La Duquesa que Desafió los Rumores y Encontró el Amor en su Matrimonio

La Duquesa que Desafió los Rumores y Encontró el Amor en su Matrimonio

Acto 1 — Continuación Inmediata

Claraara se quedó en el centro de su habitación, escuchando el latido de su propio corazón. La pesada puerta de roble que conectaba su suite con la del Duque seguía cerrada. Pero él había llamado. Y ella había abierto.

Theodore estaba en el umbral. Sin su chaqueta formal, sin su corbata. Solo una camisa de lino blanco, desabotonada en el cuello, y pantalones oscuros. La luz de la vela proyectaba sombras danzantes sobre su rostro anguloso. No se parecía al duque frío y distante de la sociedad. Parecía un hombre. Un hombre grande, silencioso y terriblemente vulnerable.

“¿Puedo pasar?”, preguntó, su voz ronca.

Claraara asintió, sin confiar en su propia voz. Él entró y cerró la puerta detrás de él. No se movió hacia ella. Se quedó de pie en el centro de la habitación, con las manos hundidas en los bolsillos, mirando el suelo.

“Mi madre me dijo”, comenzó Claraara, su voz sonando demasiado delgada. “Mi madre me dijo que si no venía a mi habitación, debería dormirme. Dijo que sería una bendición.”

Theodore tensó la mandíbula. “Tu madre es una necia. Pero tenía razón al asumir que preferirías una puerta cerrada.”

“No la cerré”, dijo Claraara.

Él levantó la vista. Sus ojos grises captaron la luz del fuego, ardiendo con una intensidad repentina y sorprendente.

“¿Por qué?”, preguntó.

“Porque eres mi esposo”, dijo Claraara, forzando las palabras. “Y porque hicimos un trato. Las deudas de mi padre están pagadas. Soy tuya para usar como necesites para asegurar la línea. Sé lo que se espera de mí.”

Theodore dio un paso adelante. “¿Es eso lo que crees que es esto? ¿Una transacción? ¿Crees que entré aquí para usarte?”

Claraara mantuvo su posición, aunque su instinto le pedía retroceder. “Creo que eres un duque. Los duques necesitan herederos. No soy estúpida, Theodore. Haz lo que debas. No lucharé.”

El silencio fue absoluto. Luego, Theodore exhaló un sonido que parecía una maldición ronca. Cerró la distancia en tres largas zancadas. Claraara se preparó, cerrando los ojos, esperando las manos ásperas, el rasgado de la tela, el peso torpe que le habían enseñado a esperar de los hombres.

En lugar de eso, sintió un calor repentino contra su rostro. Abrió los ojos. Theodore estaba a centímetros de ella, sus manos flotando a ambos lados de su mandíbula, sin tocarla. Su pecho subía y bajaba con respiraciones irregulares.

“Mírame”, susurró.

Claraara lo miró. “Los rumores en Londres”, dijo él, su voz bajando a un murmullo ronco. “Dicen que desprecio a las mujeres. Dicen que prefiero la compañía de hombres en habitaciones oscuras y ocultas. Dicen que soy frío, antinatural y desprovisto de sentimientos. Sé lo que dicen. Tienen razón a medias.”

Finalmente dejó que sus manos descansaran contra sus mejillas. Sus palmas eran ásperas, callosas por montar, pero su tacto era increíblemente suave. “Soy antinatural. Porque miro a los hombres de mi círculo, hombres como tu padre, que toman amantes, que tratan a sus esposas como yeguas de cría, que toman lo que quieren por la fuerza. Y no siento más que violenta repugnancia.”

La respiración de Claraara se entrecortó. “Dejé que los rumores se extendieran”, confesó Theodore, sus pulgares trazando ligeramente la línea de su mandíbula. “Era la forma más fácil de mantener alejados a los buitres de la sociedad. Si pensaban que era un sodomita, las madres casamenteras dejaron de arrojar a sus hijas en mi camino. Me dio paz. Me mantuvo a distancia del mundo. Pero era una mentira.”

Se acercó, su cuerpo irradiando calor a través del fino algodón de su camisón. “No desprecio a las mujeres, Claraara. Despreciaba a las mujeres que intentaban venderme. Despreciaba el serpenteo, la falsedad, la codicia.” Se inclinó, su frente apoyada suavemente contra la de ella. “Y entonces te vi parada en esa esquina, mirando a toda la habitación como si quisieras quemarla hasta los cimientos.”

