El día que el jefe de la mafia compró a una mujer por 3 millones de dólares
Moretti no alzó la voz. Apenas movió los labios. Pero la boca de Gavin se cerró de golpe, sus dientes chocando. Los ojos oscuros de Moretti se desplazaron de Gavin a Harper.
Ella estaba paralizada, el aire acondicionado helado golpeando desde una rejilla directamente sobre ella. No podía detener los microescalofríos que sacudían su cuerpo. Miraba un nudo en la mesa de roble, negándose a encontrarse con su mirada. Podía sentir sus ojos sobre ella, pesados y analíticos. No la desnudaba con la mirada como solían hacer los socios de Gavin. La evaluaba, calculaba su peso, su postura, el temblor visible en sus rodillas.
—Esta es la garantía —afirmó Moretti. No era una pregunta.
—Sí —dijo Gavin rápidamente, empujándola medio paso hacia adelante con entusiasmo—. Harper, es… es muy complaciente, muy leal. Puede tenerla a su disposición hasta que la transferencia bancaria se aclare el próximo mes. Lo que necesite, ella no se queja.
El estómago de Harper se revolvió, el ácido subiendo a su garganta. La indignidad debería haberla enfurecido, pero la ira requiere energía, y ella estaba completamente en bancarrota.
Necesitaba cambiar su peso. Su pierna derecha, soportando la peor parte del enorme hematoma en la cadera, comenzaba a entumecerse. Trató de transferir sutilmente su peso a la pierna izquierda, pero el movimiento repentino tiró con fuerza de su costilla fracturada. Una punzada de dolor blanco y cegador atravesó su pecho, robándole el aire de los pulmones.
Jadeó. Un sonido áspero y dentado que resonó en la habitación silenciosa. La mano de Gavin se disparó, agarrándole la muñeca y apretando hasta que los huesos rechinaron.
—Quédate quieta —siseó por el rabillo de la boca.
Pero Harper no podía. La luz blanca del dolor no se desvanecía. Se expandía, tragando la periferia de su visión. Los bordes de la habitación comenzaron a desdibujarse.
—Respira —se ordenó a sí misma—. Solo respira.
Intentó inhalar, pero su diafragma se negó a expandirse. Su cuerpo estaba cerrando la operación, priorizando el control de daños sobre el oxígeno. El aire helado de la habitación se sentía espeso, como si estuviera tratando de respirar bajo el agua. El suelo bajo ella se sentía inestable.
Vio a Moretti inclinar ligeramente la cabeza, un ceño fruncido en sus rasgos pesados. Estaba mirando la forma en que sus hombros estaban encorvados, la forma en que su piel se había vuelto traslúcida, el leve brillo de sudor frío en su frente. No quería caer. Realmente no. Se sentía demasiado dramático, demasiado débil.
Intentó extender la mano para apoyarse en el respaldo de la silla de cuero más cercana, pero sus dedos fallaron por una pulgada. Sus rodillas cedieron. No fue un desmayo elegante. Fue un colapso estructural completo. Sus espinillas golpearon el suelo primero, seguido de su cadera. El impacto envió una onda de choque de agonía a través de su costado magullado. Cayó de costado, su mejilla golpeando contra la madera fría y dura del suelo.
Lo último que oyó antes de que el zumbido en sus oídos ahogara el mundo fue la voz de Gavin, aguda y furiosa.
—¡Levántate, estúpida! ¡Levántate!
Luego todo se sumió en una oscuridad bendita y violenta.
ACT 2 — CONTEXTO Y ESCALADA
La oscuridad no duró. Se fracturó casi de inmediato, rompiéndose en sensaciones borrosas y desconectadas. El olor la golpeó primero, no el menta barata de Gavin, ni el ozono del pasillo. Era el aroma a cedro, a aceite de armas y a algodón almidonado limpio. Era un olor profundamente masculino, pesado, pero anclado.
Luego vino la textura. El suelo era duro contra su mejilla, pero algo estaba bajo su cabeza. Algo tibio. El zumbido en sus oídos se desvaneció lentamente, reemplazado por el ambiente tenso y susurrante de la habitación.
Mantuvo los ojos cerrados, su conciencia en ese espacio liminal entre el desmayo y el despertar. Un espacio donde el dolor estaba apagado.
—Le pido disculpas, señor Moretti. Es dramática. Hace esto para llamar la atención. Déjeme…
La voz de Gavin, cerca. El sonido de su zapato arrastrándose sobre la alfombra mientras se acercaba a ella. Se preparó para la patada. Por lo general, llegaba a las costillas o a la parte posterior de los muslos.
Nunca llegó.
—Dé otro paso hacia ella —dijo una voz grave y profunda, apenas por encima de un susurro—, y mis hombres lo arrojarán por esa ventana pieza por pieza.
El sonido de arrastre se detuvo al instante. El silencio que siguió fue tan profundo que Harper pensó que la habitación había sido evacuada.
Harper abrió sus pesados párpados. El mundo estaba de lado y ligeramente borroso. Miraba más allá de un par de zapatos de vestir oscuros y pulidos. Zapatos enormes. Arrastró la mirada hacia arriba.
Romano Moretti no estaba sentado en su mesa. Estaba arrodillado en el suelo junto a ella. No estaba en cuclillas en una postura táctica. Estaba apoyado en una rodilla, arruinando el pliegue de sus pantalones, completamente imperturbable por el polvo del suelo. Su mano derecha estaba actualmente metida bajo su cráneo, sosteniendo su cabeza para mantenerla fuera del suelo duro. El calor que irradiaba su palma se filtraba en su cuero cabelludo.
Se estremeció instintivamente, tratando de apartarse.
