Le Pagaron Una Fortuna Por Cuidar Al Hombre Más Peligroso De México
Capítulo 1: La Finca Hayes
La lluvia caía con fuerza sobre la ciudad de México, convirtiendo las calles en ríos de asfalto negro. Mave Salazar observó cómo las gotas se deslizaban por la ventana polarizada del SUV, distorsionando las luces de la ciudad en manchas borrosas de amarillo y rojo.
Tenía las manos dobladas en su regazo, los dedos entrelazados con tanta fuerza que los nudillos le dolían. No era miedo, se dijo a sí misma. Era cafeína, agotamiento, y la ansiedad aguda y carcomiente de una cuenta bancaria que rondaba cerca de cero.
El conductor, un hombre con cuello de toro y ojos muertos, no había dicho una palabra desde que la recogió en la esquina de Insurgentes y Reforma. Se limitó a conducir por las calles cada vez más oscuras, alejándose del centro de la ciudad hacia las colinas de las afueras, donde las casas se volvían más grandes y los muros más altos.
Las puertas principales de la finca Hayes no se abrieron con un zumbido de bienvenida.
Se separaron como las mandíbulas de una bóveda, hierro pesado deslizándose sobre asfalto mojado. El sonido resonó en el aire nocturno como un hueso rompiéndose.
Mave tragó saliva.
El SUV avanzó por un camino de grava que crujía bajo las llantas, bordeado por setos podados con precisión militar y farolas de hierro forjado que arrojaban una luz anaranjada y enfermiza sobre el pavimento mojado. Al final del camino, una mansión de piedra se alzaba contra el cielo nocturno como una fortaleza medieval.
No era una casa. Era un baluarte.
Las ventanas de la planta baja estaban todas oscuras, sin una sola luz que sugiriera vida. El lugar se sentía muerto, como si alguien hubiera apagado todas las velas y hubiera dejado que la oscuridad se tragara lo que quedaba.
El conductor detuvo el vehículo frente a una escalinata de piedra que conducía a un pórtico sostenido por columnas de mármol. Bajo el pórtico, dos hombres de trajes oscuros permanecían inmóviles como estatuas, sus rostros ocultos en la sombra.
Antes de que el SUV siquiera rodara hasta detenerse por completo, las enormes puertas de roble se abrieron de golpe.
Una mujer con uniforme de enfermera rosa salió tropezando, abrazando una bolsa médica contra su pecho. Estaba sollozando. Sollozos verdaderos con el pecho agitado, el tipo de llanto que deja a una persona sin aliento y sin dignidad.
Casi tropezó en los escalones de piedra en su prisa por escapar, rozando a los hombres impasibles que no movieron un músculo para ayudarla.
Mave vio a la enfermera que huía a través de la ventana empapada por la lluvia. La mujer corrió hacia un taxi que esperaba al final del camino, se subió y desapareció en la noche.
Eso hace cuatro, pensó Mave. Cuatro enfermeras en seis días.
—Todavía puedes dar la vuelta —dijo el conductor. Su voz era grave, desprovista de piedad—. Nadie te culparía. El jefe es difícil.
Mave se giró hacia él. Lo miró directamente a los ojos por primera vez desde que se subió al auto.
—¿El pago sigue siendo diez mil por la semana?
—Si aguantas la semana, pagado en efectivo. Pero la viste. —El conductor hizo un gesto con el pulgar hacia las luces traseras del taxi que acababa de tragarse a la enfermera llorosa—. El dinero no significa mucho cuando un hombre te lanza una jarra de vidrio a la cabeza.
—Tengo buenos reflejos.
Mave agarró su bolsa de lona y empujó la puerta.
El frío de la lluvia la golpeó instantáneamente, pegando su cabello a sus mejillas y empapando su chaqueta de enfermera hasta los huesos. No corrió. Caminó por los escalones de piedra con el paso mesurado y pesado de alguien que camina hacia un doble turno en un hospital público severamente subfinanciado.
Un hombre la esperaba dentro del vestíbulo.
Era de constitución maciza, como un bloque de concreto con nariz aplastada y ojos muertos y evaluadores. Vestía un traje oscuro que no ocultaba los músculos de sus brazos ni la pistola que llevaba en una funda al costado.
—Soy Tommy —dijo. No se ofreció a tomar su abrigo—. Tú eres la nueva del turno nocturno, Mave.
—Eso es lo que dicen.
—Te voy a dar el resumen rápido, Mave, porque no espero que estés aquí para el desayuno. —Tommy la miró de arriba abajo, evaluándola como si fuera un caballo que estaba considerando comprar—. Sin teléfonos. Sin preguntas sobre sus negocios. Sin mirar en habitaciones con puertas cerradas. Estás aquí para mantenerlo vivo y mantener su herida limpia.
Mave asintió. No dijo nada.
—Recibió dos balazos de calibre .45 la semana pasada. Uno le rompió una costilla, el otro le atravesó el abdomen. El doctor hizo la cirugía en la mesa del comedor. Se fue. Ahora solo queda el después.
Tommy la guió por una escalera grandiosa y curva. La casa olía a pulidor de limón, humo de cigarrillo rancio y el penetrante y metálico tufillo de la sangre seca. Era un olor que Mave conocía bien de la sala de emergencias.
—¿Por qué renuncian las enfermeras? —preguntó Mave.
—No le gusta sentirse débil, y se desquita con quien le sostiene las vendas.
Tommy se detuvo frente a un par de puertas dobles al final del pasillo.
—Se está negando a tomar los antibióticos por vía intravenosa. Se arrancó la línea hace una hora. Por eso se fue la última chica. Si no recibe los medicamentos, la infección lo matará antes que las familias rivales.
Tommy abrió la puerta. No entró. Solo hizo un gesto para que ella pasara, como si estuviera arrojando carne a una jaula.
El dormitorio era enorme y sofocantemente caluroso. El aire estaba espeso con el olor a sudor, yodo y enfermedad. En el centro de la habitación había una cama enorme de cuatro postes, con dosel de terciopelo y sábanas de seda arrugadas.
Declan Hayes no parecía un capo. Despojado de sus trajes y sus ejecutores, solo parecía un hombre moribundo.
Su piel era del color del pergamino viejo, brillante con el sudor de la fiebre. Círculos oscuros y amoratados rodeaban sus ojos. Estaba recostado contra una pila de almohadas, su respiración superficial y rattling. Las vendas que le envolvían el torso ya estaban floreciendo con rojo fresco.
En el suelo cerca de la puerta, vidrios rotos brillaban en la madera oscura. Un charco de agua se filtraba en una alfombra persa que valía más que el apartamento de Mave.
Declan entreabrió los ojos. Eran de un azul pálido y penetrante. Incluso a través de la neblina de una fiebre ardiente, la mirada que le dio fue letal.
—Vete —graznó. Su voz sonaba como piedras moliéndose.
Mave pisó los vidrios rotos.
Dejó caer su bolsa de lona sobre un sillón de terciopelo.
—Soy Mave. Soy tu nueva enfermera.
—Vete al infierno.
Se movió, tratando de incorporarse, pero un espasmo de dolor se apoderó de él. Su mandíbula se cerró de golpe. Un gemido bajo escapó de entre sus dientes a pesar de sus mejores esfuerzos por tragárselo.
Mave caminó hacia el soporte de la IV. La bolsa de antibióticos colgaba allí, la línea goteando sobre el suelo donde había arrancado la aguja de su vena. Cerró la línea con un movimiento practicado y clínico.
—Tommy dice que necesitas estos —dijo Mave, girándose hacia él.
—No necesito nada.
Declan la miró con furia, su pecho agitándose.
—No necesito una niñera, y no necesito otra chica llorona tratando de pincharme con agujas. La próxima persona que se me acerque con una aguja va a que le rompan el brazo.
No era una amenaza vacía.
Mave miró el tamaño de sus hombros, los gruesos cordones de músculo en sus brazos. Incluso medio muerto, podría romperle la muñeca. La mayoría de la gente retrocedería.
Las últimas cuatro enfermeras ciertamente lo habían hecho.
