Necesito un Novio para Mañana y el Capo se Ofreció Voluntario
Acto 1 — La Continuación Inmediata
Clare giró su teléfono para que Mateo pudiera ver la lista. “Regla uno: nada de tocamientos innecesarios.” Mateo la leyó sin comentarios. “Regla dos: nada de besos.” Sus ojos se movieron a la siguiente línea. “Regla tres: nada de amenazar a Andrés.” “Eso parece innecesariamente específico.” “Eres un capo de la mafia.” “También soy capaz de asistir a una cena sin amenazar a nadie.” “Maravilloso. Mañana será tu oportunidad de demostrarlo.”
Un toque de diversión tocó su expresión. “Regla cuatro: no hablar de negocios de la mafia. Regla cinco: no regalos extravagantes. Regla seis: nos vamos por separado después de la cena.” Mateo asintió hacia la última línea. “¿Y la regla siete?” “Bajo ninguna circunstancia puede Mateo improvisar.” La miró. “¿Qué pasa si tu ex no nos cree?” “Actúa mejor.” “Eso suena sospechosamente como un permiso para improvisar.” Clare lo miró fijamente. “Este arreglo ya se ha vuelto agotador.”
Se reunieron más tarde para prepararse porque Clare descubrió rápidamente un problema grave: apenas sabían nada el uno del otro. “¿Cuál es mi café favorito?” Mateo lo consideró. “Trabajas en operaciones ejecutivas. Supongo que el que tenga más cafeína.” “Equivocado.” “¿Era un latte de caramelo?” Sacó su teléfono y escribió algo. Clare parpadeó. “¿En serio estás escribiendo esto?” “Odio estar mal preparado.” “Esto es una cita falsa, Mateo. No una adquisición hostil.” “También me preparo para esas.” Ella luchó contra una sonrisa.
“¿Película favorita?” “No lo sé.” “¿Cómo nos conocimos?” “En el trabajo. Eso suena romántico.” “Quedamos atrapados en un ascensor.” “No, me derramaste café encima.” “Absolutamente no.” “Te rescaté de un admirador inapropiado.” Clare lo señaló. “Eso viola la regla tres en espíritu.” Mateo eliminó algo de sus notas.
Durante la siguiente media hora, su ridículo ensayo se volvió cada vez más detallado. Clare aprendió su bebida preferida. Mateo aprendió que ella odiaba las rosas porque Andrés solía enviárselas después de las discusiones en lugar de disculparse. Practicaron preguntas inofensivas hasta que Clare dejó de pensar en mañana. Luego preguntó: “¿Comida favorita?” Mateo respondió fácilmente al principio: “¿Italiana?” “Esa no es una respuesta. ¿Qué comida te hace feliz?” Él se quedó quieto. Clare lo notó de inmediato. La gente rara vez le hacía a Mateo Russo preguntas así. Le preguntaban qué quería, qué aprobaba, dónde pensaba invertir, qué decisión había tomado, no qué le recordaba la felicidad. Finalmente, dijo: “Mi abuela hacía mole los domingos.” Su voz había cambiado. “Murió hace años.” “Lo siento.” Mateo hizo un pequeño gesto con la cabeza. Durante varios segundos, ninguno de los dos recordó que estaban ensayando. Luego Clare miró su teléfono. “Escríbelo.” Su ceja se levantó. “¿Por qué?” “Si Andrés pregunta tu comida favorita, necesito saberlo.” Mateo la estudió antes de escribir. “Ya lo recordaste.” Clare miró hacia otro lado. “Eso es diferente.” Ninguno de los dos preguntó por qué.
Clare esperaba que Andrés notara a Mateo. No esperaba que se quedara callado a mitad de una frase. Andrés se recuperó rápidamente, pero Clare lo conocía demasiado bien para no notar la tensión en su rostro. “Clare.” Su mirada se desplazó al hombre que la acompañaba. “Mateo Russo.” Mateo ofreció su mano. “Andrés.” No hizo falta presentación. Eso molestó a Andrés más de lo que Clare esperaba. Su madre, mientras tanto, parecía encantada. “Así que este es el hombre con el que has estado saliendo.”