—Tranquila —murmuró Moretti. Su voz no era tranquilizadora ni suave. Era simplemente una directiva, práctica y firme. No retiró su mano, pero tampoco la sostuvo con fuerza. Simplemente permitió que su mano siguiera siendo una barrera sólida e inamovible entre ella y el suelo.
Harper miró su rostro. De cerca, las cicatrices en su piel eran más visibles. Una delgada línea blanca atravesaba su ceja izquierda y un grupo de marcas de viruela desvaídas cerca de su mandíbula.
Sus ojos, esas piedras marrones y planas, escaneaban su rostro con intensidad microscópica. Movió su mano libre hacia ella. Harper no pudo reprimir el violento estremecimiento que recorrió su cuerpo. Apretó los ojos, esperando el golpe. En lugar de eso, dedos gruesos y romos rozaron su mejilla. El tacto era sorprendentemente ligero para un hombre de su tamaño. La piel de su mano era áspera, pesada, con callos abrasadores que acolchaban sus yemas, del tipo que se ganan después de años arrastrando cosas pesadas o rompiendo cosas duras.
Sin embargo, la forma en que la tocaba era completamente clínica. No la acariciaba. Apartaba el cabello de su rostro para exponer el lado izquierdo de su mandíbula. Su pulgar rozó suavemente el borde de un moretón amarillo que se desvanecía cerca de su oreja. Luego sus ojos se desplazaron hacia su cuello, notando las marcas rojas y enfadadas que los dedos de Gavin habían dejado cerca de su clavícula.
Moretti no le dijo nada. No le preguntó si estaba bien. Mantuvo su mano masiva sosteniendo su cabeza, giró ligeramente su rostro y miró a Gavin.
Harper no podía ver a Gavin desde su ángulo, pero podía oír su respiración frenética.
—Se cayó —tartamudeó Gavin—. Es torpe. Se cayó por las escaleras del apartamento ayer.
Moretti lo miró fijamente. El jefe de la mafia no parecía enfadado. Parecía vagamente disgustado, como si hubiera pisado algo podrido en la acera.
—Se cayó —repitió Moretti, su tono más plano que antes.
—Sí, señor. Mire, si es un producto dañado, lo entiendo. Puedo encontrar otra forma de garantizar…
—Cállate, Gavin —interrumpió Moretti suavemente.
Volvió a mirar a Harper. Temblaba violentamente ahora, una combinación del shock que se desvanecía y el aire acondicionado helado. Sus dientes castañeteaban con fuerza. Moretti exhaló lentamente por la nariz. Deslizó su mano de debajo de su cabeza, bajando suavemente su cráneo al suelo. Harper sintió una punzada repentina e irracional de pérdida al desaparecer su calor. Se levantó. El puro tamaño de él, bloqueando las luces empotradas del techo, la proyectó en una sombra pesada.
—Tu deuda es de 3 millones de dólares —dijo Moretti, mirando a Gavin. Ya no estaba haciendo papeleo. Sus manos colgaban sueltas a los costados. Parecía completamente relajado, lo que lo hacía infinitamente más aterrador.
—Sí —tragó saliva Gavin—. Con el interés, la deuda es…
—La deuda está saldada —dijo Moretti. Un momento de silencio atónito. La respiración de Harper se entrecortó, un dolor agudo en sus costillas.
—¿Saldada?
—¿Saldada? —chilló Gavin—. ¿Quiere decir que ella cubre los 3 millones? Señor, sabía que vería el valor en ella. Es…
—La deuda está saldada —repitió Moretti, su voz cayendo media octava, llevando un filo mortal que silenció a Gavin al instante—. Con una condición.
—Lo que sea, lo que sea.
—Sales de esta habitación ahora mismo. No vuelves a tu apartamento. No haces las maletas. Vas directamente al aeropuerto. Y te subes al primer avión que salga de esta ciudad. Si mis hombres te ven en esta ciudad después de la medianoche de esta noche, la deuda se restablece y la cobraremos en sangre.
Gavin no dudó.
—Sí. Sí, absolutamente. Lo entiendo. Gracias, señor Moretti. Gracias. Me voy. Ya me fui.
Ni siquiera miró a Harper. Se giró sobre sus talones, sus zapatos de cuero chirriando rápidamente contra la madera mientras prácticamente salía corriendo hacia las pesadas puertas de vidrio.
Harper yacía en el suelo, su mente dando vueltas. Gavin se había ido. Realmente la había dejado. El golpe no le llegó como alivio, sino como un frío y aterrador pavor. Estaba sola en una habitación con un jefe de un cartel que acababa de comprarla por 3 millones de dólares.
Gavin abrió la puerta de vidrio.
—Una cosa más —dijo Moretti.
Gavin se quedó paralizado en el umbral, demasiado aterrorizado para girarse.
—Sí…
—No se cayó por las escaleras —la voz de Moretti estaba completamente desprovista de emoción.
Gavin no respondió. Salió corriendo por el pasillo. Las pesadas puertas de vidrio se cerraron con un golpe sordo. Moretti se quedó en silencio un largo momento, mirando las puertas cerradas. Luego miró a uno de sus hombres, un tipo enorme con la cabeza rapada. Moretti hizo un gesto sutil, apenas perceptible. El hombre asintió, se apartó de la pared y salió silenciosamente por la puerta lateral de la sala de juntas.
Harper no era idiota. Sabía lo que significaba ese gesto. Gavin no llegaría al aeropuerto. La deuda no estaba saldada. Simplemente se estaba liquidando de otra manera.
Moretti volvió su atención hacia ella. Harper intentó levantarse. Apoyó las palmas de las manos en el suelo y empujó. Sus brazos temblaban violentamente. Su brazo derecho, con el dolor irradiando desde la clavícula, cedió de inmediato. Cayó de nuevo, jadeando mientras su costilla rota se movía de nuevo. Lágrimas de pura frustración picaban en las comisuras de sus ojos.
