Besó al Mafioso Más Temido de Boston Para Hacer Celos a Su Prometido y Terminó Salvando Su Teatro
CAPÍTULO 1: LA ALIANZA
Dos noches después, alguien irrumpió en la oficina de Emma.
Nada parecía robado. Eso la asustó más.
Los cajones de su escritorio habían sido abiertos. Un archivador forzado. Una fotografía enmarcada de la tía Rose yacía boca abajo en el piso.
Emma estaba de pie en el marco de la puerta a medianoche mientras la nieve caía suavemente contra las ventanas del callejón.
Matteo llegó 11 minutos después de que ella lo llamara.
Emma se dio cuenta solo después de que lo había llamado antes que a la policía.
Se agachó junto al gabinete dañado.
—¿Tocaste algo?
—No.
—Bien.
Sus hombres registraron el edificio.
Matteo recogió la fotografía de Rose y la colocó cuidadosamente en el escritorio.
Emma lo observó.
—Sabías que algo pasaría.
—Lo sospechaba.
—¿Y me dejaste quedarme aquí?
Sus ojos se volvieron hacia los de ella.
—Te dije que cambiaras la seguridad.
—Lo hice.
—Daniel conocía el edificio antes de que existieran los códigos.
Emma miró hacia el auditorio oscuro. De repente, el teatro se sintió enorme.
—Matteo.
—Vienes conmigo.
—No.
—Emma.
—Mi respuesta es no.
—Puede haber alguien dentro de este edificio.
—Tus hombres están revisando.
—No estoy debatiendo esto.
Ella dio un paso más cerca.
—Entonces debátelo tú mismo.
Por primera vez, Matteo pareció genuinamente irritado.
—No tienes instinto de supervivencia.
—Besé al hombre más peligroso de Boston frente a 200 personas. Eso debería haber establecido eso.
Su mandíbula se flexionó.
Un guardaespaldas regresó.
—¿Despejado?
Matteo asintió.
Entonces tomó el abrigo de Emma del gancho y lo sostuvo.
Ella lo miró fijamente.
—No.
—Póntelo.
—¿Por qué?
—Porque nos vamos.
—Esto es secuestro.
—Si te estuviera secuestrando, Emma, no estarías ganando la discusión.
20 minutos después, estaba sentada dentro del penthouse de Matteo Duca con vista al Puerto de Boston.
Emma odiaba todo al respecto, principalmente porque se sentía segura.
El apartamento era vasto, pero extrañamente vacío. Piedra, cristal, madera oscura. Sin fotografías familiares, sin desorden, nada accidentalmente personal.
—Vives como alguien preparándose para desaparecer —dijo Emma.
Matteo aflojó su corbata.
—Hablas cuando estás nerviosa.
—Hablo cuando los hombres me secuestran.
—Te subiste al auto voluntariamente.
—Detalles.
Le entregó agua. Sus dedos casi se tocaron. Matteo se detuvo primero.
Ese se convirtió en el patrón durante la semana siguiente.
Casi. Su mano en la parte baja de su espalda cuando extraños se acercaban demasiado rápido. Casi. Sus dedos rozando los de ella a través de una mesa de conferencias. Casi. Un momento en el balcón del Whitmore cuando Emma se giró y encontró su rostro más cerca de lo esperado.
Ninguno se movió.
Entonces Matteo se alejó.
Siempre Matteo.
Como si lo que existía entre ellos lo asustara más que Daniel.
CAPÍTULO 2: LA TRAICIÓN
Su alianza se volvió pública porque necesitaba serlo.
Los abogados de Daniel afirmaron que Emma había sido manipulada para rechazar el acuerdo de reurbanización. Pierce Capital filtró historias sugiriendo que el Whitmore era financieramente inestable.
Emma luchó a través de entrevistas y reuniones de preservación. Matteo proporcionó documentos probando que las compañías fantasma de Daniel habían ocultado sus adquisiciones.
Nunca apareció a su lado ante las cámaras, pero los SUVs negros aparecieron fuera de cada reunión. Dos hombres esperaban fuera de su apartamento.
Y cuando un periodista preguntó si Matteo Duca era su amante, Emma respondió:
—El Sr. Duca es un aliado comercial.
Esa noche, Matteo se sirvió whiskey.
