El Mafioso Me Besó Frente a la Policía y Dijo Que Era Su Prometida
ACTO 1: CONTINUACIÓN INMEDIATA
El Mercedes Maybach S680 blindado cortó las calles de Manhattan empapadas por la lluvia.
Dentro de la cabina insonorizada, el silencio era ensordecedor.
Genevieve se sentó lo más lejos de Mateo que el asiento de cuero permitía. Sus manos apretadas en su regazo.
Las luces de la ciudad parpadeaban a través de su rostro, resaltando los ángulos afilados e implacables de su mandíbula. Estaba desplazándose por una tableta encriptada segura, aparentemente ignorándola por completo.
Necesitaba pensar. Necesitaba respirar.
Genevieve no era solo una coordinadora de eventos.
El registro de empleo en Colin Cowie Lifestyles era una tapadera cuidadosamente elaborada. Su nombre real era Genevieve Sinclair, pero su cheque de pago real venía de la Red de Control de Crímenes Financieros, operando bajo una fuerza de tarea conjunta con el FBI.
Durante 8 meses, se había estado infiltrando en la alta sociedad, rastreando una tubería de lavado de dinero de $40 millones que llevaba directamente al Sindicato Viscanti.
Su manejador, el Agente Especial Thomas Kesler, le había ordenado estrictamente permanecer en la periferia.
Observar. Copiar los libros de contabilidad. No involucrarse.
Ahora estaba sentada en la parte trasera de un auto blindado con el jefe del sindicato, habiendo sido reclutada a la fuerza como su prometida falsa para salvarla de su lugarteniente traidor.
Si Mateo descubría que era una agente federal, una bala en la cabeza sería la opción misericordiosa.
—Estás pensando tan fuerte que me está dando dolor de cabeza —murmuró Mateo, sin levantar la vista de su tableta.
Genevieve se tensó.
—Estoy pensando en cómo voy a explicarle a mi jefe por qué dejé una gala de varios millones de dólares en compañía de un presunto jefe criminal.
Mateo se rió. Un sonido oscuro y rico. Dejó la tableta a un lado y giró la cabeza para mirarla.
—¿Tu jefe en la empresa de catering o tu jefe en el FBI?
El aire en sus pulmones desapareció.
Genevieve forzó su rostro a permanecer completamente impasible, aunque su corazón tamborileaba un ritmo frenético contra sus costillas.
—No tengo idea de qué estás hablando.
—Por favor, Genevieve —dijo Mateo, inclinándose hacia adelante. El aroma de él, peligro y scotch caro, llenó sus sentidos—. No parpadeaste cuando comenzó el tiroteo. Cuando Enzo te agarró, no gritaste. Revisaste mi perímetro. Tienes entrenamiento gubernamental escrito por todas partes. Lo supe en el momento en que te vi cruzando la lista de invitados la semana pasada en el Hotel Pierre.
—Si crees que soy una agente federal, ¿por qué estoy viva? —exigió, dejando caer el acto de civil aterrorizada.
—Porque en este momento tenemos un problema mutuo —respondió Mateo, su mirada oscureciéndose—. Arthur Pendleton. Orquestó el golpe de esta noche. Pensó que podría eliminarme y usarte como chivo expiatorio. Si te hubiera dejado con la policía, los hombres de Arthur en la comisaría te habrían matado en una celda de detención antes del amanecer.
—Así que me besaste. Me reclamaste.
—Te hice intocable —corrigió Mateo suavemente—. En mi mundo, lo que es mío está protegido por la ira completa de la familia Viscanti. Arthur no puede tocarte ahora sin iniciar una guerra civil que no está listo para pelear.
—¿Y qué pasa conmigo?
—Interpretas el papel —dijo Mateo, su voz bajando a un susurro grave—. Te quedas a mi lado. Duermes en mi cama. Y en exchange te dejo vivir lo suficiente para acabar con Arthur conmigo.
El Maybach se detuvo en el garaje subterráneo de una fortaleza de lujo en Tribeca, 443 Greenwich Street, famosa por albergar celebridades y multimillonarios que anhelaban extrema privacidad.
Enzo abrió la puerta, sus ojos demorándose en Genevieve con profunda sospecha.
Mateo la llevó a un elevador privado que se abría directamente a un penthouse expansivo de 6,000 pies cuadrados.
Ventanas de piso a techo ofrecían una vista panorámica del Río Hudson. La decoración era agresivamente masculina, nogal oscuro, acero cepillado y cuero negro compensado por millones de dólares en arte moderno.
—Enzo —llamó Mateo, arrojando sus llaves sobre una consola de mármol—. Barre el perímetro. Haz que seguridad duplique la rotación abajo.
