La Contadora que Nadie Tomaba en Serio y el Jefe que la Amó
Acto 1 — La Leona en la Oscuridad
La sangre manchaba el dobladillo de su abrigo roto, formando un charco oscuro sobre el mármol italiano. Federica Ferrari estaba profundamente dormida, acurrucada en la esquina del refugio fortificado. Su respiración era irregular, y su cuerpo, cubierto de moretones y cortes, temblaba ligeramente.
—No la despiertes —susurró el sicario moreteado, con la voz temblorosa—. Ha pasado por el infierno.
Pero Gabriela Romano lo empujó a un lado, su corazón de hielo deteniéndose cuando vio exactamente lo que ella tenía apretado contra su pecho. La tormenta que azotaba la Ciudad de México era un reflejo de la violencia que desgarraba las filas del cártel Romano. La lluvia golpeaba los ventanales del penthouse en la Zona Rosa, pero el frío de afuera no era nada comparado con el hielo que corría por las venas de Gabriela.
Como líder del imperio mafioso más temido del centro del país, Gabriela estaba acostumbrado a la traición, a la sangre, al olor de la pólvora y al peso del mando. Pero esa noche, las reglas del inframundo se habían hecho pedazos.
Tres horas antes, los mercenarios de un rival despiadado, un traficante de armas que quería reclamar la ciudad para su propio cártel, habían emboscado una caravana de los Romano en una de las avenidas principales. Seis de los mejores hombres de Gabriela yacían muertos sobre el asfalto. Y lo peor: se habían llevado a Leo, su sobrino de seis meses, el último eslabón vivo de su hermano fallecido y el único heredero de la dinastía Romano.
Durante tres horas agonizantes, Gabriela había desatado el infierno sobre la ciudad. Había autorizado la ejecución de cada asociado conocido de su rival. Almacenes enteros ardían en el sur de la ciudad, y los patios de carga sangraban hacia el río. Gabriela era un hombre poseído, un demonio envuelto en un traje de lana negra a medida, con los ojos oscuros vaciados por una rabia terrible.
Estaba preparando un escuadrón suicida para asaltar la fortaleza de su enemigo cuando su teléfono cifrado vibro. Era Marco, uno de sus capitanes más confiables. El mensaje era breve: habían encontrado a alguien en la casa de seguridad secundaria. Alguien de la emboscada.
Gabriela no esperó. Condujo su camioneta blindada a través de la tormenta, los neumáticos destrozando las calles inundadas. Cuando llegó al refugio, el perímetro ya estaba repleto de soldados de los Romano armados hasta los dientes. Abrió las puertas de roble, y el olor a cobre y lluvia lo golpeó de inmediato.
Marco estaba frente a la puerta de acero del cuarto de pánico, con el traje rasgado, los nudillos moreteados y una metralleta en las manos.
—¿Está ahí? —exigió Gabriela, su voz un grave letal que hacía retroceder a los asesinos más experimentados—. ¿Está mi sobrino ahí?
Marco tragó saliva, interponiéndose ligeramente en el camino de Gabriela.
—Jefe, espere. Necesita ver esto. Pero por favor, mantenga la calma.
Gabriela agarró a Marco por las solapas, levantándolo unos centímetros del suelo.
—No me digas que espere. Si los hombres de Sterling tocaron un solo cabello de ese niño, les arrancaré la piel de los huesos. Muévete.
—Lo digo en serio, jefe —suplicó Marco, con la voz convertida en un susurro frenético—. No la despierte. Ha pasado por el infierno.
—¿Ella?
Gabriela soltó a Marco y empujó la pesada puerta de acero. El cuarto de pánico estaba a oscuras, el aire impregnado de olor a escape, lluvia y sangre seca. En la esquina, acurrucada en un sofá de cuero bajo una manta de lana, había una figura. Gabriela se quedó helado. Todo el oxígeno abandonó la habitación.
Era Federica Ferrari.
Durante dos años, Federica había trabajado como contadora forense para las empresas legítimas del cártel Romano. No era una princesa de la mafia. No usaba vestidos de diseñador ajustados ni merodeaba alrededor de los palcos VIP de los clubes nocturnos del sindicato. Federica era una mujer de voz suave, de curvas generosas, con una mente brillante para los números y una gracia tranquila y discreta.
