El Beso Duró Diez Segundos Y Selló Su Destino
ACTO 1 — CONTINUACIÓN INMEDIATA
Arya no se movió por 10 segundos completos.
Solo se quedó allí, sus labios todavía hormigueando, su mente tratando de alcanzar lo que acababa de suceder. A su alrededor, el club pulsaba y latía, ajeno. El bartender servía bebidas. Un grupo de chicas gritaba de risa cerca de la pista de baile. Todo era exactamente igual, excepto que no lo era.
“Arya.”
Se giró. Luca estaba a un metro y medio de distancia, su expresión tensa y furiosa. La rubia y la morena no estaban a la vista.
“¿Qué demonios fue eso?”, exigió.
Arya recogió su vaso de whisky, lo vació, y lo dejó con un suave tintineo.
“Eso”, dijo con calma, “fue yo siguiendo adelante.”
“¿Siguiendo adelante?”
La voz de Luca subió.
“Acabas de besar a un tipo random en medio de un club.”
“Y tú acabas de tener a dos mujeres encima en la sección VIP, así que supongo que estamos empatados.”
Su mandíbula se apretó.
“Eso no fue nada. Solo estaban—”
“Guárdalo.”
Arya agarró su bolso de la barra.
“Se acabó, Luca. Nosotros se acabó.”
“No lo dices en serio.”
“Realmente lo digo.”
Comenzó hacia la salida, pero Luca agarró su brazo, girándola.
“¿Vas a tirar 8 meses por un malentendido?”
Arya tiró de su brazo libre.
“No es un malentendido cuando puedo ver tu mano subiendo por el vestido de alguien.”
“Arya—”
“Se acabó”, repitió, su voz fría. “No me llames. No me textees. No aparezcas en mi apartamento. Solo mantente alejado de mí.”
Se giró y caminó hacia la salida, empujando a través de la multitud y pasando las cuerdas de terciopelo hacia el aire fresco de la noche.
La calle estaba más tranquila aquí—solo el zumbido del tráfico distante y el bajo amortiguado del club detrás de ella. Se paró en la acera, su pecho subiendo y bajando, y dejó que la adrenalina drenara de ella en una larga exhalación.
Se acabó. 8 meses desaparecidos, y no sentía nada. Sin lágrimas, sin arrepentimiento, solo una extraña y hueca sensación de alivio.
Su teléfono zumbó. Un mensaje de Luca.
“Necesitamos hablar.”
Bloqueó su número.
Otro zumbido. Un correo de voz. Lo eliminó sin escuchar.
Arya metió su teléfono en su bolso y comenzó a caminar. No sabía a dónde iba. No le importaba. Solo necesitaba moverse—poner distancia entre ella y ese club, entre ella y Luca, entre ella y las decisiones estúpidas que la habían llevado aquí.
Había caminado tres cuadras antes de darse cuenta de que alguien la estaba siguiendo.
Al principio, fue solo una sensación—un hormigueo en la nuca, la sensación de ser observada. Redujo su paso, mirando por encima de su hombro. La calle estaba mayormente vacía, solo una pareja paseando a su perro y un hombre con traje, su teléfono pegado a su oreja.
Siguió caminando. La sensación no desapareció.
Arya giró hacia una calle lateral, sus tacones haciendo clic más rápido ahora. Miró hacia atrás de nuevo. El hombre con traje todavía estaba allí, tal vez a 6 metros detrás de ella, su teléfono todavía en su oreja.
Su pulso se disparó. Giró otra esquina, caminó más rápido. La calle aquí estaba más oscura, menos luces, menos gente. Podía escuchar pasos detrás de ella ahora—constantes y deliberados.
La mano de Arya se sumergió en su bolso, buscando su teléfono. Lo sacó, su dedo temblando, y comenzó a marcar el 911.
Una mano se cerró alrededor de su muñeca.
Se giró, su corazón golpeando su garganta, y se encontró cara a cara con Adrien.
“¡Jesús!”, jadeó, tirando de su mano hacia atrás. “Me asustaste muchísimo.”
No se disculpó, solo la miró, su expresión ilegible.
“Te están siguiendo.”
“¿Qué?”
La mirada de Adrienne se desplazó más allá de ella hacia el final de la calle. El hombre con traje estaba parado allí, todavía sosteniendo su teléfono, pero ya no estaba hablando. Solo estaba observando.
“¿Quién es ese?”, susurró Arya.
“No lo sé, pero ha estado sobre ti desde que saliste del club.”
Su estómago cayó.
“¿Hablas en serio?”
Adrienne no respondió. Pasó junto a ella, sus movimientos calmados y medidos, y comenzó a caminar hacia el hombre. El hombre lo vio venir e inmediatamente se giró, desapareciendo alrededor de la esquina.
Adrienne se detuvo, viéndolo ir, luego se volvió hacia Arya.
“Ven”, dijo.
“¿Ven? ¿A dónde?”
“A algún lugar que no sea aquí.”
Arya vaciló. Cada instinto que tenía le gritaba que dijera no, que se alejara, que no se metiera en el auto de un extraño o donde sea que estuviera planeando llevarla. Pero la alternativa era quedarse sola en una calle oscura siendo seguida por alguien que no conocía.