—¿Un aliado comercial?
—¿Te disgusta?
—No. Pareces ofendido.
—Luzco así naturalmente.
Emma sonrió. Él la observó sobre el borde del vaso. La sonrisa desapareció lentamente.
Algo cambió entre ellos. Matteo dejó el vaso.
—No.
—No, ¿qué?
—Mírame así.
Su latido cambió.
—¿Como qué?
—Como si hubieras olvidado quién soy.
Emma caminó más cerca.
—No lo he hecho.
—Entonces recuerda.
Su voz era baja.
—He ordenado que lastimen hombres.
—Lo sé.
—He enterrado enemigos.
—Lo asumí.
—Algunas personas que entran a mi vida no salen vivas.
Emma se detuvo a pulgadas de distancia.
—¿Se supone que eso me asusta de ti?
—Sí.
—¿Por qué?
Matteo miró su boca, luego forzó sus ojos hacia arriba.
—Porque últimamente, no estoy seguro de cuál posibilidad me asusta más.
—¿Qué posibilidades?
—¿Que te vuelvas miedo de mí?
Un latido.
—¿O que no tengas suficiente miedo?
Antes de que Emma pudiera responder, uno de los hombres de Matteo entró.
Su expresión estaba mal.
—Jefe.
Matteo se giró.
—Encontramos la filtración.
Alguien había transmitido copias de los acuerdos de propiedad de Matteo a Daniel. No resúmenes, no fotografías. Documentos digitales originales de una tableta segura que Matteo había usado dentro del Whitmore.
Los registros de seguridad mostraban la credencial de Emma. Marca de tiempo. 2:14 a.m.
Emma miró fijamente la pantalla.
—Eso es imposible.
Matteo no dijo nada.
Su consigliere Luca Ferraro estaba al otro lado de la habitación.
—Deberíamos moverla.
Emma miró a Matteo.
—¿Moverme a dónde?
Luca la ignoró.
—Hasta que sepamos si Pierce tiene acceso a través de ella.
—No le di nada.
Matteo permaneció aterradoramente quieto.
Emma entendió entonces por qué los hombres poderosos temían su silencio.
—Di algo.
Sus ojos finalmente se encontraron con los de ella.
—¿Dónde estabas a las 2:14 del martes por la mañana?
—En casa. Sola.
—Sí.
—¿Alguien puede confirmar eso?
Ella se rió una vez con incredulidad.
—Me estás interrogando.
—Estoy preguntando.
—¿Crees que te traicioné?
—Creo que alguien usó tus credenciales.
—Eso no es lo mismo.
—No, pero lo estás considerando.
El silencio de Matteo respondió.
Algo dentro de Emma se rompió. No porque él sospechara de ella, porque a ella le importaba. Porque en algún lugar entre las llamadas telefónicas amenazantes, las reuniones de estrategia a altas horas de la noche, y los desayunos tranquilos en su penthouse, había comenzado a creer que Matteo la veía más claramente de lo que Daniel jamás lo había hecho.
Tomó la tarjeta de seguridad de su bolso, la colocó sobre la mesa.
—Querías que te tuviera miedo, Matteo. Felicidades.
Caminó hacia la salida.
Matteo no la detuvo.
De nuevo, eso dolió más.
CAPÍTULO 3: LA VERDAD
Daniel estaba esperando fuera del Whitmore a la tarde siguiente.
La nieve caía alrededor de su sedán negro. Emma se detuvo bajo el marquee.
—Estás allanando.
Daniel sonrió.
—Te ves cansada.
—Vete.
—¿Duca finalmente te descubrió?
Emma se congeló.
—Lo sé todo —dijo Daniel, su satisfacción evidente—. Te lo dijo todo.
—¿Tú lo hiciste?
Él rió suavemente.
—¿Hice qué?
—Accediste a los archivos de Matteo.
Daniel se acercó.
—Siempre subestimaste cuánto de tu vida controlaba.
La sangre de Emma se enfrió.
—El sistema del teatro, tu computadora de oficina, el router de tu apartamento, el teléfono que te compré para Navidad.
Emma recordó el teléfono. Lo había reemplazado después del compromiso. Pero las copias de seguridad, las contraseñas, las credenciales sincronizadas.
