La Contable que la Mafia Enterró Viva y Despertó como su Reina

La Contable que la Mafia Enterró Viva y Despertó como su Reina

ACTO 1: LA CONTINUACIÓN INMEDIATA

El interior del coche era un santuario de silencio. Naomi yacía en el asiento trasero de cuero, su cabeza apoyada en el regazo de alguien, aunque no podía decir quién. El olor a bergamota y algo metálico llenaba sus pulmones. La oscuridad se cerraba a su alrededor, y la única sensación era la del movimiento suave del vehículo y el calor que emanaba del cuerpo junto a ella.

—No duermas —una voz grave dijo cerca de su oído. Era Gaston. — Si te duermes, podrías no despertar.

Naomi intentó abrir los ojos, pero sus párpados pesaban como plomo. Su mandíbula latía con un dolor sordo y constante, y cada respiración era un recordatorio de sus costillas rotas.

—¿Dónde…? —logró murmurar.

—A salvo —respondió él, su tono frío y medido.— Por ahora.

El coche se detuvo. Naomi sintió que la levantaban, que la llevaban a través de un espacio abierto y luego a un ascensor. El viaje vertical fue breve, y cuando las puertas se abrieron, el aroma a antiséptico y ropa de cama limpia la envolvió.

—Doctor, encárguese de ella.

La última palabra que escuchó antes de que la oscuridad la reclamara por completo fue el sonido de una puerta cerrándose.

Cuando despertó, el techo era blanco y perfecto. No había manchas de agua, no había yeso descascarillado. El aire era fresco y olía vagamente a antiséptico y lino caro.

—No me movería —dijo una voz.

Naomi giró la cabeza, luchando contra la rigidez en su cuello. Un hombre de unos 50 años, con un cárdigan gris y gafas con montura dorada, estaba sentado en un sillón de cuero en la esquina. Tenía un historial médico en su regazo.

—Dos costillas fracturadas, una rota —dijo el hombre, levantándose.— Radio fracturado en el brazo izquierdo, conmoción cerebral menor, contusiones extensas en tejidos profundos. Tiene suerte de que fueran descuidados.

—¿Quién es usted? —la voz de Naomi era ronca, raspando contra su garganta.

—Dr. Aris. Trabajo para el señor Patel. —Colocó un vaso de agua en la mesilla de noche.— Tome la pastilla. Es para la hinchazón.

Naomi miró la pastilla, luego la pesada puerta de roble al otro lado de la habitación.

—¿Dónde estoy?

—A salvo —repitió el médico con suavidad.— Por ahora.

La puerta se abrió antes de que Naomi pudiera hacer otra pregunta. Gaston Patel entró. Sin su abrigo, parecía más delgado, más depredador. Llevaba una camisa blanca impecable, las mangas arremangadas hasta los codos, revelando antebrazos con cordones de músculo y tinta desvaída. No miró al médico. Sus ojos, de un tono café tan oscuro que parecían café negro, se fijaron en Naomi.

—Déjanos, Doc —dijo Gaston.

El Dr. Aris asintió y salió de la habitación, cerrando la pesada puerta con un clic silencioso. El silencio que dejó a su paso era sofocante.

Gaston caminó hasta el pie de la cama y se apoyó en uno de los postes de madera, cruzando los brazos. La estudió. No la estaba mirando con lujuria. Era la evaluación clínica de un mecánico mirando un motor dañado.

—Has estado dormida 36 horas —dijo Gaston.— Los hombres de Britt han estado revolviendo el sur de la ciudad, buscando un cuerpo. Parecen bastante decepcionados de no haber encontrado uno.

Naomi se incorporó sobre su codo bueno. La habitación dio vueltas, pero se negó a permanecer acostada mientras él se cernía sobre ella. Odiaba la sensación de ser pequeña.

—Entonces, ¿robaste la basura de Britt?

—No trato con basura, señorita Jackson —dijo Gaston, su voz plana.— Trato con influencia.

—No tengo nada que usted quiera.

Gaston soltó una risa corta y cínica.

—Llevaste los libros de la empresa de importación de Stewart durante 2 años. Sabes exactamente cuánto producto mueve, dónde lo almacena y a qué oficiales de aduanas está sobornando.

—Si sabe lo que hice, sabe por qué intentó matarme —dijo Naomi, aferrándose a las sábanas de alto hilo.— Descubrí que estaba estafando a sus proveedores. Intenté irme. No le gustó.

