La Auditora que Descubrió un Lavado de Dinero y el Jefe que la Salvó
Acto 1 — La Noche que Todo Cambió
La lluvia caía a cántaros sobre la Ciudad de México, empapando el pavimento de la Zona Rosa en un brillo neón y cristalino. Adentro, en el Obsidiana, un speakeasy exclusivo y no registrado escondido bajo el nivel de la calle, el aire era espeso con el aroma de caoba añeja, cigarros cubanos y peligro silencioso. Era un santuario para la élite de la ciudad y sus más corruptos, un lugar donde los funcionarios públicos bebían con extorsionadores y los jueces federales cerraban los ojos.
Eran exactamente las 2:13 de la madrugada. La multitud se había reducido a un puñado de insomnes y depredadores, pero Declan Fitzpatrick solo tenía ojos para una mujer.
Declan estaba sentado en el entrepiso VIP, su imponente figura envuelta en la tenue luz ámbar. A sus 35 años, era el jefe indiscutible del sindicato Fitzpatrick, controlando las rutas de envío clandestinas de la ciudad y las operaciones de lavado de dinero en el extranjero. Era un hombre hecho de cálculos fríos y ejecuciones despiadadas.
Sin embargo, durante los últimos 45 minutos, su mirada oscura y calculadora había estado completamente cautivada por la mujer sentada sola al final de la barra de mármol.
Su nombre era Meline Hayes. No pertenecía allí. Eso era obvio. Llevaba un abrigo de lana gris a medida sobre un vestido de seda verde esmeralda que parecía haberse puesto a las prisas. Su cabello castaño estaba húmedo por la lluvia, cayendo en ondas desordenadas sobre sus hombros. Pero fue su postura lo que atrapó la atención de Declan: una mezcla fascinante de derrota absoluta y desafío temerario.
Frente a ella, una copa de cristal y una botella casi vacía de tequila Clase Azul Reposado. Junto a la botella, brillando bajo la tenue luz de las lámparas colgantes, un anillo de compromiso de dos quilates abandonado.
—Jefe —una voz ronca rompió el suave murmullo del jazz que sonaba de fondo. Liam O’Connor, el segundo al mando de Declan, entró en el reservado con una tableta encriptada—. El cargamento del puerto de Veracruz acaba de pasar. Estamos viendo un excedente de 3 millones de dólares, pero tenemos un pequeño problema con la cuenta de Carmichael.
Declan no apartó la mirada de Meline. Observó cómo ella levantaba la pesada copa de cristal hasta sus labios, haciendo una mueca mientras el licor de primera calidad quemaba su garganta.
—¿Qué pasa con Carmichael? —murmuró Declan, su voz un barítono grave que exigía obediencia instantánea.
—Bradley Carmichael incumplió su segundo plazo —informó Liam, su tono tensándose—. Está evadiendo las transferencias electrónicas. Se rumorea que está tratando de liquidar sus activos y reservar un vuelo privado a Suiza. Creemos que planea huir con nuestro dinero.
Bradley Carmichael, un abogado corporativo que había pensado que era lo suficientemente inteligente como para lavar dinero para la mafia a través de complejas empresas fantasma. Era un muerto caminando.
—Encuéntrenlo —dijo Declan suavemente—. Congelen todas las cuentas, bloqueen su pasaporte. Si intenta abordar un avión, rómpanle las piernas y tráiganlo al almacén de la calle 18.
—Entendido.
Liam hizo una pausa, finalmente siguiendo la línea de visión de Declan hacia la barra.
—¿Conoces a esa mujer, Declan?
—No —respondió Declan, entrecerrando los ojos mientras veía a Meline arrastrar un dedo delicado por la condensación de su vaso—. Pero está bebiendo como si el mundo se acabara, y acaba de dejar un anillo de $40,000 en un charco de jugo de limón derramado.
Abajo, Meline se sentía completamente entumecida. Doce horas antes, su vida había estado perfectamente trazada. Era auditora en una firma contable de nivel medio, comprometida con el socio junior más prometedor de Chicago.