En el mundo hipermasculino y superficial de la mafia, los soldados y capitanes a menudo la ignoraban, despreciando su figura curvilínea y su carácter apacible como debilidad. Pero Gabriela nunca la había subestimado. Desde el momento en que la vio descifrar un libro de contabilidad manipulado que le habría costado millones, había estado obsesionado. La había observado desde las sombras, admirando la forma en que se mordía el labio cuando se concentraba, la forma en que su cabello oscuro y grueso enmarcaba su rostro, y la resistencia oculta en sus ojos oscuros.
La había mantenido a distancia, empujándola a los rincones más seguros y mundanos de su imperio para protegerla de la violencia de su vida. Quería que ella permaneciera intacta por su oscuridad.
Y sin embargo, allí estaba ella, en el centro de su pesadilla.
La ropa de Federica estaba destrozada. Su blusa, normalmente impecable, estaba rasgada en el hombro, revelando un enorme moretón púrpura. Sus manos estaban cubiertas de hollín y sangre seca. Los nudillos, abiertos. Respiraba con dificultad, perdida en un sueño profundo y exhausto.
Pero lo que sostenía era lo que hizo que el despiadado jefe de la mafia se arrodillara.
Apretado ferozmente contra su pecho, envuelto dentro de su abrigo destrozado, estaba el bebé Leo. El pequeño dormía profundamente, su diminuto pecho subiendo y bajando rítmicamente, completamente ileso y absolutamente seguro en el abrazo protector de Federica.
Gabriela cayó de rodillas junto al sofá, el corazón golpeándole las costillas como nunca antes. Extendió una mano temblorosa, dejando que sus dedos rozaran la mejilla suave de Leo, confirmando que el niño estaba realmente vivo. Luego, su mirada se desplazó a Federica.
—¿Cómo? —susurró Gabriela, la palabra apenas superando el nudo en su garganta.
Marco entró en la habitación, manteniendo la voz increíblemente baja.
—Estaba en la tercera camioneta durante la emboscada. Jefe, solo se suponía que iba a auditar la oficina del centro. Cuando los hombres de Sterling atacaron la caravana, masacraron a los guardias. Se llevaron al niño, pero cometieron un error fatal. Miraron a Federica, vieron a una mujer asustada y de aspecto suave, y pensaron que era un daño colateral. La arrojaron en la parte trasera de la camioneta de transporte con el niño para usarla como rehén más tarde. No se molestaron en atarle las manos adecuadamente. La subestimaron.
Los ojos de Gabriela recorrieron los cortes en la mejilla de Federica. Sintió una oleada violenta de protección, una posesividad oscura y consumidora que ahogó todo lo demás.
—¿Qué hizo ella?
—Los masacró, jefe —susurró Marco, con un tono de asombro genuino en la voz—. Sacamos las imágenes de seguridad del patio de carga donde la llevaron. No entró en pánico. Cuando la dejaron en la sala de detención con el niño, abrió la cerradura con un alambre de su sostén. Emboscó a un guardia del doble de su tamaño, le estrelló un extintor en el cráneo y le quitó el arma. Disparó a otros dos hombres de Sterling, arrancó un camión de transporte y atravesó las puertas reforzadas mientras recibía fuego pesado. Condujo hasta aquí, aseguró el refugio y esperó.
Gabriela miró a la mujer dormida. Los hombres del cartel habían visto un objetivo blando y vulnerable. No tenían ni idea de que el padre de Federica había sido un legendario conductor de fugas y superviviente que le había enseñado todo antes de morir. La habían mirado a ella, a sus curvas y su carácter apacible, y asumieron que era presa. En lugar de eso, habían encerrado a una leona en una jaula con un cachorro.
Gabriela colocó suavemente su gran mano marcada sobre la mano moreteada de Federica, sintiendo el pulso fuerte y constante bajo su piel. Siempre había sabido que era inteligente, pero ese instinto de supervivencia crudo y feroz lo sacudió hasta los cimientos. Ella había sangrado por su familia. Había salvado su linaje cuando sus asesinos altamente entrenados habían fallado.
—Dile a los hombres que se retiren —ordenó Gabriela en voz baja, sin apartar los ojos de ella.
