El Accidente que la Llevó a los Brazos de un Capo Mafioso
El reloj digital del Honda brillaba en la oscuridad, marcando las 11:43 p.m. mientras Emma Walsh se incorporaba a la autopista I-94, dejando atrás otro turno de 16 horas en el Hospital Infantil de Chicago. El cansancio se aferraba a sus huesos como una manta de plomo, y su uniforme de enfermera, empapado de sudor, se pegaba a su piel a pesar del frío de octubre. La noche era oscura y tranquila, salvo por los ocasionales camiones que iluminaban la carretera con sus faros.
Emma pensó en su hermano Tyler, de 17 años, que llevaba meses desapareciendo por las noches desde la muerte de su padre en un accidente de construcción. El teléfono sonó. Número desconocido. Lo ignoró. Su mente ya estaba en casa, en las facturas sin abrir, en la entrevista para otro trabajo que tendría al día siguiente. Pero entonces, el volante se tensó bajo sus manos. Una fuerza invisible tiraba de él hacia la izquierda.
El neumático delantero derecho explotó con un sonido que resonó como un disparo en el interior del coche. El Honda se desvió violentamente hacia el muro de hormigón. Emma giró el volante en sentido contrario, pero la corrección excesiva envió el coche en un trompo mortal a través de ambos carriles. El tiempo se partió en una cámara lenta de terror. Vio el guardarraíl acercándose, el salpicadero cediendo, el café lanzándose al aire. El coche chocó contra el guardarraíl y luego voló por el borde del terraplén.
Emma sintió el peso de la gravedad desaparecer, y luego, el impacto brutal del coche rodando una, dos, tres veces por la pendiente de 40 pies. El cristal explotó a su alrededor. El airbag se desplegó con un golpe que le dejó los oídos zumbando y un sabor metálico a sangre en la boca. Finalmente, el coche se detuvo contra un grupo de robles con un sonido que se grabaría en sus pesadillas.
Cuando el caos cesó, Emma colgaba boca abajo, suspendida por el cinturón de seguridad. Su brazo izquierdo colgaba en un ángulo antinatural, y podía sentir la sangre caliente escurriéndose por su cuero cabelludo. El olor a gasolina, dulce y aterrador, llenó el espacio. El depósito de combustible estaba dañado. Una sola chispa podría convertir el coche en una crematorio. “¡Ayuda!”, gritó, pero su voz apenas fue un susurro.
Entonces, oyó pasos. Pasos pesados y deliberados, que se abrían paso por el terraplén con precisión. La esperanza se encendió en su pecho como una cerilla. “¡Ayuda!”, logró croar, poniendo toda su fuerza en la palabra. “¡Estoy atrapada aquí abajo!”
Los pasos se detuvieron al lado de la ventana del conductor. Emma no podía girar la cabeza para ver sin enviar rayos de dolor por su columna, pero alcanzó a ver un par de zapatos de cuero italiano, pulidos a un brillo de espejo que reflejaba la luz de la luna. “Dios mío”, dijo una voz, profunda y controlada, con un acento que no era de Chicago. “¿Qué demonios estabas haciendo aquí?” No era una pregunta para ella, sino para sí mismo.
“Señor, por favor”, susurró Emma. “No puedo sentir mi brazo izquierdo. Huele a gasolina.” El silencio se extendió entre ellos, lleno solo del goteo de combustible y el zumbido distante del tráfico en la autopista. Entonces, tan bajo que casi lo perdió, el hombre habló de nuevo. “Esto no fue un accidente.”
Emma despertó con la luz del sol entrando por ventanales que iban del suelo al techo. Su cuerpo se sentía como si hubiera sido atropellada por un tren. Estaba en una cama increíblemente suave, con sábanas que parecían de seda. Un doctor de aspecto amable, de unos 60 años, estaba sentado en una silla junto a su cama. “Es usted una mujer con suerte, señorita Walsh”, dijo. “Conmoción cerebral, tres costillas rotas y un hombro dislocado.”
“¿Dónde estoy?”, logró preguntar. El doctor intercambió una mirada con alguien detrás de ella. Emma giró la cabeza y su aliento se atascó en su garganta. Un hombre estaba de pie junto a la puerta, brazos cruzados sobre un pecho que rellenaba un traje gris carbón como si hubiera sido hecho a medida para su cuerpo. Era alto, de unos 1.90, con cabello negro peinado con estilo, y sus ojos eran del tono más inusual de gris azulado que había visto nunca. Una pequeña cicatriz marcaba su barbilla.
“Estás en mi casa”, dijo, avanzando hacia la cama. Su voz era exactamente como lo recordaba del accidente: suave y controlada, con ese deje de acento que aún no podía situar. “Estás a salvo ahora.”
Emma lo miró, tratando de procesar. “Necesito llamar a mi hermano. Estará preocupado.” El hombre se movió hacia la ventana. “Tyler Walsh, 17 años, estudiante de Lincoln Park High School. Ya ha sido informado de que estás bien.” Emma sintió que la sangre se le helaba. Él lo sabía todo. “¿Quién es usted?”, exigió, aunque su voz apenas fue un susurro.
El hombre se giró, y sus ojos se fijaron en los de ella con una intensidad que la hizo querer desviar la mirada. “Mi nombre es Salvator Romano”, dijo, como si eso debiera significar algo. “Y tú, Emma Catherine Walsh, eres exactamente quien pensé que eras.”