Los labios de Claraara se separaron. Un pequeño jadeo escapó de ella. “No voy a usarte”, susurró Theodore, sus labios rozando los de ella con cada palabra. “No voy a subirme encima de ti en la oscuridad, tomar lo que quiero y dejarte llorando en tu almohada. Si te toco, es porque me lo pides. Si me quedo en esta habitación, es porque me quieres aquí. Si me dices que vuelva a cruzar esa puerta, me iré y nunca volveré a cruzar el umbral.”

Se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos. El frío había desaparecido por completo de su mirada. Fue reemplazado por algo crudo, hambriento y peligrosamente vulnerable. “La elección es tuya, Claraara. Dime que me vaya.”

Claraara lo miró. El hombre que la sociedad llamaba monstruo. El hombre que la había comprado. Le estaba ofreciendo la única cosa que le habían negado toda su vida: el control absoluto sobre su propio cuerpo. El impacto la golpeó como un golpe físico. La cáscara helada que había construido alrededor de su corazón se agrietó, astillándose por el centro.

No habló. No sabía cómo. En su lugar, levantó la mano, sus dedos temblorosos enganchándose en la suave tela de su camisa. Lo atrajo hacia abajo. Cuando su boca cubrió la de ella, no hubo brutalidad. Hubo una reverencia desesperada y devastadora.

Theodore gimió, sus brazos envolviéndola, atrayéndola contra su pecho. La besó como un hombre hambriento, como alguien que había pasado toda su vida en la oscuridad helada y finalmente había encontrado el sol. No se apresuró. Desnudó su camisón como si fuera vidrio hilado. Cuando la levantó sobre la cama, la siguió, hundiéndose en el colchón.

“Dime”, murmuró contra su cuello. “Dime si te duele. Dime que pare.”

“No pares”, respiró ella, enredando sus manos en su cabello oscuro. “Por favor.”

La consumación de su matrimonio no fue una transacción. Fue un bautismo. Él mapeó cada centímetro de ella con sus manos y su boca, descubriendo terminaciones nerviosas que ella no sabía que existían. La adoró. Desmanteló sus defensas pieza por pieza, arrancando sonidos suaves y desesperados de su garganta hasta que ella se aferró a él, completamente deshecha.

Cuando llegó el dolor de la barrera final, él se detuvo por completo, manteniéndose perfectamente quieto sobre ella, sus músculos bloqueados por el esfuerzo de la contención. Esperó, alisando el cabello húmedo de su frente, susurrando alabanzas tranquilas contra su piel hasta que la tensión se rompió y el placer irrumpió en su lugar.

Horas después, el fuego se había reducido a brasas brillantes. Claraara yacía acurrucada contra su costado. Su brazo pesado estaba drapado sobre su cintura. Escuchó el latido constante de su corazón bajo su mejilla. Se dio cuenta con una claridad repentina y sorprendente de por qué los rumores habían sido tan necesarios. Un hombre capaz de este tipo de devoción absoluta y consumidora no podía sobrevivir en las aguas superficiales y viciosas de la sociedad londinense. Sería devorado vivo. El frío era su armadura. Pero aquí, en la oscuridad de Ironwood Hall, se la había quitado. Para ella.

Acto 2 — Contexto y Escalada

A la mañana siguiente, el personal de Ironwood Hall se despertó a un cambio sísmico. La señora Gable, la severa ama de llaves, había instruido a las criadas para preparar dos bandejas de desayuno separadas, según la larga tradición de los matrimonios aristocráticos. El Duque tomaría su café en su estudio. La Duquesa tomaría su té en sus habitaciones.

Pero cuando la criada, una joven llamada Marta, llamó timidamente a la puerta del Duque, no hubo respuesta. El pánico se extendió por el personal. ¿Se había ido el Duque en la noche? ¿Ya se había roto el matrimonio? Marta fue enviada a la suite de la Duquesa. Llamó a la pesada puerta de roble.

“Adelante”, retumbó una voz profunda.

Marta abrió la puerta y se quedó congelada. La bandeja de plata tintineaba violentamente en sus manos. El Duque de Windermir, el solitario y temible amo de la casa, estaba sentado en la cama de la duquesa. Estaba sin camisa, las pesadas mantas a la altura de su cintura. A su lado, enredada entre las sábanas y con la cabeza apoyada casualmente en su hombro, estaba la nueva duquesa.

Theodore levantó la vista hacia la criada aterrorizada. “Tomaremos el desayuno en el salón. Prepara dos cubiertos. Y dile a la señora Gable que trasladen mi baúl del ala este. Residiré en esta suite permanentemente.”

Marta chilló, hizo una reverencia tan rápida que casi se cayó y salió corriendo de la habitación. Claraara soltó una risa suave, incorporándose y cubriéndose con la sábana. “Has escandalizado a la pobre muchacha.”

