La Novia que Vio el Punto Rojo Antes de que la Bala Tronara
ACTO 1: LA CONTINUACIÓN INMEDIATA
El aire detrás del pilar de piedra era frío y estancado, como el interior de una tumba. Vivien podía sentir el latido de su propio corazón resonando en sus oídos, un tamborileo frenético que apenas ahogaba el zumbido de la música que se reanudaba torpemente en el salón principal. Edmund seguía presionado contra ella, su cuerpo una barrera sólida entre ella y el caos que se avecinaba.
—¿Crees que volverá a intentarlo? —susurró Vivien, su voz apenas audible sobre el ruido de la banda.
—No —respondió Edmund, su aliento caliente contra su frente.— Un profesional no falla dos veces. Si se fue, se fue. Pero esto no ha terminado.
—¿Qué quieres decir?
Edmund se separó lo suficiente para mirarla a los ojos. En la penumbra, sus ojos de hielo sucio parecían casi plateados.
—Quiero decir que alguien en esa habitación pagó por ese tiro. Y antes de que termine la noche, voy a descubrir quién es.
Vivien asintió, aunque su mente estaba a mil kilómetros por hora. Había visto el punto rojo. Había reaccionado. Pero ahora, con el peligro inmediato pasado, las preguntas comenzaban a acumularse como escombros después de una explosión.
—¿Cómo sabías que debías abrazarme? —preguntó Edmund, su voz ahora más baja, más íntima.
—No lo sabía —admitió Vivien.— Solo… lo vi. El punto rojo. Y supe que si me movía, si gritaba, si hacía cualquier cosa que llamara la atención, él iba a disparar. Tenía que romper su línea de visión.
—Podrías haberte matado.
—Podría haber muerto de todas formas si te hubieran matado a ti.
Edmund la miró por un largo momento. Algo en su expresión cambió, un resquebrajamiento apenas perceptible en la fachada de hielo que llevaba puesta.
—Eres valiente —dijo finalmente.— O estúpida. Todavía no lo he decidido.
—Quizás ambas —respondió Vivien, y una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.— Después de todo, me casé contigo.
Edmund soltó una risa corta y seca. Era el sonido más humano que había hecho desde que lo conoció.
—Ven —dijo, alejándose del pilar y extendiendo su mano hacia ella.— Tenemos que volver a la fiesta. Si nos escondemos aquí, pareceremos débiles.
Vivien tomó su mano, sintiendo la calidez de su piel contra la suya. Por primera vez en toda la noche, su toque no se sintió como el de un extraño. Se sintió como el de un aliado.
ACTO 2: CONTEXTO Y ESCALADA
La recepción continuó como si nada hubiera pasado. La banda tocaba, los invitados bailaban y las copas de champán seguían llenándose. Pero Vivien podía sentir la tensión en el aire, una electricidad invisible que recorría la habitación como una corriente subterránea.
Edmund la mantuvo cerca mientras se abrían paso entre la multitud. Su mano descansaba firmemente en la curva de su espalda, y cada vez que alguien se acercaba demasiado, ella podía sentir cómo sus dedos se tensaban ligeramente.
—¿Quiénes son todos estos hombres? —preguntó Vivien en voz baja mientras se acercaban a un grupo de hombres de negocios que conversaban cerca de la barra.
—Aliados, rivales, y algunos que todavía no han decidido qué son —respondió Edmund.— Todos ellos quieren algo de mí. Y todos ellos están dispuestos a traicionarme para conseguirlo.
—¿Incluido tu padrino?
Edmund la miró de reojo.
—Tommy es leal. Pero la lealtad en este mundo es un bien perecedero. Caduca rápido.
Mientras hablaban, un hombre mayor se acercó a ellos. Llevaba un bastón con cabeza de plata y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Edmund —dijo el hombre, su voz ronca como grava.— He oído que tuviste un pequeño percance con una ventana.
—Nada que no se pueda arreglar, Dominic —respondió Edmund con una calma que Vivien encontró sobrehumana.— Fue un accidente con la iluminación.
—¿Un accidente? —Dominic se rió, un sonido seco y sin alegría.— En mi experiencia, los accidentes son simplemente oportunidades disfrazadas. ¿No es así, señora Costa?