Daniel se inclinó más cerca.
—Eras útil, Emma, incluso cuando no lo sabías.
Ella quería abofetearlo de nuevo. En cambio, dijo:
—Estás acabado.
—No.
La sonrisa de Daniel desapareció.
—Tú lo estás.
Una camioneta giró hacia el callejón. Demasiado rápido.
Emma escuchó a Matteo antes de verlo.
—¡Emma!
Daniel agarró su muñeca.
Matteo venía corriendo a través de la calle.
La puerta de la camioneta se abrió. Apareció un arma.
Matteo golpeó a Emma lo suficientemente fuerte para sacarle el aire de los pulmones.
Cristal explotó detrás de ellos.
Su cuerpo cubrió el de ella en el pavimento congelado.
Sus hombres devolvieron el fuego.
La gente gritó. Los autos frenaron.
Emma escuchó la respiración de Matteo cerca de su oído. Controlada. Casi.
Entonces su mano encontró la parte posterior de su cabeza.
—Mírame.
Ella lo hizo.
Había sangre cerca de su hombro.
Su rostro cambió.
—Matteo.
—No es mía.
Otro disparo destrozó la puerta del teatro.
Matteo la arrastró detrás de una columna de piedra.
Daniel se había ido. La camioneta aceleró.
Matteo acunó el rostro de Emma con ambas manos.
—¿Te dieron?
—No.
—¿En algún lugar?
—No.
Buscó en sus ojos.
Su control se agrietó. Solo entonces, quizás por 2 segundos.
Emma nunca había visto nada más íntimo.
—Volviste —susurró.
La frente de Matteo casi tocó la de ella.
—Nunca me fui.
CAPÍTULO 4: LA HISTORIA
El ataque cambió la guerra.
La policía identificó la camioneta como robada. Matteo identificó a los tiradores antes que la policía.
También descubrió por qué Daniel se había vuelto desesperado.
Pierce Capital debía más de $40 millones a través de préstamos privados ocultos a los inversionistas. El dinero provenía de compañías conectadas a Vincent Caruso, jefe de una organización criminal rival expandiéndose desde Providence.
Caruso había financiado el plan de reurbanización de Daniel. El distrito Whitmore debía convertirse en un complejo de lujo. Hoteles arriba, club privado abajo, y oculto bajo el desarrollo comercial, una red financiera para lavar dinero de Caruso a través de contratos de construcción.
La razón de Matteo para investigar a Daniel era más personal.
Emma lo supo durante una tormenta.
Tres noches después, estaban en la casa segura de Matteo en la costa de Massachusetts. El viento golpeaba las ventanas. El Atlántico más allá era negro.
Matteo estaba de pie cerca de la chimenea sin mirarla.
—Mi hermano tenía 26 años.
Emma permaneció en silencio.
—Su nombre era Alessandro.
Matteo rara vez ofrecía algo voluntariamente. Ella entendió que no debía interrumpir.
—Creía que podíamos mover dinero legítimo a través de la reurbanización y eventualmente separar parte de la familia de todo lo demás.
—¿Qué pasó?
—Caruso se le acercó primero.
La voz de Matteo permaneció plana. Eso hizo el dolor peor.
—Alessandro lo rechazó. 3 semanas después, su auto pasó por encima de una barrera fuera de Providence.
El pecho de Emma se apretó.
—¿Un accidente?
—No.
Matteo finalmente la miró.
—La compañía de Daniel Pierce transfirió dinero a los hombres que lo organizaron.
El silencio llenó la habitación.
—Así que esto fue venganza al principio.
—Y ahora.
Matteo miró hacia otro lado.
—Ahora es complicado.
Emma supo lo que quería decir.
Cruzó la habitación. Él se puso rígido cuando ella se acercó.
—¿Creíste que te traicioné?
—Sí.
La respuesta dolió.
Matteo continuó antes de que ella pudiera alejarse.
—Durante 11 minutos.
Emma frunció el ceño.
—¿Qué?
—11 minutos después de que te fuiste, encontré el registro de acceso remoto que Daniel enterró.
—Podrías haber llamado.
—Lo hice. Me bloqueaste.
—Lo noté.
A pesar de sí misma, casi sonrió.