Miró a Adrien. Todavía estaba esperando, su expresión paciente pero firme.
“Está bien”, dijo, “pero si eres un asesino en serie, voy a estar muy molesta.”
“Anotado.”
La llevó de vuelta hacia la calle principal donde un auto negro estaba en ralentí en la acera. El conductor—un hombre de unos 50 años con cabello plateado y un traje perfectamente planchado—salió y abrió la puerta trasera.
“Señorita Bennett”, dijo con un asentimiento educado.
Arya parpadeó.
“¿Cómo sabes mi nombre?”
Adrienne se deslizó en el auto.
“Sube.”
Lo hizo porque aparentemente esta noche era la noche en que tomaba una serie de decisiones cada vez más cuestionables.
El conductor cerró la puerta detrás de ella y el auto se deslizó suavemente hacia el tráfico. Adentro, el silencio era espeso. Arya se sentó a un lado del asiento de cuero, Adrien al otro, una distancia cuidadosa entre ellos. Las luces de la ciudad se deslizaban por las ventanas tintadas en rayas de oro y blanco.
“Entonces”, dijo Arya finalmente, “¿vas a decirme qué acaba de pasar?”
La mirada de Adrienne permaneció en la ventana.
“Alguien te estaba siguiendo. Me aseguré de que no lo hicieran.”
“¿Por qué? ¿Por qué te importa? No me conoces.”
Giró la cabeza, mirándola por primera vez desde que habían subido al auto. Sus ojos eran oscuros, ilegibles, pero había algo en ellos que hizo que su pulso se acelerara.
“Me pediste que te besara”, dijo en voz baja. “Eso te convierte en mi problema.”
“¿Tu problema? Por ahora?”
Arya lo miró fijamente.
“Esa es la cosa más extraña que alguien me ha dicho.”
“Te acostumbrarás.”
“No planeo quedarme lo suficiente para acostumbrarme a nada.”
La boca de Adrienne se movió, casi una sonrisa.
“Veremos.”
El auto se detuvo frente a un rascacielos elegante en Tribeca. Todo cristal y acero y minimalismo caro. El conductor abrió la puerta y Adrienne salió, luego se volvió hacia ella.
“¿Vienes?”
“¿Dónde estamos?”
“Mi lugar.”
Los ojos de Arya se entrecerraron.
“Sí, eso no va a pasar.”
“¿Tienes otro lugar a dónde ir?”
Abrió la boca para decir que sí, luego la cerró. Su apartamento estaba a 40 minutos en metro. Era pasada la medianoche, y la imagen de ese hombre siguiéndola todavía estaba grabada en su mente.
“Esta es una idea terrible”, murmuró.
“También lo fue besarme. Pareces estar en racha.”
Ella le lanzó una mirada, pero salió del auto.
El apartamento de Adrienne era exactamente lo que esperaba y nada como esperaba al mismo tiempo. El espacio era masivo—ventanales de piso a techo con vistas al Hudson, muebles elegantes que parecían pertenecer a un museo, y un silencio tan completo que se sentía casi opresivo.
Arya se paró en medio de la sala, sus brazos cruzados, observando cómo Adrienne se quitaba la chaqueta y la colgaba en el respaldo de una silla.
“Puedes tomar la habitación de huéspedes”, dijo, asintiendo hacia un pasillo. “Segunda puerta a la izquierda.”
“No me estoy quedando.”
“Sí, te estás quedando.”
“¿Perdón?”
Se volvió hacia ella, su expresión calmada pero firme.
“Alguien te siguió esta noche. Hasta que sepamos quién y por qué, te quedas aquí.”
“No puedes tomar esa decisión.”
“Acabo de tomarla.”
La mandíbula de Arya se apretó.
“Eres increíble.”
“Me han llamado peor.”
Lo miró fijamente, frustración burbujeando en su pecho. Pero debajo de eso, había algo más. Algo que no quería nombrar.
“Está bien”, dijo finalmente. “Una noche y luego me voy.”
Adrienne asintió.
“Una noche.”
Caminó junto a ella, sus pasos silenciosos en el piso de madera, y desapareció por el pasillo. Arya se quedó allí por un momento, sola en el vasto espacio silencioso, y se preguntó en qué demonios se acababa de meter.
ACTO 2 — CONTEXTO Y ESCALADA
La habitación de huéspedes era tan minimalista como el resto del apartamento. Paredes blancas, una cama king-size con sábanas impecables, y una sola pintura abstracta que probablemente costaba más que el auto de Arya.
Se sentó en el borde de la cama, todavía completamente vestida, y miró su teléfono. Tres llamadas perdidas de Luca. Dos correos de voz. Una cadena de mensajes.
“Arya, necesitamos hablar.”
“Esto es ridículo.”
“Estás siendo dramática.”
“Llámame.”
Los eliminó todos.
Luego abrió sus mensajes y miró fijamente la pantalla en blanco, su pulgar flotando sobre el teclado. Quería enviarle un mensaje a alguien—su mejor amiga, tal vez su mamá, cualquiera que pudiera decirle que no estaba perdiendo la cabeza.