Vivien sintió el peso de la mirada del anciano sobre ella. Era evaluadora, como la de un tasador inspeccionando una joya.
—Si es una oportunidad, espero que haya sido una buena inversión —respondió Vivien, su voz firme a pesar del temblor interior.
Dominic parpadeó, sorprendido por su respuesta. Luego soltó una risa genuina.
—Tienes una esposa con columna, Edmund. Eso es raro en nuestro mundo. Cuídala bien.
—Siempre lo hago —respondió Edmund, y Vivien supo que no era una promesa, era una advertencia.
Cuando Dominic se alejó, Vivien se volvió hacia Edmund.
—¿Ese es el jefe de la comisión?
—El mismo —confirmó Edmund.— Y acaba de darte su bendición. No es poca cosa.
—¿Por qué haría eso?
—Porque te vio enfrentarme. Porque vio que no eres una flor de invernadero. Y porque sabe que en este mundo, una esposa fuerte es un activo más valioso que un ejército de sicarios.
Vivien meditó esas palabras mientras la noche continuaba. Cada conversación, cada mirada, cada apretón de manos era una pieza de un rompecabezas que apenas comenzaba a comprender.
ACTO 3: ASCENSO AL CLÍMAX
La verdad sobre el atentado comenzó a desvelarse cuando Vivien siguió a Isabella, la esposa de Carmine, al baño de mujeres. No fue un plan premeditado. Fue un instinto, la misma intuición que le había hecho ver el punto rojo en la ventana.
Isabella estaba frente al espejo, retocando su lápiz labial con manos perfectamente estables. Pero había algo en su postura, la forma en que sus hombros estaban tensos, que delataba su nerviosismo.
—Hermosa boda —dijo Isabella, su voz demasiado alta para el espacio vacío.— Lástima que no puedas disfrutarla.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que esto no es un matrimonio, querida. Es un contrato. Y los contratos, en nuestro mundo, siempre se rompen.
Vivien sintió un escalofrío recorrer su espalda. Algo en la forma de hablar de Isabella era demasiado específico, demasiado seguro.
—¿Tú sabes algo sobre el accidente de la ventana? —preguntó Vivien, su voz apenas un susurro.
Isabella se volvió, y por un momento, Vivien vio algo en sus ojos. No era miedo. Era satisfacción.
—Las ventanas no se rompen solas, querida. Y los maridos no mueren por casualidad. Pero tú ya sabes eso, ¿verdad? Por eso lo abrazaste.
Vivien sintió que la sangre se le helaba en las venas. Isabella lo sabía. Sabía del francotirador. Sabía que Vivien lo había salvado. Y lo sabía porque estaba involucrada.
—¿Fuiste tú? —preguntó Vivien, su voz temblorosa.— ¿Tú organizaste esto?
Isabella sonrió, una sonrisa fría y depredadora.
—No fui yo, querida. Pero conozco a quien lo hizo. Y si quieres saber quién, vas a tener que hacer algo por mí.
—¿Qué?
—Ayúdame a salir de aquí. Ayúdame a llegar al coche sin que nadie me vea. Y entonces te diré todo.
Vivien dudó. Cada fibra de su ser le decía que esto era una trampa. Pero también sabía que si no descubría la verdad, Edmund estaría en peligro.
—Está bien —dijo finalmente.— Pero si intentas algo, te juro que te arrepentirás.
Isabella se rió, un sonido metálico y vacío.
—Eres más valiente de lo que pareces, Vivien. Tal vez tengas posibilidades en este mundo después de todo.
Lo que Vivien no sabía era que Isabella no tenía intención de ayudarla. Estaba llevándola directamente a una trampa.
ACTO 4: RESOLUCIÓN Y TRANSFORMACIÓN
El encuentro en el baño terminó en violencia. Vivien no había planeado pelear, pero cuando Isabella sacó una pequeña pistola de su bolso, no tuvo otra opción.
El forcejeo fue rápido y brutal. Isabella era más fuerte de lo que parecía, pero Vivien tenía la desesperación de su lado. Cuando la pistola se disparó, el espejo estalló en una lluvia de fragmentos plateados.
