Las Marcas en Su Cuello Desataron una Guerra que Nadie Esperaba
Naomi pasó una hora agonizando frente al espejo del tocador, aplicando capas de corrector de color.
Verde para neutralizar el rojo, durazno para ocultar el morado, base pesada para mezclarlo todo con su línea de mandíbula. Para cuando terminó, su cuello parecía el de un maniquí de plástico, yesoso y espeso.
No aguantaría bajo escrutinio, y mucho menos bajo la iluminación dura de la finca de los Russo.
Se limpió todo con una toalla áspera, restregando hasta que la piel amoratada ardió.
Plan B.
Sacó una blusa de seda negra de cuello alto de su armario. Era elegante, lo suficientemente formal para la cena, y el cuello subía justo debajo de su barbilla. Para estar segura, ató un delgado pañuelo de seda estampado alrededor de su cuello, dejando que los extremos cayeran por su frente.
Se sentía sofocante. Se sentía como una confesión.
Cuando el sedán negro de Damián se detuvo afuera de su edificio a las 7:00 en punto, tomó un profundo aliento y salió a la lluvia.
Enzo, el chofer y confidente más antiguo de Damián, sostenía un paraguas sobre ella mientras subía al interior con olor a cuero del auto.
Damián ya estaba adentro, iluminado por las luces de la calle que pasaban. Vestía un traje de carbón que parecía haber sido hecho a medida esa misma mañana. No parecía un criminal. Parecía un ejecutivo de Wall Street. Todo ángulos afilados, cabello oscuro peinado hacia atrás, y un reloj que costaba más que la vida de Naomi.
—Naomi —la saludó, su voz un barítono bajo y resonante que siempre hacía que los vellos de sus brazos se erizaran.
—Damián —se acomodó en el asiento, manteniendo su distancia, mirando al frente.
No habló de nuevo durante el resto del viaje, lo cual era normal. Su silencio era usualmente cómodo, un acuerdo mutuo para conservar energía.
Pero esta noche Naomi sintió sus ojos sobre ella.
El peso de su mirada era algo físico, trazando la línea rígida de su postura, la forma nerviosa en que sus dedos torcían el broche de su bolso.
—Estás callada —notó mientras el auto giraba hacia el camino privado que llevaba a su complejo.
—Solo cansada —desvió, ofreciendo una sonrisa tensa y practicada—. El taller estuvo ocupado hoy.
Los ojos de Damián parpadearon hacia su garganta, el pañuelo de seda.
No dijo nada, pero un cambio mínimo en su postura, una ligera tensión en sus anchos hombros, le dijo que había registrado la elección de vestuario como inusual.
Naomi nunca usaba pañuelos. Odiaba que las cosas le tocaran el cuello.
La finca de los Russo era una fortaleza disfrazada de mansión.
Adentro, el comedor era una caverna de madera oscura, cortinas pesadas e iluminación cálida y baja. Diez hombres se sentaban alrededor de la mesa extensa. Estos eran los lugartenientes, los hombres que controlaban los muelles, los sindicatos, los contratos de saneamiento.
Eran hombres ruidosos y rudos que bebían mucho y reían con la boca llena. Pero en el momento en que Damián entró a la habitación con Naomi en su brazo, el ruido murió a un murmullo respetuoso.
Naomi tomó asiento a la derecha de Damián.
La cena comenzó. Platos de cordero asado, pastas pesadas y vinos tintos oscuros fueron pasados alrededor.
El aire se volvió cálido, espeso con el olor a ajo, carnes ricas y cigarros caros. Naomi solo sentía sudor acumulándose en la base de su columna. La blusa de seda era sofocante. El pañuelo era una soga de lana.
Tomó un sorbo de su agua con hielo, tratando de regular su temperatura, pero el calor de la habitación era opresivo.
Al otro lado de la mesa, un hombre llamado S, un capo corpulento con voz fuerte y un dedo índice faltante, estaba contando una historia extensa sobre un cargamento de Newark. Damián escuchaba, sus codos descansando en la mesa, una copa de vino sostenida ligeramente en su mano.
Naomi levantó la mano, enganchando un solo dedo bajo el cuello de su blusa, tirando de ella lejos de su piel solo una fracción de pulgada para dejar entrar algo de aire.
Fue un movimiento inconsciente y desesperado.
El borde del pañuelo de seda se deslizó solo un poco, lo suficiente para exponer la violenta huella de pulgar morada oscura estampada en la piel pálida justo debajo de su oreja derecha.
Damián estaba mirando a S, pero su visión periférica era legendaria.
La transición fue instantánea.
Damián no se estremeció. No jadeó. Simplemente dejó de moverse. La copa de vino en su mano se congeló a medio camino de su boca.
Sus ojos cortaron lentamente hacia la derecha, fijándose en el cuello de Naomi.
El aire en la habitación pareció caer 10 grados.
S seguía hablando, ajeno al repentino cambio glacial en su jefe.
—Así que le digo al tipo, le digo: “Mira, quieres el contenedor descargado para el martes, tienes que pagar las horas extras”…
—S.
Damián lo interrumpió. Su voz no fue alta. No necesitaba serlo. Cortó la habitación como una navaja recta.
S cerró la boca de golpe.
El tintineo de los cubiertos cesó. Diez criminales endurecidos se congelaron, sus ojos moviéndose nerviosamente hacia la cabecera de la mesa.
Damián dejó su copa de vino. El suave tintineo del cristal contra la madera sonó como un disparo.
Giró su silla ligeramente, dándole a Naomi su completa y absoluta atención. Su rostro era una pizarra aterradora y hermosa. Sin ira, sin ceño fruncido, solo una calma tan profunda que se sentía como el océano retrocediendo justo antes de un tsunami.
—Naomi —dijo suavemente.
Ella tragó duro, sus manos temblando tanto que tuvo que esconderlas bajo su servilleta.
—Sí.
Extendió la mano. Su mano era grande, los nudillos ligeramente cicatrizados, sus dedos cálidos mientras rozaban el cuello de su blusa.
Ella se estremeció, un espasmo involuntario de miedo, y los ojos de Damián se oscurecieron a algo negro azabache.
Con dos dedos, enganchó el pañuelo de seda y lo apartó.
El moretón estaba completamente expuesto ahora. Bajo la luz cálida del candelabro, las marcas eran innegablemente la forma de una mano. Eran brutales.
Una colectiva y aguda inhalación resonó alrededor de la mesa. S palideció. Enzo, parado junto a la puerta, dio un paso adelante, su mano cayendo sutilmente hacia el interior de su chaqueta.
Damián no miró la habitación.
No miró a sus hombres. Sus ojos estaban fijos en la violencia pintada en su piel.
—¿Quién dejó esas marcas en tu cuello?