—Jefe —preguntó Marco, confundido—. Tenemos la ubicación de Sterling localizada. Podemos atacar ahora.
—He dicho que se retiren —repitió Gabriela, con voz fría y absoluta—. Llama al médico de la familia. Tráelo aquí inmediatamente. Nadie más entra en esta habitación. Sterling puede esperar hasta el amanecer. Ahora mismo, ella necesita descansar. Y si alguien la despierta antes de que esté lista, le pondré una bala en la cabeza yo mismo.
Acto 2 — El Despertar
El dolor fue lo primero que registró. Se irradiaba desde su hombro izquierdo, un dolor profundo y punzante que sentía como si sus huesos hubieran pasado por una picadora de carne.
Federica Ferrari jadeó, sus ojos se abrieron de golpe mientras la adrenalina inundaba su sistema. Sus brazos se tensaron instintivamente, pero el peso cálido del bebé ya no estaba.
—¡Leo! —Federica se atragantó, luchando con la manta de lana enredada en sus piernas. El pánico le apretó la garganta.
Recordó los faros cegadores, los cristales rotos, los gritos aterradores de los hombres de Damian Sterling. Recordó el olor metálico de la sangre en la camioneta de transporte y el rugido ensordecedor de los disparos mientras estrellaba el camión robado contra las puertas de acero.
—Tranquila, Federica, está a salvo.
La voz era un barítono profundo y resonante, suave como el bourbon añejo, y lo suficientemente autoritario como para detener a un ejército. Federica se quedó helada, sus ojos abiertos y frenéticos escaneando la habitación.
Sentado en un sillón de cuero a unos metros de distancia, iluminado solo por el resplandor ambiental de los monitores de seguridad, estaba Gabriela Romano. Se había quitado la chaqueta, las mangas remangadas hasta los codos, revelando la tinta oscura de los tatuajes del cártel que serpenteaban por sus antebrazos musculosos. En su regazo, descansando pacíficamente contra su pecho, estaba el bebé Leo, agarrando un biberón blanco.
Federica exhaló un suspiro entrecortado, sus hombros se hundieron mientras la lucha abandonaba temporalmente su cuerpo.
—¿Está bien? —susurró, con la garganta rasposa.
La mirada oscura y penetrante de Gabriela se desplazó del bebé a ella.
—Gracias a ti, no tiene ni un rasguño. El doctor lo examinó hace una hora. También te examinó a ti mientras dormías. Tienes una conmoción cerebral leve, tres costillas fracturadas y contusiones severas. Pero nada está roto.
Federica se tocó la frente, gimiendo cuando sus dedos rozaron un vendaje que no sabía que estaba allí.
—No quise quedarme dormida. Solo… solo tenía que mantenerlo callado. Sabía que si lo oían llorar en el almacén, volverían a la habitación.
—Lo mantuviste con vida —dijo Gabriela, su voz bajando una octava, cargada de una emoción que Federica nunca había escuchado del despiadado jefe antes.
Se levantó lentamente, acunando al bebé con una gentileza sorprendente, y caminó hacia ella. Le entregó a Leo a una niñera que esperaba en las sombras cerca de la puerta. La niñera inclinó la cabeza y salió de la habitación, dejando a Gabriela y Federica completamente solos.
El silencio entre ellos era denso, cargado con una tensión repentina y abrumadora. Federica se cubrió más con la manta, de repente hiperconsciente de su apariencia destrozada. Sabía cómo eran las mujeres en la órbita de Gabriela. Eran modelos impecables y delgadas. Ella era solo una contadora que había estado en el lugar equivocado en el momento equivocado, cubierta de tierra y de la sangre de otra persona.
—Lamento el desastre —murmuró, mirando sus manos manchadas—. Renunciaré, por supuesto. Después de esto, imagino que soy un lastre. Los hombres de Sterling vieron mi cara.
Gabriela se movió tan rápido que ella apenas lo registró. En un segundo, estaba sentado en el borde del sofá junto a ella. Extendió la mano, sus dedos grandes y callosos atrapando suavemente su barbilla, obligándola a mirarlo hacia arriba. La intensidad en sus ojos oscuros le cortó la respiración.
—¿Renunciar? —repitió, las palabras sonando como una amenaza—. ¿Crees que te dejaría alejarte de mí después de esta noche, Federica?
