La Contadora que Bailó con el Enemigo y Destruyó un Imperio Criminal
Acto 1 — La Gala y el Encuentro
El viaje al Pierre fue en silencio. La lluvia azotaba las ventanas tintadas del Maybach. La mente de Briana recorría los libros contables digitales, verificando los números de enrutamiento que había memorizado. El rastro del dinero había llevado a una corporación fantasma conocida como el Grupo Aegis, que los protocolos de rastreo sugerían que era un frente para un cartel europeo que intentaba establecerse en Nueva York. Esa noche, lo confirmaría.
Cuando el coche se detuvo en la gran entrada de la Quinta Avenida, los flashes de los paparazzi los cegaron. Tommy salió primero, sus ojos escaneando la multitud con eficiencia depredadora antes de ofrecer su mano a Briana. Salió, el aire fresco de la noche golpeando su piel sonrojada. Se alisó la tela esmeralda sobre sus caderas anchas, levantó la barbilla y entró en la guarida del león.
El gran salón de baile del Pierre era una clase magistral de intimidación opulenta. Candelabros de cristal importados de un palacio parisino en la década de 1930 proyectaban un brillo dorado cálido sobre el mar de esmóquines y vestidos de diseñador. El aire era espeso con el aroma de Baccarat Rouge 540, puros cubanos caros y peligro.
Briana navegó la habitación con gracia práctica, a pesar del peso de las miradas que atraía. Sabía lo que veían. En una habitación poblada por exmodelos de Europa del Este, socialites demacradas y esposas de la mafia que veían el hambre como un símbolo de estatus, Briana era una anomalía. Era una mujer de talla grande que se atrevía a usar un vestido ajustado, que se atrevía a mostrar sus hombros carnosos, que se atrevía a caminar con la cabeza en alto.
Podía oír los susurros, los siseos venenosos e inseguros de mujeres preguntándose a quién pertenecía y por qué se le permitía estar en la sección VIP. Los ignoró, sus ojos escaneando la habitación en busca de él. Encontró a Draos de inmediato. Estaba cerca de la gran escalera, rodeado de una falange de sus capos, incluyendo al notoriamente volátil Sal “El Barbero” Maroni.
Draos vestía un esmoquin Tom Ford azul medianoche que acentuaba su imponente figura. Parecía un dios oscuro presidiendo su corte. Como si sintiera su presencia, su cabeza se giró en su dirección. Al otro lado de la habitación abarrotada, sus ojos se encontraron. Por una fracción de segundo, la máscara fría e impenetrable del jefe de la mafia se deslizó. La mirada de Draos recorrió la longitud de su cuerpo, tomando nota de la forma en que la seda esmeralda abrazaba sus pechos pesados, la curva gruesa de su cintura y el volumen de sus caderas. Un músculo se tensó en su mandíbula.
Briana sintió una repentina oleada intensa de calor en su estómago. Era la mirada de un hombre hambriento que se da cuenta de que hay un festín justo fuera de su alcance. Pero tan rápido como la máscara se había deslizado, se cerró de golpe. Le dio un asentimiento agudo, casi imperceptible, un reconocimiento de su presencia y una orden de quedarse quieta.
Briana se dirigió a una mesa alta aislada cerca de la barra privada. Sacando su teléfono, necesitaba acceder a la red segura del servidor del hotel. Bajo la apariencia de revisar sus correos electrónicos, inició el protocolo de piratería. La memoria USB encriptada en su clutch comenzó su trabajo silencioso, reflejando los datos de las suites del penthouse de arriba.
– Debes ser la legendaria contadora –dijo una voz suave y culta desde su lado.
Briana se quedó helada. La voz tenía un acento fuerte, un lilt británico refinado y aristocrático con algo más oscuro y frío debajo. Bloqueó la pantalla de su teléfono al instante y se giró. A su lado estaba un hombre que parecía salido de la portada de una revista financiera depredadora. Era alto, delgado, con cabello plateado perfectamente peinado y ojos del color del hielo invernal. Llevaba una chaqueta de terciopelo que hablaba de dinero antiguo. Este era Elias Roth. La sangre de Briana se convirtió en agua helada. Había visto su dossier.
Elias Roth no era solo un asaltante corporativo. Era el fantasma detrás del sindicato de armas ilegales más grande de la costa este. Era el hombre que había orquestado la toma de control hostil de los puertos de Red Hook. Era el rival más odiado de Draos Murray.
– Señor Roth –dijo Briana, su voz firme, negándose a dejar que su tamaño o su reputación la intimidaran–. Me temo que no sé de qué está hablando. Soy archivista.
Elias se rió. Un sonido suave y escalofriante. Hizo una señal al bartender y pidió dos copas de Macallan vintage.
– ¿Archivista? Sí. Y yo soy solo un humilde inversor. Por favor, señorita Monroe, no insultemos la inteligencia del otro. Sé exactamente quién es usted, y más importante aún, sé exactamente lo que hace para Draos.
Deslizó un vaso de whisky hacia ella. Briana no lo tocó.
– No discuto los negocios de mi empleador –dijo fríamente.
– Su lealtad es loable –murmuró Elias, inclinándose ligeramente–. Pero está mal dirigida. Draos es un dinosaurio, un matón jugando con una calculadora. La usa para limpiar sus desastres, pero nunca la respetará realmente. Ciertamente no aprecia su belleza única. No como lo haría un hombre de cultura.
Briana se rió, un sonido genuino de diversión rompiendo su tensión.
– Si cree que halagar mi figura le dará acceso a los libros contables de Murray, está subestimándome gravemente, señor Roth.
