Mi hermana me lo arrebató y se regodearon — hasta que reaparecí con su padre, un hombre poderoso, forjando un destino inesperado para la venganza
Entonces lo vi a Nico. Estaba de espaldas, hablando con otro caballero. Su cabello oscuro, peinado hacia atrás, brillaba bajo las luces del candelabro. Su traje impecable era un escudo.
Respiré. Caminé. Cada paso era un acto de desafío.
El salón estaba lleno. Cuerpos, murmullos, el tintineo del cristal. Pero solo lo veía a él. La familia Rossi, ese nido de víboras y ambición.
Me acerqué a su mesa. Como una polilla a la llama. Ambar me vio primero. Su sonrisa se borró. Sus ojos se abrieron como platos. Liam giró la cabeza. Su rostro palideció.
El aire se espesó. Mi presencia era un grito mudo.
Valentina Rossi, la madre de Liam, me miró con frialdad. Su expresión era ilegible. Una reina observando a una intrusa.
Nico se giró. Sus ojos, del color de un whisky añejo, se encontraron con los míos. Un reconocimiento instantáneo. Una chispa.
Su boca se curvó en una sonrisa lenta. Peligrosa.
—Señorita Luna. Qué placer verla de nuevo.
Su voz era grave. Suave. Pero contenía una autoridad innegable. La clase de voz que te dice que este hombre es dueño de más que solo empresas.
—Señor Rossi. El placer es mío.
Mi respuesta fue tan tranquila. Demasiado tranquila. Mi corazón latía un ritmo frenético.
Extendió una mano. Fuerte. Firme. Su tacto fue una descarga eléctrica.
—Me preguntaba cuándo volveríamos a encontrarnos.
Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Había algo más en sus palabras? ¿O solo lo imaginaba yo?
—El destino, supongo —dije. Mi mirada se desvió un instante hacia Ambar. Ella me miraba con una furia silenciosa.
Liam se levantó bruscamente. Su silla chirrió. Un sonido estridente en el murmullo de la sala.
—¿Luna? ¿Qué haces aquí?
Su voz temblaba. De incredulidad. De miedo. Era el primer paso de mi venganza.
Nico retiró su mano de la mía. Pero su atención permanecía en mí. Una mosca atrapada en la tela de una araña.
—La señorita Luna es mi invitada —dijo Nico. Su tono no admitía réplicas. Era un hecho. Irrefutable.
Liam balbuceó. Ambar se puso de pie. Se aferró al brazo de Liam. Como si temiera que él se fuera con la mirada.
—Papá, ¿qué significa esto? —Liam exigió. Había desesperación en su voz.
Nico lo miró. Una mirada fría. Sin emociones. Una mirada de decepción.
—Significa que la señorita Luna necesita compañía. Y yo soy un caballero.
Se volvió hacia mí. Su sonrisa se suavizó. Apenas. —Permítame ofrecerle mi brazo.
Vacilé solo un instante. Era mi momento. Mi jugada. Acepté su brazo. El tejido de su chaqueta era sedoso. El calor de su piel se filtraba por la tela.
Mientras nos alejábamos de la mesa de la familia Rossi, sentí las miradas clavadas en mi espalda. La rabia de Ambar. La conmoción de Liam. La fría evaluación de Valentina.
Nico me guio a través del salón de baile. La gente se apartaba. Abrían camino. Él no era solo un hombre rico. Era un rey en su propio reino.
Me condujo a un balcón apartado. El aire fresco de la noche madrileña era un alivio. El bullicio del salón se amortiguó.
—Parece que mi hijo tiene una historia contigo —dijo Nico. Su voz era tranquila. Pero había un filo en ella. Algo peligroso.
Me apoyé en la barandilla de hierro forjado. Miré las luces de la ciudad. —Una historia corta. Y desagradable.
Él se puso a mi lado. Su presencia era imponente. —Lo escuché desde su mesa. No soy sordo.
Sentí el peso de su escrutinio. No mentiría. No con él. —Liam y mi hermana, Ambar, estaban juntos. En mi cama.
Nico no reaccionó. Su rostro era una máscara. Solo sus ojos se oscurecieron un matiz.
—Y tú buscas venganza —afirmó. No era una pregunta. Era una conclusión.