Pero, ¿qué diría? “Hola, besé a un extraño para vengarme de mi ex, y ahora estoy en su penthouse porque alguien me siguió a casa. Martes totalmente normal.”
Bloqueó su teléfono y lo dejó en la mesita de noche. Afuera, la ciudad zumbaba y brillaba, indiferente.
Arya se recostó en la cama, todavía con su vestido y tacones, y miró el techo. El sueño no llegó por mucho tiempo.
Cuando despertó, la habitación estaba llena de luz pálida de la mañana. Arya se sentó, desorientada, su vestido arrugado, su maquillaje corrido. Tropezó hacia el baño adjunto, salpicó agua en su cara, y miró su reflejo. Se veía como si hubiera pasado por una guerra.
Cuando finalmente emergió, encontró a Adrien en la cocina, de pie en la encimera con una taza de café en una mano y su teléfono en la otra. Llevaba un traje diferente—gris carbón esta vez, impecablemente hecho a medida—y se veía como si hubiera estado despierto por horas.
“Buenos días”, dijo sin levantar la vista.
“Buenos días.”
La voz de Arya era ronca. Se aclaró la garganta.
“Debería irme.”
“Deberías comer.”
Señaló hacia la encimera donde un plato de tostadas y huevos esperaba. Arya vaciló, luego se sentó en uno de los taburetes de la barra y tomó un tenedor.
“Entonces”, dijo después de unos bocados, “¿vas a decirme quién eres?”
Adrien dejó su teléfono.
“¿Qué quieres saber?”
“¿Cómo sobre empezar con por qué tienes un conductor y un penthouse en Tribeca y por qué actuaste como si fuera totalmente normal que alguien me siguiera anoche?”
Tomó su café, dio un sorbo lento, y lo dejó.
“Soy dueño de una firma de seguridad. Manejamos clientes de alto perfil. Acoso, espionaje corporativo, ese tipo de cosas.”
“Eso es vago.”
“Es preciso.”
Arya lo estudió.
“Y simplemente estabas en ese club anoche.”
“Voy allí a veces. Es tranquilo.”
“¿Tranquilo? Es uno de los clubes más ruidosos de Manhattan.”
“No si sabes dónde sentarte.”
Dejó su tenedor.
“No me estás diciendo todo.”
La mirada de Adrienne se encontró con la suya, firme e ilegible.
“No, no lo estoy.”
“¿Por qué?”
“Porque no necesitas saber todo. Todavía no.”
“Eso es reconfortante.”
Casi sonrió.
“Sigues aquí.”
Arya abrió la boca para discutir, luego se detuvo. Tenía razón. Seguía aquí. Y a pesar de cada bandera roja, cada campana de advertencia en su cabeza, no quería irse.
“Necesito ir a casa”, dijo en voz baja. “Conseguir ropa limpia. Averiguar qué estoy haciendo con mi vida.”
“Haré que Marcus te lleve.”
“¿Marcus?”
“Mi conductor.”
“Por supuesto que tienes un conductor llamado Marcus.”
Adrien se levantó, ajustando sus puños.
“Tengo una reunión en una hora. Eres bienvenida a quedarte todo el tiempo que necesites.”
Comenzó hacia la puerta, luego se detuvo, mirándola por encima de su hombro.
“Arya.”
Ella levantó la vista.
“No le abras la puerta a nadie”, dijo. “Y si Luca aparece, llámame.”
Su pecho se apretó.
“¿Cómo—?”
Pero ya se había ido.
Marcus la llevó de vuelta a su apartamento en Brooklyn—un pequeño estudio en un almacén convertido que Arya siempre había amado por su ladrillo expuesto y su terrible presión de agua.
Se paró en la puerta, sus llaves en la mano, y sintió el peso de las últimas 12 horas caer sobre ella.
Todo se veía igual. Su taza de café todavía estaba en el fregadero. Su laptop todavía estaba abierta en la mesa de la cocina. La manta que había dejado en el sofá todavía estaba arrugada en la esquina.
Pero nada se sentía igual.
Arya dejó su bolso en la encimera y se hundió en el sofá, tirando la manta sobre su regazo. Se quedó allí por un largo tiempo, mirando a la nada, tratando de armar lo que acababa de suceder.
Había terminado con Luca, besado a un extraño, sido seguida, pasado la noche en un penthouse, y ahora ¿qué?
Su teléfono zumbó. Número desconocido.
Casi no respondió, pero algo la hizo deslizar.
“Hola.”
“Es Adrien.”
Su pulso se aceleró.
“¿Cómo conseguiste este número?”
“Soy dueño de una firma de seguridad, ¿recuerdas?”
“Eso es espeluznante.”
“Eso es minucioso.”
Hubo una pausa.
“¿Estás en casa?”
“Sí. ¿Por qué?”
“Bien. Quédate ahí. Estoy enviando a alguien para instalar cerraduras nuevas.”
Arya se sentó.
“¿Estás qué? ¿Cerraduras nuevas?”