Los ojos de Elias se estrecharon, un destello de irritación genuina cruzando sus rasgos pulidos.
– Es más astuta de lo que parece. No estoy aquí para seducirla por contraseñas, señorita Monroe. Estoy aquí para advertirle. Ha estado cavando en el Grupo Aegis. Ha estado rastreando los 84 millones. Está muy cerca de encontrar una verdad que la matará. No por mí, querida, sino por el hombre mismo al que está tratando de proteger.
– No estoy segura de entender…
– Draos Murray no mata a sus contadores. Draos Murray matará a cualquiera que descubra para qué se usó realmente ese dinero. ¿Cree que lo robé? ¿Cree que soy yo quien está sangrando su imperio? Oh, Briana, es brillante con los números, pero es dolorosamente ingenua sobre los monstruos para los que trabaja. Siga cavando, y descubrirá que la llamada viene de dentro de la casa.
Al otro lado de la habitación, Briana vio movimiento. Draos los había notado. Sus hombros anchos estaban tensos y se abría paso entre la multitud, sus hombres separando el mar de socialites con eficiencia despiadada. La rabia asesina en él era palpable incluso a 15 metros.
Elias notó la tormenta que se aproximaba y sonrió. Una expresión aterradora y triunfante.
– Ah. El perro celoso viene a reclamar su hueso.
– Váyase ahora –siseó Briana, agarrando su clutch con fuerza–. Si nos alcanza, habrá un baño de sangre en medio de este hotel, y ninguno de nosotros saldrá caminando.
– No le tengo miedo a Draos –dijo Elias con suavidad–. De hecho, creo que es hora de que le demos un buen espectáculo. Ha estado escondiéndola en las sombras, dejando que haga su trabajo sucio. Es hora de que usted salga a la luz.
Antes de que Briana pudiera reaccionar, el cuarteto de cuerdas hizo una transición perfecta a un vals lento y encantador. Elias Roth dio un paso adelante, invadiendo su espacio personal, y ofreció su mano.
– Baile conmigo, señorita Monroe –dijo lo suficientemente alto para que los invitados cercanos pudieran oír–. Demuéstrele a nuestro querido Draos que usted no es su propiedad.
Briana miró la mano extendida de Elias. El salón de baile a su alrededor pareció ralentizarse. Hizo el cálculo mental con la misma velocidad que aplicaba a los números de enrutamiento offshore. Si se negaba, creaba una escena. Elias sin duda convertiría su negativa en una confrontación pública ruidosa, forzando a Draos a intervenir violentamente. Un tiroteo en el Pierre traería al FBI, la SEC y la comisión sobre la familia Murray antes del amanecer. La unidad encriptada en su mano sería confiscada como evidencia.
Pero si aceptaba, si bailaba con el hombre que había intentado orquestar un atentado contra el hermano de Draos tres años antes, estaría cruzando una línea que nadie en el sindicato Murray había cruzado y vivido para contarlo.
Miró hacia arriba. Draos estaba a 10 metros. Se había detenido. La expresión en su rostro no era solo ira. Era una furia apocalíptica y devastadora. Sus ojos oscuros estaban fijos en ella, gritando silenciosamente una advertencia. “No lo toques.”
Briana tragó saliva. Necesitaba ganar tiempo para que la descarga en su teléfono se completara. Necesitaba saber lo que Elias quería decir sobre el dinero siendo un trabajo interno.
Con un movimiento lento y deliberado, Briana colocó su mano en la de Elias Roth. Un suspiro colectivo recorrió la vecindad inmediata. Los susurros se encendieron como maleza seca. ¿Está loca? Ese es Roth. Murray la va a asesinar en la pista.
Elias sonrió, un tiburón mostrando los dientes. La llevó firmemente hacia el centro de la pista de baile de mármol pulido. Briana se dejó llevar, sus pesadas faldas barriendo dramáticamente el suelo. Cuando él colocó su mano en su cintura, ella se estremeció internamente, pero mantuvo su postura rígida y regia.
– Una elección audaz –murmuró Elias mientras la guiaba en el ritmo del vals–. No estaba seguro de que tuviera el estómago para el verdadero peligro.
– Calculo riesgos para vivir, señor Roth –respondió Briana, manteniendo su voz baja, sus ojos fijos en el nudo de su corbata para evitar mirar a Draos–. Bailar con usted es un escenario de alto riesgo y baja recompensa, pero previene una masacre inmediata. Ahora hable. Mencionó que el dinero era un trabajo interno.
Elias se rió, girándola suavemente. Para un hombre de tal crueldad, bailaba con una gracia impecable y aterradora.
– Directa al grano. Admiro eso. Su jefe está al borde de la pista, por cierto. Parece que quiere despellejarme vivo. Es bastante intoxicante.
Briana no miró. Podía sentir la mirada de Draos quemando su carne, abrasando el aire a su alrededor. Podía sentir el silencio pesado y opresivo que caía lentamente sobre el salón de baile a medida que más y más invitados se daban cuenta de lo que estaba sucediendo. La música sonaba, pero la conversación había muerto. Eran un espectáculo. La contadora gorda y brillante atrapada en los brazos del enemigo mortal de su jefe.
– Los 84 millones –presionó Briana, su voz urgente. El peso de la mano de Elias en su cintura le provocaba escalofríos. Odiaba la proximidad física. Pero necesitaba la inteligencia. Si usted no lo desvió a través del Grupo Aegis, ¿quién lo hizo?
– Soy dueño del Grupo Aegis, sí –admitió Elias con suavidad, guiándola a través de un giro complejo que hizo que sus faldas esmeralda se abrieran maravillosamente–. Pero no robé el dinero de Draos. El dinero fue transferido a mis cuentas voluntariamente como pago.