El silencio era sofocante. Naomi sentía la sangre corriendo en sus oídos. Un fuerte golpeteo de pánico.
Miró a Damián, buscando al empresario con el que usualmente trataba, pero se había ido. El hombre sentado a su lado era el depredador ápice del bajo mundo de la ciudad, completamente desenmascarado.
—Yo… tuve un accidente en el taller —tartamudeó Naomi.
Era una mentira patética, endeble e insultante para su inteligencia.
La mandíbula de Damián se contrajo. Un solo pulso rítmico de músculo bajo su piel.
—Un accidente —repitió. Su voz era un ronroneo peligroso.
—Una pieza pesada de madera —mintió frenéticamente, su voz temblando—. Se cayó. Me golpeó el cuello.
Damián se inclinó. Estaba tan cerca que podía oler el bergamota y el bourbon caro en su piel.
Levantó la mano de nuevo. Y esta vez ella se forzó a no estremecerse.
Su pulgar trazó el contorno de los moretones, su toque agonizantemente gentil, completamente en desacuerdo con la aterradora quietud de su rostro.
—Madera —murmuró, su pulgar fantasma sobre las cuatro marcas de dedos, luego arrastrándose por su garganta para flotar sobre la huella del pulgar—. La madera te golpeó perfectamente desde ambos lados, dejando la impresión exacta de la mano derecha de un hombre.
Naomi dejó de respirar.
Damián giró su cabeza solo una fracción para dirigirse a la habitación, sus ojos nunca dejando el rostro de Naomi.
—Caballeros, váyanse.
No gritó. Fue una instrucción calmada y educada.
La reacción fue inmediata. Las sillas rasparon violentamente contra el piso de madera dura. Los platos fueron abandonados. Hombres que comandaban cientos de soldados de a pie se apresuraron hacia las puertas dobles como escolares asustados.
Nadie dijo una palabra.
En cinco segundos, el enorme comedor estaba completamente vacío, salvo por Naomi, Damián, y Enzo, quien permaneció junto a las puertas cerradas como un centinela silencioso.
Damián finalmente apartó su mano del cuello de ella. Recogió una servilleta de lino blanca e impecable y comenzó a limpiarse los dedos metódicamente, como si estuviera lavando la mentira que acababa de intentar darle.
—Voy a preguntarte una vez más, Naomi —dijo, doblando la servilleta y colocándola cuidadosamente sobre la mesa—. Y antes de que respondas, entiende esto. Si me mientes de nuevo, haré que Enzo extraiga el video de seguridad de cada calle en un radio de 10 cuadras de tu taller. Descubriré quién hizo esto. Y si tengo que hacer el trabajo para encontrarlo, haré que su muerte sea tan prolongada que será un funeral a cajón cerrado para toda su línea familiar.
Naomi sintió una lágrima liberarse, rodando caliente por su mejilla.
—Damián, por favor. No es nada. No importa.
—Me importa a mí —dijo, su voz bajando una octava, raspando contra el fondo de su garganta.
Se inclinó hacia adelante, apoyando sus antebrazos en la mesa, invadiendo su espacio por completo.
—Eres mía por contrato, por asociación. Alguien puso sus manos sobre ti. Alguien intentó romper lo que pertenece a mi casa. ¿Quién?
Sabía que no había forma de detenerlo ahora. La máquina estaba en movimiento. Si no le daba un nombre, la ciudad ardería mientras él buscaba uno.
—Se llama Caleb —susurró, su voz quebrándose—. Es… es un exnovio.
Damián no parpadeó.
—¿Por qué te tocó?
—Está endeudado. Deudas de juego malas. Me acorraló en el callejón después del trabajo. Quería que te pidiera dinero. 50,000.
Miró hacia abajo a su regazo, avergonzada de la mugre de su pasado filtrándose en el mundo prístino y calculado que había asegurado para sí misma.
—Le dije que no. Se enojó. Me agarró. Me liberé y corrí.
Damián digirió la información en silencio. La miró fijamente por un largo y agonizante minuto. Vio la vergüenza en su postura, el terror persistente en sus ojos.
Se puso de pie. El movimiento fue suave, completamente controlado.
—Enzo —llamó Damián, sin darse la vuelta.
—Jefe —respondió Enzo instantáneamente desde la puerta.
—Consigue un nombre, una dirección actual, y una lista de asociados para un hombre llamado Caleb. Es un apostador, probablemente local, cargando una deuda de $50,000.
—De inmediato.
Naomi se puso de pie, su silla empujándose hacia atrás con un chirrido fuerte.
—¡Damián, no! No puedes simplemente matarlo. La policía…
Damián se giró hacia ella.
La mirada en sus ojos detuvo las palabras muertas en su garganta. No era rabia. Era posesión. Era una furia oscura y posesiva que evitaba la lógica por completo.
—La policía —dijo Damián suavemente, caminando lentamente hacia ella— no me concierne. Lo que me concierne es que un insecto pensó que podía poner sus manos sobre mi prometida y alejarse respirando.
Se detuvo directamente frente a ella.
Extendió la mano, su palma cálida sosteniendo su mejilla no amoratada, inclinando su rostro hacia arriba para encontrarse con su mirada.
—No necesitas preocuparte por Caleb nunca más —susurró Damián, su pulgar limpiando la única lágrima en su mejilla—. Dejó de existir en el momento en que sus dedos amorataron tu piel.
Bajó la mano y se giró hacia la puerta, su postura rígida.
—Enzo, que traigan el auto. Vamos de cacería.
Las pesadas puertas de roble del comedor se cerraron con un clic, dejando a Naomi sola en un silencio tan absoluto que zumbaba en sus oídos.
Se quedó allí por un largo tiempo, el aire frío de la vasta habitación asentándose sobre su cuello desnudo. El pañuelo yacía abandonado en el piso, un trozo arrugado de seda que había fallado en su único trabajo.
Damián no la encerró, pero no tenía que hacerlo. En diez minutos, dos hombres construidos como linebackers habían tomado posiciones afuera de la entrada principal de la finca. Otro estaba junto a las puertas del patio trasero.
El mensaje era claro.
Naomi no era una prisionera, pero no se iba.
Era carga ahora. Carga preciosa y dañada que necesitaba ser vigilada mientras el dueño salía a ajustar cuentas.
Afuera, la lluvia se había convertido en un aguacero constante y helado.
Dentro de la elegante y insonorizada cabina del Mercedes Maybach, Damián se sentó en el asiento trasero, mirando las luces borrosas de la ciudad.
No parecía enojado. Si acaso, parecía aburrido.
Pero Enzo, navegando las resbaladizas calles con facilidad practicada, sabía mejor. Había conducido a Damián durante 15 años. Conocía la diferencia entre el desapego empresarial del jefe y la aterradora calma hueca que precedía a la violencia extrema.