“Mejores. Las que tienes ahora son basura.”
“Adrien—”
“Ándale.”
Exhaló lentamente, pellizcando el puente de su nariz.
“No puedes simplemente instalar cerraduras en mi apartamento.”
“Puedo y lo haré.”
“Esto es una locura.”
“Esto es necesario.”
Su voz era calmada. Fáctica.
“Alguien te siguió anoche, Arya. Hasta que sepamos por qué, eres vulnerable.”
“Entonces, ¿qué se supone que debo hacer? ¿Dejar que te apoderes de mi vida?”
“No. Déjame mantenerte a salvo.”
No supo qué decir a eso.
“Tengo que irme”, dijo Adrienne. “El cerrajero estará allí en 20 minutos. Su nombre es Garrett. No dejes entrar a nadie más.”
“Adrien—”
Pero la línea ya estaba muerta.
Arya miró fijamente su teléfono, dividida entre la furia y algo que no podía nombrar. Luego se levantó, caminó a la ventana, y miró hacia la calle abajo.
Y entonces lo vio.
Luca. Estaba de pie en la acera al otro lado de la calle, sus manos en los bolsillos, mirando hacia su edificio, esperando.
Los dedos de Arya se entumecieron alrededor de su teléfono. Retrocedió de la ventana, su respiración atrapándose, pero no podía apartar la mirada. Luca todavía estaba allí, sus manos metidas profundamente en sus bolsillos, sus ojos fijos en su edificio como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Su teléfono ya estaba sonando antes de que se diera cuenta de que había llamado a Adrien.
“Él está aquí”, dijo en el segundo en que él contestó.
“¿Quién está dónde?”
“Luca. Está afuera de mi edificio, solo parado allí.”
Hubo una pausa. No larga—tal vez 2 segundos—pero se sintió como una eternidad. Cuando Adrienne habló de nuevo, su voz había cambiado. Más quieta, más fría.
“Cierra tu puerta. No salgas. Estoy a 10 minutos.”
“Adrien, no necesito que—”
“10 minutos. Arya.”
La línea se cortó.
Se quedó allí mirando su teléfono, su corazón martillando contra sus costillas. Luego caminó a la puerta, revisó el cerrojo, y deslizó la cadena en su lugar.
Los cerrojos que Adrien había llamado basura. Probablemente tenía razón.
Volvió a la ventana, manteniéndose a un lado esta vez, y miró hacia abajo. Luca no se había movido. Estaba mirando su teléfono ahora, escribiendo algo, su rostro iluminado por la pantalla.
Su teléfono zumbó.
“Sé que estás arriba.”
El estómago de Arya se retorció. No respondió. No bloqueó el número. Solo miró cómo escribía de nuevo.
“Necesitamos hablar. No me voy hasta que lo hagamos.”
Metió su teléfono en su bolsillo y caminó de un lado a otro del apartamento. No era lo suficientemente grande para caminar de un lado a otro. 12 pasos de esta ventana a la cocina, 12 pasos de vuelta.
Su mente corría, ciclando a través de opciones. Llamar a la policía y decir qué? ¿Que su ex novio estaba parado en una acera pública? Eso no era ilegal. Espeluznante, sí. Controlador, absolutamente. Pero no ilegal.
Otro zumbido.
“No puedes evitarme para siempre.”
Arya apretó su mandíbula y sacó su teléfono, sus pulgares volando por la pantalla.
“Se acabó. Te lo dije anoche. Déjame en paz.”
La respuesta llegó en segundos.
“No lo dices en serio. Estabas molesta. Lo entiendo. Pero podemos arreglar esto.”
“No hay nada que arreglar. Se acabó.”
“Deja de ser dramática. Solo baja y habla conmigo como un adulto.”
Sus manos temblaban ahora. Furia y miedo enredados tan apretados que no podía distinguir cuál era cuál.
Comenzó a escribir una respuesta, luego la eliminó. Comenzó de nuevo. La eliminó de nuevo.
El timbre sonó.
Arya se congeló. Sus ojos fueron al panel del intercomunicador junto a la puerta. Sonó de nuevo, más largo esta vez, insistente. No se movió. Se detuvo.
Luego su teléfono sonó. El nombre de Luca en la pantalla. No respondió. Sonó de nuevo y de nuevo y de nuevo. En la cuarta llamada, respondió.
“¿Qué quieres, Luca?”
“Quiero que dejes de ser infantil y bajes para que podamos hablar.”
“No tengo nada que decirte.”
“Bueno, tengo mucho que decirte.”
Su voz era tensa ahora, el encanto despojado.
“Me avergonzaste anoche, Arya, frente a todos. ¿Tienes idea de cómo se veía eso?”
“¿Tienes idea de cómo se veía cuando tenías a dos mujeres encima de ti?”
“Eso no fue nada. Te lo dije.”
“Ya no me importa lo que me dijiste. Vi lo que vi y se acabó.”
“No se acabó. Estás tirando una rabieta porque viste algo que no entendiste.”
Arya se rió, aguda y sin humor.