Briana frunció el ceño, su mente acelerada.
– ¿Pago por qué? Murray no hace negocios con usted. Está prohibido por la comisión.
– No por Draos –dijo Elias, su voz cayendo a un susurro siniestro que le hizo cosquillas en el oído–. Por alguien muy cercano a él. Alguien que quería comprar mi silencio. Verá, Briana, Draos tiene un secreto. Un secreto tan oscuro, tan perjudicial para su posición con las cinco familias que su propia sangre me pagó 84 millones para enterrar la evidencia.
La respiración de Briana se detuvo.
– ¿Su propia sangre? ¿Quién?
– Piénselo, mi brillante archivista –se burló Elias, atrayéndola más cerca, presionando su pecho contra sus senos llenos en una muestra descarada de dominación destinada enteramente al hombre que los observaba–. ¿Quién tenía los códigos de acceso? ¿Quién autorizó las transferencias sombra? ¿Quién convenció a Draos de contratar a una forastera brillante pero desprevenida para auditar los libros, esperando que usted culpabilizara a mí?
Las piezas del rompecabezas financiero comenzaron a encajar en la mente de Briana con una claridad aterradora. Las direcciones IP en las transferencias bancarias, las marcas de tiempo que se alineaban perfectamente con los viajes de Draos a Palermo. Las firmas de autorización secundarias que había asumido que fueron falsificadas por hackers. Era Leo. Leo Murray, el hermano menor de Draos. El niño dorado del sindicato.
– Leo –exclamó Briana, el horror apareciendo en su rostro–. Leo le pagó para ocultar ¿qué?
– Para ocultar el hecho de que él es quien ordenó el asesinato de su padre hace 5 años –susurró Elias, sus ojos brillando con deleite malicioso–. Draos ha pasado media década cazando a los hombres que mataron al viejo. Torturó a mis hombres. Quemó mis almacenes. Y todo este tiempo, el hombre que ordenó el asesinato estaba sentado en su propia mesa de comedor.
Briana tropezó ligeramente, la revelación golpeándola como un golpe físico. Si esto era cierto, destrozaría a la familia Murray. Empezaría una guerra que pintaría las calles de Nueva York de rojo. Y ella era la que sostenía la cerilla.
– ¿Por qué me está diciendo esto? –preguntó Briana, recuperando el equilibrio, su corazón latiendo furiosamente contra sus costillas.
– Porque, querida, la memoria USB en su bolso está descargando actualmente la prueba final de mi servidor. La dejé entrar –sonrió Elias, una curva fría y calculadora de sus labios–. Quiero que se la lleve a él. Quiero que sea usted quien le rompa el corazón. Que vea que el imperio que construyó está construido sobre la sangre de su padre, derramada por su hermano.
La música comenzó a crecer, señalando el final del vals. Y cuando él se rompa, añadió Elias, su agarre en su cintura apretándose dolorosamente. Cuando su familia se desmorone, yo daré un paso adelante y tomaré todo lo que quede.
La música se detuvo. La nota final colgó en el aire, resonando en los altos techos. Briana se quedó congelada en los brazos de Elias. Toda la habitación estaba en silencio absoluto. Nadie aplaudía. Nadie se movía. Giró la cabeza lentamente. Draos ya no estaba al borde de la pista. Había cruzado la extensión de mármol durante su giro final. Estaba a menos de 60 centímetros de ellos.
La mirada en los ojos de Draos no era humana. Era la mirada de un depredador alfa que acababa de romper la cadena que lo contenía. Su mano descansaba casualmente dentro de su chaqueta de esmoquin, directamente sobre el agarre de su arma. Detrás de él, Tommy, Sal y otros cuatro hombres fuertemente armados habían formado un semicírculo, bloqueando efectivamente cualquier ruta de escape.
– Retire su mano de mi contadora, Elias –dijo Draos. Su voz no era un grito. Era un gruñido bajo y gutural que resonó en el silencio del salón de baile como una sentencia de muerte–. Antes de que la corte y se la dé de comer a los perros callejeros de Queens.
Elias sonrió lentamente, arrastrando su mano de la cintura gruesa de Briana con agonizante lentitud. Dio un paso atrás, levantando las manos en un gesto burlón de rendición.
– Solo un baile amistoso, Draos. La señorita Monroe es bastante ligera de pies para una mujer de su estatura.
Draos no miró a Elias. Ni siquiera reconoció el insulto. Sus ojos estaban fijos en Briana. Eran oscuros, tempestuosos, llenos de traición y furia posesiva.
– Ven aquí, Briana –ordenó Draos suavemente.
Briana respiró hondo. Se alejó de Elias, agarrando su bolso de noche, sintiendo el peso de la memoria USB en su interior. Caminó hacia Draos, el silencio en la habitación tan absoluto que podía oír el susurro de su propia seda. Sabía lo que tenía que hacer. Si esperaba hasta que estuvieran de vuelta en el complejo, Leo podría descubrir que tenía los datos. Leo podría matarla antes de que pudiera hablar.
Tenía que hacerlo ahora. Mientras tenía la atención total de Draos, incluso si esa atención estaba actualmente enfocada en asesinarla por bailar con el enemigo. Se detuvo justo frente a él. Draos la alcanzó, su mano grande y callosa agarrando su brazo desnudo con fuerza. La atrajo contra su pecho.
– Dame una razón –susurró Draos en su cabello, su voz vibrando con rabia–. Una razón por la que no debería arrastrarte fuera de aquí por el cabello y tirarte al East River por lo que acabas de hacer.