—Britt es un bruto —dijo Gaston, caminando lentamente alrededor de la cama. Se detuvo cerca de la mesilla, recogiendo el vaso de agua y la pastilla. Se lo ofreció.— Resuelve problemas matemáticos con un martillo. Por eso va a perder su territorio. Pero su territorio no caerá hasta que corte sus líneas de suministro. Tú me vas a decir exactamente cómo hacerlo.

Naomi miró la pastilla en su mano. No la tomó.

—¿Y si no lo hago? ¿Me devuelve al callejón?

Los ojos de Gaston se entrecerraron ligeramente. Dejó el agua, dejando la pastilla en el posavasos.

—Si quisiera lastimarte, Naomi, no estarías despertando en una cama que cuesta más que tu salario anual. Estarías despertando en un sótano. Eres una mujer inteligente. Sobreviviste 2 años en la órbita de Stewart. No te hagas la tonta ahora.

—No me estoy haciendo la tonta —respondió, ignorando el agudo dolor en su pecho.— Estoy negociando. Quieres mi cerebro. Quieres los números que tengo en mi cabeza. Bien, pero sé cómo funcionan los hombres como tú. En el momento en que te dé lo que quieres, pierdo mi valor, y las cosas sin valor en este mundo desaparecen.

Gaston inclinó la cabeza. Por primera vez, una chispa genuina de interés brilló en sus ojos oscuros. Se inclinó, colocando ambas manos sobre el colchón, acorralándola. Olía a bergamota y algo metálico y afilado.

—¿Crees que estás en posición de negociar? —murmuró.

—Creo —dijo Naomi, su voz temblorosa pero negándose a romperse— que si Britt me atrapa, estoy muerta. Si te doy todo ahora, soy inútil, lo que significa que estoy muerta. No tengo nada que perder, señor Patel. Así que sí, estoy negociando.

Gaston sostuvo su mirada por un largo y pesado momento. No estaba acostumbrado a la desobediencia, ni de sus hombres, ni ciertamente de una mujer maltratada en una cama de hospital. Se enderezó, sacando un encendedor plateado de su bolsillo y girándolo entre sus dedos.

—Descansa, Naomi —dijo en voz baja, girándose hacia la puerta.— Mañana, vas a demostrarme que vales la pena el problema que he invitado al mantenerte con vida.

ACTO 2: CONTEXTO Y ESCALADA

La casa de seguridad era una fortaleza disfrazada de ático. Durante los tres días siguientes, Naomi aprendió la distribución a través de caminatas limitadas y dolorosas. Ventanas de piso a techo ofrecían una vista panorámica del horizonte de la ciudad, pero el vidrio era a prueba de balas y el ascensor requería un escáner biométrico. Siempre había al menos tres hombres en el apartamento.

Hombres silenciosos y fuertemente armados que la ignoraban por completo, tratándola como un mueble que Gaston no había decidido dónde colocar aún.

En la cuarta noche, los moretones en su rostro habían pasado de un morado furioso a un amarillo verdoso enfermizo. Podía respirar sin jadear, aunque una respiración profunda todavía se sentía como una aguja en las costillas.

Encontró a Gaston en el comedor. El espacio estaba dominado por una enorme mesa de caoba. Gaston estaba sentado a la cabecera, bebiendo un líquido ámbar, con un despliegue de documentos frente a él. La única luz provenía de una lámpara de araña baja, proyectando sombras afiladas en los planos angulosos de su rostro.

No levantó la vista cuando ella entró. Solo deslizó una carpeta a través de la madera pulida.

—Siéntate —ordenó.

Naomi tiró de una silla a mitad de la mesa, manteniendo su distancia. Se sentó con cuidado, protegiendo su brazo izquierdo.

—¿Qué es esto?

—Manifiestos de envío —dijo Gaston, dando un sorbo lento a su bebida.— De los muelles de los últimos 3 meses. Mis analistas dicen que Stewart está moviendo el 60% de su carga a través del Muelle 4. Los números no cuadran.

Naomi abrió la carpeta con su mano buena. Escaneó la hoja superior. Columnas de cifras, fechas y tonelaje. Le tomó menos de 30 segundos ver la mentira. Era una mentira descuidada. Britt siempre había sido arrogante.