Me giré para mirarlo. —Quiero que sufra. Que entienda el dolor que causó.
Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios. —Entiendo el impulso. La venganza es un plato que se sirve mejor frío. Y con la compañía adecuada.
Mi plan era transparente. Él lo había visto. Y, sorprendentemente, parecía dispuesto a jugar.
—¿Por qué me ayudaría? —pregunté. La curiosidad me picaba. ¿Qué ganaría un hombre como él?
Nico levantó una mano. Acarició suavemente mi mejilla. Su toque fue inesperado. Eléctrico. Corto. Se sentía como una promesa. O una amenaza.
—Liam es mi hijo. Pero no siempre ha sido digno de mi apellido. Quizás una lección, bien administrada, le haga bien. Y tú, Luna… tienes fuego en los ojos. Y un vestido que hipnotiza.
Su mirada se detuvo en mis labios. El aire se hizo más denso. El coqueteo era obvio. Y efectivo. Era una trampa. Una que me tentaba a caer.
—Y si no estoy pidiendo su ayuda solo para vengarme de Liam —dije. Mi voz era apenas un susurro. Mi propio desafío. —Si quisiera algo más.
Nico se inclinó. Su aliento cálido rozó mi oído. —Siempre se consigue lo que se quiere, Luna. Solo hay que saber pedirlo. Y a quién pedírselo.
Esa noche, bailamos. Bajo las luces del candelabro, entre las miradas furtivas y los susurros. Nico era un bailarín experto. Cada paso era preciso. Controlado. Como él mismo.
Sus manos en mi cintura. Su cercanía. Era intoxicante. Peligroso. Sentí que no era solo a Liam a quien estaba provocando, sino a algo mucho más grande.
Ambar no pudo soportarlo. Se acercó a nosotros, arrastrando a Liam consigo. Su rostro era una furia desatada. Los celos la consumían.
—Luna, esto es ridículo. ¿Estás con el padre de Liam? ¿En serio?
Liam estaba callado. Su vergüenza era palpable. Se retorcía bajo el brazo de su padre.
Nico detuvo el baile. Me soltó lentamente. Su mirada pasó de Ambar a Liam. Era una mirada gélida. Cortante.
—Ambar, es la señorita Luna Rossi para ti —dijo. Su voz era tranquila. Pero cada palabra era un golpe. —Y Liam, si tienes un problema con la compañía que elijo, te sugiero que lo guardes para ti.
Ambar se quedó muda. Su boca abierta. Liam se encogió. El silencio se cernió sobre ellos.
Me di cuenta de la implicación. Nico no solo estaba jugando conmigo. Estaba enviando un mensaje. A su familia. A su mundo. Yo era suya. Al menos, por esa noche.
La noticia corrió como la pólvora. Al día siguiente, mi teléfono no paraba de sonar. Mensajes de amigos, compañeros de trabajo. Todos querían saber. Mi audacia se había convertido en el tema de conversación.
Ignoré a Ambar y Liam. Me concentré en Nico. Cenamos. Paseamos por el Parque del Retiro. Fuimos a galerías de arte privadas. Su mundo era un laberinto de poder, influencias y secretos bien guardados.
Él era un enigma. Hablaba de arte con pasión, de política con frialdad. Pero nunca de sí mismo. O de su pasado más oscuro. Me sentía atraída hacia él. Como una marioneta, tirada por hilos invisibles.
Una noche, después de una cena en un restaurante Michelin, Nico me llevó a su ático. Las vistas de Madrid eran impresionantes. La ciudad brillaba bajo nosotros.
Se sirvió un whisky. Me ofreció una copa de vino. El silencio era cómodo. Cargado de una tensión latente.
—¿Realmente me odias, Luna? —preguntó de repente. Su voz era suave. Una voz que me hizo estremecer. —¿O es el odio a Liam lo que te mantiene a mi lado?
Me giré. Lo miré. Su rostro estaba sombreado por la penumbra. Solo sus ojos brillaban. Penetrantes.
—No te odio, Nico —dije con sinceridad. La verdad se deslizó de mis labios. —Pero tampoco te conozco.