—¿Tienes un dato sobre el nombre, jefe? —dijo Enzo, sus ojos parpadeando hacia el espejo retrovisor. El suave brillo del tablero iluminaba las líneas profundas alrededor de su boca.
—Caleb Miller, 32, rebota entre un par de direcciones medio decentes, pero principalmente se queda en un motel barato junto a los patios de ferrocarril cuando evita a los cobradores. Le debe 50 mil a Arturo. Apuestas deportivas, principalmente caballos. El tipo es un perdedor crónico.
Damián no parpadeó.
—Arturo tiene su papel.
—Sí. Se rumorea que Arturo le dio hasta el final de la semana antes de enviar a sus muchachos a romperle las rodillas.
—Arturo no va a llegar a las rodillas —dijo Damián en voz baja.
Las palabras eran perfectamente niveladas, completamente desprovistas de emoción.
Eso era lo aterrador de Damián. No poseía un temperamento en el sentido tradicional. Un temperamento era un fuego. Los fuegos se apagaban. Los fuegos podían extinguirse con agua.
La ira de Damián era un glaciar.
Se movía lenta, silenciosamente, y aplastaba absolutamente todo en su camino bajo millones de toneladas de hielo.
Cerró los ojos, recostando su cabeza contra el reposacabezas. En la oscuridad detrás de sus párpados, vio los moretones de nuevo. Cuatro huellas digitales nítidas, una huella de pulgar brutal.
Damián era un hombre de contratos. Entendía el mundo a través de influencia, transacciones y beneficio mutuo.
Naomi era un contrato. Era un escudo contra los tradicionalistas en la comisión que exigían que sus líderes fueran hombres de familia establecidos. Se suponía que era una pieza en el tablero. Una pieza valiosa, claro, pero solo una pieza.
Pero cuando vio esas marcas en su garganta pálida, el contrato se había evaporado.
Un instinto visceral, feo y completamente posesivo había trepado por su garganta, ahogándolo. No era solo que alguien hubiera dañado su propiedad. Era que alguien la había tocado.
Alguien había puesto sus manos sobre la mujer tranquila y resiliente que le hacía té débil a medianoche cuando no podía dormir. Alguien había aterrorizado a la mujer que ignoraba educadamente la sangre en sus puños cuando llegaba tarde a casa.
No solo quería a Caleb Miller muerto. Quería borrar al hombre de la línea temporal.
—Llévanos con Arturo —ordenó Damián.
El auto se deslizó por las calles resbaladas por la lluvia, alejándose de los pulidos rascacielos del distrito financiero, y sumergiéndose profundo en la suciedad industrial del Lower East Side.
Se detuvieron afuera de un club social deteriorado entre una lavandería cerrada y una tienda de pornografía abierta 24 horas. El letrero de neón sobre la puerta zumbaba violentamente. Dos de las letras quemadas, así que solo decía “Lu B”.
—¿Quieres que lo traiga? —preguntó Enzo, poniendo el auto en park.
—No —dijo Damián, desabrochando la chaqueta de su traje—. Quiero mirarlo a los ojos cuando pregunte.
Damián salió a la lluvia. No se apresuró. No encorvó sus hombros contra el frío. Caminó a través del aguacero como si fuera dueño del clima mismo.
Enzo cayó en paso media zancada detrás de él, su mano descansando casualmente dentro de su abrigo.
Damián empujó la pesada puerta de metal.
El olor lo golpeó primero. Cerveza rancia, cigarros baratos, y décadas de sudor impregnado. El club estaba débilmente iluminado, poblado por una docena de hombres de aspecto duro jugando cartas en mesas dispersas.
Al final de la habitación, detrás de una barra de madera marcada, Arturo estaba contando un fajo grueso de efectivo. Arturo era un hombre grande que respiraba pesadamente por la nariz, su camisa tensándose contra su estómago. Era un corredor de apuestas de nivel medio, tolerado por la familia Russo porque entregaba su porcentaje a tiempo y nunca causaba problemas.
Cuando Damián entró, el bajo murmullo de conversación en la habitación murió. No disminuyó. Se detuvo inmediatamente como si alguien hubiera jalado un enchufe.
Las cartas fueron bajadas. Las bebidas fueron dejadas. Los hombres en las mesas reconocieron el traje afiladamente hecho a medida, los ojos fríos, la quietud absoluta del hombre que caminaba pasando ellos.
Damián Russo no visitaba bares de mala muerte. Si estaba aquí, la parca había venido con él.
Arturo levantó la vista de su dinero. El color drenó de su rostro tan rápido que se veía ligeramente verde bajo las luces fluorescentes.
—Sr. Russo —logró decir Arturo, apresurándose, metiendo el dinero en su bolsillo y limpiándose las manos sudorosas en sus pantalones—. Yo… no esperaba verlo. Si esto es sobre el porcentaje, juro que envié el sobre a S ayer.
—No estoy aquí por tu sobre, Arturo —dijo Damián.
Se detuvo en la barra. No se apoyó en ella. Simplemente se paró allí, un monolito inmaculado y aterrador en una habitación llena de suciedad.
—Entonces, ¿qué puedo hacer por usted, jefe?
Los ojos de Arturo se movieron nerviosamente hacia Enzo, quien se había posicionado silenciosamente junto a la puerta, bloqueando la única salida.
Damián dejó que el silencio se extendiera. Vio una gota de sudor rodar por el lado del rostro de Arturo, capturando el reflejo grasiento de las luces de la barra. Quería que Arturo sintiera la gravedad del momento.
—Tienes papel sobre un hombre llamado Caleb Miller —declaró Damián.
No era una pregunta.
Arturo tragó duro, su nuez de Adán saltando.
—Uh, sí, sí, lo tengo. El tipo me debe 50 mil. Es un muerto de hambre. De hecho, iba a enviar un par de muchachos a quebrarlo mañana. ¿Por qué? ¿Se metió con usted, Sr. Russo? Si le debe, usted tiene prioridad. Obviamente, borro su cuenta. Es suya.
Arturo estaba balbuceando. El miedo lo estaba volviendo estúpido.
—Caleb Miller no me debe dinero —dijo Damián, su voz bajando a un susurro bajo y ronco que apenas se escuchaba sobre el zumbido de los enfriadores de cerveza—. Me debe una deuda de diferente naturaleza. ¿Dónde está?
—Yo… no sé exactamente. Rebota por ahí…
Damián se movió tan rápido que el ojo humano apenas podía seguirlo.
Su mano disparó a través de la barra, sus dedos cerrándose sobre la gruesa cadena de oro alrededor del cuello de Arturo. No jaló a Arturo sobre la barra. Solo torció su mano, apretando la cadena hasta que mordió salvajemente los pliegues gordos del cuello de Arturo.
