Despidió a Su Asistente Torpe y Dos Días Después Descubrió Que Ella Controlaba Todo Su Imperio
CAPÍTULO 1: LA LECTURA DEL TESTAMENTO
La sala de conferencias de caoba del bufete de abogados Arrington olía a pulidor de limón y cuero antiguo. Era un espacio diseñado para la transferencia silenciosa de riqueza masiva.
La lluvia azotaba contra las ventanas arqueadas, un tamborileo persistente que coincidía con el dolor de cabeza punzante detrás de las sienes de Donovan.
Habían pasado 3 semanas desde que su padre, Vittorio Moretti, había muerto de un ataque cardíaco masivo repentino.
Vittorio había sido una leyenda, un jefe mafioso despiadado que había legitimizado exitosamente el 50% de los activos de la familia mientras mantenía un control letal sobre el bajo mundo.
Donovan había pasado los últimos 21 días asegurando el poder, aplastando pequeñas rebeliones, y asegurando a las cinco familias del Medio Oeste que el Sindicato Moretti era más fuerte que nunca.
Hoy era solo una formalidad.
La lectura del testamento.
Donovan se sentó en la mesa con su círculo interno, su consigliere, un hombre mayor y de ojos agudos llamado Albert, y su principal ejecutor, una sombra enorme de un hombre llamado Luca.
Al otro lado de ellos se sentó Thomas Arrington, un abogado de 60 años que había guardado los secretos más oscuros de la familia Moretti durante tres décadas.
—Antes de comenzar —dijo Thomas, ajustando sus gafas—. Vittorio quería que expresara que sus deseos finales fueron diseñados para proteger la longevidad de la familia. Sabía que estabas listo para liderar, Donovan, pero también tenía deudas de honor, cosas de las que no estabas al tanto.
Donovan tomó un sorbo lento de su agua.
—Solo léelo, Thomas. Tengo una reunión con los Gallow en 2 horas. Transfiere el patrimonio.
Thomas carraspeó y rompió el sello de cera del sobre grueso de manila.
Comenzó a leer.
Durante los primeros 20 minutos, todo fue exactamente como se esperaba.
Donovan heredó la extensa finca familiar en los Hamptons, el penthouse en Chicago, las cuentas offshore en Zurich y las Caimán, y el control absoluto sobre los anillos ilícitos de juego y extorsión de la familia.
—Y ahora, respecto a la joya de la corona del patrimonio —murmuró Thomas, sus ojos escaneando el pergamino legal. Pareció vacilar, tragando duro—. La propiedad de Moretti Global Shipping.
Donovan se inclinó ligeramente hacia adelante.
Este era el activo más crucial. Moretti Global Shipping no era solo una compañía de logística legítima de miles de millones de dólares. Era el frente esencial que permitía al sindicato mover armas no registradas, efectivo, y contrabando sin problemas a través de fronteras internacionales.
Quien controlara las rutas de envío controlaba el bajo mundo.
—A mi único hijo, Donovan —leyó Thomas, su voz temblando ligeramente—. Dejo el 49% de las acciones con derecho a voto de Moretti Global Shipping junto con el título de CEO.
Donovan se congeló, sus ojos fijos en el abogado.
Albert, el consigliere, se movió incómodo en su silla.
—¿49%? —repitió Donovan, su voz peligrosamente baja—. Mi padre poseía el 100% de las acciones privadas. ¿Dónde está el 51% controlador?
Thomas se tiró del cuello de su camisa. Parecía genuinamente aterrorizado.
—El 51% restante —continuó el abogado leyendo rápidamente ahora—. La participación controladora de la junta, los puertos, y toda la logística internacional asociada es por la presente legada a la Srta. Clare Montgomery.
El silencio cayó sobre la habitación como un peso físico. Era absoluto, sofocante, y ensordecedor.
Donovan solo miró fijamente.
Su cerebro procesó las palabras, pero no tenían sentido lógico.
—Clare Montgomery —el nombre resonó en su cabeza completamente fuera de contexto—. ¿Quién demonios es Clare Montgomery?
Albert preguntó, expresando la pregunta que estaba destrozando la mente de Donovan.
—¿Es una hija bastarda? ¿Una amante?
—No lo sé —admitió Thomas, levantando las manos defensivamente—. Vittorio vino a mí en secreto hace 6 meses y enmendó el testamento. Exigió que fuera a prueba de balas. Las acciones están bloqueadas en un fideicomiso. Se transfieren a esta mujer inmediatamente después de su muerte.
La mente de Donovan corría. Clare Montgomery.
El nombre era dolorosamente familiar.
¿Dónde lo había escuchado? ¿Un jefe rival? ¿Un político que habían comprado?