Clare sintió la mano de Mateo posarse ligeramente en su cintura. Lo miró de inmediato. “Regla uno.” Su expresión permaneció perfectamente inocente. Desafortunadamente, apartarse ahora parecería más extraño que permitirlo. “Este es Mateo,” dijo Clare. Su hermana la abrazó y susurró: “Tienes mucho que explicar,” antes de desaparecer hacia otro invitado.
Andrés se quedó. “¿Cómo se conocieron?” Clare casi gime. El interrogatorio había comenzado en cuestión de minutos. “En el trabajo,” respondió ella. Mateo añadió: “Corrigió a uno de mis ejecutivos.” Clare lo miró. Esa no era su historia preparada. Andrés sonrió. “Suena a Clare.” “Fue un error de varios millones de dólares.” La sonrisa de Andrés se debilitó. Mateo continuó con despreocupación: “Lo encontró antes de que el contrato avanzara, corrigió los números sin avergonzar al responsable, y luego dio crédito a su equipo por haberlo detectado.”
Clare lo miró fijamente. Recordaba esa reunión. No había sabido que Mateo la había notado. Andrés los miró a ambos. “Y eso captó tu atención.” Clare esperó una de las respuestas que habían ensayado. Mateo no usó ninguna. “No exactamente.” Su mirada se posó en Clare. “La mayoría de la gente revela su carácter cuando cree que el poder está mirando. Clare reveló el suyo cuando creyó que nadie importante estaba prestando atención.”
Por una vez, Clare no tuvo nada inteligente que decir. Andrés sí. “Esa es una impresión bastante fuerte de una sola reunión.” Algo en la respuesta de Mateo cambió el aire entre ellos. Esto se suponía que era una actuación. Clare conocía cada detalle inventado que habían preparado. Esa historia no estaba entre ellos. Andrés aparentemente se dio cuenta de lo mismo. Su atención se agudizó. “¿Cuánto tiempo llevan juntos?” “El suficiente,” dijo Mateo. Clare casi le pisa el pie. Esa no era la respuesta acordada. Andrés sonrió. “¿El suficiente para qué?” El pulgar de Mateo se movió una vez contra la cintura de Clare. “Para que sepa que odia las rosas, toma lattes de caramelo cuando está estresada y se vuelve extremadamente autoritaria al crear reglas.”
Clare se giró hacia él. Estaba improvisando. Peor aún, estaba usando cosas reales. Andrés se rió suavemente, pero no había humor en ello. Luego sus ojos volvieron a Clare. “Pareces feliz.” Las palabras deberían haber sonado amables. En su lugar, Clare escuchó la pregunta debajo: “¿Lo eres realmente?” Antes de que ella pudiera responder, Mateo la miró. No a Andrés. Y por un segundo peligroso, Clare olvidó que la respuesta correcta se suponía que era falsa.
Acto 2 — Contexto y Escalada
Andrés encontró a Clare sola varios minutos después. Mateo se había apartado para saludar a alguien, y Andrés aparentemente consideró la ausencia una oportunidad. “No sabía que conocías a Russo.” Clare tomó un sorbo de agua. “Nunca preguntaste.” “Quiero decir, personalmente. Eso es generalmente lo que implica un novio.” Andrés le dedicó la sonrisa paciente que ella recordaba demasiado bien. La que hacía que el desacuerdo se sintiera como evidencia de que ella había malinterpretado algo. “Solo me sorprende.”