Ella tragó saliva.
—Soy un objetivo ahora, señor Romano. Damian Sterling no va a dejar pasar esto. Humillé a sus mejores sicarios. Me dejaron en esa habitación porque pensaron que era solo una civil gorda e indefensa. No se molestaron en registrar mis botas en busca de las ganzúas de mi padre. No pensaron que una mujer de mi tamaño pudiera moverse lo suficientemente rápido para quitarle un arma a un asesino entrenado.
—Eran arrogantes —dijo Gabriela, su pulgar rozando suavemente la piel ilesa de su mejilla. Su toque era sorprendentemente tierno para un hombre conocido por romper huesos con sus propias manos—. Miraron tu hermoso cuerpo suave y vieron debilidad. No vieron a la mujer brillante y resiliente que he estado observando durante dos años.
El corazón de Federica dio un vuelco.
—¿Observándome?
La mandíbula de Gabriela se tensó.
—¿Crees que te puse en los archivos por accidente? Mi amor, te coloqué en el edificio más seguro de mi territorio porque quería que estuvieras a salvo. Quería que estuvieras lejos de la inmundicia de mi mundo. Quería protegerte de monstruos como yo. Pero fallé. Los monstruos te encontraron de todas formas.
Se inclinó más cerca, su aroma a cedro y pólvora envolviéndola. Podía sentir el calor que irradiaba de su gran cuerpo, calentando su cuerpo tembloroso.
—Y en lugar de quebrarte —susurró Gabriela, su rostro a centímetros del de ella—, les arrancaste la garganta para proteger a mi sangre. Recuperaste a mi sobrino del mismísimo diablo.
Antes de que Federica pudiera procesar su confesión, la pesada puerta metálica se abrió y Marco entró, con el rostro sombrío.
—Jefe, lamento interrumpir, pero necesita ver esto.
Marco le tendió un teléfono satelital que sonaba. Era Sterling. La expresión tierna de Gabriela se desvaneció, reemplazada instantáneamente por la mirada fría y mortal del jefe más letal del crimen organizado. Se levantó, imponente, y tomó el teléfono.
—Habla —ordenó Gabriela.
La voz aristocrática de Damian Sterling resonó desde el altavoz.
—Gabriela, amigo mío, parece que ha habido un terrible malentendido. Mis hombres subestimaron a un pajarito bastante regordete en tu empleo. Hizo un buen desastre en mi instalación. Entrega a la chica y al niño, y podremos negociar una tregua sin tener que quemar la ciudad hasta los cimientos.
La sangre de Federica se heló. Se aferró al borde del sofá, los nudillos blancos. El silencio de Gabriela era aterrador. Miró a Federica, viendo el miedo que ella intentaba ocultar, y algo dentro de él se rompió fundamentalmente.
—¿Tregua? —dijo Gabriela, con voz terriblemente calmada—. Damian, eres un hombre muerto hablando. Tocaste lo que me pertenece. Aterrorizaste a mi familia. ¿Y la mujer que estás pidiendo, a la que acabas de insultar?
Gabriela se arrodilló frente a Federica, tomando su mano temblorosa entre las suyas. La miró directamente a los ojos mientras hablaba por teléfono.
—Va a ser mi esposa. Y para cuando salga el sol, lo único que arderá en esta ciudad serás tú y todos los que compartan tu apellido.
Gabriela colgó el teléfono y se lo arrojó a Marco.
—Bloquea la ciudad. Que nadie entre ni salga. Reúne a los hombres. Vamos a la guerra.
Acto 3 — La Guerra y la Promesa
La tormenta afuera rugía, pero dentro del refugio, una tempestad diferente se estaba gestando. La declaración de Gabriela Romano flotaba en el pesado aire. Ella iba a ser su esposa. No era una propuesta. Era un mandato, pronunciado con la autoridad absoluta de un rey que reclama a su reina.
Mientras Marco salía corriendo a movilizar a los soldados, Gabriela se volvió hacia Federica. La ferocidad salvaje en sus ojos se suavizó el momento en que la miró. Extendió la mano, su pulgar trazando suavemente su mandíbula, con cuidado de no lastimar los moretones que pintaban su piel pálida.