Pero Mave no vio a un jefe del crimen aterrador.
Vio el aviso final de su casero clavado en la puerta de su apartamento. Vio la pila de facturas de servicios públicos sin pagar.
Se giró lejos del soporte de la IV, caminó hacia el baño principal contiguo y agarró una toalla húmeda y pesada. Volvió a la cama.
—¿Qué estás haciendo? —gruñó Declan, su mano moviéndose hacia la mesa de noche.
¿Buscando una pistola? Se dio cuenta.
—Limpiando tu desastre —dijo Mave.
Arrojó la toalla húmeda sobre el charco de agua en el suelo, luego pateó los fragmentos más grandes de vidrio roto en una pila con sus zapatos deportivos.
—Tienes muy mala puntería, por cierto. Si estabas tratando de golpear a la última enfermera, fallaste por un kilómetro.
Declan dejó de moverse. La miró fijamente, parpadeando a través de la fiebre.
—¿Estás loca?
—Estoy quebrada —corrigió Mave, sacando un par nuevo de guantes de látex de su bolsillo y poniéndoselos con un chasquido—. ¿Cuál es peor? Ahora dame tu brazo.
Declan no le dio su brazo. Los cruzó sobre su pecho, un gesto terco y ridículo para un hombre cuyo abdomen actualmente estaba sostenido por suturas y gasas.
—No voy a tomar los medicamentos —dijo. La grava en su voz se estaba deslizando, dando paso a un jadeo sin aliento. La infección estaba avanzando rápido.
—¿Porque te gusta el dolor? —preguntó Mave.
Arrastró una pesada silla de madera al lado de la cama y se sentó. La silla raspó ruidosamente contra las tablas del piso. Declan se estremeció con el ruido.
—Porque me hacen dormir —dijo, sus ojos entrecerrándose—. Y yo no duermo. No ahora.
—¿Paranoico?
—Vivo.
Mave se inclinó hacia adelante, descansando los codos sobre sus rodillas. Lo miró. Realmente lo miró.
Era aterrador. Claro. La cicatriz que le corría por la ceja izquierda contaba una historia de un pasado violento. Los tatuajes que subían por su cuello eran insignias de una vida brutal.
Pero en este momento, sus manos estaban temblando. Temblores finos e incontrolables.
—Tienes una fiebre de al menos 103 —declaró Mave, su voz desprovista de modales de cabecera. No estaba usando el tono suave y reconfortante que las enfermeras reservan para los enfermos. Le habló como un mecánico hablando de un motor averiado—. Tu pulso está acelerado. Tu cuerpo está tratando de combatir una infección masiva de bacterias extrañas introducidas por una bala. Si no tomas estos antibióticos, entrarás en choque séptico. Tus órganos se apagarán. Caerás en coma y luego morirás.
Declan sostuvo su mirada.
—He sobrevivido peor.
—La biología no le importa tu reputación callejera, señor Hayes.
Él se estremeció, no por sus palabras, sino por un repentino y agudo pico de dolor en su vientre. Sus ojos se cerraron con fuerza y clavó los dedos en el colchón.
Mave no se apresuró a consolarlo. Esperó.
Cuando pasó el espasmo, él abrió los ojos, jadeando ligeramente.
—Diez mil —dijo Mave en voz baja.
Declan la miró fijamente.
—¿Qué?
—Eso es lo que tu hombre de abajo me está pagando para mantenerte respirando hasta el domingo. $10,000.
Mave se recostó en su silla.
—Necesito ese dinero. Lo necesito tanto que no me importa si me gritas. No me importa si me lanzas cosas, pero si te mueres en mi turno, no me pagan, y no me voy de aquí con las manos vacías.
Un pesado silencio cayó sobre la habitación, roto solo por el tic-tac de un reloj de pie en la esquina y el sonido irregular de la respiración de Declan.
Por un segundo, Mave pensó que había empujado demasiado lejos.
Vio los músculos de su mandíbula contraerse.
Entonces, lentamente, una risa seca y sin humor rattled en su pecho. La risa se convirtió en una tos áspera.
—Eres una mercenaria —graznó, limpiándose una línea de sudor de la sien.
—Soy una realista.
Mave se puso de pie. Agarró un torniquete de la mesa de noche.
—¿Brazo izquierdo o brazo derecho?
Declan miró la banda de goma azul en sus manos. Miró su cara, buscando una grieta, una señal de debilidad o miedo. No encontró nada más que agotamiento de ojos muertos.
Lentamente, agonizantemente, descruzó los brazos y extendió su brazo izquierdo sobre el colchón.
—Si fallas la vena —murmuró—, te disparo.
—Si fallo la vena, te dejo —respondió Mave.
Ató el torniquete por encima de su bíceps. Su piel estaba ardiendo al tacto. Trabajó rápidamente, limpiando el pliegue de su codo con alcohol. El olor del antiséptico cortó el aire pesado de la habitación. Destapó la aguja.
—Respira profundo —dijo.
Declan no respiró. Solo la observó.
Deslizó la aguja. Un destello de sangre apareció en la cámara.
—Golpe perfecto.
Lo aseguró con cinta adhesiva, conectó la línea y desabrochó el tubo. El líquido claro comenzó a gotear, corriendo hacia su torrente sanguíneo.
Mave dio un paso atrás, quitándose los guantes y arrojándolos a un pequeño bote de basura.
—Fase uno —dijo, mirando su reloj—. Fase dos es cambiar ese apósito.
Señaló su vientre ensangrentado.
Declan se miró a sí mismo. La bravuconería que había logrado reunir para la IV se estaba desvaneciendo. El pensamiento de que alguien tocara la herida claramente lo aterrorizaba, aunque nunca lo admitiría.
—Después —dijo, su voz tensa.
—Ahora.
Mave caminó hacia el baño y comenzó a correr agua tibia en el lavabo. Reunió gasas frescas, cinta quirúrgica y solución salina.
—La sangre es un caldo de cultivo para las bacterias. Estás sentado en un charco de tu propia podredumbre.
Cuando volvió a entrar a la habitación, Declan se había incorporado ligeramente. Su mano descansaba debajo de su almohada.
Mave se detuvo. Miró su mano. Luego miró su cara.
—¿Vas a dispararme por cambiar tus vendas? —preguntó.
—Podría.
—Entonces dispárame.
Mave caminó directamente hacia la cama y puso sus suministros en la mesa de noche.
—O mueve tu mano y déjame hacer el trabajo por el que me están pagando.
Los ojos azules de Declan eran fríos, calculadores. Estaba tratando de descifrarla. En su mundo, la gente o se acobardaba o atacaba. Mave no estaba haciendo ninguna de las dos cosas. Simplemente estaba haciendo el trabajo.
Lentamente, sacó su mano de debajo de la almohada. Estaba vacía.
—Adelante —dijo en voz baja.
Mave se puso un par nuevo de guantes. Se acercó a su lado.
—Esto va a doler.
—Lo sé.
Comenzó a despegar la cinta que sostenía el gran apósito abdominal en su lugar. Estaba pegado a su piel, incrustado con sangre seca. Declan siseó entre dientes mientras ella tiraba.
—Lo siento —murmuró, aunque su voz permaneció firme. No se detuvo. Prolongarlo solo lo empeoraría.
Levantó las gasas ensangrentadas. El olor la golpeó instantáneamente. El dulce y metálico hedor del tejido infectado. Estaba mal.
La piel alrededor de las suturas estaba enrojecida e inflamada, hinchándose hacia afuera. Las puntadas mismas parecían tensas, tirando contra el músculo desgarrado.
El distanciamiento clínico de Mave vaciló por una fracción de segundo. Había visto heridas de bala antes, pero el trauma puro infligido a su cuerpo era brutal.
Levantó la vista hacia su cara.
Declan estaba mirando el techo, su mandíbula cerrada tan fuerte que los músculos se contraían. Una sola vena palpitaba furiosamente en su sien.
—Está infectado —dijo Mave, manteniendo su tono conversacional—. Los antibióticos ayudarán, pero necesito limpiar el drenaje purulento.
—¿Inglés?