“Entendí perfectamente. Eres un mentiroso y un tramposo y estoy harta de perder mi tiempo. Así que eso es todo. ¿Vas a seguir adelante después de todo lo que he hecho por ti?”
“¿Todo lo que has—”
Se detuvo, tomó aire.
“¿Sabes qué? Sí, eso es todo. Me voy, y si no te vas, llamo a la policía.”
“¿Por qué? ¿Por estar parado en una acera?”
La voz de Luca bajó, fría y deliberada.
“¿Por acoso? ¿Crees que puedes simplemente seguir adelante? Encontrar a algún tipo random en un bar y pretender que nunca sucedimos?”
El pulso de Arya se disparó.
“Cómo sigo adelante no es asunto tuyo.”
“Lo es cuando te estás haciendo el ridículo. ¿Quién era ese tipo de todos modos? ¿Algún don nadie que recogiste para hacerme celoso?”
“Vete ahora.”
“No me voy a ningún lado hasta que bajes aquí.”
Y Arya colgó.
Sus manos temblaban tanto que casi dejó caer el teléfono. Lo dejó en la encimera boca abajo y presionó sus palmas contra la superficie fría, tratando de estabilizarse.
El timbre sonó de nuevo. Lo ignoró. Sonó de nuevo y de nuevo. Un sonido incesante que la hacía querer gritar. Luego se detuvo.
Arya esperó, su respiración superficial, escuchando.
Silencio.
Se movió de vuelta a la ventana con cuidado y miró hacia abajo. Luca todavía estaba allí, pero ahora estaba hablando con alguien—un hombre en un auto negro que acababa de detenerse en la acera. La puerta trasera se abrió y Adrienne salió.
Alivio inundó a través de ella, tan repentino y abrumador que tuvo que agarrarse del marco de la ventana para mantenerse erguida.
Adrienne le dijo algo a Luca. No podía escuchar las palabras, pero podía ver la reacción de Luca. Retrocedió, sus manos subiendo en un gesto defensivo. Adrien no se movió, solo se quedó allí, calmado y quieto, su expresión ilegible incluso desde cuatro pisos arriba.
Luca dijo algo de vuelta, señaló el edificio. La cabeza de Adrienne se inclinó ligeramente, y luego dio un paso adelante. Solo uno, pero fue suficiente. Luca se quedó callado, su mandíbula apretada, sus manos cayendo a sus costados.
Se quedaron allí por otro momento, bloqueados en algún enfrentamiento silencioso, y luego Luca se giró y se alejó. No miró atrás.
Adrienne lo vio irse, esperó hasta que desapareció alrededor de la esquina, luego se giró y miró hacia la ventana de Arya. Incluso desde esta distancia, podía sentir el peso de su mirada.
Su teléfono zumbó.
“Déjame subir.”
No vaciló. Solo presionó el botón del intercomunicador y desbloqueó la puerta.
Adrienne estaba en su apartamento en menos de un minuto.
Abrió la puerta antes de que él pudiera tocar, y él entró, sus ojos barriendo el espacio en un escaneo rápido y eficiente antes de aterrizar en ella.
“¿Estás bien?”
Arya asintió.
“Sí, estoy bien.”
No se veía convencido.
“¿Qué te dijo?”
“Nada importante. Lo de siempre. Que estaba exagerando. Que necesitábamos hablar.”
“Él no va a parar.”
“Lo sé.”
La mandíbula de Adrienne se apretó. Caminó más allá de ella, moviéndose a la ventana y mirando hacia la calle abajo.
“¿Cuánto tiempo estuvo allí fuera?”
“No lo sé. 10 minutos, 15.”
“Y te estaba llamando.”
No era una pregunta. Arya asintió.
“Sí. Texteando también.”
Adrien se volvió, sus ojos afilados.
“Muéstrame.”
Vaciló, luego sacó su teléfono y se lo entregó. Desplazó a través de los mensajes, su expresión oscureciéndose con cada línea. Cuando llegó a las llamadas—12 en total—la miró.
“Esto no es solo un ex que no deja ir”, dijo en voz baja. “Esto es escalada.”
“Solo está molesto. Se le pasará.”
“¿Se le pasará?”
Arya no respondió porque la verdad era que no lo sabía. Nunca había visto a Luca así antes. Persistente, sí. Controlador a veces. Pero esto—esto se sentía diferente.
Adrienne le devolvió su teléfono.
“No puedes quedarte aquí.”
“¿Qué?”
“No es seguro. Él sabe dónde vives. Sabe tus rutinas. Y si está dispuesto a pararse afuera de tu edificio por 20 minutos solo para hacer un punto, no va a parar.”
“Entonces, ¿qué se supone que debo hacer? ¿Mudarme?”
“Por ahora, sí.”
Arya lo miró fijamente.
“Hablas en serio.”
“Completamente.”
“Adrienne, no puedo simplemente—”
“Puedes y lo harás.”
Sacó su teléfono, escribió algo rápidamente, luego la miró de nuevo.
“Haz una maleta. Lo suficiente para unos días. Te quedas conmigo.”
“No. Absolutamente no.”
“No es una petición.”
