La Enfermera que el Jefe de la Mafia Obligó a Casarse con Él
Acto 1 — Continuación Inmediata
El coche se deslizó por las calles nevadas de Chicago mientras yo procesaba lo que acababa de aceptar. Seis meses de mi vida a cambio de la libertad de mi padre. Un matrimonio temporal con un hombre que irradiaba peligro.
—¿Dónde está mi padre? —pregunté, mi voz más firme de lo que esperaba.
—En una propiedad en Sudamérica. Está a salvo, aunque restringido. —Alexe me estudió—. Mañana hablarás con él por teléfono. Diez minutos, ni un segundo más.
—¿Y si me niego?
—Entonces tu padre enfrentará las consecuencias de sus acciones.
No había amenaza en su voz, solo un hecho. Eso era lo más aterrador.
El coche se detuvo frente a un edificio de lujo. El penthouse era un universo diferente de mi pequeño apartamento. Piso de mármol, ventanas de piso a techo con vistas a la ciudad, muebles que probablemente costaban más que mi coche.
—Tu nuevo hogar —dijo Alexe—. Hasta que nos casemos.
—No me he mudado.
—Ya lo has hecho.
Mi maleta, la única que tenía, ya estaba en la entrada.
—¿Quién eres realmente? —pregunté—. ¿Por qué necesitas una esposa?
—Eso no es asunto tuyo.
—Es mi vida la que estoy arriesgando. Creo que tengo derecho a saber.
Alexe me miró durante un largo momento, sus ojos oscuros evaluándome.
—Tengo intereses comerciales que requieren una apariencia de estabilidad familiar. Hay ciertas personas… tradicionales… que confían más en un hombre casado.
—¿Y por qué yo?
—Porque no tienes conexiones con mi mundo. Eres una hoja en blanco.
La frase me hirió más de lo que debería.
—Y porque te he observado —continuó—. Eres compasiva, trabajadora, leal. Cualidades que necesito.
—O cualidades que puedes usar.
Una sonrisa fugaz cruzó su rostro.
—Ambas cosas.
Acto 2 — Contexto y Escalada
Los días siguientes fueron un torbellino. Alexe me presentó a su mundo: cenas en restaurantes exclusivos, reuniones con hombres de negocios, una fiesta de compromiso donde tuve que sonreír y fingir que estaba profundamente enamorada.
En cada evento, él era el centro de atención. Los hombres lo respetaban, las mujeres lo deseaban. Pero era yo a quien mantenía a su lado, su mano siempre en la pequeña de mi espalda, posesiva y protectora.
—Estás haciendo un excelente trabajo —me dijo después de la fiesta de compromiso—. Victor Petrov, uno de los inversores más importantes, te encontró encantadora.
—¿Y eso importa?
—Sí. Su aprobación facilita las cosas.
—¿Las cosas? ¿Te refieres a tus negocios?
Él se acercó, sus ojos oscuros encontrando los míos.
—Significa que estamos más cerca del final de nuestro acuerdo.
La palabra “final” debería haberme aliviado. En lugar de eso, sentí un extraño vacío en el pecho.
El beso llegó sin previo aviso. Después de la fiesta, cuando los invitados se habían ido, Alexe me tomó la cara entre sus manos y presionó sus labios contra los míos. Breve, intenso, calculado.
—¿Por qué hiciste eso? —pregunté, sin aliento.
—Práctica. Necesitamos parecer enamorados.
—Fue… innecesario.
Su sonrisa fue lenta y peligrosa.
—¿Segura?
Acto 3 — Ascenso al Clímax
Tres semanas después, estábamos en la ceremonia. Sesenta invitados, todos cuidadosamente seleccionados. El vestido de novia, una creación de diseñador, me quedaba como un guante. Los diamantes en mi cuello pertenecían a la madre de Alexe.
Intercambiamos votos. Palabras de amor eterno que eran puras mentiras. Cuando el juez nos declaró marido y mujer, Alexe me besó con una pasión que sorprendió hasta a mí.
—Te ves hermosa —susurró contra mi oído.
—Actuando, ¿verdad?
Él se separó, y por un segundo, vi algo en sus ojos que no pude descifrar.
—Tal vez.
La noche de bodas fue incómoda. Compartimos la suite nupcial, pero Alexe durmió en el sofá. A la mañana siguiente, volamos a las Islas Caimán para una “luna de miel” que era más una operación comercial encubierta.
Durante el viaje, vi a Alexe en su elemento: negociando, manipulando, controlando. Pero también vi destellos de algo más. La forma en que me preguntaba si estaba cómoda. El cuidado con que elegía los restaurantes. La suavidad en su voz cuando me hablaba en privado.