—Jefe, con todo respeto —comenzó Enzo, mirando fijamente a Genevieve—. Traerla aquí es un error. Si es una federal…
—No pedí tu opinión, Enzo —interrumpió Mateo, su voz azotando como un látigo—. Di una orden.
Enzo cerró la mandíbula, dio un asentimiento rígido y desapareció por el pasillo.
Genevieve estaba de pie en el centro de la sala de estar, sintiéndose completamente fuera de su profundidad.
—No duermo con objetivos, Viscanti.
Mateo caminó hacia un decantador de cristal y sirvió dos vasos de Macallan 25. Caminó de vuelta hacia ella, extendiendo uno.
Cuando ella no lo tomó, lo dejó en la mesa a su lado.
—Dije que duermes a mi lado —dijo Mateo, entrando en su espacio personal. Extendió la mano, sus nudillos rozando ligeramente su mejilla. El toque fue sorprendentemente gentil, enviando una sacudida involuntaria de electricidad por su columna—. Nunca dije que tuvieras que acostarte conmigo, aunque imagino que mantener tus manos quietas será un desafío.
Genevieve apartó su mano.
—Tu arrogancia es asombrosa.
—No es arrogancia si es un hecho —susurró Mateo, inclinándose más cerca. Sus ojos bajaron a sus labios, recordando el sabor de ella del vestíbulo del hotel—. Arthur está mirando. Mis hombres están mirando. Si sospechan por un segundo que esto es una farsa, estás muerta. Necesitas convencerlos de que estás total, irrevocablemente obsesionada conmigo.
—Soy una operativa entrenada —dijo Genevieve, negándose a retroceder, su barbilla inclinada desafiante—. Puedo fingir cualquier cosa.
Los labios de Mateo se curvaron en una sonrisa malvada y devastadora.
—Veremos sobre eso, Genevieve. El dormitorio está al final del pasillo a la derecha. Tienes 10 minutos para prepararte. Y no intentes la sala de pánico. Los escáneres biométricos solo responden a mi retina.
Mientras Mateo se alejaba, dejándola de pie en el penthouse débilmente iluminado, Genevieve se dio cuenta con un pavor hundiente de que ya no era solo una agente encubierta.
Era propiedad de un rey mafioso.
Y la parte más peligrosa no eran los asesinos esperando afuera.
Era el calor traicionero e innegable revolviéndose en su propia sangre cada vez que él la miraba.
ACTO 2: CONTEXTO Y ESCALADA
El dormitorio principal del penthouse era un estudio de lujo intimidante. Paredes de seda carbón, una cama California king personalizada cubierta con sábanas de mil hilos y una pared de vidrio reforzado con vista al brillante horizonte de Manhattan.
Genevieve estaba de pie junto a la ventana vistiendo una camisa blanca de botones prestada que olía intoxicantemente a cedro y Mateo Viscanti.
Detrás de ella, la puerta del baño en suite hizo clic al abrirse.
Mateo salió. Estaba sin camisa. Una toalla colgada baja en sus caderas. La iluminación dura del techo captó el mapa intrincado de cicatrices a través de su pecho esculpido y abdomen. Souvenirs de una vida construida sobre violencia.
Agua goteaba de su cabello oscuro, cayendo por las llanuras afiladas de su estómago.
Genevieve tragó saliva con fuerza, forzando su mirada a permanecer fija en su rostro, aunque el pico repentino en su pulso la traicionó.
—Puedes tomar la cama —dijo Mateo, caminando hacia un armario de caoba. Arrojó un edredón de seda pesado sobre un sofá de cuero bajo en la esquina—. No duermo mucho de todos modos.
—Pensé que el punto era convencer a tus hombres de que éramos inseparables —desafió Genevieve, cruzando los brazos sobre su pecho.
Mateo hizo una pausa, girándose lentamente. La gracia depredadora en sus movimientos hizo que los vellos de la parte posterior de su cuello se erizaran.
—¿Estás invitándome a esa cama, Genevieve?
—Estoy estableciendo los parámetros de nuestro arreglo —respondió, aunque su voz carecía de su precisión gélida habitual.
—Si Enzo entra, Enzo sabe mejor que abrir la puerta de mi dormitorio sin tocar, a menos que quiera perder una mano —respondió Mateo suavemente.
Caminó hacia ella, cerrando la distancia hasta que el calor irradiando de su piel la envolvió. Extendió la mano, su pulgar trazando la línea delicada de su mandíbula.
—Pero si insistes en hacer esto auténtico…
Antes de que pudiera protestar, Mateo la levantó en brazos.