—Tus analistas están mirando la columna equivocada —dijo Naomi con tono plano.

Gaston hizo una pausa, su vaso a medio camino de su boca.

—Explícate.

—Britt no mueve el producto pesado a través del Muelle 4. Mueve la mercancía legítima allí: electrónica, textiles. Es un señuelo. —Naomi señaló una secuencia de números, deslizando el papel de vuelta hacia él.— Mira los pesos de los contenedores. Son perfectamente consistentes. Demasiado perfectos. Los envíos reales fluctúan debido a los materiales de embalaje y el inventario variado. Estos pesos son exactos porque son cargas ficticias.

—¿El producto real entra a través de la marina privada del East River, disfrazado como provisiones de yates de lujo?

Gaston la miró fijamente. El silencio se extendió, grueso y pesado. Recogió el papel, sus ojos recorriendo los números que ella había resaltado.

—¿Lo está moviendo a través del East River? —preguntó Gaston, su voz peligrosamente baja.— ¿El territorio supuestamente controlado por la familia Rossi?

—Britt les paga un arancel —confirmó Naomi.— Uno alto, el 20% de la parte superior. Lo odia, pero evita que usted mire allí.

Gaston arrojó el papel. Se recostó en su silla, mirando al techo por un largo momento. Cuando volvió a mirar a Naomi, la frialdad había desaparecido, reemplazada por un calor agudo y calculador. Ella acababa de entregarle la llave para romper a su mayor rival.

—¿Por qué no me dijiste esto ayer? —preguntó.

—Porque ayer mi cabeza todavía se sentía como si fuera a abrirse —dijo Naomi, sosteniendo su mirada.— Y porque necesitaba saber si realmente ibas a escuchar o simplemente a golpeármelo como habría hecho Britt.

Gaston se levantó. Caminó alrededor de la mesa, el pesado silencio de la habitación amplificando el sonido de sus pasos. Se detuvo detrás de su silla. Naomi se obligó a no estremecerse mientras se inclinaba, apoyando las manos en el respaldo de su asiento.

—No golpeo a las mujeres, Naomi —dijo, su voz un rugido grave cerca de su oído.— Destruyo hombres. Hay una diferencia.

—Quiero un trato —dijo ella, mirando al frente hacia los documentos restantes.

—Ya estás viva.

—Eso fue un pago inicial —corrigió, su voz firme a pesar de la adrenalina que corría por sus venas.— Quieres desmantelar toda la red de Britt. Yo construí la arquitectura de su lavado de dinero. Conozco cada cuenta offshore, cada empresa fantasma, cada funcionario corrupto en su nómina. Si tomas la marina, él simplemente canalizará el dinero a otra parte. Me necesitas para quemar su dinero.

Gaston caminó hacia su lado, apoyándose contra el borde de la mesa. La miró.

—¿Y qué quieres a cambio? ¿Dinero? ¿Un boleto de avión fuera de la ciudad?

—Quiero protección —dijo Naomi. Levantó la vista hacia él, sus ojos fieros.— Britt no dejará de buscarme. Y cuando golpees su marina, sabrá que fui yo quien filtró la información. Quiero la garantía de que cuando esto termine, no me entregues de vuelta a él para saldar un agravio.

Gaston estudió su rostro, los moretones amarillentos, el labio partido que apenas comenzaba a sanar, la absoluta falta de miedo en sus ojos. Había pasado mucho tiempo desde que alguien lo había mirado sin terror ni adulación.

—Tienes una alta opinión de ti misma —notó Gaston.

—Sé mi valor.

Extendió la mano, su pulgar rozando suavemente la piel sin moretones de su pómulo. El toque era sorprendentemente gentil, un marcado contraste con la violencia que irradiaba de él. Naomi se congeló, su respiración se atascó en su garganta, pero no se apartó.

—Tienes tu trato, Naomi —dijo Gaston en voz baja.— Trabajas para mí ahora. Quemas a Britt Stewart hasta los cimientos y haré que nunca vuelva a tocarte. Pero entiende esto. —Se inclinó más cerca, sus ojos oscuros fijos en los de ella.— Me perteneces ahora. No huyes. No te escondes. Y si intentas desviar fondos de mis libros, no te dejaré en un callejón bajo la lluvia.

—No desvié de él —dijo Naomi con fiereza.— Y no te robaré a ti. Solo quiero sobrevivir.