Y entonces un recuerdo vívido destelló detrás de sus ojos.
Una bandeja de plata inclinándose. Espresso hirviendo. Un traje de falda azul marino barato. Manos temblando. Una insignia de seguridad colgando de una solapa.
Srta. Montgomery.
El aliento de Donovan se atascó en su garganta.
La realización lo golpeó con la fuerza de un tren de carga.
La asistente temporal torpe, llorosa y patética que había despedido sin piedad y arrojado a la lluvia hace solo 48 horas.
Ella era Clare Montgomery.
—Me estás diciendo —dijo Donovan, su voz bajando una octava, sacudiendo las copas de cristal sobre la mesa—. ¿Que mi padre le dio el interés controlador de un frente de contrabando de mil millones de dólares a una temporal de RRHH?
—Espera, ¿la conoces? —preguntó Albert, sus ojos abriéndose.
—La despedí —respiró Donovan, poniéndose de pie tan abruptamente que su pesada silla de cuero se estrelló contra el piso—. Hace dos días, la despedí, la puse en la lista negra del edificio, y tuve a seguridad arrojándola a la calle.
Luca, el ejecutor, cruzó sus enormes brazos.
—Jefe, si ella tiene el 51%, puede legalmente congelar nuestra logística. No podemos mover las armas fuera de Miami. No podemos mover el efectivo a través de Génova.
—Si las otras familias se enteran de que una chica civil posee los puertos, la cazarán —terminó Donovan, su sangre volviéndose hielo.
Si Carmine Gallow o el Sindicato Irlandés descubrían que el formidable Imperio Moretti tenía una vulnerabilidad masiva y flagrante en la forma de una civil de 24 años en bancarrota, la carrera comenzaría.
No solo intentarían matarla. La secuestrarían. La torturarían. La forzarían a firmar las acciones, o la casarían a la fuerza con su familia para absorber legalmente los puertos.
Y Donovan acababa de echarla de su fortaleza, dejándola completamente desprotegida.
—¿Ya es público el testamento? —exigió Donovan, rodeando la mesa y agarrando a Thomas por las solapas de su costoso traje.
—Se… se presenta en el registro testamentario al mediodía de hoy —logró decir Thomas.
Donovan miró su Rolex. Eran las 11:45 a.m.
En 15 minutos, cada policía corrupto, jefe rival, y rata del sindicato en Chicago vería el archivo público.
Sabrían que la familia Moretti ya no controlaba sus propias líneas de envío.
Donovan soltó al abogado y se giró hacia Luca.
—Necesito que la encuentren —ladró Donovan, sus ojos destellando con una energía violenta y aterrorizada—. Destruyan la ciudad. Revisen su archivo de RRHH. Encuentren su dirección. Encuentren a su familia. Encuentren cualquier roca bajo la que se haya arrastrado.
—Tráiganmela intacta, viva y respirando. ¿Entienden?
—En eso —gruñó Luca, ya sacando su teléfono y corriendo hacia la puerta.
Donovan se quedó de pie respirando pesadamente en la sala de juntas silenciosa.
El fantasma de su padre parecía estar riéndose de él desde las sombras.
Vittorio siempre le había advertido que su falta de misericordia sería su perdición.
Donovan lo había ignorado, creyendo que la crueldad era la única armadura que necesitaba.
Ahora su imperio, su vida, y su legado descansaban enteramente en las manos temblorosas de una chica que había aplastado bajo su talón.
CAPÍTULO 2: LA CAZA
A millas de distancia, en un apartamento destartalado y con corrientes de aire en el South Side, Clare Montgomery cerraba apresuradamente una bolsa de viaje barata.
Sus manos temblaban, no por café derramado esta vez, sino por puro terror.
La puerta de su apartamento había sido pateada. El cerrojo colgaba de un solo tornillo.
Acababa de esconderse en la escalera de incendios cuando tres hombres con chaquetas de cuero oscuro atravesaron su sala, tirando sus pertenencias, buscando algo.
Habían hablado con fuertes acentos italianos. Habían mencionado los puertos Moretti.
Clare no entendía qué estaba pasando. No sabía por qué hombres aterradores la buscaban, o por qué había recibido un críptico correo electrónico automatizado esa mañana de un banco suizo detallando una cuenta con un saldo que tenía demasiados ceros para comprender.
Todo lo que sabía era que había sido despedida por un monstruo, y ahora otros monstruos estaban tratando de encontrarla.
Se echó la bolsa al hombro, su corazón latiendo un ritmo frenético contra sus costillas.
Tenía que llegar al hospital. Tenía que agarrar a su hermana Lily y tenían que huir.
No sabía a dónde ir.
Pero sabía una cosa con certeza.