Esa tarde, Bradley había dejado su iPad desbloqueado en la isla de la cocina. Lo que comenzó como una mirada casual a una notificación parpadeante se convirtió en un descubrimiento catastrófico.
No eran solo los mensajes de texto explícitos entre Bradley y una paralegal llamada Vanessa. Eran los documentos financieros que encontró en una carpeta encriptada que él había dejado abierta descuidadamente. Como auditora, Meline sabía lo que estaba viendo. Bradley no solo estaba engañando. Estaba canalizando cantidades masivas de efectivo no rastreable a través de una empresa fantasma. Una empresa fantasma llamada Hayes Holdings, S.A. de C.V.
Estaba usando su nombre, su número de seguro social. Si las autoridades investigaban, el rastro de papel llevaba directamente a ella.
Lo había confrontado. Él había mentido, luego la había amenazado, diciéndole que estaba metida en algo mucho más grande de lo que imaginaba y que mantuviera la boca cerrada si quería vivir.
Ella le había tirado el anillo, había empacado una sola bolsa y había salido a la tormenta. Ahora, escondida en el único bar de lujo que conocía, abierto después de las 2 de la madrugada, la realidad se estaba derrumbando sobre ella. El tequila se suponía que debía adormecer la traición de la infidelidad, pero era el terror del crimen financiero lo que la mantenía despierta.
Acto 2 — El Acercamiento
Declan observó cómo sus hombros se sacudían mientras un sollozo silencioso sacudía su pequeño cuerpo. Sintió una sensación completamente desconocida enredarse en su pecho. No era lástima. Declan Fitzpatrick no conocía el significado de esa palabra. Era un tirón territorial primario.
Se levantó, abotonando su chaqueta azul medianoche a medida.
—Encárgate de Carmichael —ordenó Declan a Liam, sus ojos fijos en la mujer de la barra—. Tengo algunos asuntos que atender.
El taburete junto a Meline chirrió suavemente contra el piso de madera. Ella no levantó la vista, asumiendo que era otro borracho de la madrugada buscando compañía.
—El puesto está ocupado —murmuró, mirando intensamente el líquido ámbar en el fondo de su vaso.
—Por un fantasma, parece —respondió una voz profunda y suave.
Meline giró la cabeza, su respiración se detuvo ligeramente en su garganta. El hombre sentado a su lado no era un borracho desvariado. Exudaba un aura de poder absoluto. Era increíblemente apuesto, con rasgos aristocráticos afilados, cabello oscuro peinado hacia atrás con precisión descuidada, y ojos del color de las tormentas rotas.
El olor de él: cedro, tabaco caro y un toque de pólvora, atravesó la niebla del alcohol.
—Prefiero beber sola —dijo Meline, tratando de hacer una mirada severa, aunque sus ojos rojos e hinchados arruinaron el efecto.
Declan hizo una señal al bartender, Harvey, con un movimiento microscópico de cabeza. En segundos, una copa de hielo fresco y una botella de bourbon de 20 años aparecieron frente a él.
—Una mujer bebiendo sola a las 2:13 de la madrugada en un lugar como este no busca soledad —observó Declan con calma, sirviéndose una medida—. Busca olvidar algo o a alguien.
Miró deliberadamente el anillo de diamantes abandonado sobre la barra. Meline sintió una chispa defensiva encenderse en su pecho.
—Realmente no es asunto suyo. Pero si debe saberlo, estoy celebrando.
—¿Celebrando?
—Sí, celebrando el colapso repentino y violento de toda mi vida —dijo, soltando una risa hueca y amarga. El tequila había aflojado su lengua, despojándola de su filtro cauteloso y auditor—. Hoy descubrí que mi prometido es un sociópata mentiroso y infiel.
Declan dio un sorbo lento a su bourbon.
—Muchos hombres lo son, pero la mayoría de las mujeres no miran por encima del hombro cada 30 segundos como si esperaran que un sicario entre por la puerta.
Meline se tensó. Su corazón golpeó contra sus costillas. ¿Cómo había notado eso?
—Es muy observador —susurró, su agarre tensándose en su vaso.