Theodore giró la cabeza, sus labios rozando su hombro desnudo. “Sobrevivirá. Me niego a dormir al otro lado de la casa como un extraño educado. La vida es demasiado corta para esa marca particular de miseria.”

La noticia se extendió por los pasillos de piedra de Ironwood como un reguero de pólvora. El Duque había reclamado a su esposa. Los rumores de Londres eran violenta e innegablemente falsos. El personal, que había pasado años viendo a su señor vagar por los pasillos como un fantasma hueco, caminaba con una nueva energía frenética.

Esa tarde, la lluvia finalmente cesó. El cielo sobre los páramos de Yorkshire se abrió en un azul brillante y penetrante, aunque el aire seguía siendo brutalmente frío. Theodore ordenó ensillar dos caballos.

“¿Sabes montar?”, preguntó a Claraara mientras estaban en el patio embarrado.

“Mi padre vendió mi caballo cuando yo tenía 16 años para cubrir una deuda”, dijo Claraara con tranquilidad, poniéndose los guantes de cuero. “Pero no he olvidado cómo.”

La mandíbula de Theodore se tensó ante la mención de su padre. Pero no dijo nada. Simplemente dio un paso adelante, agarró su cintura con sus grandes manos y la levantó sobre la silla de una mansa yegua gris con un esfuerzo sin esfuerzo.

Cabalgaban más allá de las puertas de hierro, dejando atrás las sombras de la enorme casa. Los páramos eran una revelación. Para los aristócratas protegidos de Londres, el norte era un páramo desolado, pero Claraara solo vio una belleza salvaje e indómita. Las colinas onduladas estaban alfombradas de brezo y tojo quebradizo. El viento aullaba desde el mar distante, trayendo el olor agudo de la sal y la turba aplastada.

Theodore cabalgaba un poco más adelante sobre un enorme caballo negro. Miraba la tierra con el ojo agudo y posesivo de un halcón. Aquí no parecía cansado ni frío. Parecía que pertenecía. Pertenecía a la tierra áspera y a la piedra gris.

Alcanzaron la cima de una alta cresta. Debajo, un pequeño pueblo estaba anidado en el valle, el humo se elevaba perezosamente de las chimeneas de piedra. Theodore detuvo su caballo. Claraara acercó su yegua junto a él.

“Inquilinos”, dijo él, señalando el valle. “200 familias. Pastores de ovejas, en su mayoría, algunos tejedores. Dependen de ti.”

“Sí”, dijo Theodore, manteniendo la mirada fija en el valle. “Mi hermano William debía heredar todo esto. Era el hijo dorado, gregario, encantador. Amaba Londres. Amaba la política y las fiestas. Yo era el repuesto. Estaba perfectamente contento de pasar mi vida en una biblioteca en Roma, estudiando lenguas muertas.”

Era la primera vez que hablaba de su hermano. Claraara se quedó perfectamente quieta, dejando que el viento le azotara los cabellos sueltos. “William se rompió el cuello en una cacería de zorros. Borracho”, dijo Theodore, las palabras planas y sin emoción. “De repente, el título era mío. Las responsabilidades. Las deudas que había ocultado. Los inquilinos que estaban muriendo de hambre porque había malgastado los ingresos de la finca en caballos de carreras.”

Se volvió para mirarla. El viento le despeinaba el cabello oscuro. “Cuando regresé a Londres, esperaban que fuera William. Que diera bailes, que sonriera, que jugara a sus juegos. No pude. Los odiaba por bailar mientras mi gente aquí luchaba para pagar el carbón para el invierno. Así que dejé de hablarles.”

“Pasé mi tiempo con Weston y otros académicos. La sociedad hizo lo que mejor sabe hacer. Inventó una historia para explicar lo que no podía entender.”

“Los rumores”, dijo Claraara en voz baja.

“Dejé que pensaran que era un desviado porque a un desviado se le ignora. A un hombre en duelo y enfadado se le gestiona. Me negué a ser gestionado.” Extendió la mano, su mano enguantada cubriendo la de ella. “Me escondí detrás de los chismes, Claraara. Fue cobardía.”

“Fue supervivencia”, lo corrigió ella con fiereza. Volvió su mano, entrelazando sus dedos con los suyos. “Son parásitos. Los privaste del drama que anhelaban. Eso no es cobardía. Es estrategia.”

Theodore la miró. La rígida tensión en sus hombros se derritió. La sonrisa fantasma que había visto en el teatro regresó. Pero esta vez llegó a sus ojos. Era algo hermoso, devastador.

“Tú”, murmuró, su voz llevada por el viento, “eres exactamente la duquesa que necesitaba.”