—Deberías dormir, mi amor —murmuró Gabriela, su voz un ronco retumbar en su pecho—. Cuando despiertes, Sterling no será más que cenizas, y esta ciudad será segura para ti y para Leo.
Federica negó con la cabeza, ignorando el dolor punzante en sus sienes. Alzó la mano y la colocó sobre la de él, su palma suave y cálida presionando contra sus nudillos marcados. Su corazón latía a un ritmo frenético. Pero su mente, forjada por años de diseccionar datos complejos y sobrevivir a un mundo hostil, era un cuchillo afilado.
—No —dijo, con voz firme a pesar del bajón de adrenalina—. No vas a dejarme aquí esperando en la oscuridad. Gabriela, sé cómo opera Sterling. He estado rastreando las anomalías en las empresas fantasma durante semanas. Cree que es un fantasma, pero deja un rastro financiero. Puedo encontrar su arsenal principal. Puedo encontrar exactamente dónde se esconde.
Gabriela la miró, sus ojos oscuros se abrieron ligeramente. Un hombre en su posición estaba acostumbrado a mujeres que desviaban la mirada, que se encogían ante la brutalidad de su vida. Pero Federica lo miraba con una determinación feroz e intransigente. Era una mujer que acababa de luchar contra asesinos entrenados, y en lugar de derrumbarse, le ofrecía la espada para terminar la guerra.
—Necesitas atención médica —contraatacó suavemente, aunque un oscuro orgullo recorrió sus venas—. Ya has hecho suficiente, Federica. Salvaste a mi linaje. Déjame encargarme de la masacre.
—Necesitas mi mente, Gabriela —insistió ella, cambiando de peso en el sofá y gimiendo ligeramente cuando sus costillas fracturadas protestaron—. Los hombres de Sterling lo llamaron por una línea segura cuando me arrojaron a esa camioneta. Mencionaron un centro logístico, un lugar donde el dinero y las armas se cruzan. Si sales a ciegas a ejecutar a sus dealers callejeros, se te escapará. Dame una computadora segura. Déjame acceder a la base de datos del cártel. Te daré sus coordenadas exactas.
Gabriela la miró fijamente durante un largo momento. Vio a la mujer brillante y resiliente que había observado desde las sombras durante dos años, finalmente saliendo a la luz, reclamando su lugar a su lado. No era un lastre. Era su mayor activo.
Se inclinó, presionando sus labios contra su frente en un gesto de profunda reverencia.
—Marco —llamó Gabriela, su voz resonando en los pasillos—. Tráele una computadora, la fuertemente encriptada.
En cuestión de minutos, la habitación se transformó en un centro de comando improvisado. Federica se sentó en el sofá, con una computadora portátil en el regazo, la pantalla iluminando su rostro determinado. Su cabello oscuro y grueso caía sobre sus hombros mientras sus dedos volaban sobre el teclado a una velocidad impresionante.
Gabriela se paró detrás de ella, un guardián silencioso e inamovible, observando cómo líneas de código y cuentas bancarias extraterritoriales se desplazaban por la pantalla. Ella sorteó tres capas de los rudimentarios firewalls de Sterling en menos de diez minutos. Para Damian Sterling, su seguridad digital era impenetrable. Para Federica Ferrari, era un rompecabezas mal construido esperando ser desmantelado.
—Sterling es arrogante —murmuró Federica, con el ceño fruncido en concentración—. Oculta sus principales activos a través de una serie de corporaciones fantasma con sede en las Islas Caimán, pero los números de enrutamiento físico apuntan a impuestos de propiedad pagados en el Estado de México.
Abrió un programa de mapeo superponiendo datos financieros con imágenes satelitales.
—Ya no está en su fortaleza —dijo, sus ojos escaneando los resultados—. Eso era solo un campo de entrenamiento. El grueso de su capital entrante se está canalizando a una empresa de inversión que recientemente compró una terminal de carga abandonada en la zona industrial.
Federica tocó la pantalla, mostrando el plano de una estructura de concreto masiva y fuertemente fortificada.
—Aquí está, Gabriela. Esta es su fortaleza. El tráfico financiero subió aquí exactamente hace dos horas. Está retirando a sus hombres a esta ubicación para reagruparse. Si quieres cortar la cabeza de la serpiente, aquí es donde está durmiendo.