“¿Por qué?” “Mateo Russo tiene un mundo muy particular. Y yo no encajo en él.” “No dije eso.” “Nunca tuviste que hacerlo.” La expresión de Andrés se tensó. Luego suavizó su voz: “Te ves bien, Clare. Feliz.” “Ya lo dijiste.” “Tal vez estoy tratando de entender si realmente lo estás.” Antes de que Clare pudiera responder, Mateo regresó. No interrumpió. Simplemente se detuvo a su lado. Andrés sonrió. “Estábamos recordando viejos tiempos.” “¿Ah, sí?” preguntó Mateo. Clare reconoció el cambio de inmediato. Su voz seguía siendo cortés. Sus ojos no.
Andrés comenzó a contar una historia sobre unas vacaciones desastrosas que Clare y él habían tomado años atrás. Clare se rió a regañadientes de un detalle. Mateo no pudo. No tenía lugar dentro del recuerdo. Por primera vez esa noche, Clare sintió algo casi humano debajo de su perfecto control: molestia. Andrés también lo notó. Eso pareció animarlo.
Más tarde, encontró otra excusa para acercarse a Clare, luego otra. Cada vez, Mateo miraba. Cada vez, Andrés se volvía ligeramente más familiar. Finalmente, Andrés se inclinó hacia Clare y dijo: “¿Podemos hablar en privado?” La expresión de Mateo se enfrió. Clare tocó su brazo antes de que pudiera hablar. “Regla tres.” Su mirada bajó brevemente a la mano de ella. “Puedo manejar a Andrés.” “Lo sé.” La respuesta llegó al instante. Eso la detuvo. No había orgullo herido en la voz de Mateo. Ninguna sugerencia de que ella necesitara permiso. Solo certeza.
Clare siguió a Andrés varios pasos más allá. Él esperó hasta que estuvieron fuera del alcance auditivo. “Melissa y yo estamos teniendo problemas.” Clare lo miró fijamente. “Eso suena como algo que deberías discutir con Melissa.” “Estoy tratando de decirte algo.” “Entonces dímelo.” Andrés exhaló. “Verte esta noche trajo recuerdos.” Clare sintió un viejo y peligroso dolor. “He pensado si cometí un error.” Durante años, alguna parte enterrada de ella había deseado esas palabras exactas. Ahora que Andrés finalmente las había pronunciado, Clare sintió algo inesperado: decepción. No en sí misma, en él. Porque había esperado hasta que otro hombre la quisiera para preguntarse si había valido la pena conservarla.
Al otro lado de la sala, Mateo observaba a Andrés inclinarse hacia ella. Podía leer negociaciones por un cambio de postura, detectar mentiras en palabras cuidadosamente elegidas y reconocer la ambición antes de que un hombre admitiera tenerla. Reconoció el arrepentimiento con la misma facilidad. Andrés quería a Clare de vuelta. La realización produjo una reacción que Mateo no había planeado: celos. Andrés tocó a Clare ligeramente en el brazo. Mateo dio un paso adelante, luego se detuvo. Clare no era suya. Mañana, ni siquiera estaría fingiendo serlo. Por primera vez esa noche, Mateo Russo descubrió que había una situación que el poder no podía resolver. Podía convencer a todos en la sala de que Clare pertenecía a él. No podía hacerlo realidad.
Clare regresó a Mateo, decidida a fingir que la confesión de Andrés no había significado nada. Desafortunadamente, Mateo también estaba fingiendo. “¿Qué quería?” Ella lo miró. “Eso sonó peligrosamente como una pregunta de novio.” “Estoy practicando.” “Tu actuación se está volviendo alarmantemente comprometida.” Antes de que Mateo pudiera responder, una mujer se acercó a ellos con la confianza de alguien que nunca se había preguntado si pertenecía a una sala. “Mateo.” Su expresión cambió al reconocerla. “Viviana.” La mujer le besó la mejilla. El estómago de Clare se tensó antes de que el sentido común pudiera intervenir. Viviana era elegante, hermosa y demasiado cómoda tocándolo. Peor aún, Mateo parecía cómodo con ella. Clare miró hacia otro lado.