—Bien —susurró Gaston. Se enderezó, recogiendo su vaso de whisky.— Pongámonos a trabajar.

ACTO 3: ASCENSO AL CLÍMAX

Dos semanas después, el brillo de tres monitores de alta resolución despojaba el color restante del rostro de Naomi. El yeso pesado en su brazo había sido reemplazado por una férula de fibra de carbono rígida, y los moretones amarillos en su mandíbula se habían desvanecido a una sombra apagada. Estaba sentada en un escritorio de vidrio en una habitación sin ventanas en el interior del ático de Gaston, rodeada de tazas de espresso vacías y pilas de discos duros descifrados.

Desmantelar un imperio no parecía un tiroteo. Parecía un cursor parpadeante.

Naomi escribió una cadena de comandos en la terminal. No solo estaba borrando el dinero de Britt Stewart. Lo estaba redirigiendo, creando cuentas fantasma en las Islas Caimán, haciendo rebotar los fondos a través de empresas fantasma en Delaware y Chipre antes de dejarlos desaparecer en el éter digital.

Toda la operación de Britt se basaba en el flujo de efectivo. Necesitaba activos líquidos para pagar a sus sicarios, sobornar a la autoridad portuaria y mantener contenta a la familia Rossi. Sin efectivo, la lealtad en el inframundo se evaporaba de la noche a la mañana.

Gaston estaba en el umbral. Rara vez anunciaba su presencia, pero Naomi había aprendido a sentir el cambio en el aire cuando entraba en una habitación. El ruido ambiental parecía disminuir. No se giró, manteniendo sus ojos fijos en los números que rodaban.

—La marina ardió anoche —dijo Gaston. Su voz era un zumbido grave sobre el sonido de su tecleo. Los dedos de Naomi se detuvieron sobre el teclado.

—¿Encontraron el envío?

—Cuatro toneladas de producto sin refinar. Dos de los principales lugartenientes de Britt. Thomas los dejó atados a las columnas de dirección de sus propios camiones para que los federales los encontraran.

Gaston entró en la habitación, el aroma de lluvia fría y lana cara detrás de él. Se detuvo detrás de su silla, mirando por encima de su hombro las pantallas.

—La familia Rossi está furiosa. Britt no pagó su arancel esta mañana. Intentó pagarles en garantía, pero no aceptan pagarés. Lo van a presionar —dijo Naomi, reanudando su trabajo.— Tendrá que liquidar sus activos legítimos para cubrir sus deudas: bienes raíces, clubes nocturnos.

—Que es exactamente lo que estás dejando sin liquidez —notó Gaston.

—Congelé las cuentas de depósito hace 10 minutos —confirmó. Golpeó la tecla Enter con un clic agudo y decisivo. La pantalla parpadeó en verde.— No puede vender las propiedades. Las empresas holding están marcadas para auditoría del IRS. Está atrapado. Para el viernes, sus hombres no recibirán pago. Para el lunes, empezarán a buscar nuevo empleo.

Gaston se inclinó más cerca. Su antebrazo rozó el respaldo de su silla.

—Trabajas rápido, Naomi. Demasiado rápido para una mujer que dice que solo quiere sobrevivir.

Dejó de teclear y finalmente se giró para enfrentarlo. Estaba demasiado cerca. La proximidad era deliberada, una prueba silenciosa de su valor. Sus ojos oscuros estudiaban su rostro, diseccionando su expresión en busca de cualquier señal de vacilación.

—Te dije que sé mi valor —dijo en voz baja.— Lo estoy demostrando.

—Estás demostrando un talento para la destrucción —corrigió Gaston. Alcanzó a pasar, su mano rozando su hombro, y tocó el vidrio del monitor.— Esto no es solo supervivencia. Esto es vengativo. Lo estás disfrutando.

La mandíbula de Naomi se tensó. Apartó la mirada de él, mirando las líneas de código.

—Me rompió las costillas. Me dejó ahogarme en mi propia sangre por una discrepancia que ni siquiera creé. Sí, Gaston. Quiero que sienta lo que es no tener nada. Quiero que se dé cuenta de que es un fantasma antes de que deje de respirar.

Un silencio pesado se instaló en la habitación. No era el silencio frío y amenazante que había llegado a esperar de los hombres en este mundo. Era otra cosa, un reconocimiento silencioso.