Odiaba ser débil. Odiaba estar en el suelo.
Una sombra cayó sobre ella de nuevo. Moretti se agachó a su lado. No la tocó esta vez. Solo la observó forcejear.
—Deja de moverte —ordenó.
—Tengo que levantarme —jadeó ella, su voz sonando débil y rota—. Puedo mantenerme de pie.
—No puedes.
Era una declaración de hecho, no un insulto.
—Sí puedo —mintió ella, mirando sus zapatos negros y pesados.
Moretti suspiró. Fue el suspiro cansado y pesado de un hombre que tenía demasiado que hacer y no suficiente tiempo. Se inclinó hacia adelante. Harper se preparó para que la levantara del brazo, para tirar de ella como Gavin habría hecho. Pero no. En lugar de eso, un brazo masivo se deslizó bajo sus rodillas, levantando el dobladillo de su vestido verde. El otro brazo, grueso como una rama, se deslizó detrás de su espalda, apoyando su columna justo por encima de sus costillas lesionadas.
No gruñó. No se esforzó. Con una facilidad aterradora, se levantó, levantando todo su peso del suelo, como si no pesara más que un abrigo de invierno.
Harper jadeó, instintivamente, envolviendo su brazo bueno alrededor de su grueso cuello para estabilizarse. La repentina elevación la mareó. Estaba presionada contra su pecho. Su corazón latía contra su brazo, un ritmo lento, constante, increíblemente tranquilo. Miró hacia arriba, a su perfil. el ángulo duro de su mandíbula, la sombra de la barba. Olía tan intensamente a cedro y a peligro.
—¿Qué estás haciendo? —jadeó ella, su pánico finalmente rompiendo el agotamiento—. ¿Dónde me llevas?
Moretti no la miró. Comenzó a caminar hacia una puerta privada en la parte trasera de la sala de juntas.
—A sentarte —respondió simplemente—. Estás arruinando el suelo.
Empujó la pesada puerta de roble con un pie y la llevó a la oficina privada más allá. Harper apretó los ojos, apoyando la cabeza contra su hombro. No sabía si estaba entrando en una jaula o en un santuario, pero por primera vez en 2 años, ya no tenía frío.
ACT 3 — ASCENSO AL CLÍMAX
La oficina privada no parecía un lugar donde se ordenaran ejecuciones. Parecía un archivo. Las paredes estaban forradas con estanterías de piso a techo que se combaban bajo el peso de gruesos libros de contabilidad encuadernados en cuero y carpetas de contabilidad que no coincidían. El aire era espeso y rancio, olía intensamente a papel viejo, cola de encuadernación y un tenue y agudo toque de whisky caro. Carecía del pulido estéril y helado de la sala de juntas. Se sentía intensa, sofocantemente humana.
Moretti no la depositó con suavidad. La depositó en un enorme sofá Chesterfield de color marrón oscuro con una brusquedad que hizo que sus dientes chocaran. El cuero era viejo, agrietado en un patrón de telaraña, y sorprendentemente frío contra la piel desnuda de sus muslos.
Harper se encogió inmediatamente, llevándose las rodillas hacia el pecho lo más lejos que su cadera que gritaba se lo permitía, tratando de proteger su costilla fracturada. Presionó su brazo bueno contra su estómago, tiritando.
La adrenalina se estaba drenando rápidamente de su torrente sanguíneo, dejando un dolor frío y hueco que se asentaba en lo profundo de su médula. Moretti le dio la espalda. Caminó hacia una pesada credenza de caoba, sus botas pesadas golpeando suavemente contra una alfombra persa vieja que había visto mejores décadas.
Cogió una jarra de cristal, el líquido ámbar en su interior captando la escasa luz de una lámpara de escritorio con pantalla verde. Harper lo observó, su respiración superficial y rápida. Esperaba que bebiera. Los hombres como Gavin siempre bebían después de ejercer violencia o dominancia. Era una vuelta de victoria.
En cambio, Moretti sirvió exactamente dos dedos de licor en un vaso de cristal, se giró y volvió al sofá. Le tendió el vaso.
Ella miró su mano llena de callos, luego hacia arriba, a su rostro. Su expresión era una pared en blanco.
—No bebo —dijo ella con voz ronca.
La mentira sabía a cobre. Bebía cuando el dolor de vivir con Gavin se volvía demasiado fuerte. Pero no iba a bajar la guardia en una habitación con un jefe de un cartel.
—Ahora sí —dijo Moretti. No acercó el vaso. Simplemente lo sostuvo allí, un objeto inamovible—. Adormecerá el shock del sistema nervioso hasta que llegue el médico.
—No necesito un médico.
Los ojos oscuros de Moretti se posaron en su torso.
—Tu respiración es superficial, rápida y asimétrica. Tu hombro izquierdo está 2 pulgadas más bajo que el derecho, y has entrado en hipotermia leve. Toma el vaso, Harper.
Fue la primera vez que usaba su nombre. Sonaba extraño al salir de él. Profundo, áspero, despojado del tono llorón y mezquino con que Gavin siempre lo envolvía.
Su mano tembló violentamente mientras la extendía. Sus dedos rozaron sus nudillos. Se sintieron como papel de lija tibio. Agarró el pesado cristal y lo llevó a sus labios. El whisky era brutalmente fuerte, quemando un camino de fuego por su garganta y golpeando su estómago vacío como una cerilla en un matorral seco.
Tosió. Un terrible sonido de arcada que tiró salvajemente de su costilla rota. Un gemido escapó de sus dientes antes de que pudiera morderlo. Apretó los ojos, esperando la burla, esperando que la llamaran débil.
—Respiraciones cortas y superficiales por la nariz —instruyó Moretti en voz baja.