“Clare,” dijo Mateo. “Esta es…” “En realidad,” interrumpió Viviana, estudiando a Clare con repentina diversión, “me gustaría ver cuánto tiempo tarda esto.” Mateo frunció el ceño. Clare no. Entendió perfectamente. “Disculpen, necesito una bebida.” Se fue antes de que cualquiera pudiera detenerla.
Mateo la alcanzó momentos después. “¿Qué pasó?” “Nada.” “Estabas hablando conmigo hace 10 segundos.” “Y ahora no.” “Las relaciones evolucionan.” Sus ojos se entrecerraron. “Estás enojada.” “Tengo sed.” “Porque Viviana me besó.” Clare se detuvo. “No me importa quién te besa.” Mateo la miró con una concentración exasperante. “Tenemos una regla contra los besos, Clare añadió.” “Esa regla nos concierne a nosotros.” “Exactamente.” “Viviana es mi prima.” Silencio. Clare se giró lentamente hacia él. “¿Tu prima?” “Sí.” Detrás de Mateo, Viviana levantó su copa hacia Clare con una sonrisa sin disculpas. Clare cerró los ojos. “Los odio a ambos.” “Yo no hice nada.” “Permitiste que malinterpretara.” “Solo estaba tratando de presentártela.” Eso era desafortunadamente cierto. La boca de Mateo comenzó a curvarse. Clare lo señaló. “No sonrías.” “No lo estoy.” “Sí lo estás.” “Estoy aliviado.” “¿De qué?” Ahora dio un paso ligeramente más cerca. Clare recordó de repente la regla uno. “¿Te habría molestado?” Su diversión desapareció. Sabía exactamente lo que quería decir. Si Viviana no hubiera sido su prima, si otra mujer lo hubiera besado porque tenía todo el derecho, ¿le habría importado a Clare? “Eso no es asunto tuyo.” “Técnicamente, esta noche eres mi novia.” “Novia falsa.” Algo cambió en su expresión. “Exactamente.” Mateo dijo la palabra de manera diferente ahora. Antes, “falso” había hecho que todo fuera seguro. “Falso” significaba reglas. “Falso” significaba medianoche. “Falso” significaba que Clare podía tocar su brazo sin preguntarse por qué notaba el calor bajo su manga. Significaba que Mateo podía mirarla demasiado tiempo y ella podía llamarlo actuación. Ahora la palabra se sentía extrañamente decepcionante.
Acto 3 — Ascenso al Clímax
Melissa esperó hasta que Andrés se había acercado a Clare por tercera vez antes de dejar de fingir que no le importaba. “¿Cuánto tiempo llevan juntos?” preguntó cuando Clare regresó a Mateo. Clare dio la respuesta que habían ensayado. Melissa sonrió. “Interesante. Andrés escuchó algo diferente.” Clare sintió que Mateo se quedaba quieto a su lado. “¿Qué estás tratando de preguntar exactamente?” “Nada.” La sonrisa de Melissa permaneció pulida. “Estoy tratando de entender la relación que de repente ha fascinado a todos.” Su mirada recorrió a Clare y luego a Mateo. “Porque es sorprendente.” Clare conocía ese tono. “Di lo que quieres decir.” Melissa dudó el tiempo justo para que el insulto pareciera accidental. “Los hombres como Mateo conocen a mujeres extraordinarias constantemente. Mujeres que entienden su mundo, sus expectativas, sus círculos.” Ahí estaba, no un insulto a la apariencia de Clare, algo peor, un juicio sobre dónde pertenecía. Melissa bajó la voz: “Tal vez a un hombre así le guste alguien diferente en privado. Pero en público, eventualmente, los hombres eligen a mujeres que encajan.” Por un segundo terrible, Melissa sonó exactamente como Andrés. No lo suficientemente sofisticada, no lo suficientemente pulida, no adecuada para la vida que él quería. Clare sintió que la vieja herida se abría.