Briana inclinó la cabeza hacia arriba. No se encogió ante su ira. Presionó sus curvas suaves y llenas contra su marco rígido, obligándolo a sentir el latido rápido y aterrado de su corazón. Se inclinó, sus labios rozando el lóbulo de su oreja. La habitación observó, conteniendo la respiración, esperando que el jefe de la mafia golpeara a la mujer traicionera. En cambio, Briana pronunció el susurro sin aliento que convertiría su mundo en cenizas.
– No es Elias quien te está sangrando –susurró, su voz temblorosa, pero sus palabras afiladas como una navaja–. Es Leo. Él pagó los 84 millones para encubrir el asesinato de tu padre. Tengo la prueba en mi mano.
Acto 2 — La Revelación y la Confrontación
Draos Murray se quedó completamente rígido. Por un segundo agonizante, el tiempo se suspendió. La furia apocalíptica que irradiaba su cuerpo no se disipó. Mutó. La ira caliente y volátil de un amante celoso se congeló instantáneamente en el cero absoluto aterrador de un jefe traicionado.
Retiró lentamente la cabeza, sus ojos color pedernal escudriñando su rostro. Buscaba una mentira, un malentendido, un error de cálculo. Pero Briana no cometía errores con los números. Sus ojos oscuros eran amplios, aterrorizados, pero resueltos. Hizo un asentimiento microscópico, golpeando con su dedo manicurado el borde duro de su clutch descansando entre sus cuerpos.
Draos no miró a Elias Roth. No necesitaba hacerlo. Entendió instantáneamente la trampa que se había tendido. Elias había querido que sacara su arma en la pista de baile. Elias había querido una ejecución pública para desencadenar una guerra que los Murray no podían ganar.
– Tommy –dijo Draos, su voz llevando la calma inquietante del ojo de un huracán–. Nos vamos ahora.
– ¿Qué hay de Roth? –murmuró Sal, su mano retorciéndose hacia su cinturón.
– Déjenlo –ordenó Draos suavemente–. Es un fantasma. Que se atormente a sí mismo esta noche.
Sin otra palabra, Draos se giró, manteniendo a Briana tan cerca de su costado que podía sentir el ritmo pesado de su corazón contra sus costillas. El mar de la élite de Manhattan se apartó para ellos, su silencio una mezcla de asombro y puro terror.
El Maybach blindado los esperaba en la acera. Draos la empujó adentro, subiendo detrás de ella. Tommy tomó el asiento delantero, cerrando el divisor de golpe. La lluvia caía a cántaros mientras el coche se alejaba de la Quinta Avenida, dirigiéndose al sur hacia el Puente Verrazzano y la fortaleza de la finca Murray en Staten Island.
El silencio en el asiento trasero era sofocante. Briana se sentó rígidamente, su vestido de seda esmeralda recogido alrededor de sus caderas anchas. Apretó su bolso de noche como un salvavidas. Draos miraba por la ventana hacia la noche húmeda y resbaladiza, su perfil tallado en granito.
– Muéstramelo –dijo finalmente, su voz áspera.
Briana abrió su bolso con manos temblorosas. Sacó la memoria USB encriptada y su teléfono inteligente modificado. Sus dedos gruesos y ágiles volaron a través de la pantalla, evitando los cortafuegos iniciales. Conectó la unidad, trayendo los servidores reflejados del Grupo Aegis.
– Los 84 millones no fueron desviados en pequeños incrementos como un esquema de malversación –explicó, su voz cayendo en la cadencia clínica y calmante que usaba cuando trabajaba con datos complejos–. Fueron movidos en tres transferencias bancarias masivas. Mire las cadenas de enrutamiento.
Inclinó la pantalla hacia él. Se originaron en la Corporación Fantasma Murray en las Caimanes, pero las firmas de autorización no fueron falsificadas por un hacker externo. Fueron activadas por un código de autorización secundario interno.
Draos miró los números azules brillantes.
– ¿Mi código?
– No –dijo Briana suavemente–. La anulación secundaria, la establecida para la continuidad de operaciones en caso de su muerte o encarcelamiento. El código de Leo.
Draos miró la pantalla. La luz azul proyectaba sombras duras en su rostro.
– Rastree las fechas –continuó Briana, su corazón rompiéndose por el monstruo sentado a su lado–. 14 de octubre, 2 de noviembre y 1 de diciembre de 2021. El dinero fue enrutado a través de una cuenta bancaria suiza del Grupo Aegis. Draos cerró los ojos. 14 de octubre de 2021. El día en que su padre, Vincenzo Murray, fue acribillado a tiros frente a una panadería en Brooklyn.
– Leo pagó –susurró Draos, la realidad finalmente agrietando su armadura–. Mi propia sangre. Pagó a Elias para que proporcionara los tiradores y enterrara la evidencia. Vendió a nuestro padre por un asiento en la mesa.
– Y ahora está sangrando los fondos operativos para pagar a los capos –añadió Briana, su mente analítica armando el resto del rompecabezas–. Se está preparando para un golpe, Draos. Si puede comprar la lealtad de Tommy y los otros lugartenientes, no necesitará matarte. Puede votarte y dejar que la comisión maneje el resto.
Draos abrió los ojos. La vulnerabilidad se había ido, reemplazada por un vacío oscuro y sin fondo.
– Tommy es leal. Sal es un perro callejero, pero sigue a quien le da más carne. Si Leo tiene los activos líquidos del sindicato, Sal se volverá.
—
El Maybach atravesó las puertas de hierro de la finca Todt Hill. Guardias armados flanqueaban el camino de entrada, sus siluetas duras contra los reflectores. El coche se detuvo.