Genevieve jadeó, instintivamente envolviendo sus brazos alrededor de su grueso cuello mientras la llevaba a la cama masiva y la dejaba caer sobre el colchón.
Los resortes apenas se movieron cuando se subió a su lado, tirando de las sábanas pesadas sobre ambos.
—Duerme, agente —murmuró, apagando la lámpara de noche, sumiendo la habitación en oscuridad—. Mañana vamos a la guerra.
Genevieve yació rígida en la oscuridad, agudamente consciente del peligroso y poderoso hombre acostado a centímetros de distancia.
Esperaba que intentara algo, que usara su posición para intimidarla más.
En cambio, en minutos, su respiración se ralentizó a una cadencia profunda y rítmica.
Confiaba en ella lo suficiente para dormir con su espalda expuesta.
Esa realización era mucho más peligrosa para su compostura que cualquier amenaza física.
ACTO 3: ASCENSO AL CLÍMAX
La mañana siguiente, el penthouse era una colmena de caos controlado.
Genevieve emergió del dormitorio vistiendo un blazer y pantalones de Mu Mu a medida que el comprador personal de Mateo había entregado al amanecer.
En la sala de estar, Mateo estaba de pie al frente de una mesa de comedor de mármol masiva flanqueado por Enzo y otros tres hombres fuertemente armados. Desplegados sobre la mesa había planos de un edificio que Genevieve reconoció inmediatamente.
El Aman, Nueva York, el hotel ultra exclusivo en el Crown Building.
—Arthur convocó una reunión de la comisión del sindicato para esta noche en el Aman —estaba diciendo Mateo, su voz un zumbido bajo y letal. Vestía un traje de tres piezas de Tom Ford azul marino, viéndose como un rey del crimen multimillonario en cada centímetro—. Va a hacer su movimiento. Le dirá a la comisión que me he vuelto débil, que traje una rata federal a nuestro círculo interno, y que necesito ser removido.
—Tiene los votos, jefe —gruñó Enzo—. Los cabezas de Lucazi y Calabri lo están respaldando. Caminamos hacia allí, es un pelotón de fusilamiento.
Genevieve entró en la habitación, atrayendo todas las miradas. La mano de Enzo se desvió sutilmente hacia su pistolera de hombro, pero Mateo lo silenció con una mirada aguda.
—Vamos a la reunión —dijo Genevieve, su voz clara y autoritaria.
La habitación quedó completamente silenciosa.
Enzo se burló.
—¿Y por qué deberíamos escuchar a una policía?
—Porque tengo algo que Arthur no sabe —respondió Genevieve, sacando una pequeña unidad flash encriptada de su bolsillo.
Miró directamente a Mateo.
—Antes de que mi manejador me pusiera encubierta, intercepté un flujo de datos de un servidor de las Islas Caimán enrutando a través del Butterfield Bank. Arthur no solo ha estado planeando un golpe. Ha estado desviando de las cuentas offshore de la comisión durante 3 años.
—¿$40 millones, Mateo?
Los ojos de Mateo se entrecerraron, una luz peligrosa y calculadora encendiéndose en sus iris azul hielo.
—¿Puedes probarlo?
—Si puedo acceder al terminal seguro en la sala de juntas privada del Aman, puedo proyectar sus libros bancarios en las pantallas antes de que él abra la boca —prometió.
De repente, el teléfono desechable de Genevieve zumbó en su bolsillo. Era una línea segura, una que solo su manejador, el Agente Especial Thomas Kesler, poseía.
Miró la pantalla, su sangre enfriándose.
Mateo notó el cambio en su demeanor.
—Contesta. Ponlo en altavoz.
Genevieve vaciló, luego tocó la pantalla y lo puso en la mesa de mármol.
—¿Kesler?
—Genevieve. Gracias a Dios —la voz frenética de Kesler ecoó en la habitación—. La fuerza de tarea está cancelando todo. Sabemos que estás con Viscanti. El informe de la NYPD te marcó. Escúchame. Necesitas salir de ahí. Deja el libro de contabilidad de Viscanti en el servidor y ve al punto de extracción. Deja que Arthur Pendleton termine con él esta noche.
Genevieve se congeló.
—¿Cómo sabes que Arthur está haciendo un movimiento esta noche, Kesler? Esa inteligencia no está en ningún cable del FBI.
El silencio se extendió por la línea. Un silencio pesado y condenatorio.
—Kesler —dijo Genevieve, su voz bajando a un susurro—. Estás en la nómina de Arthur.