Acto 3 — Ascenso al Clímax

Pasó un mes. El ritmo de Ironwood Hall se asentó en un latido profundo y constante. Claraara asumió su papel con venganza. Se apoderó de los libros de contabilidad de la finca, sentándose durante horas en el estudio de Theodore, mientras él trabajaba al otro lado. Descubrió que el juego despiadado de su padre le había enseñado mucho sobre contabilidad y el ocultamiento de fondos. Aplicó esa lógica despiadada a la finca, encontrando fugas, optimizando las cadenas de suministro para los agricultores y financiando la reparación de tres cabañas derrumbadas antes de la primera nevada.

Theodore la observaba trabajar con un orgullo silencioso y ardiente. Rara vez se separaba de ella. El duque solitario y taciturno había desaparecido, reemplazado por un hombre que rozaba la cintura de su esposa cada vez que pasaba junto a su silla, que besaba las manchas de tinta de sus dedos, que le leía poesía en la cama mientras las tormentas golpeaban los muros de piedra.

Sus noches eran una exploración consumidora y desesperada. Claraara descubrió una pasión ardiente y exigente dentro de sí misma que nunca supo que existía. Theodore igualaba su intensidad en cada paso, adorando su cuerpo con el mismo enfoque intenso que aplicaba a su finca. Eran felices. Era una cosa terrible, frágil.

El mundo exterior irrumpió un martes sombrío de noviembre. Llegó el correo de Londres. La mayoría de las cartas eran facturas, borradores arquitectónicos de los colegas de Theodore y asuntos de la finca. Pero en medio había un grueso sobre de pergamino con la inconfundible escritura de la madre de Claraara. El estómago de Claraara se hundió.

“Claraara”, comenzaba la carta, “la temporada ha comenzado, y los susurros son insoportables. Es todo de lo que Clementine puede hablar. Asumimos que tu aislamiento en el norte era un exilio temporal, pero tu prolongada ausencia está confirmando lo peor de los chismes de la sociedad. Dicen que te ha encerrado para ocultar sus continuas indiscreciones.”

“Lord Weston fue visto comprando un boleto para el coche de la etapa norteña hace 2 días. Si está alardeando de sus perversiones bajo tu techo, debes regresar a Londres inmediatamente. No seas una mártir. Las deudas de tu padre están pagadas. No le debes nada a la bestia. Haz el papel de esposa agraviada. La sociedad te recibirá de vuelta, siempre que lo abandones a su miseria.”

Claraara miró la tinta. Las palabras parecían retorcerse en la página como serpientes venenosas. La pura audacia, la absoluta crueldad del mundo que habían dejado atrás. No podían soportar la idea de que el Duque de Windermir hubiera encontrado la paz. Necesitaban que fuera un monstruo para sentirse rectos en sus vidas falsas y brillantes.

La puerta del salón se abrió. Theodore entró, sacudiendo la lluvia de su abrigo. Se detuvo al ver su rostro. “¿Qué es?”, preguntó, su voz cayendo a un registro grave y peligroso.

Claraara levantó la vista. Miró a su esposo, el hombre que había pasado el último mes despojándola de su armadura, que besaba su columna en la oscuridad, que se preocupaba más por los agricultores congelados que por la opinión del propio príncipe regente. Miró la chimenea. Las llamas crepitaban intensamente detrás de la rejilla de hierro.

Claraara se levantó. Caminó hacia el hogar, sosteniendo la carta por la esquina. No la arrugó. No la rasgó. Simplemente la dejó caer sobre las brasas brillantes. El pergamino se curvó, se ennegreció y estalló en llamas de color naranja brillante.

Theodore se acercó detrás de ella. No preguntó qué era. La rodeó con sus brazos, atrayéndola contra su pecho sólido, apoyando la barbilla en la parte superior de su cabeza. “¿Veneno?”, preguntó en voz baja, viendo las cenizas elevarse por la chimenea.

“Solo Londres”, respondió Claraara, apoyándose en su calor. “Parece que Lord Weston viene de visita.”

Theodore soltó una breve respiración sorprendida. “¿Thomas viene aquí en noviembre? El hombre odia el barro más de lo que odia a los franceses.”

“Mi madre cree que viene a continuar su escandaloso affaire secreto a mis espaldas”, dijo Claraara con sequedad.

Theodore se ahogó con una risa, enterrando su rostro en su cuello. “Dios nos asista. Thomas le tiene terror a las mujeres, a los caballos y a los espacios abiertos. Tendrás que entretenerlo, Claraara. Yo me escondo en los establos.”