Draos no se movió de inmediato. Se giró hacia Briana, su mirada bajando a su boca, luego al profundo escote del vestido esmeralda, y finalmente a la curva suave y pesada de sus muslos.
– Caminaste hacia una habitación llena de lobos esta noche –murmuró Draos, la grava en su voz haciéndole cosquillas en el estómago–. Bailaste con un hombre que te colgaría del cuello solo para demostrar un punto. Todo para traerme esto.
– Hice mi trabajo, Draos –dijo ella, muy consciente de lo cerca que estaba.
– Fuiste más allá de tu trabajo, Briana –alcanzó, sus nudillos ásperos rozando la piel suave de su hombro desnudo–. Me elegiste a mí sobre él. Me elegiste a mí sobre huir.
– No huiría de ti.
– Deberías –dijo él, su pulgar trazando la línea de su clavícula–. Porque después de esta noche, las calles van a correr rojas, y tú estás justo en el centro del radio de la explosión.
Acto 3 — El Asedio
El interior del estudio privado de Draos era una clase magistral de academia oscura mezclada con pragmatismo despiadado. Estanterías de piso a techo forraban las paredes de caoba, llenas de primeras ediciones y libros contables encuadernados en cuero. El aire olía a papel viejo, bourbon caro y el tang metálico de la violencia inminente.
Briana había instalado inmediatamente su estación de mando en su enorme escritorio de roble. Se quitó los tacones Christian Louboutin, sus pies descalzos presionando la alfombra persa. No tenía tiempo para cambiarse de la pesada seda. Tenía tres computadoras portátiles abiertas, sus dedos gruesos volando sobre los teclados mientras ejecutaba rutas de rastreo, bloqueaba cuentas offshore y desviaba millones de dólares a billeteras encriptadas que solo ella y Draos sabían que existían. Estaba cortando el suministro de aire de Leo, una cuenta bancaria a la vez.
Draos estaba junto a la chimenea, una copa de Pappy Van Winkle en la mano. No había tomado ni un sorbo. Solo la observaba. Observaba la forma en que su frente se fruncía con concentración, la forma en que su boca carnosa se fruncía cuando encontraba un cortafuegos, la forma en que su cuerpo magnífico y sin disculpas ocupaba el espacio detrás de su escritorio, como si hubiera nacido para gobernar su imperio a su lado.
Durante años, Draos se había rodeado de mujeres delgadas y frágiles que no hacían preguntas y ofrecían nada más que distracción estética. Eran muñecas de porcelana, fáciles de romper y fáciles de reemplazar. Pero Briana era una fuerza de la naturaleza. Era sólida, brillante y completamente intrépida.
Cuando Elias la había tocado en esa pista de baile, un instinto posesivo primario y violento había estallado dentro de Draos. No solo había querido matar a Elias por el insulto. Había querido matarlo por atreverse a poner sus manos sobre lo que era suyo. Y ella era suya. Lo supo con absoluta certeza mientras observaba el resplandor de los monitores iluminar su piel oscura e impecable.
Dejó la copa sobre la repisa con un chasquido agudo. Caminó alrededor del escritorio, deteniéndose justo detrás de su silla de cuero. Briana detuvo su escritura, su respiración se detuvo al sentir el calor irradiando de su gran figura. Draos colocó sus manos sobre sus hombros desnudos, sus pulgares presionando los músculos suaves y tensos en la base de su cuello. Un escalofrío recorrió su cuerpo, grueso y pesado.
– ¿Están las cuentas congeladas? –preguntó él, su voz un retumbo bajo vibrando contra su espalda.
– Casi –respondió Briana, su voz ligeramente sin aliento–. He bloqueado las Caimanes y los frentes inmobiliarios de Miami. Estoy encriptando la nómina del puerto de Red Hook. Si Leo intenta retirar dinero para pagar a los capos mañana, va a encontrar un saldo cero.
Draos deslizó lentamente sus manos por sus brazos antes de envolverlas alrededor de su cintura desde atrás. Atrajo su silla hacia atrás ligeramente, forzándola a recostarse contra su pecho sólido. Sus manos se extendieron sobre su estómago, sus dedos hundiéndose posesivamente en la carne gruesa y suave de su cintura.
– Te tocó aquí –susurró Draos, presionando sus labios contra la corona de su cabeza–. Quería arrancarle la garganta con mis propias manos.
Briana cerró los ojos, una calidez pesada e intoxicante extendiéndose por sus venas.
– Tuve que dejarlo, Draos. Era la única manera de que hablara sin causar un tiroteo.
– Lo sé –murmuró Draos, girando la silla para que ella lo enfrentara. Se arrodilló frente a ella. Una acción tan sumisa, tan extraña para un hombre de su estatura, que Briana soltó un pequeño gasp. La miró, sus ojos color pedernal ardiendo con un fuego oscuro y consumidor. Apoyó sus manos en sus muslos anchos, alisando la seda esmeralda sobre sus curvas.
– Eres la persona más inteligente que he conocido, Briana –dijo en voz baja–. Y sin duda, la más hermosa. Me anclas cuando todo lo demás se quema. Eres la única cosa que tiene sentido.
Briana lo alcanzó, sus dedos temblorosos rozando un mechón de cabello oscuro de su frente.
– Draos, Leo es tu hermano. ¿Qué vas a hacer?
La suavidad en los ojos de Draos se desvaneció instantáneamente, reemplazada por la glacial crueldad que lo había convertido en el jefe.
– Dejó de ser mi hermano el día que puso una bala en el pecho de nuestro padre. Es un tumor, y un tumor debe ser extirpado antes de que mate al huésped.