Arturo gagó, sus manos volando para arañar el agarre de hierro de Damián.
—Estoy teniendo una noche muy mala, Arturo —susurró Damián, inclinándose para que solo el corredor de apuestas pudiera oírlo—. Mi paciencia está completamente agotada. Si las próximas palabras que salgan de tu boca no son una dirección exacta, jalaré esta cadena hasta que seccione tu arteria carótida. ¿Nos entendemos?
El rostro de Arturo se estaba volviendo morado. Logró un asentimiento frenético y espasmódico.
Damián soltó la cadena.
Arturo se desplomó contra el mostrador trasero, jadeando por aire, frotándose el cuello amoratado. Miró a Damián con ojos muy abiertos y aterrorizados.
—El… el Motel Starlight —jadeó Arturo, tosiendo violentamente—. Junto a los viejos patios de tren, habitación 114. Es… es un agujero. El gerente acepta efectivo, no pide identificación. Ha estado escondiéndose allí por 3 días.
Damián ajustó sus puños, su rostro perfectamente impasible una vez más. Miró a Arturo, notando las ronchas rojas formándose en el cuello del hombre.
La vista de piel amoratada destelló en su mente, superponiendo el cuello de Arturo con el de Naomi. El glaciar avanzó unos metros más.
—Si alguien le avisa que voy en camino —dijo Damián suavemente, girándose para irse—, no solo te mataré, Arturo. Quemaré este edificio contigo y todos los que amas adentro.
Arturo negó rápidamente con la cabeza, incapaz de hablar, presionándose contra la pared como si intentara fusionarse con los ladrillos.
Damián salió del club, la pesada puerta cerrándose detrás de él. La lluvia caía más fuerte ahora, lavando la suciedad de las aceras.
—El Starlight —dijo Damián a Enzo mientras se deslizaba en el asiento trasero.
—Lo conozco —respondió Enzo, poniendo el auto en marcha—. 15 minutos.
El Motel Starlight era un cadáver podrido de edificio. Se sentaba en el borde de los límites de la ciudad, flanqueado por vagones de tren oxidados y maleza crecida. El letrero de neón que daba a la desolada carretera de dos carriles parpadeaba intermitentemente, lanzando luz rosa enfermiza a través del estacionamiento lleno de baches.
Era un lugar donde la gente iba a consumir drogas, esconderse de la ley, o morir.
La habitación 114 estaba en la planta baja en la parte trasera del edificio en forma de L, dando a una cerca de alambre con alambre de púas.
Las cortinas estaban cerradas, pero una astilla de luz amarilla se filtraba por los bordes.
Dentro de la habitación, el aire estaba espeso con el olor a cigarrillo rancio y whisky barato.
Caleb Miller estaba metiendo frenéticamente ropa sucia en una bolsa de lona. Sus manos temblaban. Sus ojos estaban inyectados en sangre y muy abiertos con pánico maníaco.
La había cagado. Lo supo en el momento en que Naomi lo mordió y corrió. Había estado desesperado. $50,000 era una sentencia de muerte si no le pagaba a Arturo.
Había pensado que Naomi sería un blanco fácil. Siempre era tan callada, tan pasiva. Pensó que lloraría, quizás suplicaría, pero eventualmente cedería y le pediría a su novio mafioso el efectivo para mantener su pasado en secreto.
Pero cuando sus manos se cerraron sobre su cuello, no había sentido sumisión. Había sentido su terror, sí, pero también una repentina resistencia violenta.
Y luego ella había corrido.
Ahora, sentado en esta habitación de motel sórdida, la realidad de lo que había hecho se hundía como un peso de plomo en su estómago.
No solo había agredido a su exnovia. Había puesto sus manos sobre una mujer que pertenecía a Damián Russo.
Caleb no era un tipo conectado. Ni siquiera era un tipo conectado. Era un apostador degenerado que rondaba los márgenes de la vida. Pero todos en la ciudad, desde los estafadores de esquina hasta los jueces corruptos, conocían el nombre de Damián Russo.
Conocían las historias. Sabían lo que les pasaba a los hombres que lo cruzaban.
No solo desaparecían. Eran convertidos en ejemplos.
—Estúpido —murmuró Caleb para sí mismo, abofeteándose para mantenerse enfocado—. Estúpido, estúpido, estúpido.
Cerró la bolsa de lona.
Necesitaba llegar a la estación de autobuses. Si podía subir a un Greyhound rumbo al oeste, podría tener una oportunidad. Tenía $300 a su nombre. Era suficiente para alejarse de aquí.
Agarró sus llaves de la cómoda de chapa rayada y caminó hacia la puerta.
Alcanzó el cerrojo.
Antes de que sus dedos pudieran tocar el metal, un pesado golpe metálico resonó a través de la madera barata. Alguien había deslizado una llave maestra en la cerradura desde afuera.
Caleb se congeló. La sangre drenó de su rostro, acumulándose pesadamente en sus pies. Su respiración se atascó en su pecho.
La perilla de la puerta giró lenta y deliberadamente.
Caleb retrocedió, su corazón martillando contra sus costillas como un pájaro atrapado. Retrocedió hasta que sus pantorrillas golpearon el borde del colchón hundido. Miró alrededor salvajemente buscando un arma. Una lámpara de plástico barata, un cenicero de vidrio. Nada que detuviera a quienquiera que estuviera al otro lado de esa puerta.
La puerta se abrió.
La lluvia entrando desde afuera azotó el aire viciado de la habitación, trayendo consigo el aroma a asfalto mojado y ozono.
Damián cruzó el umbral.
Se veía completamente fuera de lugar en la sordidez de la habitación del motel. Su traje oscuro estaba inmaculado, las gotas de lluvia descansando ligeramente sobre la lana cara. No sostenía un arma. No necesitaba hacerlo.
El puro peso aplastante de su presencia succionó todo el oxígeno de la pequeña habitación.
Enzo entró silenciosamente detrás de él, empujando la puerta hasta que encajó en el marco, encerrándolos.
Caleb sintió que sus rodillas cedían. Golpeó el borde de la cama y se sentó de golpe, sus manos temblando tan violentamente que tuvo que agarrarse las rodillas para mantenerlas quietas.
Damián no dijo nada al principio. Simplemente se paró allí, sus ojos oscuros escaneando la habitación. Miró el papel tapiz despegándose, la alfombra manchada, la bolsa de lona empacada en el piso.
Finalmente, su mirada se asentó en Caleb.
Era como la mirada que un hombre le da a una cucaracha antes de pisarla.
—¿Vas a algún lado, Caleb? —La voz de Damián era un barítono suave y melódico. Era aterradoramente calmado.