Mateo habló en voz baja: “Deberías detenerte.” Melissa lo miró. “¿Por qué? ¿Porque noté que la historia no tiene sentido?” Las conversaciones cercanas comenzaron a desvanecerse. Andrés se acercó. Melissa continuó: “Supuestamente empezaron a salir hace semanas, pero la propia hermana de Clare no sabía nada de ti. Clare apenas sabe detalles personales sobre ti, y aparentemente ninguno de los dos puede dar la misma respuesta sobre cómo empezó esta relación.” “Melissa,” advirtió Andrés. “No. Lo trajo aquí porque sabía que tú estarías aquí.” La sala quedó en silencio. Melissa miró directamente a Clare: “Él no es tu novio, ¿verdad?”
Clare podría haber mentido. Mateo podría haber rescatado la historia con una frase. Sintió que él esperaba a su lado, sin responder por ella. Esperando. Clare tragó saliva. “No.” Su madre la miró fijamente. La expresión de Andrés cambió. Melissa casi sonrió. Clare se obligó a continuar: “No, Mateo no era mi novio cuando le pedí que viniera.” Un murmullo recorrió la sala. “Sabía que Andrés estaría aquí. Sabía que todos lo verían con Melissa, y tenía miedo de que la gente me mirara y se preguntara si seguía siendo la mujer que él rechazó.”
Andrés abrió la boca. Clare levantó una mano. “No he terminado.” Él se detuvo. “Sí, quería un novio falso. Sí, era ridículo. Y sí, tenía miedo de ser lastimada.” Su voz se estabilizó. “Pero no me disculparé por tener un momento de debilidad después de pasar años reconstruyendo la confianza que esa relación me quitó.” La victoria de Melissa desapareció. Clare miró alrededor de la sala: “Quería una noche en la que nadie midiera mi valor por si Andrés me eligió.”
Entonces Mateo finalmente habló: “Ella te está diciendo la verdad.” Andrés parecía casi satisfecho. “Entonces era falso.” La mirada de Mateo se posó en Clare antes de volver a él. “El acuerdo era falso.” Una pausa. “Mi interés no lo es.” Clare dejó de respirar. Mateo no la tocó. No actuó para la sala. Simplemente dijo: “Acepté fingir que la quería aquí.” Sus ojos se posaron en Clare. “En algún momento, fingir dejó de ser necesario.”
Andrés se recuperó primero: “Apenas la conoces.” Mateo lo miró: “Y sin embargo, parece que he pasado menos tiempo subestimándola.” La mandíbula de Andrés se tensó. “Esto es exactamente lo que quiero decir. Clare es diferente a las mujeres de tu mundo.” Clare sintió el insulto de inmediato. Mateo también. Pero no amenazó a Andrés. No levantó la voz. En su lugar, hizo una pregunta: “Si era tan fácil pasarla por alto, ¿por qué has pasado toda la noche tratando de recuperar su atención?” Silencio. Andrés miró a su alrededor, de repente consciente de que todos lo habían estado observando perseguir a la mujer que supuestamente ya no quería. Entonces Mateo hizo algo que Clare no esperaba. Dio un paso atrás, no lejos de ella, fuera de su camino. Había detenido la humillación, pero se negó a terminar la pelea por ella. Clare entendió. Esta parte era suya.
Andrés la miró: “No estaba tratando de humillarte.” “No, estabas tratando de asegurarte de que todavía me importara.” “Eso no es justo.” Bajó la voz: “Te dije antes que me he preguntado si irme fue un error.” Hace meses, esas palabras podrían haberla destrozado. Esta noche apenas la conmovieron. Andrés continuó: “Tal vez entonces queríamos cosas diferentes. Tal vez pensé que necesitaba a alguien que encajara en la vida que estaba construyendo.” Y ahora sus ojos se desviaron hacia Mateo. Clare casi se ríe. Ahí estaba su respuesta. Ahora que otro hombre, uno extraordinariamente poderoso, la había valorado públicamente, Andrés había descubierto la duda.