—¿Por qué eres tan amable conmigo cuando no hay nadie mirando? —le pregunté una noche.
—¿Prefieres que sea cruel?
—Prefiero saber qué eres realmente.
Él se quedó en silencio, mirando el mar desde la terraza.
—No soy un buen hombre, Emma. He hecho cosas que no puedo deshacer. Pero contigo… quiero ser mejor.
—¿Por qué?
—Porque eres la única persona en mi vida que no me ha pedido nada a cambio.
Acto 4 — Resolución y Transformación
La guerra con Marco Vega estalló tres meses después. Vega había estado manipulando las comunicaciones con mi padre, alimentando su paranoia y sus miedos. Intentaba usarme para llegar a Alexe.
La noche en que Vega irrumpió en el penthouse fue la noche en que todo cambió. Cuatro hombres armados. Marco Vega, con una sonrisa de triunfo, exigiendo los códigos de acceso a las cuentas colombianas.
Alexe estaba esposado, ensangrentado, pero su mirada seguía siendo la de un depredador.
—¿Dónde está tu enfermera? —preguntó Vega.
—A salvo —respondió Alexe—. Fuera de tu alcance.
Yo no estaba a salvo. Estaba en el pasillo secreto, observando todo a través de un monitor.
—¿Disfrutaste las conversaciones con tu padre? —preguntó Vega—. Las que diseñé para volverla contra ti. Pieza por pieza.
Mi sangre se heló. Las llamadas con mi padre. Sus advertencias. Sus acusaciones específicas. Todo había sido manipulado.
Tomé una decisión. Activé el sistema de seguridad, liberando un gas que incapacitaría a los hombres de Vega sin matarlos. Conté hasta diez, luego salí del pasillo oculto, con una pistola en la mano.
Encontré a Alexe liberándose de sus esposas, aprovechando el caos. Nuestras miradas se encontraron. Sin palabras, sin dudas.
Disparé al hombre más cercano a Alexe, alcanzándolo en el hombro. Alexe aprovechó la distracción para desarmar a otro guardia. En minutos, los hombres de Vega estaban en el suelo.
—Emma —dijo Alexe, su voz ronca—. Deberías haber ido al refugio.
—¿Y dejarte manejar esto solo? —respondí, manteniendo la pistola apuntando a Vega—. Somos socios, ¿no? ¿No es eso lo que significa el matrimonio?
Una sonrisa, genuina y cálida, transformó su rostro.
—Sí. Exactamente eso.
Acto 5 — Reflexión y Secuelas
La noche después de la batalla, mientras los hombres de Alexe limpiaban el penthouse y escoltaban a Vega a un lugar del que nunca regresaría, nos sentamos en el suelo de su oficina, apoyados contra la pared.
—¿Por qué te quedaste? —preguntó él—. Podrías haber huido.
—Porque ya no quiero irme.
El silencio se alargó. Luego, Alexe tomó mi mano.
—Nuestro acuerdo original decía seis meses.
—Ya no estamos en el acuerdo original.
—No —admitió—. No lo estamos.
—Entonces, ¿qué somos? —pregunté.
Él se volvió hacia mí, sus ojos oscuros buscando los míos.
—Somos lo que tú quieras que seamos. Emma. He manipulado, controlado y tomado decisiones por ti desde el momento en que te conocí. Pero esto… esto tiene que ser tu elección.
Respiré hondo.
—Me quedé porque descubrí que puedo ser yo misma en tu mundo. Que puedo ser fuerte. Que no necesito ser salvada.
—Nunca necesitaste ser salvada.
—Pero quería serlo —admití—. Quería que alguien me viera. Y tú me viste. Incluso antes de saber quién era.
Él levantó su mano libre y acarició mi mejilla.
—Te vi en la lluvia, Emma. La noche que le diste tu paraguas a un anciano. En ese momento supe que eras diferente.
—¿Y por eso me elegiste?
—Por eso te necesitaba —corrigió—. Pero el amor… el amor llegó después.
—¿Cuándo?
—Cuando descubrí que no podía imaginarme mi vida sin ti.
Me incliné y lo besé. No fue un beso de actuación. No fue un beso de acuerdo. Fue un beso de elección.
Pasaron seis meses. Mi padre fue liberado, con una nueva identidad y suficiente dinero para empezar de nuevo. Nos visitó en Chicago, y aunque nunca aceptó completamente a Alexe, entendió que yo había encontrado mi lugar.
El anillo en mi dedo ya no era una cadena. Era una elección. Y cada día, despertaba junto a Alexe, sabiendo que había encontrado un hogar en el lugar más inesperado.