—Yo… no sé de qué estás hablando —tartamudeó Caleb, su voz quebrándose. Intentó ponerse de pie, verse duro, pero sus piernas se negaron a cooperar—. Te equivocaste de habitación, amigo.
Damián dio un paso lento hacia adelante. Las tablas del piso crujieron bajo sus caros zapatos de cuero.
—No lo creo —murmuró Damián.
Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta.
Caleb se estremeció, levantando una mano para proteger su rostro, esperando una bala.
En cambio, Damián sacó una elegante funda de teléfono de cuero negro. La abrió, tocó la pantalla unas cuantas veces, y la sostuvo, girando la pantalla para que Caleb pudiera ver.
Era una fotografía, de alta resolución, tomada unas horas antes en la finca de los Russo. Era un primer plano del cuello de Naomi.
Bajo el duro resplandor del flash, los moretones eran grotescos. Las cuatro marcas de dedos eran profundas, moradas feas. La huella del pulgar era un violento salpicón de color contra su piel pálida.
Caleb miró fijamente el teléfono, su respiración superficial y rápida. Sintió un sudor frío brotar en su frente. No podía negarlo. La evidencia era condenatoria, y el verdugo estaba a tres pies de distancia.
—Yo… fue un accidente —soltó Caleb, las palabras saliendo de su boca en una carrera de pánico—. No quise lastimarla. Lo juro por Dios, solo estábamos hablando. Tenemos historia, ¿sabes? Ella me debía. Yo solo… me frustré. Solo la agarré para llamar su atención. No quise dejar marca.
Damián bajó el teléfono, guardándolo de vuelta en su bolsillo. Miró a Caleb por un largo y silencioso momento.
—Historia —repitió Damián. La palabra sonaba sucia en su boca.
—Sí, solíamos salir antes de que te conociera. Antes de que ella se vendiera.
El pánico de Caleb estaba mutando en una ira desesperada de rata acorralada. Iba a morir de todos modos. Bien podría intentar tocar un nervio.
—¿Crees que ella realmente te quiere? Solo está contigo por el dinero. La conozco. Es una interesada.
Enzo cambió su peso, su rostro oscureciéndose de ira. Dio un paso adelante, pero Damián levantó un solo dedo, deteniendo a su chofer en seco.
Damián no pareció enojarse ante el insulto de Caleb. Parecía fascinado.
—¿Crees que la conoces? —dijo Damián suavemente.
Dio otro paso adelante, deteniéndose a centímetros de donde Caleb se sentaba en el borde de la cama.
—¿Crees que entiendes el arreglo que ella y yo tenemos?
Damián lentamente extendió la mano. Caleb intentó recostarse, pero la mano de Damián se cerró sobre su hombro. El agarre era agonizante, dedos cavando en el músculo y el hueso con la fuerza de un tornillo de banco.
Caleb dejó escapar un agudo grito de dolor.
—Déjame explicarte algo, Caleb —susurró Damián, inclinándose para que su rostro quedara al nivel del hombre tembloroso—. No me importa tu historia. No me importa por qué necesitabas dinero. No me importa tu patética y desesperada pequeña vida.
El agarre de Damián se apretó. Caleb gimió, lágrimas brotando de sus ojos mientras sentía la articulación del hombro moliendo dolorosamente.
—Lo que me importa —continuó Damián, su voz bajando a un registro que vibraba con intención letal cruda— es que tocaste lo que es mío. Pusiste tus sucias manos sobre su garganta. Dejaste una marca en ella.
—¡Lo siento! —sollozó Caleb, la fachada de tipo duro completamente destrozada. Estaba llorando abiertamente ahora, moco corriendo por su nariz—. ¡Lo siento! Por favor, me iré de la ciudad. Nunca me volverás a ver. Nunca me acercaré a ella.
—Tienes razón en una cosa —dijo Damián en voz baja—. Nunca te acercarás a ella de nuevo.
Damián soltó el hombro de Caleb. Se puso de pie, quitando una mota de polvo de su puño. Se giró, alejándose del hombre sollozante, y miró a Enzo.
—Las manos —ordenó Damián.
Enzo asintió una vez. Metió la mano bajo su abrigo y sacó un pesado y opaco bastón de acero negro. Con un movimiento de muñeca, el bastón se extendió a su longitud completa y rígida con un agudo clac.
Caleb miró fijamente el arma, su mente luchando por procesar lo que estaba a punto de suceder.
—¿Qué? No. No, por favor.
—Usaste tus manos para lastimarla —dijo Damián, caminando hacia la puerta, sin mirar atrás—. No puedes quedártelas.
El viaje de regreso a la finca fue silencioso.
La lluvia finalmente había parado, dejando la ciudad lavada y brillante bajo las luces de la calle.
Damián se sentó atrás, mirando por la ventana, su expresión ilegible. Sintió un extraño agotamiento hueco asentándose en sus huesos.
La violencia no lo había limpiado. No había borrado la imagen de los moretones en el cuello de Naomi. Solo había confirmado una verdad aterradora que había estado tratando de negar durante meses.
No solo quería a Naomi como una propiedad conveniente.
La quería a ella, toda ella. La quería segura. La quería protegida. Quería quemar el mundo para mantenerla en una caja de cristal donde nada pudiera tocarla.
Era una obsesión.
Y Damián Russo no se llevaba bien con las obsesiones. Hacían a los hombres débiles. Hacían a los hombres descuidados.
Pero cuando el auto subió el largo y amplio camino de entrada de su complejo, se dio cuenta de que no le importaba.
Salió del auto, asintiendo brevemente a los guardias armados que flanqueaban la puerta principal. Caminó hacia el vestíbulo, quitándose la chaqueta húmeda de su traje y entregándosela a un miembro del personal que esperaba.
La casa estaba silenciosa, el silencio opresivo de una tumba.
Subió la amplia escalera principal, sus pasos amortiguados por la alfombra gruesa. Giró por el ala este, dirigiéndose hacia la suite principal.
Se detuvo afuera de las pesadas puertas de roble. Se quedó allí un minuto completo, escuchando los latidos de su propio corazón.
Luego giró la manija de latón y empujó la puerta.
El dormitorio era masivo, iluminado solo por el cálido resplandor de unas pocas lámparas y las brasas muriendo en la enorme chimenea de piedra.
Naomi estaba sentada en el borde de la cama extragrande. Se había cambiado la blusa de seda formal y vestía uno de los suéteres de cachemira gris extragrandes de él. Le quedaba enorme en su pequeña figura, haciéndola ver frágil e increíblemente joven.
Estaba mirando por las ventanas de piso a techo hacia la oscuridad.
Pero al sonido de la puerta abriéndose, su cabeza giró hacia él. Sus ojos estaban rojos, su rostro pálido. Se puso de pie rápidamente, sus manos torciendo nerviosamente el dobladillo del suéter.