Claraara se giró en sus brazos. Miró hacia arriba, a sus ojos grises pálidos. Estaban completamente claros, libres de las sombras que lo habían perseguido cuando se conocieron. “Deja que vengan”, dijo con fiereza, alzando la mano para acariciar su mandíbula. “Que venga Weston. Que venga toda la Cámara de los Lores. Si quieren buscar un monstruo en esta casa, con gusto les mostraré uno.”

La expresión de Theodore cambió. El humor se desvaneció, reemplazado por esa reverencia profunda y cruda que siempre hacía que la respiración de Claraara se entrecortara. Levantó las manos, rodeando sus muñecas con sus largos dedos, anclándola a él. “Lucharías por mí”, dijo, sonando genuinamente asombrado.

“Incendiaría su sociedad por ti”, susurró Claraara, atrayéndolo hacia sus labios. No era una promesa nacida de la ficción romántica. Era la verdad cínica, firme e inquebrantable de una mujer que finalmente había encontrado algo por lo que valía la pena sangrar.

Acto 4 — Resolución y Transformación

Lord Thomas Weston llegó 3 días después, con aspecto de haber sido arrastrado detrás del coche de la etapa en lugar de ir dentro. Era un hombre delgado, con gafas que se le resbalaban constantemente por la nariz y una línea de cabello que retrocedía rápidamente. Cuando entró en el enorme vestíbulo de Ironwood, sacudiendo un paraguas goteando, dejó escapar un prolongado gemido teatral.

“¡He cruzado al inframundo!”, anunció Thomas a las paredes de piedra que resonaban. “Theodore, si me has atraído a este infierno helado solo para asesinarme y esconder mi cuerpo en una ciénaga, te ruego que lo hagas rápidamente. No puedo soportar otro minuto de lana húmeda.”

Un sonido profundo y retumbante resonó desde lo alto de las escaleras. Claraara tardó un momento en reconocerlo como una risa. Era fuerte, desenfrenada y completamente genuina. Theodore bajó las escaleras de piedra saltando los escalones de dos en dos. Agarró a su amigo por los hombros, dándole una palmada en la espalda con la suficiente fuerza para hacer tambalear al hombre más pequeño.

“¡Thomas, sobreviviste al barro!”

“Apenas”, jadeó Thomas, ajustándose las gafas. “Y me vi obligado a compartir una fonda con un hombre que olía distintamente a cebollas encurtidas. Fue angustioso. Exijo brandy, una gran cantidad.”

Sus ojos se desplazaron más allá de Theodore, posándose en Claraara, que estaba cerca de las puertas de la biblioteca. Thomas se congeló al instante. Las quejas dramáticas desaparecieron, reemplazadas por una rigidez aterrorizada y educada.

“Su gracia”, dijo, ofreciendo una reverencia rígida y torpe. “Un honor profundo. Pido disculpas por mi intrusión. Escribí con antelación, pero el servicio postal al norte del Támesis es en gran parte ficticio.”

Claraara dio un paso adelante. Miró a este hombre, el supuesto amante secreto. El centro de los rumores viciosos que habían acosado a su esposo. Apretaba un bolso de cuero contra su pecho como si fuera un escudo, temblando ligeramente por el frío. No era una amenaza. Era un académico brillante y socialmente ansioso que estaba aterrorizado de ella.

“Lord Weston”, dijo Claraara, con voz cálida y completamente desprovista de arrogancia aristocrática. “Theodore me ha hablado mucho de su trabajo sobre los acueductos romanos. Tomé la libertad de encender un fuego en la habitación azul, y la señora Gable tiene una bandeja de té caliente y una jarra muy grande de brandy esperándole.”

Thomas parpadeó detrás de sus gruesas lentes. Miró a Theodore, luego de nuevo a Claraara. “¿Acueductos romanos? ¿Le habló de mis traducciones?”

“Sí”, mintió Claraara con suavidad. Theodore nunca había mencionado los acueductos, pero había leído los títulos de las cartas apiladas en su escritorio. “Estoy ansiosa por escuchar sus teorías sobre las composiciones de mortero.”

La tensión en los hombros de Thomas se desvaneció tan rápido que se hundió visiblemente. Una sonrisa de alivio masiva se extendió por su rostro. “¿Mortero? Sí, un tema fascinante. La ceniza volcánica, ya ve, lo cambia todo.”

Theodore atrapó la mirada de Claraara por encima del hombro de Thomas. La mirada que le dio era de absoluta devoción no disimulada. “Gracias”, dijeron sus ojos grises.

Durante los 3 días siguientes, Ironwood se llenó del sonido de debates. Los dos hombres ocuparon el estudio, desenrollando mapas masivos de pergamino por el suelo. Claraara no se retiró a su salón, como dictaba la sociedad. Se sentó con ellos. Leyó sus libros de contabilidad, interrumpiendo ocasionalmente para corregir los atroces cálculos matemáticos de Thomas.