—Tengo que exprimir la pus —tradujo ella, plana.
Declan cerró los ojos con fuerza.
—Solo hazlo.
Los siguientes 20 minutos fueron una guerra silenciosa de desgaste. Mave trabajó con una eficiencia despiadada. Usó solución salina para irrigar la herida, limpiando el tejido muerto y la infección supurante. Cada vez que aplicaba presión, sentía los enormes músculos de su abdomen contraerse bajo sus manos.
No gritó. No gritó. Pero el silencio en la habitación era más pesado que el ruido. Era el silencio de un hombre tragándose la agonía.
A mitad del proceso, Mave se detuvo. Miró sus manos, que estaban agarrando la sábana con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos como la cera. Su respiración venía en jadeos cortos y erráticos.
Retiró las manos.
—Me detengo un minuto.
—Sigue —gruñó él, sin abrir los ojos—. Termínalo.
—No, tu ritmo cardíaco está demasiado alto. Vas a desmayarte.
Declan abrió los ojos. Estaban vidriosos por el dolor.
—Yo no me desmayo.
—Todos se desmayan, señor Hayes.
Mave se quitó los guantes ensangrentados. Caminó hacia una pesada jarra de cristal que descansaba sobre una mesa de caoba. Estaba llena de líquido ámbar. Tomó un vaso corto y sirvió una medida generosa de whisky. Volvió a la cama y se lo tendió.
Declan miró el vaso, luego a ella.
—Las enfermeras no deberían recetar alcohol.
—No soy una enfermera ahora. Soy una pragmática.
Empujó el vaso más cerca.
—Bébelo. Te quitará el filo.
Él vaciló, un destello de desconfianza cruzando sus facciones.
—Es tu propio licor —dijo Mave secamente—. A menos que tú mismo lo hayas envenenado, estás bien.
Con una mano temblorosa, Declan extendió la mano y tomó el vaso. Sus dedos rozaron los de ella. Su piel ardía. La de ella estaba congelada.
Levantó el vaso y se bebió el whisky de un solo trago largo y continuo. Tosió, un sonido áspero que desgarró su abdomen suturado, y devolvió el vaso vacío.
—¿Mejor? —preguntó ella.
—No.
Pero la tensión en sus hombros había bajado una fracción de pulgada.
Mave dejó el vaso y se puso un tercer par de guantes.
—Bien, ronda dos. Tengo que empacar la herida ahora.
Esta era la peor parte. Tenía que tomar largas tiras de gasa estéril y empujarlas dentro de la cavidad de la herida para mantenerla abierta para que pudiera sanar de adentro hacia afuera. Era exquisitamente doloroso.
—Muerde algo —aconsejó.
Declan agarró el borde de la funda de la almohada y lo apretó entre sus dientes.
Mave comenzó. Usó un par de fórceps para guiar las gasas dentro de la herida. Todo el cuerpo de Declan se puso rígido. Un gemido bajo y amortiguado vibró en su garganta. Un sonido primal de puro sufrimiento.
—Casi termino —dijo Mave suavemente.
Era la primera vez que su voz se suavizaba. No fue su intención que sucediera, pero la pura resistencia del hombre frente a ella le exigía un extraño tipo de respeto.
—Solo un poco más. Lo estás haciendo bien.
Empacó la última pulgada de gasa, luego cubrió rápidamente toda el área con un apósito estéril fresco, asegurándolo con cinta adhesiva.
—Listo —dijo, apartándose.
Declan soltó la funda de la almohada. Estaba jadeando, su pecho subiendo y bajando pesadamente. El sudor goteaba por el costado de su cara, empapando las almohadas. Parecía completamente destrozado.
Mave fue al baño, se lavó las manos y desechó los residuos biológicos en la bolsa roja que había encontrado debajo del lavabo.
Cuando volvió a salir, Declan la estaba mirando. La hostilidad se había ido de sus ojos. Había sido reemplazada por un agotamiento desnudo y crudo.
—No te estremeciste —dijo en voz baja.
—Te dije que tengo un trabajo que hacer.
Mave recogió la jarra de cristal y sirvió un pequeño chorro de whisky en el vaso. Esta vez no se lo ofreció a él. Lo llevó a sus propios labios y tomó un sorbo. El licor quemó un cálido sendero de bienvenida por su garganta.
Declan la observó beber su whisky de $2,000. Un leve fantasma de una sonrisa tocó la esquina de su boca pálida.
—¿Qué pasó con las otras enfermeras? —preguntó Mave, dejando el vaso—. Las que vinieron antes que yo. ¿De verdad le lanzaste una jarra a la última?
—Estaba llorando —dijo Declan, su voz ronca—. Odio el llanto. Suena como debilidad. Suena como un funeral.
—¿Así que le lanzaste una jarra?
—La lancé a la pared. Ella casualmente estaba parada cerca.
Se movió ligeramente, haciendo una mueca.
—Me miran como si fuera un perro rabioso, como si les fuera a arrancar la garganta mientras me cambian las sábanas.
—Eres un perro rabioso —señaló Mave—. Tommy me dijo quién eres. Y no tienes miedo.
Mave miró alrededor de la opulenta y sofocante habitación. Pensó en su apartamento con el linóleo despegado y el aviso de desalojo. Pensó en el moledor y implacable pánico de la pobreza que la despertaba a las 3:00 a.m. cada noche.
—Señor Hayes —dijo Mave, encontrando su mirada de frente—. Tienes dinero. Tienes un techo sobre tu cabeza que realmente posees. Tienes tipos abajo que dispararán a cualquiera que intente lastimarte. Tienes una herida de bala. Sí, pero estás a salvo.
Caminó hacia el sillón y se sentó, sacando un libro de bolsillo gastado de su bolsa de lona.
—Estoy aterrorizada —dijo Mave suavemente—. Pero no de ti.
Declan no dijo nada a eso. Solo la observó mientras abría su libro.
Por primera vez en seis días, cerró los ojos, y el silencio en la habitación no se sintió como una amenaza. Simplemente se sintió como descanso.
Capítulo 2: La Noche de la Fiebre
A las 2:00 a.m., los antibióticos libraron una guerra a gran escala en el torrente sanguíneo de Declan, y el campo de batalla era su cuerpo.
Mave fue sacudida de su sueño en el sillón por el sonido de dientes castañeteando.
Se había quedado dormida, su libro de bolsillo descansando sobre su pecho. Parpadeó contra la luz tenue de la lámpara de noche. Declan estaba convulsionando. El pesado edredón estaba subido hasta su barbilla, pero no era suficiente. Temblaba tan violentamente que el pesado marco de roble de la cama traqueteaba contra las tablas del piso.
Mave estaba de pie al instante. Presionó el dorso de su mano contra su mejilla. Estaba ardiendo. La fiebre se había disparado peligrosamente alto, superando los 104.
Su piel estaba moteada, brillante con un sudor grasiento, y sus ojos rodaban salvajemente bajo los párpados cerrados.
—Frío —graznó entre dientes castañeteantes—. Tan maldito frío.
—No tienes frío. Tu cerebro solo cree que lo tienes.
Mave agarró el borde del edredón y lo bajó de un tirón. Declan dejó escapar un grito áspero y sin aliento, sus manos tanteando ciegamente para tirar de la manta hacia atrás, sus dedos bloqueados en la tela con un agarre desesperado de hierro.
—Déjala.
—Suéltala, Declan.
Era la primera vez que usaba su nombre de pila. No estaba pensando en límites. Estaba pensando en convulsiones y daño cerebral.
—Si no bajo tu temperatura central, tu cerebro se va a freír.
Él no escuchó. El delirio había despojado al capo calculador y había dejado atrás a un animal operando por instinto puro. Volvió a subir la manta, acurrucándose hacia adentro para proteger su abdomen suturado.
Mave no tenía la fuerza de la parte superior del cuerpo para separar sus dedos. No lo intentó. En su lugar, caminó hacia el baño y abrió la ducha a máxima potencia, completamente fría.
Agarró un recipiente de plástico de debajo del lavabo, lo llenó con el agua helada y tomó una pila de paños de lavar.