—Damián —dijo, su voz un susurro ronco.
Caminó hacia la habitación, cerrando la puerta silenciosamente detrás de él. No se movió hacia ella inmediatamente. Se quedó cerca de la puerta, dándole espacio, reconociendo la tensión enroscada en su postura.
—Está hecho —dijo suavemente.
Naomi cerró los ojos, un estremecimiento recorriendo su cuerpo. No preguntó qué quiso decir. No pidió detalles. Sabía exactamente qué significaba “hecho” en su mundo.
—¿Está…?
No pudo terminar la frase. La moralidad de su vida normal se estrellaba violentamente contra la realidad brutal del hombre parado frente a ella.
—Está vivo —dijo Damián, sabiendo que aliviaría su conciencia, aunque la verdad del estado actual de Caleb era mucho más grotesca que la muerte—. Pero nunca volverá a ser una amenaza para ti. Nunca regresará a esta ciudad. Nunca pronunciará tu nombre.
Naomi dejó escapar un largo y tembloroso aliento, hundiéndose de vuelta en el borde de la cama. Envolvió sus brazos alrededor de sus rodillas, subiéndolas a su pecho, acurrucándose en una pequeña bola defensiva.
—Lo siento —susurró, su voz quebrándose—. Lo siento mucho por haber traído esto a tu puerta. Debí haberle pagado. Debí haber…
Damián cruzó la habitación en tres largas zancadas. No se detuvo a pensar. No analizó el movimiento. Solo reaccionó al sonido de ella rompiéndose.
Se arrodilló frente a ella, ignorando el pliegue que le hizo a sus pantalones hechos a medida. Extendió la mano, sus grandes y cálidas manos agarrando suavemente sus rodillas, anclándola.
—Mírame —ordenó suavemente.
Ella lentamente levantó la cabeza. Una sola lágrima escapó, rodando por su mejilla pálida.
—No te disculpas por esto —dijo Damián, su voz feroz, dejando caer toda pretensión del empresario frío—. No eres una carga, Naomi. Eres mía. ¿Entiendes lo que eso significa en mi mundo? Significa que mis recursos son tus recursos. Mi protección es tu protección. Cualquiera que te mire mal me responde a mí. Cualquiera que te toque sangra por ello.
Movió sus manos hacia arriba por sus piernas, su toque agonizantemente gentil, hasta que sus dedos rozaron la gruesa lana del suéter en sus hombros. Cuidadosamente apartó el cuello, exponiendo su cuello de nuevo.
Los moretones parecían más oscuros ahora, el morado profundizándose a negro en la luz tenue del dormitorio.
La mandíbula de Damián se apretó. El glaciar dentro de él se movió de nuevo, amenazando con abrirlo de par en par.
Lentamente se inclinó hacia adelante. No la besó. Simplemente descansó su frente contra su clavícula, justo debajo de las marcas enojadas y violentas.
Naomi jadeó suavemente ante el contacto. Se congeló, completa y enteramente poco acostumbrada a este nivel de intimidad física de él.
Su relación había sido apretones de manos y brazos ofrecidos educadamente.
Esto era crudo. Esto era sumisión de un hombre que no se inclinaba ante absolutamente nadie.
—Damián —respiró, sus manos flotando vacilantes en el aire antes de, lentamente, tentativamente bajar a descansar en su cabello oscuro.
Él dejó que sus ojos se cerraran, sintiendo el rápido y nervioso aleteo de su pulso contra su piel.
Respiró el aroma de su vainilla, aserrín y el agudo toque de miedo persistente.
—Ya no me escondes cosas —susurró contra su piel, su aliento caliente contra su clavícula—. No más secretos. No más manejar las cosas por tu cuenta. Me cuentas todo. Me dejas cargar el peso.
Se apartó lentamente, mirando hacia arriba a sus ojos muy abiertos y sorprendidos.
Por primera vez desde que habían redactado su estéril y calculado contrato, Damián la dejó ver al monstruo escondido detrás de los trajes hechos a medida.
La dejó ver la absoluta y aterradora posesión ardiendo en sus ojos oscuros.
—Porque si alguien vuelve a poner sus manos sobre ti, Naomi —juró, su voz una promesa oscura y solemne—, no solo los romperé. Quemaré esta ciudad entera hasta los cimientos para mantenerte a salvo.
La mañana no amaneció sobre la finca de los Russo. Se filtró a través de las pesadas cortinas de terciopelo, pálida y gris.
Naomi despertó al sonido de la lluvia azotando contra el vidrio. El lado izquierdo de su cama estaba vacío, las sábanas frías al tacto.
Se sentó lentamente, sus músculos doliendo como si hubiera corrido un maratón. Su garganta estaba rígida.
Caminó hacia el masivo baño privado y encendió la luz dura del techo.
Los moretones se habían asentado. El morado enojado se había profundizado, los bordes floreciendo en un amarillo moteado y enfermizo. Parecían permanentes, estampados en su piel como una marca.
Se vistió rápidamente, poniéndose un suéter de lana grueso de cuello alto. Raspa contra su cuello, pero la incomodidad física era una distracción bienvenida del peso pesado y sofocante en su pecho.
Todo había cambiado anoche. Los límites cuidadosos y estériles de su arreglo con Damián se habían ido, pulverizados en el segundo en que su frente tocó su clavícula.
Lo encontró en la cocina.
La cocina era el sueño de un chef de acero inoxidable y mármol, enteramente demasiado grande para un hombre que rara vez comía en casa.
Damián estaba sentado en la isla, una tableta plana en el mostrador, una taza de espresso negro en su mano. Vestía una camisa blanca impecable, las mangas enrolladas hasta los antebrazos, su corbata aflojada. Parecía cansado.
No levantó la vista cuando ella entró, pero su postura cambió, la línea ancha de sus hombros relajándose solo una fracción.
—Leo está esperando afuera —dijo Damián, su voz ronca de sueño y cafeína—. Te llevará al taller. Enzo está tomando un turno diferente hoy.
Naomi se detuvo en el borde de la isla de mármol.
—No necesito una niñera, Damián.
Finalmente levantó la vista, sus ojos oscuros fijándose en los de ella, completamente desprovistos de la calidez de la noche anterior. Este era el jefe, el pragmático.
—Caleb Miller era un síntoma, Naomi. La enfermedad es que la gente todavía piensa que eres un flanco expuesto. Leo se queda contigo. Se sienta en la parte de atrás de tu taller. Te lleva a casa. No es negociable.
Naomi tragó duro. La parte cínica e independiente de ella quería pelear. Había pasado toda su vida adulta cuidándose a sí misma, sobreviviendo, esquivando a los acreedores que su padre dejó atrás.
