—Sí.

—Sin guardias armados dentro de reuniones con clientes.

—Negociable.

—Dominic.

—Sí.

—Y nunca volverás a comprar propiedad porque me queje de la plomería.

Una pausa.

—No puedo prometer eso.

Emma se rió, luego lo besó.


CAPÍTULO 9: LA PROPUESTA REAL

6 meses después, la nieve cubría la finca Castelli. El mismo salón de baile donde la conspiración había comenzado ahora brillaba bajo miles de luces blancas.

Emma estaba de pie cerca de la escalera, coordinando la gala del 80 cumpleaños de Lucia.

Había rechazado dejar de trabajar. Dominic había dejado de pretender que esperaba que lo hiciera.

Estaba de pie al otro lado de la habitación en un traje negro, escuchando a dos hombres de negocios que parecían aterrorizados.

Emma captó su mirada.

Su atención los abandonó instantáneamente.

Cruzó el salón de baile.

—Se supone que debes estar intimidando a la gente.

—Terminé tan eficientemente. Estaban motivados.

Emma sonrió.

La mano de Dominic se asentó contra su cintura. El mismo lugar donde había descansado accidentalmente la mañana que esto comenzó.

Solo que ahora no había nada accidental en ello.

Lucia se acercó vistiendo seda plateada.

Los miró.

—Sabes —dijo—, la catedral todavía tiene una apertura en octubre.

Emma gimió.

—Nona.

Dominic pareció pensativo.

Emma lo señaló.

—No.

—No dije nada.

—Estabas considerándolo.

—Considero muchas cosas.

Lucia sonrió triunfalmente.

Entonces Dominic metió la mano en su chaqueta.

Emma se detuvo.

—No.

Sacó una pequeña caja de terciopelo.

El salón de baile pareció desaparecer.

Lucia jadeó.

Emma lo miró fijamente.

—Dominic.

Abrió la caja.

Un anillo atrapó las luces.

Entonces hizo algo que aturdió a cada Castelli en la habitación.

Dominic Castelli se arrodilló.

El hombre que no se inclinaba ante nadie. El hombre que la mitad de Chicago temía. El hombre que Emma una vez creyó incapaz de necesitar a alguien.

La miró hacia arriba.

Ninguna audiencia importaba. Ningún alos. Ninguna estrategia. Ninguna mentira.

—No te lo pediré porque mi familia lo espera —dijo quedamente—. No lo pediré porque necesito protección de otro matrimonio. Y no lo pediré porque accidentalmente terminaste en mi cama.

Los ojos de Emma ardían.

—Eso es reconfortante.

Algunas personas rieron.

La boca de Dominic se curvó. Luego su expresión se volvió seria de nuevo.

—Lo pediré porque cada habitación en la que entro se siente vacía hasta que te encuentro en ella.

Emma dejó de respirar.

—Me desafiaste cuando todos los demás obedecían. Protegiste a personas cuando protegerlas te costó algo. Viste todo en mí que merecía miedo, y aún así exigiste algo mejor.

Su voz se ronqueó.

—Me enseñaste que la devoción no es debilidad.

Las lágrimas de Emma escaparon.

Dominic la miró como si el mundo entero se hubiera reducido a una respuesta.

—Emma Carter, ¿te casarás conmigo?

Lucia estaba llorando abiertamente. Isabella cubrió su boca. Rosa susurró algo en italiano que sonó sospechosamente como “Finalmente”.

Emma miró hacia abajo a Dominic.

Recordó despertar aterrorizada bajo su brazo. Las fotografías falsas. El cristal destrozado. La lluvia afuera. Los SUVs negros. Sus manos temblando después del tiroteo. La forma en que le creyó cuando la evidencia le dijo que no lo hiciera.

La forma en que había aprendido que protegerla no significaba controlarla, y la forma en que ella había aprendido que un hombre peligroso podía elegir la ternura sin volverse menos peligroso.