Entonces Matteo metió la mano en su bolsillo. El viejo teléfono de Navidad.
—¿Guardaste esto?
—Mis hombres lo recuperaron de reciclaje de electrónicos.
—Eso es tanto impresionante como perturbador.
—Mayormente perturbador.
Colocó el dispositivo sobre la mesa.
—Daniel tenía acceso administrativo a través de un perfil de gestión no declarado. Todo lo que escribías podía ser espejado.
Emma miró fijamente el dispositivo.
Cada mensaje privado, cada nota, cada búsqueda, cada conversación.
Se sintió violada de una manera que apenas podía articular.
Matteo pareció verlo. Su mano se levantó hacia su rostro. Se detuvo.
Comenzó a bajarla.
Emma atrapó su muñeca.
Matteo se quedó quieto.
—¿Por qué siempre te detienes?
Sus ojos se oscurecieron.
—Porque no confío en mí mismo cuando se trata de ti.
—¿Qué significa eso?
—Significa que la primera noche me besaste porque necesitabas que Daniel tuviera miedo.
—Sí.
—Si te beso ahora, no hay Daniel.
La tormenta sacudió las ventanas.
—Sin audiencia.
Dio un paso más cerca.
—Sin alianza.
Su voz bajó.
—Sin excusa.
Los dedos de Emma permanecieron alrededor de su muñeca.
—Quizás no necesito una.
Matteo cerró los ojos por un segundo.
Entonces un teléfono sonó.
Ambos rieron. No porque fuera divertido, porque la interrupción fue casi cruel.
Matteo contestó. Su expresión cambió inmediatamente.
El Teatro Whitmore estaba en llamas.
CAPÍTULO 5: EL FUEGO
Para cuando llegaron a Boston, el humo salía de las ventanas del backstage.
Emma abrió la puerta del SUV antes de que se detuviera por completo.
Matteo la atrapó.
—No.
—Es mi teatro.
—Los bomberos están adentro.
—Los archivos de mi tía están en el backstage.
—Emma.
Ella luchó contra él. Por una vez, Matteo apretó su agarre.
—No vas a entrar a un edificio en llamas.
—Hay cosas ahí que no puedo reemplazar.
—Y hay una cosa parada frente a mí que no puedo reemplazar.
Ella se detuvo.
Él también.
Matteo pareció casi enojado de que las palabras hubieran escapado.
Entonces parte del techo del backstage colapsó.
Emma se giró.
Un bombero cargó cajas a través de la entrada del escenario. Detrás de él vino Luca, cubierto de hollín.
Matteo miró fijamente a su consigliere.
—Te dije que no entraras.
Luca tosió.
—Iba a culparnos por siempre.
Emma abrió la primera caja rescatada.
Las cartas de Rose Carter.
Presionó ambas manos sobre su boca.
Matteo miró hacia otro lado, dándole privacidad incluso mientras estaba lo suficientemente cerca para atraparla si caía.
Los investigadores encontraron acelerante en el taller de escenografía. El fuego fue deliberado.
Y en una cámara de seguridad al otro lado de la calle, encontraron a Daniel. No prendiendo el fuego. Reuniéndose con el hombre que lo hizo.
Emma vio el metraje una vez, luego cerró la laptop.
—Llévalo a la policía.
Matteo la estudió.
—Eso no lo acabará.
—Comenzará a acabarlo legalmente.
—Caruso lo eliminará antes del juicio, luego lo protegerá.
Las cejas de Matteo se levantaron.
—¿Quieres que proteja a Daniel?
—Quiero que esté vivo lo suficiente para decirle a todos lo que hizo.
—Te humilló.
—Sí.
—Te usó.
—Sí.
—Intentó destruir tu teatro.
—Sí.
—¿Y quieres un tribunal?
Emma encontró su mirada.
—Quiero que esté consciente cuando el mundo aprenda exactamente quién es.
Algo como aprobación apareció en los ojos de Matteo.
—Recuérdame nunca hacerte mi enemiga.
—Ya lo hiciste durante 11 minutos.
Ella finalmente sonrió.
CAPÍTULO 6: LA CONFRONTACIÓN
Daniel hizo su última jugada en el lugar donde todo había comenzado.