Pero otra parte de ella, la parte que recordaba la aterradora seguridad absoluta de sus manos en sus rodillas anoche, se quedó callada.
—¿Qué pasó con Caleb? —preguntó suavemente.
Damián recogió su espresso.
—Tomó un autobús a Ohio esta mañana temprano. Tuvo algún problema con su equipaje. Se rompió ambas manos en el proceso. Accidente trágico.
La brutalidad casual de la declaración la golpeó como un golpe físico. Manos rotas. Enzo. El bastón de acero que había visto en el bolsillo del abrigo del chofer una vez por accidente.
Sintió una ola de náusea seguida instantáneamente por un oscuro y vergonzoso torrente de alivio. Caleb nunca podría agarrarla de nuevo. No podría sostener un volante, mucho menos la garganta de una mujer.
—Damián —susurró, agarrando el borde del mostrador—. Esto no es lo que acordamos. El contrato…
—El contrato es un pedazo de papel —interrumpió, dejando la taza con un agudo tintineo.
Se puso de pie, cerrando la distancia entre ellos hasta que estuvo parado a centímetros de ella. Extendió la mano, sus nudillos rozando la gruesa lana de su suéter de cuello alto.
—Te dije anoche, eres mía. Eso no fue una línea para mantenerte callada. Es un hecho. Y protejo lo que es mío, por cualquier medio necesario.
Se inclinó, presionando un beso duro y breve en su frente.
—Que tengas un buen día en el trabajo, Naomi. A Leo le gusta su café negro. Sin azúcar.
Caminó fuera de la cocina, dejándola sola en la cavernosa habitación.
Naomi tocó su frente donde sus labios habían estado. Su piel estaba ardiendo.
El viaje al taller de restauración fue sofocantemente silencioso.
Leo era una montaña de un hombre con una mandíbula cicatrizada y un traje que luchaba por contener sus hombros. No habló. Solo observó la calle con intensidad depredadora.
Cuando llegaron, Leo no esperó en el auto. La siguió dentro del polvoriento taller con olor a madera, jaló un taburete hacia el rincón más alejado cerca de la salida de incendios, y se sentó.
Se convirtió en una pieza de mobiliario.
Naomi intentó trabajar. Tenía un aparador de teca de mediados de siglo que necesitaba lijado, pero sus manos temblaban.
Cada vez que la campana sobre la puerta sonaba, se estremecía. Pero no eran cobradores ni exnovios enojados. Eran clientes habituales.
Sin embargo, la atmósfera en el vecindario había cambiado.
El dueño de la tienda de la esquina al otro lado de la calle, un hombre que usualmente le fruncía el ceño, vino a mediodía con un sándwich gratis y una sonrisa aterrorizada y excesivamente educada.
El policía de barrio pasó dos veces, asintiendo respetuosamente hacia la ventana.
La palabra se había corrido. Damián Russo había destrozado a un hombre anoche. Había pasado por alto la cadena de mando usual, caminado hacia un motel de ratas, y lisiado a un deudor.
Y las calles sabían por qué. Sabían que era por la chica callada de la tienda de antigüedades.
Naomi ya no era solo invisible. Era radiactiva. Era intocable.
Miró fijamente el papel de lija en su mano, la realización lavándola en una ola helada.
Damián no solo la había protegido. La había reclamado frente a todo el bajo mundo. No había forma de alejarse de esto. No cuando las deudas de su padre estaban pagadas. Nunca.
—Te ves cansado, Dom. Estás perdiendo el sueño por una falda.
La voz pertenecía a Vicente. Tenía 70 años, construido como una boca de incendios, y se sentaba a la cabecera de la mesa de la comisión como si fuera dueño del sillón de cuero.
El comedor privado del restaurante de carnes estaba vacío, salvo por los cuatro capos sentados alrededor de la mesa circular de roble. El aire olía a ribeye caro y lealtad barata.
Damián no reaccionó. Cortó un trozo de su bistec metódicamente. Su rostro una máscara perfectamente inexpresiva.
—Duermo bien, Vicente —dijo Damián, masticando la carne. Dejó su tenedor y tomó un sorbo de agua con gas—. ¿Por qué convocaste esta reunión?
Vicente se inclinó hacia adelante, apoyando sus pesados antebrazos en la mesa. Los otros tres hombres, criminales endurecidos y mayores que controlaban los territorios del norte de la ciudad, observaban a Damián como halcones.
—Arturo está asustado —dijo Vicente, su voz un retumbo ronco—. Dice que entraste a su club como un perro salvaje anoche. Lo estrangulaste por algún degenerado llamado Miller. Dijo que Miller le debía 50 mil y tú simplemente entraste y sacaste al tipo del tablero.
—Miller tocó algo que me pertenecía —respondió Damián uniformemente—. Lo manejé.
—Lo manejaste ruidosamente —intervino otro de los hombres, un tipo delgado llamado Carmine—. Te trajimos, Dom, porque se supone que eres el inteligente, el callado, el empresario. No le rompes las manos a un tipo por una disputa doméstica. Es malo para el negocio. Te hace ver errático.
—Te hace ver blando —corrigió Vicente, clavando un dedo en la mesa—. Compraste a esta chica para hacer que la familia se viera estable. Ahora estás actuando como un niño celoso. Si está causando drama, deshazte de ella. Págale. Encuentra una chica italiana callada que sepa mantener la boca cerrada y a sus exnovios bajo control.
La temperatura en la habitación se desplomó.
Damián recogió su servilleta de lino, se limpió las comisuras de la boca, y la arrojó sobre su plato medio comido. Se recostó en su silla, descansando sus manos en los reposabrazos.
—Déjame aclarar algo para la habitación —dijo Damián. Su voz no se elevó. Era peligrosamente suave, el tipo de quietud que precede a un deslizamiento de tierra.
—Naomi no es un pasivo. Es mi esposa. O lo será muy pronto.
Vicente resopló.
—No nos vengas con eso, Dom. Todos conocemos el arreglo. Es una transacción comercial. No te enamores de tu propia deducción de impuestos.
Los ojos de Damián parpadearon hacia Vicente. Eran pozos muertos, negro azabache.
—Vicente —murmuró Damián, poniéndose de pie lentamente.
Los otros hombres se tensaron, sus manos cayendo fuera de vista bajo la mesa. Damián los ignoró.
Caminó lentamente alrededor del borde de la mesa circular hasta que estuvo parado directamente detrás de la silla de Vicente. Se inclinó, colocando sus manos planas sobre la mesa a cada lado del hombre mayor, atrapándolo.
—Me has conocido desde que era adolescente —susurró Damián, su boca a centímetros de la oreja de Vicente—. ¿Alguna vez me has conocido perder los estribos?
Vicente tragó, su grueso cuello rígido.
—No.