“Todavía no entiendes,” dijo Clare. “¿Entender qué?” “No cometiste un error porque alguien mejor me quiso después.” Andrés se quedó quieto. “Cometiste un error porque necesitabas que yo me hiciera más pequeña para que tú pudieras sentirte más grande.” Su rostro cambió. Clare continuó antes de que el coraje la abandonara: “Pasé años preguntándome qué estaba mal en mí, por qué podías amarme en privado, pero siempre parecías necesitar una versión diferente de mí en público, más pulida, más impresionante, más apropiada.” “Clare, no.” “Cambié lo suficiente por ti.” Negó con la cabeza: “Ya terminé.” Andrés no tuvo una respuesta pulida para eso. Melissa miró hacia otro lado.
Clare se dio cuenta de algo casi vergonzosamente simple. Había pasado 24 horas creyendo que necesitaba a un hombre a su lado para sobrevivir a esta sala. Entonces la mentira había desaparecido. Todos lo sabían. No quedaba un novio impresionante detrás del cual esconderse. Ninguna actuación la protegía de la lástima. Y seguía en pie. Más importante aún, ya no le importaba si Andrés se arrepentía de haberla perdido. Clare se giró hacia Mateo. No había dicho nada desde que se apartó. Sin sonrisa triunfante, sin toque posesivo. Simplemente había confiado en que ella hablara. Eso la afectó más profundamente de lo que una defensa podría haberlo hecho. “Regla tres,” murmuró Clare. Mateo levantó una ceja. “No lo amenazaste.” “Te dije que podía comportarme durante toda una noche. No te vuelvas irrazonable.” Clare se rió. Esta vez no le importó quién la escuchara. Mateo ofreció su mano, no reclamando, no rescatando, ofreciendo. Clare la miró un momento antes de colocar su mano en la suya. El novio seguía siendo falso. La elección de tomar su mano no lo era.
Acto 4 — Resolución y Transformación
El acuerdo terminó oficialmente a la medianoche. Por la mañana, Clare estaba de vuelta en el trabajo, mirando un correo electrónico que ya había leído tres veces sin absorber una palabra. Esperaba vergüenza. En su lugar, seguía recordando a Mateo apartándose y dejándola hablar por sí misma.
En otro lugar, los asesores de Mateo tenían una preocupación diferente: “Confirmaste que Collins está negociando con el comprador competidor. Podemos usar eso.” “No.” La respuesta fue inmediata. Su asesor frunció el ceño: “Esa información cambia la adquisición.” “Lo sé.” “Entonces, ¿por qué ignorarla?” Porque Mateo había entrado en esa cena en parte para obtener exactamente esa ventaja. Al principio, el problema de Clare había sido útil. Su invitación le había dado acceso sin exponer sus intenciones. Pero usar lo que había aprendido ahora convertiría su humillación en apalancamiento. Mateo cerró el archivo: “Cualquier cosa obtenida a través del evento familiar de anoche está excluida.” “Eso podría costarnos la propiedad.” “Entonces encuentra otra manera.” Su asesor lo miró fijamente. Mateo Russo no solía renunciar a ventajas estratégicas. Precisamente por eso la decisión importaba. Clare no supo nada de esto. Mateo se aseguró de que no lo supiera. No quería gratitud. Quería que el límite existiera, lo descubriera o no.
Más tarde esa mañana, el teléfono de Clare sonó. Mateo. Consideró ignorarlo durante exactamente 2 segundos. “Hola, Clare.” Su pulso reaccionó molesto a su voz. “El acuerdo ha terminado.” “Lo sé.” “Bien.” Una pausa. “¿Qué necesitas?” “Una cita.” Clare casi se le cae el teléfono. “¿Qué?” “¿Cena?” “Ya cenamos.” “Esa fue una cena de compromiso con 12 páginas de daño emocional.” “No la estaba contando.” “Probablemente tomaste notas.” “Lo consideré.” Clare sonrió a pesar de sí misma. Luego la seriedad regresó: “¿No hay familia Collins?” “No.” “¿No hay adquisición?” “No.” “¿No hay que fingir?” “No.”