Gaston dio un paso atrás, dándole espacio.

—Britt es estúpido, pero no es ciego. Sabe que sus cuentas no se bloquearon solas. Sabe que su cifrado fue eludido desde dentro. Cree que estás muerta, pero no le llevará mucho tiempo darse cuenta de que solo una persona conocía la arquitectura de su red con tanta intimidad.

—¿Puede rastrearlo hasta aquí? —El pánico se disparó en su pecho, agudo y repentino.

—No —dijo Gaston con suavidad.— Mis servidores son fantasmas. Pero empezará a buscarte. Desenterrará tu apartamento. Presionará a cualquiera con quien hayas hablado.

—No tengo a nadie —dijo Naomi con tono plano.— Ninguna familia, ningún amigo cercano. Solo el trabajo.

Gaston hizo una pausa. La miró. Verdaderamente la miró. Y por una fracción de segundo, el despiadado jefe mafioso se desvaneció, dejando solo a un hombre reconociendo un vacío de aislamiento familiar.

—Entonces no tienes nada que aprovechar —dijo en voz baja.— Termina el enrutamiento. Mañana nos movemos a la fase final.

Se giró y salió de la habitación. Naomi miró el umbral vacío durante mucho tiempo antes de volver a las pantallas. Sus manos temblaban ligeramente. No estaba segura de si era por la adrenalina de destruir la vida de un hombre o por la aterradora realización de que estaba empezando a sentirse segura en la sombra de Gaston Patel.

ACTO 4: RESOLUCIÓN Y TRANSFORMACIÓN

La preparación para el asesinato no era ruidosa, era metódica. Sonaba como el chasquido metálico del aceite de pistola siendo limpiado de un cargador, el fuerte golpe de los cargadores cargados apilados sobre una mesa de madera, y el zumbido grave de baja frecuencia de las radios encriptadas sincronizándose.

Naomi se sentó en la esquina de la casa de seguridad, observando a Gaston armarse. Se había cambiado a ropa táctica: pantalones de carga negros, una camisa térmica ajustada de manga larga y un chaleco antibalas reforzado. Se movía con una eficiencia aterradora y practicada. No parecía el hombre que usaba trajes a medida en un ático impecable. Parecía exactamente lo que era: un depredador alfa regresando a su hábitat natural.

Thomas estaba junto a la puerta, comprobando la acción de una subametralladora compacta. Los otros sicarios ya habían sido enviados a explorar el perímetro del último escondite de Britt.

El teléfono desechable de Gaston vibró sobre la encimera de hormigón. Lo recogió, lo llevó a su oído y escuchó durante 10 segundos.

—Entendido —dijo Gaston en voz baja.— El lío me pertenece. Ustedes obtienen el territorio al sur del puente. El resto es mío.

Colgó y partió el teléfono por la mitad, arrojando los pedazos a un cubo de basura cercano. Miró a través de la habitación hacia Naomi.

—Los Rossi se han lavado oficialmente las manos. Britt tiene una recompensa por su cabeza de sus propios proveedores. Está acorralado en un depósito de chatarra que posee en Red Hook. Es extraoficial. Lo usa para desmantelar coches robados.

Naomi se levantó. Sus piernas se sentían sorprendentemente firmes. La adrenalina del tiroteo se había quemado, dejando un enfoque frío y agudo en su lugar.

—¿Cuántos hombres le quedan? —preguntó.

—Los que fueron lo suficientemente estúpidos para quedarse, o los que no saben que el dinero ya no está —dijo Gaston. Caminó hacia una bolsa de lona pesada en el suelo y sacó un chaleco antibalas. Caminó hacia ella.— Levanta los brazos.

Naomi dudó, mirando la pesada tela negra.

—Levanta los brazos, Naomi —repitió Gaston, su voz sin dejar espacio para discusión.

Ella levantó los brazos. Gaston se acercó y le deslizó el chaleco por la cabeza. El peso era inmediato y opresivo, presionando sobre sus hombros. Él la rodeó con los brazos, tirando de las correas de velcro. Sus nudillos rozaron sus costillas, con cuidado de los moretones, pero asegurando la armadura firmemente contra su torso. Estaba tan cerca que podía sentir el calor que irradiaba, oliendo el fuerte olor a pólvora y el tenue aroma a bergamota en su piel.