Cuando regresó, Declan estaba murmurando. No era español. Sonaba como una oración antigua, rota y fragmentada.
Mave empapó un paño en el agua helada, lo escurrió apenas lo suficiente para evitar que goteara, y lo puso directamente sobre su pecho desnudo justo encima de las vendas.
Declan jadeó, sus ojos se abrieron de golpe, sin ver y muy abiertos. Lanzó un puñetazo ciego y pesado hacia ella.
Mave se agachó. Sus nudillos le rozaron el hombro con la suficiente fuerza para dejarle un moretón.
Pero no retrocedió. Fijó su muñeca a la cama con su mano izquierda, arrojando todo el peso de su cuerpo sobre su brazo para mantenerlo abajo, mientras usaba su mano derecha para arrastrar el paño helado por su cuello y hombros.
—Pelea conmigo todo lo que quieras —gruñó, sus rodillas presionadas contra el borde del colchón—. Pero no te vas a morir en mi turno.
Se sacudió, una violenta sacudida que casi la tiró de la cama.
—Suéltame.
—No.
Sumergió otro paño, presionándolo contra su frente. El agua corrió por sus sienes, empapando las almohadas.
—Quédate quieto.
Durante una hora, libraron un combate vicioso, agotador y de forcejeo. Cada vez que intentaba acurrucarse en una bola, ella forzaba sus extremidades a quedarse planas. Cada vez que alcanzaba las mantas, ella lo bañaba en agua helada.
Trabajó con un ritmo despiadado y metódico, ignorando el ardor en sus propios músculos y los duros insultos que él le escupía.
Alrededor de las 3:30 a.m., los temblores finalmente comenzaron a disminuir. El borde desgarrado y pánico abandonó su respiración. Sus músculos se desbloquearon, volviéndose flojos y pesados contra el colchón.
Mave se quedó de pie sobre él, jadeando. Su uniforme estaba empapado. Su cabello se pegaba a su frente en mechones húmedos y desordenados.
Declan miró hacia el techo. La mirada vidriosa y delirante se había ido de sus ojos, reemplazada por un agotamiento profundo y hueco.
Miró a Mave, tomando en cuenta su ropa mojada y la postura feroz y protectora de sus hombros.
—Golpeaste como un camión —murmuró Mave, frotándose el hombro donde él la había golpeado.
Declan cerró los ojos.
—Pensé que eras alguien más.
—¿Quién? ¿Alguien que no quería que despertaras?
Su voz era apenas un susurro.
Mave no insistió. Llevó el recipiente de vuelta al baño, escurrió las toallas y le trajo una manta seca. La extendió sobre sus piernas, dejando su pecho expuesto al aire fresco.
—Duérmete, Declan —dijo, dejándose caer en su sillón.
Él no discutió. Por primera vez en una semana, cerró los ojos y realmente durmió.
Capítulo 3: El Desayuno
El amanecer se filtró a través de las pesadas cortinas de terciopelo, pintando la habitación en tonos amoratados de púrpura y gris.
Mave revisó los signos vitales de Declan. Su temperatura había bajado a un manejable 99.8. El pulso era estable.
Su estómago dejó escapar un gruñido hueco y violento. Había comido medio barra de granola en las últimas 24 horas.
Dejando la puerta del dormitorio entreabierta solo una pulgada, se escabulló hacia el pasillo silencioso. La casa era un laberinto de madera oscura y alfombras persas. Se abrió camino bajando la escalera curva, siguiendo el débil aroma a café.
La cocina pertenecía a una revista culinaria. Millas de mármol blanco, electrodomésticos de acero inoxidable y una enorme isla central.
Sentado en esa isla estaba un hombre aproximadamente del tamaño de un refrigerador comercial. Vestía un traje a medida con la chaqueta draped sobre el respaldo de su taburete. Estaba desmontando meticulosamente una pistola negra mate sobre un paño de microfibra.
Levantó la vista cuando Mave entró, sus ojos bajaron a su uniforme desgastado y manchado de agua.
—Tú eres la enfermera —dijo. No era una pregunta.
—Lo soy. ¿Dónde guardan la comida?
El gigante parpadeó, momentáneamente desconcertado por su falta de vacilación. Usualmente el personal civil prácticamente se abrazaba a las paredes cuando los hombres estaban en la casa.
—Refrigerador. Soy Carmine.
—Mave.
Caminó más allá de él hacia el enorme refrigerador de doble puerta. Estaba abastecido como un supermercado de lujo. Agarró un cartón de huevos, medio pan de masa madre y una barra de mantequilla.
—¿Sigue respirando? —preguntó Carmine, poniendo el seguro de su arma con un clic agudo.
—Sí. La fiebre se rompió hace una hora.
Mave dejó caer una sartén sobre la estufa de seis quemadores. Encendió el gas, observando la llama azul lamer el fondo del acero.
—Le debo $50 a Tommy —gruñó Carmine—. Aposté a que estarías en un taxi a medianoche.
—Lamento costarte dinero.
Mave cascó tres huevos en un tazón y los batió con un tenedor que encontró en un cajón.
—Pero tengo que pagar el alquiler. No me voy hasta que tenga mi sobre.
Carmine la observó verter los huevos en la mantequilla chisporroteante.
—Tienes instinto suicida, doc. Es un hombre peligroso en un buen día. Herido, acorralado. Es un oso en una trampa. Se morderá su propia pierna y te devorará a ti solo por estar cerca.
—Trabajo en una sala de trauma en el Hospital General de México —dijo Mave, volteando los huevos sobre un trozo de pan tostado—. El mes pasado, un adicto a la metanfetamina apuñaló a un guardia de seguridad en el cuello con unas tijeras de trauma, y tuve que sostener la arteria corroída del tipo durante 20 minutos mientras los policías electrocutaban al adicto. Tu jefe lanza jarras de agua. No estoy impresionada.
Carmine dejó escapar una risa baja y retumbante. Sonaba como rocas rodando colina abajo.
—Me caes bien. No tienes instintos de supervivencia. Es refrescante.
Mave se sirvió una taza del café que goteaba en la cafetera comercial. Puso su plato en una bandeja.
—Lo que no tengo es una cuenta de ahorros. Nos vemos luego, Carmine.
Cuando llevó la bandeja de vuelta al dormitorio, Declan estaba despierto. Estaba incorporado sobre sus codos, mirando la puerta. Sus ojos la siguieron mientras caminaba hacia el sillón.
—Te fuiste de la habitación —dijo. Su voz era más fuerte, el raspado de la deshidratación se había ido.
—Hice el desayuno. ¿Quieres un poco?
Tomó un bocado de sus huevos. Estaban perfectos.
Declan frunció el ceño, completamente confundido por la domesticidad de la escena. Una mujer sentada en su dormitorio comiendo huevos mientras un agujero de bala sanaba en su intestino.
—No como cuando estoy comprometido —dijo.
Mave puso los ojos en blanco.
—No eres un agente secreto detrás de líneas enemigas. Eres un tipo en una casa muy cara que necesita proteína para reconstruir tejido. Come el pan tostado.
Se puso de pie, agarró un trozo del pan de masa madre con mantequilla de su plato y se lo llevó. Él miró el pan como si fuera una granada viva.
—No está envenenado —dijo ella—. Carmine me vio hacerlo.
Declan tomó el pan. Dio un pequeño bocado. Su masticación era lenta, calculada.
—Conociste a Carmine. Tipo gigante, le gusta limpiar armas donde la gente come.
—Tuvimos una charla agradable.
Mave volvió a su silla y terminó su propio desayuno.
—No deberías hablar con mis hombres —dijo Declan, su tono oscureciéndose. El jefe estaba regresando. La vulnerabilidad de la noche estaba siendo guardada y empujada lejos—. Estás aquí para cambiar vendas. Te mantienes ciega y te mantienes sorda. Así es como te mantienes a salvo.
—Anotado —dijo Mave suavemente.
Terminó su café y se puso de pie.
—Hora de los antibióticos.
Preparó la IV. Declan observó sus manos. Estaban firmes. Ni un solo temblor.