—Genevieve, no seas estúpida —chasqueó Kesler, su tono volviéndose vicioso—. Viscanti es un hombre muerto caminando. Arthur nos está pagando el doble de lo que paga la oficina para mirar hacia otro lado. Si te pones del lado de Viscanti esta noche, quemaré tus credenciales. Serás etiquetada como agente renegada. Caerás con él.
Mateo se inclinó sobre la mesa, su rostro a centímetros del teléfono.
—Agente Kesler —dijo Mateo, su voz llena de calma venenosa—. Si yo fuera usted, comenzaría a correr porque cuando termine con Arthur esta noche, voy por usted.
Mateo aplastó el teléfono bajo el talón de su zapato Oxford, destrozando el vidrio y cortando la conexión.
Genevieve miró fijamente los pedazos rotos, su pecho apretado.
Su carrera había terminado. Su agencia la había traicionado.
Estaba completamente aislada, atrapada en el bajo mundo sin salvavidas.
Mateo dio la vuelta a la mesa y se paró frente a ella. Extendió la mano, sus manos cálidas agarrando sus hombros, anclándola.
—No te queda nadie, Genevieve. Solo yo.
Levantó la vista hacia sus ojos, viendo la verdad despiadada reflejada allí.
—Entonces será mejor que no falles esta noche.
ACTO 4: RESOLUCIÓN Y TRANSFORMACIÓN
La sala de juntas subterránea privada del Aman New York olía a cigarros caros, bourbon añejo y violencia inminente.
Los cinco cabezas de la comisión del sindicato se sentaron alrededor de una mesa de obsidiana masiva, sus rostros sombreados y sombríos. En el extremo más lejano estaba Arthur Pendleton, viéndose engreído y victorioso.
Cuando las pesadas puertas de roble se abrieron, la habitación quedó completamente silenciosa.
Mateo Viscanti entró con la confianza casual y aterradora de una pantera entrando en una jaula de depredadores menores.
Su mano estaba firmemente asegurada alrededor de la cintura de Genevieve, atrayéndola contra su costado.
Ella vestía un vestido de seda carmesí con espalda descubierta que dejaba un rastro de fuego a su paso. Viéndose menos como una agente federal y más como la reina despiadada de un imperio oscuro.
—Tienes mucho descaro mostrando tu cara aquí, Mateo —se burló Arthur, gesticulando hacia los guardias armados alineados contra las paredes—. Y trajiste a la federal contigo. Has insultado a la comisión por última vez.
—Siéntate, Arthur —ordenó Mateo, su voz ecoando en la habitación cavernosa.
No miró a su lugarteniente traidor. En cambio, se dirigió a los cinco jefes del crimen.
—Caballeros, Arthur los ha llamado aquí para acusarme de traición. Afirma que mi prometida es una agente encubierta y que estoy comprometido.
—¿Y no lo es? —exigió Don Rossi, el hombre más viejo en la mesa.
—Ella es una mujer que posee un conjunto muy específico de habilidades —dijo Mateo suavemente, sacando una silla para Genevieve—. Habilidades que han descubierto una rata en nuestra casa. Y no es ella.
Genevieve no se sentó. En cambio, deslizó suavemente la unidad encriptada de su clutch y la conectó a la consola central de la sala de juntas. Sus dedos volaron sobre el teclado de vidrio, evitando el firewall de seguridad del hotel con velocidad aterradora.
—¡Deténganla! —ladró Arthur, desenfundando su arma.
Antes de que pudiera levantarla, Enzo y los hombres de Mateo tenían sus Sig Sauer desenfundadas y apuntadas directamente a la cabeza de Arthur.
—Deja que la chica termine —retumbó Don Rossi, agitando una mano.
Genevieve pulsó la tecla final.
Las pantallas digitales masivas que revestían las paredes de la sala de juntas se encendieron. Filas y filas de datos bancarios, números de enrutamiento offshore y nombres de compañías fantasma iluminaron la habitación oscura.
—Lo que están viendo —anunció Genevieve, su voz ecoando con autoridad absoluta— es el libro de contabilidad privado de Arthur Pendleton, específicamente sus cuentas en el Butterfield Bank en las Caimán. Durante los últimos 36 meses, ha desviado $40 millones de los ingresos de envío de la comisión a sus propios bolsillos. Compró agentes del FBI para cubrir sus rastros y orquestó un golpe contra Mateo para apoderarse del control antes de la auditoría.
La habitación estalló. Los jefes mafiosos miraron fijamente las pantallas, sus expresiones transformándose de escepticismo a rabia asesina.
El rostro de Arthur se desangró de color.
—Es una mentira. Ella fabricó los datos. Es una federal. ¡Ella me tendió una trampa!