—Es mi trabajo observar —respondió Declan suavemente—. Es auditora, ¿verdad? Tiene manchas de tinta en el lado del dedo índice izquierdo, estándar para alguien que aún revisa libros de contabilidad en papel. Su abrigo es de alta calidad, pero práctico, y acaba de identificar correctamente a un hombre como sociópata en lugar de solo un idiota, lo que significa que encontró algo más que lápiz de labios en un cuello.
Meline lo miró fijamente, genuinamente desconcertada.
—¿Quién es usted?
—Mi nombre es Declan —dijo él, ofreciendo nada más—. ¿Y usted es Meline?
Su sangre se enfrió. La niebla del alcohol se evaporó instantáneamente.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Porque, Meline —Declan se acercó más, la masa física de él bloqueándola completamente del resto de la sala—. El hombre con el que estaba comprometida, Bradley Carmichael, trabaja para mí.
Meline se congeló, sus ojos se abrieron con terror puro y sin adulterar. No podía respirar. La tenue iluminación del Obsidiana de repente se sintió como una jaula.
—Usted —tartamudeó, las piezas encajando con velocidad horrible—. Usted es el dinero. Los 3 millones moviéndose a través de las cuentas en el extranjero. Usted es para quien él lo está lavando.
Los ojos gris tormenta de Declan parpadearon con sorpresa genuina, seguida de un destello peligroso de respeto.
—Lo descubrió, y rápido.
—Se suponía que Bradley lavaría ese dinero en silencio —dijo Declan, su tono conversacional pero lleno de veneno—. En cambio, se volvió descuidado. Robó de la cima para financiar un estilo de vida lujoso y una aventura con una paralegal de 22 años. Pero el peor error que cometió, Meline, fue tratar de ocultar su robo creando una corporación fantasma bajo su nombre. Hayes Holdings.
Lágrimas picaron los ojos de Meline. No por desamor, sino por miedo profundo y paralizante.
—No lo sabía —susurró frenéticamente, sus manos temblaban tan fuerte que su vaso tintineaba contra el mármol—. Lo juro por Dios, no sabía nada de esto hasta hoy. Lo dejé. No tengo nada que ver con esto.
—Le creo —dijo Declan con suavidad. Y para su propia sorpresa, lo hacía. Podía leer a las personas mejor que nadie en la ciudad, y el pánico crudo que irradiaba esta mujer era completamente genuino. Era una víctima de la arrogancia de Bradley.
—Entonces déjeme ir —suplicó, deslizándose del taburete, sus piernas temblaban—. No diré una palabra. A la policía, a los federales, a nadie. Solo quiero desaparecer.
Antes de que pudiera dar un paso, la mano grande y cálida de Declan se cerró alrededor de su muñeca. No era un golpe, pero el agarre era inamovible.
—No puede irse, Meline —dijo Declan, su voz bajando una octava, prácticamente vibrando con autoridad.
—¿Por qué no? —logró decir.
—Porque —Declan asintió hacia la entrada del speakeasy. Meline siguió su mirada. Tres hombres acababan de entrar por las pesadas cortinas de terciopelo en la puerta principal. No llevaban trajes a medida como Declan. Vestían chaquetas de cuero oscuro, sus rostros endurecidos, marcados, escaneando la sala con intención depredadora.
—Esos hombres —murmuró Declan, manteniendo su muñeca firmemente en su agarre—. Pertenecen al sindicato ruso. Bradley no solo me robó a mí. Les pidió dinero prestado para tratar de cubrir lo que me robó. Les debe mucho.
La respiración de Meline se volvió corta y llena de pánico. Los rusos ya estaban caminando hacia ellos.
—¿Por qué me miran a mí? —preguntó, su voz quebrándose.
Declan se levantó, posicionando su cuerpo ancho entre Meline y los sicarios que se acercaban.
—Porque, kasavitza —dijo Declan suavemente, usando la palabra rusa para belleza con una ironía goteante—. Cuando Bradley se dio cuenta de que no podía pagarles, les dio la escritura de Hayes Holdings como garantía, lo que significa que para la mafia rusa, ahora son dueños de la empresa.
Miró hacia abajo, sus ojos brillando con un fuego posesivo y aterrador.