El Whitmore reabrió temporalmente 3 semanas después del incendio. Solo el auditorio y el vestíbulo eran accesibles.
Emma programó una conferencia de prensa para anunciar que la propiedad había recibido protección preliminar de monumento histórico, bloqueando el plan de reurbanización de Daniel.
Daniel llegó sin invitación.
Matteo también.
Las cámaras llenaron el vestíbulo.
Daniel se abrió paso entre los reporteros cargando una carpeta.
—¿Quieres la verdad?
Gritó.
—Pregúntale cómo Duca obtuvo registros financieros confidenciales de Pierce.
Emma estaba de pie en la escalera de mármol. Matteo permaneció en la parte trasera de la habitación observando, sin intervenir.
Daniel levantó documentos.
—Ella intercambió información de la compañía por su protección.
El estómago de Emma cayó. Los archivos llevaban su firma electrónica.
—Son falsificaciones.
Daniel subió un escalón.
—Esta mujer ha estado durmiendo con un criminal mientras pretendía proteger un edificio histórico.
Los reporteros estallaron. Emma vio a los hombres de Matteo tensarse.
Matteo no se movió.
Estaba dejándola decidir.
Daniel se acercó más.
—Diles, Emma.
Ella lo miró.
—No.
Daniel sonrió.
Ella continuó:
—Voy a mostrárselos.
Emma levantó su teléfono.
Detrás de ella, la pantalla restaurada del teatro se iluminó.
La propia voz de Daniel llenó el vestíbulo.
—Siempre subestimaste cuánto de tu vida controlaba.
La grabación del callejón. Luego otra.
—Tu computadora de oficina. El router de tu apartamento. El teléfono que te compré para Navidad.
El rostro de Daniel se vació.
Emma había estado grabando desde el momento en que lo vio fuera del teatro.
La pantalla cambió. Registros de acceso remoto. Transferencias bancarias. Compras de compañías fantasma. Pagos conectando Pierce Capital con intermediarios de Caruso.
Luego metraje de Daniel reuniéndose con el incendiario.
Daniel se lanzó.
Matteo se movió rápido. Alcanzó a Emma antes que Daniel.
Daniel golpeó el piso de mármol con la mano de Matteo alrededor de la parte posterior de su cuello.
La habitación explotó en gritos.
Matteo se inclinó.
Su voz permaneció calmada.
—Cometiste un error.
Daniel luchó.
—Suéltame.
—Creíste que porque Emma era amable, era débil.
La policía se abrió paso entre la multitud.
Matteo lo soltó.
Daniel se levantó tambaleándose.
Entonces miró más allá de Matteo.
—Emma, ¿crees que él te ama?
Emma se congeló.
Daniel rió desesperadamente.
—¿Crees que hombres como él aman a alguien?
El rostro de Matteo se volvió letal.
Emma se interpuso entre ellos.
—No.
Miró a Daniel.
—Creo que la diferencia entre ustedes es que Matteo nunca me mintió sobre lo que era.
La expresión de Daniel se rompió.
La policía lo esposó.
Entonces una de las ventanas del vestíbulo se hizo añicos.
Matteo se giró.
Un disparo de rifle golpeó la piedra al lado de Emma.
—¡Agáchate!
El segundo disparo vino del balcón.
Matteo empujó a Emma detrás de la escalera.
Sus hombres sacaron armas.
Los invitados gritaron y se agacharon.
Daniel intentó correr.
Otra bala atrapó la barandilla.
Matteo empujó a Emma hacia Luca.
—Sácala de aquí.
—No, Emma.
—No me voy.
—Esto no es romántico.
—Bien, porque estoy furiosa.
Otro disparo.
Matteo la miró como si fuera la cosa más imposible que jamás había encontrado.
Entonces su expresión cambió.
Caruso mismo apareció arriba. Arma levantada.
Un hombre que Matteo había pasado 3 años cazando.
Matteo pudo haber disparado. Emma lo vio.
En cambio, la cubrió.
Oficiales tácticos de la policía irrumpieron en el balcón segundos después.
Caruso disparó.
Matteo se sacudió.
Emma gritó su nombre.
Permaneció de pie el tiempo suficiente para empujarla detrás de la columna, luego colapsó.