—Esto detendrá una bala de 9 mm —dijo Gaston, sus ojos oscuros fijos en los de ella, sus manos descansando ligeramente sobre su cintura.— No detendrá un rifle. No detendrá un cuchillo en la garganta. Te quedas detrás de mí. No sales de mi sombra a menos que te lo diga. Si caigo, Thomas te llevará a un coche y desaparecerás. ¿Me entiendes?

—Entiendo —dijo ella. Su voz no tembló.

Gaston buscó en su rostro durante un largo momento. Buscaba a la contable que había estado aterrorizada en el callejón. La mujer que había negociado por su vida desde una cama de hospital. No la encontró. La mujer que estaba frente a él tenía hielo en las venas.

—Bien —murmuró.

El tiroteo en el depósito de chatarra fue rápido y brutal. Naomi esperó fuera, presionando su espalda contra la pared de hormigón húmeda, escuchando el caos. Disparos, gritos, silencio.

Cuando entró, el suelo estaba cubierto de sangre. Cinco cuerpos yacían en ángulos retorcidos. Britt Stewart estaba al fondo, acurrucado contra un archivador, con la mano apretada contra su estómago ensangrentado. Gaston se paró sobre él.

—Tú —escupió Britt, tosiendo sangre.— Eres un fantasma.

—No todavía —dijo Naomi, su voz extrañamente plana.

—Patel —jadeó Britt, mirando a Gaston.— Es una rata. Ella te traicionará como me traicionó a mí.

Naomi dio un paso adelante.

—No me traicionaste, Britt. Me sobreviviste. Me dejaste en un callejón porque pensaste que era débil. Ese fue tu error final.

Gaston levantó su arma. Miró a Naomi.

—¿Es esto lo que quieres?

Naomi miró al hombre que había ordenado su ejecución. Sintió el chaleco antibalas pesado contra su pecho, el dolor punzante de sus costillas en proceso de curación. No quería apretar el gatillo. No tenía deseo de sentir el retroceso, de ser quien pusiera fin a una vida. Pero quería que él se fuera. Quería que la sombra que había proyectado sobre su vida se extinguiera para siempre.

Sostuvo la mirada de Gaston y dio un solo asentimiento definitivo.

Gaston se giró hacia Britt.

—Adiós, Stewart.

Apretó el gatillo.

ACTO 5: REFLEXIÓN Y SECUELAS

El ático estaba sofocantemente silencioso. La tormenta finalmente se había roto, dejando el horizonte de la ciudad brillando fríamente contra un cielo púrpura magullado. Naomi estaba en el centro de la sala de estar. Se había quitado el chaleco y la chaqueta pesada, dejándolos en un montón junto a la puerta. Sus músculos dolían con un cansancio profundo y los huesos se sentían como plomo.

Gaston entró en la habitación desde su estudio. Se había quitado el equipo táctico y llevaba una camiseta negra limpia y pantalones holgados oscuros. El corte en su pómulo se había reabierto durante la redada, una fina línea roja bajando por su mandíbula.

Caminó hacia el bar de caoba, sirvió dos dedos de whisky en un vaso de cristal pesado y se lo bebió de un trago. Sirvió otro y caminó hacia la mesa de cristal frente a Naomi. Dejó el vaso. Junto a él, colocó un sobre grueso de manila y una bolsa de lona negra y elegante.

Naomi miró los objetos, luego hacia arriba.

—¿Qué es esto?

—$250,000 en efectivo sin rastrear —dijo Gaston, su voz despojada de su borde autoritario habitual. Era tranquila, casi cansada.— Un pasaporte nuevo, una identidad esterilizada con un historial que resiste el escrutinio federal. Un boleto de primera clase en un vuelo chárter privado, saliendo para Zúrich al mediodía.

Naomi miró la bolsa. Su corazón, que había estado firme durante toda la redada, de repente se apretó en su pecho.

—No entiendo. Nuestro trato era la supervivencia.

—Naomi —dijo Gaston, apoyándose contra el respaldo del sofá de cuero, cruzando los brazos sobre el pecho. Te miró con una honestidad brutal que no había visto antes.— Britt está muerto. Su red está en cenizas. La familia Rossi reconoce mi reclamo. Estás a salvo. Nadie te busca. Tienes el dinero para empezar de nuevo en cualquier parte del mundo. Eres libre de irte.