“Es mi vida, y estoy tratando de mantenerte viva.”
Las palabras la golpearon como una bofetada. Abrió la boca para discutir, luego la cerró. Porque debajo de la ira y el miedo y la terquedad de que le dijeran qué hacer, había una parte de ella que sabía que tenía razón.
“Está bien”, dijo finalmente. “Pero solo por unos días hasta que se calme.”
Adrienne no discutió, solo asintió.
“Consigue tus cosas. Esperaré.”
ACTO 3 — ASCENSO AL CLÍMAX
Arya agarró una bolsa de deporte de su clóset y comenzó a tirar ropa dentro. Jeans, camisetas, ropa interior, un par de tenis. Se movió rápidamente, mecánicamente, tratando de no pensar demasiado en lo que estaba haciendo, en el hecho de que estaba dejando su apartamento, su espacio, por culpa de Luca, por culpa de un beso que se suponía no significaba nada.
Cuando salió, Adrien estaba de pie junto a la puerta, su teléfono en su oreja.
“Sí, esta noche. Asegúrate de que la habitación de huéspedes del ala oeste esté lista.”
Una pausa.
“No, solo ella.”
Otra pausa.
“Lo explicaré después.”
Colgó y la miró.
“¿Lista?”
“Tan lista como estaré.”
Tomaron las escaleras en lugar del elevador—Adrienne insistió y Arya no discutió. Cuando llegaron a la planta baja, él salió primero, escaneando la calle, luego asintió para que ella siguiera.
Marcus estaba esperando junto al auto, la puerta trasera ya abierta. Arya se deslizó dentro y Adrien la siguió. La puerta se cerró y se alejaron de la acera.
Arya vio su edificio desaparecer en el espejo lateral, un nudo apretado formándose en su pecho. Esto era temporal. Solo unos días, Luca se calmaría, se daría cuenta de que estaba siendo ridículo, y seguiría adelante, y entonces ella podría volver a su vida.
Excepto que ya no estaba segura de creer eso.
Adrienne estaba en silencio a su lado, su mirada fija en la ventana. Después de unos minutos, habló.
“Necesitamos establecer algunas reglas básicas.”
Arya se giró para mirarlo.
“¿Reglas básicas?”
“Si te quedas conmigo, hacemos esto a mi manera. Eso significa no salir sola. No abrir la puerta a menos que yo lo autorice primero. Y no contacto con Luca en absoluto.”
“Ya bloqueé su número.”
“Bien. Mantenlo así.”
Cruzó sus brazos.
“¿Algo más?”
“Sí. Si algo se siente mal, me lo dices inmediatamente. Sin dudar, sin esperar a ver si es algo importante. Solo dímelo.”
Arya lo estudió, tratando de leer la expresión en su rostro. Se veía calmado, controlado, como si esto fuera solo otro martes para él. Pero había algo en sus ojos—algo afilado y protector y casi posesivo.
“¿Por qué estás haciendo esto?”, preguntó en voz baja.
La mirada de Adrienne se desplazó hacia ella.
“¿Haciendo qué?”
“Todo esto. Las cerraduras, la habitación de huéspedes, las reglas. No me conoces. Nos besamos una vez. Eso no te hace responsable de mí.”
Estuvo callado por un largo momento, sus ojos fijos en los de ella. Luego dijo:
“Tal vez no. Pero soy responsable de todos modos.”
“Eso no tiene sentido.”
“No tiene que tenerlo.”
El auto se detuvo frente a su edificio y Marcus abrió la puerta. Adrienne salió, luego le ofreció su mano a Arya. Ella la tomó, sus dedos rozando los de él, y sintió ese mismo golpe que había sentido la noche anterior. Eléctrico, inquietante.
Dentro del penthouse, todo estaba exactamente como lo recordaba. Elegante, silencioso, caro.
Adrienne dejó su bolsa en el pasillo y se volvió hacia ella.
“Habitación de huéspedes del ala oeste, pasillo abajo, última puerta a la derecha. Hay un baño adjunto. Sírvete de lo que necesites.”
“Gracias.”
Asintió, ya sacando su teléfono.
“Tengo algunas llamadas que hacer. Si necesitas algo, solo pide.”
Arya lo vio alejarse, desapareciendo en lo que asumió era su oficina, y se quedó allí por un momento, sola en el vasto espacio. Luego recogió su bolsa y se dirigió a la habitación de huéspedes.
Era más grande que todo su estudio. Ventanales de piso a techo, una cama king con sábanas impecablemente blancas, una sala de estar con un sillón de cuero y una librería.
Arya dejó su bolsa en la cama y se hundió en el sillón, mirando hacia la ciudad abajo.
Esto era una locura. Todo ello. Hace 24 horas, estaba en una relación, planeando su semana, viviendo su vida normal y predecible. Y ahora, estaba quedándose en el penthouse de un extraño, escondiéndose de un ex que no aceptaba un no por respuesta, y enredada con un hombre que besaba como si lo dijera en serio y hablaba como si fuera dueño del mundo.
Su teléfono zumbó—un mensaje de un número desconocido. Su estómago cayó.