Gabriela se inclinó sobre ella, su pecho rozando su hombro ileso. Miró la pantalla, y luego hacia abajo, a la mujer que acababa de entregarle a su enemigo en bandeja de plata. La posesividad dentro de él rugió, un fuego oscuro y consumidor. Siempre había sabido que sus curvas escondían un alma hermosa, pero su intelecto era un arma de destrucción masiva.
—Eres magnífica —susurró Gabriela, su aliento cálido contra su oído.
Federica se estremeció, un rubor de calor subiendo a sus mejillas a pesar del frío resplandor clínico del monitor.
—Ten cuidado —respondió, mirando hacia arriba, a su rostro letal y apuesto—. Estará fuertemente armado. No tiene nada que perder.
Gabriela se enderezó, ajustando los puños de su camisa destruida. Su actitud cambió de nuevo al temible depredador del inframundo.
—Tiene todo que perder, Federica. Porque trató de tomar lo que es mío.
Se giró y se dirigió hacia la pesada puerta de acero.
—Mantén un guardia dentro de la habitación. Que nadie entre a menos que yo dé la orden. Si no regreso antes del amanecer, Marco tiene órdenes de ponerlos a ti y a Leo en un avión privado a Acapulco.
—Regresarás —dijo Federica, su voz resonando con una certeza absoluta—. Me prometiste una boda, señor Romano. Soy contadora. No dejo que las deudas queden impagas.
Una sonrisa oscura y genuina tocó los labios de Gabriela. Una visión rara y devastadora. Luego, desapareció, tragado por la tormenta y la violencia de la noche.
Acto 4 — El Asalto
La terminal de carga en la zona industrial era un monolito imponente de acero oxidado y concreto agrietado, alzándose sobre las aguas negras y agitadas del río. La lluvia caía a cántaros, proporcionando la cobertura perfecta para el asalto altamente coordinado del cártel Romano.
Gabriela no se molestó en ser sigiloso. Damian Sterling había violado el santuario de su familia. Merecía mirar al diablo a los ojos antes de ser arrastrado al infierno. Una flota de camionetas blindadas negras atravesó las puertas de malla ciclónica de la terminal, parachoques reforzados arrancando el acero de sus bisagras.
Antes de que los vehículos se detuvieran por completo, los sicarios de Gabriela salieron en tropel, armados con rifles de asalto y chalecos tácticos. La noche estalló en una sinfonía de violencia controlada y brutal. Los mercenarios de Sterling estaban bien entrenados, pero luchaban por un sueldo. Los hombres de Gabriela luchaban por su familia, por la supervivencia de su linaje y por el dominio absoluto e incuestionable del nombre Romano.
No hubo competencia.
Gabriela se movió a través del caos como una sombra, una pistola silenciada en la mano, su rostro una máscara de furia fría e implacable. Saltó sobre los cuerpos de los guardias de Sterling, sus ojos fijos en las escaleras de hierro oxidadas que conducían a la oficina principal de la terminal.
La inteligencia de Federica era impecable. Cada centinela, cada punto de estrangulamiento, cada punto ciego que ella había predicho basándose en los planos de la terminal, estaba exactamente donde ella dijo que estaría.
Abrió la puerta de la oficina de una patada, la madera pesada astillándose bajo la fuerza de su zapato. Dentro, la habitación era un caos de documentos triturados, escritorios volcados y pánico. Damian Sterling, un hombre vestido con elegancia, con el cabello rubio y peinado hacia atrás y el rostro pálido de terror, estaba metiendo frenéticamente fajos de dinero en efectivo y discos duros en una bolsa de viaje.
Dos de sus guardias personales de élite se giraron, levantando sus armas, pero Gabriela disparó dos veces antes de que pudieran siquiera apretar el gatillo. Los guardias cayeron al suelo, muertos antes de darse cuenta de lo que les había pasado.
Sterling se quedó helado, con las manos suspendidas sobre la bolsa. Miró a Gabriela, su arrogancia aristocrática evaporándose bajo el peso aplastante de la mirada del jefe de la mafia.
—Gabriela —tartamudeó Sterling, levantando las manos lentamente, un sudor nervioso brotando en su frente—. Podemos ser civilizados sobre esto. Esto fue solo negocios, una disputa territorial. Podemos trazar nuevas líneas.