—Y vinieron esta noche a cobrar a su directora ejecutiva.
Acto 3 — La Confrontación
El aire dentro del Obsidiana se volvió espeso, pesado con la presión sofocante de una tormenta inminente. La música de jazz que sonaba a través de los altavoces ocultos parecía desvanecerse en un eco hueco, reemplazada completamente por el estruendo del pulso de Meline en sus oídos.
Los tres sicarios del sindicato ruso avanzaron con la gracia depredadora sincronizada de una manada de lobos. El hombre que los lideraba, un bruto corpulento llamado Dimitri, cuyo cuello estaba completamente cubierto de tatuajes de prisión cirílicos descoloridos, fijó sus ojos grises y muertos en Meline. Ni siquiera pareció registrar la presencia imponente de Declan Fitzpatrick entre ellos. Para Dimitri, Meline era simplemente un activo, un certificado de acciones andante listo para ser liquidado.
—Apártate, irlandés —gruñó Dimitri, su acento ruso espeso rozando contra el tenso silencio del speakeasy. Su mano pesada descansaba casualmente sobre la solapa de su chaqueta de cuero gastada—. La chica viene con nosotros. Es propiedad de los Vulov ahora. Su prometido firmó los papeles ayer por la tarde.
Declan no se movió. Se mantuvo con una postura terriblemente calmada, sus hombros anchos en cuadro, protegiendo a Meline completamente de su línea de visión. Alzó la mano, ajustando casualmente los puños de su chaqueta a medida, el reloj de oro en su muñeca capturando la tenue luz ámbar.
—Me temo que ha habido un error administrativo, Dimitri —respondió Declan, su voz un suave ronroneo letal que envió un escalofrío por la columna de Meline—. Bradley Carmichael es un muerto que respira. Robó 3 millones de dólares de mis cuentas en el extranjero, los canalizó a través de un fideicomiso en las Islas Caimán y los depositó en la corporación fantasma a la que está vinculado el nombre de esta joven. Por lo tanto, la chica es mi garantía, no la suya.
La mandíbula marcada de Dimitri se tensó.
—Ivan Vulov no se preocupa por tus cuentas en el extranjero, Fitzpatrick. Nos llevamos a la chica. Si quieres una guerra por una contadora de nivel medio, te daremos una.
—¿Una guerra? —Declan soltó una risa baja y oscura que no contenía absolutamente ningún humor—. Trajiste tres hombres a mi bar. Eso no es una guerra. Es una misión suicida.
Antes de que Dimitri pudiera sacar su arma, la sala estalló en movimiento violento. Declan se movió con una velocidad feroz y cegadora que desafiaba su masa imponente. No se molestó en sacar la pistola que llevaba en el costado. En cambio, agarró la pesada botella medio vacía de bourbon de la barra y la estrelló directamente contra la cara de Dimitri.
El cristal se hizo añicos con un crujido nauseabundo, enviando un rocío de licor y sangre volando por el piso de madera pulida. Dimitri retrocedió tambaleándose, un rugido gutural arrancado de su garganta mientras se derrumbaba contra un reservado de terciopelo.
Los dos sicarios restantes arañaron frenéticamente sus chaquetas, sacando pistolas. Pero los hombres de Declan ya estaban allí. Liam O’Connor materializó de las sombras del entrepiso VIP. Una rápida ráfaga de disparos silenciados atravesó el speakeasy. Los dos rusos cayeron al suelo instantáneamente, sus armas cayendo inútilmente contra las barras de latón.
Meline se tapó los oídos, un sollozo aterrorizado arrancado de sus pulmones. Apretó los ojos, cayendo de rodillas detrás de la pesada barra de roble, rezando para despertar de esta pesadilla. El olor a cobre, alcohol derramado y el agudo picor de la pólvora llenaron sus fosas nasales.
De repente, un agarre fuerte e inflexible se cerró alrededor de su brazo.
—Abre los ojos, Meline. Nos vamos —ordenó Declan. Su voz ya no era un suave ronroneo. Era el ladrido de un general endurecido.