Emma sonrió.

—Sí.

Dominic exhaló como un hombre sobreviviendo a un disparo.

Deslizó el anillo en su dedo y se puso de pie.

Lucia inmediatamente gritó:

—¡Octubre!

Emma se rió entre lágrimas.

—Absolutamente no.

—Septiembre.

—No.

—Junio.

Dominic jaló a Emma contra él.

Ella levantó la vista.

—Vas a ayudarme, ¿cierto?

—No, Dominic. Mi abuela sobrevivió dos guerras. Sé cuándo no pelear.

Emma se rió.

Él la besó bajo miles de luces blancas mientras la nieve caía más allá de las ventanas del salón de baile.

A su alrededor, la familia Castelli aplaudió, pero Dominic pareció no escuchar nada.

Su frente descansó contra la de ella cuando el beso terminó.

—¿Qué? —susurró Emma.

Miró el anillo, luego a ella.

—Sabes, técnicamente estuviste en mi cama primero.

Emma entrecerró los ojos.

—Dominic Castelli, tú empezaste esto.

—Estaba buscando manteles y me encontré a mí.

—Ni siquiera estabas allí.

—Llegué eventualmente.

Emma negó con la cabeza.

Él sonrió. Una sonrisa real ahora, una que toda la familia había aprendido a reconocer. Una que casi nadie fuera de esta casa veía jamás.

Porque el mundo todavía conocía a Dominic Castelli como un hombre despiadado. Un jefe mafioso. Un hombre cuyos enemigos desaparecían, cuyo nombre abría puertas cerradas, cuyo silencio podía vaciar habitaciones.

Emma nunca le pidió que se volviera inofensivo.

Simplemente le enseñó que el poder significaba más cuando protegía en lugar de poseer.

Y Dominic nunca le pidió a Emma que se convirtiera en parte de su mundo renunciando al suyo.

Él entró al de ella en cambio.

Café sobre la panadería. Clientes imposibles. Hojas de cálculo a altas horas de la noche. Comida para llevar barata comida en autos caros. Discusiones sobre seguridad. Discusiones sobre plomería. Discusiones que ocasionalmente perdía a propósito y negaba haberlo hecho.

Meses antes, Emma Carter había abierto la puerta equivocada porque estaba exhausta.

Se había metido en la cama equivocada, al lado del hombre equivocado, en el momento exacto correcto.

Y mientras Lucia Castelli inmediatamente comenzaba a reorganizar el calendario de bodas detrás de ellos, Dominic se inclinó cerca del oído de Emma.

—Hay una cosa que nunca te dije.

Ella se apartó.

—¿Qué?

—La noche que llegué a casa y te encontré durmiendo en mi cama.

Emma esperó.

Los ojos de Dominic se suavizaron.

—Sabía que alguien estaba allí.

Su boca se abrió.

—Dijiste que estaba oscuro.

—Lo estaba.

—Dijiste que no te diste cuenta de quién era.

—No lo hice.

—Entonces ¿por qué te metiste en la cama?

Dominic la miró enteramente sin arrepentimiento.

—Estaba cansado.

Emma lo miró fijamente.

—Pensaste que había una extraña aleatoria en tu cama y simplemente te dormiste a su lado.

—Tenía seguridad abajo.

—Eso es lo más insano que has dicho.

—Poco probable, Dominic.

La besó antes de que pudiera terminar.

Emma trató de mantenerse enojada. Falló.

Detrás de ellos, Lucia gritó algo sobre listas de invitados.

Afuera, Chicago desapareció bajo la nieve.

Y dentro de la finca Castelli brillante, el jefe mafioso que había pasado toda su vida creyendo que el amor era la debilidad más peligrosa que un hombre podía poseer, sostuvo a Emma Carter como si finalmente hubiera descubierto lo contrario.

El amor no lo había vuelto inofensivo.

Le había dado a todo ese poder peligroso un lugar digno al que volver a casa.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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