Se acercó. Me tomó la mano. Sus dedos eran largos. Fuertes. —Hay cosas que es mejor no conocer, Luna.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Era una advertencia. Una promesa. Una invitación a un mundo peligroso.
Los días se convirtieron en semanas. Mi relación con Nico era el cotilleo de la ciudad. Liam y Ambar se consumían de rabia. Eso me complacía. Pero algo más crecía en mí. Una genuina conexión con Nico.
Su presencia era una droga. Su inteligencia, su calma inquebrantable, su aura de poder. Todo me atraía. Me protegía. Pero también me asustaba.
Una tarde, mientras estábamos en un café en la Plaza Mayor, un hombre se acercó a nuestra mesa. Tenía la cara marcada. Una cicatriz le cruzaba la ceja.
—Nico Rossi —dijo el hombre. Su voz era áspera. —Tenemos cuentas pendientes.
El ambiente cambió. Nico se puso tenso. Su mano se movió instintivamente hacia su chaqueta. Una reacción entrenada.
—No aquí, Marco —dijo Nico. Su voz era baja. Peligrosa. Los ojos del hombre se posaron en mí. Una mirada lasciva.
—¿Y quién es la puta? Bonita joya, Nico. Demasiado frágil para tu mundo.
Un vaso se rompió. Nico se había puesto de pie. Su puño se estrelló contra la mesa. El hombre dio un paso atrás.
—Retírate, Marco —dijo Nico. La amenaza era palpable. —Ahora.
Marco se rió. Una risa hueca. —Esto no ha terminado, Rossi. Tu debilidad te va a costar.
Se fue. Pero sus palabras quedaron. “Tu debilidad.” ¿Era yo su debilidad?
Nico me miró. Su rostro estaba lívido. Había ira. Y algo más. Miedo. Un miedo helado. Por primera vez, lo vi vulnerable.
—Tenemos que irnos —dijo. Su voz era urgente. Tomó mi brazo. Me sacó del café. Llamó a un coche negro.
La noche fue una persecución. Coches que nos seguían. Llamadas de Nico encriptadas. Sus hombres. Sus contactos. Era su mundo. Oscuro. Violento. Y yo estaba en medio de él.
Llegamos a una casa segura. Lejos de la ciudad. Una fortaleza. Paredes gruesas. Cámaras. Seguridad.
—¿Quién era ese hombre? —pregunté. Mi voz temblaba. No por miedo. Sino por la adrenalina.
Nico me miró. Sus ojos eran oscuros. Cansados. —Un viejo enemigo. Un error del pasado. Creyó que estabas sola.
Un error. Un riesgo. Yo era ese riesgo. Él no quería que yo supiera.
—¿Por qué me ocultaste esto? —demandé. Mi voz se elevó. Me sentía engañada. Utilizada.
Se pasó una mano por el cabello. —No quería arrastrarte a esto. Mi mundo es complicado. Peligroso. Siempre he mantenido a la gente que me importa lejos de él.
Sus palabras me golpearon. “La gente que me importa.” ¿Era eso lo que yo era para él?
—¿Por eso te divorciaste de Valentina? —pregunté. La pregunta se escapó antes de que pudiera detenerla.
Nico se tensó. Su mandíbula se apretó. —Valentina… ella no era fuerte. No entendía. No podía vivir con la sombra.
—¿La sombra? —repetí. El misterio se profundizaba.
—Mi negocio. Mi pasado. No es algo que se le cuente a la ligera a cualquiera. No quería que ella o Liam pagaran el precio de mis decisiones.
Entendí. Su frialdad. Su distancia. Era un escudo. Una protección. No para él, sino para los que amaba.
—Liam… es un niño —dijo Nico. Su voz era áspera. —Débil. Manejable. No es como tú.
Me sentí un nudo en el estómago. ¿Era un cumplido? ¿Una verdad dolorosa?
—Soy una abogada —dije. Levanté la barbilla. —No soy frágil. No me rompo fácilmente.
Una sonrisa se dibujó en su rostro. Una sonrisa genuina. —Lo sé, Luna. Por eso… Por eso estoy aquí contigo.
La noche se consumió en la tensión. Dormimos en habitaciones separadas. Pero la puerta de mi habitación no tenía cerradura. Y yo no la necesitaba.