Abrió los ojos. Él había cogido una manta de lana gruesa de la parte trasera de una silla de lectura y la había arrojado sobre sus piernas. No fue un arropamiento suave. Prácticamente la dejó caer sobre ella, pero el repentino peso sofocante y la textura áspera de la lana se sintieron anclados.
Se alejó de nuevo, poniéndose detrás de su enorme escritorio. No se sentó. Cogió un teléfono de escritorio negro, marcó tres números y esperó.
—Haris —dijo Moretti al auricular. Su voz era baja, vibrando en la habitación silenciosa—. Mi oficina. Trae un ecógrafo, un vendaje para las costillas y lo que uses para las contusiones profundas de tejidos. 5 minutos.
Colgó sin esperar respuesta.
Harper se aferró al vaso de cristal, el ardor del whisky irradiando lentamente un falso calor a través de su pecho.
—No tenías que hacer eso.
—¿Hacer qué? —preguntó Moretti, abriendo un cajón y sacando una carpeta manila nueva.
—¿Llamar a un médico o saldar su deuda? —tragó saliva, el cínico armazón deslizándose de nuevo en su lugar, frío y familiar—. Si solo soy una garantía, no necesitas arreglarme. Puedo limpiar pisos igual de bien con una costilla rota.
Moretti finalmente levantó la vista de la carpeta. El agotamiento plano y muerto en sus ojos se desplazó, afilándose en algo altamente enfocado e intensamente incómodo. La miró fijamente durante un largo y agonizante minuto.
—¿De verdad crees? —dijo Moretti, su voz cayendo a un murmullo rasposo—. ¿Dejé que un rata como Gavin saliera de mi edificio con vida solo para poder adquirir a una mujer magullada en un vestido arruinado?
Harper parpadeó, su garganta cerrándose.
—Gavin es un idiota —interrumpió Moretti suavemente—. Y Gavin está muerto.
Las palabras flotaron en el aire rancio.
—¿Muerto?
Lo había sospechado cuando el hombre calvo salió de la sala de juntas, pero oírlo decir en voz alta con el aburrimiento casual de un hombre que habla del clima envió una violenta sacudida por su columna vertebral. No estaba de luto por Gavin. La idea de él desangrándose en un muelle de carga en algún lugar la llenó de un oscuro y terrible alivio.
Pero la realidad de lo que Moretti era capaz, de lo que hacía sin pensarlo dos veces, la ancló a la aterradora verdad de su situación.
—Entonces, ¿por qué estoy aquí? —susurró.
Moretti apoyó los nudillos en el escritorio.
—Porque detesto el desorden en mi sala de juntas y tú estabas haciendo un desorden.
El doctor Harris llegó exactamente 4 minutos después. No parecía un médico de la mafia. Era un hombre delgado y calvo con gafas de alambre, con una chaqueta de tweed arrugada que olía vagamente a antiséptico y té de menta. Llevaba un maletín médico viejo y desgastado que parecía haber sobrevivido a una guerra mundial.
No hizo preguntas. No miró a Moretti, que se había retirado a la esquina más lejana de la oficina, apoyado contra las estanterías con los brazos cruzados sobre su pecho masivo.
—Siéntate, por favor —murmuró Harris, poniéndose unos guantes de látex.
El chasquido del caucho resonó en la habitación silenciosa. Harper lo intentó. Se empujó contra el sofá de cuero con su brazo bueno, pero sus músculos centrales se negaron por completo a activarse. Antes de que pudiera fracasar por segunda vez, una gran sombra bloqueó la lámpara del escritorio. Moretti estaba allí de repente. No dijo una palabra. Simplemente se inclinó, deslizó una mano detrás de su omóplato ileso y la empujó firmemente hacia una posición sentada. Su mano se demoró una fracción de segundo contra su espalda desnuda, una pared de calor sólido, antes de que se retirara a su esquina.
Harper mantuvo la mirada fija en el suelo.
—La humillación era una píldora amarga alojada en su garganta.
—Necesito examinar las costillas —dijo Harris con suavidad, su tono completamente clínico—. El vestido estorba.
Harper alcanzó la fina tira del slip verde. Sus dedos se sentían torpes e inútiles. La seda se pegaba al sudor frío de su piel. Tiró, pero la tela se enganchó en su clavícula, arrastrándose bruscamente sobre los moretones morados que los dedos de Gavin habían dejado.
—¡Basta! —la voz de Moretti atravesó la habitación como un látigo.
Harper se quedó paralizada, su corazón golpeando contra sus magulladas costillas. Miró hacia arriba, aterrorizada.
Moretti caminó hacia su escritorio, cogió un par de tijeras de acero inoxidable de las pesadas y las arrojó al sofá junto a Harris. Aterrizaron con un fuerte golpe metálico.
—Córtalo —ordenó Moretti.
La respiración de Harper se entrecortó.
—No, por favor. Es… no sabía por qué defendía el vestido. Lo odiaba. Odiaba lo que representaba. Pero la idea de estar medio desnuda en una habitación con dos hombres extraños, despojada incluso de esta frágil barrera, la hizo querer arañar el suelo.
—Es una barrera para un examen limpio —dijo Harris suavemente, cogiendo las tijeras—. No te expondré más de lo necesario. ¿Prometido?
Harper miró a Moretti. Estaba mirando por la ventana hacia el oscuro horizonte de la ciudad, su ancha espalda completamente vuelta hacia ella. Era un movimiento deliberado y calculado. Le estaba dando la única privacidad que podía permitirse en una habitación sin puertas.
Tragó el nudo ácido de orgullo en su garganta y le dio a Harris un brusco asentimiento.
El acero frío de las tijeras se deslizó contra su clavícula. La gruesa seda se separó con un sonido de desgarro distintivo. Harris se movió rápida y eficientemente, cortando la costura lateral del vestido, saltándose la cremallera por completo. La tela esmeralda cayó, amontonándose alrededor de su cintura. El aire frío de la oficina golpeó su torso.