“¿Crees que él puede protegerte? No puede. Te veré pronto, Arya.”
Sus manos se enfriaron. Se levantó, su pulso acelerado, y caminó hacia la oficina de Adrienne. La puerta estaba entreabierta. La empujó más y entró.
Adrienne estaba en su escritorio, su teléfono todavía pegado a su oreja. Levantó la vista cuando ella entró, su expresión cambiando instantáneamente de enfocada a alerta.
“Te llamo de vuelta”, dijo al teléfono, luego colgó.
“¿Qué pasa?”
Arya le tendió su teléfono.
“Recibí esto.”
Lo tomó, leyó el mensaje, y su mandíbula se apretó.
“¿Cuándo?”
“Ahora mismo.”
Se levantó, ya marcando un número.
“Quédate aquí.”
“Adrien—”
“Quédate aquí.”
Salió, su voz baja y cortante mientras hablaba por teléfono. Arya se hundió en la silla frente a su escritorio, sus manos temblando. Podía escuchar fragmentos de su conversación a través de la puerta abierta.
“Necesito un rastreo de este número. Sí. Ahora. No me importa lo que tome. Consígueme una ubicación.”
Se envolvió en sus brazos, tratando de estabilizar su respiración. Esto estaba escalando rápido, y no sabía cómo detenerlo.
Adrienne regresó unos minutos después, su expresión sombría.
“Es un quemador, no rastreable.”
“Entonces, ¿qué hacemos?”
“Asumimos que es Luca, y lo tratamos como una amenaza.”
“¿Crees que realmente me lastimaría?”
Los ojos de Adrienne se encontraron con los suyos. Oscuros y serios.
“Creo que es inestable, y las personas inestables hacen cosas impredecibles.”
El pecho de Arya se apretó.
“Esto es una locura. Solo quería terminar una relación. No pedí nada de esto.”
“Lo sé.”
La voz de Adrienne se suavizó ligeramente.
“Pero estás en esto ahora, y no voy a dejar que nada te pase.”
“¿Por qué?”
La palabra salió más aguda de lo que pretendía.
“¿Por qué te importa tanto?”
No respondió de inmediato, solo la miró, algo ilegible parpadeando en su rostro. Luego dijo:
“Porque me pediste que te besara. Y dije que sí. Eso te convierte en mía para proteger.”
“No soy tuya.”
“Aún no.”
El aire entre ellos cambió, cargado con algo que Arya no podía nombrar. Se levantó, necesitando moverse, necesitando romper lo que sea que esto fuera.
“Necesito aire”, dijo.
“No, Adrien. No hasta que sepamos con qué estamos lidiando.”
Lo miró fijamente.
“No puedes mantenerme encerrada aquí.”
“Mírame.”
Se quedaron allí bloqueados en un enfrentamiento silencioso hasta que el teléfono de Arya zumbó de nuevo. Ambos miraron hacia abajo.
Otro mensaje. Mismo número.
“1 mes. Eso es todo lo que te doy. Un mes para volver. Después de eso, las cosas se complican.”
Adrienne tomó el teléfono de su mano. Su expresión fría.
“Está jugando.”
“¿Qué tipo de juegos?”
“El tipo que termina mal.”
La miró.
“Necesito que confíes en mí.”
“Ni siquiera te conozco.”
“Entonces conóceme. Pero confía en mí de todos modos.”
Arya quería discutir, quería empujar, quería recuperar el control de su propia vida. Pero la verdad era que estaba asustada y Adrien era lo único que se interponía entre ella y lo que sea que Luca estaba planeando.
“Está bien”, dijo en voz baja. “Confiaré en ti por ahora.”
Adrienne asintió.
“Eso es todo lo que necesito.”
ACTO 4 — RESOLUCIÓN Y TRANSFORMACIÓN
Los días siguientes fueron una mezcla de tensión y rutina extraña.
Arya trabajaba desde el penthouse, su laptop configurada en la mesa del comedor. Adrien entraba y salía, siempre en movimiento, siempre en llamadas telefónicas que no compartía. Marcus la llevaba a donde necesitara ir—siempre con instrucciones de mantener su teléfono encendido y permanecer en lugares públicos.
Y en las noches, cuando el penthouse se quedaba en silencio y la ciudad brillaba afuera, se encontraban en la cocina. Té para ella, whisky para él. Conversaciones que comenzaban en nada y terminaban en todo.
“¿Alguna vez te arrepientes?”, preguntó Arya una noche.
“¿De qué?”
“De haberme besado en ese club.”
Adrien consideró la pregunta.
“No.”
“¿Por qué no? Te metí en todo este desastre.”
“Me metí yo mismo.”
La miró.
“Además, no fue un desastre. Fue una interrupción. Una necesaria.”
“¿Necesaria para qué?”
“Para recordarme que hay cosas en la vida que valen la pena proteger.”
El pecho de Arya se apretó.
“No sé qué decir a eso.”
“No tienes que decir nada.”
Se quedaron en silencio por un momento, el peso de sus palabras asentándose entre ellos.
“Adrien”, dijo finalmente.