—Los números de enrutamiento están en vivo, Arthur —dijo Mateo, dando un paso lento hacia su antiguo amigo—. La comisión puede verificarlos ahora mismo.
Don Rossi sacó un elegante teléfono Philippe Patek de su bolsillo, marcando un número. Habló rápidamente en italiano, sus ojos fijos en la pantalla.
Un momento después, colgó y miró a Arthur con ojos fríos y muertos.
—Las cuentas son reales —declaró Rossi—. El dinero está allí.
Arthur entró en pánico. Se lanzó hacia la puerta, pero el marco masivo de Enzo bloqueó la salida.
Arthur levantó su arma, apuntando salvajemente a Genevieve.
—¡Te mataré, perra…!
Un solo disparo ensordecedor destrozó la tensión.
Los ojos de Arthur se abrieron de par en par. El arma se deslizó de su mano, cayendo al suelo de mármol. Una flor oscura de carmesí se extendió por su pecho. Se desplomó hacia atrás, muerto antes de tocar el suelo.
Genevieve se estremeció, el zumbido en sus oídos desorientándola. Miró a su derecha.
Mateo estaba de pie allí, su Beretta con silenciador aún levantada, humo rizándose del cañón. Sus ojos estaban fijos en el cuerpo de Arthur, desprovistos de cualquier remordimiento.
Había ejecutado al hombre que había sido como un hermano para él sin un segundo de vacilación.
Mateo enfundó su arma y se giró hacia la comisión.
—La deuda está saldada. El dinero robado será devuelto a las cuentas centrales del sindicato por la mañana.
Rossi asintió lentamente, una señal de respeto ultimate.
—Has manejado tu casa, Mateo.
—¿Y la mujer?
Mateo giró su mirada hacia Genevieve. La frialdad desapareció, reemplazada por un calor posesivo y ardiente que hizo que su aliento se entrecortara.
Caminó a través de la habitación, ignorando la sangre en el suelo, y se detuvo a centímetros de ella.
—Ella ya no es una agente federal —declaró Mateo, su voz ronca con emoción que rara vez mostraba. Extendió la mano, su mano deslizándose hacia la nuca de ella, enredándose en su cabello—. Es Genevieve Viscanti, y cualquiera que cuestione su lealtad de nuevo responderá ante mí.
No esperó una respuesta.
Justo allí, en una habitación llena de los hombres más peligrosos de la ciudad, rodeado por el aroma de pólvora y muerte, Mateo estrelló sus labios contra los de ella.
Este beso era diferente del del hotel. No era un acto desesperado de supervivencia.
Era una promesa.
Era reclamarla cuerpo y alma.
Genevieve se rindió a él, sus manos agarrando las solapas de su traje, devolviéndole el beso con una hambre feroz e imprudente.
El FBI la había abandonado, pero el rey mafioso había movido cielo y tierra para protegerla.
ACTO 5: REFLEXIÓN Y SECUELAS
Más tarde esa noche, de vuelta en el silencio del penthouse de Tribeca, Genevieve estaba de pie junto a las ventanas de piso a techo, observando las luces de la ciudad sangrar en las aguas oscuras del Hudson.
Mateo se acercó detrás de ella, envolviendo sus brazos alrededor de su cintura y atrayéndola contra su pecho sólido. Presionó un beso en la curva de su hombro, sus labios demorándose en su piel desnuda.
—Kesler se ha ido —murmuró Mateo—. Mis hombres encontraron su apartamento vacío. Está huyendo.
—Seguirá huyendo —dijo Genevieve suavemente, inclinándose hacia el abrazo de Mateo—. Sabe lo que les pasa a las personas que te cruzan.
Mateo la giró en sus brazos, sus ojos azul hielo trazando los contornos de su rostro.
—¿Y qué hay de ti, Genevieve? ¿Quieres huir? Puedo darte una nueva identidad, una nueva vida en cualquier lugar del mundo. No tienes que quedarte en esta oscuridad.
Genevieve miró al hombre despiadado y hermoso que había destrozado su realidad y la había reconstruido a su propia imagen.
Extendió la mano, trazando la cicatriz tenue a lo largo de su mandíbula.
—No quiero una nueva vida —susurró, su corazón finalmente aceptando la verdad contra la que había estado luchando desde el momento en que él la reclamó por primera vez—. Te quiero a ti.
Los ojos de Mateo se oscurecieron con deseo crudo y sin filtro. La levantó en sus brazos, llevándola hacia el dormitorio.
Ya no fingiendo, ya no jugando un juego.
El compromiso falso había terminado.
El amor real acababa de comenzar.