No había romance ilícito. No había miradas ocultas. Solo el vínculo cómodo y profundamente platónico de dos hombres que habían encontrado consuelo en la historia antigua cuando el mundo moderno resultó demasiado cruel.

Pero Londres no había terminado con ellos. La tormenta estalló un jueves. No era una tormenta de lluvia, sino un carruaje con el escudo del Vizconde Lynfield. Lynfield era una figura notoria, un hombre que poseía una pequeña fortuna, una boca ruidosa y un apetito insaciable por la destrucción de las reputaciones ajenas.

Cuando Lynfield fue conducido al salón, trajo consigo el olor estancado y sofocante de la sociedad londinense. Era un hombre apuesto, pero sus ojos eran agudos y crueles. “Windermir”, dijo Lynfield con desdén, ofreciendo una reverencia perezosa. “Y la encantadora Duquesa, una imagen de domesticidad rústica. Qué encantador. Y Lord Weston, había oído que se aventuró en el páramo. Dedicación a sus estudios académicos, sin duda.”

La implicación flotó en el aire, pesada y vil. Theodore se puso rígido. El hombre relajado y sonriente de los últimos días desapareció, reemplazado instantáneamente por el Duque frío y taciturno. Dio un paso hacia Lynfield, los puños apretados a los costados.

Claraara se levantó. Se interpuso suavemente entre su esposo y el visconde, colocando una mano ligera y tranquilizadora en su antebrazo. Sintió la tensión violenta vibrando bajo su chaqueta. Apretó su brazo una vez, una orden silenciosa.

“Vizconde Lynfield”, dijo Claraara, su voz cayendo al registro frío y plano que usaba con los inquilinos rebeldes y las malas deudas. “Qué afortunado que nos haya encontrado. He oído que los caminos cerca de su nueva propiedad en el norte son traicioneros, particularmente para un hombre acostumbrado a los pavimentos lisos de la Ciudad de México.”

Lynfield sonrió, una fina y depredadora curvatura de los labios. “Ciertamente, pero uno debe sufrir molestias para controlar sus inversiones. Aunque veo que algunos de nosotros preferimos aislar nuestras inversiones lejos de la mirada pública.” Miró el antiguo salón con abierto desdén. “Un poco corriente, ¿no cree, su gracia? Espero que la mantengan caliente.”

“Estoy perfectamente caliente”, dijo Claraara.

Lynfield se inclinó, bajando la voz en una muestra falsa de simpatía. “Es una cara valiente que lleva, Lady Claraara. Su madre está bastante angustiada. La sociedad entiende las cargas que se imponen a una hija hermosa. Si alguna vez necesita un escolta rápido de vuelta a la civilización, mi carruaje está a su disposición.”

Le estaba ofreciendo una salida bajo la apariencia de caballerosidad, mientras insultaba a su esposo en su cara. Claraara no se sonrojó. No alzó la voz. Caminó lentamente hacia la pequeña mesa que sostenía la jarra de jerez y sirvió un vaso.

“Dígame, vizconde”, dijo, volviéndose hacia él. “¿Cómo está su hermana?”

Lynfield frunció el ceño. “Lady Sarah está bien.”

“¿Y su esposo?”

“El Conde.” Claraara se volvió, sosteniendo el vaso de cristal. “Estaba revisando algunas columnas financieras antiguas recientemente. ¿Es cierto que el Conde perdió la escritura de su finca en Somerset en una partida de cartas el mes pasado, y que ha tomado residencia permanente en los aposentos de una bailarina de ópera?”

El rostro de Lynfield se desvaneció de color. La habitación quedó en silencio mortal. Thomas se atragantó con un sorbo de aire, tapándose la boca con la mano. “No… no veo cómo es relevante”, tartamudeó Lynfield.

“Es relevante”, dijo Claraara, acercándose a él, sus ojos ardiendo con un fuego frío y terrible. “Porque la sociedad parece completamente cómoda con un conde arruinando a su familia y abandonando a su esposa por una amante. Eso se considera normal. Eso es aceptado.” Dio otro paso. Lynfield realmente se inclinó hacia atrás para alejarse de ella.

“Sin embargo, mi esposo”, continuó Claraara, su voz resonando en las paredes de piedra, “paga sus deudas. Supervisa a 200 familias de inquilinos, asegurándose de que sus techos no tengan goteras y sus hijos no pasen hambre. Lee griego. Permanece fiel a sus votos. Pero porque no desea beber, jugar y compartir historias crudas con hombres como usted, es etiquetado como un monstruo.”

“Duquesa, le aseguro…”, comenzó Lynfield.