CAPÍTULO 7: LA CONFESIÓN
Matteo Duca había asustado a gobernadores, empresarios, jefes de sindicatos, y hombres que cargaban armas para vivir.
Una enfermera en Massachusetts General lo redujo al silencio al decir que tendría que quedarse durante la noche.
—La bala pasó a través de la parte superior del brazo —le dijo a Emma—. Tiene suerte.
Matteo pareció ofendido.
—No creo en la suerte.
La enfermera lo miró.
—No me importa.
Emma se rió por primera vez en 12 horas.
Más tarde, cuando la habitación del hospital estuvo tranquila, Matteo la encontró sentada junto a su cama.
—Te quedaste.
—Te dispararon.
—Me han disparado antes.
—Eso no es reconfortante.
Sus ojos se movieron hacia sus manos. Emma estaba sosteniendo la suya. Comenzó a apartarla.
Matteo apretó sus dedos.
—No.
Emma lo miró. Parecía exhausto. Un hombre más peligroso de alguna manera por eso.
—Daniel tenía razón en una cosa —dijo Matteo.
Ella se puso rígida.
—Cuidado.
—Los hombres como yo no somos buenos para amar.
Emma no dijo nada.
—Sé cómo proteger territorio. Sé cómo identificar amenazas. Sé cómo hacer que la gente tenga miedo.
Su pulgar se movió sobre los nudillos de ella.
—No sé cómo hacer esto.
—¿Esto?
Matteo la miró.
—Despertar preguntándome si dormiste.
Su aliento se atrapó.
—Cancelar reuniones porque suenas cansada.
Tragó.
—Pararme fuera de un teatro durante 40 minutos porque sabía que estabas llorando adentro y no podía decidir si entrar ayudaría o empeoraría.
Emma lo miró fijamente.
—¿Hiciste eso bajo la lluvia?
—Muy dramático.
—Odié cada minuto.
Ella sonrió entre lágrimas. Matteo no.
—Sé exactamente lo que este sentimiento puede costarme.
Su voz se ronqueó.
—Y lo elegiría de todos modos.
Emma se inclinó más cerca.
—¿Esa es tu confesión?
—No.
—No.
—Esa fue mi advertencia.
Ella lo besó.
Esta vez no hubo salón de baile, no Daniel, no cámaras, no audiencia asustada.
Y Matteo no vaciló.
Su mano buena alcanzó detrás de su cuello y la atrajo más cerca con meses de restricción finalmente rompiéndose.
Cuando se separaron, su frente descansó contra la de ella.
Emma susurró:
—Eres terrible para las advertencias.
—Soy mejor con las consecuencias.
CAPÍTULO 8: SEIS MESES DESPUÉS
6 meses después, el Teatro Whitmore reabrió.
Daniel Pierce esperaba juicio por cargos que incluían fraude, vigilancia ilegal, conspiración, e incendio provocado.
Vincent Caruso enfrentaba cargos federales vinculados a lavado de dinero, intento de asesinato, y crimen organizado.
Pierce Capital colapsó.
Varios políticos de repente descubrieron que nunca les había gustado particularmente Daniel.
Emma encontró esa parte divertida.
Rechazó cada oferta de vender el Whitmore. Incluyendo a Matteo. Especialmente la de Matteo.
En cambio, estableció la Fundación Rose Carter para restaurar teatros históricos y proporcionar subvenciones a pequeñas compañías de artes escénicas.
Matteo contribuyó anónimamente.
Emma lo descubrió en 14 días.
—Eres malo para la caridad anónima —le dijo.
—Soy nuevo en esto.
La gala de reapertura llenó cada asiento. Emma estaba sola en el escenario antes de que el telón subiera.
Por un momento, casi pudo imaginar a la tía Rose en el balcón.
Entonces las puertas traseras se abrieron.
Matteo entró.
Traje negro, corbata negra. Todavía temido, todavía observado. Las personas se apartaron sin que se les pidiera.
Emma sonrió.
Matteo se detuvo al borde del escenario.
—Llegas tarde.
—Poseo muelles. Los barcos llegan cuando llegan.
—No posees el océano.
Su mirada se posó en ella.
—Todavía no.
Emma se rió.
Subió al escenario.
La audiencia todavía murmuraba más allá del telón.
Matteo miró alrededor del teatro restaurado.