Se envolvió los brazos alrededor de su pecho, mirando su propia piel. Era un lienzo de violencia. El moretón en su cadera era el peor. Una masa hinchada de negro e índigo. Pero también había marcas más viejas. Huellas dactilares amarillas que se desvanecían en sus brazos. Una fina cicatriz horizontal en su abdomen inferior. La fresca hinchazón violeta sobre su caja torácica izquierda donde Gavin la había pateado dos noches atrás.
Harris no se inmutó. No ofreció lástima. Movió sus manos sobre sus costillas, su tacto ligero pero firme.
—Inhala —ordenó.
Harper aspiró. El dolor fue cegador.
—Exhala —ella lo soltó en una ráfaga temblorosa.
—Dos costillas fracturadas, séptima y octava, anterolateral —recitó Harris, sacando una sonda de ultrasonido portátil de su bolso. Apretó un chorro de gel frío sobre su costado. Ella se estremeció violentamente—. Lo siento, quédate quieta.
Pasó la sonda sobre su abdomen, con los ojos fijos en la pantalla de una pequeña tableta.
—No hay hemorragia interna —anunció finalmente Harris, limpiando el gel de su piel con una toalla de papel áspera—. La contusión en la cadera es profunda hasta la bolsa sinovial, pero no hay fracturas pélvicas. Está desnutrida, gravemente deshidratada y tiene fiebre leve por la inflamación de los tejidos. Pero vivirá.
—Venda las costillas —la voz de Moretti llegó desde la ventana. Todavía no se había dado la vuelta.
Harris sacó una venda elástica gruesa de su bolso. La envolvió firmemente alrededor de su pecho, asegurándola con cinta médica. La presión era intensa, pero estabilizó al instante los huesos que rechinaban. Por primera vez en 48 horas, podía respirar sin sentir que tragaba vidrio.
—Dejaré una receta para un antiinflamatorio y un analgésico fuerte —dijo Harris, guardando su bolso—. Necesita dormir, hielo y comida. En ese orden.
Cerró el bolso de golpe, le dio a Harper un breve asentimiento profesional y salió de la oficina. La pesada puerta de roble se cerró detrás de él.
El silencio regresó, más pesado que antes. Moretti finalmente se apartó de la ventana. Caminó hacia el sofá, recogió los restos del vestido esmeralda y los arrojó a una papelera de latón. No miró su torso medio desnudo. Caminó de vuelta a su escritorio, abrió un cajón inferior y sacó una camiseta de algodón gris doblada. Se la arrojó. Aterrizó suavemente en su regazo.
—Póntela —dijo, dándole la espalda de nuevo.
Desdobló la camiseta. Era enorme, de algodón pesado, con ese mismo olor a cedro y ropa limpia que envolvía a Moretti. Se la puso, estremeciéndose al pasar los brazos por las mangas. El dobladillo le llegaba por encima de la mitad del muslo. La devoraba por completo.
—Puedes darte la vuelta —murmuró, tirando de la manta de lana de nuevo sobre sus piernas.
Moretti se giró. Se apoyó en el borde de su escritorio, con los brazos cruzados, una montaña imponente de tela oscura y silenciosa amenaza.
—Bien —dijo Harper, su voz ronca pero firme. La medicación para el dolor que Harris le había dado ya empezaba a difuminar los bordes de su mente, amortiguando su miedo—. Gavin está muerto. La deuda ha desaparecido. ¿Qué pasa con la garantía?
—No hay garantía —dijo Moretti con voz plana.
—Entonces, ¿por qué llevo tu camisa?
Era una pregunta estúpida y temeraria. Gavin la habría abofeteado solo por el tono, pero estaba agotada y había dejado de jugar al juego de las adivinanzas.
Moretti no la golpeó. El músculo de su mandíbula se tensó, un pulso lento y rítmico bajo el tejido cicatrizal de su mejilla.
—Porque —dijo lentamente, pronunciando cada sílaba como si hablara con un niño difícil—, actualmente eres incapaz de bajar un tramo de escaleras, y mucho menos de moverte por las calles de esta ciudad en un slip roto. Eres una responsabilidad. Si sales de este edificio con aspecto de perro apaleado, atrae la atención de la policía. La atención de la policía interfiere con mis negocios. No me gustan las interferencias.
Era una respuesta fría, brutal e intensamente lógica. Despojaba cualquier ilusión de rescate o lástima. No la había salvado porque le importara. La había salvado porque era un problema logístico que necesitaba ser manejado.
Extrañamente, Harper encontró eso profundamente reconfortante. La lástima era una moneda que podía agotarse. La lógica era permanente.
—Entonces soy una prisionera.
—Eres una invitada —corrigió Moretti, sus ojos oscuros fijos en los de ella—. Por exactamente el tiempo que tarde en soldar tus costillas y bajar la hinchazón. Después de eso, sales por la puerta principal y no volvemos a hablar nunca. ¿Nos entendemos?
Harper miró el pesado anillo de plata en su mano derecha. Una invitada. Había cambiado a un depredador violento e impredecible por un asesino frío y pragmático.
—Entiendo —dijo ella.
Moretti se separó del escritorio.
—Bien. Vamos arriba.
El penthouse estaba dos pisos directamente encima de la sala de juntas. Moretti no la llevó esta vez, pero se mantuvo incómodamente cerca en el ascensor privado, su mano masiva flotando a centímetros de su codo, listo para atraparla si sus rodillas cedían de nuevo.
Las puertas se abrieron a un espacio que se sentía menos como un hogar y más como un hotel de lujo y fuertemente fortificado. El suelo era de hormigón pulido, los muebles de líneas angulosas, cuero oscuro y acero cepillado. No había fotografías, ni arte en las paredes, ni señales de que un ser humano viviera realmente allí.