“Sé exactamente lo que quería decir”, lo interrumpió Claraara. “Vino aquí buscando una esposa trágica que compadecer y un escándalo para alimentar a sus amigos aburridos. No encontrará ninguna de las dos cosas. Lo que encontrará es una duquesa que administra las cuentas, un duque que es dueño del suelo que pisa y una puerta.” Señaló la salida. “Le sugiero que la use antes de que empeore la tormenta.”

Lynfield la miró fijamente. Miró a Theodore, esperando que el Duque pusiera en cintura a su esposa. Theodore simplemente cruzó los brazos sobre el pecho, sus ojos grises pálidos brillando con un orgullo absoluto y peligroso.

“Oíste a la Duquesa, Lynfield. La puerta.”

Lynfield abrió la boca, la cerró y se giró sobre sus talones. Huyó prácticamente de la habitación. Unos momentos después, el fuerte golpe de la puerta principal resonó en la casa, seguido del crujido frenético de las ruedas del carruaje en la entrada de grava.

El silencio cayó sobre el salón. Thomas bajó lentamente la mano de su boca. Miró a Claraara con una expresión de asombro profundo, casi religioso. “Por Dios”, susurró Thomas. “Es aterradora.”

Theodore soltó una respiración lenta y entrecortada. Cruzó la habitación, ignorando por completo a Thomas. Sostuvo el rostro de Claraara entre sus grandes manos, sus pulgares trazando sus pómulos. “Tú”, murmuró, con voz espesa de emoción. “Eres la criatura más magnífica que he visto.”

Claraara se apoyó en su tacto, la ira helada desvaneciéndose, dejando solo el calor de sus manos. “Te dije que incendiaría su sociedad.”

“Apenas necesitaste una cerilla”, dijo Theodore, apoyando su frente contra la de ella. “Ahora te temerán. Los rumores cambiarán. Dirán que me tienes encerrado en un calabozo y me das de comer carne cruda.”

Claraara sonrió, rodeando su cintura con los brazos. “Que lo digan. Mientras nos dejen en paz.”

Acto 5 — Reflexión y Secuelas

Los rumores cambiaron, de hecho. El Vizconde Lynfield regresó a la Ciudad de México con su orgullo hecho trizas. Para salvar las apariencias, pintó un cuadro no de una novia descuidada y llorosa, sino de una mujer monstruosa y tiránica. Dijo que Claraara se había vuelto loca, que gobernaba Ironwood Hall con puño de hierro, y que el Duque estaba completamente bajo su control.

Los rumores cambiaron de compadecer a Claraara a temerla. Las cartas de su madre cesaron por completo. Las anfitrionas que antes planeaban salvarla ahora tachaban su nombre de sus listas de invitados con un escalofrío.

Fue el mejor regalo que Londres podía haberles dado.

El pesado silencio del invierno dio paso al brutal deshielo de la primavera. Los páramos se volvieron de un verde vibrante y sorprendente, y el aire olía a tierra húmeda y brezo nuevo. Claraara estaba junto a la ventana del estudio de Theodore, mirando las colinas onduladas. Se presionó la mano contra la parte baja de la espalda, arqueándose ligeramente para aliviar el dolor sordo que se había instalado permanentemente en su columna.

Estaba embarazada de 6 meses. No había una fragilidad brillante al respecto. Era agotador. Sus tobillos se hinchaban. Había pasado todo febrero terriblemente enferma cada mañana, y su estómago ahora era un peso incómodo.

Theodore entró en el estudio, sus botas dejando barro seco en la alfombra persa. No le importó. Caminó directamente hacia ella. “Te duele la espalda de nuevo”, dijo. No era una pregunta.

“Es simplemente la gravedad haciendo sus exigencias”, dijo Claraara, volviéndose hacia él.

Theodore frunció el ceño. Se quitó los guantes y se colocó detrás de ella. Sus manos grandes y cálidas presionaron firmemente en la base de su columna, aplicando una presión constante y perfecta. Claraara exhaló un largo suspiro tembloroso, apoyándose contra su pecho. “Mejor”, murmuró él contra su oído.

“Mucho”, susurró ella.

Sus manos permanecieron allí, sosteniendo su peso. “El nuevo techo de las cabañas McCauley está terminado. Las ovejas están pariendo temprano. Será una buena primavera. La señora Gable me informó que las cuentas de la parcela sur están perfectamente equilibradas”, añadió Claraara, cerrando los ojos. “Tenemos un superávit este trimestre.”

“Porque negocias con los comerciantes de grano como una asaltante de caminos”, dijo Theodore, con diversión en su voz. “Le tienen más miedo a tus libros de contabilidad que a mi temperamento.”