Quedarse en Chicago significaba que iba a morir.
Las luces fluorescentes del Northwestern Memorial Hospital parpadeaban ominosamente sobre ellas mientras Clare corría por el corredor de linóleo del ala de cardiología pediátrica.
Sus zapatillas mojadas chirriaban contra los pisos recién encerados. Sus pulmones ardían y su visión se nublaba con lágrimas no derramadas.
Tenía que llegar a la habitación 412. Tenía que sacar a Lily.
Clare no sabía quiénes eran los hombres que saqueaban su apartamento, pero conocía la mirada aterradora en sus ojos. Era la mirada de hombres que no dejaban testigos.
Irrumpiendo a través de la pesada puerta de madera de la habitación 412, Clare encontró a su hermana de 10 años sentada en la cama, dibujando en un cuaderno.
Lily lucía terriblemente pequeña en medio de las sábanas blancas estériles y el beep rítmico de los monitores cardíacos.
Su piel pálida y los círculos oscuros bajo sus ojos reflejaban el propio agotamiento de Clare, pero la sonrisa de Lily era brillante.
—Clare, estás empapada —dijo Lily, dejando su crayón—. ¿Ya terminó tu turno?
—Tenemos que irnos, Bug —dijo Clare, su voz temblando violentamente mientras prácticamente rasgaba la puerta del armario, agarrando las escasas pertenencias de Lily y metiéndolas en la bolsa—. Ahora mismo, ponte tu abrigo.
La sonrisa de Lily desapareció, reemplazada por el pánico instintivo de una niña que había crecido en la pobreza y la inestabilidad.
—¿Qué pasa? ¿Nos están desalojando otra vez? Clare, mi línea de IV…
—Sacaré la IV de forma segura. Solo por favor ponte tu abrigo —suplicó Clare, sus manos temblando mientras se acercaba al equipo médico.
Antes de que los dedos de Clare pudieran siquiera rozar el tubo de plástico, la puerta de la habitación del hospital hizo clic al cerrarse.
El sonido metálico del pesado cerrojo deslizándose en su lugar resonó como un disparo.
Clare se giró, su sangre volviéndose hielo.
De pie frente a la puerta había dos hombres masivos en trajes azul marino a medida. Estaban completamente fuera de lugar en la sala pediátrica.
Uno de ellos, un hombre con una cicatriz dentada cortando su ceja izquierda, calmadamente sacó una pistola con supresor de debajo de su chaqueta, manteniéndola oculta de la ventana del pasillo, pero perfectamente visible para Clare.
—Srta. Montgomery —dijo el hombre cicatrizado, su voz un ronco gruñido espeso con un fuerte acento de Chicago—. Carmine Gallow envía sus saludos. Vienes con nosotros. Ambas.
Clare instintivamente se paró frente a Lily, escudando el cuerpo frágil de su hermana con el suyo.
—No sé quiénes son. No tengo dinero. Por favor, está enferma. Necesita una nueva válvula cardíaca. Solo déjenla quedarse aquí.
El hombre sonrió, acercándose más.
—No queremos tu dinero, cariño. Queremos los puertos de envío. Ahora, puedes salir de aquí tranquilamente, o puedo poner una bala en tu rótula y arrastrarte. La niña viene de cualquier manera para asegurarnos de que firmes los papeles.
Clare cerró los ojos. Una desesperación aterradora y paralizante la invadió.
Era una don nadie. Era solo una temporal despedida de un departamento de RRHH. Esto tenía que ser un error colosal, pero iba a morir por ello de todos modos.
De repente, la ventana de cristal con vista al pasillo se hizo añicos hacia adentro con un estruendo ensordecedor.
El hombre cicatrizado apenas tuvo tiempo de girar la cabeza antes de que una mano masiva atravesara el cristal roto, lo agarrara por la garganta y estrellara su cráneo brutalmente contra el marco de acero de la puerta.
El hombre se desplomó instantáneamente.
El segundo matón de Gallow levantó su arma, pero la puerta de la habitación del hospital fue pateada completamente fuera de sus bisagras, volando hacia adentro y golpeando al pistolero en el pecho.
Pisando los restos destrozados del marco de la puerta estaba Donovan Moretti.
Parecía un demonio invocado directamente del inframundo. Su traje de carbón estaba empapado por la lluvia, su cabello oscuro peinado hacia atrás, y sus ojos ardían con una rabia letal y aterradora.
En su mano derecha, sostenía una Sig Sauer negra mate, apuntada perfectamente a la cabeza del segundo pistolero.
—¡Suéltala! —ordenó Donovan, su voz vibrando con autoridad absoluta.
El matón de Gallow vaciló por una fracción de segundo