Ella abrió los ojos, jadeando por aire. Declan la levantó sin esfuerzo. El speakeasy era una zona de guerra. Dimitri gemía en el suelo, inconsciente, mientras Liam y otros tres soldados armados aseguraban el perímetro.
—No puedo —susurró Meline histéricamente, sus piernas cediendo—. No puedo ir con usted. Solo soy una auditora. Balanceo hojas de cálculo. No pertenezco a esto.
Los ojos gris tormenta de Declan se suavizaron por una fracción de segundo, un destello completamente inusual de empatía pasando a través de su frío exterior. Extendió la mano, su mano cálida y callosa agarrando su barbilla, forzándola a mirar directamente a sus ojos.
—Escúchame con atención —dijo, su voz bajando a un registro hipnótico bajo que ancló su pánico en espiral—. Si te dejo aquí, los Vulov te encontrarán antes de que salga el sol sobre el lago de Chapultepec. Te arrastrarán a un almacén en el Estado de México y te torturarán hasta que firmes todos los activos de esa empresa. Luego te pondrán una bala en la nuca y arrojarán tu cuerpo al río. Bradley te vendió al diablo, Meline. Pero esta noche, estás conmigo, y nadie toca lo que es mío. ¿Entiendes?
La intensidad posesiva en sus palabras envió una descarga eléctrica directamente al centro de su ser. Nadie toca lo que es mío. Estaba cambiando un monstruo por otro. Pero mientras miraba el vidrio roto y la sangre en el suelo, sabía que Declan Fitzpatrick era el único monstruo capaz de mantenerla con vida.
Asintió con un movimiento brusco.
—Buena chica —murmuró Declan.
Se quitó la chaqueta y la colocó sobre sus hombros temblorosos. La tela pesada olía a cedro y pólvora, envolviéndola en un extraño y aterrador capullo de seguridad. Con su brazo firmemente alrededor de su cintura, Declan la guió hacia la salida trasera del Obsidiana.
Acto 4 — El Penthouse y la Verdad
La lluvia helada de la Ciudad de México empapó su cabello, pero apenas lo sintió. Esperando en el callejón mojado había una flota de camionetas blindadas negras. Los motores rugían con un profundo gruñido amenazador. Liam abrió la pesada puerta trasera de la camioneta principal. Declan prácticamente levantó a Meline en el asiento trasero, deslizándose justo a su lado. Las puertas se cerraron de golpe, sellándolos dentro de la cabina insonorizada de cuero.
Conduzcan —ordenó Declan al conductor—. Llévennos al penthouse del St. Regis. Y llamen al doctor Gallardo. Díganle que nos encuentre allí. La chica está entrando en shock.
Mientras el vehículo blindado salía del callejón y se aceleraba, Meline se acurrucó contra la ventana, apretando la chaqueta de Declan alrededor de sí misma. Miró el borrón de luces de la ciudad, su mente completamente fracturada.
Doce horas antes, estaba agonizando por los arreglos florales para una boda en el Hotel Camino Real. Ahora era cómplice de un esquema de lavado de dinero de varios millones, un objetivo de la mafia rusa y una cautiva del jefe más despiadado del sindicato irlandés.
Declan sirvió un poco de agua del mini bar del vehículo y presionó la copa de cristal en sus manos temblorosas.
—Bebe —instruyó suavemente.
Ella dio un sorbo, sus dientes castañeteando contra el borde del vaso.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó, su voz apenas un susurro sobre el zumbido del motor—. Cuando recupere su dinero de los rusos… ¿qué pasará conmigo?
Declan se recostó contra el asiento de cuero, sus rasgos aristocráticos afilados proyectados en las sombras de las luces de la calle. La miró no como a una prisionera, sino como algo precioso que acababa de descubrir en los restos de una tormenta.
—¿Crees que esto es solo por el dinero, Meline? —preguntó Declan en voz baja—. Bradley Carmichael va a pagar su robo con su vida. Los rusos pagarán con sangre por pisar mi territorio. Pero tú… tú eres la variable inesperada. Eres el vacío legal.
—No entiendo —dijo ella.