—¿Por qué necesitas tanto los diez mil? —preguntó de repente.
Mave hizo una pausa, su pulgar descansando sobre la abrazadera de plástico de la línea IV. Lo miró. La mirada fría y evaluadora estaba de vuelta en sus ojos, buscando un punto de presión, buscando ventaja.
—No es asunto tuyo —dijo.
—Todo en mi casa es mi asunto.
—No estoy en tu casa —respondió Mave, abriendo la abrazadera y viendo el fluido claro gotear—. Estoy en el trabajo.
Capítulo 4: La Verdad Sobre Sullivan
La frágil tregua duró exactamente dos días.
Para el jueves, la fiebre de Declan se había ido por completo. Su color había regresado, cambiando del gris de un cadáver a un bronceado pálido y robusto. La infección estaba localizada y drenando adecuadamente.
Biológicamente, estaba sanando.
Psicológicamente, estaba volviéndose loco.
Mave estaba leyendo su libro cuando el sonido de pasos pesados resonó en el pasillo. No era el paso lento y medido de Tommy o Carmine trayendo una comida. Era la marcha rápida y agresiva de varios hombres con zapatos de vestir.
Las puertas del dormitorio se abrieron de golpe.
Tommy entró, luciendo sombrío. Detrás de él había dos hombres que Mave nunca había visto. Vestían trajes afilados y costosos que no podían ocultar el volumen de las fundas de hombro bajo la sastrería.
Se veían agitados, oliendo débilmente a colonia cara y adrenalina barata.
—Jefe —dijo el mayor de los dos hombres, caminando directamente hacia la cama—. Tenemos un problema en los muelles. La cuadrilla de Moretti acaba de apoderarse de dos de los contenedores.
Mave cerró su libro inmediatamente. Recordó la primera regla de Tommy. Sin preguntas sobre sus negocios. Sin mirar en habitaciones con puertas cerradas.
Se puso de pie, con la intención de pasar al baño y darles privacidad. Pero mientras se movía, miró a Declan.
Estaba sentado, empujándose completamente fuera de las almohadas. El movimiento repentino y violento tensó su core.
Mave vio su mandíbula apretarse, los músculos de su cuello sobresaliendo como cables de acero.
—Se llevaron los contenedores.
La voz de Declan era un susurro bajo y letal. Ya no sonaba como un hombre enfermo. Sonaba como violencia.
—¿Cómo?
—Aduanas miró para otro lado. Moretti compró al inspector.
El hombre más joven caminaba de un lado a otro al pie de la cama.
—Tenemos que contraatacar esta noche. Si no lo hacemos, pensarán que estás muerto. Los rumores ya se están extendiendo.
Declan balanceó sus piernas fuera del borde de la cama. Mave se congeló. Su cerebro médico cortocircuitó su autoconservación.
—¿Qué estás haciendo? —espetó.
Los dos hombres de traje giraron sus cabezas hacia ella, mirándola como si una lámpara hubiera hablado de repente.
Declan la ignoró. Agarró el borde del colchón, sus nudillos volviéndose blancos, y trató de ponerse de pie. Llegó a unas 3 pulgadas antes de que sus rodillas se doblaran. Un gemido áspero e involuntario se arrancó de su garganta cuando los tejidos recién suturados en su abdomen gritaron en protesta.
Cayó de vuelta sobre la cama, una mano agarrando su costado, su cara drenándose instantáneamente de color. Una nueva mancha roja brillante comenzó a florecer rápidamente contra las gasas blancas de sus vendas.
Había rasgado las suturas internas.
—¡Trae mi ropa! —jadeó Declan a Tommy, respirando pesadamente por la nariz—. Voy a bajar allí.
—No vas a ir a ningún lado —dijo Mave.
No caminó. Marchó hacia el lado de la cama, empujando físicamente al teniente mayor de traje afilado.
—Oye, retrocede, cariño.
El teniente mayor sneered, poniendo una mano pesada sobre su hombro.
Mave le dio una bofetada a su mano. Ni siquiera lo miró. Miró a Declan.
—Acuéstate ahora mismo.
—Tengo un negocio que dirigir.
Declan gruñó, tratando de incorporarse de nuevo. Mave plantó ambas manos firmemente sobre sus hombros y lo empujó plano contra el colchón.
Toda la habitación quedó en completo silencio.
El clic metálico de un seguro siendo quitado resonó fuertemente. El teniente más joven tenía su mano dentro de su chaqueta, mirando a Mave con incredulidad desnuda. Nadie tocaba al jefe. Nadie lo empujaba.
Declan la miró fijamente, el shock superando momentáneamente su dolor.
—Estás sangrando —gritó Mave, su voz rebotando en el techo alto. Señaló con un dedo tembloroso la mancha roja que se expandía rápidamente en su estómago—. Acabas de rasgar las suturas internas. Pasé 20 minutos limpiando y empacando cuidadosamente. Si te levantas, vas a hemorragia. Si hemorragias, tu presión arterial se desplomará, y morirás en la parte trasera de tu SUV antes de siquiera llegar a los muelles.
Se giró para enfrentar a los tres hombres parados alrededor de la cama. Su corazón martillaba contra sus costillas como un pájaro atrapado. Sus rodillas estaban débiles, pero su voz era pura autoridad sin filtro.
—Fuera.
El teniente mayor se rió. Un sonido áspero e incrédulo.
—¿Con quién diablos crees que estás hablando, enfermera?
—¡Estoy hablando con los idiotas que están tratando de asesinar a mi paciente! —respondió Mave, metiéndose en el espacio personal del hombre. Él le llevaba 6 pulgadas y 100 libras, pero ella no parpadeó—. No me importan sus contenedores. No me importa Moretti. Me importa el hecho de que si él muere, no obtengo mis $10,000, y necesito ese dinero. Así que tomen sus trajes, tomen sus armas, y váyanse al infierno de mi sala.
La cara del teniente se oscureció de rabia. Dio un paso hacia ella.
—Voy a enseñarte algunos modales. Frankie.
La palabra cortó la habitación como un bisturí.
Todos se congelaron.
Declan estaba acostado plano en la cama. Su cara estaba gris de dolor y estaba agarrando su costado ensangrentado, pero sus ojos azules estaban fijos en el teniente. La mirada en ellos era muerte congelante absoluta.
—Tócala —respiró Declan, su voz apenas por encima de un susurro—. Y no encontrarán suficiente de ti para enterrar.
Frankie retrocedió, tragando duro. Apartó la mano de su chaqueta.
—Jefe, ella puso sus manos sobre usted.
—Está haciendo su trabajo.
El pecho de Declan se agitaba. No miró a Mave. Mantenía sus ojos en sus hombres.
—Manejen los muelles. Paguen el doble de lo que Moretti le pagó al inspector. No golpeamos esta noche. Compramos.
—Pero la calle pensará que eres débil —protestó el hombre más joven.
—La calle pensará lo que yo les diga que piensen. Fuera. Todos ustedes.
Tommy agarró el brazo de Frankie y lo arrastró hacia la puerta. El hombre más joven siguió. La pesada puerta de roble se cerró con un golpe resonante.
El silencio que siguió fue sofocante.
Mave se quedó congelada junto a la cama. La adrenalina que la había impulsado hacia adelante de repente se evaporó, dejándola hueca y temblando. Miró sus manos. Estaban temblando violentamente.
Acababa de gritarle a mafiosos fuertemente armados. Acababa de romper la única regla cardinal que le habían dado.
Lentamente se giró para mirar a Declan.
Él la estaba mirando fijamente. La ira se había ido. En su lugar había algo completamente diferente. Una fascinación tranquila e intensa.
—Estás sangrando —susurró Mave, su voz quebrándose.
—Lo sé —dijo Declan suavemente.
Movió lentamente su mano lejos de su estómago, revelando las vendas empapadas.
—¿Vas a arreglarlo, Mave?
Ella tomó un aliento tembloroso, forzando el pánico hacia una caja apretada en su pecho.
Se giró hacia su bolsa médica.
—Sí, voy a arreglarlo.