Por la mañana, la crisis se intensificó. Marco no se había rendido. Había ido por lo más fácil: Ambar y Liam.
Un mensaje anónimo en el teléfono de Nico. Una foto. Ambar y Liam, atados, en un almacén abandonado.
Mi sangre se heló. Mi venganza. Mi juego. Había arrastrado a inocentes. O casi.
Nico se puso en acción. Llamadas. Órdenes concisas. Su rostro era de piedra. La máquina se había activado. Su mundo oculto se desveló ante mis ojos.
—Voy contigo —dije. Mi voz era firme. Sin temblor.
Él me miró. —Es peligroso, Luna. No es tu lucha.
—Es mi culpa. Yo los metí en esto. La venganza. El juego. No soy una flor frágil. No me quedo a mirar.
Una larga pausa. Él me evaluó. Vio la determinación en mis ojos. No había duda. No había miedo.
—Bien. Pero obedeces mis órdenes. Sin preguntas.
Asentí. El respeto se forjó en ese momento. Entre el peligro y la necesidad.
Fuimos al almacén. El aire era pesado. Olor a humedad. Miedo.
Los hombres de Nico se movían como sombras. Profesionales. Letales.
Entramos. Un tiroteo. Gritos. Mi corazón martilleaba en mi pecho. Pero mis manos estaban firmes. Mis ojos, alertas.
Vi a Marco. Estaba cerca de Ambar y Liam. Un arma en la mano.
Nico avanzó. Como un depredador. Marco lo vio. Disparó. Un sonido ensordecedor.
Nico cayó. Una herida en el hombro. Sangre manchaba su traje. Mi mundo se detuvo.
Ambar gritó. Liam lloró. Pero yo no pensé. Actué.
Vi una pesada caja de herramientas. La levanté. Sentí el peso en mis manos. Era mi arma. Mi ira.
Corrí hacia Marco. Él se giró. Sus ojos se abrieron de sorpresa. No me esperaba.
Lancé la caja. Con todas mis fuerzas. Impactó en su brazo. El arma salió volando. Marco aulló.
Me abalancé sobre él. Mis manos se cerraron alrededor de su garganta. La rabia. El miedo por Nico. Me consumían.
Los hombres de Nico intervinieron. Me separaron. Marco estaba indefenso. Derrotado.
Corrí hacia Nico. Estaba pálido. Pero consciente. Su mano me buscó. La tomé.
—Estás bien —susurré. Mi voz era ronca. Lágrimas. Esta vez, de alivio.
Él asintió. Una débil sonrisa en sus labios. —Tú… eres más que fuego, Luna.
Liam y Ambar fueron liberados. Ambar me miró. No había celos. Solo miedo. Y un atisbo de algo. ¿Respeto? ¿Reconocimiento?
—Luna… —Ambar comenzó. Su voz temblaba. —Yo… lo siento.
La miré. La imagen de ella en mi cama, con Liam, se desvaneció un poco. La venganza se sentía vacía. Incompleta.
Nico se recuperó. La herida fue superficial. Pero la vulnerabilidad que mostró. El miedo. Lo cambió todo entre nosotros.
Una semana después, estábamos sentados en su ático. Las luces de Madrid parpadeaban bajo nosotros. La calma había regresado.
—No tienes que quedarte, Luna —dijo Nico. Su voz era tranquila. Pero había una tensión en ella. Una prueba.
Lo miré. Mis ojos se encontraron con los suyos. Los mismos ojos que habían visto el dolor. El peligro. Y una fuerza que no conocía.
—No tengo que irme —respondí. Mi voz era firme. Mi elección. —Este mundo… el tuyo… es peligroso. Pero yo no soy frágil.
Extendió una mano. Acarició mi mejilla. Esta vez, el toque fue suave. Lleno de significado.
—Sé que no lo eres, Luna —dijo. Sus ojos se oscurecieron. —Y no quiero que lo seas.
No hubo grandes declaraciones. No hubo promesas de amor eterno. Solo un entendimiento. Una aceptación. Un nuevo comienzo, forjado en el peligro y la verdad.
Mi venganza había traído más que un ex humillado. Había desenterrado un amor. Un amor peligroso. Un amor que elegí. No fui rescatada. Fui la que eligió quedarse.
THE END