Vivien quedó jadeando en el suelo, con Isabella inconsciente a su lado. Sus manos temblaban, pero su mente estaba más clara que nunca.
Había sobrevivido. Había ganado.
Pero la batalla no había terminado.
Cuando salió del baño, encontró a Edmund esperándola en el pasillo. Tenía el teléfono de Isabella en la mano, la evidencia de su traición en la pantalla.
—Carmine —dijo Edmund, su voz fría como el acero.— Fue él. Planeó todo.
—Lo sé —respondió Vivien.— Y está huyendo.
Edmund la miró, y por primera vez, Vivien vio algo en sus ojos que no esperaba. No era gratitud. No era sorpresa. Era respeto.
—Ven conmigo —dijo.— Vamos a terminar esto.
El enfrentamiento en el muelle fue breve y sangriento. Carmine no tuvo oportunidad de explicarse. Edmund disparó antes de que pudiera hablar, y el cuerpo del traidor cayó al suelo con un golpe sordo.
Vivien observó todo en silencio. No sintió remordimiento. Solo una fría satisfacción.
Había ayudado a matar a un hombre. Y no se sentía mal por ello.
—¿Estás bien? —preguntó Edmund, acercándose a ella.
—Estoy bien —respondió Vivien.— Pero esto no ha terminado, ¿verdad?
—No —admitió Edmund.— Esto es solo el principio.
—Entonces —dijo Vivien, levantando la mirada para encontrarse con sus ojos de hielo—. Enséñame cómo jugar.
ACTO 5: REFLEXIÓN Y SECUELAS
Una semana después de la boda, el ático del hotel Costa ya no se sentía como una prisión. Se sentía como un cuartel general.
Vivien estaba sentada en la mesa de caoba, rodeada de documentos financieros y listas de contactos. Había pasado los últimos días aprendiendo los entresijos del imperio de Edmund, absorbiendo información como una esponja.
—Has estado estudiando —dijo Edmund, entrando en la habitación con dos tazas de café.
—He estado aprendiendo —corrigió Vivien, aceptando la taza.— Hay una diferencia.
—¿Y qué has aprendido?
—He aprendido que tu imperio está lleno de agujeros —respondió Vivien, señalando un gráfico en la mesa.— Y que la mayoría de tus problemas vienen de personas que crees que son leales.
Edmund se sentó frente a ella, sus ojos recorriendo los papeles con atención.
—¿Has encontrado algo?
—He encontrado mucho —dijo Vivien.— Pero aún no sé a quién puedo confiar.
—A mí —respondió Edmund sin dudar.— Puedes confiar en mí.
Vivien lo miró, estudiando su rostro en busca de alguna señal de engaño. Pero no encontró ninguna.
—¿Por qué? —preguntó.— ¿Por qué confiarías en mí?
—Porque te vi abrazarme contra un francotirador —respondió Edmund.— Porque te vi luchar contra Isabella y ganar. Porque estás aquí, aprendiendo mis secretos, en lugar de estar en Hamptons esperando que muera.
Vivien sonrió, una sonrisa pequeña pero genuina.
—Tal vez soy demasiado terca para rendirme.
—Tal vez —dijo Edmund, y por primera vez, su sonrisa no fue fría.— O tal vez eres exactamente lo que necesitaba.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que nunca había conocido a nadie como tú —admitió Edmund.— Alguien que no se asuste de la oscuridad. Alguien que esté dispuesto a ensuciarse las manos.
—Ensuciarse las manos es lo único que sé hacer —respondió Vivien.— Mi padre me enseñó que la supervivencia es un trabajo sucio.
—Entonces trabajemos juntos —dijo Edmund, extendiendo su mano sobre la mesa.— Podemos ensuciarnos las manos juntos.
Vivien tomó su mano, sintiendo la calidez de su piel contra la suya.
—Trato hecho —dijo.
Y mientras se miraban a los ojos, Vivien supo que su vida nunca volvería a ser la misma. No era la esposa de un mafioso. Era su socia. Su igual. Y juntos, iban a construir algo que nadie podría destruir.
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