Moretti la llevó por un amplio pasillo silencioso y se detuvo frente a una pesada puerta de madera maciza.
—Esta es tuya —dijo, apartándose.
Harper cojeó a su lado. La habitación de invitados era enorme, dominada por una cama tamaño king cubierta con sábanas de lino gris carbón. Una gruesa cortina blackout cubría la única ventana grande.
Se quedó en medio de la habitación, sintiéndose pequeña y ridícula con la camiseta enorme, aferrando sus costillas magulladas. El bajón de adrenalina era absoluto ahora. Los bordes de su visión se nublaban.
—El baño está por esa puerta —dijo Moretti, quedándose en el pasillo—. Las toallas están en el armario. Hay un cepillo de dientes en el lavabo. No cierres la puerta con llave.
Harper se giró bruscamente, su mecanismo de defensa cínico activándose al instante.
—¿Perdón?
—Si te desmayas y te rompes el cráneo contra el azulejo, no voy a derribar una puerta para sacarte —respondió Moretti con tono uniforme—. No la cierres.
No esperó a que ella discutiera. Se giró y se fue por el pasillo. Harper miró el umbral vacío. Sintió un impulso irracional de llorar. No era el dolor ni el miedo. Era el agotador torbellino del día. Esperaba ser vendida, golpeada o asesinada. En cambio, estaba en un penthouse de millones de dólares, con la camiseta de un jefe de la mafia, recibiendo órdenes de no cerrar la puerta del baño por su propia seguridad.
Caminó hacia el baño. Era prístino, todo mármol negro y vidrio. Se vio en el espejo y se estremeció. Su mejilla estaba raspada por el suelo de la sala de juntas. La camiseta gris colgaba de su delgada figura, exponiendo un moretón morado que trepaba por su cuello. No parecía una mujer que valía 3 millones de dólares. Parecía basura sacada de un río.
Se salpicó la cara con agua fría y volvió a la cama. Meterse fue un proceso agonizante. Finalmente logró deslizarse bajo el pesado edredón, tumbada boca arriba, mirando fijamente el techo oscuro. El silencio del penthouse era ensordecedor.
Cerró los ojos, esperando que el sueño la arrastrara. Pasó una hora. La medicación la hacía pesada, pero su mente se negaba a apagarse. Cada vez que se deslizaba hacia la inconsciencia, la imagen de los ojos planos y muertos de Moretti mirando a Gavin la sobresaltaba.
El suave clic del picaporte al abrirse la puso rígida. No se incorporó. Físicamente no podía, pero su corazón comenzó un ritmo frenético y aterrador contra sus costillas. Mantuvo los ojos entreabiertos, viendo la rendija de luz del pasillo ensancharse.
Una sombra masiva entró en la habitación. Moretti no encendió la luz. Se movió en silencio hasta la mesita de noche junto a su cama. Oyó el suave tintineo del vidrio contra el vidrio, seguido de un leve susurro.
—Sé que estás despierta —su profunda voz grave rompió el silencio.
Harper abrió los ojos por completo. Estaba de pie junto a la cama, mirándola. Se había quitado la camisa. Llevaba una camiseta negra sin mangas que se ceñía a su grueso pecho, revelando pesados tatuajes tribales que serpenteaban por su bíceps izquierdo.
Colocó un vaso de agua y dos pastillas blancas en la mesita de noche.
—Harris dijo que necesitas tomar esto cada 4 horas para mantener la inflamación baja —dijo Moretti, su voz despojada de la fría autoridad que usaba en la sala de juntas. Sonaba increíblemente cansado.
Harper miró las pastillas.
—¿Van a noquearme?
—Con suerte.
Tragó saliva, girando ligeramente la cabeza para mirarlo.
—¿Por qué haces esto?
—Ya te lo dije.
—No me des esa responsabilidad logística —replicó ella. La repentina oleada de enfado la sorprendió incluso a ella—. Eres Romano Moretti. Matas a la gente que te incomoda. No traes a sus novias maltratadas a tu penthouse para hacer de enfermero.
Moretti no se inmutó. Se quedó perfectamente quieto en la tenue luz. El silencio se alargó, pesado y opresivo. Harper pensó que había ido demasiado lejos. Se preparó para la explosión, para que la mano pesada descendiera. En lugar de eso, Moretti extendió la mano. Harper apretó los ojos, retirando instintivamente la cabeza hacia la almohada.
Sintió el pulgar áspero y calloso rozar suavemente su frente. No la golpeaba. Apartaba un mechón de cabello húmedo y rebelde de sus ojos. El tacto era agónicamente tierno, una contradicción masiva al tamaño violento del hombre.
—Gavin te golpeaba porque era un hombre débil y patético que necesitaba sentirse grande —dijo Moretti, su voz un grave vibrato en la oscuridad—. Yo no necesito golpearte para saber que soy grande. No me excitan las mujeres aterrorizadas.
Retiró la mano. La repentina pérdida del calor abrasador en su piel la hizo temblar.
—Toma las pastillas, Harper —dijo en voz baja. Se giró y caminó hacia la puerta.
—Moretti —lo llamó, su voz apenas un susurro.
Se detuvo en el umbral, una silueta masiva contra la luz del pasillo.
—Gracias.
Las palabras se sintieron extrañas en su lengua. Se sintieron peligrosas. Moretti no se giró. Se quedó allí un largo momento, sus anchos hombros subiendo y bajando con una respiración lenta.
—No me des las gracias todavía —murmuró.
Salió al pasillo. No cerró la puerta del todo. La dejó abierta una pulgada, una delgada rendija de luz amarilla derramándose sobre el suelo de hormigón, una prueba silenciosa e innegable de que no estaba encerrada.
Harper miró esa rendija de luz hasta que las pesadas pastillas la arrastraron a una oscuridad pesada y sin sueños.