Gabriela caminó lentamente hacia la habitación, el sonido de sus pasos resonando en el suelo de concreto.
—Atacaste a un niño de seis meses —dijo, su voz terriblemente calmada, desprovista de toda emoción—. Enviaste hombres armados para masacrar a una mujer que nunca había hecho daño a nadie. No queda negocio que discutir, Damian. Solo hay consecuencias.
Sterling retrocedió contra la ventana rota, la tormenta rugiendo detrás de él.
—Tengo dinero en cuentas extraterritoriales. Puedo darte los números de enrutamiento ahora mismo. Millones de dólares, sin rastreo.
Gabriela se detuvo a unos metros de distancia, levantando su arma, apuntando directamente al pecho de Sterling.
—Ya tengo tu dinero, Damian. Mi futura esposa está liquidando todo tu imperio desde una computadora portátil. Para mañana por la mañana, cada centavo que robaste pertenecerá al cártel Romano. No te queda nada que ofrecerme.
Los ojos de Sterling se abrieron con incredulidad, al darse cuenta de que la mujer callada y de curvas generosas que sus hombres habían descartado como daño colateral acababa de desmantelar todo el trabajo de su vida en cuestión de horas.
—La contadora —susurró, una risa histérica y rota escapando de sus labios—. Una maldita contadora me derribó.
—No es una contadora —corrigió Gabriela, con frialdad, su dedo apretando el gatillo—. Es una Romano.
El disparo silenciado no fue más que un golpe sordo sobre el rugido del trueno. Damian Sterling se derrumbó en el suelo, su reinado sobre el inframundo terminando en un charco de sangre y vidrios rotos.
Gabriela bajó su arma y miró el cuerpo sin vida durante un largo momento, asegurándose de que la amenaza para su familia estaba permanentemente extinta. Sacó un pañuelo blanco del bolsillo de su chaqueta, limpió una mota de sangre de su mejilla y se dio la vuelta.
—Quémalo todo —ordenó Gabriela mientras Marco entraba en la oficina—. Quema todo. No dejes nada más que cenizas para que la policía encuentre.
Acto 5 — El Amanecer
Para cuando el sol comenzó a asomarse a través de las nubes grises y pesadas, Gabriela estaba caminando de vuelta a través de las puertas de acero del refugio. Su traje estaba arruinado, sus manos manchadas de pólvora, y estaba agotado hasta los huesos.
Pero cuando entró en la habitación, todo el cansancio se desvaneció. Federica estaba dormida en el sofá, la computadora portátil descansando en la mesa de centro junto a ella. Se había envuelto en la manta de lana, su respiración suave y constante. En una cuna cercana, el bebé Leo dormía plácidamente, completamente ajeno a la guerra que se había librado y ganado en su nombre.
Gabriela caminó hacia el sofá y se arrodilló junto a él. Rozó suavemente un mechón suelto de cabello oscuro de la frente de Federica. Ella se movió, sus ojos oscuros se abrieron lentamente. Parpadeó contra la tenue luz, enfocándose en su rostro.
—¿Terminó? —susurró, con la voz espesa por el sueño.
Gabriela tomó su mano suave y moreteada, presionando sus labios contra sus nudillos en un gesto de devoción absoluta.
—Terminó —prometió en voz baja—. Sterling ya no está. Su imperio es cenizas. Estás a salvo, mi amor.
Federica exhaló un largo y tembloroso suspiro, la tensión finalmente abandonando su cuerpo. Miró a este hombre aterrador y despiadado, viendo más allá de la sangre y la violencia, al corazón ferozmente protector que latía debajo.
Había desgarrado una ciudad para vengar su dolor y asegurar su futuro. Se movió, haciendo espacio en el pequeño sofá.
—Quédate conmigo —murmuró, una petición tranquila que sonaba más como un salvavidas.
Gabriela no dudó. Se quitó la chaqueta arruinada y se acostó a su lado, envolviendo sus grandes brazos musculosos alrededor de sus suaves curvas. Por primera vez en su violenta vida, el despiadado jefe de la mafia cerró los ojos y encontró la paz absoluta, abrazando a la mujer brillante y resiliente que había conquistado su mundo oscuro sin disparar un solo tiro.