“Bien.”

Se quedaron en silencio, viendo cómo las nubes de lluvia se acumulaban sobre los picos distantes. Este era su matrimonio. No se construía sobre sonetos o grandes declaraciones. Se construía sobre libros de contabilidad equilibrados, cabañas reparadas, silencios compartidos y las paredes protectoras que habían levantado contra un mundo que no los entendía.

“Recibí una carta de mi padre hoy”, dijo Claraara en voz baja. “Quiere dinero. Insinúa que ha sufrido una racha de mala suerte en las mesas.”

“Instruiré a los abogados para que quemen cualquier correspondencia futura de él”, dijo Theodore, con voz dura. “Te vendió para salvar su propia piel. Perdió el derecho a llamarte hija en el momento en que firmó ese contrato.”

“Ya he escrito mi respuesta”, dijo Claraara.

Theodore la miró. “¿Qué dijiste?”

Claraara se giró en sus brazos, mirando sus ojos grises pálidos. “Incluí una copia de las donaciones benéficas de la finca para el trimestre. Le dije que si necesita asistencia financiera, es bienvenido a solicitar un puesto como mozo de cuadra. Le advertí que las horas son largas y que los caballos no toleran a los tontos.”

Una sonrisa lenta y devastadora se extendió por el rostro de Theodore. Llegó a sus ojos, iluminando los ángulos severos de su rostro con alegría absoluta. Deslizó sus manos para rodear su vientre, sus pulgares descansando suavemente contra el lino de su vestido.

“Recuérdame que nunca te cruce, duquesa”, susurró.

“Asegúrate de no hacerlo”, respondió ella, colocando sus manos sobre las de él.

De repente, una patada fuerte y distinta golpeó la palma de Theodore. Se congeló, su respiración se entrecortó. Miró su vientre, luego hacia su rostro, sus ojos abiertos con una vulnerabilidad repentina y sorprendente.

“Está inquieto hoy”, dijo Claraara en voz baja.

“O ella”, corrigió Theodore, con voz espesa. Se arrodilló en la alfombra. Presionó su rostro contra su vientre, sus grandes manos enmarcando sus caderas con cuidado infinito.

Claraara miró a su esposo. El hombre que la sociedad llamaba monstruo. Estaba de rodillas, susurrando promesas a un niño que aún no había nacido. Pasó los dedos por su cabello plateado. La compadecieron. Recordó los susurros en los salones, las caras sonrientes que pensaban que la enviaban a una tumba helada. Pensó en sus matrimonios vacíos, sus esposas, amantes, la necesidad desesperada de ser vistas y aprobadas por una sociedad que las descartaría al mostrar una imperfección.

La compadecieron. Dejemos que se queden con sus brillantes salones de baile y su té envenenado. Ella tenía los páramos. La fortaleza de piedra. Y la devoción absoluta del Duque de Windermir. Estaba exactamente donde debía estar.

5 años después, las pesadas puertas de roble de Ironwood Hall se abrieron a la brisa del verano. La casa ya no era una tumba silenciosa. Resonaba con el sonido de pasos corriendo. Un niño de 4 años, con los ojos oscuros y agudos de su madre y el cabello plateado de su padre, corría por el vestíbulo con una espada de madera. Detrás de él trotaba Thomas Weston, sin aliento.

“¡Alto, bárbaro!”, jadeó Thomas. “Roma no cae ante un niño pequeño.”

El niño se rió, esquivando detrás de una armadura. Claraara observaba desde la entrada del estudio. Theodore caminó hasta ella y la abrazó. “Thomas va a dejar que gane otra vez”, murmuró.

“Por supuesto”, respondió Claraara. “Thomas está completamente subyugado. Creo que nuestro hijo ahora lo supera en la jerarquía de la casa.”

Theodore rio, el sonido resonando profundamente contra su espalda. Apoyó su rostro en el cuello de ella y la besó. “¿Eres feliz, Claraara?”, preguntó en voz baja. Era una pregunta que le hacía a menudo.

Claraara giró la cabeza, atrapando su mirada. Sus ojos grises pálidos eran cálidos, anclados y completamente suyos. “Soy la duquesa más temida del norte”, dijo Claraara, una sonrisa burlona en sus labios. “Las cuentas están equilibradas. Los inquilinos prosperan. Y Londres está demasiado asustado para enviarnos visitantes. Tengo todo lo que podría desear.”

Theodore sonrió. La atrajo hacia sí, enterrando su rostro en su cabello. La pesada puerta de roble del estudio se cerró detrás de ellos. Pero esta vez no era para esconderse del mundo. Era simplemente porque no lo necesitaban. Ya estaban en casa.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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