ACT 4 — RESOLUCIÓN Y TRANSFORMACIÓN
La mañana en el penthouse no irrumpía. Se filtraba a través de las gruesas cortinas en tonos de gris hormigón. Harper despertó con el olor agrio y amargo del café quemado y la grasa hirviendo.
Yacía perfectamente quieta, catalogando los daños. El fuerte narcótico se estaba desvaneciendo, dejando un dolor sordo y palpitante en su costado izquierdo, pero el agudo dolor cegador del hueso fracturado había desaparecido, sujeto firmemente por la venda compresiva.
Se quitó el pesado edredón. Levantarse fue un asunto torpe y poco elegante. Rodó sobre su cadera buena, se empujó hacia arriba con el brazo derecho y esperó a que pasara la ola de náuseas. Seguía con la camiseta enorme. Caminó descalza hasta la cocina, arrastrando ligeramente la pierna izquierda.
El penthouse era cegadoramente brillante, los ventanales dejaban entrar la dura luz del día.
Siguió el olor a comida hasta la cocina. Era un espacio intimidante: metros de granito negro, electrodomésticos de acero inoxidable que parecían de carnicería comercial, y cero desorden.
Romano Moretti estaba junto a la isla de la cocina. Llevaba pantalones de chándal gris oscuro y una camiseta negra de manga corta y ceñida. A la luz del día, su masa era abrumadora. Sus hombros bloqueaban un tercio de la ventana detrás de él. No estaba friendo huevos con un elegante movimiento de muñeca. Usaba una espátula metálica pesada para raspar violentamente un grueso trozo de carne contra una sartén de hierro fundido.
No se giró cuando ella se detuvo en el umbral.
—Siéntate.
Harper no discutió. Caminó hasta el taburete de acero más cercano y se subió, aferrándose al borde frío de la encimera de granito para estabilizarse.
—No como bistec para desayunar —dijo con voz ronca.
—Comes lo que pongo delante de ti —respondió Moretti.
No era una amenaza. Era una declaración de necesidad nutricional.
—Eres anémica, desnutrida y tu cuerpo está tratando de recomponer huesos. Necesitas proteínas, hierro y grasa, no un ego magullado.
Apagó el gas. Cogió la sartén pesada con su mano desnuda, sin inmutarse por el calor, y deslizó la carne sellada sobre un plato de cerámica blanca. Añadió tres huevos fritos en la grasa de la carne, arrojó un puñado de espinacas crudas a un lado y empujó el plato a través del granito. Se detuvo exactamente a 8 centímetros de las manos de Harper.
—Un tenedor de plata pesado aterrizó a su lado.
Harper miró la comida. Su estómago se retorció violentamente. No había comido una comida completa en 3 días. Cogió el tenedor. Su mano temblaba. Cortó un trozo de carne, lo arrastró por la yema de huevo líquida y se lo llevó a la boca. El sabor a sal, grasa y hierro golpeó su lengua, y sus glándulas salivales le dolieron. Comió. No quería mostrarle lo hambrienta que estaba, pero la parte animal de su cerebro se apoderó. Prácticamente desgarró la comida, tragando bocados a medio masticar, con los ojos fijos en el granito negro.
—Más despacio —la voz de Moretti retumbó. Estaba apoyado en la encimera frente a ella, con una taza de café negro en la mano—. Estás comiendo como si alguien fuera a quitarte el plato.
Harper se detuvo, el tenedor a medio camino de su boca. Una ola de humillación subió por su cuello. Dejó el tenedor con cuidado.
—Lo siento —murmuró, mirando sus manos.
—No te disculpes por tener hambre en mi casa.
Dejó su taza. Alcanzó el otro lado de la isla. Harper se encogió instintivamente, esperando el golpe. La mano masiva de Moretti no la golpeó. Simplemente cogió una toalla de papel limpia, se inclinó y limpió una mancha de yema de huevo de su barbilla. El papel áspero, respaldado por la presión callosa de su pulgar, era sorprendentemente doméstico. Tiró la toalla sucia y cogió su taza de nuevo.
—Come. Solo recuerda respirar entre bocado y bocado.
Harper cogió el tenedor de nuevo. La cáscara endurecida y cínica que había construido para sobrevivir los últimos dos años se agrietó un milímetro. No sabía qué hacer con un hombre que podía ordenar una ejecución con un gesto y, sin embargo, notaba que se atragantaba con su propia inanición. Respiró hondo, saboreando el ozono del penthouse y el fuerte olor a pimienta negra de la carne. Por primera vez en mucho tiempo, terminó una comida en un silencio completo y sin amenazas.
Tres semanas se convirtieron en cuatro. El brutal tapiz negro y ciruela en la cadera de Harper se desvaneció al amarillo verdoso enfermizo de una vieja mancha de té. La venda compresiva pesada había desaparecido, reemplazada por cinta atlética simple. Ya no arrastraba la pierna izquierda. Podía respirar sin que su visión se volviera blanca.
Sobrevivió en el penthouse convirtiéndose en un fantasma. Leía libros de la enorme biblioteca de él, veía las luces de la ciudad parpadear desde el suelo del salón y se mantenía fuera de su camino cuando sus hombres llegaban para reuniones tensas y silenciosas en el vestíbulo. Moretti nunca alzaba la voz. Nunca la acorralaba. Existía en su periferia como una montaña fuertemente armada, peligrosa, inamovible, pero completamente predecible.
Llegó el martes por la mañana. Harris retiró la cinta.
—La masa ósea se ha estabilizado —dijo el médico, guardando su maletín—. Sigue con cuidado, pero estructuralmente estás limpia.
Moretti, en su lugar habitual junto a la puerta del dormitorio, asintió con un solo gesto seco. Harris se fue. La pesada puerta principal se cerró.