Necesitaba un kit de sutura. Encontró uno en los suministros estériles que Tommy había abastecido en el cajón inferior de la pesada cómoda de roble. Agujas curvas, hilo de nailon negro, un par de portaagujas y una botella de lidocaína.
Declan yacía perfectamente plano. La adrenalina del enfrentamiento con Frankie se estaba desangrando de él, dejando un agotamiento hueco y gris en su estela. Su respiración era superficial. Cada vez que su pecho subía, sangre fresca se filtraba de la herida desgarrada.
Mave aspiró la lidocaína en una jeringa. Caminó de vuelta a la cama, su cara una máscara de distanciamiento profesional, aunque sus manos todavía la traicionaban con un leve temblor.
Se obligó a respirar profundamente durante 4 segundos, exhalar durante 4 segundos. El pánico no tenía lugar en un campo estéril.
—Tengo que adormecer los bordes —dijo, su voz tensa—. Luego tengo que volver a suturar la fascia desgarrada. Va a tirar.
—Hazlo —dijo Declan. Estaba mirando el techo de nuevo.
Inyectó el anestésico local alrededor del perímetro de la herida. No se estremeció. Esperó exactamente 3 minutos, probando el tejido con la punta de sus fórceps. Cuando no reaccionó, enhebró la aguja curva.
La habitación estaba dolorosamente silenciosa. Los únicos sonidos eran el reloj de pie haciendo tic-tac en la esquina y el húmedo y terrible sonido del hilo de nailon pasando a través de la carne humana.
Era un proceso lento y agonizante. Mave tuvo que trabajar profundo, tirando de las fibras musculares desgarradas para unirlas antes de poder siquiera abordar la piel superficial.
Se inclinó sobre él, su cara a pulgadas de su pecho. Podía sentir el calor irradiando de su piel, oler la sal de su sudor y el hierro de su sangre.
Él la estaba observando ahora, no la herida, sino su cara. Rastreaba el movimiento de sus ojos, la firmeza de su mandíbula.
—No tenías que hacer eso —dijo Declan en voz baja.
—¿Hacer qué? —preguntó Mave, atando un nudo y cortando el hilo con pequeñas tijeras.
—Poner tus manos sobre mí. Pararte entre Frankie y yo. Él te habría golpeado.
—Trabajo en el Sur —dijo Mave, recogiendo el portaagujas para la siguiente puntada—. Me han golpeado personas mucho más aterradoras que tipos que usan trajes a medida y demasiada colonia. Además, si te levantabas, te habrías desangrado. Te dije que no voy a perder este pago.
—Siempre el dinero contigo.
—Siempre.
Clavó la aguja a través de la siguiente capa de piel. La mandíbula de Declan se flexionó.
—¿Cuál es la deuda, Mave?
Su mano se detuvo solo por una fracción de segundo. No levantó la vista de su estómago.
—No sé de qué estás hablando.
—Nadie trabaja un doble turno en una sala de trauma y luego viene a la casa de un jefe mafioso para turnos nocturnos solo para pagar el alquiler. El alquiler no es de 10 mil. Necesitas una suma global, rápida, imposible de rastrear.
La voz de Declan era calmada, analítica. La estaba leyendo de la manera en que leía a los sindicatos rivales.
—Estás en deuda y no con un banco. Los bancos envían cartas. Pareces alguien que está esperando que toquen a su puerta.
Mave miró fijamente el hilo negro en sus manos. Sintió un dolor agudo y repentino en la parte posterior de su garganta, una ola de agotamiento amenazando con arrastrarla. Había estado cargando el peso durante tanto tiempo, el puro terror de ello, que escuchar a alguien más nombrarlo se sintió como un golpe físico.
Tomó un aliento y clavó la aguja a través de su piel de nuevo.
—Mi hermano menor —dijo, su voz completamente desprovista de emoción—. Es un adicto. Oxicodona principalmente, pero toma lo que pueda conseguir. El año pasado le robó a un tipo que dirige una tienda de videos para adultos en Doctores. Resulta que la tienda de videos es una fachada para un prestamista llamado Sullivan.
Los músculos de Declan se pusieron rígidos bajo sus manos. No por la aguja.
—Conozco a Sullivan —dijo Declan suavemente.
—Entonces sabes que no perdona deudas —dijo Mave, atando otro nudo—. Mi hermano le debe $12,000. Desapareció hace 3 meses, dejó el estado, creo. Pero yo no. Los hombres de Sullivan me encontraron hace 2 semanas. Me acorralaron en el estacionamiento del hospital. Me rompieron dos dedos.
Levantó su mano izquierda, mostrándole la ligera torcedura de sus dedos anular y meñique.
—Dijeron que tenía hasta el domingo para conseguirles 10 mil, o volverían y me romperían las muñecas. Si me rompen las muñecas, pierdo mi licencia de enfermería. Pierdo mi trabajo, lo pierdo todo.
Cortó el hilo final. La herida estaba cerrada, fea, enojada y roja. Pero cerrada.
Mave comenzó a limpiar la sangre seca de su piel con solución salina y gasa. Se enfocó enteramente en la tarea, negándose a encontrarse con sus ojos. Odiaba la lástima que usualmente veía cuando la gente escuchaba su historia. Odiaba la vulnerabilidad.
Pero cuando finalmente levantó la vista hacia Declan, no había lástima en sus ojos azules. Solo había una fría y dura calculación. La mirada de un hombre que lidiaba con violencia cada día.
—Sullivan —repitió Declan, saboreando el nombre como ceniza en su boca—. Es un carroñero. Un alimentador de fondo.
—Es un alimentador de fondo que puede terminar mi carrera.
Mave arrojó las gasas ensangrentadas a la bolsa roja de residuos biológicos. Se quitó los guantes.
—Tengo 2,000 ahorrados. Con los 10 que reciba de Tommy el domingo, puedo pagarle. Por eso estoy aquí. Por eso le grité a tus hombres. No me importa un diablo tu guerra territorial, Declan, pero eres mi boleto para salir del infierno, y no voy a dejar que mueras antes del domingo.
Declan la miró fijamente. Por un largo tiempo, el único sonido fue la lluvia comenzando a azotar las ventanas del dormitorio.
Lentamente, extendió la mano, su mano grande y áspera envolvió su muñeca izquierda. Su agarre era flojo, pero cálido. Pasó su pulgar sobre las articulaciones ligeramente torcidas de sus dedos anular y meñique.
El toque fue sorprendentemente gentil para un hombre con tanta sangre en sus manos.
—No debería haber tocado —dijo Declan. Las palabras eran suaves, pero llevaban un peso oscuro y aterrador.
Mave retiró su mano. No quería su simpatía, y definitivamente no quería su marca de justicia.
—Solo toma tus antibióticos y quédate en la cama. Eso es todo lo que necesito de ti.
Caminó hacia el baño para lavarse las manos. Cuando salió, Declan había girado su cabeza para mirar por la ventana la lluvia.
La conversación había terminado, pero el aire en la habitación había cambiado. La línea entre paciente y jefe, entre enfermera y mercenaria, se había difuminado en algo pesado e irresuelto.
Capítulo 5: La Noche del Ataque
La noche del viernes fue una olla a presión sofocante.
La lluvia no había parado en 2 días. Caía en pesadas sábanas grises, convirtiendo la finca Hayes en una isla, cortada del resto de la Ciudad de México.
Dentro de la casa, la tensión era lo suficientemente espesa para ahogarse. El silencio ya no estaba vacío. Se sentía enroscado, esperando una chispa.
Mave estaba sentada en el sillón a las 2:30 a.m., leyendo el mismo párrafo de su libro de bolsillo por décima vez. Declan estaba dormido, su respiración finalmente profunda y uniforme. La herida estaba aguantando. La infección se había ido por completo.
Le quedaban 30 horas en su turno.
Entonces las luces se apagaron.
La repentina oscuridad absoluta golpeó la habitación como un golpe físico. El zumbido de la calefacción central murió instantáneamente.
Mave se congeló en su silla. Esperó el golpe pesado del generador de respaldo encendiéndose.
Pasaron 10 segundos. 20.