Antes de que Briana pudiera responder, las pesadas puertas de caoba del estudio se abrieron de golpe. Tommy estaba en el umbral, su chaqueta de esmoquin desechada, una subametralladora cruzada sobre su pecho. Sangraba por un corte sobre su ceja izquierda.
– ¡Jefe! –jadeó Tommy, su pecho subiendo y bajando–. Tenemos un problema masivo. Leo se movió temprano. No esperó a la mañana. Sus leales acaban de atacar la sala de conteo del centro. Masacraron a los guardias. Pero eso no es lo peor.
Tommy miró directamente a Briana, su expresión sombría.
– Leo sabe que salimos temprano de la gala. Sabe que Elias estaba hablando contigo. Sabe que tienes la unidad. Está viniendo por ti.
– ¿Dónde está? –exigió Draos.
– Acaba de violar el perímetro inferior de la finca. Trajo 30 hombres, Draos. Artillería pesada. Están eliminando a los guardias exteriores ahora mismo. Viene por la sala de servidores. Viene por ella.
Briana sintió que la sangre se drenaba de su rostro. 30 hombres armados. La fortaleza era impenetrable desde el exterior, pero si Leo tenía los códigos de seguridad, podía evitar las puertas principales.
– ¿Tiene los códigos de anulación interna? –preguntó Briana urgentemente, levantándose de la silla.
– Sí –asintió Tommy–. Está evitando las cerraduras electrónicas en la planta baja en este momento.
– Entonces puedo encerrarlo –dijo Briana, su voz estabilizándose mientras la adrenalina se activaba. El miedo se evaporó, reemplazado por una lógica fría y dura–. El sistema de seguridad de la finca está vinculado al mismo servidor principal que los servidores financieros. Si puedo acceder a la cuadrícula arquitectónica, puedo anular su anulación. Puedo cerrar las puertas blindadas en los niveles inferiores y atrapar a sus hombres en los pasillos.
Draos se giró hacia ella, sus ojos ardiendo con una mezcla de orgullo y feroz protección.
– ¿Cuánto tiempo?
– 3 minutos –dijo Briana, arrojándose de nuevo a la silla de cuero y abriendo una nueva ventana de terminal–. Pero tengo que reiniciar el cortafuegos para cambiar los privilegios de administrador maestro. Durante ese reinicio, el sistema estará ciego. Las puertas estarán abiertas.
– Consígueme esos 3 minutos, B –dijo Draos, armando su propia arma. Miró a Tommy–. Toma las escaleras. Mantén el segundo piso. Nadie pasa el vestíbulo de mármol. Nadie.
– Entendido, jefe –dijo Tommy, desapareciendo en el pasillo.
Draos se volvió hacia Briana. Se inclinó, agarrando la nuca de ella, y presionó un beso duro y brutal contra sus labios. Sabía a whisky caro, violencia desesperada y una promesa.
– Cierra las puertas, Briana –ordenó, separándose–. Y pase lo que pase, no salgas de esta habitación.
Salió al pasillo, cerrando las pesadas puertas de caoba detrás de él. La cerradura encajó en su lugar. Briana estaba sola.
El sonido de disparos lejanos resonó desde la planta baja. Un pop pop pop sordo y aterrador que hizo temblar los candelabros antiguos. No se inmutó. Miró la pantalla, sus dedos gruesos volando sobre el teclado, reescribiendo el código que atraparía a los traidores en su propia jaula.
2 minutos y 40 segundos. Los números se difuminaron en la pantalla. Presionó la secuencia de reinicio. La habitación se sumió en la oscuridad mientras los generadores de respaldo se activaban. Los monitores eran la única fuente de luz, proyectando un resplandor azul intenso sobre su rostro aterrorizado.
1 minuto y 30 segundos. Los disparos se acercaban. Podía oír gritos, el golpe pesado de botas en la escalera de mármol. Draos estaba manteniendo la línea.
45 segundos. Una explosión repentina y ensordecedora sacudió la finca. Los tablones del suelo bajo los pies descalzos de Briana temblaron. Libros cayeron de los estantes. Polvo llovió del techo. Habían volado la barricada secundaria.
20 segundos. “Vamos, vamos” –susurró Briana, observando la barra de progreso arrastrarse por la pantalla.
De repente, las pesadas puertas de caoba del estudio vibraron violentamente. Alguien giraba el picaporte. Cuando no se abrió, una bota pesada pateó la madera, astillando el marco.
10 segundos.
– ¡Briana! –gritó una voz desde el pasillo. No era Draos. Era Leo.
– Abre la puerta, gorda, o dispararé a través de la cerradura.
El dedo de Briana se cernió sobre la tecla de ejecución. Miró la puerta astillada. No se escondió. No se acurrucó debajo del escritorio. Se sentó erguida en la silla de cuero, la seda esmeralda drapeada a su alrededor como una armadura, y presionó el botón.
Acceso concedido. Puertas blindadas activadas.
Un sonido metálico masivo resonó a través de las paredes de la finca mientras las puertas de seguridad de acero de 10 centímetros de grosor se cerraban en cada pasillo de los niveles inferiores, sellando la finca como una tumba.
Pero era demasiado tarde para el estudio. Con un golpe ensordecedor, la cerradura cedió y Leo Murray pateó las puertas de caoba, una pistola humeante en su mano.
Acto 4 — La Confrontación Final
Leo entró en el estudio, respirando con dificultad. Su esmoquin Brioni personalizado estaba rasgado en el hombro, cubierto de polvo de yeso y salpicado con la sangre de alguien más. En su mano derecha, sostenía una Glock 19 con supresor. El cañón apuntaba directamente al pecho de Briana.
Ya no parecía el niño dorado de la familia Murray. Su rostro guapo estaba torcido en una máscara de desesperación maníaca.