—Lo salvaste.
—Lo salvamos.
—No.
Sacudió la cabeza.
—Yo protegí paredes. Tú salvaste lo que significaban.
Emma se quedó quieta.
Matteo metió la mano en su abrigo.
Ella inmediatamente entrecerró los ojos.
—Si eso es un contrato de propiedad…
—No lo es.
Le entregó una pequeña llave de latón.
Emma frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
—El edificio al otro lado del callejón.
Sus ojos se abrieron.
—Matteo.
—Necesitabas espacio de ensayo.
—Te dije que no me compraras cosas.
—No lo hice.
Casi pareció engreído.
—La Fundación Rose Carter lo compró esta mañana por $1.
—Tú lo poseías.
—Sí.
—Eso es absolutamente comprarme algo con pasos extra.
—Técnicamente, perdí dinero.
Ella lo miró fijamente, luego se rió.
Matteo la observó de la manera en que siempre lo hacía ahora.
No suavemente. Nunca sería suave de la manera en que los hombres ordinarios lo eran.
Su amor era más silencioso y más peligroso. Vivía en autos esperando fuera de edificios. En luces de seguridad reemplazadas antes de que ella notara que estaban rotas. En café apareciendo a su lado durante largos ensayos. En la forma en que se posicionaba entre ella y cada puerta sin pensar.
En el hecho de que hombres del doble del tamaño de Emma le temían mientras él había aprendido a tocar antes de entrar a su oficina porque ella una vez amenazó con tirarle una engrapadora.
Emma tocó su solapa.
—Aquí es donde te besé.
—Recuerdo que parecías aterrorizada.
—No estaba aterrorizada.
—Absolutamente lo estabas.
—Estaba calculando si besarte de vuelta.
Matteo se inclinó más cerca.
—Si matar a tu prometido durante su fiesta de compromiso crearía papeleo innecesario.
Emma se rió.
Entonces su expresión cambió. Esa intensidad familiar, la que todavía hacía saltar su pulso.
—Caminaste por esta habitación porque pensaste que necesitabas mi reputación.
—Lo hice.
—Estabas equivocada.
Ella inclinó la cabeza.
—¿Sobre qué?
Matteo tocó su mejilla.
—Nunca necesitaste a nadie para hacer que Daniel te temiera.
Las luces del teatro se atenuaron más allá del telón. Su señal.
Emma miró hacia el escenario, luego de vuelta al hombre que una vez le advirtió que le temiera.
—¿Y tú? ¿Qué hay de mí? ¿Me temes?
El pulgar de Matteo se movió lentamente a lo largo de su mejilla.
—Sí.
Emma parpadeó.
Había respondido demasiado fácilmente.
—¿Por qué?
Por primera vez desde que lo conocía, Matteo Duca sonrió sin ocultarlo.
—Porque eres la única persona viva que podría pedirme que me fuera.
Bajó su frente hacia la de ella.
—Y ya no estoy seguro de que podría.
Emma lo besó una vez lentamente, luego se apartó.
—Bueno, no te lo estoy pidiendo.
El telón comenzó a subir.
Matteo desapareció en la oscuridad al lado del escenario.
Mientras Emma caminaba hacia la luz, cientos de personas se levantaron.
El Whitmore estaba vivo.
El teatro de su tía todavía le pertenecía.
Daniel había tratado de convencer a Emma de que el poder significaba poseer lo que otras personas amaban.
Matteo había pasado la mayor parte de su vida creyendo que el poder significaba asegurarse de que nadie pudiera quitarle lo que le pertenecía.
Emma les había enseñado a ambos algo diferente.
El verdadero poder era elegir lo que no podía comprarse, lo que no podía ahuyentarse con miedo. Lo que permanecía cuando la humillación, el peligro, el dinero, y el miedo habían despojado todo lo demás.
Y desde la oscuridad más allá de las luces del escenario, el hombre más temido de Boston observó a Emma Carter hacer su reverencia.
No como su dueño, no como su salvador, ni siquiera como el hombre al que una vez había besado porque necesitaba que otro tuviera miedo.
La observó como la única mujer que había mirado la oscuridad de Matteo Duca, entendido exactamente lo que era, y lo había elegido sin entregar una sola pieza de sí misma.