Nada.
Un frío pico de pavor se clavó en su estómago.
Antes de que pudiera moverse, Declan estaba despierto. No jadeó ni se sacudió. Solo abrió los ojos en la oscuridad absoluta.
—Agáchate —susurró—. El poder. Tírate al suelo, Mave. Ahora.
La autoridad en su voz no dejaba lugar a discusión.
Mave cayó al piso de madera, las fibras ásperas de la alfombra persa raspando sus rodillas.
Abajo, un golpe sordo y pesado sacudió las tablas del piso. Sonaba como una puerta siendo pateada fuera de sus bisagras. Luego vino el pop de disparos suprimidos, sonidos metálicos y escupidos que eran completamente diferentes a los disparos retumbantes de las películas.
Los hombres de Moretti no habían esperado a que Declan hiciera un movimiento. Habían venido a la casa.
Declan rodó fuera de la cama. Golpeó el suelo con un gruñido pesado, el impacto sacudiendo su estómago recién suturado. Mave lo escuchó maldecir suavemente en la oscuridad.
—Declan, tus suturas —empezó ella, arrastrándose hacia el sonido de su voz.
—Olvida las suturas.
Se movía ciegamente hacia la pesada cómoda de roble. Un raspado metálico resonó en la oscuridad, seguido por el clic pesado de un cargador siendo insertado.
—Cortaron la línea del generador. Eso significa que están dentro de las puertas. Tommy y Carmine están abajo, pero hay una docena de puntos ciegos en esta casa.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe.
Mave gritó. Un sonido corto e involuntario de terror.
Una sombra masiva llenó la puerta, iluminada brevemente por un destello de relámpago a través de la ventana.
Era Carmine. Estaba apoyado pesadamente contra el marco de la puerta, una mancha oscura extendiéndose a través de su camisa blanca.
—Jefe —jadeó Carmine—. Cinco de ellos entraron por la puerta de servicio de la cocina. Tommy está aguantando las escaleras, pero me dieron.
—¿Qué tan grave?
Declan preguntó, su voz completamente firme. Agarró el brazo de Mave en la oscuridad y la tiró a sus pies, poniéndola detrás de su sólido bulk por el hombro.
—Pero Tommy no puede aguantarlos para siempre.
Carmine se empujó del marco de la puerta, su arma levantada inestablemente hacia el pasillo.
—Tienes que llegar a la habitación.
—Vamos.
Declan metió su arma en su cinturón y agarró la mano de Mave. Su agarre era como un tornillo de acero.
—Carmine, retrocede. No mueras por una escalera.
—No muero por escaleras, jefe. Muero por el cheque de pago.
Carmine flashed una sonrisa ensangrentada y se giró de vuelta hacia el pasillo oscuro.
Declan no esperó. Arrastró a Mave a través del enorme dormitorio hacia el vestidor. Era del tamaño de un pequeño apartamento, forrado con trajes a medida y estantes de cedro.
Declan pasó junto a un rack de pesados abrigos de invierno y presionó su mano plana contra un panel de madera en blanco en la parte posterior. Un clic mecánico sonó y el panel se abrió hacia adentro.
—Entra —ordenó.
Mave se arrastró hacia el espacio oscuro y estrecho. Era un cuarto de pánico apenas más grande que un congelador de walk-in. Las paredes eran de acero frío.
Declan la siguió, cerrando la pesada puerta de golpe detrás de ellos. El sonido de un pesado cerrojo activándose resonó con finalidad.
Adentro, estaba completamente oscuro. El silencio era absoluto. Las gruesas paredes de acero cortaban el sonido de la lluvia y los disparos por completo. Era como ser enterrado vivo.
Mave retrocedió hasta que golpeó la pared de acero frío. Su pecho se agitaba. El pánico, crudo y sin adulterar, le arañaba la garganta. Había enfrentado pacientes violentos. Había lidiado con pandilleros en la sala de emergencias, pero esto era un golpe profesional. La gente estaba muriendo al otro lado de esa puerta.
Una pequeña luz LED alimentada por batería parpadeó. Declan había encontrado el interruptor de emergencia.
La luz tenue y dura proyectaba sombras brutales a través de su cara. Estaba apoyado contra la pared opuesta, su respiración irregular. Presionó una mano contra su estómago. La sangre se estaba filtrando a través de su camiseta.
—Las rasgaste de nuevo —dijo Mave, su voz temblando violentamente.
—No importa —jadeó Declan, deslizándose lentamente por la pared hasta que estuvo sentado en el suelo. Sus piernas se extendieron frente a él—. Esperamos aquí. Los vecinos eventualmente llamarán a la policía. Los muchachos de Moretti no pueden quedarse mucho tiempo.
Mave lo miró fijamente. Estaba pálido, sudando profusamente, sosteniendo un arma en una mano y su estómago sangrante en la otra. Parecía un fantasma.
Se dejó caer de rodillas y se arrastró hacia él. No tenía su bolsa médica. No tenía gasas ni solución salina.
—Déjame ver —exigió, sus manos flotando sobre su camisa ensangrentada.
—Déjalo, Mave. No puedes arreglar esto aquí.
—Puedo aplicar presión.
Agarró el dobladillo de su camisa y lo rasgó hacia arriba, la tela desgarrándose ruidosamente en la habitación silenciosa.
Las suturas estaban aguantando, pero apenas. La sangre se filtraba de los bordes de la herida donde la piel se estiraba sobre el músculo.
Enrolló una sección de su camisa rasgada y la presionó con fuerza contra la herida.
Declan siseó entre dientes, su cabeza chocando contra la pared de acero.
—Lo siento —susurró ella.
—Deja de disculparte.
Se sentaron allí en la caja tenue y claustrofóbica durante lo que parecieron horas. Los brazos de Mave dolían de mantener la presión aplicada. Sus rodillas estaban magulladas por el piso duro. El terror había retrocedido lentamente, reemplazado por un agotamiento pesado y entumecedor.
Miró a Declan. Sus ojos estaban cerrados, su cabeza descansando contra la pared. La luz dura resaltaba las profundas líneas de estrés y dolor en su cara. Ya no parecía un jefe del sindicato despiadado. Solo parecía un hombre tratando de sobrevivir a su propia vida.
—¿Por qué me trajiste aquí? —preguntó Mave en voz baja. Su voz rompió el silencio como dejando caer un vaso.
Declan abrió los ojos. La miró, su mirada cayendo a sus manos, que estaban cubiertas de su sangre, sosteniéndolo.
—¿Qué quieres decir?
—Frankie quería golpearme —dijo Mave—. Tus otros muchachos me miran como si fuera un mueble. Podrías haberte encerrado aquí y dejarme afuera. No les habría importado. Probablemente me habrían disparado solo por estar en la habitación.
Declan la observó. Su pecho subía y bajaba bajo sus manos.
—Te paraste entre mí y una pistola —dijo, su voz un ronco raspado de grava—. No lo hiciste porque te importe yo. Lo hiciste por $10,000. Pero aún así lo hiciste. Nadie se ha puesto entre mí y una bala en 10 años.
—Mave. Es transaccional, Mave —insistió ella, aunque su voz carecía de su mordida habitual.
—Tal vez.
Declan extendió la mano, sus dedos ásperos y callosos envolvieron sus manos, que todavía presionaban la tela ensangrentada contra su estómago. No la apartó. Solo sostuvo sus manos en su lugar, su calor sangrando en su piel fría.
—Pero allá afuera, todos son transaccionales. Mis hombres son leales al dinero. Mis enemigos quieren el dinero. Tú eres la única persona que me dijo exactamente lo que querías por adelantado y luego peleó contra mi propia tripulación para mantenerme respirando.
Mave miró sus manos entrelazadas. Su corazón latía con un extraño ritmo pesado contra sus costillas.
—No soy parte de tu mundo, Declan.
—Lo sé.
Cerró los ojos de nuevo.
—Eso es lo mejor de ti.
Esperaron.
A veces alrededor de las 5:00 a.m., la pesada puerta de acero vibró. Alguien estaba golpeando un código rítmico específico.