—Lo entenderás —prometió Declan, sus ojos oscureciéndose con un hambre calculada y peligrosa—. Al amanecer, entenderás exactamente dónde perteneces.
El penthouse de los Fitzpatrick en la cima de un edificio exclusivo de la Ciudad de México era un testimonio abrumador de riqueza y poder intocable. Ventanas de piso a techo ofrecían una vista panorámica y vertiginosa del horizonte de la ciudad y la extensión oscura del lago de Chapultepec. El interior era una obra maestra de lujo moderno frío: acres de mármol negro pulido, muebles de cuero italiano elegantes y arte abstracto invaluable.
Meline estaba en el centro del amplio salón, sintiéndose completamente fuera de lugar. Se había bañado en un baño del tamaño de su apartamento entero, lavando el olor del speakeasy de su piel, y se había puesto un pijama de seda proporcionado por una de las silenciosas y terriblemente eficientes empleadas de Declan.
El doctor Gallardo, un cirujano clandestino en la nómina de los Fitzpatrick, había tomado sus signos vitales, le había dado un sedante suave para calmar su corazón acelerado y había desaparecido en la noche.
Caminó hacia las ventanas de vidrio, observando la lluvia golpear contra los paneles reforzados. El sedante comenzaba a suavizar el borde de su pánico, dejando tras de sí una claridad fría y hueca. Estaba atrapada, un peón en un juego de ajedrez mortal jugado por multimillonarios y asesinos.
Las pesadas puertas de roble del penthouse se abrieron y Declan entró. Se había cambiado a un par de pantalones oscuros y un suéter de cachemir gris carbón que se moldeaba perfectamente a sus hombros anchos. Parecía menos un jefe de la mafia y más un CEO depredador, aunque la gracia letal en cada uno de sus pasos traicionaba su verdadera naturaleza.
—¿Te sientes mejor? —preguntó, caminando hacia un globo terráqueo antiguo que se abría en un armario de licores oculto. Sirvió una medida de whisky.
—Mejor es un término relativo cuando te están cazando —respondió Meline, su voz notablemente firme—. Declan, necesito saber la verdad. Dijiste que era un vacío legal. ¿Qué quisiste decir?
Declan caminó hacia ella, deteniéndose a unos pocos pasos. Lo suficientemente cerca para que ella sintiera el calor que irradiaba de él.
—Mis hombres interceptaron a Bradley —dijo Declan, ignorando su pregunta por el momento—. Estaba sentado en la pista del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, en un jet privado alquilado para Ginebra. Tenía dos pasaportes falsificados y un disco duro con los códigos de acceso a las cuentas en el extranjero.
El estómago de Meline se retorció al escuchar el nombre de su ex prometido.
—¿Está… está muerto?
—Todavía no —dijo Declan con suavidad—. Actualmente reside en mi sótano, teniendo una conversación muy dolorosa con Liam. Pero antes de que Liam comenzara a arrancarle las uñas, Bradley confesó algo muy interesante.
Declan metió la mano en su bolsillo y sacó un papel doblado de pergamino grueso. Se lo tendió. Meline tomó el papel, lo desdobló, sus ojos entrenados escaneando rápidamente el denso lenguaje legal. Era un contrato, un acuerdo de reestructuración corporativa para Hayes Holdings.
Pero cuando leyó las cláusulas enterradas en el tercer párrafo, la sangre se drenó completamente de su rostro.
—No solo les dio la escritura de la empresa a los rusos —susurró Meline, su voz quebrándose con horror absoluto—. También… también contrató una póliza de seguro de vida corporativa.
—Sí —dijo Declan, su voz volviéndose peligrosamente suave—. Una póliza de seguro de personal clave valorada en exactamente 10 millones de dólares, pagadera directamente al accionista principal de la empresa holding.
Meline levantó la vista, sus ojos abiertos con terror.
—Los rusos son los accionistas principales ahora. Bradley les dio la empresa, lo que significa…
—Que no vales absolutamente nada para los Vulov viva —terminó Declan por ella—. No quieren la empresa, Meline. Quieren el pago de 10 millones. Y la única forma de obtener ese dinero es que mueras en un trágico accidente documentado. Bradley te preparó para ser asesinada para poder pagar sus deudas y escapar a Suiza con su nueva amante.