—¿Alguna vez me has conocido hacer un movimiento sin calcular la consecuencia exacta?
—No.
—Entonces entiende esto —dijo Damián, su voz una vibración letal contra la madera de la mesa—. Lo que le hice a Caleb Miller no fue una pérdida de control. Fue una respuesta medida. Fue un anuncio.
Damián metió la mano en su chaqueta. Los hombres alrededor de la mesa se estremecieron, pero Damián simplemente sacó un pedazo doblado de papel grueso. Lo dejó caer en el plato de Vicente justo encima de su bistec sangriento.
Vicente miró hacia abajo.
Era una fotografía. Era una foto de la hija de 24 años de Vicente saliendo de su facultad de derecho en Boston. La marca de tiempo era de hace 3 horas. Parado en el fondo, fuera de foco, pero innegablemente presente, estaba Enzo.
El rostro de Vicente se volvió completamente blanco. Sus manos comenzaron a temblar.
—Hijo de…
—Todos tenemos cosas que valoramos, Vicente —dijo Damián, enderezándose y ajustando la chaqueta de su traje—. Todos tenemos límites. Naomi es mía. Si alguien en esta ciudad, ya sea un apostador degenerado o un jefe de la comisión, respira en su dirección sin mi permiso, no solo les romperé las manos. Borraré toda su línea de sangre de la faz de la tierra. ¿Me estoy dejando claro?
La habitación quedó en completo silencio. La amenaza era tan absoluta, tan descarada que desafiaba la política mafiosa por completo.
Damián no estaba negociando. Estaba declarando una ley de la física.
Vicente miró fijamente la foto de su hija, la sangre drenada de su rostro. Ofreció un solo asentimiento rígido.
—Bien —dijo Damián.
Se giró y caminó hacia la puerta.
—El almuerzo corre por mi cuenta, caballeros. Disfruten los bistecs.
Eran más de las 9:00 cuando Naomi finalmente cerró las puertas del taller con llave.
Leo estaba esperando junto al sedán, el motor en ralentí, cortando el aire húmedo de la noche. Naomi subió al asiento trasero, mirando fijamente las luces de la calle que pasaban.
Su mente corría. Había pasado todo el día sintiendo el peso del imperio invisible de Damián presionando sobre ella.
Tenía una elección que hacer. Podía empacar sus maletas esta noche, huir, y pasar el resto de su vida mirando por encima de su hombro, o podía quedarse.
Pero si se quedaba, no podía ser una víctima más. No podía ser la chica frágil escondiéndose detrás de un contrato falso.
Si se quedaba, tenía que aceptar la realidad oscura y violenta del hombre que había quemado el mundo por ella.
Cuando llegaron a la finca, la casa estaba silenciosa.
Lo encontró en su estudio.
La habitación olía a papel viejo, cuero y bourbon. Damián estaba sentado detrás de su masivo escritorio de caoba, una copa de líquido ámbar en una mano, mirando la chimenea.
Parecía agotado. Los bordes afilados e inmaculados de su persona estaban ligeramente borrosos.
Levantó la vista cuando ella entró. No habló. Solo la observó, sus ojos siguiendo sus movimientos mientras caminaba por la alfombra persa.
Naomi se detuvo en el borde de su escritorio. Levantó la mano y agarró el cuello de su grueso suéter de cuello alto.
Con un movimiento deliberado y firme, se lo quitó por la cabeza, dejándolo caer al suelo.
Se quedó allí en una delgada camisola de seda negra. Su cuello estaba completamente expuesto. Los moretones eran vívidos, feos e innegables.
La respiración de Damián se atascó. Dejó su copa, sus ojos fijos en las marcas.
—No deberías quitarte eso —dijo bruscamente, su voz tensa—. Hace frío.
—Ya terminé de esconderlas —dijo Naomi, su voz no tembló—. Y ya terminé de esconderme detrás de pedazos de papel.
Se estiró a través del escritorio y abrió la pesada puerta de latón del humidor donde sabía que guardaba sus documentos personales más importantes. Sacó un sobre grueso de color crema.
Lo abrió y sacó el contrato, cinco páginas de letra legal, estipulaciones sobre apariciones públicas, compensación financiera, la línea de tiempo de su compromiso falso.
Damián la observó completamente inmóvil.
—¿Qué estás haciendo, Naomi?
—Tú mismo lo dijiste esta mañana —respondió, sosteniendo el contrato en alto—. Es solo un pedazo de papel. No significa nada ya. No después de anoche.
Caminó hacia la chimenea. Las brasas brillaban de un naranja profundo y enojado.
—Si me quedo —dijo Naomi, girándose para mirarlo, la luz del fuego capturando la feroz determinación en sus ojos—, no me quedo como una deducción de impuestos. No me quedo como un escudo para la comisión. Me quedo por ti.
Damián se puso de pie. La silla raspó contra el piso de madera.
—Naomi —advirtió, su voz baja, un sonido ronco y desesperado—. Sabes lo que soy. Sabes lo que hice. Si quemas eso, no hay cláusula de salida. No hay línea de tiempo. Estás en esta vida. Estás atada a mí para siempre.
—Lo sé —susurró.
Arrojó el pesado papel a las brasas. Los bordes se curvaron instantáneamente, dorándose antes de prenderse con un repentino y brillante destello de llama amarilla.
El documento legal, las promesas falsas, las deudas financieras. Todo se convirtió en cenizas en segundos.
Damián cruzó la habitación antes de que el fuego se hubiera extinguido.
No dudó. La jaló contra él, sus brazos envolviendo su cintura, aplastándola contra su pecho. No fue un abrazo gentil. Fue desesperado, feroz y completamente posesivo.
Naomi jadeó, sus manos volando para agarrar sus hombros. Podía sentir el latido pesado y rápido de su corazón contra sus costillas.
Damián enterró su rostro en su cabello, respirándola como un hombre ahogándose, encontrando oxígeno.
Luego se apartó lo suficiente para mirarla. Sus ojos cayeron a su garganta.
Lentamente, reverentemente, bajó la cabeza.
Presionó sus labios contra la piel oscura y moteada de su cuello. No besó los moretones con disculpas. Los besó con una reclamación pesada y solemne.
—Mía —respiró contra su piel, la palabra enviando un escalofrío directo por su columna vertebral.
—Tuya —susurró Naomi de vuelta, sus dedos enredándose en su cabello oscuro, atrayéndolo más cerca.
El miedo seguía ahí, acechando en las sombras de la habitación, un elemento permanente en la vida que acababa de elegir. Pero mientras su boca se movía sobre la de ella, amoratando, exigiendo, y completamente real, el miedo no importaba.
La sangre había susurrado. La ciudad se había inclinado.
Y el monstruo en la oscuridad finalmente había encontrado a su reina.