Esa respuesta la asustó más que las otras. “Mateo, anoche fue extraño. Sí. Me viste en una situación vulnerable. Tal vez soy interesante porque soy diferente a las personas con las que estás normalmente.” Él se quedó en silencio. Clare se obligó a continuar: “No me convertiré en una curiosidad en tu vida. No seré la mujer ordinaria que encuentras refrescante hasta que lo ordinario deje de ser emocionante.” “Entiendo.” Esperaba persuasión. En su lugar, Mateo dijo: “Entonces no respondas hoy.” Clare frunció el ceño: “¿Me estás dando tiempo?” “Sí.” “No pareces un hombre que disfruta esperar.” “No lo soy.” Eso la hizo reír. Pero Mateo esperó. Incluso cuando Andrés contactó a Clare dos días después, disculpándose y pidiendo que pudieran verse, Mateo eventualmente se enteró. Los celos regresaron de inmediato. No hizo nada. No advirtió a Andrés. No interfirió. No dio una orden silenciosa para que alguien vigilara la reunión. No intentó influir en la decisión de Clare. Para un hombre acostumbrado a controlar los resultados, la moderación se sintió casi antinatural. Pero Clare había pasado demasiado tiempo con un hombre que quería que sus elecciones se hicieran más pequeñas. Mateo no repetiría ese error. Y Clare lo notó. Por primera vez, su silencio no se sintió como distancia. Se sintió como respeto.
Acto 5 — Reflexión y Secuelas
Pasaron varios días antes de que Mateo pidiera a Clare que se reuniera con él de nuevo. Esta vez no había crisis familiar esperándola, ningún ex prometido que impresionar, ninguna ventaja comercial escondida detrás de la invitación. Clare aún lo miró con sospecha: “¿Negocios?” “No.” “¿Emergencia familiar?” “No.” “¿Necesitas otra novia falsa?” Mateo hizo una pausa: “No.” “Entonces, ¿cuál es el arreglo?” “No hay ninguno.” Clare lo estudió. Su primera velada juntos había requerido reglas, respuestas ensayadas, beneficios mutuos y una hora de vencimiento. Ahora Mateo no le ofrecía nada de eso. “Te estoy invitando a cenar,” dijo. “¿Una cita real?” “Esa era mi intención.” “Mañana ya no es una emergencia.” “Lo sé.” “Entonces, ¿por qué preguntas ahora?” La expresión de Mateo se suavizó: “Por eso pregunto hoy.”
Clare lo hizo esperar. Por una vez, él la dejó. Luego sonrió: “Cena.”
Semanas después, la compañera de trabajo de Clare sacó a relucir el incidente que lo había iniciado todo: “¿Recuerdas cuando necesitabas desesperadamente un novio para mañana?” Clare gimió, desafortunadamente. “Dijiste que aceptarías a casi cualquiera.” Mateo, parado lo suficientemente cerca como para oír, se giró lentamente: “¿Casi cualquiera?” Clare lo miró: “No eras exactamente el plan.” Apareció genuinamente ofendido: “¿Y ahora sigues siendo difícil?” “Esa no era la pregunta.” Clare deliberadamente lo hizo esperar. Le había llevado mucho tiempo entender la diferencia entre ser elegida y necesitar la elección de otra persona para demostrar su valor. El arrepentimiento de Andrés no la había curado. El poder de Mateo no la había validado. Había caminado hacia la humillación que temía, perdió la protección que creía necesitar y descubrió que podía mantenerse en pie sin que ninguno de los dos hombres la definiera. Por eso lo que vino después importaba.
Clare sonrió: “No, ya no eres el plan.” Mateo frunció ligeramente el ceño: “Entonces, ¿qué soy?” “Eres la elección.” Por una vez, Mateo Russo no tuvo nada inteligente que decir, y Clare decidió que esa podría ser su cosa favorita de él.