El papel se deslizó de los dedos temblorosos de Meline, cayendo al suelo de mármol negro. Sus rodillas se doblaron. Declan estuvo allí en un latido. La atrapó por la cintura antes de que golpeara el suelo, atrayéndola contra su pecho sólido.
Enterró su rostro en su suéter de cachemir, completamente destrozada. El hombre que había amado, el hombre con el que se suponía que debía casarse en tres meses, había orquestado su asesinato para cubrir sus crímenes financieros.
—Estoy muerta —sollozó contra su pecho, sus dedos aferrándose desesperadamente a la tela de su suéter—. Van a matarme. No hay ningún lugar donde pueda esconderme. Tienen recursos ilimitados.
—Mírame —ordenó Declan, su voz feroz, cortando a través de su desesperación. Enmarcó su rostro manchado de lágrimas con ambas manos, forzándola a encontrar su mirada—. No vas a morir. Te dije que eres un vacío legal. La póliza de seguro solo paga al accionista principal de Hayes Holdings. Pero Bradley le dio las acciones a los Vulov.
—Bradley firmó un papel —contraatacó Declan, una sonrisa oscura y depredadora curvando sus labios—. Pero legalmente, como directora ejecutiva registrada y homónima de la corporación, tienes el poder de diluir las acciones. Puedes emitir un bloque masivo de nuevas acciones, haciendo que las acciones de los Vulov sean completamente inútiles. Pero para hacerlo legalmente, para hacerlo completamente a prueba de balas contra cualquier tribunal internacional o tribunal del inframundo… necesitas transferir el interés de control de la empresa a un socio, un cónyuge.
Meline se congeló, su respiración se detuvo mientras la magnitud de sus palabras se asentaba sobre ella.
—Un cónyuge. Si te casas conmigo, Meline —dijo Declan suavemente, el letal rey del crimen derritiéndose para revelar a un hombre feroz e inexplicablemente posesivo de la mujer que temblaba en sus brazos—. Los activos de Hayes Holdings se fusionan con el sindicato Fitzpatrick. Los Vulov pierden su reclamo. La póliza de seguro se vuelve nula porque yo seré el beneficiario. E Ivan Vulov sabe que si toca un cabello de mi esposa, quemaré Moscú hasta los cimientos.
Meline lo miró, su mente dando vueltas.
—¿Quieres casarte conmigo? ¿Para salvar mi vida?
—Quiero casarme contigo —corrigió Declan, su mirada bajando a sus labios—. Porque desde el momento en que te vi sentada en esa barra, derrumbándote pero negándote a romperte por completo, supe que pertenecías a mí. Bradley Carmichael fue un tonto que tiró un diamante para jugar con vidrio barato. Yo soy un hombre que protege sus tesoros.
Se inclinó, su frente apoyada contra la de ella.
—Cásate conmigo, Meline. Déjame ser el monstruo que vigila tu puerta. Déjame darte el mundo y a cambio dame tu lealtad.
Era una locura. Un terror absoluto y fascinante. Pero mientras Meline miraba a los ojos del hombre más peligroso de la ciudad, ya no sintió miedo. Sintió una abrumadora e innegable sensación de seguridad. Había pasado toda su vida siguiendo las reglas, auditando libros de contabilidad, haciendo lo correcto, y casi la había matado.
Quizás era hora de dejar que el diablo reescribiera las reglas.
—Está bien —susurró Meline, sus manos deslizándose hacia arriba para agarrar sus hombros anchos—. Está bien, Declan. Me casaré contigo.
Un fuego oscuro y triunfante se encendió en los ojos de Declan. No dudó. Capturó sus labios en un beso que selló el contrato más peligroso de su vida.
Mañana habría sangre. Mañana, Bradley Carmichael enfrentaría el juicio definitivo, y los Vulov aprenderían exactamente lo que sucede cuando amenazas a la reina del Imperio Fitzpatrick. Pero esa noche, mientras la tormenta rugía afuera, Meline Hayes finalmente había encontrado su santuario en los brazos del rey del inframundo.