Harper se bajó la camisa. Ya no era la camiseta gris enorme. Uno de los hombres de Moretti había dejado tres bolsas de ropa hacía dos semanas. Vaqueros lisos, jerséis de cachemira suaves, botas sencillas, nada esmeralda, nada de seda, nada diseñado para ser desenvuelto.
Moretti caminó hacia la cómoda. Sacó un sobre blanco y grueso del bolsillo interior de su chaqueta y lo arrojó sobre la madera oscura. Aterrizó con un golpe sordo y apagado.
—Hay 10.000 en efectivo ahí —dijo Moretti. Su voz era plana, la voz de negocios—. Un teléfono móvil nuevo, prepago para un año, y un billete de autobús a Guadalajara. Sale a las 4 de esta tarde.
Harper miró el sobre blanco. El aire en la habitación de repente se sintió increíblemente fino.
—Me estás desalojando —dijo.
No era una pregunta.
—Estás curada —corrigió Moretti, mirando su reloj de acero. No la miró. La responsabilidad está resuelta. Puedes salir por la puerta principal sin llamar la atención. El acuerdo ha concluido.
El pánico, frío y agudo, se apoderó de su pecho. Sabía que esto iba a llegar. Él se lo había dicho la primera noche: “Cuando las costillas se solden, sales y no volvemos a hablar”. Se lo había repetido a sí misma todos los días. Pero mirando el sobre, se dio cuenta con una claridad nauseabunda de que la jaula se había convertido en un santuario. Allí fuera no era nada. Allí fuera los Gavin del mundo estaban esperando.
—Claro —dijo Harper, su voz volviéndose quebradiza y dura. Arrancó el sobre de la cómoda—. El acuerdo. Limpiar el desorden. Tirarlo en un autobús. Muy eficiente, señor Moretti.
Moretti finalmente la miró. Sus ojos marrones y planos se entrecerraron ligeramente, un músculo saltando en su mandíbula.
—No confundas la practicidad con un insulto. Te estoy dando una pizarra limpia. La gente de mi mundo paga con sangre por lo que hay en ese sobre.
—No pedí una pizarra limpia —replicó Harper, el volumen de su propia voz sorprendiéndola—. No te pedí que me arrastraras hasta aquí, que me alimentaras y me vistieras de cachemira para luego devolverme a los lobos.
—No hay lobos en Guadalajara.
—Hay lobos en todas partes —gritó ella, su pecho agitado, el dolor fantasma de sus costillas curadas encendiéndose bajo el estrés repentino—. ¿Crees que un billete de autobús arregla el hecho de que no sé existir sin que alguien me tenga con una correa?
Las palabras salieron de ella antes de que pudiera tragarlas. Era la fea y patética verdad.
Moretti dio un paso adelante. La pura velocidad de su movimiento hizo que Harper retrocediera, su espalda golpeando el frío cristal de la ventana. No se detuvo hasta que estuvo a centímetros de ella. Olía a cedro, a aceite de armas y a una profunda y vibrante ira.
—No soy un hombre que tiene correas —gruñó Moretti. Su voz era un rugido grave y de baja frecuencia—. Tengo territorios. Tengo deudas. Contengo la respiración cuando entras en una habitación con olor a lluvia y papel viejo, fingiendo que no te estremeces cuando cruje el suelo.
Harper lo miró fijamente, su respiración entrecortada. La máscara había desaparecido por completo. El aburrido y cansado jefe de la mafia se había desvanecido, reemplazado por un hombre que la miraba con un hambre cruda y aterradora que hizo que su pulso latiera salvajemente contra su garganta.
—¿Quieres quedarte? —preguntó, su voz cayendo a un susurro, áspero como piedra triturada—. ¿Quieres vivir en un mundo donde mis enemigos eventualmente descubran que la única manera de destrozarme es ponerte una bala a ti?
—Sí —respondió ella al instante.
Sin vacilación, sin desviación cínica.
Moretti cerró los ojos. El aliento que exhaló se estremeció violentamente. Apartó la mano del cristal. En lugar de retroceder, la alcanzó. Ambas de sus manos masivas y callosas enmarcaron su mandíbula. Sus pulgares presionaron contra sus pómulos, inclinando su rostro hacia arriba. Su agarre era completamente firme, sin posibilidad de escape. Pero la presión era agónicamente cuidadosa.
—Si no te subes a ese autobús —advirtió Moretti, su frente apoyada pesadamente contra la de ella—, la puerta se cierra desde dentro. No te vas cuando se acabe la novedad. Pertenecen a la casa. Me perteneces a mí.
Era una jaula. Una jaula dorada, peligrosa y aterradora. Harper alzó la mano, sus pequeñas manos envolviendo sus gruesas muñecas llenas de cicatrices. Sintió el latido pesado y constante de su pulso contra sus palmas.
—Cierra la puerta, Romano —susurró ella.
Los pulgares de Moretti acariciaron su mejilla una vez. No la besó. No la barrió de sus pies. Simplemente exhaló un largo y pesado aliento, apoyando su peso contra ella, anclándolos a ambos en la silenciosa y violenta realidad que habían elegido.
El sobre blanco cayó de sus dedos, golpeando el suelo de hormigón con un golpe suave y olvidado.
ACT 5 — REFLEXIÓN Y SECUELAS
Llegó a la sala de juntas de él como nada más que una garantía magullada, una prenda rota intercambiada para saldar la deuda de un hombre muerto. Pero en el santuario brutalista y silencioso del penthouse de un monstruo, Harper encontró la única cosa que se le había negado toda su vida: seguridad absoluta e inquebrantable.
Romano Moretti no la salvó con palabras bonitas. La ancló con manos callosas, lógica fría y una lealtad forjada en sangre. A veces, los depredadores más aterradores son los únicos capaces de mantener a raya a los lobos.