Declan abrió los ojos.
—Tommy.
Se puso de pie con dificultad, ignorando las protestas de Mave, y abrió el cerrojo.
La puerta se abrió de par en par. Tommy estaba en el vestidor. Tenía un corte profundo sobre su ojo derecho, la sangre volviendo el cuello de su camisa de un carmesí oscuro. Parecía agotado, pero su arma estaba baja.
—Se fueron —gruñó Tommy—. La policía está llegando a la puerta principal. Sobornamos a los sargentos que respondieron, pero tienen que hacer un show de caminar por la propiedad.
—¿Carmine? —preguntó Declan.
—Vivirá. La bala pasó limpia.
Tommy miró a Mave, sus ojos planos conteniendo una pizca de respeto.
—Tenemos que despejar la casa, jefe.
Declan asintió. Se giró hacia Mave. Ella todavía estaba arrodillada en el piso del cuarto de pánico, sus manos cubiertas de sangre.
—Se acabó el turno, Mave —dijo Declan.
Capítulo 6: El Domingo
La mañana del domingo amaneció con una claridad helada.
Dentro de la finca Hayes, el gran vestíbulo olía agresivamente a pulidor de limón y cloro, una tapadera industrial para la violencia que se había empapado en las tablas del piso 36 horas antes. La puerta principal destrozada había sido reemplazada.
Mave tenía su chaqueta de enfermera desgastada subida hasta la barbilla, su pesada bolsa de lona colgada del hombro.
Tommy descendió la escalera curva, un cuadrado ordenado de gasa cubriendo su ceja izquierda. Se detuvo y extendió un grueso sobre manila sin marcar.
Mave lo tomó. Pasó el pulgar por la solapa lo suficiente para ver los billetes de $100 en fajos.
$10,000.
—Dice que hiciste un buen trabajo —dijo Tommy.
De un hombre con ojos muertos, era una ovación de pie.
—Dile que mantenga sus suturas secas —respondió Mave, forzando un tono clínico—. Cambie el apósito dos veces al día. Sin levantar peso.
Tommy abrió las pesadas puertas principales. El SUV negro estaba en la entrada.
—Cuídate, doc.
Mave salió. No miró atrás. Hacerlo significaba reconocer el hecho aterrador de que había pasado 7 días luchando para mantener vivo a un monstruo, solo para darse cuenta de que era solo un hombre.
El fin de semana se desangró en una borrosa paranoia.
La mañana del lunes llegó con vientos costeros mordientes. Mave metió el efectivo en una bolsa de papel, lo metió en su mochila y caminó hacia el hospital.
Sullivan había dictado los términos claramente. Tercer piso, estacionamiento norte. 7 a.m. Trae el dinero o rompemos las muñecas.
A las 6:50 a.m., Mave estaba parada junto a un pilar de concreto. El viento helado azotaba el estacionamiento abierto. Agarró la correa de su mochila, esperando el Lincoln Navigator abollado de Sullivan.
7:15 a.m. 7:30 a.m.
A las 8:00, el estacionamiento permanecía vacío. Los viajeros estacionaban y se iban. Un frío nudo de confusión se retorció en su estómago. Los prestamistas no se quedaban dormidos.
Completamente nerviosa, caminó hacia el hospital y trabajó un brutal turno de 12 horas. Remendó una mano aplastada, irrigó una línea IV y pasó su hora de almuerzo esperando que cayera el otro zapato.
Salió a las 8 p.m. La oscuridad no ofreció consuelo. Esperaba que Sullivan saliera de detrás de cada ambulancia estacionada. Caminó las cuatro cuadras a casa en hipervigilancia, las luces de la calle proyectando sombras ondulantes en el pavimento.
Estacionado directamente frente a su edificio de apartamentos, ocupando dos lugares, había un sedán negro elegante. Era agresivamente caro.
Un hombre estaba apoyado contra el capó, protegiendo un cigarrillo del viento. Vestía un abrigo de lana oscuro.
Mave reconoció la pura densidad física del hombre instantáneamente.
Declan.
Mave se detuvo. El aire frío se atrapó en su garganta.
Declan aplastó su cigarrillo con el talón. Caminó hacia ella, favoreciendo su lado derecho, pero su quietud depredadora había regresado.
—Estás fuera de la cama —dijo Mave.
—No soy bueno siguiendo consejos médicos —retumbó Declan.
Metió la mano en su abrigo, sacó un trozo de papel doblado y lo sostuvo.
Ella desdobló el papel bajo la luz de la calle. Era el contrato manuscrito que su hermano había firmado en desesperación. Escrito a través del centro en marcador negro grueso había una sola palabra.
Pagado.
Debajo estaba una firma irregular que pertenecía a Sullivan.
Los dedos de Mave comenzaron a temblar.
—¿Qué hiciste?
—Tuve una conversación con Sullivan —dijo Declan, su cara una máscara en blanco—. Le expliqué que la deuda de tu hermano estaba saldada. También mencioné que si alguna vez vuelve a pisar el Sur, personalmente lo haré arrojar del muelle comercial. Movió su operación a Puebla hace una hora.
Mave miró el contrato, luego su mochila.
—Tengo tu dinero. Está en mi bolsa. Puedo devolvértelo.
—No quiero el dinero, Mave. Esos 10 mil eran por mantenerme respirando.
—Entonces, ¿qué quieres?
Declan dio un paso lento más cerca.
—Rompiste mis reglas, Mave —dijo suavemente—. Me empujaste. Le gritaste a mis tenientes. Me dijiste la verdad fea cuando todos los demás me mienten en la cara.
Extendió la mano. Su pulgar calloso rozó ligeramente las articulaciones torcidas de su mano izquierda, exactamente los dedos que los hombres de Sullivan habían roto. El toque fue agonizantemente gentil.
—Soy enfermera —respiró ella—. Solo hice mi trabajo.
—Tu trabajo terminó ayer.
Dejó caer su mano.
—Pero encuentro muy difícil sentarme en esa casa vacía sin ti gritándome.
Mave lo miró fijamente. Era un criminal.
Pero mirándolo ahora, temblando ligeramente en el frío, sangrando de una herida que ignoró solo para asegurarse de que ella estuviera a salvo. No vio a un monstruo.
—No hago visitas a domicilio —dijo, su barbilla levantándose tercamente.
Una sonrisa genuina se rompió a través de su cara.
—Bien. Déjame invitarte a cenar. Sin armas, sin vendas.
Mave dejó escapar un largo aliento, viéndolo convertirse en vapor. Estaba libre.
—Si pides un bistec —dijo secamente—, tengo que cortártelo. No puedes activar tu core.
Declan se rió.
—Trato.
Abrió la puerta del auto.
Mave no miró atrás.
Epílogo: Lo Que Realmente Vale
Hay personas a las que se les pone un precio antes de que tengan la oportunidad de hablar.
Un libro mayor las convierte en un número. Un pueblo las llama por la cosa que las hace diferentes. Y alguien cuenta cinco dólares en un mostrador antes de irse a dormir, sin darse cuenta de que algo estaba mal.
Pero el valor que otros le ponen a una persona nunca ha podido revelar lo que esa persona realmente vale.
El valor real de una vida humana se encuentra en el momento en que eligen dar un paso adelante mientras todos los demás todavía están apretados contra las paredes, y en el hecho de que dan ese paso sin saber quién es la persona tirada en el suelo, sin esperar que nadie les dé nada a cambio.
Algunos rescates duran solo unos minutos en medio de una noche de lluvia.
Y algunos rescates suceden silenciosamente a lo largo de muchos años en una cocina, un almacén, una pequeña habitación con el nombre de una persona escrito en la puerta donde nadie está mirando y nadie está aplaudiendo.
Mave Salazar entró a esa finca pensando que estaba salvando a un monstruo.
Salió sabiendo que había salvado a un hombre.
Y Declan Hayes, el capo más temido de la ciudad, el hombre que había construido un imperio sobre el miedo y la violencia, aprendió algo que ningún negocio le había enseñado jamás: que hay personas que no se pueden comprar, y que esas son exactamente las personas que valen la pena.