– Levanta el bloqueo –ordenó Leo, su voz quebrada por el pánico. Avanzó hacia el escritorio, el arma firme–. Levanta el bloqueo ahora mismo, gorda, o pintaré la pared con tus sesos.
Briana no gritó. No se cubrió el rostro ni se arrojó debajo del pesado escritorio de roble. Permanació sentada en la silla de cuero de Draos, la seda esmeralda oscura extendida alrededor de sus caderas anchas. Su corazón latía un ritmo frenético y aterrador contra sus costillas, pero su mente estaba terriblemente clara.
Miró el arma, luego los ojos salvajes y ensangrentados del hombre que había vendido a su propia sangre.
– No puedo hacer eso, Leo –dijo Briana con suavidad, su voz un contraste clínico con su histeria–. Las puertas blindadas están cableadas en la cuadrícula arquitectónica. La secuencia de reinicio bloqueó el servidor principal. Incluso si quisiera abrirlas, el sistema requiere una autorización de escaneo biométrico dual que requiere a Draos.
– ¡Mentirosa! –gritó Leo, golpeando el escritorio con su puño izquierdo, enviando una pila de libros contables al suelo–. Tú controlas los servidores. Abre las puertas para que mis hombres puedan subir.
– Tus hombres no van a subir, Leo. E incluso si lo hicieran, ya no lucharían por ti –respondió Briana, inclinándose ligeramente hacia adelante, sus pechos pesados y suaves apoyados en el borde del escritorio. Giró el monitor principal hacia él–. Mira la pantalla.
Los ojos de Leo se desviaron a los números azules brillantes, su arma aún apuntando a su cabeza.
– Esa es la cuenta de nómina del puerto de Red Hook –explicó Briana con calma, señalando la pantalla con un dedo manicurado–. Esa es la Corporación Fantasma de las Caimanes. Y ese es el Fondo de Tenencia Inmobiliaria de Miami. Esos eran tus activos líquidos, el dinero que prometiste a los mercenarios de abajo.
Leo miró el texto rojo parpadeante junto a cada cuenta. Saldo: Cero.
– Los vacié –dijo Briana, sus ojos oscuros fijos en los suyos–. Cada centavo que planeabas usar para comprar el trono de Murray ha sido enrutado a una billetera sombra encriptada con una clave alfanumérica de 24 caracteres que solo yo poseo. Estás en bancarrota, Leo. No puedes pagar a los hombres atrapados abajo. Y los mercenarios no mueren gratis.
El color se drenó del rostro de Leo. La comprensión lo golpeó con la fuerza de un tren de carga. Sin el dinero, no tenía influencia. Era solo un traidor atrapado en la fortaleza de su hermano.
– Arruinaste todo –susurró Leo, su mano temblando mientras apretaba el arma–. Mi padre era débil. Estaba perdiendo territorio ante los rusos. Elias Roth me ofreció una sociedad, una forma de modernizar esta familia. Y todo lo que tenía que hacer era pasar sobre el cadáver del viejo. Me gané este imperio, y no voy a dejar que una contadora glorificada me lo quite.
Levantó el arma, apuntando directamente al centro de la frente de Briana.
– Di adiós, Briana.
– Bájala, Leo.
La voz llegó desde las sombras del umbral, más baja que un susurro, pero llevaba el peso de una sentencia de muerte. Leo se congeló. No se giró. Conocía esa voz.
Draos entró en el estudio, pisando el umbral destrozado. Su chaqueta Tom Ford azul medianoche había desaparecido, su camisa blanca rasgada y empapada en sangre en el lado izquierdo, aunque se movía sin inmutarse. En su mano, sostenía una Kimber 1911, apuntando directamente a la nuca de su hermano.
– Los hombres de abajo están muertos –dijo Draos con voz plana–. O suplicando a Tommy una muerte rápida. Solo estamos tú y yo ahora, hermano pequeño.
– ¡Vació las cuentas, Dom! –gritó Leo, su voz quebrándose–. ¡Está robando el dinero de la familia! Subí para detenerla.
– No insultes mi inteligencia, Leo. Y no te atrevas a levantarle la voz a ella –gruñó Draos, entrando lentamente en la habitación. Sus ojos color pedernal estaban muertos, despojados de toda calidez familiar–. Sé lo de Elias Roth. Sé lo de los 84 millones. Y sé lo del 14 de octubre.
Los hombros de Leo se hundieron. La mentira se evaporó. Lentamente, giró la cabeza, mirando al hermano mayor que prácticamente lo había criado.
– Dom, escúchame. El viejo nos estaba destruyendo. Se negaba a adaptarse. Elias tenía las conexiones, los políticos, los jueces. Fue una decisión de negocios.
– Era nuestro padre –dijo Draos, su voz rompiéndose por una fracción de segundo antes de endurecerse en acero–. Sangró por esta familia. Sangró por ti.
– ¡Y yo sangré por este sindicato! –rugió Leo, apartando el arma de Briana y apuntándola directamente al pecho de Draos–. ¡Hice lo que había que hacer para convertirnos en reyes!
– No nos hiciste reyes. Nos hiciste los títeres de Elias Roth –dijo Draos con frialdad.
Por un segundo, el estudio quedó en silencio absoluto. Dos hermanos sobre las ruinas de su imperio. Armas levantadas. El dedo de Leo se tensó en el gatillo. Abrió la boca. Quizás para disculparse, quizás para gritar una maldición final. Draos no le dio la oportunidad.