“Sí.”
“¿Qué somos?”
La miró por un largo momento.
“¿Qué quieres que seamos?”
“No lo sé. Pero sé que no quiero que esto termine cuando termine el problema con Luca.”
Algo cambió en su expresión. Algo suave y vulnerable.
“Yo tampoco.”
El mes pasó más rápido de lo que Arya esperaba.
Y con cada día que pasaba, la amenaza de Luca se sentía menos como una presencia inmediata y más como una tormenta distante. Adrien había puesto en marcha algo—no le decía qué exactamente—y los mensajes de números desconocidos habían parado.
“¿Qué hiciste?”, preguntó Arya una mañana.
“Lo que era necesario.”
“Eso es vago.”
“Es preciso.”
“Adrien—”
“Luca ya no es un problema.”
La miró.
“Confía en mí.”
Y Arya, a pesar de todo, confió.
Una noche, casi un mes después de que todo comenzara, Arya se encontró de pie en el balcón del penthouse, mirando la ciudad.
Adrien se unió a ella, dos copas de vino en sus manos.
“¿Pensando?”
“Siempre.”
Le entregó una copa.
“¿En qué?”
“En cómo llegué aquí. En cómo un beso de 10 segundos cambió todo.”
“¿Te arrepientes?”
“No.”
Lo miró.
“Es extraño. Todo esto comenzó porque quería vengarme de Luca. Y ahora…”
“¿Y ahora?”
“Ahora ni siquiera pienso en él. Solo pienso en ti.”
Algo floreció en su pecho.
“¿Y eso te asusta?”
“Un poco. Pero también se siente… correcto.”
Adrien dejó su copa y se giró hacia ella, sus manos encontrando las suyas.
“Arya, no soy un hombre bueno. He hecho cosas que te horrorizarían. Pero contigo, quiero ser mejor. Quiero ser alguien que merezca esto.”
“¿Esto?”
“Esto. Nosotros. Lo que sea que estamos construyendo.”
Arya sintió que sus ojos se humedecían.
“Entonces constrúyelo conmigo. No para mí. Conmigo.”
“Así lo haré.”
La besó, lento y profundo, y Arya sintió algo asentarse en su pecho. Algo que se sentía como hogar.
Seis meses después, Arya estaba en la cocina del penthouse—su penthouse también, ahora—haciendo café mientras Adrien tomaba una llamada en la otra habitación.
Había vuelto a trabajar a tiempo completo, tomando clientes más grandes, reconstruyendo su portafolio. Adrien había dejado algunos de sus tratos más peligrosos, enfocándose en negocios legítimos que no requerían negociar con criminales.
No era perfecto. Todavía había conversaciones difíciles, todavía había momentos en que su mundo chocaba con el de ella de maneras que parecían imposibles. Pero lo hacían funcionar porque elegían hacerlo cada día.
Cuando Adrien entró, la envolvió en sus brazos desde atrás, su barbilla descansando en su hombro.
“Buenos días.”
“Buenos días.”
Se giró en sus brazos, mirándolo.
“¿Qué era la llamada?”
“Nada importante. Solo cerrando el último de los asuntos de Vance Industries.”
“¿Realmente se acabó?”
“Realmente se acabó.”
Arya sonrió, el peso del último año finalmente levantándose.
“Entonces, ¿qué hacemos ahora?”
La boca de Adrienne se curvó.
“Lo que queramos. Viajar, construir algo, quedarnos aquí y beber café cada mañana. No me importa mientras estés conmigo.”
“Eso es un compromiso bastante grande.”
“Estoy consciente.”
“¿Estás seguro de que estás listo para eso?”
Adrien la besó, lento y deliberado.
“He estado listo desde la noche en que me pediste que te besara. Todo desde entonces ha sido solo alcanzarte.”
Arya se rió, el sonido ligero y libre.
“Entonces supongo que estamos haciendo esto.”
“Estamos haciendo esto.”
ACTO 5 — REFLEXIÓN Y SECUELAS
Y mientras la luz de la mañana entraba por las ventanas, pintando todo en tonos dorados, Arya se dio cuenta de algo.
Había pasado tanto tiempo tratando de encajar en la vida de alguien más, tratando de ser lo que necesitaban, que había olvidado lo que se sentía ser ella misma. Pero aquí, con Adrien, no tenía que ser nada más que quien era. Desordenada y complicada y todavía descubriendo cosas.
Y él la amaba de todos modos. No a pesar de eso, sino por eso.
Ese beso de 10 segundos en un club abarrotado lo había cambiado todo. Había terminado una vida y comenzado otra. Y aunque el camino hacia adelante era incierto, aunque habría desafíos y complicaciones y momentos en que cuestionaría todo, Arya sabía una cosa con certeza.
Estaba exactamente donde se suponía que debía estar.
Con un hombre que había prometido mantenerla a salvo y realmente lo decía en serio. Con una vida que había elegido, no una con la que se había conformado. Con un futuro que era suyo para moldear.
Y eso, pensó mientras Adrien la atraía cerca y la besaba de nuevo, era más que suficiente.
Era todo.