El doctor se fue, dejándolos solos. Salvator se acercó. “No puedes irte”, dijo simplemente. “Hasta que esté seguro de que no estás en peligro.” “¿Peligro de qué?”, preguntó Emma. Su mandíbula se tensó. “De quien intentó matarte anoche.”
Los días siguientes fueron un torbellino de lujo y confusión. La mansión de Salvator era una fortaleza, con jardines inmaculados y hombres armados patrullando el perímetro. Emma se sentía como una prisionera, aunque sus necesidades eran atendidas con una eficiencia asombrosa.
Una mañana, durante el desayuno, Salvator le reveló la verdad. “Tu padre debía dinero a gente muy peligrosa, Emma. $80,000 en deudas de juego y préstamos para los tratamientos de cáncer de tu madre.” Emma sintió que el mundo se derrumbaba. Su padre, el hombre que le había enseñado a llevar un registro de cheques, había estado en problemas con la mafia rusa, la Bratva. Y ahora, la deuda era suya.
“El accidente no fue un accidente”, continuó Salvator. “Tu neumático fue saboteado. Diseñado para parecer un reventón. Si yo no hubiera estado en la zona, si no hubiera oído el choque…” No necesitó terminar. Tyler sería el siguiente en la lista.
Emma se quedó mirando la fotografía de Victor Kuzlovski, el hombre al que su padre le debía dinero. Era un hombre de aspecto común, pero la crueldad emanaba de sus ojos. Y ahora, quería cobrar la deuda con sangre.
“¿Por qué me está ayudando?”, preguntó Emma. Salvator se inclinó hacia ella. “Porque no permito que nadie toque lo que es mío.”
Pasaron los días. Emma se recuperó lentamente de sus heridas y, al mismo tiempo, se fue adentrando en el mundo de Salvator. Un mundo de poder, violencia y lealtad. Descubrió que él no era un simple constructor, sino el jefe de la mafia italiana en Chicago. Y, para su sorpresa, se sintió segura a su lado.
Una noche, Salvator llegó herido a su oficina. Un corte profundo en el brazo. Emma, con sus instintos de enfermera, se ofreció a curarlo. Él aceptó. Mientras ella le cosía la herida, sus manos rozaron su piel. Era íntimo, peligroso. “No quiero que veas esto”, dijo Salvator, su voz ronca. Pero ya era demasiado tarde. Emma vio las cicatrices en su brazo: heridas de bala, marcas de cuchillo, quemaduras. Un mapa de violencia. “¿Qué te pasó?”, susurró. “Construyo cosas. A veces, la gente se opone a mis planes.”
En ese momento, Emma supo que no podía escapar de él. Él era su único protector.
Todo se precipitó cuando Tyler fue secuestrado por los hombres de Victor. Emma recibió la noticia con el corazón roto. Salvator movilizó a su ejército privado. “Vamos a por él”, dijo. “Esta noche se acaba.”
La incursión en el almacén fue brutal. Emma, armada con la Glock que Salvator le había enseñado a usar, se abrió paso entre la oscuridad. Encontró a Tyler atado a una silla, con una herida en la frente y Victor Kuzlovski con un cuchillo en la garganta. “Emma Walsh”, dijo Victor con una sonrisa burlona. “La chica muerta que se negó a morir.”
Salvator apareció de las sombras. “Suelta al chico, Victor.” “No creo que puedas hacer nada”, replicó Victor, presionando el cuchillo contra la garganta de Tyler.
Emma no dudó. El arma en sus manos era natural, como una extensión de su cuerpo. Disparó. El primer tiro alcanzó a Victor en el hombro, el segundo en el pecho. Mientras él caía, Emma sintió una satisfacción salvaje. Había protegido a su familia.
La batalla duró solo minutos, pero para ella fueron horas. Cuando todo terminó, Victor y sus hombres estaban muertos. Salvator cortó las ataduras de Tyler y lo abrazó. “Terminó”, dijo. “Finalmente terminó.”
Tyler, entre lágrimas, se disculpó por haber traicionado a Emma. Pero ella lo abrazó con fuerza. “Me salvaste”, le dijo. “Sin ti, nunca habría conocido a Salvator.”
Seis meses después, Emma se casó con Salvator en una catedral llena de poderosos. No era una boda cualquiera; era una declaración de poder. Su vestido de novia era de Valentino, y su anillo era una joya que valía una fortuna. Cuando llegó al altar, Salvator la esperaba, imponente y seguro.
“Te prometo que te protegeré, que te amaré”, dijo él, sus ojos brillando con intensidad. “Te prometo que siempre estaré a tu lado”, respondió Emma, sintiendo que, por fin, había encontrado su lugar.
Ahora, Emma es la señora de la mafia italiana en Chicago. Maneja un imperio de negocios legítimos, financia el ala de pediatría de un hospital y espera a su primer hijo con Salvator. Ya no es la enfermera agotada que conducía a casa después de un turno interminable. Es una mujer fuerte, segura de sí misma y protegida por el hombre más peligroso de la ciudad.
Una noche, mientras descansaba en los brazos de Salvator, Emma se sintió en paz. “¿Arrepentimientos?”, preguntó él. “Solo uno”, respondió ella. “Que haya tardado 26 años en encontrarte.”
El automóvil, el accidente, la deuda, la mafia, todo había sido un camino de espinas que la había llevado a él. Y ahora, en su mansión, rodeada de lujo y amor, Emma Walsh ya no existía. Era Emma Romano, y estaba exactamente donde pertenecía.