Dos disparos ensordecedores sonaron en rápida sucesión. Las balas .45 alcanzaron a Leo en el pecho. La fuerza del impacto lanzó al Murray más joven hacia atrás, rompiendo el vidrio de la vitrina detrás de él. Se derrumbó en el suelo, la Glock deslizándose de su mano sin vida sobre la alfombra persa.
Draos se quedó congelado, su arma aún levantada, el humo saliendo perezosamente del cañón. Miró el cuerpo sin vida del niño al que había enseñado a andar en bicicleta, al niño que había jurado proteger. Lentamente, la Kimber se deslizó de su agarre, golpeando el suelo con un golpe sordo. Cayó de rodillas, sus manos cubriendo su rostro, un sonido crudo y dentado arrancado de su garganta. No era un llanto. Era el sonido del alma de un hombre partiéndose por la mitad.
El silencio que siguió fue sofocante. Briana se levantó de la silla de cuero. Sus piernas temblaban, pero se obligó a dar un paso. Luego otro. La seda pesada de su vestido esmeralda se extendió sobre los libros contables dispersos y el vidrio roto mientras cruzaba la habitación hacia donde el hombre más temido de Nueva York estaba arrodillado en el suelo. Roto.
No dudó. No se apartó de la sangre que se acumulaba alrededor del cuerpo de Leo. Briana se arrodilló justo frente a Draos. Lo alcanzó, sus manos suaves y gruesas apartando suavemente las manos grandes y callosas de su rostro.
– Se fue –susurró Draos, las palabras ásperas–. Maté a mi propia sangre.
– Ejecutaste a un traidor que asesinó a tu padre –corrigió Briana, su voz firme, anclándolo a la realidad, igual que anclaba sus libros contables caóticos.
Se acercó más, envolviendo sus brazos alrededor de sus hombros anchos, atrayendo su rostro contra la curva suave y pesada de su cuello.
– Protegiste a tu familia. Lo que quedaba de ella.
Draos hundió su rostro en su piel, respirando el aroma de su perfume y el tang metálico de la adrenalina. Envolvió sus brazos masivos alrededor de su cintura gruesa, aferrándose a su cuerpo sólido, como si ella fuera la única cosa que lo mantenía alejado del abismo.
Por un largo momento, el único sonido en el estudio arruinado era la respiración entrecortada del jefe de la mafia y el latido constante y calmante de su contadora.
Acto 5 — La Nueva Era
10 minutos después, pasos pesados resonaron en el pasillo. Tommy apareció en el umbral, pisando la madera astillada. Miró el cuerpo de Leo, su expresión endureciéndose antes de mirar a Draos y Briana en el suelo.
– El perímetro está asegurado, jefe –dijo Tommy en voz baja, respetuosamente, apartando la mirada–. Sal volvió su arma contra los hombres de Leo en el momento en que se dio cuenta de que el dinero había desaparecido. Los sobrevivientes están asegurados en el sótano. La policía ha sido desviada por la oficina del alcalde. Se acabó.
Draos respiró hondo, extrayendo fuerza de la mujer que lo sostenía. Lentamente se apartó, sus manos descansando suavemente en sus muslos anchos. La vulnerabilidad desapareció, reemplazada una vez más por la armadura inquebrantable del jefe. Se levantó, ofreciendo su mano a Briana. Ella la tomó, permitiéndole levantarla. Se alisó el vestido, erguida e imponente a su lado.
– Llama a los limpiadores –ordenó Draos a Tommy, su voz de vuelta a su habitual grava aterradora–. Y envía un mensaje a la comisión. Diles que la familia Murray ha pasado por una reestructuración. Cualquier negocio previamente realizado a través de Leo es nulo.
– ¿Y qué hay de Elias Roth? –preguntó Tommy, una sonrisa salvaje tocando sus labios.
Draos se giró hacia Briana. La alcanzó, su pulgar trazando suavemente la línea de su mandíbula.
– A Elias Roth le gusta jugar con números. Le gusta destruir a la gente a través de sus cuentas bancarias. Miró profundamente sus ojos oscuros–. ¿Cuánto tiempo tomará desmantelar el Grupo Aegis y dejarlo en bancarrota por completo?
Briana sintió que una sonrisa lenta y peligrosa se extendía por sus labios. La adrenalina de la noche había quemado su miedo, dejando una claridad fría y brillante.
– Dame 72 horas –dijo Briana, su voz goteando confianza letal–. Expondré sus corporaciones fantasma a la SEC, activaré un congelamiento automático de sus tenencias suizas y enrutaré sus fondos operativos a un fideicomiso ciego que nunca podrá tocar. No tendrá suficiente dinero para comprar una taza de café, y mucho menos para pagar a sus mercenarios para que lo protejan.
El pecho de Draos retumbó con una risa oscura y triunfante. La atrajo contra él, sin importarle la sangre o el polvo. La besó, un reclamo territorial duro y consumidor que selló su destino y el de ella.
– Tommy –dijo Draos contra sus labios–. Informa a los capos. Briana ya no es solo nuestra contadora. A partir de este momento, ella tiene las llaves del imperio. Cualquiera que la falte al respeto, cualquiera que cuestione su autoridad, responde a mí.
Tommy asintió profundamente.
– Entendido, jefe.
Mientras Tommy salía a ejecutar las órdenes, Draos presionó su frente contra la de Briana. Se quedaron allí, en medio de los restos de la traición y la muerte, rodeados de vidrio roto y sangre derramada. Pero cuando Briana miró sus ojos, no vio a un monstruo. Vio a un rey que finalmente había encontrado a su reina.
Había caminado hacia la guarida del león como un blanco, confiando en que sus números actuarían como su armadura. Pero ahora no necesitaba armadura. Ella era la que controlaba a los leones.