Naomi no se movió hacia la mesa. Miró el pasaporte, sintiendo una repentina e intensa oleada de repulsión.

—Me estás pagando —dijo, su voz tensándose.

—Estoy cumpliendo mi parte del trato —corrigió Gaston con suavidad.— Eres contable, Naomi. Vivías una vida tranquila y normal antes de que Britt te arrastrara a la oscuridad. Esta noche, me viste poner una bala en la cabeza de un hombre. Viste a mis hombres masacrar a otros cinco. El mundo en el que vivo no tiene puerta de salida cuando ya estás completamente dentro. Te manchará. Te aislará. Eventualmente te matará.

Hizo una pausa, tomando un respiro lento, sus ojos oscuros fijos en su rostro.

—Te estoy dando la puerta de salida antes de que se cierre.

Naomi apartó la mirada, mirando las luces de la ciudad. Una vida normal, un apartamento tranquilo en Zúrich, un trabajo en una firma legítima, equilibrando libros que no ocultaban extorsión y dinero sangriento. Tomando café en cafés seguros y bien iluminados, conociendo hombres seguros y predecibles.

El pensamiento le hizo erizar la piel. Se dio cuenta con una claridad aterradora de que no podía volver atrás. Había probado la verdad cruda y sin filtros del mundo. Había visto cómo se movía realmente el poder, cómo se dispensaba realmente la justicia. Volver a una vida normal sería vivir una mentira. Pasaría el resto de sus días mirando por encima del hombro, sintiéndose pequeña, sintiéndose vulnerable.

Volvió a mirar a Gaston. Él la observaba, su expresión cuidadosamente guardada. Pero había una tensión en su mandíbula, una opresión alrededor de sus ojos. Estaba esperando que ella tomara la bolsa. Esperaba que ella tomara la bolsa. Estaba acostumbrado a que la gente huyera de él.

Naomi caminó lentamente hacia la mesa de café. Los hombros de Gaston se tensaron ligeramente. Ella no alcanzó la bolsa de lona. Alcanzó el vaso de whisky. Lo levantó, lo llevó a sus labios y dio un largo trago ardiente. El alcohol quemó su garganta, asentándose pesadamente en su estómago. Dejó el vaso vacío junto al pasaporte.

—No hablo alemán —dijo Naomi en voz baja.

Gaston no se movió.

—En Zúrich hablan inglés.

—No me gusta el frío —contraatacó ella, rodeando la mesa, cerrando la distancia entre ellos.

—Naomi —advirtió Gaston, su voz cayendo a un susurro áspero y peligroso.— No juegues con esto. Si te quedas, estás dentro. No puedes apartar la mirada de la sangre. No puedes alegar ignorancia. Te sientas a mi diestra y me ayudas a dirigir esta ciudad. Te conviertes en exactamente lo que odiabas de Britt.

—Odiaba a Britt porque era un bruto que hería a la gente para cubrir su propia incompetencia —dijo Naomi, deteniéndose a centímetros de él. Inclinó la cabeza hacia arriba para sostener su mirada. El miedo había desaparecido por completo.— Eres un arma, Gaston. Y yo soy la arquitecta que sabe exactamente dónde apuntarte.

Gaston la miró, sus ojos oscuros buscando en los de ella cualquier señal de vacilación, cualquier rastro de la mujer asustada del callejón. No encontró nada más que hierro.

Lentamente, deliberadamente, extendió la mano. Sus grandes manos, que aún llevaban el tenue aroma de la pólvora, enmarcaron su rostro. Sus pulgares rozaron sus pómulos, trazando los bordes de los moretones amarillentos que se desvanecían.

—Eres una mujer peligrosa, Naomi Jackson —murmuró, el frío en su voz finalmente rompiéndose, reemplazado por un calor oscuro y posesivo.

—Aprendí de los peores —susurró ella.

Gaston se inclinó y la besó. No fue un beso suave. No fue romántico. Fue una colisión de supervivencia y posesión. Sabía a whisky, sangre y poder absoluto.

Naomi lo besó con fiereza, sus manos aferrándose a la tela de su camisa, anclándose a la única cosa sólida en un mundo construido sobre mentiras.

La lluvia afuera finalmente cesó. La ciudad despertó por completo, sin saber que la corona había cambiado de manos en la oscuridad, y que el rey ya no reinaba solo.

—

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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